Mostrando entradas con la etiqueta nacionalismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta nacionalismo. Mostrar todas las entradas

lunes, 22 de abril de 2024

Tener y no tener

Tenemos, se dice, un parlamento nacionalista, y así es: 54 de 75 escaños, el 72 por ciento. Pero va a ser el parlamento vasco que menos soberanismo se proponga impulsar. Salvo el soberanism as usual que constituye la base de ese “nacionalismo banal” (Billig) que va formateando a una sociedad vasca satisfecha que no parece dispuesta a embarcarse en nada parecido a un “prozesua” pero que sí corre el riesgo de consolidar rasgos nativistas que ya van generando demasiadas heridas, sobre todo a los sectores sociales económica y culturalmente más vulnerables.
 
PNV y EHB son dos poderes que, hoy por hoy, se anulan mutuamente: el PNV no puede competir en soberanismo con Bildu mientras que Bildu debe competir en institucionalismo gestor con el PNV si quiere seguir penetrando en su electorado. Es seguro que en la sala de máquinas del PNV alguien se estará preguntando si conviene marcar perfil soberanista para recuperar electorado, pero sería un error: los muy cafeteros, esos que en anoche gritaban “Independentzia!” como si se hubieran equivocado de ciclo, ya tienen a Bildu, y aquí el PNV tiene poco que rascar. Su fuerza de ayer y su debilidad de hoy están en la gestión eficaz de lo cotidiano, de la economía y de los servicios públicos, no en su superación. La apelación del candidato Pradales a “no poner en riesgo todo lo construido” es la mejor explicitación de su modelo político de construcción nacional.    

Anoche la militancia de Bildu gritaba “Independentzia” como un pueblo (por fin) elegido que  se asomaba a la tierra prometida. ¿Aguantará cuatro años conteniendo esta pulsión constitutiva, haciendo oposición social a lo Matute no en Madrid, donde tan fácil resulta y tantos beneficios políticos reporta, sino en “esta parte del país”, como se he dedicado Otxandiano a calificar a la Euskadi estatutaria durante toda la campaña? Pues habrá que verlo. El sirimiri ya se ha convertido en lluvia, lo que supone un indudable éxito estratégico de Bildu. Pero es más fácil aguantar el sirimiri que la lluvia, que querrá convertirse en aguacero para ser, cuanto antes, mar. Porque la cosa no es esperar cuatro años para convertirse en mar al quinto, con seguridad, sino aguantar cuatro sabiendo que igual hay que volver a aguantar otros cuatro… cantando bajo la lluvia.

También se dice que tenemos un parlamento mayoritariamente de “izquierdas”: 40 de 75 escaños, el 53 por ciento. Pero también en esto la aritmética y la política van cada una por su lado. Habrá coincidencias puntuales entre EHB, PSE y Sumar, pero nada más. Nunca hubo opción de un gobierno formado por Bildu y PSE. A pesar de que todos los medios de comunicación han alimentado la expectativa, unos para movilizar el voto derechoso, otros supongo que para llenar páginas y ocupar minutos de tertulia dando pábulo a una posibilidad sólo un poco menos creíble que lo del Monstruo del Lago Ness. No sé si la habrá algún día, cuando pasen los ciclos, pero el momento no es ahora.

Y hablando de izquierdas, está lo de Sumar y Podemos. Una derrota por incomparecencia, que es la peor de las derrotas. El quinto espacio es un territorio que no presenta secretos sobre su caracterización: unas decenas de miles de mujeres y hombres (muchas menos que las 316.441 que votaron Podemos en las generales de 2015 pero muchas más que las 58.771 que ayer votamos a Sumar o a Podemos) que quieren una izquierda sobre todo callejera, ciudadana, que luche por estar en las instituciones, pero sin que este sea el objetivo fundamental; una izquierda más “civitante” que militante, más gramsciana y luxemburguista que leninista, comprometida con el cambio cultural desde la base, desde la presencia comprometida en las organizaciones de la sociedad civil; una izquierda cotidianamente feminista, antirracista, anticapitalista; y una izquierda federalista, que se niega a jugar en el campo de los nacionalismos si no es para cuestionarlos. Porque la izquierda nacionalista es siempre más nacional que izquierda, más etnocrática que democrática. Me asombra que Podemos y Sumar sólo hayan coincidido en equivocarse al proponer, ambas dos, un gobierno con Bildu. 

Tras la Copa Histórica el Empate Histórico. En el libro Condiciones de la libertad Ernest Gellner cuestiona con tanto acierto como ironía la práctica de la «sobresacralización de lo inmanente» característica del comunismo soviético. Sacralizando todos los aspectos de la vida social -desde una cosecha récord hasta un parto múltiple-, se privaba  a las personas de un refugio al que recurrir en los periodos de entusiasmo disminuido. Periodos así son inevitables ya que muy pocos individuos (y ninguna colectividad) pueden permanecer en un estado de permanente exaltación. Y concluye: «Al sacralizar este mundo privó a los hombres de ese contraste necesario entre lo elevado y lo terreno, y de la posibilidad de escaparse a lo terreno cuando lo elevado se encuentra en animación suspendida. El mundo no puede soportar el peso de tanta santidad», concluía. Y eso es tan cierto en aquella Rusia como en esta Euskadi.

Ahora toca gobernar (a unas) y oposicionar (a otras). Ojalá unas y otras lo hagan poniendo en práctica una política profana y descreída como la que elogiaba Daniel Bensaïd. Al servicio de la gente. Aquí lo dejo por hoy, que tengo que presentar un libro sobre La utilización política de la Biblia. Hablando de sacralización de lo inmanente…

miércoles, 29 de julio de 2020

Escupir en la iglesia: un sí de izquierdas al brexit

Timothy Appleton
Escupir en la iglesia: un sí de izquierdas al brexit
Lengua de Trapo, 2020

"Los sectores de izquierdas que siguen creyendo que lo único que nos protege del capitalismo bárbaro de nuestros propios Estados-nación es el modelo social europeo, deberían quizás invertir su análisis: en realidad, lo único que, por el momento, nos protege del capitalismo de la UE es el modelo social -y esto depende de nuestra propia decisión soberana, democrática, patriótica y popular- de nuestros Estados-nación".


