viernes, 3 de febrero de 2012

Chacón

“Somos un partido no un movimiento social; un partido reconocible con políticas pensadas para gobernar”. Lo dijo Alfredo Pérez Rubalcaba en su discurso de oficialización de su candidatura a la secretaría general del PSOE. En principio, parecería una afirmación fuera de lugar: es evidente que el PSOE es un partido y no un movimiento social, y no creo que nadie de quienes hoy se reunen en Sevilla pretenda su conversión en MSOE.
Por eso, la afirmación de Rubalcaba no es una simple boutade. Es toda una declaración de principios. Y una declaración que, en mi opinión, expresa una voluntad -legítima, pero creo que equivocada- de pasar de puntillas sobre una cuestión esencial.
Es la manera de ser partido la que está en crisis. No hay sustituto funcional de la organización partidaria para hacer política institucional en sociedades complejas; sin embargo, la forma en que los partidos políticos se conciben, se constituyen y actuan se ha convertido en un problema democrático de primer orden:

"Los partidos son grupos de poder privados cuya organización, también a causa de la falta de garantías de su carácter democrático, está en gran medida sustraída al derecho. Y, sin embargo, separándose cada vez más de sus bases sociales, han acabado por ocupar literalmente las instituciones representativas hasta identificarse con ellas. [...] Se han convertido en instituciones parapúblicas que, de hecho, gestionan de manera informal la distribución y el ejercicio de las funciones públicas. Así pues, no son organizaciones de la sociedad, sino sustancialmente órganos del Estado articulados según la férrea ley de las oligarquías" (Ferrajoli).

Y esto es algo que afecta especialmente a los partidos de izquierda.
El PSOE no sólo ha perdido las elecciones, también ha perdido la calle. No sólo ha perdido poder territorial y electoral, ha perdido poder simbólico. Y lo segundo es mucho más importante que lo primero, porque es mucho más complicado de revertir. Se han perdido elecciones, sí, pero sobre todo se han perdido electores y espacio político.
El PSOE debe repudiar el leninismo prosaico que se infiltra en las estructuras de decisión de cualquier partido político (centrado en el poder, en su logro y su control) para abrazar con convicción una perspectiva gramsciana de la acción política, poniendo en primer lugar entre sus prioridades la generación de discursos y narrativas progresistas que conecten con demandas, necesidades y expectativas muy presentes en la sociedad española, y que generen prácticas coherentes.
Yo propongo un primer paso en esa dirección: identificar en todas las estructuras orgánicas del partido aquellas responsabilidades que más claramente tienen que ver con la relación con la sociedad (se me ocurren secretarías como las de comunicación, movimientos sociales, cultura, estudios) y sacarlas de las luchas internas de poder, de manera que quienes las ocupen sean personas que llegan a ellas por su capacidad y mérito probados, y no como consecuencia de la hidráulica de los juegos de equilibrio entre dirigentes y apparatchiks.

¿Es esta la voluntad de Carme Chacón? No tengo ni idea. Ni siquiera depende totalmente de ella. Lo que sí creo es que no es la voluntad de Alfredo Pérez Rubalcaba.