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domingo, 13 de septiembre de 2026

El retiro

Charlotte Wood
El retiro
Traducción de José Gabriel Rodríguez Pazos
Libros del Asteroide, 2026 

“Lo que no aguanto es toda esa palabrería del «me enamoré de Jesús» que estaba segura vendría a continuación, como de hecho vino. Es algo que me produce náuseas; no me cabe duda de que este tipo de vida debe de consistir en algo más serio. Algo austero, trascendental, poderoso. Una intensa atención, un pensamiento profundo. Una lucha para dominar… ¿qué? El ego. El yo. Odio. Orgullo. Pero no, en vez de eso, Sussy y Carmel, con una sonrisa bobalicona saltan con que están aquí porque me enamoré de Jesús y quiero vivir con él en el cielo. Como si estuvieran hablando del típico enamoramiento adolescente”.


En esta novela Charlotte Wood se adentra en la experiencia religiosa sin exigir que la fe sea la llave que permita acceder a ella. Su protagonista, una mujer de mediana edad cuyo nombre nunca conocemos, llega a una pequeña comunidad de monjas católicas situada en las áridas llanuras de Monaro, en Nueva Gales del Sur (Australia), sin vocación religiosa y declarándose incluso atea. Al principio parece buscar simplemente un lugar en el que detenerse, alejada de una vida que ha dejado de resultarle habitable: su matrimonio, su trabajo relacionado con la conservación medioambiental, sus compromisos, la sensación de impotencia ante un mundo que se deteriora. Pero regresa una vez, y otra, hasta que finalmente deja de regresar a su vida anterior y el convento se convierte en su hogar.

La autora consigue convertir esta situación, potencialmente propicia para toda clase de sentimentalismos espirituales, en una reflexión sobre la espiritualidad absolutamente alejada de cualquier "espiriyoalismo". No encontramos revelaciones, experiencias extraordinarias, técnicas para encontrarse con una misma ni promesas de armonía interior; tampoco encontramos una naturaleza convertida en decorado terapéutico. Hay frío, cansancio, cocina, limpieza, huerto, horarios, animales muertos, pequeños enfados y personas con las que no siempre resulta fácil convivir. La espiritualidad aparece encarnada en prácticas extremadamente materiales: permanecer, atender, repetir, cuidar, cocinar, limpiar, enterrar, acompañar.

Charlotte Wood ha explicado que le interesaba la vida monástica como una existencia ordenada por el ritual y por una concepción del trabajo en la que las tareas más ordinarias pueden adquirir significado; también ha señalado su interés por la quietud y por una forma de retirada que nuestra cultura, obsesionada con la actividad, tiende a contemplar con sospecha. Esta es, a mi juicio, una de las preguntas más profundas de El retiro: ¿es posible que no hacer determinadas cosas sea también una forma de hacer el bien?

La protagonista procede de un mundo moral construido alrededor del compromiso y la acción, ha trabajado en la defensa del medio ambiente y conoce demasiado bien la magnitud de la catástrofe ecológica. Desde esa perspectiva, encerrarse en un convento puede parecer una deserción. Mientras el mundo arde, estas mujeres rezan, cantan, cultivan verduras y realizan las mismas tareas un día tras otro y la propia narradora se pregunta qué utilidad puede tener todo aquello. Pero poco a poco empieza a descubrir una ética diferente, mucho menos espectacular: allí, al menos, se intenta no hacer daño.

La intuición es desconcertante porque contradice buena parte de nuestra cultura política y moral, incluida la de quienes aspiramos a transformar el mundo. Estamos acostumbradas a identificar el bien con la intervención, el compromiso y la capacidad de producir efectos. La novela no niega esa responsabilidad -la figura de la hermana Jenny, asesinada después de haber salido del convento para trabajar con mujeres pobres en Tailandia, impide cualquier lectura complaciente del retiro-, pero introduce la duda de si nuestra voluntad de hacer el bien puede estar atravesada por la vanidad, la impaciencia, la necesidad de reconocimiento o la violencia. Frente a ella, la contención, la repetición y el cuidado de lo próximo pueden poseer una dignidad moral que nuestra obsesión por la eficacia nos impide reconocer.

Aquí aparece una de las tensiones más interesantes de la novela: adentro y afuera. Dentro del convento se intenta construir un pequeño espacio donde el daño sea mínimo mientras afuera continúan la injusticia, la violencia, el deterioro ecológico. Pero la frontera nunca permanece cerrada y el mundo entra continuamente en el convento. Lo hace literalmente mediante la plaga de ratones provocada por las alteraciones ambientales que asola a la zona; entra con los huesos de la hermana Jenny, asesinada muchos años antes; entra con Helen Parry, una célebre monja activista medioambiental que pertenece además al pasado de la protagonista. Las tres "visitaciones" que estructuran la novela impiden que el convento pueda convertirse en una burbuja de aislada inocencia.

Y esto hace especialmente interesante su aproximación a la vocación cristiana. Jenny salió al mundo y fue asesinada, las demás permanecieron: ¿quién escogió el camino correcto? La novela se niega a contestar, no contrapone una vida contemplativa egoísta a una vida activa moralmente superior, pero tampoco convierte el retiro en una sabiduría superior a la acción. Mantiene abierta la herida entre contemplación y compromiso, protección y exposición, silencio y palabra, retirada y presencia, acaso  porque la pregunta verdaderamente cristiana no sea cuál de esas opciones es pura, sino cómo vivir sabiendo que ninguna permite quedar completamente a salvo de la responsabilidad hacia las demás personas.

Por eso el convento es un hogar, pero la autora tiene el enorme acierto de no convertirlo en un hogar ideal. Las monjas no constituyen una comunidad de mujeres extraordinariamente sabias y bondadosas y entre ellas, como es lógico, hay manías, irritaciones, desacuerdos, debilidades, personalidades más o menos agradables. Pero precisamente por ello la comunidad resulta creíble. Charlotte Wood ha explicado que una de las cuestiones que atraviesan su obra es cómo convivimos decentemente con personas que no hemos elegido. Quizá esa sea una definición bastante buena de comunidad, no el lugar donde encontramos a "nuestra gente", sino aquel donde aprendemos a vivir con otras personas sin exigirles que sean las personas que nosotras habríamos escogido.

Esto permite comprender otra de las singularidades más hermosas de la novela: la protagonista puede habitar un espacio confesional sin apropiarse de su fe ni fingir poseerla. No necesita convertirse para pertenecer, continúa sin saber exactamente qué cree, si es que cree algo. La oración le resulta extraña, algunos lenguajes religiosos incluso la incomodan o irritan, pero aprende a respetar prácticas cuyo fundamento teológico no comprende porque descubre que contienen una determinada forma de estar en el mundo, una forma institucionalizada de vida, con reglas, tiempos, obligaciones, rituales y memoria. Puede no creer en aquello en lo que creen las monjas y, sin embargo, reconocer que ese mundo contiene recursos para vivir que ella necesita. Su relación con el convento no consiste tanto en compartir unas creencias como en aprender una forma de atención. No es casualidad que por las páginas de la novela asome en dos ocasiones Simone Weil.

Y quizá sea esa atención la que permite comprender el movimiento más profundo de la novela, y es que la protagonista parece retirarse de su vida, pero ocurre exactamente lo contrario: cuando se detiene, su vida entera vuelve a ella. La estructura fragmentaria del relato, construido mediante recuerdos que aparecen mientras cocina, limpia, pasea o realiza cualquier tarea cotidiana, reproduce ese movimiento. El convento no permite olvidar el pasado, crea las condiciones para que pueda reaparecer. Como ha explicado la propia autora, la quietud y la repetición pueden hacer que recuerdos, imágenes y sueños adquieran una intensidad que la actividad permanente mantiene normalmente a distancia. Al desaparecer buena parte del ruido del presente, la memoria empieza a hablar.

Regresan entonces su infancia, sus amistades, las decisiones que tomó, las personas a las que hizo daño y, sobre todo, sus padres y la relación con su madre. No estamos ante un ejercicio terapéutico de reconciliación con el pasado, algunas cosa. La narradora rescata su vida al recordarla, vuel a pensarla, modifica silenciosamente algunos juicios, reconoce crueldades propias y ajenas, comprende tardíamente ciertos gestos y aprende a mirar con mayor misericordia a personas que había conservado congeladas en una determinada imagen. Nada de lo sucedido deja de haber sucedido (la madre muerta no regresa, las decisiones equivocadas no pueden deshacerse, las personas heridas no dejan retrospectivamente de haber sufrido), y, sin embargo, algo cambia cuando todo ello puede volver a ser acogido en el presente.

Quizá por eso esta pueda ser leída como una novela sobre la salvación, aunque su protagonista no sepa si cree en Dios. Una salvación que adquiere un significado sorprendentemente material: recoger lo que parecía perdido, hacerse cargo de ello y concederle nuevamente un lugar. Los huesos de Jenny regresan al convento para ser enterrados, los ratones muertos deben ser recogidos y enterrados una y otra vez, los recuerdos regresan para encontrar también un lugar entre las cosas vivas. Todo aquello que vuelve reclama atención. De ahí que la retirada de la protagonista resulte paradójica. Parece abandonar el mundo, pero el mundo entero termina alcanzándola, parece abandonar su biografía, pero acaba recuperándola, arece entrar en un espacio religioso sin fe y termina habitándolo sin necesidad de resolver definitivamente la cuestión de Dios.

¿Pudiera ser que la vida y su densidad espiritual vayan de esto? Quizá una vida pueda empezar a salvarse no cuando conseguimos convertirla en otra distinta, sino cuando encontramos un lugar (físico, comunitario, simbólico) desde el que podemos regresar a ella, recoger incluso aquello que habíamos preferido abandonar y decir, finalmente: también esto forma parte de mi vida y puedo hacerle un sitio.

"He leído en algún sitio que los católicos creen que la desesperanza es el único pecado que no se puede perdonar. Me parece que tienen razón; es perversa, sangra y se extiende. Una vez se han perdido, no sé si la verdadera esperanza o la fe -¿son lo mismo?- pueden volver".

martes, 25 de agosto de 2026

Muerte de un viajero

Didier Fassin
Muerte de un viajero: Una contrainvestigación
Traducción de Francisco Manuel Carballo Rodríguez
Akal, 2024

"La verdad etnográfica es, a diferencia de la verdad judicial, independiente con respecto a las relaciones de saber y poder que vinculan al poder judicial con las fuerzas del orden y sitúan al fiscal bajo la autoridad del ministro de justicia. Por supuesto, tampoco influye en que los acusados sean declarados culpables o inocentes. Pero esta verdad es importante ara aquellos a quienes normalmente se les niega, ya que con ella se restaura parte de su dignidad e incluso les proporciona un atisbo de esperanza en la justicia. Aunque no tiene implicaciones penales, la necesidad de una verdad etnográfica surge de una preocupación ética".


Este ensayo parte de un hecho  trágico: la muerte en 2017 de Angelo Garand, un hombre perteneciente a la comunidad denominada en Francia gens du voyage ("personas viajeras", categoría jurídica con la que se nombra a la comunidad romaní), tiroteado por miembros del Grupo de Intervención de la Gendarmería Nacional, "una unidad de élite creada para intervenir en caso de actos terroristas, de toma de rehenes y en la lucha contra la delincuencia organizada, es decir, en circunstancias muy distintas a las de una simple detención de un delincuente común". Frente a la versión oficial, que presentó la muerte como consecuencia de una reacción legítima ante una amenaza grave, Fassin emprende una minuciosa "contrainvestigación" para reconstruir lo sucedido y, sobre todo, para preguntarse por las condiciones sociales e institucionales que hicieron posible esa muerte y, sobre todo, su posterior justificación.

El interés del libro desborda pronto el caso particular. Fassin muestra cómo la verdad de un acontecimiento no se establece en condiciones de igualdad: la palabra policial posee de entrada una credibilidad de la que carecen las víctimas y sus familias, especialmente cuando pertenecen a grupos históricamente estigmatizados. La investigación judicial, los medios de comunicación y los discursos públicos reproducen en demasiadas ocasiones esa desigual distribución de la credibilidad. No se trata necesariamente de una conspiración ni de una falsificación deliberada, sino de algo más grave: de rutinas institucionales sesgadas y prejuicios sociales que determinan qué relatos parecen verosímiles y cuáles resultan sospechosos.

Esta cuestión conecta directamente con la reflexión de Amaia González Llama en “Un futuro feminista: la justicia testimonial como tarea institucional pendiente”, donde, a partir de la sociología feminista, analiza la desigual distribución social de la credibilidad: determinados prejuicios estructurales hacen que algunas personas sean consideradas de antemano menos fiables y que, por ello, encuentren mayores dificultades para que su experiencia sea reconocida por las instituciones. Amaia González Llama aborda específicamente la violencia contra las mujeres, pero su concepto de "justicia testimonial" permite iluminar también el caso reconstruido por Fassin: la desigualdad no consiste únicamente en recibir un trato diferente, sino también en que unas voces poseen de partida mayor autoridad que otras para establecer qué ha sucedido. La contrainvestigación etnográfica de Fassin puede entenderse, desde esta perspectiva, como un ejercicio de justicia testimonial: una forma de restituir credibilidad a quienes las relaciones sociales e institucionales de poder tienden a privar de ella.

