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sábado, 12 de septiembre de 2026

Cuando la inseguridad vota

 


Hay resultados electorales que se explican mirando la campaña y otros que obligan a mirar mucho más atrás. El obtenido por Alternativa para Alemania (AfD) en las recientes elecciones de Sajonia-Anhalt pertenece a los segundos. Naturalmente, habrá que hablar de inmigración, del rechazo al Gobierno federal, de las peculiaridades de Alemania oriental o de la guerra de Ucrania. Pero quizá convenga mirar también hacia otro lugar: al deterioro de aquellas instituciones que durante décadas hicieron de las sociedades europeas lugares relativamente seguros para vivir.

Unos meses antes de estas elecciones, el Gobierno alemán, formado por la Unión Cristiano-Demócrata (CDU) y el Partido Socialdemócrata (SPD), había anunciado un importante recorte del Estado del bienestar. Entre otras medidas, una reducción acumulada del gasto sanitario de hasta 38.000 millones de euros hasta 2030 y un endurecimiento de las condiciones de acceso a determinadas prestaciones sociales, especialmente las vinculadas al desempleo de larga duración.

Existen problemas reales que no pueden ignorarse —envejecimiento demográfico, incremento de los costes sanitarios, debilidad económica o necesidades de inversión—, pero las decisiones presupuestarias son profundamente políticas, ya que indican qué riesgos decidimos afrontar colectivamente y cuáles trasladamos a las personas y las familias. Y hay un elemento que convierte el caso alemán en particularmente significativo, ya que el ajuste anunciado coincide con un considerable incremento del gasto en defensa. Aunque no pueda establecerse una correspondencia contable simple entre ambas partidas, resulta inevitable preguntarse: ¿qué ocurre cuando un Estado afirma que debe incrementar nuestra seguridad frente a supuestas amenazas exteriores mientras reduce las instituciones destinadas a proporcionarnos seguridad frente a la enfermedad, el desempleo, la pobreza o la vejez?

Tony Judt formuló hace tiempo una advertencia que hoy resulta inquietantemente actual. En Sobre el olvidado siglo XX escribió que “gracias a medio siglo de prosperidad y estabilidad, en Occidente hemos olvidado el trauma social y político que representa la inseguridad económica de las masas, y en consecuencia no recordamos las razones que llevaron en primer término a la creación de los Estados del bienestar de los que hoy disfrutamos”. La palabra fundamental es inseguridad. Porque el Estado del bienestar nunca fue solo una gigantesca maquinaria redistributiva, era también, y sobre todo, una formidable institución productora de seguridad colectiva. Permitía saber que enfermar no significaría arruinarse, que perder el empleo no supondría caer inmediatamente en la pobreza, que envejecer no equivaldría a depender de la caridad familiar y que el origen social de una criatura no determinaría completamente sus oportunidades educativas. Aquellas políticas no eliminaron la desigualdad (seguían operando en un sistema capitalista), pero hicieron algo políticamente decisivo: redujeron el miedo. Y hemos olvidado hasta qué punto las democracias necesitan de personas que no tengan miedo.

Asimetría entre izquierda y derecha

Aquí aparece una paradoja que la izquierda europea debería tomarse muy en serio. Tendemos a suponer que el deterioro de los servicios públicos, el debilitamiento de la protección social o el aumento de la inseguridad económica terminarán pasando factura electoral a las fuerzas políticas que los promueven. Parecería lógico: si alguien recorta las prestaciones que utilizas o deteriora el hospital al que acudes, acabarás votando a quien prometa recuperarlas. Pero la política no funciona necesariamente así y, sobre todo, no funciona igual para la izquierda que para la derecha.

Existe una profunda asimetría política en las consecuencias del deterioro del Estado social. La izquierda necesita que las instituciones públicas funcionen porque una parte fundamental de su proyecto descansa sobre la promesa de que, mediante la acción colectiva, la fiscalidad y las instituciones comunes podemos protegernos mejor frente a determinados riesgos que abandonando a cada persona a sus propios recursos. La escuela pública, la sanidad, las pensiones o las prestaciones por desempleo son, en este sentido, mucho más que políticas concretas, son demostraciones cotidianas de que lo común funciona, y cuando lo hacen bien producen, además de servicios, confianza política. Por eso su deterioro provoca un daño particularmente grave a la izquierda. Una lista de espera interminable no constituye solamente un problema sanitario, puede convertirse en un argumento contra la capacidad de lo público. Una prestación insuficiente no genera únicamente pobreza, también alimenta la sospecha de que la redistribución no funciona. La extrema derecha se encuentra en una posición muy diferente: no necesita demostrar que las instituciones comunes pueden funcionar mejor, al contrario, prospera “demostrando” que han dejado de funcionar. 

Cuando faltan recursos sanitarios, viviendas asequibles, plazas escolares o prestaciones suficientes, el conflicto político puede formularse de dos maneras: podemos preguntarnos por qué una sociedad rica no garantiza determinados bienes colectivos, cómo se distribuye la riqueza, quién paga impuestos o qué prioridades presupuestarias hemos establecido; pero también podemos formular una pregunta completamente distinta: si los recursos son escasos, ¿quién tiene derecho a disfrutarlos? La primera pregunta conduce hacia la redistribución, la segunda hacia la exclusión. Y la extrema derecha es extraordinariamente hábil desplazando el debate de una hacia otra. Su operación política fundamental consiste en transformar conflictos verticales en conflictos horizontales, de manera que la cuestión deje de ser cuánto aportan quienes más tienen y pase a ser quién recibe qué entre quienes tienen menos. De este modo, el problema de la vivienda se convierte en competencia entre población autóctona e inmigrante, y la saturación sanitaria deja de explicarse por inversiones insuficientes y pasa a atribuirse a quienes supuestamente utilizan unos servicios que “nosotros” hemos pagado. El Estado social no desaparece del discurso de la extrema derecha, pero cambia radicalmente de naturaleza: protección social, sí, pero para los nuestros.

Aquí reside una de las paradojas más preocupantes de la política contemporánea. La derecha radical puede beneficiarse electoralmente del deterioro de unas instituciones sociales cuya expansión nunca formó parte de su proyecto político. Puede incluso defender políticas económicas regresivas y, simultáneamente, capitalizar la inseguridad producida por el debilitamiento de la protección colectiva. Todo lo contrario de lo que ocurre con la izquierda. Cuando gobierna, se espera de ella que los hospitales funcionen, que las escuelas reduzcan desigualdades, que las pensiones sean suficientes y que perder el empleo no conduzca a la pobreza. Pero cuando participa en el deterioro de esas mismas instituciones no solamente incumple una política concreta, debilita el fundamento material de su propia credibilidad.

