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jueves, 29 de agosto de 2024

El poder de los afectos en la política

Chantal Mouffe
El poder de los afectos en la política. Hacia una revolución democrática y verde
Traducción de Soledad Laclau
Siglo Veintiuno, 2023

"Como nos recuerda Pierre Bourdieu, no existe una fuerza intrínseca a las ideas verdaderas. Los argumentos racionales no alcanzan y lo que impulsa a las personas a luchar no es la confianza en que existe una 'ley de la historia' que las conducirá al socialismo. Las personas luchan contra diversas formas de dominación que padecen en sus vidas cotidianas, y no en pos de la realización de ideas abstractas. Las ideas abstractas, aunque importantes para la elaboración de teorías, no suscitarán la acción política de las personas ni movilizarán sus energías porque no transmiten la fuerza afectiva indispensable para adquirir poder real. Lo que lleva a la gente a actuar son los afectos y las identificaciones en las que estos se inscriben".


Referencia de la filosofía política desde que, junto con Ernesto Laclau, en 1985 publicó el libro Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia (Siglo Veintiuno, 1987), Chantal Mouffe no ha dejado de profundizar en la tarea intelectual de desmontar los esencialismos objetivistas que han caracterizado al marxismo occidental, al menos en sus versiones canónicas deudoras de un "socialismo científico" empeñado en "dedicar toda su energía a elaborar políticas y programas con la firme creencia de que la gente los aceptará en virtud de su racionalidad superior, mientras eluden la pregunta acerca de cómo generar los afectos que impulsarán esas políticas".

Preocupada por la capacidad del capitalismo neoliberal para practicar cada vez con mayor éxito esa que Gramsci, en los Cuadernos de la cárcel, teorizó como revolución pasiva o hegemonía por neutralización ("Esto refiere a una situación en que las demandas y los afectos que desafían el orden hegemónico se recuperan y se abordan de un modo que neutraliza su potencial subversivo"), Chantal Mouffe propone en este libro una perspectiva que, desde la izquierda, sea capaz de reconocer y dar respuesta a las demandas de seguridad y protección que hoy se expresan en amplios sectores de las sociedades en la actualidad:

"Ante los esfuerzos de las élites (ya sean de extrema derecha o bien neoliberales) por sacar provecho de los afectos producidos por la pandemia e imponer un modelo autoritario, es imprescindible que la izquierda dé respuesta a la demanda de seguridad y protección. Esto representa un gran desafío, ya que el marco racionalista que suele inspirar las políticas de izquierda constituye un obstáculo para reconocer la importancia de los afectos".

No es una cuestión nueva. Se la plantean también William Davies en Estados nerviosos o Martha Nusbaum en Emociones políticas. Desde hace más de una década las ciencias sociales vienen reflexionando sobre el "giro afectivo" o el "giro emocional" y sus ambiguas consecuencias sobre la política contemporánea.

Chantal Mouffe incardina su reflexión en el marco de su propuesta de un populismo de izquierda en un momento político bajo ("No es el mejor momento para organizar una resistencia popular"). Su diagnóstico, coincidente con los planteamientos definitorios del affective turn es, creo, correcto. Otra cosa es su propuesta de intervención, esencialmente su confianza en la posibilidad de resignificar la ya muy hegemonizada/neutralizada/pasivizada propuesta del Green New Deal en términos de una "Revolución Democrática Verde". En esto me identifico más con lo que dice Isabelle Stengers, química y filósofa de la ciencia: “Confiar en el capitalismo «verde» sería cometer el mismo error que la rana que aceptó transportar un escorpión sobre su lomo para cruzar un río” (En tiempos de catástrofes, NED 2017).

En todo caso siempre es instructivo e interesante leer a Chantal Mouffe.

sábado, 2 de octubre de 2021

El siglo del populismo

Pierre Rosanvallon
El siglo del populismo
Traducción de Irene Agoff
Galaxia Gutenberg, 2020 

"[...] en su principio mismo la democracia está siempre amenazada de degradarse en demagogia, cuando el pueblo-cuerpo cívico se borra tras su doble deformante de multitud gobernada por las pasiones del momento. La democracia solo puede vivir si afronta lúcidamente este riesgo estructural. Lo cual invita a no sucumbir a la tentación de exorcizarlo por la vía de la negación, o a no dar por perdido el combate de antemano".


Probablemente el mejor libro de todos los que he leído sobre el fenómeno populista. Rosanvallon nos reta a tomarnos el populismo en serio, sin reducirlo a sus excrecencias más odiosas o caricaturescas, a mero subproducto de la desafección, la ira o el miedo, a pensarlo como expresión, acaso perversa, de "una apremiante expectativa social de revitalización del proyecto democrático", como una "forma límite del proyecto democrático". De manera que para este autor el punto de partida para entender y diagnosticar correctamente el momento populista como "una verdadera propuesta política, con su coherencia y su fuerza positiva".

A lo largo del libro Rosanvallon analiza en profundidad los cinco elementos constitutivos de la cultura populista ("una concepción del pueblo, una teoría de la democracia, una modalidad de la representación, una política y una filosofía de la economía y un régimen de pasiones y emociones"), reconstruye la historia de un fenómeno cuya actualidad no debe hacernos olvidar sus raíces en los finales del siglo XIX en Rusia y Estados Unidos y somete a una crítica lúcida la "concepción metafísica de la soberanía" sobre la que se construye la aspiración populista, la fetichización del referéndum y su paradójica relación con el cesarismo político o la tendencia del populismo a polarizar la democracia, reforzando el unanimismo en lugar de promover la multiplicidad de opciones.
 
Cuestionando la democracia como mero ejercicio de un poder electoral-mayoritario, Rosanvallon cierra el libro proponiendo líneas para impulsar "un trabajo de refundación democrática susceptible de constituir una alternativa sólida a la oferta populista".

Muy recomendable esta conversación con Rocío Annunziata publicada en la revista mexicana Andamios.

domingo, 16 de mayo de 2021

La época de las pasiones tristes

François Dubet
La época de las pasiones tristes
Traducción de Horacio Pons
Siglo XXI, 2020 

"Hay que intentar comprender por qué la ira contra las desigualdades se transforma en expresiones de resentimiento y en indignaciones, que en su mayoría no desembocan en acción organizada alguna, tampoco en programas".


En efecto, este libro analiza las causas del auge actual de los populismos, un género en sí mismo. Sorprende, por ello, que la editorial haya decidido eliminar el subtítulo del original en francés: Inégalités et populisme
 
El debilitamiento de la cuestión social, que a lo largo de los siglos XIX y buena parte del XX sirvió como marco para artícular las luchas del movimiento obrero e impulsar las políticas que conformaron los Estados de bienestar tras la II Guerra Mundial, ha dado paso a un nuevo régimen de desigualdades que ya no se construye y experimenta a partir de la categoría de clase sino que "se difracta en una sumatoria de pruebas individuales y sufrimientos íntimos que nos llenan de ira y nos indignan, sin que de momento tengan otra expresión política que el populismo". Las desigualdades se multiplican a medida que se multiplican las identificaciones que dan sentido a experiencias personales y grupales de exclusión, maltrato y sufrimiento de imposible integración.

Surge así un "régimen de desigualdades múltiples [que] individualiza la experiencia e las desigualdades sociales", construidas menos sobre la base de condiciones objetivas que sobre representaciones subjetivas y marcos morales. El problema político es que "iguales y desiguales 'en calidad de', los individuos sienten la tentación de compararse con quienes están más cerca de ellos", lo que puede dar lugar a una multiplicación de las luchas sociales, pero no de ninguna manera contribuye a su agregación; de modo que, por ejemplo, hay trabajadores que "en calidad de" autóctonos se comparan con y se enfrentan a otros trabajadores definidos como extranjeros. De esta comparación se deriva (Dubet conoce bien el caso francés) un resentimiento generalizado que transforma la cuestión social en una cuestión nacional y moral, terreno abonado para el crecimiento de esos "bancos de ira" que son los partidos populistas.