Por eso, el libro de Fassin es un ensayo sobre la desigualdad ante el Estado. La condición de voyageur no constituye un simple dato biográfico, sino una posición social marcada por una larga historia de vigilancia, discriminación y desconfianza. Fassin reconstruye cuidadosamente ese contexto sin convertir a Angelo Garand en un personaje idealizado, ya que una vida no necesita ser ejemplar para merecer protección, justicia y verdad.

Esa combinación de investigación empírica y reflexión moral es lo más valioso del libro. Fassin no se limita a preguntar cómo murió un hombre, pregunta también por qué determinadas muertes resultan socialmente más fáciles de aceptar que otras y por qué algunas vidas encuentran mayores dificultades para ser reconocidas como vidas dignas de duelo y de justicia. Muerte de un viajero es una reflexión breve pero rigurosa sobre la violencia policial, la discriminación y, sobre todo, sobre la desigualdad con la que nuestras sociedades distribuyen algo tan elemental como el derecho a que nuestra versión de los hechos sea, al menos, escuchada.

sábado, 22 de agosto de 2026

Autobiografía

Arthur Koestler
Autobiografía: 1/ Flecha en el azul. 2/ El camino hacia Marx. 3/ Euforia y Utopía. 4/ El destierro. 5/ La escritura invisible
Traducción de J.R. Wilcock 
Emecé Editores / Alianza Editorial, 1973-1974

"Aquí termina el caso históricamente típico de un miembro de la clase media culta europea, nacido en los primeros años del siglo.
[...]
Para un escritor, para un artista, un político, un maestro, que tuviera un mínimo de integridad, era perfectamente normal el tener que escapar de la persecución de Hitler o la de Stalin, o las de ambos a la vez, el verse desterrado y conocer prisiones y campos de concentración. En modo alguno era signo de anormalidad, en ellos, en los años que siguieron a 1930, considerar el fascismo como la amenaza principal y verse atraídos, en distintos grados, por el gran experimento social que tenía del electorado de Francia e Italia, y con un porcentaje aún mucho más elevado entre los intelectuales, considera normal votar por el Partido Comunista. [...]
La conciencia de que estos primeros treinta y cinco años de mi vida eran un ejemplo típico de nuestro tiempo, y el anhelo del cronista de conservar ese ejemplo, fueron las razones principales que me determinaron a escribir estas memorias".


Hay autobiografías cuyo interés principal reside en la personalidad de quien las escribe y otras que acaban convirtiéndose en el retrato de una época. La de Arthur Koestler pertenece a ambas categorías. Su vida parece haber sido diseñada para atravesar algunos de los grandes entusiasmos, conflictos y catástrofes de la primera mitad del siglo XX. Nacido en Budapest en 1905, cuando todavía existía el Imperio austrohúngaro, vivió su desaparición después de la Primera Guerra Mundial; conoció la Viena convulsa de entreguerras; participó en la construcción del proyecto sionista en Palestina; contempló desde Berlín el hundimiento de la República de Weimar y el ascenso del nazismo; recorrió la Unión Soviética durante el estalinismo; participó en las redes antifascistas del Komintern; fue testigo y víctima de la Guerra Civil española; conoció desde dentro las consecuencias de las purgas estalinistas sobre el movimiento comunista europeo; padeció el internamiento en Francia al comienzo de la Segunda Guerra Mundial y asistió al derrumbe francés de 1940. Pocas vidas permiten recorrer de manera tan directa la historia europea de la primera mitad del siglo.

Lo verdaderamente interesante es que Koestler no se limita a contar dónde estuvo o a quién conoció, sino que intenta comprender por qué creyó lo que creyó y cómo fue posible que determinadas ideas llegaran a apoderarse casi completamente de su conciencia, de una vida que siempre había sido "una fantástica persecución en pos de la flecha en el azul, de la causa perfecta, de la imagen de una utopía de ensueño". De ahí que sus memorias sean al mismo tiempo un relato de aventuras, un documento histórico y una especie de autopsia de las grandes pasiones ideológicas del siglo XX.

La autobiografía fue publicada originalmente en dos grandes volúmenes, Arrow in the Blue (1952), que llega hasta su ingreso en el Partido Comunista en 1931, y The Invisible Writing (1954), que continúa el relato hasta 1940. La edición castellana la distribuyó en cinco tomos: Flecha en el azul, El camino hacia Marx, Euforia y utopía, El destierro y La escritura invisible. Esa división resulta particularmente afortunada porque permite distinguir cinco momentos de una trayectoria que podría describirse como una sucesión de pertenencias, entusiasmos, experiencias y rupturas.

Flecha en el azul es, sobre todo, el libro de la formación. Koestler reconstruye su infancia en Budapest, la experiencia de la Primera Guerra Mundial y el hundimiento del universo austrohúngaro en el que había nacido, así como su juventud en la Viena de posguerra. El antisemitismo, la crisis de identidad de la población judía centroeuropea y el atractivo que ejerce sobre él el sionismo lo llevan  a abandonar sus estudios y marcharse a Palestina en 1926, donde entra en contacto directo con uno de los grandes movimientos políticos que transformarían el siglo XX. No contempla el sionismo desde fuera: trabaja, pasa hambre, vive durante un tiempo en un kibutz y se introduce en los ambientes políticos y periodísticos del Yishuv (literalmente "asentamiento" o "comunidad"), término utilizado para designar a la comunidad judía que vivía en Palestina durante el Mandato británico (1920-1948). Koestler descubre muy pronto la distancia que puede existir entre una causa contemplada desde lejos y su realidad concreta. Aparece ya aquí una característica que se repetirá durante toda su vida: es capaz de entregarse apasionadamente a una idea y, al mismo tiempo, conservar una mirada que acabará descubriendo sus contradicciones: "desilusionado por el estrecho chauvinismo y el limitado horizonte de los colonos sionistas [...] ya no creía que ese pequeño y amargo país constituyera una promesa mesiánica, un ejemplo en el que pudiera inspirarse la humanidad en general".

El camino hacia Marx acelera considerablemente el relato cuando Koestler se convierte en periodista profesional y empieza a transformarse en intelectual político. Oriente Próximo, París y sobre todo Berlín forman el escenario de una Europa que se precipita hacia la catástrofe. Trabajando para el poderoso grupo editorial Ullstein, Koestler conoce desde dentro el periodismo de masas de la República de Weimar y participa incluso como corresponsal en el espectacular vuelo polar del Graf Zeppelin de 1931. Pero bajo esa sucesión casi novelesca de episodios va creciendo algo más importante: la sensación de que el mundo liberal y capitalista está condenado. Koestler presencia la Gran Depresión, el desempleo masivo, la radicalización de la política alemana y el irresistible crecimiento del nazismo. El comunismo aparece como la única fuerza que parece disponer simultáneamente de una explicación de la crisis y de una organización capaz de combatir el fascismo y el 31 de diciembre de 1931 ingresa clandestinamente en el Partido Comunista alemán.

Euforia y utopía permite observar desde dentro la intensidad de aquella conversión. En 1932 Koestler viaja a la Unión Soviética para escribir sobre los logros del Primer Plan Quinquenal. Recorre Ucrania, el Cáucaso y Asia Central, llegando hasta Turkmenistán, en un momento en el que la colectivización forzosa, la industrialización acelerada y la represión estalinista están transformando violentamente la sociedad soviética. Lo que Koestler encuentra contradice repetidamente aquello que esperaba encontrar: escasez, hambre, burocracia, miedo y propaganda. Y, sin embargo, no abandona inmediatamente la "fe comunista", mostrando desde dentro los mecanismos mediante los cuales una ideología consigue neutralizar la evidencia que la contradice. El creyente no necesariamente niega lo que ve: puede reinterpretarlo como una dificultad transitoria, justificarlo como el precio inevitable de la transformación revolucionaria o subordinarlo a una verdad histórica superior. 
Tras la llegada de Hitler al poder en 1933, París se convierte en uno de los grandes centros del exilio antifascista europeo. Allí aparece una figura fundamental en la vida de Koestler: Willi Münzenberg, el extraordinario organizador de la propaganda internacional del Komintern. Bajo su dirección participa en campañas antifascistas y entra en un mundo donde política, periodismo, espionaje, literatura y propaganda resultan difícilmente separables. A través de estas redes se cruza con figuras como Bertolt Brecht, el compositor Hanns Eisler o el escritor comunista Johannes R. Becher.

El destierro introduce un tono progresivamente más oscuro, a medida que la utopía empieza a resquebrajarse y Europa se precipita hacia la violencia. Las purgas de Stalin y los procesos de Moscú hacen cada vez más difícil conciliar la fidelidad al comunismo con la evidencia de la represión. La historia deja además de ser para Koestler algo que se contempla desde una redacción o una reunión política. En España llegará literalmente a jugarse la vida. La Guerra Civil española ocupa por ello un lugar excepcional en las memorias. Koestler entra inicialmente en la zona franquista utilizando sus credenciales periodísticas y consigue documentar la presencia de fuerzas alemanas e italianas en apoyo de los sublevados, precisamente cuando Berlín y Roma trataban de mantener formalmente la ficción de la no intervención. Regresa después a la España republicana y, en 1937, se encuentra en Málaga cuando las tropas franquistas e italianas toman la ciudad. Su relato permite contemplar desde dentro el desconcierto, la desorganización y la derrota republicana. Es detenido el 9 de febrero de 1937, pasa por la prisión de Málaga y es trasladado después a Sevilla, donde permanece durante tres meses bajo la amenaza de ser ejecutado. Koestler escucha desde su celda cómo otros prisioneros son sacados durante la noche y vive esperando que llegue su turno, de manera que la política deja de ser una abstracción sobre clases, Estados o procesos históricos para adquirir el rostro irreductible de cada ser humano enfrentado a la muerte.

También la España en guerra multiplica sus encuentros. Conoce al zoólogo británico Peter Chalmers-Mitchell, en cuya casa de Málaga será detenido; coincide con periodistas y corresponsales internacionales y llega a encontrarse con W. H. Auden en Valencia. Su experiencia española forma así parte de aquella extraordinaria concentración de intelectuales -Orwell, Simone Weil, Hemingway, Malraux, Bernanos- para quienes la guerra española se convirtió en el gran laboratorio político y moral de los años treinta, aunque cada cual la viviera desde posiciones muy diferentes.

La escritura invisible, último volumen de la edición castellana, es también el más reflexivo. El abandono definitivo del Partido Comunista se produce en 1938, en el contexto de las purgas, los procesos de Moscú y la creciente imposibilidad de justificar el estalinismo. Pero Koestler no pierde simplemente una afiliación política, pierde una fe secular, y comprender cómo alguien puede sacrificar su juicio moral a una supuesta necesidad histórica se convertirá desde entonces en una de sus grandes obsesiones y desembocará poco después en la que, para mí, es su mejor obra y un libro de lectura imprescindible: El cero y el infinito.

La historia, entretanto, vuelve a alcanzarlo. Tras el pacto germano-soviético de agosto de 1939 y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Francia considera sospechosos a numerosos extranjeros y Koestler es internado en el campo de Le Vernet. Liberado posteriormente, vive el derrumbe francés de 1940 y la caída de París ante el ejército alemán. El antiguo refugiado del nazismo vuelve a convertirse en fugitivo. Durante su huida se cruza con otro exiliado excepcional, Walter Benjamin, que le proporciona una parte de las pastillas de morfina que llevaba consigo para suicidarse si caía en manos de la Gestapo. Benjamin utilizará las suyas en Portbou y morirá; Koestler llegará también a ingerir las suyas al creer cerrada su posibilidad de escapar, pero sobrevivirá.

Finalmente consigue llegar a Gran Bretaña, donde se abre otro mundo intelectual que las memorias apenas empiezan a anunciar: el de George Orwell, que se convertirá en amigo suyo, Cyril Connolly y numerosos escritores e intelectuales británicos y exiliados. Koestler había conocido además a Thomas Mann, y su trayectoria posterior multiplicaría todavía más estos encuentros. Esos nombres permiten comprender hasta qué punto Koestler estuvo situado en algunos de los principales nudos de la cultura política europea de su tiempo. De ahí que la autobiografía pueda leerse como una extraordinaria geografía del siglo XX. Budapest representa el mundo desaparecido de los imperios centroeuropeos; Viena, la crisis de la posguerra; Palestina, el nacimiento del proyecto sionista; Berlín, Weimar y el ascenso del nazismo; Moscú y Asia Central, la utopía soviética transformándose en estalinismo; París, el antifascismo y el exilio; Málaga y Sevilla, la Guerra Civil española; Le Vernet y la Francia de 1940, el hundimiento de Europa ante Hitler; Londres, finalmente, la resistencia y el lugar desde el que Koestler comenzará a reconstruir intelectualmente todo lo vivido.