Por eso la participación del SPD en el ajuste alemán plantea una cuestión especialmente delicada. Una fuerza socialdemócrata puede considerar que aceptar determinadas restricciones presupuestarias demuestra responsabilidad gubernamental, pero corre el riesgo de hacer indistinguibles las alternativas precisamente allí donde históricamente construyó su identidad. Si izquierda y derecha coinciden en transmitir que el Estado social ya no puede garantizar las seguridades que garantizaba, la extrema derecha puede ofrecer una respuesta distinta: no promete reconstruir la universalidad perdida, sino reducir el número de personas con derecho a beneficiarse de ella. Cuando no parece posible aumentar el tamaño de la tarta, siempre queda discutir quién merece sentarse a la mesa.

La seguridad social también es seguridad democrática

Aquí adquiere todo su sentido la advertencia de Judt sobre “el trauma social y político” de la inseguridad. El Estado del bienestar europeo no nació únicamente de un impulso humanitario ni fue simplemente resultado de la fuerza del movimiento obrero, sobre todo surgió de una experiencia histórica traumática, la de unas sociedades que habían aprendido durante la primera mitad del siglo XX que masas de población sometidas al desempleo, la pobreza, la incertidumbre y el miedo podían dejar de confiar en las instituciones democráticas y optar por el fascismo. La seguridad social fue, en este sentido, también seguridad democrática.

Esta es la dimensión que hemos ido olvidando al convertir el Estado del bienestar en una cuestión fundamentalmente contable. Discutimos cuánto cuesta la sanidad, cuánto cuestan las pensiones o cuánto cuesta el desempleo, pero no nos preguntamos cuánto cuesta políticamente que millones de personas vivan convencidas de que mañana pueden estar peor que hoy. Porque la inseguridad no genera necesariamente solidaridad ni las crisis económicas, la precarización o el deterioro de las condiciones de vida desplazan espontáneamente a las sociedades hacia la izquierda. Pueden producir solidaridad y movilización colectiva, pero también repliegue identitario, autoritarismo y búsqueda de chivos expiatorios.

La precariedad no tiene ideología predeterminada, depende de quién consiga interpretarla. Para que una interpretación progresista de la inseguridad resulte convincente es necesario construir solidaridades, explicar que quien compite conmigo por una vivienda no es la causa de que falten viviendas, que quien espera conmigo en las urgencias no es responsable de la insuficiencia de personal sanitario, que el que haya más o menos personas solicitantes de una prestación social no elimina la pregunta fundamental de por qué determinados grupos contribuyen fiscalmente mucho menos de lo que deberían. La extrema derecha dispone de una explicación mucho más sencilla para todo esto: basta con señalar a alguien.

R. H. Tawney comprendió extraordinariamente bien el peligro ya en 1931 y en Igualdad recordaba que “la combinación de democracia y desigualdad económica extrema forman un compuesto inestable”, añadiendo que, aunque se trate de una vieja evidencia de la ciencia política, es una verdad que “se olvida periódicamente” y que “periódicamente, por tanto, es necesario volver a descubrir”. Ese redescubrimiento comenzó hace aproximadamente lustros, al calor de la crisis financiera y de las políticas de austeridad, tanto en las calles -con los movimientos de indignación que denunciaron sus costes sociales y la creciente concentración de la riqueza- como en el debate académico, donde trabajos como los de Thomas Piketty devolvieron la desigualdad al centro de la discusión económica y política. Pero quizá hoy haya que añadir algo a Tawney: el problema contemporáneo no es únicamente la desigualdad, sino la combinación de desigualdad e inseguridad. Una sociedad puede tolerar durante bastante tiempo diferencias económicas mientras una mayoría mantenga la expectativa de que su vida mejorará y confíe en instituciones capaces de protegerla frente a los grandes riesgos. Pero cuando la desigualdad coincide con la percepción de que esas protecciones se retiran, irrumpe una pregunta políticamente explosiva: si hay recursos para unas cosas, ¿por qué no los hay para “nosotros”?

En Alemania esa pregunta adquiere una especial gravedad cuando el ajuste de las políticas sociales coincide con el incremento del gasto militar. Pueden darse razones geopolíticas para considerar necesario ese esfuerzo, pero cada decisión presupuestaria expresa una prioridad y transmite un mensaje acerca de qué inseguridades considera el Estado que merecen protección. Un Estado puede decir a su ciudadanía que necesita protegerla frente a amenazas exteriores mientras reduce las instituciones que la protegen frente a la enfermedad, el desempleo, la pobreza o la vejez, pero no debería sorprenderse si esa ciudadanía acaba preguntándose qué significa exactamente la palabra seguridad.

No se trata de sostener que los recortes sociales produzcan automáticamente votos para la extrema derecha, tampoco de reducir el racismo o la xenofobia a la inseguridad económica, sería falso y políticamente complaciente. Pero el deterioro del Estado social modifica el terreno sobre el que se desarrolla la competición política, y no lo hace de manera neutral. Además, los beneficios del Estado social y los costes de su deterioro tampoco se perciben simétricamente. Cuando las políticas públicas funcionan, sus beneficios tienden a naturalizarse, por eso nadie se levanta cada mañana agradeciendo que exista una escuela pública, que llegue una ambulancia cuando llama al 112 o que sus progenitores cobren una pensión; lo que funciona acaba convirtiéndose en mero paisaje. Cuando deja de funcionar, en cambio, el malestar busca responsables. Y aquí puede resumirse toda la asimetría de la que venimos hablando: si la izquierda necesita que lo público funcione, a la extrema derecha le basta con que alguien tenga la culpa de que no funcione.

Por eso la relación entre Estado social y democracia es mucho más profunda de lo que solemos reconocer. La sanidad pública, las pensiones, la educación, la vivienda o la protección frente al desempleo no constituyen únicamente capítulos presupuestarios, son instituciones que permiten que personas con posiciones económicas, orígenes y trayectorias diferentes experimenten que pertenecen a un mismo mundo social. Cuando esas instituciones se debilitan, no desaparece la necesidad de protección, pero sí cambia la política de la protección, la pregunta deja de ser “¿cómo podemos protegernos colectivamente?” y empieza a convertirse en otra muy distinta: “¿de quién debemos protegernos?”

Judt nos recordó por qué construimos el Estado del bienestar; Tawney nos advirtió de que la desigualdad extrema termina siendo incompatible con una democracia estable. Convendría releerlos después de Sajonia-Anhalt. Porque el Estado social no fue únicamente una respuesta a la pobreza, sobre todo fue una respuesta política al miedo producido por la inseguridad de masas. Y quienes consideran que podemos debilitarlo indefinidamente sin consecuencias deberían recordar una lección elemental de la historia europea: cuando desaparece la seguridad social, el espacio que deja libre no lo ocupa necesariamente la izquierda. También puede ocuparlo el miedo, y la extrema derecha sabe muy bien qué hacer con él.


Publicado en elDiario.es

sábado, 27 de abril de 2019

Jornada de reflexión

1: "La política se basa en el hecho de la pluralidad de los hombres. La política trata del estar juntos y los unos con los otros de los diversos" (Hannah Arendt ¿QUÉ ES LA POLÍTICA? ). Así pues: no votar a quien no defienda una España plural.