Appelton es británico de origen aunque vive en España, doctor en Filosofía por la Complutense, profesor en la Universidad Camilo José Cela y de izquierdas. Lo contrario del estereotipo de leaver que manejan los medios de comunicación y que, en parte, reflejan los estudios sociales: una persona de edad avanzada, poco formada y de derecha. De ahí el interés de este ensayo, en el que defiende un brexit de izquierdas (o lexit) convencido de que la Unión Europea es, en su esencia misma, "un bloque neoliberal y antidemocrático", por lo que de ninguna manera puede aspirar a tener un planteamiento de izquierdas. Como se afirma en el texto que abre este comentario, Appleton reivindica, desde un planteamiento alineado con la teoría populista de izquierda de Laclau y Mouffe, una vuelta a la nación como única estrategia contra el neoliberalismo rampante.

En su opinión la gente, las clases populares, llevan tiempo dando la espalda al proyecto europeo, con su desafección electoral, con el fracaso de los referéndums sobre el Tratado que establecía una Constitución para Europa y, de manera definitiva, con su apoyo al brexit. La contrapartida de este rechazo sería su reivindicación de soberanía política que las proteja: "Si la izquierda ya no quiere representar el deseo de soberanía de un pueblo, la derecha radical vendrá y encontrará una manera de hacerlo".

Tiene razón Appleton cuando sostiene que "la única manera de tener una integración económica y financiera exitosa en el continente es que se dé primero una integración política", pero se equivoca a la hora de caracterizar esa integración política. Como prueba de la inexistencia de un demos europeo, de una identificación entre todas las personas que conformarían esa Europa unida, plantea lo siguiente: "Si un aleman prefiere ver a un griego malnutrido antes que una transferencia de fondos de su país al otro, puede extrapolarse que no existe suficiente identificación personal entre los europeos para crear una unión económica funcional". No sé, tampoco lo creo, que todos los alemanes prefieran la malnutrición de los griegos a la solidaridad con ellos. Y, en todo caso, la integración política tiene más que ver con factores institucionales que con esa dimensión emocional (lo que no supone despreciar el efecto de las emociones políticas). No hay nación (ni región, ni ciudad) en la que no podamos identificar tensiones de solidaridad, tensiones que en muchos casos dan lugar a nacionalismos fiscales. Pero lo que garantiza la redistribución en sociedades complejas es la existencia de mecanismos de redistribución institucionalizados. ¿Faltan en Europa este tipo de instituciones? Sí. Pero esta ausencia es un argumento en favor de más, mejor y diferente Europa.

Como señala Isidro López, citando al historiador Alan Milward, "una de las funciones centrales de la UE desde sus principios ha sido reconstruir el Estado-nación desde la esfera transnacional, antes que minarlo".

Así lo planteaba Milward en un artículo publicado en 1997:

"La Comunidad ha proporcionado una de esas raras situaciones de armonía en que la política exterior brota directamente de los imperativos de la política doméstica. [...] La medida en que los distintos países controlan todavía la unión es la mejor defensa del argumento que asegura que ésta fue creada en interés de aquéllos.
El brazo ejecutivo de la Unión, la Comisión Europea, no tiene capacidad para recaudar impuestos, que han de serle entregados por intermedio de las distintas naciones. Su presupuesto alcanza a poco más del 1% del producto interior bruto de la Unión. Su burocracia es más reducida que la de la mayoría de las grandes ciudades europeas. El Tratado de Roma prohíbe expresamente la existencia de un déficit presupuestario. El consejo de ministros de la Unión, que ejerce la función legislativa, consiste en una serie de comités compuestos íntegramente por ministros de los distintos gobiernos nacionales. Las amplias líneas de su política están determinadas por un Consejo Europeo formado por los presidentes de los distintos países. Por lo que respecta al Parlamento Europeo, digamos que no dispone de un hogar permanente ni de un sistema unificado de elecciones, que el único control que ejerce sobre el gasto consiste en un rechazo total del presupuesto, que su único control efectivo sobre los nombramientos que se realizan con destino a la Comisión es la amenaza, difícil de usar en la práctica, de rechazarlos en su totalidad y que no tiene derecho a iniciar legislación alguna. De acuerdo con los criterios europeos, no se trata de un parlamento en absoluto, sino más bien una institución de carácter ceremonial como la monarquía"
.

El enemigo elegido por Appleton es realmente fácil de abatir (intelectualmente hablando). Sin entrar en su supuesta esencia, algo complicado de hacer con las herramientas de la investigación empírica, no cabe duda de que la Unión Europea acumula desde hace decadas todos los déficits democráticos en los que cabe pensar. Su diagnóstico en este aspecto es certero y fundado. El problema, como tantas veces, está en los adjetivos que acompañan a los sustantivos que combate o que reivindica: entre los primeros destaca el de "europeismo ciego"; entre los segundos, el de "izquierda verdadera" [las cursivas son mías]. 

El problema de la izquierda, en Europa igual que en cualquiera de sus países y ciudades, es su debilidad. En eso estamos de acuerdo. Pero pensar que es posible evitar esa debilidad mediante la mera reducción de la escala política en la que actúa, mediante la construcción de izquierdas patrióticas, me parece un "delirio" -así (des)califica a iniciativas como DiEM25- o, lo prefiero, una apuesta tan complicada y no tan legítima como la de construir una izquierda europea. Tan complicada por lo de la debilidad de la izquierda, que no se resuelve con simples cambios de escala (ni hacia arriba ni hacia abajo). Y no tan legítima por los riesgos que tiene el patriotismo, incluso el que se formula con las mejores y mas incluyentes intenciones.