Esta acumulación de experiencias explica que sus memorias puedan ser leídas como una reflexión encarnada sobre la relación entre experiencia, creencia y responsabilidad, sobre nuestra capacidad para no ver aquello que tenemos delante cuando verlo pondría en peligro el sistema de creencias que organiza nuestra vida. La pregunta que atraviesa El cero y el infinito  -cómo puede una persona inteligente y moralmente comprometida terminar sometiendo su conciencia individual a una supuesta necesidad histórica- es exactamente la pregunta que Koestler se formula sobre sí mismo en su autobiografía. Su crítica del totalitarismo no nace únicamente de una elaboración teórica sino que nace de haber experimentado sucesivamente la seducción de una doctrina, la disciplina de partido, la propaganda, la justificación de lo injustificable y, finalmente, el terror.

Koestler hace un esfuerzo considerable por reconocer sus errores políticos y reconstruir sin demasiada indulgencia las sucesivas cegueras de su juventud. Pero esa extraordinaria capacidad de introspección convive con un egocentrismo evidente y con comportamientos en sus relaciones con las mujeres que hoy resultan aborrecibles. La distancia entre la lucidez con la que analiza las relaciones de dominación política y su mucha menor capacidad para reconocer determinadas relaciones de poder en su propia vida constituye también parte de la experiencia de leerlo, aunque no la más satisfactoria. Él mismo recoge el que denomina "veredicto condenatorio (aunque correcto) de Orwell: «La falla de la coraza de Koestler es su hedonismo»". Tras lo que el autor reconoce sus contradicciones: "Las contradicciones entre sensibilidad y endurecimiento, egomanía y autosacrificio, que aparecen en cada capítulo de este libro, nunca convendrían a un personaje verosímil de una novela; pero como esto no es una novela, la figura del autor tiene que aparecer como realmente fue".

Leídos consecutivamente, los cinco volúmenes adquieren la forma de una larga educación en la desconfianza hacia las certezas absolutas. Flecha en el azul cuenta la búsqueda de una identidad; El camino hacia Marx, la búsqueda de una explicación total; Euforia y utopía, la experiencia de la fe ideológica; El destierro, su progresiva fractura en medio del fascismo y de la Guerra Civil española; y La escritura invisible, el aprendizaje que queda después del derrumbe, mientras Europa misma se derrumba alrededor de su autor. Por eso estas memorias resulten hoy tan fascinantes. Koestler no fue simplemente contemporáneo de la historia: tuvo la extraña fortuna, y la terrible desgracia, de encontrarse una y otra vez allí donde la historia estaba sucediendo. El resultado es el testimonio de una generación de intelectuales europeos que buscó desesperadamente una respuesta a la crisis de su mundo, creyó encontrarla en sistemas políticos que prometían explicarlo todo y tuvo que aprender que ninguna filosofía de la Historia justifica sacrificar a las personas concretas en nombre de quienes todavía no existen. En ese sentido, el verdadero protagonista de estas memorias no es tanto Koestler como un siglo XX atravesando la vida de alguien que, después de haber creído apasionadamente en algunas de sus grandes promesas, dedicó buena parte de su obra a comprender cómo había podido creer en ellas.

La Autobiografía se cierra con una anécdota que se eleva al nivel de categoría. Koestler cuenta que, viviendo ya en Londres, le enviaron un cartel del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) cuyo texto decía:

"1933. En aquellos años ardían hogueras en las ciudades de Alemania. Por orden de Goebbels se arrojaron a las llamas millones de libros.
1952. En estos días nuevas hogueras arden en las ciudades alemanas de la zona soviética; otra vez las llamas destruyen nueve millones de libros".

Bajo la primera frase aparecía una caricatura de Goebbles arrojando un libro a la hoguera mientras Hitler lo contempla. Bajo la segunda Wilhelm Pieck, presidente de la RDA, arroja otro libro al fuego mientras Stalin observa. Ambos libros llevan el nombre de "Köstler" -con esa grafía- en la cubierta. Ante lo cual, Koestler concluye: "que le quemen a uno sus obras dos veces en vida es, después de todo, una rara distinción". Una distinción, en todo caso, muy trabajada.

Fuente: https://library.fes.de/pdf-files/bibliothek/02875.pdf 


jueves, 20 de agosto de 2026

A la sombra del hombre

Jane Goodall
A la sombra del hombre
Traducción de Carmen Criado
Alianza Editorial, 2023

"Sin duda el hombre eclipsa al chimpancé. Y, sin embargo, éste es una criatura de inmensa importancia para la comprensión del ser humano. De la misma forma que nuestra sombra se proyecta sobre el chimpancé, la de este se proyecta sobre los demás animales. Es capaz de resolver problemas muy complejos, puede usar y construir herramientas con fines muy diferentes, su estructura social y sus métodos de comunicación son refinados, e incluso muestra los rudimentos de una conciencia del yo. ¿Quién puede saber qué será el chimpancé dentro de cuarenta millones de años? Debería ser una preocupación para todos nosotros permitir que continúe viviendo y darle al menos la oportunidad de evolucionar".


Publicado por Jane Goodall en 1971, este libro, además de contar una historia fascinante, ha modificado nuestra manera de pensar el lugar que ocupamos los seres humanos en el mundo vivo. Es el relato de los primeros años de investigación de Jane Goodall con los chimpancés de Gombe, en Tanzania, pero es también una reflexión sobre qué significa observar a otros seres vivos y qué ocurre cuando esa observación empieza a desdibujar las fronteras que habíamos trazado entre "ellos" y "nosotros". Fue el primer libro de la investigadora sobre sus investigaciones en Gombe y combina memoria personal, relato de aventuras y divulgación científica.


Jane Goodall llegó a Gombe en 1960, con apenas veintiséis años y sin la formación académica que cabía esperar de quien iba a protagonizar una revolución en la primatología. Pero su mentor, Louis Leakey, había visto una ventaja en esa falta de formación convencional: buscaba una persona capaz de observar sin que las teorías dominantes determinaran de antemano aquello que podía encontrar. Los comienzos fueron frustrantes: los chimpancés huían de ella y durante semanas apenas pudo observarlos a distancia. Hasta que un macho adulto, al que llamó David Greybeard (David Barbagris), comenzó a tolerar su presencia:

"Me pareció increíble cuando, cerca de las diez de la mañana, David Greybeard pasó tranquilamente por delante de mi tienda y trepó a la palmera. Me asomé y pude escuchar sus gruñidos de placer al extraer el primer fruto, de color rojo, de su dura envoltura. Una hora después bajó del árbol, se detuvo para mirar, deliberadamente, al interior de la tienda y desapareció. Después de aquellos primeros meses de desesperación en que los chimpancés huían al verme a quinientos metros de distancia, me encontraba ahora frente a uno que parecía sentirse en nuestro campamento como en su propia casa".

Gracias a esto pudo acercarse progresivamente al grupo y contemplar algo que alteraría profundamente la comprensión científica de nuestra especie: chimpancés utilizando tallos para extraer termitas y modificándolos, quitándoles las hojas, para convertirlos en instrumentos más eficaces. La fabricación de herramientas dejaba así de ser una capacidad exclusivamente humana.

Seguramente lo más revolucionario de la investigación de Jane Goodall no sea ningún descubrimiento aislado, sino la manera de mirar que convierte en método. Frente a una ciencia que tendía a numerar a los animales para evitar cualquier tentación de antropomorfismo, ella les puso nombres: David Greybeard, Goliath, Mike, Flo, Fifi, Flint… Y los nombres importan porque expresan una convicción fundamental: no estaba observando ejemplares intercambiables de una especie, sino individuos con personalidades, historias y relaciones diferentes. La literatura científica de la época recibió con recelo esta práctica, precisamente porque parecía introducir una proximidad emocional incompatible con la objetividad científica. Jane Goodall no llegó a Gombe con un gran aparato experimental destinado a confirmar una hipótesis previamente formulada. Su conocimiento nace de una relación prolongada con un lugar y con los seres que lo habitan: camina, espera, mira, toma notas, vuelve a mirar. Una práctica científica basada en la paciencia y en la disponibilidad ante lo inesperado. Observar bien significa aceptar que la realidad pueda desmentir nuestras categorías.

Leído hoy, sorprende hasta qué punto aquella supuesta debilidad metodológica constituye una de las mayores fortalezas del libro. Jane Goodall observa durante mucho tiempo, compara comportamientos y reconstruye biografías. Descubre así que hay chimpancés audaces y tímidos, dominantes y subordinados, pacientes e irritables; madres extraordinariamente cuidadosas y otras mucho menos atentas; individuos capaces de establecer vínculos intensos y duraderos. Especialmente hermosas son las páginas dedicadas a Flo y su descendencia, que nos permiten seguir cómo las formas de cuidado materno influyen en el desarrollo posterior de las crías. La autora muestra también hasta qué punto la pérdida de la madre puede provocar alteraciones emocionales y físicas devastadoras.


Los chimpancés fabrican y utilizan herramientas, cazan, cooperan, compiten por la posición social, establecen alianzas, cuidan, juegan, abrazan, besan y consuelan. Buena parte de su comunicación gestual presenta sorprendentes semejanzas con la humana, semejanzas que Jane Goodall relaciona con nuestra ascendencia evolutiva común. Cada uno de estos comportamientos erosiona un poco más la frontera nítida con la que tradicionalmente hemos querido separar a la humanidad del resto de los animales.


Todo ello sin idealizar a los chimpancés. La cercanía evolutiva no significa inocencia natural y Jane Goodall documenta la rivalidad, la dominación, la agresión, la caza y la violencia, junto al afecto, el juego, la cooperación o el cuidado. Lo que descubrimos en Gombe es que muchas de las capacidades que solemos considerar específicamente humanas tienen raíces evolutivas mucho más antiguas. Los chimpancés no son seres humanos incompletos, sino otra especie cuya proximidad nos obliga a reconsiderar qué tenemos realmente de excepcional.

Más de medio siglo después de su publicación, algunas de sus conclusiones han sido ampliadas, matizadas o corregidas por décadas de investigación primatológica, pero el gesto intelectual y moral que contiene el libro permanece intacto: mirar a otros animales sin reducirlos de antemano a aquello que creemos saber sobre ellos. Después de leerlo resulta más difícil pensar que somos el centro de la vida y un poco más fácil reconocernos como una rama, extraordinaria sin duda, pero una rama al fin y al cabo, de una historia evolutiva mucho más antigua que nosotras y nosotros.

martes, 18 de agosto de 2026

Reserva de musgo

Robin Wall Kimmerer
Reserva de musgo: Una historia natural y cultural de los musgos
Traducción de David Muñoz Mateos
Capitán Swing, 2023

"Estos patrones de la reciprocidad, la labor con la que el musgo teje una comunidad forestal, nos permiten entrever nuevas posibilidades. Los musgos no toman más de lo que necesitan y dan en abundancia. Su presencia permite la vida de ríos y nubes, árboles, pájaros, algas y salamandras. La nuestra, en cambio, los pone en peligro.. Los sistemas diseñados por el hombre, que toman sin dar a cambio, no se parecen en nada a esta creación constante, a esta forma de generar salud para los ecosistemas. Los claros talados pueden satisfacer los deseos a corto plazo de una única especie, pero sacrifican las necesidades igualmente legítimas de musgos y mérgulos, de salmones y píceas. Me aferro a la idea de que, pronto, alguien encontrará valor en la autocontención, la humildad para vivir como los musgos. Ese día, cuando nos levantemos para dar gracias al bosque, tal vez oigamos un eco, una voz que nos contesta. La del bosque, que da las gracias a la gente".


Hay libros que nos descubren cosas que ignorábamos y otros que nos enseñan a prestar atención a aquello que siempre había estado delante de nuestros ojos sin que fuéramos capaces de verlo. En sus libros Robin Wall Kimmerer es plenamente capaz de hacer ambas cosas. Reserva de musgo no es un tratado científico ni una guía para identificar musgos, sino una sucesión de ensayos entrelazados en los que la botánica, la experiencia autobiográfica, la reflexión ecológica y el conocimiento indígena se van encontrando hasta configurar una determinada manera de estar en el mundo.