  2: "¿Se podría formar el partido de los que no están seguros de tener razón? Sería el mío. En todo caso, yo no insulto a los que no están conmigo” (A. Camus MORAL Y POLÍTICA ). Así pues: no votar a quienes excluyen las razones de los demás.




3: “La historia es un proceso darwiniano más despiadado que el que gobierna la vida animal y vegetal. Los vencidos desaparecen. No son nada” (Simone Weil ECHAR RAÍCES ). No votar a quienes se enardecen con la historia única de los vencedores.

 

4: “Cuando las palabras pierden su integridad también lo hacen las ideas que expresan, privatizando el lenguaje como hemos privatizado tantas cosas” (T. Judt EL REFUGIO DE LA MEMORIA ). No votar a quien desprecia la integridad del lenguaje.




5: “Solo un programa auténticamente redistributivo puede ofrecer respuestas a la desigualdad, canalizando la indignación popular hacia quien la merece” (Naomi Klein DECIR NO NO BASTA ). Votar proyectos de redistribución real.



6: “La sociedad es irrepresentable como unidad porque carece de ella. Solo se presenta [así] cuando se vuelcan sobre ella los criterios ajenos del pueblo o la nación” (P. Lanceros EL ROBO DEL FUTURO ). No votar a quien reduce la sociedad a unidad.



























  7: “Todas las sociedades decentes tienen que protegerse frente a la división y la jerarquización cultivando sentimientos apropiados de simpatía y amor”(Martha Nussbaum EMOCIONES POLÍTICAS ). No votar a quien agita emociones de odio y rechazo.



8: “Sin la participación más densa de los ciudadanos la democracia [es] rehén de intereses que generan mayorías parlamentarias en contra de la mayoría ciudadana” (Santos DEMOCRACIA AL BORDE DEL CAOS ). Votar contra la elitización de la democracia.




9: “Confiar en el capitalismo «verde» sería cometer el mismo error que la rana que aceptó transportar un escorpión sobre su lomo para cruzar un río” (Isabelle Stengers EN TIEMPOS DE CATÁSTROFES ). Votar a quienes parecen conscientes de la crisis ecosocial.



10: “Una ultraderecha incapaz de ganar en las urnas, minoritaria, acaba imponiendo paradójicamente sus soluciones porque ha logrado imponer su lectura de la realidad" (J.M. Ridao WEIMAR ENTRE NOSOTROS ). Votar para contener a la ultraderecha.




11: “Los muros no pueden bloquear lo exterior sin cerrar lo interior, no pueden dar seguridad sin hacer del ansia por la seguridad una forma de vida, un reaccionario nosotros” (Wendy Brown ESTADOS AMURALLADOS, SOBERANÍA EN DECLIVE ). No votar búnker.
 

12: “La potencialidad articula el presente con el futuro y pone así la infraestructura material de la esperanza, porque cada presente se excede radicalmente a sí mismo” (T. Eagleton ESPERANZA SIN OPTIMISMO ). Votar desde y para la esperanza.




13: “La educación para el crecimiento económico no [quiere] un estudio centrado en las injusticias de clase, casta, género, etnia o religión, pues generaría un pensamiento crítico” (M. Nussbaum SIN FINES DE LUCRO ). Voto educación pública y crítica.




14: “La indiferencia hacia la política es el objetivo de la máquina de fango. Responder al fracaso de la política generalizando «Todos son iguales», es el mejor modo de hundir el barco en el que vamos todos” (R. Saviano VENTE CONMIGO ). Pues eso.

domingo, 31 de marzo de 2019

La irrupción de la extrema derecha en España

Ya puede leerse aquí el último número de GALDE. Yo escribo una breve nota sobre la irrupción de la extrema derecha en España.


jueves, 30 de noviembre de 2017

¿Aprenderemos?

En la última Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Bilbao encontré una joya: La igualdad, de R.H. Tawney, publicado en 1945 por Fondo de Cultura Económica y traducido al español por Francisco Giner de los Ríos. En sus páginas 320-321 podemos leer lo siguiente:

Se admite hoy generalmente que la crisis financiera  británica de 1931 se debió de modo principal a causas con las cuales tenían poco que ver los gastos públicos en la Gran Bretaña. La City, que había recibido préstamos a corto plazo y los había concedido a largo plazo, no pudo hacer frente a la situación surgida cuando los rumores premonitorios del colapso en la Europa Central hicieron que los saldos extranjeros en Londres volvieran a su lugar de origen. Sin embargo, era evidentemente atractivo adscribir a los gastos exagerados de un gobierno que disgustaba al mundo de los negocios las dificultades resultantes resultantes de las equivocaciones en ese mismo mundo. Viéndose amenazados con el grito de que el país estaba en peligro a consecuencia de una temeraria expansión de los servicios sociales, el gobierno laborista fue incapaz de desafiar la hostilidad de la City o de tomar, sin que se le denunciara como asesino del crédito británico, la medida de abandonar el patrón oro, como hizo su sucesor con el resultado inmediato de ser aclamado como salvador de ese mismo crédito.

¿No nos suena a lo ocurrido en la última crisis de 2008? El marco (ideo)lógico de la derecha es singularmente estrecho, reducido y reiterativo. Tal vez por eso resulta tan exitoso.

domingo, 26 de marzo de 2017

Lo que podemos aprender del "caso Trump"



1) Que la ideología está bien a la hora de orientar la investigación social (en la fase de descubrimiento puede contribuir a formular interesantes preguntas e hipótesis de investigación); 2) que esta debe, en el contexto de justificación, bajar al terreno y prestar atención cercana a los procesos sociales complejos, que muchas veces no se dejan atrapar por la ideología; y 3) que la ciencia social debe animar a la ciudadanía a militar en la defensa de sociedades lo más abiertas y decentes posibles (con lo que la ideología vuelve a ser importante).

[1] La editorial Traficantes de Sueños ha recogido en un sólo volumen, titulado Estados Unidos: Homeland, diversos artículos en los que firmas habituales de la revista New Left Review analizan distintos aspectos de la estructura social estadounidense.
Imagen de cubierta: ESTADOS UNIDOS: HOMELAND
De entre estos artículos, quiero referirme ahora al de Perry Anderson, titulado precisamente "Homeland", publicado originalmente en el número 81 de la NLR, en 2013. El artículo nos ofrece un interesantísimo análisis de la evolución del escenario político-electoral de Estados Unidos desde los años 30, atendiendo a los factores subyacentes (régimen de acumulación, cambios en la sociología del electorado, cambios en el sistema de valores) que explican sus distintos momentos. Sin embargo, falla a la hora de proyectar a futuro ese mismo análisis.
Así, analizando estos factores subyacentes a partir de los 90, Anderson afirma que "la crisis financiera, los cambios demográficos, la transformación sociocultural: en las postrimerías de la presidencia de George W. Bush todo favorecía a los demócratas". En su opinión, la victoria de Bill Clinton en 1992 se corresponde con "un paulatino cambio histórico en la sociología del electorado desde la década de 1990 y que desde hacía tiempo se había predicho que acabaría alterando el equilibrio entre los dos partidos". Desarrollando este argumento, Anderson señala lo siguiente:
 