Escribiendo desde una perspectiva progresista, Dubet no ofrece medidas concretas para que las izquierdas progresistas, paradojicamente las más afectadas por la ola de indignación que afecta al mundo desde 2008, logren recuperar su posición política y navegar con éxito este momento populista; pero sí ofrece una recomendación que la izquierda debería recoger y operacionalizar en términos de política práctica: "Dado que la izquierda no es hoy la mejor banca de la ira, debería ser la de la responsabilidad y la esperanza"

Me ha alegrado comprobar que en este libro Dubet, uno de los sociólogos actuales de los que más aprendo, coincide en lo fundamental con lo que planteamos en 2019 en el capítulo 5 del VIII Informe Foessa.


miércoles, 24 de junio de 2020

El perro de Baskerville de repente comenzó a ladrar: votando a VOX en las elecciones generales españolas de 2019

Así se titula un artículo recién publicado por la revista Political Research Exchange, que puede leerse libremente en inglés. Resumo brevemente algunos de sus contenidos.

[1] A pesar de haber sido uno de los países europeos que más duramente sufrió las consecuencias económicas y sociales de la crisis financiera de 2008, España (junto con Portugal) ha permanecido hasta hace bien poco libre de la presencia electoralmente sgnificativa de partidos de derecha radical, constituyendo la denominada por los autores del artículo "excepción ibérica", o más directamente la "excepción española". Este excepcionalismo llegó a su fin en 2018, cuando Vox obtuvo representación electoral en el parlamento de Andalucía, antesala de su importante éxito electoral a partir de las elecciones generales de abril de 2019.

[2] Vox es un partido populista de derecha radical, pero no de extrema derecha. La diferencia entre ambos estriba en que mientras los segundos se oponen a los regímenes democráticos, los primeros apoyan la democracia, pero abogan por desarrollar políticas que reduzcan muchos de sus componentes liberales. Como otros partidos por toda Europa, su ideal sería una democracia iliberal o una semidemocracia, en la que "sólo el momento electoral es clave (sus gobiernos actúan con la convicción de que las elecciones dan carta blanca total al vencedor)" (Cesáreo Rodríguez-Aguilera).

[3] El programa económico de Vox es convencionalmente conservador: libre mercado, reducción de la intervención estatal y recortes del Estado de bienestar. Su programa político enfatiza la recentralización de España, el discurso anti-inmigración, un euroescepticismo suave, la oposición al matrimonio entre personas del mismo sexo y la reivindicación de leyes que protejan a la "familia natural", la reforma de las leyes de aborto y de la legislación contra la violencia de género y, en general, enarbolan un retorno a las normas de género tradicionales. Su propuesta ideológica es más radical que las de Alternativa para Alemania (AfD), Agrupación Nacional (antes Frente Nacional) y el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ).

[4] La probabilidad de votar a Vox es mayor entre los hombres de mediana edad, votantes de derecha, católicos y asistentes frecuentes a la iglesia, así como entre quienes que se identifican más con el Estado nación español y tienen una evaluación más negativa de la situación política. En términos de ingresos y educación, Vox consigue más votos entre los residentes urbanos, quienes tienen educación secundaria superior y altos niveles de ingresos.

[5] Sostener una identidad nacionalista española en lugar de una identidad plurinacional o más regional aumenta la probabilidad de votar a Vox, pero este efecto está condicionado por la evaluación que los individuos hacen de la situación política. La propensión a votar a Vox en las elecciones generales de abril de 2019 era mayor entre quienes manifestaban tanto sentimientos nacionales (españoles) fuertes como valoraciones políticas negativas; en cambio, la identidad nacional, por sí sola, no influía sobre la probabilidad de votar a Vox si los individuos hacían una evaluación neutral o positiva de la situación política en España. Esto quiere decir que el voto a Vox "no es solo una expresión de los sentimientos españoles, sino también del resentimiento político".

domingo, 9 de febrero de 2020

Hombres (blancos) cabreados

Michael Kimmel
Hombres (blancos) cabreados. La masculinidad al final de una era
Traducción de Daniel Esteban Sanzol
Barlin Libros, 2019

"Las dos últimas décadas han sido escenario de una explosión sin parangón del hombre blanco estadounidense. Concitan sus filas desde las clases medias -oficinistas, comerciales por cuenta ajena- y medias bajas -trabajadores cualificados, comerciantes, pequeños agricultores y ganaderos-. Son la rama paterna de la empresa familiar, la «mayoría silenciosa» de Richard Nixon y los «demócratas por Reagan». Ellos son «Joe tarteras», «Joe el fontanero», e incluso Joe a secas. Sienten que han cargado con el peso del mundo sobre sus espaldas y que su espinazo está a punto de doblarse. Y ahora, de repente, algunos de estos tíos corrientes están redefiniendo la revolución americana por medio del Tea Party, los Minutemen y demás organizaciones patrióticas, al tiempo que otros llegan aún más lejos y conforman milicias, se adhieren a cultos survivalistas, declaran la guerra a las «feminazis», siembran el caos en sus lugares de trabajo y promueven políticas proteccionistas y antinmigratorias".


Este libro recoge la visión del mundo de seguidores del Tea Party, de patrulleros civiles de la frontera sur (los Minutemen), de jóvenes armados que desencadenan masacres en centros de enseñanza, de colectivos "hombristas" que reivindican supuestos derechos masculinos arrebatados por las feministas, de supremacistas blancos y de neonazis, de "periodistas del odio"... Pero también de hombres trabajadores que han perdido sus empleos, o que viven su patriotismo sin ninguna reflexión crítica, o que reclaman compartir la custodia de sus hijos, de la que se sienten injustamente privados.

Kimmel considera que lo que une a todas esas categorías de hombres blancos cabreados es una masculinidad fundada sobre la identidad del breadwinner, del varón que se gana el pan que precisan los suyos, identidad hoy amenazada a veces en términos absolutos (consecuencia del paro o la precarización del empleo), muchas otras en términos de privación relativa:

"La privación relativa describe el modo en que estos grupos miran hacia arriba; hacia aquellos sectores emplazados por encima de ellos en la escala social, y lo conscientes que son de que un sistema anquilosado constituye un obstáculo permanente para su deseo de ascender o de hacer realidad esos sueños. En este sentido, las revoluciones serían soñadoras, optimistas. Desean progresar, pero no les dejan.
Los hombres blancos cabreados con quienes me encontré durante la preparación de este libro experimentan la misma privación relativa, solo que, en lugar de mirar hacia arriba y posar la mirada en los peldaños que les queda por subir, miran siempre hacia abajo, hacia aquellos situados en un peldaño inferior, con respecto a los cuales el hombre blanco siempre se ha sentido -y le han enseñado a sentirse- superior. No es tanto que su vía de progreso se encuentre bloqueada, sino que la presión ascendente que les llega desde abajo los está empujando hacia los peldaños de la marginación. Así, «ellos» se merecen quedarse allí abajo, pero no así «nosotros». Su indignación resulta, pues, nostálgica, pesimista, reaccionaria. Tan solo intentan evitar la caída".

Surge así un rencor reaccionario: "Pretende restaurar, recobrar, reclamar algo que cree haber perdido. Los cabreados hombres blancos miran hacia el pasado en busca del futuro que anhelaban".Sus reclamaciones configuran una retrotopía, en los términos de Zygmunt Bauman.