El punto de partida resulta aparentemente modesto: los musgos. Esos organismos diminutos que cubren piedras, troncos y suelos, presentes casi por todas partes y, sin embargo, habitualmente ignorados. La autora, botánica especializada en briófitas, nos obliga a detenernos ante ellos y, sobre todo, a cambiar de escala: para conocer el musgo hay que aproximarse, agacharse, mirar despacio, hay que abandonar esa posición erguida desde la que contemplamos el paisaje como si estuviera dispuesto ante nuestra mirada y acercar los ojos a una forma de vida cuyo mundo se desarrolla apenas a unos centímetros del suelo.

Este gesto físico acaba convirtiéndose en una hermosa metáfora epistemológica y moral. Para comprender el mundo no siempre necesitamos ampliar nuestra perspectiva; a veces necesitamos exactamente lo contrario: reducir la escala, acercarnos, demorarnos en aquello que parece insignificante. Los musgos viven en los límites de nuestra percepción ordinaria y precisamente por eso pueden enseñarnos mucho acerca de nuestra manera de mirar. 

No estamos ante una fábula o un relato que convierte a los musgos en simples pretextos para ofrecer pequeñas enseñanzas morales. Robin Wall Kimmerer se toma  muy en serio su condición de científica para explicar cómo los musgos almacenan agua, cómo se reproducen, cómo colonizan determinados espacios, cómo compiten y cooperan, cómo participan en los procesos de sucesión ecológica y cómo establecen relaciones con árboles, insectos, aves y muchos otros seres vivos. Quienes leemos el libro acabamos descubriendo que aquello que parecía una sencilla alfombra verde constituye en realidad un universo extraordinariamente complejo.

Pero la autora nunca acepta que la descripción científica agote el significado de lo observado. Como científica formada en la tradición académica occidental y como integrante de la Citizen Potawatomi Nation, se mueve entre distintas formas de conocimiento sin que una anule a la otra. Los musgos pueden ser simultáneamente objetos de investigación científica y seres con los que establecemos relaciones. Podemos preguntarnos cómo funcionan, pero también qué podemos aprender de ellos. La precisión científica y el asombro no son incompatibles, sino que se enriquecen mutuamente:

"Erizados, achicharrándose en el roble bajo el sol del verano, ¿cuál es el arte de la espera que practican los musgos? Se retraen sobre sí mismos, rizándose, como inmersos en un sueño despierto. Sospecho que, si sueñan, lo hacen con la lluvia".

De ahí que una de las ideas esenciales que construyen el libro sea la crítica de una relación exclusivamente instrumental con la naturaleza. Frente a una cultura acostumbrada a preguntarse para qué sirven las cosas, Robin Wall Kimmerer propone aprender a preguntarnos qué relaciones mantenemos con ellas. De este modo el bosque deja de ser una suma de recursos y aparece como una comunidad de seres interdependientes. El musgo retiene humedad, ofrece refugio, prepara el terreno para otras especies y participa en redes ecológicas cuya complejidad desborda cualquier consideración exclusivamente utilitaria. Nada vive en soledad:

"Cuando los musgos cubren el tronco de los árboles, estos continúan empapados mucho tiempo después de que la lluvia haya cesado, liberando gradualmente el agua que cayó una semana atrás. Si un haz de luz atraviesa el dosel y alumbra un cojín de musgo, puede verse el ascenso del vapor. Las nubes dan las gracias a los musgos".

Esta atención a la interdependencia conduce a otra cuestión central: la reciprocidad. No basta con reconocer todo lo que recibimos del mundo natural, además es necesario preguntarnos qué devolvemos a cambio. Como en sus otros libros, Robin Wall Kimmerer cuestiona la figura moderna de la humanidad como propietaria de la naturaleza. El problema ecológico no procede únicamente de que extraigamos demasiados recursos, sino de haber convertido nuestra relación con los demás seres vivos en una relación fundamentalmente unilateral. Recibimos continuamente -alimentos, agua, materiales, belleza, protección- y hemos llegado a considerar que todo ello nos pertenece por derecho. Los musgos representan lo contrario. Su existencia se caracteriza por la modestia, la adaptación, la paciencia y una extraordinaria capacidad para habitar los límites. No necesitan dominar el espacio para prosperar. Aprovechan pequeñas cantidades de agua, ocupan grietas y superficies aparentemente inhóspitas y crean condiciones que permiten vivir a otros organismos. En una cultura obsesionada con crecer, acumular y competir, resulta difícil no percibir en ellos una silenciosa impugnación de nuestra idea de éxito.

Reserva de musgo es mucho más que un hermoso y sorprendente libro sobre briófitas. Es una reflexión sobre la atención, la humildad y nuestra pertenencia a una comunidad de vida que desborda ampliamente lo humano. Frente a una civilización que identifica el progreso con la aceleración, la expansión y el dominio, Robin Wall Kimmerer nos invita a agacharnos, reducir la velocidad, observar con atención y, desde esa posición humilde, descubrir un mundo inesperadamente inmenso. Los musgos terminan enseñándonos que vivir bien no consiste en ocupar cada vez más espacio, sino en aprender a habitarlo de otra manera: recibiendo sin apropiarnos, dependiendo sin avergonzarnos de nuestra dependencia y dejando, a nuestro paso, condiciones que hagan posible la vida de todos los demás seres.

jueves, 6 de agosto de 2026

Hiroshima

John Hersey
Hiroshima
Traducción de Juan Gabriel Vásquez
Penguin Random House, 2025 (11ª)

"Ahora podía enfrentarse a Hisoshima, porque un fénix chabacano se había levantado del ruinoso desierto de 1945: una ciudad sorprendentemente bella de más de un millón de habitantes -de los cuales sólo uno de cada diez era hibakusha- con edificios altos y modernos sobre avenidas anchas, flanqueadas por árboles y repletas de coches japoneses que parecían nuevos y llevaban letras inglesas; una ciudad de sibaritas y gente esforzada, con setecientas cincuenta y tres librerías y dos mil trescientos cincuenta y seis bares. Aunque sus memorias del pasado regresaban de vez en cuando, el doctor Sasaki había llegado a ser capaz de vivir con un amargo arrepentimiento: que durante los primeros días después de la bomba no hubiera sido posible, más allá de cierto punto, establecer, entre los destrozos del hospital de la Cruz Roja, la identidad de aquellos cuyos cuerpos fueron llevados a cremaciones masivas, con el resultado de que almas anónimas podían estar aún flotando por ahí, después de todos estos años, desatendidas e insatisfechas".


Considerado como uno de los textos fundamentales del periodismo del siglo XX y, al mismo tiempo, una de las reflexiones más poderosas jamás escritas sobre las consecuencias humanas de la guerra moderna, Hiroshima fue publicado originalmente en The New Yorker el 31 de agosto de 1946 y editado poco después como libro, representando un punto de inflexión en la manera de narrar los conflictos bélicos. Hasta entonces, la bomba atómica arrojada por Estados Unidos sobre la indefensa ciudad el 6 de agosto de 1945 había sido presentada como un logro científico, una victoria militar o un acontecimiento geopolítico, pero Hersey desplazó radicalmente el foco: en lugar de hablar del arma, habló de las personas sobre las que cayó.

John Hersey reconstruye el bombardeo atómico de Hiroshima a través de las experiencias de seis supervivientes: una oficinista, un médico, un sacerdote jesuita alemán, un pastor metodista, un joven cirujano y una viuda con tres hijos. Ninguno de ellos posee una relevancia histórica extraordinaria. Precisamente por eso su elección resulta tan eficaz. Frente a las estadísticas, las decisiones estratégicas o los grandes discursos políticos, Hersey devuelve el protagonismo a personas corrientes cuya vida queda quebrada en un instante. La explosión no aparece descrita desde el cielo ni desde los despachos donde se tomó la decisión de lanzarla, sino desde las calles, las casas, los hospitales y los cuerpos de quienes la padecieron.

Uno de los mayores logros del libro reside en su extraordinaria sobriedad narrativa. Hersey apenas introduce comentarios ni hace juicios explícitos, dejando que sean los hechos los que hablen por sí mismos. Esa contención convierte el relato en algo aún más perturbador, ya que asistimos a escenas de destrucción absoluta descritas con un lenguaje casi clínico, que evita cualquier sentimentalismo. Pero esta ausencia de retórica no atenúa el horror sino que, al contrario, lo hace más insoportable.

El ensayo muestra que la bomba atómica llevó al extremo una forma brutal de violencia bélica, que ya había sido experimentada con los bombardeos sobre ciudades como Gernika en la guerra de España y, sobre todo, en el tramo europeo de la Segunda Guerra Mundial. La destrucción ya no distingue entre combatientes y población civil, la ciudad entera se convierte en objetivo militar y, en el caso de Hiroshima, en pocos segundos desaparecen viviendas, escuelas, hospitales, lugares de culto y redes de cuidado. Las personas supervivientes -las y los hibakusha, literalmente "personas afectadas por una explosión"- vagan entre incendios, cadáveres y otras personas gravemente heridas sin comprender todavía qué ha ocurrido. Muchas morirán días o semanas después por los efectos entonces desconocidos de la radiación. La guerra deja de ser  un enfrentamiento entre ejércitos para convertirse en una agresión indiscriminada contra una sociedad entera.

Especialmente significativa resulta la atención que en su relato Hersey presta a los gestos cotidianos de solidaridad. En medio del caos aparecen médicos y enfermeras que continúan atendiendo personas heridas aun estando ellos mismos lesionados, vecinas y vecinos que rescatan a personas desconocidas que piden ayuda bajo los escombros, religiosos que improvisan refugios y, en general, personas que comparten el agua o el alimento disponible. Sin idealizar nada, el autor muestra cómo incluso en las circunstancias más extremas persisten formas de ayuda mutua y responsabilidad hacia las demás. Y esta dimensión ética constituye uno de los contrapuntos más poderosos frente a la lógica deshumanizadora de la guerra.

Otro aspecto destacable es la forma en que el libro prolonga el acontecimiento más allá del instante de la explosión. La historia no concluye ese 6 de agosto de 1945. Las secuelas físicas, psicológicas y sociales acompañarán durante años a las personas supervivientes, convertidas en hibakusha, una categoría marcada durante por la enfermedad, la discriminación y el estigma. La bomba no mata únicamente en el momento de caer; continúa haciéndolo mucho después a través de sus efectos sobre los cuerpos y las biografías. Más aún, cuarenta años después del primer reportaje, convertido en activista contra las armas nucleares, Hershey retornó a Japón para volver a hablar con las mismas personas, incorporando un precioso quinto capítulo a su relato original.

Leído desde el presente, Hiroshima conserva una vigencia extraordinaria. En un tiempo en el que las guerras vuelven a afectar masivamente a la población civil y en el que la amenaza nuclear no ha desaparecido, el libro recuerda que toda reflexión sobre la estrategia, la seguridad o la disuasión resulta moralmente insuficiente si pierde de vista a quienes soportan realmente las consecuencias de la violencia. La gran aportación de Hersey consiste en obligarnos a contemplar la guerra desde abajo, desde la experiencia concreta de las víctimas, cuestionando cualquier discurso que reduzca la guerra a un problema técnico o geopolítico. Su fuerza no procede de la denuncia explícita, sino de una decisión narrativa profundamente ética, como es la de poner nombre, rostro e historia a quienes la lógica militar había convertido en simples daños colaterales: Toshiko Sasaki, Hatsuyo Nakamura, Masakazu Fujii, Wilhelm Kleinsorge, Terufumi Sasaki, Kiyoshi Tanimoto. Esa elección convierte el libro en un alegato de enorme potencia contra la deshumanización inherente a la guerra y en una defensa radical de la dignidad de toda vida humana.

sábado, 27 de junio de 2026

Ocho osos

Gloria Dickie
Ocho osos
Traducción de Silvia Moreno Parrado
Errata naturae, 2026

"Si no conseguimos hacerles sitio, estaremos consolidando un futuro en el que muchos osos existirán únicamente detrás de un cristal. Perderlos implicaría perder una relación bella y compleja que ha discurrido en paralelo a nuestro propio tránsito por este mundo. Perderíamos a un abuelo, un tío, una madre, un curandero y un maestro. Y, en algunos aspectos, perderíamos una parte de nuestro propio carácter salvaje. Sin los osos, los bosques y nuestras historias estarán vacíos".


Esta reflexión resume el corazón de este libro. Porque el ensayo de Gloria Dickie no trata únicamente de los osos, sino de la manera en que los seres humanos nos relacionamos con el resto de la vida. A través de las ocho especies de osos que aún sobreviven en el planeta, la periodista canadiense se plantea una cuestión de enorme alcance: si seremos capaces de convivir con la naturaleza sin condenarla a desaparecer bajo el peso de nuestra propia expansión.