El propio Appleton se ve obligado, por mor de su soberanismo, a cuestionar el principio de libre circulación de personas migrantes por razones económicas, aunque al tiempo afirme el derecho absoluto a migrar de persona refugiadas o demandantes de asilo. No nos explica cómo es posible armonizar ambas perspectivas. Pero cuando afirma que "siempre debemos correr el riesgo de una subjetivación regresiva si queremos conseguir, en algún momento, una 'progresista'", mucho me temo que no es él (ni yo) quien va a sufrir las consecuencias derivadas de asumir ese riesgo.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Patriotas indignados

Francisco Veiga, Carlos González-Villa, Steven Forti, Alfredo Sasso, Jelena Prokopljevic, Ramón Moles
Patriotas indignados. Sobre la nueva ulraderecha en la Posguerra Fría. Neofascismo, posfascismo y nazbols.
Alianza Editorial, 2019

Es este un ensayo coral, escrito a varias manos y desde perspectivas diversas, lo que explica tanto sus virtudes (que son muchas) como sus debilidades.

Entre estas últimas, la más evidente es la ausencia de una linea narrativa que convierta el libro en un relato, lo que facilitaría sobremanera su lectura. Destaca esta carencia en su abruptísimo final, con un último párrafo que lleva a la lectora o lector a pensar que falta alguna página que lo desarrolle.

En la introducción se afirma la relación de las distintas manifestaciones de "patriotismo indignado" con la crisis de 2008, cuyas raíces se remontan al triunfo global de un neoliberalismo que, tras la caída de la URSS, no se encontró con ningún antagonista a la altura del desafío histórico planteado, ya que la izquierda de entonces "no supo transformarse a tiempo ni defender su propio legado histórico". Esta hipótesis podría haber servido para organizar las distintas aportaciones que componen el libro y dotarlo de una suerte de guión que lo estructurara. No ha sido así.

La primera parte, dedicada al análisis del "colapso de la civilización soviética" y que ocupa cuatro capítulos se desarrolla al margen de esta hipótesis y constituye un libro en sí misma. Tiene poco que ver con el resto del texto (más allá del hecho de que, según la autora y los autores, "en el desarrollo de la ultraderecha a escala mundial, Rusia tuvo un papel central"), pero su lectura resulta sumamente informativa

La segunda parte, titulada "Marasmo en el mundo feliz neoliberal 2008-2018"es la que, en principio, entronca más explícitamente con la cuestión de la relación entre la Gran Recesión y el auge de los nacionalpopulismos en Europa. El primero de los capítulos que la componen, el 5, analiza "el avance ultra en las instituciones europeas".

Pero en el capítulo 6 se abandona este tema y la cronología señalada para retrotraernos hasta los años setenta, analizando el recurso a consultas referendarias en la Unión Europea (o antes, en la Comunidad Económica Europea), un total de 48, algunas relativas a la misma integración europea, y que en el libro se califican de "consultas de combate", puesto que en ocasiones han sido utilizados por fuerzas euroescépticas. Incluso se hace una breve y extemporánea referencia a los referéndums sobre la indepenencia de Quebec en 1980 y 1995.

El capítulo 7, titulado "Fascismo antifascista", nos sitúa de nuevo en el escenario de la Europa del Este post-soviética, en concreto en la ex Yugoslavia, Georgia o Ucrania. Y en este capítulo volvemos a encontrar un "fallo de guión", con un apartado titulado "Fascistas contra nazis", que empieza con referencias a las desavenencias mantenidas entre Hitler y Mussolini para ejemplificar la idea de que en varios momentos históricos "los fascistas han luchado entre ellos mismos", pasando luego a comentar muy por encima las tensiones existentes entre Farage y Marine Le Pen, entre los búlgaros de Ataka y los húngaros de Jobbik, e incluso se dedican algunos párrafos deslavazados a señalar algunos debates en foros del nacionalismo catalán entre "identitarios" e independentistas.

Mucho más interés tiene el capítulo 8, "El 68 inverso", en el que se analiza el surgimiento de las nuevas derechas europeas y estadounidenses como "reacción ideológica contra la nueva izquierda [sesentayochista], pero utilizando sus mismos recursos, sus ideas y actitudes".

La tercera parte del libro, titulada "Síntesis, culturas y definiciones", consta de dos capítulos que, de nuevo, tienen poco que ver entre sí. El capítulo 9 está dedicado a desenmarañar "El laboratorio italiano", desde la crisis del sistema político surgido tras la guerra, pasando por el "telepopulismo de Berlusconi" hasta llegar a Salvini. Su lectura es muy sugerente.

El capítulo 10, "Poderes no elegidos", vuelve a ser un texto desarticulado, donde se mezclan las redes sociales, los oligarcas y mafiosos rusos, la "economía canalla" estudiada en profundidad por Loretta Napoleoni, las empresas privadas de seguridad, el hooliganismo futbolístico o el urbanismo totalitario de las ex repúblicas soviéticas de Asia Central.

El libro se cierra con un epílogo que tiene valor en sí mismo, en el que se categoriza y distingue el fenómeno ultra en Occidente, se reflexiona sobre la idoneidad de utilizar para caracterizarlo el término fascismo" y se retoma la relación, planteada en la introducción, entre la crisis de 2008 y la generalización y fortalecimiento de las ideas y las organizaciones nacionalpopulistas, concluyendo que "la nueva ultraderecha tiene un caladero de votos real y persistente".

Un libro recomendable, informado y reflexionado, que hubiera necesitado una labor de edición más sistemática.

lunes, 28 de mayo de 2018

Nacionalista eres tú, yo sólo tengo que convivir contigo

Las palabras esenciales del “nacionalismo banal”, recuerda Michael Billig, suelen ser las más pequeñas: “nosotros”, “esto” y “aquí”. A estas podríamos añadir otras como “lo nuestro”, “lo propio”, “lo de aquí”… Palabras pequeñas y cercanas, familiares, cálidas, cómodas: autoevidentes. Palabras prosaicas y automáticas que dan por sentada la existencia de las naciones y, sobre todo, de esta nación: la nuestra, la de aquí. Palabras-masaje, palabras-bálsamo, que naturalizan realidades políticas “en realidad” imaginadas, construidas, artificiales. “Permanencias inventadas”, como las denomina Billig (Nacionalismo banal, Capitán Swing, 2014).