Para elaborarlo el autor -un judío profesor de sociología en Nueva York- se ha entrevistado en bares de carretera, ha asistido a reuniones de padres divorciados y a sesiones de rehabilitación de hombres condenados por maltratar a sus parejas. Ya hemos hablado aquí de otros libros escritos sobre esta temática por autores procedentes del mismo medio social del que surgen tantos de esos angry white men: me refiero a libros como los de J.D. Vance, Hillbilly, una elegía rural (Ediciones Deusto, 2017) y Jim Goad, Manifiesto Redneck (Dirty Works, 2017). Por sus orígenes y extracción social, Kimmel no tiene nada en común con un hillbilly o un redneck. Pero su mirada, a pesar de ser sumamente crítica, no deja de ser también comprensiva: intenta ver el mundo con los ojos de estas personas. Desde esta perspectiva se asemeja al extraordinario libro de Arlie R. Hochschild Extraños en su propia tierra, que comentamos brevemente aquí cuando fue publicado en inglés, y que ha publicado en castellano Capitán Swing (con traducción de Amelia Pérez de Villar).

Kimmel considera que en la mayoría de los casos sus sentimientos son reales, pero no correctos: no describen adecuadamente su situación ni, sobre todo, sus causas: "La ira de los estadounidenses blancos de clase media es real; su objetivo, sin embargo, está mal dirigido, no hacia aquellos que son la causa de su miseria, sino contra aquellos que están justo por debajo en la escala económica".

Combatir el discurso populista que transforma estos sentimientos en rabia y la dirige contra las mujeres, las minorías o los inmigrantes es la tarea que, según el autor, hay que encarar en su país, como una cuestión política central:

"Gran parte de la ira de los hombres blancos cabreados de los Estados Unidos proviene de su sentido del derecho, pero también del poder. Abordar esta ira nos exige «capacitar» a los hombres para que adopten una nueva definición de masculinidad, desligada de ese falso sentido del derecho, de tal modo que el hombre blanco pueda avanzar con confianza hacia un futuro más igualitario e inevitable. Al mismo tiempo, debemos trabajar para contener a aquellos cuyas políticas y programas privan de derechos a amplios sectores de hombres estadounidenses, abocándolos al extravío con ganas de pelea".

jueves, 19 de diciembre de 2019

¿Por qué funciona el populismo?

María Esperanza Casullo
¿Por qué funciona el populismo?
Siglo Veintiuno, 2019


"Un mito populista debe lograr tres objetivos básicos: explicar quién forma parte del pueblo, del nosotros; explicar quién es el villano que le ha hecho un daño a ese nosotros, y justificar por qué el pueblo necesita de ese líder para reparar el daño sufrido, encarar la lucha épica y lograr finalmente su redención histórica".

La politóloga argentina María Esperanza Casullo ha escrito un libro titulado con un interrogante que empieza a ser respondido desde el subtítulo: "El discurso que sabe construir explicaciones convincentes de un mundo en crisis".

Aunque en la primera página escriba que "el populismo es un fenómeno íntimamente asociado a la historia latinoamericana" (al análisis de los casos de Hugo Chávez, Evo Morales, Néstor y Cristina Kirchner, Rafael Correa, Fernando Lago y Mauricio Macri dedica los caps. 3 y 5) lo cierto es que,  lejos de ser una anomalía propia de países subdesarrollados o de Estados fallidos, el populismo es un fenómeno asociado íntimamente a la propia democracia y, por ello, una opción siempre presente en el repertorio de estrategias a las que pueden recurrir los dirigentes políticos y que se vuelve especialmente tentadora en tiempos de incertidumbre y de crisis. "En política, sostiene con razón la autora, el populismo funciona". De ahí su extensión por Estados Unidos y Europa (a cuyo análisis dedica el cap. 4).

Desde un planteamiento deudor de la teorización de Chantal Mouffe, Casullo aborda el populismo como un "género discursivo" opuesto al discurso tecnocrático, que se identifica con las élites políticas, económicas y culturales. Su eficacia se explica por su capacidad de recoger las preocupaciones, incertidumbres y miedos de la ciudadanía y proponerles una explicación clara (aunque pueda no ser cierta) y una salida sencilla (aunque pueda no ser viable). A la caracterización de este discurso populista y al análisis de las razones de su éxito están dedicados los caps. 1 y 2, para mí los más interesantes del libro.

Entre la ya amplísima y creciente literatura académica que aborda el populismo el libro de María Esperanza Casullo puede leerse como una introducción al fenómeno, sin juzgarlo ni condenarlo, invitando a comprenderlo como expresión política que siempre estuvo ahí, que en la actualidad está en auge y que va a continuar mostrando su influencia en el futuro.

Como escribe la autora: "Tal vez sea cierto que los discursos populistas no configuran programas ideológicos complejos y articulados, pero sí generan líneas de perspectiva (por decirlo de algún modo) para la acción futura: determinan aliados y adversarios, y delimitan campos de acción posibles a favor de unos y en contra de otros".

Siendo así, conviene armarnos de herramientas analíticas para entender y gestionar el momento populista en que nos va a tocar vivir en los próximos años, más que nada para que nos nos impongan los adversarios equivocados...

sábado, 30 de noviembre de 2019

Estados nerviosos

William Davies
Estados nerviosos. Cómo las emociones se han adueñado de la sociedad
Traducción de Vanesa García Cazorla
Sexto Piso, 2019

"Las democracias están siendo transformadas por la fuerza del sentimiento de tal forma que no podemos pasarlo por alto; no hay vuelta atrás. Ésta es nuestra realidad ahora. No pode­mos retroceder en la historia ni tampoco podemos sortearla; debemos atravesar esta era histórica con exraordinario tino y cuidado. Más que desestimar la influencia de los sentimientos en la sociedad hoy en día, necesitamos mejorar a la hora de es­cucharlos y aprender de ellos. En lugar de lamentarnos por la afluencia de las emociones a la política, deberíamos valorar la capacidad de la democracia de dar voz al miedo , el dolor y la ansiedad, que, de lo contrario, podrían tomar un rumbo mu­cho más destructivo. Si hemos de avanzar en esta nueva época y redescubrir una estabilidad superior, necesitamos, por en­cima de todo, comprenderla.".

Durante el siglo XVII filósofos como Descartes y Hobbes desarrollaron teorías y concibieron instituciones cuyo objetivo era regular los sentimientos de los individuos y los grupos para que la razón se impusiera a las emociones, especialmente al miedo, la ira, la nostalgia y el resentimiento. En opinión de Davies, "aquel proyecto del siglo XVII ha encallado".

El ascenso global de los populismos es una expresión de esta crisis de la razón, que ha sucumbido al imperio de las emociones. La polémica suscitada por Trump en torno al número de personas que acudieron a su acto de investidura, en comparación con las que lo hicieron con ocasión de la toma de posesión de Obama y la afirmación de sus asesores respecto a la existencia de "hechos alternativos" supuso una declaración explícita de desprecio de la objetividad que es seña de identidad del mandato de Trump (más de 10.000 mentiras confirmadas en 800 días de presidencia) y, en general, se ha convertido en característica definitoria del populismo político.

La crisis de legitimidad de la democracia representativa y de cualquier institución mediadora y la influencia de las redes sociales juegan a favor de esta apoteosis de lo emocional. Pero también "la extralimitación tecnocrática es culpable del declive de la razón política". ¿Son las formulaciones del FMI, la OCDE o el Banco Central Europeo conocimiento experto o mera ideología?