Las ocho especies de osos que sobreviven en la actualidad, y que estructuran el recorrido del libro, son: el oso andino (Tremarctos ornatus), llamado oso de anteojos por las manchas claras que rodean sus ojos y el único oso nativo de Sudamérica; el oso perezoso o bezudo (Melursus ursinus), habitante de las selvas de India, Nepal y Sri Lanka, que, pese a alimentarse sobre todo de termitas y hormigas, es la especie de úrsido que más víctimas humanas causa; el panda gigante (Ailuropoda melanoleuca), endémico de China y gran símbolo mundial de la conservación de la biodiversidad; el oso malayo (Helarctos malayanus), el más pequeño de todos los osos, que vive en las selvas tropicales del sudeste asiático y está seriamente amenazado por la deforestación y el tráfico ilegal de fauna; el oso negro asiático (Ursus thibetanus), una de las especies más afectadas por la extracción de bilis para la medicina tradicional; el oso negro americano (Ursus americanus), la especie más abundante de Norteamérica, muy adaptable a bosques e incluso a áreas próximas a núcleos urbanos; el oso pardo (Ursus arctos), la especie con mayor distribución geográfica, que incluye poblaciones tan conocidas como el grizzly norteamericano o el oso pardo cantábrico y es el oso más presente en la historia y la mitología de Europa; el oso polar (Ursus maritimus), el mayor carnívoro terrestre, cuyo futuro está estrechamente ligado al deshielo provocado por el cambio climático.

Sin embargo, el libro no es una guía zoológica, sino que cada especie de oso se convierte en una puerta de entrada a un problema distinto: el cambio climático (oso polar), la destrucción de las selvas (oso malayo), el comercio de fauna y la extracción de bilis (oso negro asiático), los conflictos entre conservación y actividades humanas (grizzly y oso negro americano), la convivencia con comunidades rurales (oso perezoso y oso de anteojos) o el éxito, siempre frágil, de los programas de protección (panda). El resultado es una reflexión sobre cómo distintas culturas se relacionan con la vida salvaje y sobre el reto de compartir el planeta con otras especies en el siglo XXI.

Con un estilo que combina el rigor del periodismo de investigación con la narración de viajes y la divulgación científica, Gloria Dickie recorre los territorios donde habitan estos animales, conversa con investigadoras e investigadores, conservacionistas y comunidades locales, y reconstruye la larga historia compartida entre osos y seres humanos. El libro muestra que el mayor peligro para los osos no procede de un enemigo concreto, sino de nuestra forma de ocupar el planeta: la destrucción de los bosques, el cambio climático, la expansión de las infraestructuras, la agricultura intensiva o el comercio ilegal de fauna. Incluso los éxitos de la conservación plantean nuevos desafíos, al obligarnos a aprender qué significa convivir con animales salvajes en territorios cada vez más humanizados.

Ocho osos es un ensayo tan hermoso como inquietante. Nos recuerda que proteger a los osos no consiste únicamente en evitar su extinción, sino en preservar una relación que forma parte de nuestra propia historia. Porque, como sugiere la autora, si algún día desaparecen, no sólo los bosques serán un lugar más pobre, también la humanidad habrá perdido una parte de lo que nos ha constituido como especie, tanto en nuestra dimensión natural como cultural.

lunes, 22 de junio de 2026

60 grados norte

Mallachy Tallack 
60 grados norte. Un viaje en busca de mi hogar
Traducción de María Fernández Ruíz
Volcano, 2018

"Vivimos en una era de mucha desunión y alienación, en la que las redes sociales fingen ser una alternativa viable o un sustituto de la comunidad, cuando no son más que una parodia de ella. Reconocer la dependencia recíproca de las personas que comparten un lugar es el acto comunitario fundamental. Hoy en día, es un acto radical, una implicación deliberada y voluntariosa que ignora los cantos de sirena de la libertad solitaria. Desde mi punto de vista, los lugares donde aún predomina este modo de vida son lugares que alimentan la esperanza. No la esperanza de que involucionemos e intentemos vivir como nuestros abuelos, sino la esperanza de que lo que se ha visto menoscabado en el siglo pasado, la sabiduría y la cercanía de la vida en comunidad, no se haya perdido por completo".


¡Qué pena que Volcano se haya extinguido! Con el excelente catálogo que venían construyendo...

Esta es otra prueba. Un ensayo que tiene algo de relato de viajes, algo de ensayo y algo de memoria personal, pero ninguna de esas categorías logra definirlo por completo. Malachy Tallack utiliza un recorrido por el paralelo sesenta Norte -es decir, el paralelo situado 60 grados al norte del plano ecuatorial de la Tierra- como hilo conductor para abordar una cuestión mucho más profunda: qué significa pertenecer a un lugar y de qué manera construimos la idea de hogar.

El punto de partida es su propia biografía. Criado en las islas Shetland, Tallack mantiene con aquel territorio una relación marcada por el afecto, la distancia y la duda. La muerte temprana de su padre y una persistente sensación de desarraigo alimentan una pregunta que le acompaña desde hace años: por qué algunos lugares llegan a formar parte de nosotras y nosotros mientras otros permanecen siempre como escenarios de paso.

Para intentar responderla emprende un viaje que le lleva a recorrer algunos de los territorios situados en torno a los sesenta grados de latitud norte: Groenlandia, Canadá, Alaska, Siberia o Escandinavia. Aunque todos comparten una misma posición geográfica, sus paisajes, culturas e historias son extraordinariamente diversos. Pronto queda claro que la verdadera unidad del libro no la proporciona la cartografía, sino la búsqueda personal que sostiene el viaje.

El autor enlaza observaciones sobre la geografía, la historia o la ecología con recuerdos y preguntas personales, logrando que cada etapa del viaje amplíe el sentido de la anterior. El resultado es un libro que se lee con la sensación de estar acompañando a alguien que piensa mientras camina, que mira mientras intenta comprender.

El norte no aparece retratado como un refugio mítico ni como una frontera heroica. Sus lugares están construidos por comunidades concretas, historias locales y personas que han aprendido a vivir en entornos a menudo enormemente exigentes. La naturaleza ocupa un lugar central, pero nunca eclipsa la presencia humana ni las complejas relaciones que las sociedades mantienen con el territorio.

A lo largo de sus páginas emerge una idea particularmente sugerente: los lugares no son simples coordenadas en un mapa, sino espacios tejidos por la memoria, los afectos, las experiencias compartidas y las narraciones que construimos sobre ellos. El sentimiento de pertenencia no depende únicamente de dónde vivimos, sino de la calidad de los vínculos que establecemos con un territorio y con quienes lo habitan.

Como señala en el texto que he escogido para ilustrar este comentario, Tallack no propone una vuelta a "los tiempos de antes". Desde luego, si hay algo que merece ser recuperado de aquellas formas de vida no es el mundo de nuestros "abuelos" con "o", con sus jerarquías rígidas, sus desigualdades de género, sus silencios impuestos y sus estrechos márgenes de libertad, pero sí algunas de las prácticas comunitarias que, en gran medida, fueron sostenidas por nuestras abuelas.

La dependencia recíproca de la que habla Tallack no era, ni es hoy, una abstracción; tenía rostro, tiempo y trabajo esencialmente feminizados. Era la red de cuidados que permitía criar a las hijas y a los hijos, atender a las personas enfermas, acompañar a quienes atravesaban dificultades, intercambiar favores, compartir alimentos o simplemente estar pendientes unas de otras. Y buena parte de ese trabajo comunitario descansaba sobre las mujeres, casi siempre invisibilizado y raramente reconocido.

Las abuelas sabían algo que nuestra cultura hiperindividualista parece olvidar constantemente: que la autonomía nunca es completa y que la vulnerabilidad compartida no es una anomalía, sino la condición ordinaria de la existencia humana. Sabían que nadie sale adelante soloa, que la vida cotidiana depende de una infinidad de pequeños gestos de cooperación y que la libertad no consiste únicamente en no depender de nadie, sino también en poder depender de otras y otros sin humillación ni miedo.

El desafío contemporáneo no pasa por elegir entre comunidad o libertad, sino por aprender a construir comunidades de personas libres, compatibles con la igualdad, la diversidad y la autonomía personal. Comunidades que conserven la sabiduría relacional de nuestras abuelas sin exigir a nadie el precio que ellas tuvieron que pagar para sostenerlas.

Una preciosa meditación sobre la identidad, la pérdida y el arraigo, que sugiere que el hogar no siempre es el lugar perfecto que buscamos, sino aquel con el que, tras un largo proceso de exploración y reconocimiento, conseguimos finalmente reconciliarnos. Y con el que nos comprometemos. Que igual por eso el turismo industrializado, la movilidad febril y la pérdida de referencias van hoy tan de la mano...



lunes, 15 de junio de 2026

La espiritualidad en la era del yo: de las monjas del Siglo de Oro a la “espiriyoalidad” contemporánea


“Nos tentaba imaginar que nuestra angustia era solo nuestra, pero en el fondo sabíamos que nadie lograba escapar a la desazón tentacular de una gran crisis existencial. Miráramos donde miráramos, nadie parecía inmune a la deriva de nuestra propia desorientación. Un hastío laboral generalizado, una brecha de género cada vez más dilatada, unos niveles de estrés estratosféricos, la ansiedad climática y nadie, absolutamente nadie inmune al ciclo sísifico de las aplicaciones de citas. ¿quién no iba a estar dispuesta a aferrarse aunque fuera a la promesa de serenidad más diminuta y remota de las millones que ofrecía la creciente mercadotecnia del bienestar: Algo tenía que funcionar.

[…] ¿Era la calma del convento una opción a considerar? Para un número cada vez mayor de mujeres atravesadas por crisis espirituales similares, sí lo era. […] Todo lo que sucede ahora mismo parece invitarnos a buscar el refugio de un espacio seguro donde la comida, el cobijo y la rutina están garantizados y donde convive una comunidad movilizada por un propósito común. Pero ¿estábamos lo suficientemente desesperadas como para abandonar nuestros devaneos del siglo XXI y asumir las restricciones que entrañan los votos de castidad, pobreza y obediencia? Rotundamente no. Las cuatro paredes del convento no eran nuestra salida, pero las monjas que las habían habitado durante siglos sí lo eran”.

Instrucción de novicias, pp. 227-228

 

1. Las monjas del Siglo de Oro y la actualidad de una conversación inesperada

Ana Garriga y Carmen Urbita pertenecen a una generación de investigadoras que ha contribuido a renovar la mirada sobre la cultura del Siglo de Oro español, especialmente en lo que se refiere a la experiencia y la producción intelectual de las mujeres. Formadas en el ámbito de los estudios literarios, doctoras por la Brown University, han desarrollado una trayectoria académica centrada en textos, autoras y espacios que durante mucho tiempo ocuparon un lugar secundario en los relatos convencionales de la historia cultural.

En Instrucción de novicias cristalizan muchos años de lectura de crónicas, cartas, tratados espirituales, autobiografías y otros documentos producidos por religiosas de los siglos XVI y XVII. Sin embargo, más allá de su condición de especialistas en literatura barroca, Ana Garriga y Carmen Urbita dominan una forma de escribir que combina curiosidad intelectual, sentido del humor y una notable capacidad para establecer conexiones inesperadas entre mundos aparentemente distantes. Es un libro inteligente, muy bien escrito, cuya lectura recomiendo. El texto tiene la virtud de hacer inteligible y atractivo un universo histórico que podría haber quedado encerrado en la erudición académica. Las autoras manejan con soltura las fuentes, poseen un notable sentido narrativo y saben detectar detalles, episodios y conflictos que iluminan aspectos sorprendentes de la vida conventual. Gracias a ello han logrado despertar el interés por una realidad histórica que a menudo se percibe como remota, revelando la sorprendente vitalidad de unas mujeres cuya experiencia sigue ofreciendo motivos para la reflexión contemporánea.

El libro parte de una idea en principio tan improbable como sugestiva: que las voces de unas monjas de la época barroca pueden ayudarnos a comprender algunas de las inquietudes más características de nuestro tiempo. Ana Garriga y Carmen Urbita, se acercan a los conventos de los siglos XVI y XVII no como quien visita una reliquia histórica, sino como quien recupera una conversación que sigue abierta, convirtiendo a figuras como Teresa de Jesús, Ana de Jesús o Sor Juana Inés de la Cruz en interlocutoras inesperadamente cercanas.

El ensayo recorre vidas, escritos y experiencias de unas religiosas que, lejos de la imagen estereotipada de sumisión y aislamiento, aparecen como mujeres dotadas de una notable capacidad para pensar, crear, negociar, construir redes de apoyo y abrir espacios de autonomía en una sociedad profundamente represiva, hasta configurar “una genealogía de rabia femenina” (Instrucción de novicias, p.  77) que lleva desde la defensa que sor Juana Inés de la Cruz hubo de hacer de sus escritos frente a las autoridades eclesiásticas hasta la explosión del movimiento #MeToo, pasando por el machismo académico que las propias autoras tuvieron que sufrir.