"Los ultraconservadores y ultrapatriotas conquistados por Nixon y Reagan se habían reducido: entre 1980 y 2010 la proporción de blancos sin enseñanza superior disminuyó del 70 al 40 por 100. La proporción del electorado no blanco –negros, mestizos y amarillos– se había duplicado desde la victoria de Clinton en 1992, pasando del 13 al 26 por 100. Desde entonces ningún republicano ha obtenido la mayoría en el segmento de mayor crecimiento, el de los hispanos. Y lo más importante, las mujeres que votan, cuya proporción ya había comenzado a ser mayor que la de los varones en la década de 1980, a partir de la de 1990 no solo lo ha votado mayoritaria e invariablemente por los demócratas, sino que su participación crece desproporcionadamente. En 2008 votaron alrededor de 10 millones más de mujeres que hombres. A esos dividendos demográficos se han ido añadiendo los efectos gradualmente acumulativos de la desregulación cultural, a medida que descendía la tasa de matrimonios y la proporción de creyentes confesos. En la década de 1950, más del 90 por 100 de los votantes estadounidenses menores de treinta años estaban casados; hoy día sólo lo está menos del 30 por 100. Las parejas casadas constituyen ahora solo el 45 por 100 de los hogares, aquellos con niños representan tan solo el 20 por 100. Más de una cuarta parte de la población ya no se considera a sí misma cristiana. Esa relajación del corsé cultural –compatible, por supuesto, con el conformismo o el beneplácito hacia los mercados– ha ido más lejos en los dos grupos históricamente más afectados por la domesticación de la contracultura, la juventud y los profesionales ricos, que ahora son depósitos privilegiados de votos demócratas, y ha afectado de forma decisiva al Cinturón del Sol: California, el estado más poblado del país, se hizo mayoritariamente demócrata a mediados de la década de 1990, del mismo modo que el sur se hizo mayoritariamente republicano. El efecto neto de esos cambios ha sido sustituir lo que en otro tiempo se podía entender como política de clase por lo que parece ahora más próximo a la política identitaria como base de la formación de coaliciones y de la movilización electoral. En ese proceso los condicionantes tradicionales relativos a los ingresos han ido perdiendo importancia o convirtiéndose en su opuesto".

Es verdad que "el azar de una mala conducta sexual hizo volver a los republicanos por una ventaja infinitesimal", y que el caso Lewinsky sirvió como "emblema chabacano" que catalizó una reacción vehemente de las "tropas de choque de la movilización electoral republicana", autoconstituidas en "mayoría moral". Pero esta base republicana "embriagada" -afirma Anderson- ha chocado siempre con "su alto mando, sólidamente anclado en los grandes negocios desde la Reconstrucción", que siempre  permaneció más sobrio:

"En una pauta iniciada en la década de 1950, los estallidos de extravagancia desde abajo fueron contrarrestados por los más realistas desde arriba, chocando una oleada tras otra contra la raison de parti en la competencia electoral. Joe McCarthy fue censurado formalmente por el Comité Watkins; la John Birch Society y su fundador Robert W. Welch fueron marginados por The National Review de W. F. Buckley; Goldwater fue aplastado en las urnas; hasta Reagan acabó desilusionando a los puristas; Gingrich se desinfló; Robertson implosionó. Es poco probable que el último de esos avatares, el Tea Party, vaya a perdurar".

De ahí su conclusión: "los demócratas tienen todas las bazas". ¿Por qué? Porque los factores subyacentes juegan a su favor:

"Las proyecciones demográficas les favorecen, al hacerse cada vez mayor en el electorado la proporción de la generación Y, (esto es aquellos nacidos entre 1980 y 2000), y de los hispanos, mientras que la de los blancos declina. La ventaja ideológica se ha desplazado también en su dirección y probablemente aumentará, en la medida en que la raza y la religión se convierten en lastres, más que en ventajas en la construcción de una mayoría electoral; además, el país ya no parece correr tantos peligros en el exterior. Tras la inesperada victoria de Bush en 2000, la Guerra contra el Terror ofreció el suplemento de un nacionalismo hiperbólico para la consolidación republicana en el poder en 2004; pero al desinflarse la batalla contra el terrorismo, como antes contra el comunismo, la administración del imperio ya no requiere un ambiente de emergencia nacional. Del mismo modo que en la década de 1990, el bastón de mando estratégico pudo pasar sin ningún incidente a Clinton, reajustando socialmente la fórmula para el dominio neoliberal, hoy día Obama puede dar un giro cultural sin temor a ser vencido en una puja de seguridad imperial, dejando la versión republicana reducida al tema menor de la impuestofobia".

[2] Pero, ¡ay!, en estas irrumpió Trump, que ha vuelto a embriagar a las tropas de choque republicanas, ha reactivado al Tea Party, ha puesto de rodillas al alto mando del partido, ha reactivado la religión y la raza como fundamentales ejes políticos, ha revivido a los blancos poco educados ultrapatriotas y ultraconservadores y ha elevado el umbral colectivo de miedo hasta el DEFCON 3, recuperando un discurso abiertamente militarista. 
Resultado de imagen de hochschild strangersLa lectura del libro de la socióloga Arlie Russell Hochschild Strangers in Their Own Land ("Extranjeros en su propio país") nos permite aproximarnos a la vida y la visión del mundo de las personas que han hecho posible la sorprendente victoria de tan peligroso demagogo. Durante cinco años, Hochschild ha compartido conversaciones, fiestas, actos políticos, celebraciones religiosas, con 
buscando entender sus emociones y sentimientos más profundos (deep story), con el fin de poder imaginarse a sí misma (una mujer educada, progresita y urbanita) en los zapatos (into their shoes) de esas personas tan distintas de ella misma. Para ello se trasladó a Lousiana, uno de los estados más pobres, contaminados y subsidiados de Estados Unidos, para convivir con fervorosos militantes del Tea Party.
Allí se enfrentó a la Gran Paradoja (Great Paradox) que supone encontrarse con personas que luchan por preservar los recursos productivos y ecológicos de sus ciudades y pueblos, amenazados por las grandes empresas petroleras y alimentarias, pero que en lugar de confiar en la intervención reguladora del gobierno ponen todas sus esperanzas en el mercado libre: "Small farmers voting with Monsanto? Corner drugstore owners voting with Walmart? The local book-store owner voting with Amazon?". Así de paradójico: pequeños granjeros votando lo mismo que la multinacional de las semillas transgénicas Monsanto, pequeños comerciantes de proximidad votando lo mismo que la mastodóntica y agresiva corporación Walmart, libreros locales votando lo mismo que Amazon.
Hochschild considera que esta paradoja es posible porque las y los militantes del Tea Party sitúan su auto-interés emocional (emotional self-interest) por encima de su interés económico. "Me di cuenta -escribe Hochschild- de que el Tea Party no era tanto una agrupación política como una cultura, una manera de ver y de sentir acerca de un lugar y su gente".
He reflexionado sobre cuestiones parecidas en un artículo titulado "Desamparo, populismo y xenofobia". Habrá que seguir reflexionando sobre estas cuestiones, pero pisando suelo y sin que la ideología ciegue nuestros ojos analíticos. 