PNV y EH Bildu han acordado un texto que sirva como preámbulo de un posible futuro "Estatus Político" que actualice el autogobierno de Euskadi. Es un texto lleno de palabras pequeñas, prosaicas, cotidianas pero, por lo mismo, cargadas de sentido común, irrechazables, autoevidentes: somos un pueblo, tenemos derecho, sentimos la necesidad, queremos decidir… Es un texto escrito desde y para el nacionalismo vasco. No lo digo como reproche, sino como constatación. Un texto escrito por nacionalistas, para nacionalistas, con el fin de hacer más banal (más natural, más irreflexiva) la construcción nacional vasca. Insisto: nada que reprochar, es lo que se espera del nacionalismo, de cualquier nacionalismo.

PNV y EH Bildu apoyan también la movilización convocada para el 10 de junio por Gure esku dago a favor del derecho a decidir. “A nadie tiene que extrañar que el PNV se manifieste por el derecho a decidir”, advierte en una entrevista en El Correo Itxaso Atutxa, presidenta del PNV bizkaino. Pues no, claro que no. Es lógico (banalmente lógico) que los nacionalistas apoyen una movilización nacionalista, que pretende sumar (y contar) apoyos para el proyecto político del nacionalismo vasco.

¿Se puede defender el derecho a decidir sin ser nacionalista? Sí. Pero no porque se trate de un derecho puramente (banalmente) democrático, como se dice desde el nacionalismo. Tampoco porque sea lo único que puede hacer una persona que quiera actuar democráticamente. Resulta descorazonador tener que recordarlo, pero hay derechos a decidir según qué cosas que sólo pueden ser combatidos social y políticamente.

El derecho de autodeterminación no es un mero instrumento neutral, sin contenido, poco más que un procedimiento democrático de decisión. La estrategia de normalización -de banalización- de este derecho, en la que juega un papel importante su traducción como derecho a decidir, me parece un peligroso error –si es fruto de la irreflexión- o un inaceptable engaño –si responde a una estrategia-. “¿Qué hay más democrático que decidir?”, se dice, como si de una evidencia (banal) se tratara. Pues según… El derecho de autodeterminación es, antes que nada, la definición de un demos, de un sujeto político soberano, que posteriormente decidirá sobre su estatuto político. De ahí que el derecho de autodefinición, es decir, el derecho a definir “quiénes son los miembros que integran en realidad ese pueblo”, sea el paso esencial en cualquier proceso soberanista. Y aquí me remito a Luigi Ferrajoli y a su exigente reflexión sobre la que denomina “esfera de lo indecidible”: en democracia hay principios que deben estar sustraídos a la decisión de la mayoría. Y a mi modo de ver, la modificación de la condición de ciudadanía, cuando esta modificación puede entrañar riesgos de debilitamiento, limitación o exclusión de esta condición, entraría plenamente en esta esfera de lo indecidible.

Como señalara el politólogo estadounidense Walker Connor en los años Setenta, la aspiración más característica de los movimientos nacionalistas minoritarios en el seno de un Estado nación es a la “etnocracia”, es decir, al gobierno de “los suyos”; el autogobierno al que aspira el nacionalismo es, siempre, “etnogobierno”, el gobierno de “los nuestros”, de “los de aquí”. Nada más banal, ¿no es cierto? ¿Quién puede estar en contra de que “lo nuestro” lo decidamos “los de aquí”? Connor señalaba que esta aspiración etnocrática podía ser perfectamente compatible con distintas institucionalizaciones políticas, desde la autonomía hasta la independencia; y personalmente consideraba que “el ciudadano típico de una minoría nacional en un estado democrático moderno desea la etnocracia, pero no la independencia”. Es esta una idea muy repetida por estos lares, donde la influencia de Connor ha sido más que notable en el entorno académico. Idea que yo no comparto: la aspiración etnocrática del nacionalismo sólo puede conocer una moderación táctica o instrumental de su programa político máximo, en realidad único, y que no es otro que la constitución de un Estado propio. Algo tan simple, banal y natural como esto. Lo explica así Joseba Sarrionandia en ¿Somos como moros en la niebla?: “Los vascos no reclaman nada original. Es como si un caribú de grandes cuernos considerara absolutamente infundado, improcedente e incluso malicioso que a otro caribú le crecieran las astas. Los vascos, con exiguos medios y una pasmosa falta de imaginación, no plantean, ni siquiera los más radicales, sino una cosa tan común que ya la tienen españoles y franceses: una mera nación-estado propia”.

Volvemos, entonces, a la cuestión planteada más arriba: ¿se puede defender el derecho a decidir sin ser nacionalista? Se puede y, cuando esta reivindicación es abiertamente planteada en una sociedad democrática, también se debe defender el derecho a decidir aún sin ser nacionalista; o mejor: se debe aceptar la legitimidad de esta reivindicación, y se deben buscar cauces legales para su deliberación y, en su caso, para decidir democráticamente sobre la misma. Y en este sentido, me sigue pareciendo esencial el ejemplo canadiense, expresado así en palabras de Stéphane Dion: “Si en Canadá aceptamos la secesión como una posibilidad, no es porque nos empuje a ello el derecho internacional. En realidad, la secesión no es un derecho en democracia. Sólo lo es para los pueblos en situación colonial o en caso de violación extrema de los derechos de la persona. […] Si aceptamos la secesión como una posibilidad es porque sabemos que nuestro país no sería el mismo si no se fundase en la adhesión voluntaria de todos sus componentes. No conozco un solo partido político importante de Quebec ni de otros lugares de Canadá que quiera retenernos contra nuestra voluntad”.

En los próximos meses la reivindicación nacionalista vasca va a experimentar un importante acelerón. El final del terrorismo no es ajeno a esta circunstancia. No pasa nada: es normal. Y habrá que tener la inteligencia, la generosidad y la honradez de buscar la manera de garantizar que tal reivindicación pueda no sólo discutirse sino, en su caso, realizarse. Pero sería muy conveniente que la ciudadanía vasca no nacionalista no nos dejemos capturar por el nacionalismo banal. El nacionalista eres tú, yo sólo tengo que convivir contigo. Y porque tengo que hacerlo, no me queda otra que aprestarme a constituir contigo un ámbito de deliberación que, desde el respeto y la honestidad, nos permita encontrar una solución convivencial que no está prefijada, pero que podría incluso llegar hasta la secesión. Cuando tú, nacionalista, tengas clara tu propuesta, debes saber que contarás con mi mejor disposición para discutirla. Pero eres tú quien debe construirla.