A través de esas vidas conventuales emergen cuestiones que siguen resultando reconocibles: la necesidad de pertenecer a una comunidad, las tensiones entre el deseo individual y las normas colectivas, la búsqueda de reconocimiento, la gestión del sufrimiento o las complejas relaciones entre poder y palabra. El hallazgo narrativo funciona porque muestra hasta qué punto muchos conflictos atribuidos a la “modernidad” -la gestión del deseo, la presión sobre el cuerpo, la vigilancia social, la ambivalencia entre autonomía y pertenencia, la amistad femenina, la precariedad emocional, la búsqueda de reconocimiento, incluso el agotamiento- ya estaban presentes en los conventos del Siglo de Oro.

Creadoras del exitoso podcast Las hijas de Felipe, Ana Garriga y Carmen Urbita se publicitan diciendo que todo lo que le pueda pasar a una mujer de hoy le ha pasado ya a una monja de los siglos XVI y XVII. Los paralelismos que establecen son ingeniosos, aunque también los hay tan forzados que se tornan banales: “banalelismos”, he apuntado en algún momento en el libro.

En gran parte esta "música" banal que acompaña al libro tiene que ver con las que parecen ser las opciones vitales de las autoras, en las que nunca se plantean (al menos en el libro) preocupaciones que vayan más allá de cuestiones como la carrera académica, la amistad o el envejecimiento "correcto y apropiado", pero nada que ver con temáticas, digamos, más de fondo. Las preocupaciones que aparecen recurrentemente en el libro -la trayectoria profesional, la construcción de una identidad propia, el paso del tiempo, las formas contemporáneas de realización personal- son preocupaciones perfectamente legítimas, pero que delimitan un determinado universo de experiencia. Desde ese marco resulta difícil captar aquello que para muchas de aquellas religiosas constituía el centro de gravedad de sus vidas: la búsqueda de la salvación, la experiencia de Dios, la obediencia entendida como respuesta a una llamada, el sacrificio, la renuncia o la entrega a una verdad considerada superior al propio yo.

En Instrucción de novicias las monjas no aparecen simplemente como víctimas pasivas de una institución y una época opresivas, sino como sujetos complejos, inteligentes, ambiciosos, creativos y, en ocasiones, extraordinariamente transgresores. Eso ya supone una aportación enormemente valiosa. Al leerlo, se comprende muy bien cómo funcionaban los conventos, cómo se relacionaban las monjas, qué conflictos atravesaban o qué estrategias desarrollaban para ganar autonomía. En sus páginas encontramos realización personal, gestión de conflictos, búsqueda de espacios propios de libertad o construcción de vínculos significativos, pero queda muy desdibujada la dimensión de trascendencia entendida como descentramiento del sujeto, es decir, la posibilidad de que aquellas mujeres no estuvieran buscando principalmente encontrarse a sí mismas, sino perderse en algo que consideraban infinitamente más importante que ellas mismas. Dicho de otro modo, el libro es muy hábil para traducir el pasado al lenguaje de las sensibilidades contemporáneas, pero no permite que ese pasado cuestione esas mismas sensibilidades. Las monjas aparecen como mujeres que, en el fondo, serían muy parecidas a nosotras, cuando lo más interesante es precisamente aquello en lo que no se parecen.

La historiografía y la sociología contemporáneas nos han enseñado a leer las relaciones de poder, las cuestiones de género, los intereses materiales y las construcciones culturales del pasado, pero tienen más dificultades para tomar en serio las motivaciones religiosas de las actrices y los actores históricos sin traducirlas inmediatamente a categorías contemporáneas de poder, identidad, resistencia, deseo, prestigio, compensación psicológica o estrategia social. Por eso el libro resulta a la vez inteligente e insuficiente: inteligente, porque rescata voces femeninas extraordinarias y las hace cercanas; insuficiente, porque las acerca tanto que termina reduciendo su extrañeza, cuando, a mi juicio, la verdadera riqueza de aquellas vidas reside en esa extrañeza, en recordarnos que hubo mujeres capaces de desafiar familias, jerarquías y convenciones sociales no solo para conquistar autonomía, sino también por fidelidad a una verdad, una fe o una llamada que hoy nos cuesta incluso comprender.

2. Comprender la vida conventual, comprender menos la fe

La cuestión de la fe es el punto ciego más revelador de la operación cultural que hacen las autoras con Instrucción de novicias. Al traducir aquellas experiencias al lenguaje contemporáneo de la subjetividad, queda fuera del foco algo decisivo: la estructura de sentido específicamente religiosa en la que esas vidas estaban inscritas. No se trata solo de que las monjas “creyeran en Dios”, como hoy alguien puede tener una opinión espiritual privada. Para muchas de ellas, la fe constituía el horizonte ontológico mismo de la realidad: organizaba el tiempo, el sufrimiento, el deseo, el cuerpo, la obediencia, la esperanza y hasta la percepción de sí mismas.

Sin esa dimensión, el riesgo es –ya lo he indicado- que las monjas aparezcan simplemente como “mujeres como nosotras, atrapadas en instituciones opresivas”, y el convento quede reducido a una especie de laboratorio anticipado para el tratamiento de neurosis contemporáneas, de manera que la clausura pueda ser leída como una realidad ambivalente: como imposición, sí, pero también como espacio de protección, estudio, escritura, comunidad o libertad respecto de ciertos mandatos matrimoniales y familiares. “Un refectorio propio”, como escriben Ana Garriga y Carmen Urbita en un guiño a Virginia Woolf.

Pero para Teresa de Jesús, Juana Inés de la Cruz o María de Ágreda, la experiencia religiosa no era un decorado cultural superpuesto a problemas humanos universales, sino el núcleo desde el cual esos problemas adquirían significado. Esto cambia mucho las cosas, porque la fe no solo consolaba o disciplinaba, también abría posibilidades de experiencia difíciles de traducir a categorías contemporáneas. Permitía habitar el sufrimiento de otro modo, reinterpretar el deseo, relativizar el prestigio social, construir formas de autoridad femenina inesperadas o experimentar una relación intensa con la trascendencia.

Hoy nos cuesta tomar en serio la fe como experiencia real de conocimiento, de vínculo y de transformación, ya que tendemos a sospechar inmediatamente de cualquier lenguaje de trascendencia. Entendemos la opresión, entendemos peor la mística. Y, sin embargo, si algo muestran muchas de aquellas mujeres es precisamente que la experiencia religiosa no puede reducirse sin más a alienación o sublimación: a veces fue obediencia, otras resistencia; a veces refugio, otras fuente de una palabra radicalmente crítica. En muchas ocasiones, la fe era aquello que les permitía decir lo indecible y vivir lo invivible dentro de un mundo patriarcal, profundamente jerárquico.

Tal vez por eso el verdadero paralelismo que cabe establecer no sea solo entre las mujeres de hoy y las monjas del XVI, sino entre una sociedad saturada de discurso terapéutico pero hambrienta de sentido, y aquellas mujeres que intentaban nombrar y narrar, con el lenguaje religioso del que disponían, experiencias límite de deseo, vacío, amor, sufrimiento o plenitud. La pregunta ya no sería únicamente “qué tenían ellas de nosotras”, sino también “qué hemos perdido nosotras y nosotros para no poder comprender del todo lo que ellas estaban viviendo”.

3. La pregunta de Malraux y el retorno ambiguo de la espiritualidad

Se atribuye a André Malraux la sentencia “el siglo XXI será espiritual o no será”. Digo que se le atribuye porque el propio Malraux aclaró en una entrevista celebrada un año antes de su fallecimiento que él nunca había dicho tal cosa. Lo que sí dijo Malraux –y esto es algo que refleja bien el fondo de la sentencia a él atribuida- es que las sociedades modernas difícilmente podrían mantenerse indefinidamente sin un horizonte de sentido más amplio, ya sea mediante la ampliación radical de los fundamentos racionales sobre los que se sostienen, o por la irrupción de algún tipo de acontecimiento espiritual de gran alcance. Con esta segunda idea el escritor francés no se refería necesariamente al nacimiento de una nueva religión, sino a fenómenos comparables a los grandes movimientos de renovación espiritual que han atravesado la historia (como el franciscanismo, la Reforma o determinadas corrientes religiosas asiáticas) y que transformaron profundamente la forma de comprender el mundo. Lo decisivo, advertía, es que tales acontecimientos son por naturaleza imprevisibles: no constituyen simplemente nuevas respuestas a las preguntas de siempre, sino que suelen inaugurar preguntas inéditas. Del mismo modo que el cristianismo resultó inconcebible desde las categorías religiosas del mundo romano, cualquier futura transformación espiritual podría estar tan alejada de nuestras concepciones actuales como aquellas lo estuvieron de los dioses olímpicos.

En España, como en buena parte de Europa occidental, no parece que estemos asistiendo a un retorno masivo de las religiones institucionales; al contrario, la secularización sigue avanzando en términos de práctica religiosa, identificación confesional y autoridad eclesial. Sin embargo, al mismo tiempo proliferan búsquedas de sentido que se expresan en registros muy diversos: interés por la meditación, las tradiciones contemplativas, el mindfulness, las peregrinaciones, la recuperación de rituales comunitarios o la atracción por experiencias de silencio y desaceleración. Todo ello apunta a una insatisfacción con una cultura organizada exclusivamente en torno al consumo, la productividad y la gestión técnica de la vida.

Vivimos una época en la que la búsqueda de sentido profundo parece oscilar entre la clausura (como en la película Los domingos) o la experiencia chamánica de las raves en el desierto de Sirat. Buscamos referencias espirituales por doquier, incluso se habla de "conspiritualidad" para denunciar las locuras, los fraudes, las estafas y las sectas que dominan las esferas de la new age y el bienestar, que traicionan la confianza de tantas personas que buscan un alivio genuino en esta época de incertidumbre. Pero cada vez tenemos más dificultades para presentar la tradición religiosa y espiritual cristiana como una alternativa real, cercana, encarnada y útil a la sociedad actual.

En este contexto, la cuestión no es si vuelve "la religión", sino si están emergiendo con fuerza preguntas que la racionalidad dominante no ha logrado responder satisfactoriamente. La crisis ecológica, la soledad, la fragilidad de los vínculos, la sensación de falta de propósito, la experiencia de la aceleración permanente o la percepción de vivir en sociedades técnicamente poderosas. pero culturalmente desorientadas, generan interrogantes que desbordan el lenguaje económico o administrativo con el que solemos interpretar el mundo. De manera que podría decirse que vivimos un momento propicio para la búsqueda espiritual.

Sin embargo, el fenómeno presenta una ambivalencia importante. Buena parte de las nuevas espiritualidades aparecen profundamente moldeadas por el individualismo contemporáneo, reducidas a recursos para el bienestar personal, la autorrealización o el equilibrio emocional. La pregunta no es "¿qué verdad me reclama?" o "¿a qué me debo?", sino "¿qué me ayuda?" o "¿qué me hace sentir bien?". Es lo que he denominado en otras ocasiones "espiriyoalidad": una espiritualidad convertida en extensión del yo y en tecnología de gestión de la propia vida. En ese marco, la trascendencia deja de ser algo que descentra, interpela o desinstala al sujeto, para convertirse sobre todo en un recurso para sentirse mejor, reconciliarse consigo mismo o alcanzar equilibrio interior.

4. La espiriyoalidad: cuando la trascendencia se convierte en bienestar

La espiriyoalidad no es necesariamente una falsa espiritualidad, tampoco una simple mercantilización de lo sagrado, aunque algo o mucho hay de ello. Es algo más complejo y, precisamente por ello, más característico de nuestra época. Se trata de una forma de relación con la trascendencia profundamente configurada por el individualismo contemporáneo, por la psicologización de la experiencia humana y por el ideal de la autorrealización personal.

En las tradiciones religiosas clásicas, la experiencia espiritual remite a una alteridad que cuestiona al sujeto: Dios, la verdad, la ley moral, la comunidad o la vocación aparecen como realidades que preceden al individuo y frente a las cuales este debe responder. En las espiritualidades derivadas de esas tradiciones el énfasis está en el “tú”. En la espiriyoalidad, por el contrario, la trascendencia deja de ser una experiencia de descentramiento para convertirse en un recurso destinado a mejorar la propia vida. Ya no es una llamada que viene de fuera; es una herramienta para la gestión interior.

Esta transformación puede observarse en numerosos fenómenos contemporáneos. La meditación se presenta menos como una disciplina espiritual que como una técnica para reducir el estrés y aumentar la productividad. El yoga se desvincula de sus tradiciones filosóficas para convertirse en una práctica de bienestar físico y emocional. La literatura de autoayuda incorpora lenguajes espirituales orientados al desarrollo personal. Incluso determinadas formas de religiosidad se reformulan en términos de crecimiento interior, sanación emocional o autoestima. Las redes sociales ofrecen ejemplos particularmente reveladores, con frases procedentes de tradiciones religiosas, filosóficas o místicas reutilizadas como mensajes motivacionales destinados a reforzar la confianza en una misma. La espiritualidad se convierte en una pedagogía de la autenticidad: "escucha tu voz interior", "sé fiel a ti mismo", "elige aquello que te hace feliz", "aléjate de las energías negativas". La referencia última ya no es una verdad exterior al sujeto, sino el propio sujeto.

