viernes, 21 de marzo de 2025

Lo que somos ahora

May Sarton
Lo que somos ahora
Traducción de Blanca Gago
Bamba Editorial, 2024 

"Estoy aprendiendo que todo lamento de una persona mayor crea una confusión insoportable en el oyente, es demasiado perturbador porque no hay nada que pueda hacer para ayudarnos en este camino cuesta abajo. Así, mencionar el horror de envejecer en soledad se convierte en una carga intolerable".


Publicada en 1973, cuando la autora acababa de inaugurar su sexta década de vida, es una novela breve pero profundamente conmovedora en la que reconozco algunos de los temas tan familiares ya para quien, como es mi caso, tiene a May Sarton como una de sus autoras de referencia: la vejez, los vínculos profundos entre mujeres, la lectura, la belleza de un jardín, la compañía que ofrecen los animales... Pero, en este caso, con una narrativa íntima y poderosa la autora ofrece una amarga reflexión sobre el envejecimiento, la soledad y la deshumanización en las instituciones de cuidado para personas ancianas, muy alejada de la luminosidad que desprenden sus diarios, incluso cuando en los mismos se abordan los problemas de la depresión, la desaparición de los seres queridos o el declive físico..

La protagonista de la historia, Caroline Spencer, es una maestra jubilada de 76 años ingresada en una residencia para personas ancianas tras haber sufrido un ataque al corazón. A medida que se adapta a su nuevo entorno, Caroline experimenta la crudeza del sistema en el que se encuentra: es tratada con frialdad y negligencia por el personal y se ve rodeada de otros residentes que han sido abandonados por sus familias o cuya lucidez se desvanece. "Estoy en un campo de concentración para viejos, un lugar donde la gente arroja a sus padres o parientes exactamente igual que a un basurero", proclama al inicio del libro. En un acto de resistencia, Caroline decide documentar sus experiencias en un diario, narrando sus pensamientos y sentimientos con una honestidad desgarradora. Es también una forma de combatir la pérdida de contacto con la realidad, de discernir lo real y lo imaginado, fruto tanto de la edad como del espacios gris y deprimente en el que habita; el diario se convierte, así, en un "sostén temporal contra la confusión", la única manera de preservar su humanidad en un entorno opresivo.

A lo largo de la novela, la protagonista encuentra consuelo en la compañía de algunos residentes, en la presencia temporal de una enfermera amable o en las visitas del pastor de la cercana iglesia metodista y de la hija de este, pero su situación se vuelve cada vez más insoportable. La falta de dignidad con la que es tratada la lleva a tomar una decisión drástica que le permita recuperar el control sobre su vida y su destino, aunque de una manera inesperada y trágica.

Una novela intensa y emocionante, que en algún momento me ha recordado a Las gratitudes, como cuando Caroline escribe: "Ni siquiera puedo imaginar cómo sería recibir una caricia suave, tengo la piel reseca como un desierto por falta de contacto físico". No es una lectura alegre, pero sí una invitación a la reflexión sobre la vejez y cómo la sociedad puede abordar esta etapa de la vida con mayor compasión y respeto.

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