Publicado en EL DIARIO.
 

jueves, 7 de enero de 2016

La insoportable insaciabilidad del ser nacional


http://elpais.com/elpais/2012/11/22/vinetas/1353601036_574882.html

Antonio Baños, una de las caras más visibles de la CUP, ha dimitido. En su carta de explicación indica que él se metió en política con un único objetivo: “El meu pas a la política (tot plegat uns cinc mesos) tenia només un sol sentit i objectiu: Que aquesta legislatura fos la de la ruptura irreversible amb l’Estat Espanyol i que, a més, la construcció de la República es fes des de un procés constituent popular i social”. Y si para ello había que votar a Mas, pues se le vota y punto.
Por su parte, la Asamblea Nacional Catalana se excusa públicamente por haber incluido a la CUP en su petición de voto a fuerzas independentistas. Ahora resulta que por no votar a Mas van a pasar a formar parte de esos "partidos políticos españoles que están en Catalunya, como el PP y Ciudadanos", adversarios según Carme Forcadell del "resto, [que] somos nosotros, el pueblo catalán, y sólo nosotros somos los que lograremos la independencia”.
Los procesos de estatonacionalización exigen de toda la energía política contenida en una sociedad. Hasta el último julio. Son insaciables y, en última instancia, incompatibles con la práctica política. Cuando una sociedad se embarca en la construcción de un Estado-nación cualquier otra cuestión se vuelve irrelevante, inconveniente o inaceptable, al menos hasta el día después de la independencia. Lo mismo ocurre, por cierto, cuando un Estado ya constituido pretende reforzar, por la razón que sea, sus señas de identidad nacional. De manera que si Isaías representaba el futuro mesiánico con la imagen del lobo y el cordero paciendo juntos, el nacionalismo español imagina estos días su propio futuro como la posibilidad de que un indecente, un ruin (o “ruiz”) y un ambicioso inexperto gobiernen juntos para evitar la ruptura de España.
Hace ya tiempo que vengo defendiendo que el lenguaje federal puede ser la lengua franca que abra en España un espacio político liberado del lenguaje tóxico de los nacionalismos. ¿O es que alguien cree de verdad que se puede discutir en serio con quien enarbola una camiseta de la selección de Cataluña o de Euskadi mediante el recurso a agitar, con igual o mayor forofismo, la camiseta de la selección de España? Mejor esta pelea a camisetazos que la lucha a garrotazos que pintara Goya, por supuesto; pero sigue siendo una confrontación intelectualmente absurda y políticamente incapacitante.
Seguramente es cierto, en estrictos términos jurídicos, que “dentro de un Estado sólo puede haber una nación (vinculada a la soberanía), de forma que si se quiere constituir una nueva nación (política) debe pasar a la formación de un nuevo Estado incompatible con el de la nación primera” (Eduardo Vírgala, “Nación y nacionalidades en la Constitución”, p. 173). Sin embargo, desde la perspectiva de la sociología política podemos afirmar que en un mismo Estado caben varias naciones, pero ni varios ni un sólo nacionalismo. El problema de España no es el de la existencia de varias naciones, sino de varios nacionalismos. No se trata de abonar discursos rancios sobre unidades o esencias nacionales, sino de apostar por un proyecto moderno de ciudadanía definida por los derechos y las libertades de todas y cada una de las personas, en un marco de estabilidad jurídica garantizado por las distintas instituciones del Estado.
Como señala Claudio Magris: “Nadie se enamora de un Estado pero hace falta el Estado para que podamos exaltarnos tranquilamente por lo que nos dé la gana y para que nuestra libertad, según la vieja definición liberal, sólo termine donde comienza la libertad del otro” (Utopía y desencanto, Anagrama, Barcelona 2001). O en palabras de Suso de Toro: “La nación contemporánea es la de ciudadanos diversos que conviven en espacios pactados y aceptados. Los afectos nacen después. O no ¿Y qué?” (Españoles todos, Península, Barcelona 2004).
 
> Publicado en EL DIARIO NORTE.