Quizá uno de los ejemplos más elocuentes sea la transformación de la idea de vocación. Durante siglos, la vocación fue entendida como una llamada que provenía de fuera de una misma. Podía experimentarse como deseo profundo, pero nunca se reducía a él. La vocación obligaba, comprometía y exigía renuncias dolorosas. Hoy hablamos de vocación casi exclusivamente en términos de realización personal. Encontrar la vocación equivale a descubrir aquello que nos hace felices, aquello en lo que nos sentimos plenamente nosotras mismas. La llamada deja paso a la autorrealización.

Algo semejante ocurre con la idea de comunidad. Las tradiciones religiosas concebían la pertenencia comunitaria como un compromiso estable, incluso cuando resultaba incómodo o exigente. La espiriyoalidad contemporánea privilegia comunidades ligeras, reversibles y electivas, cuya función principal consiste en favorecer el bienestar de quienes participan en ellas. Por supuesto, este desplazamiento no debe interpretarse simplemente como decadencia o empobrecimiento. Ha permitido liberar experiencias espirituales de formas autoritarias, culpabilizadoras o alienantes, ha favorecido una mayor atención a la dimensión emocional de la existencia y ha democratizado prácticas antes reservadas a minorías religiosas especializadas. Sin embargo, también plantea interrogantes importantes: ¿qué ocurre cuando la espiritualidad queda completamente subordinada al bienestar? ¿qué lugar queda para experiencias como la obligación moral, el sacrificio, la fidelidad, la responsabilidad o la verdad cuando estas entran en conflicto con el propio equilibrio emocional?

Una espiritualidad centrada exclusivamente en el yo corre el riesgo de no encontrar nunca nada verdaderamente distinto de sí misma. Allí donde las tradiciones religiosas hablaban de conversión, llamada o gracia, la espiriyoalidad habla de crecimiento personal. Allí donde aquellas proponían una salida de sí, esta propone una mejor versión de sí. El sujeto ya no se pierde para encontrarse; simplemente se optimiza. La espiriyoalidad convierte la trascendencia en una habitación más de la propia casa.

5. Del descentramiento a la autorrealización

Desde esta perspectiva, la espiriyoalidad no consiste en la desaparición de la trascendencia, sino en su domesticación. La sociedad contemporánea no ha dejado de buscar sentido, profundidad o plenitud; lo que ha cambiado es el lugar que ocupa el sujeto en esa búsqueda. La expansión del mindfulness constituye un ejemplo paradigmático. Nacido de tradiciones budistas complejas, con una determinada comprensión del sufrimiento, el desapego y la transformación de la conciencia, ha sido ampliamente reformulado como una técnica para reducir el estrés, mejorar la concentración o incrementar el rendimiento. No es ruptura o interrupción, sino continuidad. La pregunta ya no es qué tipo de vida merece ser vivida ni qué estructuras generan sufrimiento, sino cómo gestionar mejor el estrés producido por esas mismas estructuras. La práctica espiritual deja de ser una forma de cuestionamiento para convertirse en una herramienta de adaptación.

El 9 de septiembre del año 2007 el diario El País publicaba en su sección “Negocios” una entrevista con Patricia Aubene, presentada como analista socioeconómica y consultora y autora de uno de esos típicos best sellers para consumo rápido de ejecutivos titulado Megatendencias 2010. El surgimiento del capitalismo consciente, publicado en español un año antes. “La espiritualidad va a resolver la crisis ideológica que padece el sistema”, titulaba el diario la citada entrevista, que presentaba así: “Como consecuencia del malestar que vive la cultura occidental, cada vez más personas están buscando dentro de sí mismas el bienestar que no acaban de encontrar afuera”. Pero, ¿qué es esa espiritualidad de la que se habla en el libro? “La espiritualidad –respondía la autora- es el afán de recuperar el contacto con lo que somos en esencia, trascendiendo el condicionamiento sociocultural impuesto sobre nuestra mente y que limita nuestra propia experiencia vital. Este viaje vital no tiene nada que ver con la religión”, advertía Aburdene. “Se trata más bien de liberarnos de las diferentes creencias que nos han sido impuestas y que impiden la evolución de nuestra conciencia. Espiritualidad significa sed de paz interior, de autorrealización, de plenitud y, en definitiva, de las cosas que no se pueden comprar con dinero”. Pero, claro, una espiritualidad que nos conecte con aquello que no puede ser comprado con dinero parece un pésimo negocio desde la lógica capitalista. De ahí la inmediata pregunta del entrevistador: “¿Y cuál es su relación con la economía?”. Esta es la respuesta: “el afán por encontrar paz interior en nuestra vida se ha convertido en una oportunidad para impulsar negocios con sentido”. Amén.

Algo parecido ocurre con la proliferación de retiros, experiencias de desconexión o propuestas de bienestar espiritual. En muchos casos ofrecen espacios valiosos de silencio, reflexión y cuidado, pero con frecuencia se presentan como productos destinados a la mejora personal: fines de semana para reencontrarse con una misma o uno mismo, recuperar la energía perdida o reconectar con la propia esencia. El lenguaje recuerda al de las antiguas tradiciones espirituales, pero el centro de gravedad se ha desplazado. El objetivo ya no es salir de una misma, sino regresar a una misma. No se busca tanto una verdad que reclame una transformación de la existencia cuanto una experiencia que proporcione serenidad, autenticidad o equilibrio. Que todo cambie para que todo siga igual.

Esta lógica se aprecia también en la popularización de nociones como "energía", "vibración" o "cosmos". Más allá de su contenido específico, resulta significativo el uso que a menudo se hace de ellas. Permiten hablar de trascendencia sin afrontar las exigencias éticas, comunitarias o doctrinales que tradicionalmente acompañaban a las religiones. El cosmos no ordena nada, no juzga nada, no exige nada, simplemente devuelve aquello que emitimos. La alteridad desaparece y la trascendencia queda integrada en una especie de circuito ampliado del yo.

Algo semejante sucede con experiencias tradicionalmente religiosas como las peregrinaciones. El Camino de Santiago ofrece un ejemplo particularmente significativo. Durante siglos fue concebido como práctica penitencial, acto de devoción o expresión de una búsqueda espiritual articulada en torno a una tradición compartida. Hoy muchas personas lo recorren como experiencia de crecimiento personal, espacio de introspección o ejercicio de desconexión. No hay nada ilegítimo en ello, pero el desplazamiento es evidente. La pregunta dominante ya no es "¿qué me reclama esta experiencia?" sino "¿qué he descubierto sobre mí mismo durante el camino?".

Incluso la recepción contemporánea de algunos autores espirituales refleja esta tendencia. Pensadoras como Simone Weil, escritores como Thomas Merton o testimonios tan extraordinarios como el de Etty Hillesum son leídos como fuentes de inspiración para una vida más consciente, equilibrada o auténtica. Sin embargo, sus textos están atravesados por experiencias de exigencia radical, de descentramiento y de apertura a una alteridad irreductible. En ellos no encontramos simplemente técnicas para vivir mejor, sino preguntas radicalmente incómodas sobre la verdad, la justicia, el sufrimiento o la responsabilidad. Convertidos en proveedores de bienestar emocional, corren el riesgo de perder aquello que los hacía verdaderamente perturbadores.

La espiriyoalidad no es, por tanto, una ausencia de espiritualidad. Es una forma específica de espiritualidad adaptada a una cultura en la que el individuo se ha convertido en la medida última de todas las cosas. Mantiene el lenguaje de la profundidad, pero lo pone al servicio de la gestión de sí. Conserva la búsqueda de sentido, pero desplaza el centro desde la verdad hacia el bienestar. Sigue hablando de trascendencia, pero de una trascendencia que ya no irrumpe desde fuera para interrumpir nuestras certezas, sino que funciona como un recurso más en el proyecto contemporáneo de construcción del yo.

¿Son las formas emergentes de espiritualidad una adaptación terapéutica al mundo existente, o contienen algún potencial de transformación cultural más profunda? Esta es la pregunta que me parece más relevante. Los grandes acontecimientos espirituales a los que aludía Malraux no fueron únicamente experiencias interiores: modificaron las formas de vivir, las relaciones sociales, las instituciones y la comprensión misma de lo humano. La pregunta sería, entonces, si algunas de las búsquedas actuales contienen una capacidad semejante de cuestionar las lógicas dominantes de nuestro tiempo –la brutalización del mundo, la mercantilización de la vida, la aceleración, el individualismo posesivo, la indiferencia ante la vulnerabilidad- o si acabarán siendo absorbidas por ellas.

Eso introduce una diferencia muy profunda respecto de la experiencia religiosa de muchas monjas del siglo XVI o, en general, de las tradiciones místicas fuertes. Para figuras como Teresa de Jesús o Juan de la Cruz, la experiencia de Dios no consistía primariamente en encontrarse a sí mismas, sino en perder pie, atravesar desposesiones, oscuridades, descentramientos radicales. Había consuelo, sí, pero también ruptura, exigencia, desinstalación. La trascendencia no confirmaba simplemente al sujeto: lo transformaba, lo cuestionaba y lo removía.

Por eso, resulta significativo que en muchas formas contemporáneas de espiritualidad desaparezcan categorías como obediencia, conversión, pecado, gracia, verdad, comunidad, tradición o incluso realidad. Son términos problemáticos, sin duda, y algunos han servido históricamente para justificar dominaciones, pero al desaparecer completamente, la experiencia espiritual corre el riesgo de quedar encerrada en el circuito del bienestar subjetivo. Lo decisivo pasa a ser la autenticidad emocional: “lo que yo siento”, “lo que me hace vibrar”, “lo que necesito”, “lo que me conecta”...

La espiriyoalidad acaba siendo una espiritualidad compatible con el individualismo neoliberal porque no exige necesariamente transformación estructural, pertenencia estable ni responsabilidad colectiva. Puede coexistir perfectamente con formas de vida hipercompetitivas, consumistas o profundamente desiguales, siempre que el individuo encuentre espacios y momentos de autocuidado y significado personal. De hecho, funciona como mecanismo de adaptación al malestar más que como crítica de las condiciones que lo producen. Por eso hoy resulta más fácil estetizar la mística que tomarla verdaderamente en serio. Podemos admirar la intensidad emocional de una experiencia espiritual, pero nos cuesta aceptar la posibilidad de una verdad o una alteridad que no emane simplemente del propio yo.

Frente a eso, la experiencia religiosa tradicional, al menos en sus versiones más densas, introducía una dimensión incómoda: el sujeto no era soberano, había algo anterior y mayor que él, algo o alguien que podía llamar, juzgar, exigir o incluso romper las lógicas dominantes del mundo. Y eso tenía consecuencias éticas, comunitarias y políticas.

La espiritualidad está más cerca de la interrupción que del equilibrio. Nos saca del círculo cerrado del yo y nos expone a una alteridad que reclama respuesta. Mientras la espiriyoalidad busca principalmente sentirse bien consigo misma, la espiritualidad se pregunta a quién debe responder. La primera tiene como horizonte la plenitud del yo; la segunda nace cuando descubrimos que la vida humana está atravesada por llamadas que no hemos elegido, pero que nos constituyen. Y que la fidelidad a esas llamadas vale más que nuestra propia comodidad.

De ahí que no pueda reducirse a una técnica de bienestar. Sin duda, puede traer consuelo, serenidad o reconciliación, pero esos frutos no constituyen su criterio último. Hay experiencias espirituales que resultan profundamente perturbadoras. Los profetas bíblicos no encontraron tranquilidad cuando escucharon la voz de Dios; encontraron una tarea. La espiritualidad, en este sentido, no sólo cura heridas; también produce heridas nuevas:  hiere nuestras seguridades, nuestros privilegios y nuestras justificaciones, obligándonos a preguntarnos si la vida que llevamos es compatible con aquello que hemos descubierto como verdadero. No nos permite instalarnos cómodamente en una identidad satisfecha de sí misma; al contrario, nos recuerda constantemente que existe una distancia entre lo que somos y lo que estamos llamados a ser.

6. Clara de Asís y la fuerza subversiva de la fe

Si, como he dicho, en Instrucción de novicias Ana Garriga y Carmen Urbita operan mediante una estrategia de actualización y reducción de la distancia histórica, en Clara de Asís. Elogio de la desobediencia, Dacia Maraini no parte de la semejanza sino de la diferencia. En su libro no intenta mostrar que Clara de Asís era una mujer del siglo XXI atrapada en el XIII. Le interesa precisamente aquello que resulta extraño para nuestra sensibilidad contemporánea: una mujer cuya rebeldía se expresa a través de una radicalidad religiosa.