[3] Lo cual no es óbice para que, tras el análisis, recuperemos la dimensión ideológica, normativa. Es lo que hace el historiador Timothy Snyder en su libro Sobre la tiranía: veinte lecciones que aprender del siglo XX.
Resultado de imagen de snyder sobre la tiraníaQue un reputado historiador, especialista en los movimientos totalitarios característicos de la primera mitad del siglo XX, recurra a su disciplina y a sus conocimientos para advertir a sus compatriotas estadounidenses contra la deriva tiránica que el Trumpismo puede significar, y que los aliente a resistirse a la misma, resulta tan alarmante (la cosa es seria) como admirable (precisamente porque la cosa es seria, la tentación de los académicos es refugiarnos en nuestros despachos).
Estas son las veinte lecciones que Snyder nos propone, a cada una de las cuales dedica un breve capítulo:

1. No obedezcas por anticipado.
2. Defiende las instituciones.
3. Cuidado con el Estado de partido único.
4. Asume tu responsabilidad por el aspecto del mundo.
5. Recuerda la ética profesional.
6. Desconfía de las fuerzas paramilitares.
7. Sé reflexivo, si tienes que ir armado.
8. Desmárcate del resto.
9. Trata bien nuestra lengua.
10. Cree en la verdad.
11. Investiga.
12. Mira a los ojos y habla de las cosas cotidianas.
13. Practica una política corporal.
14. Consolida una vida privada.
15. Contribuye a las buenas causas.
16. Aprende de tus conocidos de otros países.
17. Presta atención a las palabras peligrosas.
18. Mantén la calma cuando ocurra lo impensable.
19. Sé patriota.
20. Sé todo lo valiente que puedas.

Esperemos que no haga falta, pero por si acaso...

sábado, 16 de julio de 2016

Reconocer como iguales a las víctimas de las tierras arrasadas

[I] El domingo 3 de julio publicaba EL PAÍS una entrevista con el lingüista italiano Raffaele Simone, conocido en España por su libro El monstruo amable (Taurus, 2011), del que ya hemos hablado en este blog. En la entrevista, Simone planteaba lo siguiente:

La inmigración puede disolver Europa. El paradigma democrático contiene una ficción fundamental, que yo llamo de inclusión ilimitada: cualquiera se puede presentar a mi puerta, sobre todo si está escapando de la represión, y encontrará hospitalidad. Es un principio sacrosanto, pero se puede aplicar solo a individuos. Aquí tenemos el caso de subcontinentes enteros que se transfieren a Europa. Ese choque es fatal desde el punto de vista económico, porque va a gravar nuestros presupuestos sociales, y cultural, porque la inmensa mayoría son islámicos. Y provienen de países con una cultura del trabajo débil o inexistente; la mayoría son varones que plantearán problemas de acompañamiento sentimental, por decirlo así, y tienen un ritmo de reproducción mucho más alto. Se han inventado mitos, como que, al sufrir Europa una crisis demográfica, los recién llegados van a compensarlo. Pero son islámicos y esa es una diferencia radical. Ante esto, la izquierda ha adoptado la filosofía de “que vengan todos”. Pero eso no es una filosofía, es la renuncia a tomar una decisión. Y ha hecho un regalo monumental a la derecha. De ahí que el futuro de países como Francia, Austria o los escandinavos esté definido por la mala gestión del tema de la inmigración. Y Europa se desplazará hacia la derecha.

Este es un argumento central de su último libro, El hada democrática (Taurus, 2016). Considera Simone que la democracia en Europa afronta un grave riesgo de descomposición causado por los excesos derivados de la "aspiración a la democracia directa" y por el error de que "durante decenios se ha dejado entrar en toda Europa occidental a importantes flujos de inmigración, tanto legal como clandestina, sin ningún filtro ni medida de control eficaz".
El razonamiento no es nuevo, y ha sido planteado hace unos años bajo la fórmula del dilema progresista, entendido como la contradicción intrínseca entre apertura a la diversidad y mantenimiento de la cohesión social. Lo he abordado en el trabajo Confianza ciudadana y capital social en sociedades multiculturales (Ikuspegi, 2010; aquí en euskera).
Simone considera que la "actitud de hospitalidad a cualquier coste [...] producto de la propensión solidaria de las izquierdas y del humanitarismo cristiano católico", ha generado una suerte de "extremismo humanitario" que ha permitido que en algunos países europeos "hasta los inmigrantes técnicamente clandestinos han podido disfrutar gratuitamente de servicios y derechos que los residentes financian con sus impuestos, como los de enviar a sus hijos a la escuela y tener asistencia sanitaria".

Y aquí es donde Simone se transmuta en ese Giovanni Sartori que, en su último libro titulado La carrera hacia ningún lugar (Taurus, 2016), propone cosas como una "ciudadanía revocable": junto al ius sanguinis y al ius soli propone (aunque más bien parece que no sería tanto una tercera vía para acceder a la ciudadanía, sino el criterio fundamental para Sartori) "la concesión de la residencia permanente, transferible a los hijos pero siempre revocable, a cualquiera que entre en un país legalmente con los papeles en regla y un puesto de trabajo, no digo asegurado, pero sí prometido o creíble. En espera de descubrir cuántos seremos, si los podremos absorber o no, esta fórmula concede tiempo y no hace daño". De acuerdo en que esta formula nos concede tiempo (otra cosa es lo que ocurre con el tiempo "prestado" a las personas inmigrantes), pero ¿de verdad no hace daño? Una ciudadanía forzosamente temporal y precaria, hasta nuevo aviso, ¿permite de verdad construir una sociedad cohesionada? Pero Simone tan sólo es capaz de ver los problemas que para las sociedades receptoras supone la inmigración:

La masa de inmigrantes -considera una parte de los ciudadanos- no está compuesta sólo por gente que huye de guerras y persecuciones y por trabajadores (indispensables para un continente que envejece), sino también por marginados, ociosos, integristas religiosos, delincuentes y componentes de bandas criminales... [que] aprenden rápidamente a reivindicar derechos a la europea. [...] Crean, además, discriminaciones positivas que no pueden sino indisponer a los nativos: piénsese que la acogida de los inmigrantes recién llegados le cuesta a cada gobierno europeo centenares de millones de euros al año.