"Ejemplos como los rescates bancarios y la ex­pansión cuantitativa, que provocaron la ira de los activistas de Ocupa Wall Street y del Tea Party, generan confusión en tor­no a lo que de un modo exacto cuenta como «política» y lo que cuenta como «conocimiento experto». A medida que los partidos políticos se van profesionalizando cada vez más, se hace menos clara la diferencia entre los representantes electos y sus asesores expertos [...]. A medida que los políticos se profesionalizan y a medida que personas altamente cualificadas y privilegiadas se mueven en las esferas de la investigación y la política (con frecuencia por la mediación de grupos de reflexión, de presión y de asesoramiento), es cada vez más irrelevante que alguien afirme estar hablando desde una posición experta ob­jetiva o desde una perspectiva política comprometida".

Si a todo esto le sumamos una realidad de incertidumbre que acrecienta las sensaciones de vulnerabilidad, así como una desigualdad creciente que queda invisibilizada por estadísticas que solo dan cuenta de las cifras a nivel macro, no es de extrañar que la visión estadística y racional de la realidad choque frontalmente con visiones románticas y sentimentales capaces de dar sentido a la experiencia de tantas personas que se ven despreciadas por las élites:

"¿qué perspectivas y análisis son eliminados u obviados por la visión de lo expertos de los totales y los promedios? [...] Para aquellos cuyas vidas permanecen al margen de las mejoras en el PIB o de la reducción del desempleo , no so­lamente son plausibles unas formas alternativas de entender la identidad colectiva y la historia , sino necesarias".

Sobre esta base, Davies profundiza en el análisis de un tiempo histórico para el que no estamos plenamente preparados, pero de cuya adecuada comprensión depende nuestro futuro:

"El miedo, el dolor y el resentimiento nunca se han eliminado y a la larga tampoco se pueden silenciar. Ahora que estas fuerzas parecen haber invadido nuestra política de nuevo, tenemos la oportunidad de escuchar y comprender estos rasgos del ser humano como alternativa a vernos inundados tanto por más datos objetivos como por más mentiras".

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Patriotas indignados

Francisco Veiga, Carlos González-Villa, Steven Forti, Alfredo Sasso, Jelena Prokopljevic, Ramón Moles
Patriotas indignados. Sobre la nueva ulraderecha en la Posguerra Fría. Neofascismo, posfascismo y nazbols.
Alianza Editorial, 2019

Es este un ensayo coral, escrito a varias manos y desde perspectivas diversas, lo que explica tanto sus virtudes (que son muchas) como sus debilidades.

Entre estas últimas, la más evidente es la ausencia de una linea narrativa que convierta el libro en un relato, lo que facilitaría sobremanera su lectura. Destaca esta carencia en su abruptísimo final, con un último párrafo que lleva a la lectora o lector a pensar que falta alguna página que lo desarrolle.

En la introducción se afirma la relación de las distintas manifestaciones de "patriotismo indignado" con la crisis de 2008, cuyas raíces se remontan al triunfo global de un neoliberalismo que, tras la caída de la URSS, no se encontró con ningún antagonista a la altura del desafío histórico planteado, ya que la izquierda de entonces "no supo transformarse a tiempo ni defender su propio legado histórico". Esta hipótesis podría haber servido para organizar las distintas aportaciones que componen el libro y dotarlo de una suerte de guión que lo estructurara. No ha sido así.

La primera parte, dedicada al análisis del "colapso de la civilización soviética" y que ocupa cuatro capítulos se desarrolla al margen de esta hipótesis y constituye un libro en sí misma. Tiene poco que ver con el resto del texto (más allá del hecho de que, según la autora y los autores, "en el desarrollo de la ultraderecha a escala mundial, Rusia tuvo un papel central"), pero su lectura resulta sumamente informativa

La segunda parte, titulada "Marasmo en el mundo feliz neoliberal 2008-2018"es la que, en principio, entronca más explícitamente con la cuestión de la relación entre la Gran Recesión y el auge de los nacionalpopulismos en Europa. El primero de los capítulos que la componen, el 5, analiza "el avance ultra en las instituciones europeas".

Pero en el capítulo 6 se abandona este tema y la cronología señalada para retrotraernos hasta los años setenta, analizando el recurso a consultas referendarias en la Unión Europea (o antes, en la Comunidad Económica Europea), un total de 48, algunas relativas a la misma integración europea, y que en el libro se califican de "consultas de combate", puesto que en ocasiones han sido utilizados por fuerzas euroescépticas. Incluso se hace una breve y extemporánea referencia a los referéndums sobre la indepenencia de Quebec en 1980 y 1995.

El capítulo 7, titulado "Fascismo antifascista", nos sitúa de nuevo en el escenario de la Europa del Este post-soviética, en concreto en la ex Yugoslavia, Georgia o Ucrania. Y en este capítulo volvemos a encontrar un "fallo de guión", con un apartado titulado "Fascistas contra nazis", que empieza con referencias a las desavenencias mantenidas entre Hitler y Mussolini para ejemplificar la idea de que en varios momentos históricos "los fascistas han luchado entre ellos mismos", pasando luego a comentar muy por encima las tensiones existentes entre Farage y Marine Le Pen, entre los búlgaros de Ataka y los húngaros de Jobbik, e incluso se dedican algunos párrafos deslavazados a señalar algunos debates en foros del nacionalismo catalán entre "identitarios" e independentistas.

Mucho más interés tiene el capítulo 8, "El 68 inverso", en el que se analiza el surgimiento de las nuevas derechas europeas y estadounidenses como "reacción ideológica contra la nueva izquierda [sesentayochista], pero utilizando sus mismos recursos, sus ideas y actitudes".

La tercera parte del libro, titulada "Síntesis, culturas y definiciones", consta de dos capítulos que, de nuevo, tienen poco que ver entre sí. El capítulo 9 está dedicado a desenmarañar "El laboratorio italiano", desde la crisis del sistema político surgido tras la guerra, pasando por el "telepopulismo de Berlusconi" hasta llegar a Salvini. Su lectura es muy sugerente.

El capítulo 10, "Poderes no elegidos", vuelve a ser un texto desarticulado, donde se mezclan las redes sociales, los oligarcas y mafiosos rusos, la "economía canalla" estudiada en profundidad por Loretta Napoleoni, las empresas privadas de seguridad, el hooliganismo futbolístico o el urbanismo totalitario de las ex repúblicas soviéticas de Asia Central.

El libro se cierra con un epílogo que tiene valor en sí mismo, en el que se categoriza y distingue el fenómeno ultra en Occidente, se reflexiona sobre la idoneidad de utilizar para caracterizarlo el término fascismo" y se retoma la relación, planteada en la introducción, entre la crisis de 2008 y la generalización y fortalecimiento de las ideas y las organizaciones nacionalpopulistas, concluyendo que "la nueva ultraderecha tiene un caladero de votos real y persistente".

Un libro recomendable, informado y reflexionado, que hubiera necesitado una labor de edición más sistemática.

lunes, 7 de octubre de 2019

Safari en la pobreza

Darren McGarvey
Safari en la pobreza. Entender la ira de los marginados en Gran Bretaña
Traducción de Martin Schifino
Capitán Swing, 2018


Pertenecer a la clase baja significa sentarse día tras día a leer las noticias para encontrarte con innumerables artículos de The Guardian que confirman cosas que sabías ciertas hace veinte años. […] Ojalá hubiera manera de que quienes crean el relato de vez en cuando consultaran a los más desfavorecidos. Hacerlo podría interrumpir el flujo continuo de suposiciones sobre las que se basan muchos asertos de los ricos y poner el debate sobre la sociedad en sintonía con el modo en que la sociedad realmente vive.


