viernes, 17 de diciembre de 2021

Cervantes para cabras, Marx para ovejas

Pablo Santiago Chiquero
Cervantes para cabras, Marx para ovejas
Maclein y Parker, 2018 

"[...] e hicieron que niños y padres le perdonaran o pasaran por alto su extraña costumbre de leer, leer mucho, leer hasta que se hacía de noche y no se veía un pimiento, como si leer alimentara, como si leer fuera como respirar, como si leer pudiera sustituir en el alma de un hombre lo que quiera que otros busquen en el vino, los toros, los naipes, el dinero o las mujeres".


El tiempo: los años treinta del siglo XXI. El lugar: Abra, un pequeño pueblo blanco en la frontera de las provincias de Granada y Córdoba. Mediada la veintena, el pastor Mateo entra en una fase depresiva de la que no logran rescatarle ni la angustia de su madre viuda, que ve peligrar la única fuente de ingresos de la familia, ni los amorosos desvelos de su novia, Conchita. Y así, Mateo acabará encamado, como acabaron antes que él otros vecinos del pueblo: "Los encamados, casi siempre hombres, tenían en común el ser gente especialmente trabajadora e inteligente, hasta que un día, de buenas a primeras, sin necesidad de que una particular melancolía anunciase su cambio de estado, decidían quedarse en la cama".

De este estado de abatimiento lo rescatará el bueno de don Lázaro, el nuevo maestro recién llegado al pueblo, cargado con un voluminoso baúl lleno de libros y "afín a los principios de la Institución Libre de Enseñanza". Empeñado, contra viento y marea, en transmitir a sus alumnas y alumnos la afición por la lectura -"Mi padre quiere que le devuelva el libro. [...] Según él, los libros no me traerán nada bueno, solo me distraerán de mis faenas y me llenarán de pájaros la cabeza"-, Lázaro prestó a Mateo su ejemplar del Quijote, confiando en que las aventuras del ingenioso hidalgo sacaran al pastor de su postración. Y así fue. La lectura reconectó al joven Mateo con aquel Mateo niño "risueño y espabilado, el más listo que se había conocido en la comarca", animado a estudiar por su padre, pero cuyo potencial futuro como maestro, médico, cura o abogado se vio truncado cuando un rayo fulminó al progenitor mientras cuidaba de su rebaño en la sierra.

Recuperado, Mateo volverá a su vida de cabrero, sí, pero sin dejar de lado los libros leerá para sí y para quienes se acercaban cada sábado al mercado donde vendía sus cabritos y sus quesos: "cuando se acercaba el mediodía y todos os negocios estaban cerrados, Mateo reunía en torno a sí a un buen grupo de curiosos, casi todos ellos analfabetos pero amigos de las buenas historias, y leía un capítulo o dos de El Quijote, escogiéndolos entre aquellos que él creía más graciosos y entretenidos".

Tras El Quijote, Mateo se adentrará en la lectura de El capital, gracias a la cual comprenderá las injusticias que afectaban a su pueblo y a sus gentes: "Por ejemplo, por qué la hija de Paco López, su vecino, había sedo enterrada con cuatro años sin que pudieran pagar un médico; o por qué el precio del pan subía en Abra hasta hacerlo impagable para los mismos jornaleros que habían sembrado y segado las espigas [...]". Mateo seguirá con su costumbre de leer fragmentos de este libro en el mercado pero, a diferencia de lo que ocurría con la obra de Cervantes, extender las peligrosas ideas de Marx -"las mismas que defendería un buen cristiano", a juicio del joven- fllevará al pastor al calabozo. 

Tras veinte días de cautiverio, escarmentado y para evitarse problemas, Mateo decidirá leer tan solo para sí mismo... y para su ganado. Y así, descubrirá que este tiene sus preferencias: "las cabras prestaban más atención cuando se trataba de Cervantes, mientras las ovejas, ¡quién lo hubiera pensado!, preferían las enseñanzas de Marx. Cervantes para cabras, Marx para ovejas. Nunca hubo un rebaño balador tan leído como el de Mateo".
 
Pero las gentes de Abra y de los pueblos cercanos, descubierta la magia de los libros, reclamarán a Mateo seguir compartiendo sus lecturas... ¡incluso con sus animales!, pues tanto a estos como a las personas "hay que potenciarles las habilidades". Y de este modo, lee que te lee, añadiendo La Biblia a su repertorio -"[un] libro muy incendiario, y se sorprendió de que don Jacinto pudiera leerla todos los días en la iglesia sin que sus feligreses se amotinaran"-, Mateo y varias vecinas y vecinos acabarán fundando una comuna agrícola a la que llamarán "Ínsula Esperanza", dedicada a cultivar la tierra y el intelecto, por la que pasarán Sender, Juan Ramón Jiménez o Lorca con su compañía de teatro La Barraca. Hasta que estalla la Guerra Civil...
 
Pablo Santiago Chiquero nos ha regalado un libro que es un canto al valor de la lectura. Tierno y divertido, el difunto José Luis Cuerda hubiera podido hacer a partir de él una maravillosa película, pues a ratos tiene trazos de la emoción de La lengua de las mariposas, del costumbrismo de El bosque animado y del surrealismo de Amanece que no es poco
 
Solo le pongo un pero, si bien es un pero muy grande: las páginas (demasiadas, por cierto) dedicadas a La Venta del Buitre, un burdel presentado de tal forma que pretende embellecer lo que no es sino un espacio de explotación y abuso. Me extraña que a estas alturas se escriba sobre un "burdelico donde las muchachas eran muy limpias y echadas para adelante"; me extraña y me indigna. Cada vez que el relato derivaba hacia ese espacio, todo lo que de emocionante tiene el libro se volvía cutre y casposo. Además, considero que son innecesarias: sin estas páginas la historia se sostendría exactamente igual. Una lástima.

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