Simone recordaba en El monstruo amable que estar en la izquierda exige un arduo y sostenido esfuerzo para sostener un improbable artificio dirigido a modular impulsos, deseos y aspiraciones ("no tenemos sueños baratos") sobre los que se apoya con plena comodidad la derecha. Frente a la "naturalidad de la derecha", con sus postulados de superioridad (yo lo soy todo, tú no eres nadie), de propiedad (lo mío es mío y punto), de libertad (hago lo que me da la gana), de no injerencia (no te metas en mis asuntos) y de superioridad de lo privado sobre lo público, tan similares a las "convicciones que exhibe el niño en sus primeras relaciones con los demás", la "artificialidad de la izquierda", fundada sobre "elaboraciones donde la naturaleza se corrige, se remodela, se refrena, y en parte se niega". Esta aproximación de Simone fue lo que más me interesó de su primer libro: la idea de que "las posiciones de izquierdas son abstractas, laboriosas e inestables", ya que "para estar en la izquierda hace falta haber metido en cintura los impulsos descritos en los postulados de la derecha, con un grado variable de esfuerzo sobre uno mismo, es decir, de renuncia, incluso a costa de negar o limitar sus propios intereses". De ahí "el aspecto al mismo tiempo admirable y demencial de la izquierda (y es lo que la aproxima en ciertos aspectos a algunas formas de devoción religiosa): ¿renunciar cuando uno puede tener? ¿Privarse cuando uno puede acumular? ¿Igualarse cundo uno puede prevalecer?".
¿Por qué cuando se trata de la inmigración, Simone se pliega a los postulados tantas veces dominantes (vienen a quitarnos lo nuestro, no contribuyen, sólo exigen, no se integran...) en lugar de cuestionarlos? Porque, claro que es verdad que muchas personas mantienen las opiniones señaladas por Simone más arriba; y no por ello pueden ser calificadas inmediata y simplistamente de racistas o xenófobas. He abordado estas cuestiones en un artículo titulado "Desamparo, populismo y xenofobia·" (Revista Española del Tercer Sector, 31, 2015). Pero, ¿por qué en este caso Simone no considera necesario "remodelar, refrenar y en parte negar" esas elaboraciones, metiéndolas en cintura y evitando su expresión "natural"?


[II] Hace dos noches terminé la novela de Emiliano Monge Las tierras arrasadas (Penguin Random House, 2016), cuya lectura he tenido que suspender en varias ocasiones simplemente para reponerme de la terrible realidad que presenta. El trasfondo de la novela son las penurias que afrontan las personas que intentan entrar en México desde Centro y Sur América, muchas veces con la intención de continuar hacia Estados Unidos: engañadas por quienes supuestamente han de guiarlas a través de la frontera, vendidas como mera carne o fuerza de trabajo a explotadores sin escrúpulos, asesinadas, desmembradas, violadas, desaparecidas, olvidadas... Sus voces reales, intercaladas entre la ficción magistralmente construida por Monge, suenan familiares:

  • Quiero ir nomás para volver después con mis promesas... le prometí a mi hija una laptop... a mi hijo una chamarra de los Cubs... le prometí a mi esposa traer dinero... por eso voy a ese lado... para volverme con todas mis promesas.
  • Nomás llegue van a estarme allí esperando... mis dos hijos y mi esposo... llevan ellos ahí casi cuatro años... no los he visto en este tiempo... por eso van a tenerme allí una fiesta.
  • Para parirlo allá y que no tenga él que hacerlo luego... quiero que nazca allá para que no tenga que hacer todo este viaje... por eso voy... para sacarme este embarazo.

Estas son, sobre todo, las personas que migran. Ni parásitos ni terroristas; mujeres y hombres que sueñan con atravesar "el muro que divide en dos las tierras arrasadas", y que al intentarlo se encuentran con la pesadilla más atroz e inimaginable.

  • Es la tercera vez que vengo... la segunda fue peor que ésta... nos secuestraron, nos subieron a un vehículo y nos llevaron a una casa... nos pidieron los teléfonos y hablaron a pedir nuestro rescate... a las viejas nos partieron por las piernas... a los hombres les rompieron con su pala las espaldas... para que no pudieran irse... para no tener ni que cuidarlos... ahí en el suelo los dejaban... nada más para usarlos cuando hablaban.
  • Se subieron otra vez... pensé van a empezar todo de nuevo... ni supliqué que no empezaran... para qué... ahora o después pero estarán de nuevo encima... pensé... no tenía fuerzas ni para estar viva... para qué también pensé... habían dejado sus heridas... las de adentro... que duelen para siempre... ¿no?
  • Le pedí a Dios que ayudara... que no dejara que eso nos hicieran... yo rezaba y ellos se reían... luego me sacaron afuera y me tiraron en el lodo... me dijeron síguele rezando a ver qué pasa... y me quedé ahí tirada... en medio de la oscuridad y el olor a podrido... ahora sueño con el olor ese a podrido... y ya no rezo.

Escribe Amos Oz en Contra el fanatismo (Siruela, 2003) que la característica más definitoria de mentalidad fanática es la carencia de imaginación. Añado yo que esta carencia de imaginación es la que permite hacer afirmaciones o proponer actuaciones cuyas consecuencias reales, en el caso de realizarse, jamás son tomadas ne consideración. Algo de esto ocurre con las posiciones que ante la inmigración defienden autores como Sartori o Simone. ¿Son conscientes de las consecuencias que se derivan de su posición ante la inmigración? Exclusiones de la asistencia sanitaria y de las oportunidades educativas, redadas identificatorias, deportaciones masivas... A las personas que mantienen estas opiniones habría que responder como, según cuenta Oz, hizo un amigo suyo a un taxista que se empeñaba en que había que expulsar, cuando no eliminar, a todos los árabes: ¿Y quién cree usted que debería hacerlo?
Consecuencias como el recurso a medios cada vez más peligrosos para poder realizar su viaje migratorio, con los riesgos terribles que  ello supone; riesgos entre los que el de perder la vida en el intento no siempre es es más extremo, especialmente en el caso de las mujeres migrantes.

Leer el libro de Monge es dejarse golpear por "la historia del último holocausto de la especie". Tal vez, también, la única manera de no sucumbir ante los postulados "naturales" de un discurso anti-inmigración que ni siquiera la izquierda en la que se ubica Simone parece capaz de combatir.

sábado, 25 de junio de 2016

¡Ay!, las clases populares...


Me lo advirtió ayer Carlos: hemos organizado la Mesa de Análisis Postelectoral de la Asociación Vasca de Sociología y Ciencia Política el lunes a las 18:30, y resulta que a las 18:00 se juega en la Eurocopa el España-Italia. Pregunta sorprendida de alguien que asistía a la conversación: "¿Pero no sabíais que el lunes se televisa a las seis el partido?". Debo aclarar que la conversación transcurría en los prolegómenos de un acto político. "Es que Imanol no es futbolero", comentó Carlos intentando aclarar la situación. Me temo que en vano.

Esta mañana leo una reflexión de Jorge Riechmann en su último libro, Peces fuera del agua (Baile del Sol Ediciones, 2016):

Bastaría con que las clases populares de este país pusieran en la política democrática una quinta parte del conocimiento experto y la energía emocional que consagran al fútbol, quizá incluso una décima parte: bastaría con eso para que el empeño revolucionario por construir una sociedad justa y sustentable llegase a buen puerto... ¿De verdad hay que remitir tan modesta aspiración al País de Nunca Jamás?