Nacido en una familia y en un barrio de clase trabajadora -su "árbol genealógico" incluye familiares cercanos, o él mismo, con problemas de alcoholismo, antecedentes penales, graves problemas financieros, intentos de suicidio, carencias educativas...-, McGarvey ha escrito un libro que cuestiona la aproximación a la pobreza que se realiza desde una clase media liberal de izquierdas que se ha dedicado históricamente a hablar a/de/sobre/para unas clases populares o una clase trabajadora, pero nunca se ha molestado en hablar con ella o, mejor aún, de dejarse decir por ella. El resultado es un monumental desencuentro:

Dado que los especialistas de esta clase realmente tienen buenas intenciones cuando se trata de atender los intereses de las personas de las comunidades desfavorecidas, acaban un poco confundidos, molestos y ofendidos cuando esas mismas personas empiezan a transmitirles su enfado. Nunca se les ocurre, pues se ven como los buenos, que la gente a la que pretenden servir pueda considerarlos oportunistas, trepas o charlatanes. Ellos mismos se consideran paladines de la subclase, y si algún pobre empieza a mostrar ideas propias o, Dios no lo quiera, se rebela contra los expertos en pobreza, lo culpan de malinterpretar los hechos. En efecto, estos tipos a menudo están tan seguros de su propia visión y sus virtudes que no se lo piensan dos veces antes de describir a la gente de clase trabajadora a la que pretenden representar como responsable de hacerse daño a sí misma si votan por un partido de derechas.

Este desencuentro se ha plasmado de manera muy evidente en los proyectos de "regeneración" de los barrios populares, que han terminado en desastrosas intervenciones cuya consecuencia más dramática ha sido la destrucción de la memoria de esas comunidades y de los espacios públicos que permitía a estas personas encontrarse (muchas veces conflictivamente) y construir lazos sociales entre sí:

La regeneración expone el abismo que separa a la gente que considera esta comunidad un «proyecto» o un «plan», una empresa en curso o un problema por resolver de la gente que realmente vive aquí.

Muy sugerentes las páginas que dedica a la importancia de la biblioteca pública en los barrios populares.

McGarvey cuestiona también los análisis de la izquierda liberal/izquierda cultural sobre la apatía política como un rasgo asociado a menudo con las clases bajas. Análisis moralizantes, ciegos a la posición de clase de quienes los formulan, que a menudo acaban culpando a las personas que sólo se expresan políticamente mediante la ira y el resentimiento, dirigidos muchas veces contra las personas inmigrantes y coincidentes muchas veces con las propuestas del populismo de derechas:

Algunas de las personas más vulnerables del mundo, que huyen de la pobreza y la violencia, acaban en las comunidades más empobrecidas y violentas del Reino Unido cuando llegan a nuestro país. En el torbellino de hipérboles, recriminaciones y chivos expiatorios, queda pendiente un debate sensato sobre las causas y los efectos de la inmigración en nuestras comunidades desaventajadas y sobre lo que podemos hacer para que vaya mejor. Entre otras cosas, para los migrantes mismos.

En relación a estas cuestiones, también dedica varias páginas a plantear una interesante y discutible reflexión sobre las tensiones entre diversidad y clase social, entre las políticas de la identidad y los análisis de clase:

Cuanto más prominente se ha vuelto la teoría de la interseccionalidad, más se ha descartado el análisis de clase. En lugar de producir una política de clases que incluya un espectro amplio de gente, la justicia social que se construye sobre la base de la política identitaria gentrifica los análisis de clase tradicionales. [...] Como manera de percibir la complejidad de nuestras distintas experiencias individuales y grupales, [la interseccionalidad] sin duda es muy útil. Como herramienta práctica para entablar un diálogo abierto con una amplia variedad de voces es un fracaso estrepitoso.

Pero el elemento más novedoso del libro, y el que perimetra el campo para una necesaria conversación (pendiente) en la izquierda, es su aproximación a la relación entre estructura y agencia, entre factores sistémicos y factores personales, entre responsabilidad colectiva y responsabilidad individual. McGarvey es muy consciente -¡cómo no va a serlo con su biografía!- de la influencia que sobre la vida de las personas tienen los factores estructurales:
Por debajo de la especificidad y la singularidad de nuestras vidas individuales tal y como las hemos llevado en el plano subjetivo, corre un camino de pura inevitabilidad del que rara vez nos hemos apartado. [...] Las clases sociales, por encima de todo, siguen constituyendo la principal línea divisoria en nuestra sociedad. En realidad, no se trata tanto de una línea divisoria como de una herida a escala industrial

Sin embargo, hay una clara intencionalidad en su libro, que aspira así a cumplir una función performativa, casi diría que militante: resaltar la capacidad que las personas tenemos, incluso en contextos sociales altamente exclusógenos, de tomar decisiones individuales que produzcan cambios significativos en la vida de cada cual, pero también en la vida de la comunidad. De lo que se trataría es de recuperar la idea de responsabilidad personal, que se ha convertido en el monopolio de la derecha:

Un análisis sistémico centrado en factores externos renuncia de manera imprudente a la oportunidad de explorar el papel que nosotros, como individuos, familias y comunidades, podemos desempeñar en las circunstancias que definen nuestras vidas. Adoptar una posición no solo basada en clamar contra el sistema, sino en examinar nuestras ideas y conductas. [...] Al alentar a las personas a creer que sus problemas inmediatos exceden sus capacidades, se les niega la voluntad individual de la que las priva la pobreza.

Un libro escrito desde la experiencia, que permite plantear debates interesantes.

martes, 23 de enero de 2018

Populismos del siglo XXI: ¿peligro u oportunidad real para la democracia?

MESA REDONDA:
"Populismos del siglo XXI: ¿peligro u oportunidad real para la democracia?"
23 Enero 2018 - Arrupe Etxea

IMANOL ZUBERO BEASKOETXEA
Notas para la intervención

Puede consultarse, para referencias: Zubero, Imanol (2015): “Desamparo, populismo y xenofobia”, Revista española del tercer sector, nº 31, pp. 89-117


[1] Dice el evangelista Mateo que cada día tiene su afán. También en las ciencias sociales. Y el afán que hoy en día motiva a una gran parte de investigadoras e investigadores es analizar un fenómeno que se ha denominado “populismo”.
El Diccionario Cambridge declaró este concepto en 2017 como palabra del año.
En cuanto que tal, se ha convertido en un término cargado de sentido, casi de sentido “común” (parece transparente, inteligible y unívoco), que ilumina todo aquello hacia lo que se dirige. Es un atractor que se asocia a todo lo que viene ocurriendo en los últimos años, pongamos que desde 2011: Podemos, los movimientos antirrefugiados, el Brexit, la posverdad, Trump, el procés o la reacción antifeminista.
Un catch-all concept, un concepto atrapalotodo que ofrece una apariencia de comprensión pero que en realidad, me temo, oculta mucha más realidad de la que explica.
Si el concepto populismo sirve para incluir a Le Pen y a Melenchon, al Tea Party y al 15M, no sirve demasiado.
Se habla, entonces, de viejos y nuevos populismos, de populismos de izquierda y derecha… Se habla de populismo salvaje, “que se puede definir como el populismo (más bien de derechas) dirigido a “despertar” políticamente al pueblo apelando a sus instintos animales más básicos e irracionales: miedo, xenofobia, territorialidad, acceso a recursos…”. http://www.eldiario.es/tribunaabierta/Populismo-salvaje-infeccion-endemica-preocupante_6_698590158.html

[2] Me voy a poner en plan populista. ¿A quién preocupa el populismo? ¿A quién beneficia la preocupación por ese fenómeno? Y sobre todo: ¿quiénes quedan sistemáticamente fuera de esta definición? Es el efecto sombra de cualquier conceptualización, o el punto ciego de cualquier análisis.
Dejo al margen de estas preguntas a mis colegas investigadores. Mis preocupaciones de investigación van por otros derroteros, pero reconozco que como objeto científico el populismo es atractivo, da juego y además está de moda.
ADVERTENCIA: sólo me preocupa el “populismo de derechas”.
Si viviera en Venezuela igual diría otra cosa, pero aquí digo lo que digo. El populismo de Iñigo de Errejón no me alarma lo más mínimo. Otra cosa es que sirva como estrategia para fortalecer una alternativa emancipatoria, que creo que no. Pero no me incomoda, mucho menos me asusta.
El que me asusta, indigna es el populismo de derechas.