domingo, 27 de diciembre de 2015

A gobernar, a gobernar, hasta enterrarlos en el mar

Las elecciones del 20D han dibujado un juego partidario complejo, pero un horizonte político clarísimo. ¿Qué es lo que, en mi opinión, ha quedado claro?
1. El PP ha perdido unas elecciones que, por su abusiva manera de utilizar la mayoría absoluta de la que ha disfrutado durante la recién terminada legislatura, había convertido en plebiscitarias. La cultura política del pacto y el acuerdo no es cuestión de aritmética (como no me da con mis votos, habrá que buscar un apoyo) sino de ética, de convicción democrática. Y el PP ha demostrado que carece por completo de esta convicción. A lomos de una mayoría que sólo podría ser coyuntural, ha gobernado como si no existiera un mañana, aplicando sin rubor la política más ideológica, menos compartida en el parlamento y más contestada en la calle que jamás hemos conocido en este país.
El PP ha obtenido 7.204.680 votos, el 28,72% de los sufragios. Son muchos votos, y le convierten en el partido más votado. Aún así, en relación a las anteriores elecciones de 2011 el PP ha perdido 3.681.886 votos y 16 puntos porcentuales (en 2011 logró el 44,63% de todos los sufragios). Siete de cada diez electores le han dicho “no”. Estas han sido unas elecciones de cambio.
2. También ha quedado claro que 11.661.616 electores han optado por las candidaturas de PSOE, Podemos e IU-UP, casi 3 millones más de votos de izquierda que los conseguidos por PSOE e IU en 2011. En conjunto, el 46,29% de las y los votantes han votado en clave de izquierda, a unos partidos que, aunque con muchas y profundas diferencias entre sí, llevaban en sus programas propuestas de cambios normativos más que sustantivas, coincidentes todas ellas en la negación de las principales políticas aplicadas por el gobierno de Rajoy.
3. En estas circunstancias, cualquier posibilidad de que el PP vuelva a gobernar España debería quedar descartada. El cambio reclamado por la ciudadanía sólo puede significar sacar al PP del gobierno. Esta es la condición necesaria, aunque no suficiente, para no traicionar los resultados del 20D. Para ello, cada una de las tres fuerzas de la izquierda tendrá que hacer no sólo lo posible, sino lo necesario para proponer una alternativa de gobierno viable y estable.
4. Los nacionalismos vasco y catalán (PNV, EHB, G-Bai, CiU/DiL, ERC) han obtenido 278.805 votos menos que en 2011. Por ello, aunque las reivindicaciones nacionalistas sean un problema político al que el próximo gobierno de izquierda habrá de dar una respuesta que lo resitúe definitivamente en una clave de solución democrática y consensual (y, por tanto, en una clave no nacionalista), estas reivindicaciones no son la principal demanda a la que tendría que responder.
5. España necesita tres grandes reformas. La primera y fundamental, una reforma productiva que afronte (que empiece a afrontar) los retos de la transición hacia un modelo productivo basado en la sostenibilidad ecológica y en la justicia global.  La segunda, una reforma social que reparta todos los trabajos socialmente necesarios, combata las exclusiones de la ciudadanía por razón de género o de origen y garantice las condiciones materiales para la vida digna. La tercera, una reforma territorial que suture de una vez los rotos que han provocado tanto la histórica construcción imperial de la nación española de ayer como las evanescentes emociones identitarias de hoy.
6. Aunque considero las otras dos reformas más importantes, creo que esta tercera puede dar al traste con la posibilidad misma de constituir una alternativa y un gobierno de cambio. Por ello, apunto una breve reflexión al respecto.
Para encarar esta reforma el PSOE tendrá que abandonar de una vez por todas esa cómoda posición en la que se ha mantenido desde la transición, caracterizada por una ambigüedad ante el nacionalismo que, si al menos hubiera sido calculada, ofrecería hoy una base mínima para  empezar a caminar. Pero no ha sido así.  Salvo excepciones como la de Ramón Jáuregui (que al menos ha intentado armar un discurso argumentado al respecto), el socialismo español ha oscilado entre el negacionismo del problema nacionalista al tiempo que se mercadeaba con nacionalistas vascos y catalanes para apoyarse en el gobierno, y el declaracionismo estéril, como la denominada “Declaración de Granada” de 2013 que, si bien tiene aspectos de interés, ha carecido del más mínimo desarrollo práctico: como si por el hecho de escribir “federalismo”, este se realizara. Por ello, en esto el PSOE debe empezar desde cero, o desde menos cero, a tenor del encendido españolismo que destilan algunas intervenciones recientes de sus barones y baronesas territoriales.
El problema de Podemos es parecido en cuanto a la falta de cálculo, aunque en este caso su punto de partida no esté en el cero, sino en el cien, cada vez más entrampado en una cháchara nacionalista sobre el “derecho a decidir” de la que debería salirse lo antes posible. Para ello, en sintonía con sus alianzas territoriales, particularmente en Cataluña, Podemos tiene la responsabilidad de construir una alternativa a la “economía moral del nacionalismo”, planteando una reforma normativa que posibilite la “secesión bilateralmente pactada”, según el modelo canadiense.
7. Como decía al comienzo de esta reflexión, puede que el escenario postelectoral del 20D dibuje un escenario endemoniado para los partidos de izquierda, especialmente para PSOE y Podemos, que habrán de enfrentarse en primer lugar a sí mismos y a sus respectivos fantasmas ideológicos y estratégicos. Pero todo lo que no sea gobernar desde la izquierda las imprescindibles reformas que este país necesita alimentará una crisis democrática que ni siquiera una posible victoria pírrica de la izquierda emergente en una “segunda vuelta” podrá resolver.

Y para hacerlo más difícil, pero más estable, incorporando en la deliberación a todos, también a los perdedores. “Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie…”.
>> Publicado en EL DIARIO NORTE.

domingo, 18 de octubre de 2015

El arzobispo y el escándalo

Regresando ayer en tren desde Barcelona, alternando lecturas durante las seis horas y media que dura el viaje, di con este párrafo en la novela de Donna Leon Las joyas del Paraíso
Están borrachos de poder, esos hombres que hay en lo más alto. Por favor, no me digas que ya me avisaste. No es la fe más básica lo que me da problemas, porque aún creo en todo: en que Él vivió y murió para que nosotros pudiéramos ser mejores y todo -sea lo que sea ese todo- fuese mejor. Pero no con estos payasos al mando, estos necios que dejaron de pensar hace cien años (hoy me siento generosa y por eso he eliminado un cero de la cifra).
Quien así habla es Cristina, una inteligente mujer veneciana, monja y profesora universitaria.

Lo que escribe Leon podría aplicarse perfectamente a las terribles declaraciones del arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares: "¿Esta invasión de emigrantes es todo trigo limpio? ¿Cómo quedará Europa dentro de unos años con la que viene ahora? No se puede jugar con la historia ni con la identidad de los pueblos”
El mismo Cañizares que en 2006 juró bandera en la Academia de Infantería de Toledo.
Clarisimamente, un patriota: que tiene tan claras sus fronteras políticas como confusas sus fronteras morales.



Antes que él ya lo hicieron el entonces cardenal arzobispo de Toledo y primado de España, Francisco Álvarez, y su antecesor en el cargo, Marcelo González Martín. Debe ser lo que se espera del cargo. Si esto lo llegan a hacer -con la senyera- los obispos catalanes.Me parece impresentable.
En su momento publiqué una columna de opinión al respecto en EL PAÍS

 

Tres días después de sus escandalosas declaraciones, a través de un comunicado se ha medio retractado, aunque lo que más claramente ha hecho es denunciar que se siente víctima de un linchamiento y que sus palabras se han manipulado. Pero no, no se han manipulado. Miente, luego no se arrepiente.
¿Linchamiento, dice? Él conoce mejor que yo lo que tres de los cuatro Evangelios (Mateo 18, 6-9; Marcos 9, 42-48; Lucas 17, 1-2) señalan para quienes escandalizan a la gente sencilla (no sólo a los niños) y creyente. Lo de la piedra de molino en el cuello, sí.

martes, 15 de septiembre de 2015

Estado, nación y nacionalismo

Recupero hoy un artículo que publiqué en 2002 en la revista Claves de razón práctica.
Por aquel entonces en Euskadi sufríamos la insoportable tensión Lizarra-Kursaal. Así lo vivía yo, al menos: sé que había y hay otras interpretaciones de aquellos días.
Ahora es Cataluña la que se asoma a ese escenario.
Y la desestatonacionalización -de Cataluña, de Euskadi, pero sobre todo de España- continua pendiente.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

¿Qué utopía hay detrás de una Escocia independiente?