Parece que por ahora sí. Y es una desgracia.

Pero lo que también me planteo, al hilo del Brexit, es cuánto del conocimiento experto y de la energía emocional que, ya sea desde las ciencias sociales, ya desde la política práctica, consagramos a comprender e impulsar el cambio social, lo hemos dedicado a entender y acompañar (acompañar, sí) a las personas y los grupos sociales que, desde hace décadas, vienen siendo perdedores netos de los procesos de reconfiguración del mercado de trabajo y de los espacios convivenciales (pueblos, barrios y ciudades) en las sociedades industriales avanzadas.

A propósito del triunfo del out, escribe Paul Mason: "Britain has voted to leave the EU. The reason? A large section of the working class, concentrated in towns and cities that have been quietly devastated by free-market economics, decided they’d had enough". La razón por la cual ha triunfado la opción de abandonar la Unión Europea es, en su opinión, que una gran parte de la vieja clase obrera británica, concentrada en pueblos y ciudades que han sido devastados por la economía de libre mercado, han decidido que ya era suficiente.
Ya lo advertía un sondeo en abril de YouGog, una empresa de investigación de mercado y opinión pública que trabaja básicamente con métodos online: "Class divides the EU referendum battle lines in awkward and unconventional ways. While in general Labour voters tend to be more europhile, working class people are also generally more eurosceptic, and may be motivated by a key Brexit argument". La clase social divide las líneas de batalla del referéndum sobre la salida de la UE de maneras incómodas y nada convencionales. Mientras que, en general, los votantes laboristas tienden a ser más bien eurófilos, las personas de clase trabajadora son generalmente más euroescépticas, y pueden estar muy motivadas por un argumento central en la campaña en favor del Brexit: el argumento al que se refiere es el expuesto en un artículo publicado en enero con el título "Labour should not be the champion of EU free movement", y no es otro que el de los efectos negativos de la inmigración sobre las condiciones de trabajo y de vida de las clases populares.



Otros interesantes artículos, en la misma línea: "If you've got money, you vote in ... if you haven't got money, you vote out", de John Harris, o  "Why the British working class voted for Brexit", de Kamal Mitra Cenoy.

El año pasado publiqué en la Revista Española del Tercer Sector, nº 31, un artículo titulado "Desamparo, populismo y xenofobia", del que a continuación recojo algunos fragmentos:

El desamparo es siempre relacional. El desamparo es algo que nos ocurre, no algo que somos o tenemos. Un individuo puede ser frágil o vulnerable, pero no puede ser desamparado. La situación de desamparo no es fruto de una característica o atributo de la persona desamparada, tampoco es consecuencia de su comportamiento, sino que es siempre consecuencia de una acción (u omisión) de otra persona distinta de aquella de la que se señala el desamparo, o de una determinada institución. La situación de desamparo es siempre transitiva: la persona desamparada lo está porque otra persona (o institución) la ha desamparado. Buscando una analogía que nos ayude a dar luz sobre este asunto, estar desamparado no se parece a estar perdido, sino a estar abandonado
La desafección democrática, más en concreto la desconfianza hacia las instituciones de la democracia, puede considerarse como una excelente variable proxy para analizar el fenómeno del desamparo. Especialmente esa expresión de desconfianza y desafección que denominamos populismo.
Son muchas las investigaciones y los análisis que permiten sostener la tesis de la correlación entre sentimiento de desamparo (expresado como desasosiego ante el futuro, pérdida de estatus, miedo a perder la capacidad de cuidar de los suyos, sensación de anomia, etc.) y apoyo a los discursos y las organizaciones populistas de extrema derecha; sentimientos de ansiedad que han permitido a estas organizaciones articular un discurso xenófobo que no se apoya ya en el viejo y desprestigiado racismo biológico, facilitando así su «lavado de cara» e incrementando su potencial de penetración social. Estas organizaciones se convierten en refugio de todos esos angry white men que habitan en barrios degradados de antiguas ciudades industriales hoy en declive.
En el marco de una “creciente etnización de las relaciones y conflictos sociales”, la pérdida de seguridad material y estatus social que sufren muchas personas “constituye un caldo de cultivo ideal para formaciones políticas populistas, antiinmigrantes y antieuropeas, bajo la amenaza de la xenofobia, la discriminación y sus manifestaciones más violentas”. Como señala Lorenzo Cachón:
La relación entre esos colectivos de trabajadores autóctonos peor situados en el mercado laboral y la inmigración y los inmigrantes es una cuestión de extraordinaria relevancia económica (porque es ahí donde confluyen, al menos en parte, los ámbitos de competencia entre autóctonos e inmigrantes) y social y política (porque es en este “terreno natural” donde se alimenta la demagogia xenófoba de extrema derecha).
Es cierto que la angustia que impulsa a muchas personas, muchas de ellas ex votantes de partidos tradicionales de la izquierda, no es sólo económica, o, en todo caso, no se explica sólo desde variables económicas, sino también en razón de temores y angustias de naturaleza explícitamente cultural, como son los sentimientos de pérdida y amenaza de la identidad nacional. En Gran Bretaña ha tenido lugar un interesante debate en este sentido tras la publicación de una carta abierta a los votantes del United Kingdom Independence Party (UKIP) del escritor izquierdista Owen Jones, autor del libro Chavs: la demonización de la clase obrera, en la que sostenía que sus demandas y aspiraciones coincidían en una gran parte con las de muchos votantes de izquierda, en particular en su rechazo a las élites económicas y políticas, por lo que no debían dar su apoyo al UKIP. Y afrontando la espinosa cuestión de la inmigración, escribía:
No voy a haceros perder el tiempo ni a ser condescendiente con vosotros predicando los beneficios de la inmigración. Sólo quiero preguntaros esto: ¿Quién ha causado más problemas a nuestro país: los banqueros que nos sumieron en el desastre económico, los políticos derrochadores que tienen la cara de aleccionarnos sobre el fraude social, los ricos evasores de impuestos que dejan de pagar 25.000 millones de libras al Tesoro Público; los jefes que pagan salarios de pobreza y los propietarios que cobran alquileres de estafa; o las enfermeras indias y los recogedores de fruta polacos?.
Este artículo de Owen fue respondido por otro periodista, Ed West, considerándolo como un ejemplo del «punto ciego» que caracteriza a la mirada de la izquierda sobre el populismo, y que consiste en su incapacidad de analizar los problemas sociales en términos no exclusivamente económicos: «Hay indudablemente razones económicas para la angustia de los votantes del UKIP, pero la izquierda está ciega a las ansiedades sociales que tales problemas comportan y que no pueden resolverse simplemente mediante impuestos más altos o suaves palabras relativas a la comprensión de sus inquietudes».
El sentimiento de desamparo de tantos individuos y grupos es un fenómeno complejo en el que se mezclan variables económicas tanto como sociales, ideológicas y existenciales. En todo caso considero –al menos como hipótesis- que los fundamentos materiales de ese sentimiento resultan esenciales, y se bien no son condición suficiente si son condición imprescindible para la extensión del desamparo. Por otro lado, son estas variables económicas las que pueden permitirnos reconstruir una narrativa universalista que, sin negar las demandas culturales e identitarias, evite su transformación en argumentos anti-igualitarios.