Según el estudio Global Future Survey realizado en 2017 por la Fundación Konrad Adenauer, durante los próximos cinco años, el populismo será la mayor amenaza para la estabilidad de los estados de todo el mundo. http://www.kas.de/wf/doc/kas_49921-1522-4-30.pdf?170829154013
¿De verdad? ¿Más que el cambio climático, el aumento de la desigualdad, la crisis de la capacidad integradora del empleo, la violencia contra la mujer…?
Por su parte, el fondo de inversión Bridgewater elabora un “índice de populismo”, según el cual  este se encuentra hoy en día en su punto más elevado desde los años Treinta. https://www.bridgewater.com/resources/bwam032217.pdf

¿Habría que reproducir, actualizado, el memorable inicio del Manifiesto Comunista?
Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo populismo. Contra este espectro se han conjurado en santa jauría todas las potencias de la vieja Europa, el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes. No hay un solo partido de oposición a quien los adversarios gobernantes no motejen de comunista populista, ni un solo partido de oposición que no lance al rostro de las oposiciones más avanzadas, lo mismo que a los enemigos reaccionarios, la acusación estigmatizante de comunismo populismo. http://www.pce.es/descarga/manifiestocomunista.pdf

Lo interesante es que el fundador de Bridgewater, Ray Dalio, asegura en un artículo reciente que el 60% de la población estadounidense con menos recursos tiene motivos para estar molesto. Desde 1980 sus ingresos no han crecido, mientras que los del 40% superior son cuatro veces mayores que los suyos. En cuanto a procesos de acumulación, son en promedio 10 veces más ricos que el 60% inferior, lo que supone haber multiplicado por seis las diferencias que existían hace tres décadas y media. https://www.linkedin.com/pulse/our-biggest-economic-social-political-issue-two-economies-ray-dalio/
No he visto que se incorpore esta cuestión a los análisis de Bridgewater. Ni que este fondo de inversiones se pregunte hasta qué punto su actividad puede ser un acelerador del fenómeno populista.

[3] A pesar de que los analistas más serios advierten de la correlación existente entre procesos socioeconómicos y ascenso de diversos síntomas que configuran ese síndrome que se ha denominado populismo.
No se trata tanto de privación absoluta (pobreza material objetiva), cuanto de privación relativa (sentimiento de injusticia, de maltrato, de quedarse atrás) y de cierre de futuro.
Son muchas las investigaciones y los análisis que permiten sostener la tesis de la correlación entre sentimiento de desamparo (expresado como desasosiego ante el futuro, pérdida de estatus, miedo a perder la capacidad de cuidar de los suyos, sensación de anomia, etc.) y apoyo a los discursos y las organizaciones populistas de extrema derecha; sentimientos de ansiedad que han permitido a estas organizaciones articular un discurso xenófobo que no se apoya ya en el viejo y desprestigiado racismo biológico, facilitando así su «lavado de cara» e incrementando su potencial de penetración social. Estas organizaciones se convierten en refugio de todos esos angry white men que habitan en barrios degradados de antiguas ciudades industriales hoy en declive.
Castel rechaza la caracterización del voto al Frente Nacional como directa o inmediatamente «fascistizante», considerándolo más bien una reacción «’poujadista’ alimentada por un sentimiento de abandono y por el resentimiento respecto de otros grupos y de sus representantes políticos que obtienen los beneficios del cambio y se desinteresan por la suerte de los perdedores». El término poujadismo hace referencia al movimiento político impulsado en la década de 1950 por el político Pierre Poujade, quien movilizó a pequeños comerciantes, artesanos y campesinos que se sentían los perdedores del proceso de modernización económica de la sociedad francesa.
En el mismo sentido, en un estudio clásico sobre la política de extrema derecha en Estados Unidos, Lipset y Raab analizan como una de las fuentes del activismo derechista radical las que denominan frustraciones de rango, «esperanzas normativas frustradas» que afectan a determinados grupos que se consideran a sí mismos «desposeídos» como consecuencia del ascenso social de otros colectivos.
IMPORTANTE: Aunque se presenta el populismo como la apoteosis de la desigualdad, en realidad es añoranza de igualdad.
El populismo encuentra terreno abonado en aquellos países que se han caracterizado históricamente por una promesa fundacional igualitarista que apuntaba a un horizonte de igualdad radical entre todos sus ciudadanos. Se trata de tradiciones igualitarias distintas, pero en topas ellas encontramos esa promesa originaria tendente a una sociedad sin privilegios de clase. Sólo a modo de hipótesis: ¿puede ser el populismo, o algunas de sus expresiones, consecuencia de una aspiración hacia la igualdad frustrada? Si así fuera, deberíamos ser capaces de volver a poner la igualdad en el centro de la política, reconectándola con las angustias y los miedos de muchas personas en nuestras sociedades: «La política necesita comprender la precariedad como una condición compartida» (Butler, 2010: 50).