En su Historia de las utopias Lewis Mumford diferencia entre dos grandes tipos de utopías, las utopías de escape y las utopías de reconstrucción, que caracteriza así:

La primera deja el mundo tal como es; la segunda trata de cambiarlo, de forma que podamos interactuar con él en nuestro propios términos. En un caso, construimos castillos imposibles en el aire; en el otro, consultamos al agrimensor, al arquitecto y al albañil y procedemos a la construcción de una casa que satisfaga nuestras necesidades básicas, hasta el punto -claro está- en que las casas hechas de piedra y argamasa puedan lograr tal fin.


http://www.bbc.com/news/uk-scotland-scotland-politics-25144351

¿Qué tipo de utopía hay detrás de la Escocia independiente que mañana se somete a referéndum?
Confieso no haber dedicado demasiado tiempo a informarme, y por ello asumo que todo lo que diga podrá ser utilizado en mi contra, pero me ha interesado mucho el artículo del enviado de EL PAÍS, Pablo Guimón, titulado "No es William Wallace, es Karl Marx", cuya lectura íntegra recomiendo -pues también recoge importantes matices a la idea que se expresa en el título del artículo-, en el que presenta así a la sociedad escocesa más favorable a la independencia:

Jóvenes, universitarios y de clase trabajadora, Calum y Chris representan al bastión del sí a la independencia. Los jóvenes de 25 a 34 años constituyen, según la encuesta publicada el pasado sábado por The Guardian, el grupo de edad más inclinado hacia el sí: un 57% elegiría la separación. Su voto tiene que ver con el rechazo, compartido en otros países de Europa a la clase política tradicional. “Yo no podría haber ido a la universidad si no fuera porque el SNP eliminó las tasas” explica Calum. “Ahora tengo un buen empleo y no puedo comprar una casa. Si quisiéramos tener hijos, mi pareja o yo tendríamos que dejar de trabajar. Los bancos de alimentos están llenos de gente que trabaja y no puede dar de comer a sus hijos. El ‘éxito de 300 años de unión’, con el que se llenan la boca los de Westminster, no permite a la gente alimentar a sus hijos”..Para estas personas, “La independencia es la única manera de asegurarnos el ser gobernados por aquellos a los que hemos votado. No se trata solo de echar a este Gobierno tory. Se trata de no someternos a ningún Gobierno al que no hayamos votado”.

Veo al independentismo-wallaciano como una utopía de escape, y al independentismo-marxiano como una posible utopía de reconstrucción.
Sin duda hay mucho de Wallace en el nacionalismo escocés, especialmente en su núcleo dirigente más institucionalizado (el SNP), pero resulta plausible detectar la presencia también de "Marx", de una sociedad indignada con la tradicional y castosa/casposa política británica en la que tras la penosa etapa de Blair el perfil del laborismo como partido de izquierda se desvaneció de tal manera que ni tan siquiera un Miliband -¡un Miliband!- ha conseguido recuperarlo.


http://shaunynews.com/2014/07/29/the-truth-on-why-you-must-vote-yes-for-scotland-please-read/

En más de una ocasión, hablando con Joan Subirats sobre el ascenso del independentismo en Cataluña, ha planteado que también en este fenómeno actúa, junto a la tradicional dinámica nacionalista identitaria, una fuerte dinámica independentista indignada [leer aquíaquíaquí]..
Que no garantiza nada, por supuesto, que no asegura que la proyectada casa de piedra y argamasa resulte mejor, más acogedora y más sólida, que el soñado e imposible castillo en el aire. Pero que sí obliga a pensar desde claves nuevas el fenómeno de las reivindicaciones soberanistas en este siglo XXI.

El artículo de EL PAÍS se abría con la música de Billy Bragg y su combativa Waiting for the great leap forward (Esperando el gran salto adelante):

Un paso adelante, dos pasos atrás
¿Será la política lo que me  hunda?
Aquí viene el futuro y no puedes huir de él
Si hay  una lista negra yo quiero estar en ella


Con Billy Bragg nos quedamos por ahora. Mañana ya veremos...

sábado, 18 de enero de 2014

Otra aventura catalana

"Este intercambio de ideas ha sido muy provechoso y os agradezco a todos vuestras respectivas aportaciones. Ni una sola ha caído en saco roto, os lo puedo asegurar. Es cierto, haciendo balance de la situación, que parece que no hayamos avanzado, y es muy probable que hayamos retrocedido, cosas ambas difíciles de determinar cuando no se conoce el punto de partida ni el objetivo último de nuestro caminar. Pero también puede darse lo contrario, es decir, que hayamos avanzado sin darnos cuenta. Bien es verdad que avanzar sin enterarse de que se avanza es lo mismo que no avanzar, al menos para el que avanza o pretende avanzar. Visto desde fuera es distinto. Aún así, yo abrigo la esperanza de que este avance, real o imaginario, dentro de poco nos conducirá a la solución definitiva o, cuando menos, al principio de otro avance".
Eduardo Mendoza, El enredo de la bolsa y la vida. Seix Barral, Barcelona 2012, p. 109.