“Me parece peligroso juzgar a Clara con los ojos de hoy en día. Tenemos que tomarla con su misterio, con sus contradicciones. Que no eran contradicciones cuando ella vivió, sino adherencia a la realidad. Si queremos acercarnos a ella tenemos que entender los enormes obstáculos a los que se enfrentó, los cuales superó gracias a la fidelidad férrea a sus principios, y, sin embargo, nunca se deslizó hacia la soberbia, el rencor, el odio, la violencia o el fanatismo. Algo atípico en los seres humanos que viven sin conformarse e imponiendo su propia visión del mundo. Algo que sufrió en su propia piel. Una fidelidad que nos ha emocionado y que aún nos emociona. En una época de infidelidades teorizadas y practicadas con desenvoltura, la constancia durísima de la hermana Clara creo que nos puede enseñar algo. Un ejemplo extraordinario. Yo lo siento así y me gustaría que usted también lo sintiese así” (Clara de Asís, p. 191).

La autora, que no escribe desde una perspectiva confesional, reconoce en Clara de Asís una figura de insumisión. Pero esa insumisión no consiste en liberarse de la religión, sino en tomársela tan en serio que entra en conflicto con las estructuras eclesiásticas, familiares y sociales de su tiempo. Clara desobedece a su padre, desafía las expectativas de su clase social, reivindica la pobreza frente a las presiones institucionales e insiste en una forma de vida que ni siquiera la jerarquía eclesiástica veía con buenos ojos. Lo interesante es que Dacia Maraini no traduce completamente esa experiencia a categorías contemporáneas. Entiende que la fe forma parte constitutiva de la historia y que la rebeldía de Clara no puede separarse de su relación con Dios, de su experiencia espiritual ni de su comprensión evangélica de la pobreza. Si eliminamos esos elementos, queda una activista avant la lettre, pero deja de ser Clara.

En cierto sentido, podríamos decir que Instrucción de novicias realiza una lectura horizontal de la experiencia monástica: las monjas son observadas en sus relaciones con otras mujeres, con las instituciones y con la sociedad. Dacia Maraini, en cambio, conserva la dimensión vertical: la relación con la trascendencia no aparece como un añadido sino como el motor mismo de la acción.

Desde una sensibilidad contemporánea resulta relativamente fácil admirar a Clara como mujer rebelde, pionera o resistente. Resulta más difícil aceptar que la fuente de esa rebeldía pudiera encontrarse precisamente en una experiencia de obediencia a algo que ella consideraba más importante que su propia voluntad. La modernidad entiende muy bien la emancipación como afirmación del yo; entiende peor las formas de libertad que nacen de una desposesión del yo:

“El espíritu místico –del griego mystein, guardar un secreto- parece requerir una interrupción del pensamiento racional clásico. La lógica tenía que dejarse aparte para favorecer la meditación sobre lo sagrado, para buscar algo que fuera más allá de lo verosímil, de lo comprensible, de lo explicable, de lo descifrable, para perseguir y penetrar en un estado de embeleso, de éxtasis. Una embriaguez mental que implica el alejamiento de todo pensamiento mundano. Supone la liberación de los instintos egoístas. Requiere la alegría del embeleso, la pérdida de uno mismo” (Clara de Asís, p. 143).

La espiriyoalidad empieza y termina en el yo; el sujeto sigue siendo el centro de gravedad de toda la experiencia. La trascendencia queda subordinada a la autorrealización. La espiritualidad, en cambio, contiene siempre un tú. Un tú que llama, interpela y reclama una respuesta, que no hemos elegido ni construido a nuestra medida. Puede ser Dios, el prójimo, la realidad sufriente, las víctimas de la historia o incluso una verdad que nos obliga a revisar nuestras certezas. En todos los casos se trata de una realidad que comparece ante nosotros con una exigencia propia y que no controlamos.

La experiencia espiritual auténtica no confirma simplemente al sujeto: lo desplaza; no se limita a consolar; también inquieta. No sólo sana; también exige. No únicamente reconcilia; también rompe equilibrios demasiado cómodos. Introduce una alteridad irreductible, no gira alrededor de lo que una siente, desea o necesita, sino que abre un espacio para algo o alguien que viene de fuera y que no puede ser reducido a los propios intereses o a las propias necesidades. La experiencia espiritual comienza precisamente cuando dejamos de ser el único centro de referencia. Por eso la espiritualidad contiene siempre una dimensión de descentramiento. No consiste simplemente en profundizar en el propio interior, sino en descubrir que nuestro interior está habitado por una llamada. La espiritualidad aparece como la experiencia de saberse convocada.

En su Testamento, Clara de Asís da gracias a Dios por haber recibido “la gracia de la vocación y la elección” (Los escritos de Francisco y Clara de Asís, Oñati, 2001, p. 421). Se trata de una expresión especialmente sugerente porque condensa dos dimensiones inseparables de toda experiencia espiritual auténtica: la llamada y la respuesta.

La vocación cristiana no es una decisión que brota exclusivamente de su voluntad, ni un proyecto de autorrealización cuidadosamente diseñado por ella misma. La vocación aparece primero como gracia, es decir, como iniciativa que la precede. Algo ha sucedido antes de que ella elija. Ha sido llamada, ha sido alcanzada por una posibilidad de vida que no nace de sus propios cálculos. Sólo después aparece la elección: la respuesta libre a esa llamada. Hay aquí una antropología radicalmente distinta de la que domina buena parte de la sensibilidad contemporánea. Hoy tendemos a pensar la identidad como una construcción personal: somos quienes decidimos ser, elegimos nuestros proyectos, nuestros vínculos, nuestras pertenencias.

Pero la vocación no es simplemente una preferencia, tampoco una inclinación psicológica, mucho menos una estrategia para alcanzar la felicidad. Es la experiencia de descubrir que la vida contiene una dirección que no hemos inventado nosotras. La elección consiste precisamente en consentir a esa dirección, en reconocerla y hacerla propia.

Desde esta perspectiva, la espiritualidad no es una búsqueda de una misma, sino una respuesta. Lo decisivo no es la autenticidad entendida como fidelidad a los propios deseos, sino la disponibilidad para escuchar una llamada que puede conducirnos más allá de ellos. Clara abandona riqueza, posición social y expectativas familiares no porque haya encontrado una forma más satisfactoria de vivir, sino porque ha reconocido una verdad que le reclama una respuesta. Por eso resulta tan ajena a la lógica de la espiriyoalidad. En esta última, la iniciativa permanece siempre en el sujeto: yo busco, yo exploro, yo selecciono aquello que me ayuda a crecer o a sentirme bien. En Clara, por el contrario, la iniciativa pertenece a Otro. La elección sigue siendo plenamente libre, pero es respuesta a una llamada previa.

Allí donde la espiriyoalidad pregunta "¿qué necesito para sentirme bien?", la espiritualidad pregunta "¿quién me está llamando y qué me reclama?". Por eso este libro resulta tan sugerente. No porque convierta a Clara en una heroína feminista antes de tiempo (que también lo fue, leída desde nuestras actuales categorías), sino porque toma en serio una posibilidad que hoy nos cuesta pensar: que una mujer pueda encontrar en la fe no un límite a su libertad, sino la fuerza para enfrentarse a los poderes de su época.

7. Lo que aquellas mujeres sabían y nosotras hemos olvidado

Habiendo disfrutado enormemente de ambos libros, encuentro aquí la cuestión más profunda que atraviesa tanto Instrucción de novicias como Clara de Asís. Elogio de la desobediencia, y también la reflexión sobre las nuevas formas de espiritualidad contemporánea. No se trata únicamente de comprender mejor a unas mujeres del pasado ni de decidir si sus experiencias pueden traducirse a nuestras categorías actuales. La pregunta es más radical: ¿qué aspectos de la experiencia humana hemos dejado de saber reconocer?

Ana Garriga y Carmen Urbita muestran con acierto hasta qué punto las monjas del Siglo de Oro compartían conflictos que todavía nos resultan familiares. Deseaban reconocimiento, buscaban espacios de autonomía, sufrían la vigilancia social, construían amistades intensas y trataban de encontrar un lugar propio dentro de instituciones profundamente jerárquicas. Gracias a esa operación de aproximación, aquellas mujeres dejan de ser figuras remotas y se convierten en interlocutoras contemporáneas. Sin embargo, esa misma cercanía corre el riesgo de ocultar aquello que las hacía verdaderamente extrañas: el hecho de que su experiencia estaba organizada alrededor de una relación con la trascendencia que no puede reducirse ni a identidad, ni a bienestar, ni a estrategia de resistencia.

Por su parte, Dacia Maraini nos recuerda algo que nuestra sensibilidad contemporánea tiende a olvidar. La fe no fue siempre un límite a la libertad, también fue la fuente en la que muchas mujeres encontraron la fuerza necesaria para desafiar a sus familias, a las autoridades religiosas y a las convenciones de su tiempo. Clara de Asís no fue libre a pesar de su fe, sino a través de ella. Y esta posibilidad nos resulta hoy difícil de comprender porque hemos aprendido a identificar la emancipación casi exclusivamente con la afirmación de la autonomía individual.

Sin embargo, no se trata únicamente de una experiencia histórica. También hoy encontramos mujeres que, lejos de vivir la fe como resignación o subordinación, la convierten en fundamento de una palabra crítica frente a las estructuras patriarcales de la propia Iglesia y de la sociedad. Las mujeres de Revuelta de Mujeres en la Iglesia constituyen un ejemplo significativo de ello. Su reivindicación de igualdad y corresponsabilidad eclesial no nace de una toma de distancia respecto de la tradición cristiana, sino precisamente de una implicación profunda en ella. Como Clara de Asís en su tiempo, cuestionan determinadas formas de poder en nombre de una fidelidad más radical a aquello que consideran esencial. Su existencia recuerda que la relación entre religión y emancipación es mucho más compleja de lo que suelen admitir tanto los discursos secularizadores como ciertos discursos religiosos.

La fe puede funcionar como legitimación del orden establecido, pero también como fuente de disidencia, de crítica y de transformación. Y el cristianismo sólo puede reconocerse en esta segunda perspectiva pues, como señala Terry Eagleton: “El Nuevo Testamento es una brutal trituradora de ilusiones humanas. Si usted sigue a Jesús y no acaba muerto, es como si tuviera que dar explicaciones de ello. Él, descarnado significante de la condición humana, se pronunció a favor del amor y la justicia y fue ajusticiado por las molestias que se tomó. La verdad traumática de la historia es, pues, un cuerpo mutilado” (Razón, fe y revolución, Paidós, 2012, p. 47).

Si las monjas del Siglo de Oro siguen teniendo algo importante que decirnos no es solo porque fueran mujeres adelantadas a su tiempo ni porque anticiparan nuestros problemas actuales, sino porque habitaban un universo moral y espiritual que nos permite reconocer los límites del nuestro. Nos recuerdan que la experiencia humana no se agota en la búsqueda de autorrealización, que existen formas de libertad nacidas de la entrega y no solo de la afirmación de sí, y que la espiritualidad puede ser algo más que una técnica para sentirse mejor. Lo expresa perfectamente Begoña Méndez en su luminoso ensayo Místicas: “Las místicas trabajan para no saciarse nunca y así mantener su hambre y sostener el vacío” (pp. 148-149).

Creo que aquí reside la ambigüedad de muchas espiritualidades contemporáneas: buscamos llenar un vacío y saciarnos, buscamos sentido, profundidad, silencio o plenitud, pero tendemos a hacerlo sin abandonar nunca el centro de nosotras mismas. La espiritualidad se convierte, así, en un recurso para gestionar mejor la propia vida, no en una experiencia capaz de cuestionarla. Allí donde la tradición mística hablaba de conversión, desposesión o gracia, nosotras hablamos de bienestar, autenticidad o crecimiento personal. No es que haya desaparecido la búsqueda espiritual, pero se ha vuelto cada vez más difícil imaginar una alteridad que no sea simplemente una prolongación del propio yo.

Volviendo a Malraux, lo más probable es que el eventual acontecimiento espiritual del que hablaba no consista en el regreso de las antiguas religiosidades, sino en la reaparición de preguntas que nuestra cultura ha aprendido a silenciar: preguntas sobre la verdad, la obligación, la comunidad, el sufrimiento, la esperanza o aquello que merece ser amado más allá de su utilidad. Si algo pueden enseñarnos Teresa de Jesús, Clara de Asís, Sor Juana o tantas otras mujeres religiosas del pasado es que la trascendencia comienza allí donde dejamos de preguntarnos únicamente qué nos ayuda o qué nos hace sentir bien y empezamos a preguntarnos qué nos reclama, qué nos interpela y qué (o quién) nos llama a salir de nosotras mismas.