[4] «Quién se preocupa de la clase obrera blanca?».
En su estudio sobre las actitudes de los trabajadores norteamericanos y franceses hacia la raza y la inmigración, Michèle Lamont caracterizaba a los individuos objeto de su investigación en los siguientes términos: «Estos no son individuos postmodernos que se recrean a sí mismos todas las mañanas: sus vidas son vividas dentro de parámetros claramente definidos, dentro de redes que conocen a la perfección y que ellos definen como extraordinariamente (y a veces demasiado) estables». No es la diversidad cultural lo que en primera instancia preocupa a estos individuos, sino la inseguridad existencial (material y estatutaria) con la que esa diversidad aparece asociada. Bajo sus demandas ciertamente xenófobas –primero los de casa- late una versión distorsionada de protesta obrera, una forma pervertida de lucha de clases, y es por ello que la peor estrategia para combatir ese populismo de clase obrera es recurrir exclusivamente al argumentario de la diversidad cultural (Žižek).
Desde la perspectiva populista la causa última de los problemas no es «nunca el sistema sino el intruso que lo corrompe» (Žižek). Sin embargo, no deberíamos confundir el populismo elaborado, convertido en estrategia electoral orientada a la conquista del poder, con el working-class populism: en este caso, la incomodidad con la diversidad cultural puede actuar como variable interviniente, pero la auténtica variable independiente es la inseguridad material y la sensación vivida de que no son tenidos en cuenta por quienes toman las decisiones políticas y económicas. Diversos estudios desvelan la existencia de una fuerte cultura de clase obrera -no tanto en términos políticos o ideológicos cuanto en términos morales- fundada sobre valores tales como el respeto, la reciprocidad, el apoyo mutuo o el trabajo duro.
Sin embargo, llama la atención la poca atención que se presta a la dimensión material de la existencia a la hora de plantear estrategias de lucha contra el populismo de extrema derecha.
Así, por ejemplo, si nos fijamos en las propuestas para combatir a la extrema derecha en Europa surgidas de un ambicioso encuentro internacional reunido en noviembre de 2010 en Berlín, nos encontramos con las siguientes ideas: 1. Es precisa una estrategia europea contra el extremismo de extrema derecha, ya que solo mediante la cooperación de todos los agentes en las sociedades europeas podrán impulsarse políticas eficientes de democratización. 2. Deben usarse todos los medios legales contra la extrema derecha. 3. El papel de los medios de comunicación, tanto los tradicionales como los nuevos, resulta esencial. La existencia de periodistas bien informados, así como la competencia entre los medios, son un imperativo. 4. Es igualmente esencial el papel de las municipalidades. 5. La cultura y el deporte son espacios importantes para trabajar a favor de la democracia. 6. Las minorías y los grupos marginalizados debe ser apoyados y protegidos, combatiendo el antisemitismo, la islamofobia y el anti-romanismo. 7. La educación es el factor protector más fundamental.
Sin duda, todo esto es muy importante, pero: ¿y las condiciones de trabajo de todas y de todos? ¿y los servicios y prestaciones universales? ¿y el acceso a la vivienda? Tras las elecciones locales de mayo de 2014, en las que el United Kingdom Independence Party (UKIP) obtuvo un excepcional resultado, el líder del Laborismo, Ed Miliband, declaró que había tomado nota de las ansiedades de quienes habían optado por el UKIP, añadiendo: «Estoy decidido a persuadirles de que seremos capaces de mejorar sus vidas». No fue así.
El abandono de la política de defensa práctica de las clases populares por parte de la socialdemocracia ha dejado el terreno libre para los populistas xenófobos o anti-europeos.
Y aquí se equivoca mucho, creo, Errejón:
Creo que hay que hacer una lectura más cuidadosa del éxito de los populismos de extrema derecha. Una lectura superficial podría decir: como le votan los más castigados por la globalización, esto rescataría por una parte el obrerismo: '¿veis? hay que hablar de clase para que te voten los más desfavorecidos'. Es algo que choca de frente con los discursos de Marine Le Pen o Donald Trump. Y por otra parte rescataría el: '¿veis? Las alternativas destituyentes duras que impugnan a las élites tienen capacidad de ganar'. Compro una parte, pero creo que hay que hacerle un matiz muy importante: lo que restauran es la idea de una comunidad nacional que te protege y que por tanto es más un ideario nacionalpopular o patriótico que clasista. http://www.eldiario.es/politica/inigo_Errejon-Populismo-Podemos_0_593891513.html

El sentimiento de desamparo de tantos individuos y grupos es un fenómeno complejo en el que se mezclan variables económicas tanto como sociales, ideológicas y existenciales. En todo caso considero –al menos como hipótesis- que los fundamentos materiales de ese sentimiento resultan esenciales, y se bien no son condición suficiente si son condición imprescindible para la extensión del desamparo.
Si consultamos el “Índice de Tolerancia” elaborado por el Observatorio Vasco de Inmigración comprobamos que, junto a variables como la edad (más viejas), la educación (nivel de estudios más bajo), la ideología (derecha), el sentimiento de identidad nacional (nacionalista español) o la religión (católicas, practicantes o no), el perfil de las personas que en el País Vasco presentan un umbral de tolerancia hacia la inmigración más bajo son aquellas con ingresos bajos (hasta 1.000 euros/mes); insatisfechas con su situación económica actual; aquellas cuya ocupación consiste en el cuidado del hogar, jubiladas, pensionistas o rentistas; con estatus medio o bajo y sentimiento de escaso éxito social; habitando e barrios con fuerte presencia de inmigrantes.
Por otro lado, son estas variables económicas las que pueden permitirnos reconstruir una narrativa universalista que, sin negar las demandas culturales e identitarias, evite su transformación en argumentos anti-igualitarios. Comparto plenamente la reflexión de Daniel Bensaïd, cuando escribe: «Las relaciones de clase y de género constituyen, en efecto, el único hilo rojo que permite jugar al salta-fronteras, fundir las armaduras identitarias, superar el estrecho horizonte de la «preferencia» familiar, nacional o comunitaria. Frente al desasosiego y al malestar de esas pertenencias de repliegue, de esos postigos vacíos y de esas puertas cerradas a cal y canto, la lucha de clases preserva la posibilidad de conjugar y de ligar en un combate común singularidades reconocidas y respetadas» (Bensaïd).

[5] «¿Qué es un populista? Si significa escuchar a la gente, no puede ser tan malo», sostiene el líder de los Demócratas de Suecia, Jimmy Akesson.
Todos los movimientos populistas se declaran defensores de la «gente olvidada», del «hombre de la calle», sus líderes se presentan como «uno más» y han sido enormemente hábiles a la hora de presentarse como «campeones de las causas locales» apoyando a la «gente corriente» que habita en barrios degradados, y como partidos que, frente a la forzada corrección política de las grandes fuerzas tradicionales, «hablan claro», como habla la gente normal.
Esta cercanía a los problemas que preocupan y desasosiegan a las poblaciones que se sienten más afectadas por los procesos de cambio social es una de las principales razones de su éxito. Desde esta perspectiva han sido definidos como «buitres que descienden sobre áreas en las que las organizaciones políticas locales han muerto o agonizan». La analogía es perfecta: pero el buitre sólo hace lo que sabe, lo que está en su naturaleza. No hay demasiado misterio en su comportamiento. Lo que debemos explicar es el por qué de esa agonía de los lugares sociales por los que transita la mayoría de la sociedad, de su abandono por las fuerzas políticas progresistas.
Quienes deseen promover la cohesión comunitaria y proteger a las minorías étnicas de la propaganda populista deben, no sólo atender a los miedos y las inseguridades expresados por los sectores sociales potenciales votantes de los partidos populistas, sino compartir con estos sectores los espacios (barrios, escuelas, servicios públicos) donde desarrollan sus vidas. El populismo anti-inmigración se expresa en muchas ocasiones con el lenguaje típico de los movimientos NIMBY (not in my back yard, no en mi patio trasero). La reacción más habitual frente a los discursos normativos sobre la diversidad y la convivencia es: «¡Llévatelos a tu casa!».
¿En qué barrio vive usted? ¿A qué centro educativo van sus hijos? ¿Qué medio de transporte utiliza para moverse en la ciudad? ¿Qué servicios públicos consume? Estas son las preguntas que nos van a hacer cuando reivindiquemos la diversidad etnocultural y defendamos la convivencia intercultural. Cuando nos las hagan los populistas podremos decir con razón que se trata de preguntas tramposas; pero cuando nos las hagan las personas que rechazan o cuestionan la diversidad, la inmigración o el multiculturalismo, tendremos a asumirlas como cuestiones a las que debemos responder. Nos encontramos en la que podemos denominar posición Churchill: si lo que prometemos es «inmigración, diversidad, multiculturalidad y pluralismo», debemos estar en disposición de compartirlo y vivirlo personalmente. De lo contrario, nuestra credibilidad será nula. Aquí sirven de muy poco los discursos académicos, cargados de propuestas normativas, si no están encarnadas en las vidas de quienes los enuncian.
Menos aún pomposas declaraciones institucionales presentando el populismo como contrario a los intereses de la gente mediante un documento entre cuyos firmantes aparecen nombres como los de Mario Monti, Tony Blair, Felipe González o Gerhard Schröder. http://berggruen.org/uploaded_files/topic/pdf/141/020514_CFE_Populismv.Interests.Publish.pdf