Puede leerse el artículo completo AQUÍ.

Habrá que seguir pensándolo, pero el reto para las fuerzas sociales y políticas progresistas es fundamental.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Igualdad de posiciones




DE LA INTRODUCCIÓN

Existen en la actualidad dos grandes concepciones de la justicia social: la igualdad de posiciones o lugares y la igualdad de oportunidades. Su ambición es idéntica: las dos buscan reducir la tensión fundamental que existe en las sociedades democráticas entre la afirmación de la igualdad de todos los individuos y las inequidades sociales nacidas de las tradiciones y de la competencia de los intereses en pugna. En ambos casos se trata de reducir algunas inequidades, para volverlas si no justas, al menos aceptables. Y sin embargo, esas dos concepciones difieren profundamente y se enfrentan, más allá de que ese antagonismo sea a menudo disimulado por la generosidad de los principios que las inspiran y por la imprecisión del vocabulario en que se expresan.
La primera de estas concepciones se centra en los lugares que organizan la estructura social, es decir, en el conjunto de posiciones ocupadas por los individuos, sean mujeres u hombres, más o menos educados, blancos o negros, jóvenes o ancianos, etc. Esta representación de la justicia social busca reducir las desigualdades de los ingresos, de las condiciones de vida, del acceso a los servicios, de la seguridad, que se ven asociadas a las diferentes posiciones sociales que ocupan los individuos, altamente dispares en términos de sus calificaciones, de su edad, de su talento, etc. La igualdad de las posiciones busca entonces hacer que las distintas posiciones estén, en la estructura social, más próximas las unas de las otras, a costa de que entonces la movilidad social de los individuos no sea ya una prioridad. Para decirlo en pocas palabras, se trata menos de prometer a los hijos de los obreros que tendrán las mismas oportunidades de ser ejecutivos que los propios hijos de los ejecutivos, que de reducir la brecha de las condiciones de vida y de trabajo entre obreros y ejecutivos. Se trata menos de permitir a las mujeres gozar de una paridad en los empleos actualmente dominados por los hombres que de lograr que los empleos ocupados por las mujeres y por los hombres sean lo más iguales posible.
La segunda concepción de la justicia, mayoritaria hoy en día, se centra en la igualdad de oportunidades: consiste en ofrecer a todos la posibilidad de ocupar las mejores posiciones en función de un principio meritocrático. Quiere menos reducir la inequidad entre las diferentes posiciones sociales que luchar contra las discriminaciones que perturbarían una competencia al término de la cual los individuos, iguales en el punto de partida, ocuparían posiciones jerarquizadas. En este caso, las inequidades son justas, ya que todas las posiciones están abiertas a todos.[…] En este modelo, la justicia ordena que los hijos de los obreros tengan el mismo derecho a convertirse en ejecutivos que los propios hijos de los ejecutivos, sin poner en cuestión la brecha que existe entre las posiciones de los obreros y de los ejecutivos. Del mismo modo, el modelo de las oportunidades implica la paridad de la presencia de las mujeres en todos los peldaños de la sociedad, sin que por ello se vea transformada la escala de las actividades profesionales y de los ingresos. Esta figura de la justicia social obliga también a tener en cuenta eso que se llama la “diversidad” étnica y cultural, con el fin de que se encuentre representada en todos los niveles de la sociedad.
Estas dos concepciones de la justicia social son excelentes: tenemos todas las razones para querer vivir en una sociedad que sea a la vez relativamente igualitaria y relativamente meritocrática. Escandalizan la brecha entre los ingresos de los más pobres y los de quienes ganan por año muchas decenas de SMIC [Salario Mínimo Interprofesional de Crecimiento], así como las discriminaciones que estancan a las minorías, a las mujeres y a diversos grupos segregados que no pueden esperar cambiar de posición social porque ya están de algún modo asignados a un lugar. A primera vista, no hay mucho que elegir entre el modelo de las posiciones y el de las oportunidades, porque, como sabemos bien, siguiendo a Rawls y a todos los que lo han precedido, una sociedad democrática verdaderamente justa debe combinar la igualdad fundamental de todos sus miembros y las “justas inequidades” nacidas de una competencia meritocrática y equitativa. Esta alquimia subyace en el corazón de una filosofía democrática y liberal que le ofrece a cada uno el derecho de vivir su vida como prefiera en el marco de una ley y de un contrato comunes.
Sin embargo, el hecho de que pretendamos a la vez la igualdad de posiciones y la igualdad de oportunidades no nos dispensa de elegir un orden de prioridades. En materia de políticas sociales y de programas, dar preferencia a una u otra no es indistinto. […] Puedo o bien abolir una posición social injusta, o bien permitir a los individuos que escapen de ella pero sin someterla a juicio; y aun si en el largo plazo quiero conseguir las dos cosas, antes tengo que elegir qué es lo que haré primero. En una sociedad rica pero obligada a fijar prioridades, el argumento según el cual todo debería hacerse de acuerdo con los ideales no resiste a los imperativos de la acción política. Si no queremos contentarnos con palabras, estamos obligados a elegir la vía que parece más justa y más eficaz.

La elección se impone con más fuerza porque estos dos modelos de justicia social no son meros diagramas teóricos. En los hechos, son enarbolados por movimientos sociales diferentes, que a su vez privilegian a grupos y a intereses diferentes entre sí. No movilizan a los mismos actores ni ponen en juego los mismos intereses. No obro de la misma manera si lucho para mejorar mi posición que si lo hago para incrementar mis oportunidades de salir de ella. En el primer caso, el actor está definido por su trabajo, su función, su utilidad, incluso por su explotación. En el segundo caso, está definido por su identidad, por su naturaleza y por las discriminaciones eventuales que sufra en tanto mujer, desempleado, hijo de inmigrantes, etc. Desde luego, esas dos maneras de definirse y de movilizarse en el espacio público son legítimas; sin embargo, no pueden ser confundidas y, allí también, tornamos a elegir la actitud que debe ser prioritaria. Una sociedad no se percibe y no actúa de la misma manera según se incline por la igualdad de posiciones o por la igualdad de oportunidades. En particular, los actores a cargo de la reforma social –los partidos de izquierda, en especial– se ven enfrentados a una elección que no pueden eludir eternamente. 

DE LA CONCLUSIÓN

La igualdad de posiciones podría constituir uno de los elementos de reconstrucción ideológica de la izquierda, a condición de que esta tenga un poco de coraje: el coraje de provocar el descontento de una parte de su electorado (que por otra parte está huyendo de ella a toda velocidad) y de ser algo más que el partido de las clases calificadas y económicamente desahogadas.