[6] El populismo, experto en respuestas fáciles a problemas complejos, promete el logro de la seguridad por la vía del cierre comunitarista: primero nosotros. Pero no podemos volver a una sociedad basada en las viejas «protecciones de proximidad» (Castel). Vivimos en sociedades de individuos. ¿Y qué es estar protegido en una sociedad moderna, en una sociedad de individuos?, se pregunta Castel; su respuesta: «Que estos individuos dispongan, por derecho, de las condiciones sociales mínimas de su independencia».
En este sentido, recomiendo la lectura del informe In Place of Anxiety: Social Security for the Common Weal, elaborado por la sección escocesa de Compass, un think-tank alineado con el Laborismo. En el mismo se propone un modelo de seguridad social para Escocia basado en el aseguramiento colectivo que incluya el empleo bien remunerado, una vivienda donde poder desarrollar la propia vida y una renta ciudadana. El informe sostiene que el bienestar de los ciudadanos no puede basarse en el miedo generalizado y corrosivo, la ansiedad y la inseguridad, ni en una cultura de la culpabilidad que victimiza a los trabajadores precarios, los discapacitados y los parados. Debe basarse en una economía fundada sobre el concepto de «seguridad social», la capacidad de trabajar, tener un salario y vivir una buena vida, y no en una economía de bajos salarios aliada a un sistema de bienestar punitivo ni en un sistema de vivienda que concibe el alojamiento como una mercancía para la especulación. Este tipo de economía de la precariedad es el terreno abonado para el surgimiento de propuestas políticas populistas que dividen y enfrentan a unos trabajadores contra otros: activos contra inactivos o discapacitados, empleados contra desempleados, nativos contra inmigrantes.

[7] Termino. ¿Por qué me enfada tanto el alarmismo antipopulista?
Primero, por lo que encubre.
Leer hoy mismo que “La cumbre de Davos alerta del reparto desigual de la recuperación mundial”, resulta simplemente insultante. https://elpais.com/economia/2018/01/22/actualidad/1516611975_434126.html
Es como leer en 1939 que la dirección del Partido Nazi alertó del reparto desigual de la condición humana en Alemania.
¡Pero si son ellos quienes, con las políticas que sistemáticamente impulsan, debilitan a las sociedades e incrementan la desigualdad. Sí, ya he advertido que iba a ponerme en plan populista.
Mientras hablamos de populismos no hablamos de desigualdad:
El año pasado, el número de personas cuyas fortunas superan los mil millones alcanzó su máximo histórico, con un nuevo milmillonario cada dos días. En este momento hay 2.043 milmillonarios (en dólares) en todo el mundo, de los que nueve de cada diez son hombres. La riqueza de estos milmillonarios también experimentó un enorme crecimiento, lo suficiente como para poder terminar con la extrema pobreza en el mundo hasta siete veces. El 82% del crecimiento de la riqueza mundial durante el último año fue a parar a manos del 1% más rico, mientras que la del 50% más pobre de la población mundial no aumentó lo más mínimo. https://www.oxfam.org/sites/www.oxfam.org/files/file_attachments/bp-reward-work-not-wealth-220118-es.pdf
Segundo, por lo que legitima.
¿Quiénes quedan fuera? El coco populista como maniobra de distracción.
GÁSPÁR MIKLÓS TAMÁS, filósofo político y escritor húngaro proveniente de la minoría magyar de Rumanía. Desde mayo de 2010 milita en el partido de extrema izquierda húngaro Izquierda verde.
Las clases explotadas y oprimidas están por todas partes comenzando a volverse en contra de otras personas oprimidas … Sin embargo, su xenofobia es solo una opinión (desagradable, sin duda, aunque una opinión únicamente). Son los grandes Estados capitalistas los que dan la espalda a los refugiados. Mientras la prensa europea brama contra Donald Trump, el amable gobierno alemán y sus aliados liberales están haciendo lo mismo que de lo que él solo habla hasta el momento. La policía fronteriza europea, Frontex, ya es más violenta con los refugiados que lo que será su equivalente estadounidense. http://ctxt.es/es/20170419/Politica/12274/Populismo-extrema-derecha-xenofobia-socialdemocracia-Gaspar-Miklos-Tamas.htm
Tercero, por lo que limita la acción política.
Moisés Naim: “El populismo no es una ideología. Es una estrategia para obtener y retener el poder”. https://elpais.com/internacional/2017/02/04/actualidad/1486229375_873986.html
Cuatro tácticas principales:
Divide y vencerás. El líder y su gobierno se presentan como los defensores del noble pueblo maltratado y atropellado. Los populistas se nutren del “nosotros contra ellos”: el pueblo contra la casta, la élite, la oligarquía, el 1% o, en Europa, contra “Bruselas” y en Estados Unidos contra “Washington”.
è ¿Acaso no es verdad?
Exagerar la mala situación del país y magnificar los problemas es indispensable. El mensaje central del populista es que todo lo que hicieron los gobiernos anteriores es malo, corrupto e inaceptable. El país necesita urgentemente cambios drásticos y el líder populista promete hacerlos. Y quienes se oponen a sus cambios no son tratados como compatriotas con ideas diferentes, sino como apátridas a quienes hay que borrar del mapa político.
è Lo mezcla todo. No comparto lo de expulsar a los diferentes, ni la confianza en la capacidad del líder. Pero, ¿no vivimos en un país corrompido –hay corruptos y corruptores- e ineficiente? ¡Si hasta los trenes llegan tarde el día de la inauguración con el presidente Rajoy a bordo!
Denunciar la conspiración internacional. El populismo requiere de enemigos externos.
è Pero sí hay un sistema institucional no democrático (y hasta antidemocrático) que se impone a la soberanía popular: Troika.
Desprestigiar a periodistas y expertos. “¡Este país está harto de expertos!”. Así reaccionó Michael Gove, uno de los líderes del Brexit, ante un informe de varios economistas que documentaron los costos que tendría para Reino Unido la salida de la Unión Europea. Para Donald Trump no importa que el calentamiento global haya sido confirmado por miles de científicos. 
è Otra vez lo mezcla todo. ¿No se puede cuestionar la tecnocracia?
O, en el libro de Vallespín y Martínez-Bascuñán:
El problema no es tanto la conciencia de un presente peor –que no lo es- respecto a un supuesto pasado mejor, sino el temor al futuro. En otras palabras, el pasado al menos se experimentaba como abierto al porvenir, algo de lo que se siente huérfano el presente, nuestro mundo contemporáneo. Este es el punto que duele y por dónde respira la herida de la cultura occidental, su abandono de la idea de progreso…
è Sólo se puede aplaudir la catalaxia?

Para concluir, me quedo con lo dicho por Tamás:
La derecha está ganando en todas partes, la izquierda está siendo traicionada en todas partes y la gente se pelea por estúpidas definiciones.
Llamemos a las cosas por su nombre. Ceder ante el racismo y la xenofobia en lugar de enfrentarnos a este problema aparentemente irresoluble que está convirtiendo a millones de personas en ‘poblaciones superfluas’ como consecuencia del desarrollo tecnológico (digitalización, robotización, automatización), la crisis financiera y la contracción de la demanda mundial; levantar vallas para detener a estos millones de personas que intentan escapar del hambre y la guerra en lugar de extender las ayudas de forma universal; llegar a acuerdos con tiranos como Erdogan, Modi o al-Sisi; permanecer en silencio frente a la difícil situación de los rohingya [la minoría musulmana de Birmania]; parecerse cada vez más al enemigo: eso es lo que está haciendo la izquierda oficial y a eso se le llama traición.
No es cierto que no haya diferencia entre la izquierda y la derecha, pero es verdad que la izquierda está desapareciendo rápidamente, como ya sucedió en 1914.