Recordé este fragmento ayer, cuando leí la noticia del debate y votación en el Parlamento catalán para pedir al Congreso de los Diputados la delegación de la competencia para celebrar el referéndum de autodeterminación. Sin más...

jueves, 28 de noviembre de 2013

Inmigración, nacionalismo metodológico y derechos humanos

Como excelente documentalista que es, Antonio nos hace llegar el enlace al blog del Real Instituto Elcano y el comentario de una de sus investigadoras, titulado "¿Abrir las puertas a la inmigración?"La autora discute las tesis expuestas por Branko Milanovic en su artículo "Las causas económicas de las migraciones", en la que se pregunta qué se puede hacer para gestionar mejor (más eficientemente, pero también más humanamente) los flujos migratorios, respondiendo así:

Una posibilidad es la política que han seguido hasta ahora los países ricos, como la verja en la frontera entre Estados Unidos y México y la prohibición de la UE de acceder a sus costas. Equivale a construir comunidades cerradas en el mundo. Los ejemplos de Europa y Estados Unidos son los más conocidos, pero no son los únicos. Arabia Saudí ha construido una verja para separarse de Yemen, India está construyendo una para aislarse de Bangladesh, las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, en la costa marroquí, están totalmente valladas para impedir la entrada de inmigrantes africanos.Es una estrategia defensiva que, a pesar de sus costes y su dureza, no logra más que una leve reducción del número de inmigrantes y provoca tragedias esporádicas como las de Lampedusa. Además suscita incómodas dudas éticas sobre el derecho a impedir la libre circulación de los trabajadores mientras se permiten los movimientos de capital, bienes, tecnología e ideas.
Una alternativa mejor sería que los países ricos emprendieran una política coordinada para permitir una inmigración mucho más amplia y ordenada de trabajadores, tanto cualificados como no cualificados, mediante programas temporales de empleo. Eso supondría regularizar la potestad de personas procedentes de países pobres para solicitar y obtener empleo en países ricos y aplicar unas políticas de migración más tolerantes y selectivas.Debemos cambiar nuestra concepción del desarrollo y apartarnos del “nacionalismo metodológico”, poco apropiado para la era de la globalización. Desde el punto de vista global, no importa que los ingresos de una persona aumenten mientras está en su país de origen o en otro, porque el desarrollo global tiene en cuenta el aumento de las rentas de las personas, al margen de dónde vivan.Desde la perspectiva política de una nación-Estado, estas dos opciones no son ni mucho menos idénticas. Pero quizá tenemos que empezar a adaptar nuestras instituciones —y nuestra forma de pensar— para estar más en sintonía con la globalización. Si los factores de producción tienen libertad de movimientos, los trabajadores deben tenerla también.
Frente a esta opinión, la investigadora de Elcano considera que la propuesta de Milanovic es incompatible con el sostenimiento de los derechos sociales propios de los respectivos Estados de bienestar nacionales, ya que los derechos cuestan dinero:

El llamado “Estado de Bienestar” es el resultado de una larga historia de presiones, tensiones y compromisos entre los diferentes grupos sociales de cada Estado-nación que han dado forma a un conjunto de derechos sociales.  ¿Es compatible la existencia de esos derechos con una política de puertas abiertas y por tanto de crecimiento continuo del número y la variedad de individuos que pueden ser titulares de ellos?
[...] Milanović concluye su artículo diciendo:   “Si los factores de producción tienen libertad de movimiento, los trabajadores deben tenerla también”. Pero olvida una diferencia clave: ni el capital ni los bienes de producción tienen derechos, sólo los individuos los tienen. Y el ejercicio de esos derechos cuesta dinero al Estado y por tanto a la sociedad en conjunto.  

Recordemos que lo que Milanovic plantea no es una apertura total de fronteras, sino "una política coordinada para permitir una inmigración mucho más amplia y ordenada de trabajadores, tanto cualificados como no cualificados, mediante programas temporales de empleo". Pues ni por esas: ¡Viva el nacionalismo metodológico!
He cometido el error de meterme en el debate, pero es que no he podido evitarlo.No voy a seguir con ello, pero sí repito aquí lo que le acabo de decir a Josefina, defensora entusiasta de la posición anti-Milanovic: 
Sólo espero, de corazón, que sus hijos tengan la suerte de seguir estando siempre en el "lado bueno" del nacionalismo metodológico.



http://www.change.org/es/peticiones/ministerio-del-interior-retiren-las-concertinas-de-las-vallas-de-ceuta-y-melilla

domingo, 7 de abril de 2013

Un hombre sin derechos


"Yo, como vasco, no tendré derechos individuales si no se me reconocen los derechos colectivos como pueblo, ni tendré derechos colectivos como pueblo si no se me reconocen los derechos individuales como persona a pensar y a votar de la manera que me de la gana" (Juan José Ibarretxe).

Alguien debería intervenir de oficio, y hacerlo ya, ahora mismo, sin perder ni un segundo.Juan José Ibarretxe carece de derechos individuales.
El que fuera lehendakari de Euskadi, por razones que no he llegado a comprender, no disfruta del derecho a la vida y a la integridad física, ni de libertad ideológica, ni del derecho a la libertad y a la seguridad, ni al honor, a la intimidad personal y familiar o a la propia imagen, ni del derecho a elegir su residencia, circular por el territorio español o salir y entrar libremente de España, así como del derecho a expresar y difundir libremente sus pensamientos, ideas y opiniones, a la producción y creación científica y a la libertad de cátedra -¡él, un "profesor universitario"!-; tampoco puede disfrutar de su derecho a reunirse, asociarse, participar en los asuntos públicos, a obtener la tutela de jueces y tribunales, ni de la propiedad privada, ni... nada de nada.

Juan José Ibarretxe no tendrá -así, en futuro y en condicional- derechos individuales hasta que no se reconozcan derechos colectivos al pueblo vasco.Alguien debería intervenir de inmediato. O lo que dice es cierto o ciertamente no sabe lo que dice. Y ambas posibilidades son tremendamente preocupantes.

domingo, 13 de enero de 2013

Dos libros errabundos

Dos últimas lecturas muy distintas, pero que coinciden (o las hago coincidir) en su carácter errabundo.
La primera es un ensayo de 970 páginas, la segunda una novela de 189. Empiezo por esta última.


Se trata de Las aventuras de un libro vagabundo, firmado por Paul Desalmand y publicado por Ediciones Destino en 2010. A lo largo de sus páginas un libro -el libro vagabundo al que hace referencia el título- nos cuenta su historia, desde su nacimiento el 17 de junio de 1983, a las 16:37, en la imprenta de La Manutention, en la localidad de Mayennee, hasta... bueno, hasta el final de la historia, dos décadas después (no quiero dar un spoiler).Compartiremos sus nervios mientras espera a ser distribuido, su primera (y frustrante) primera experiencia con las librerías, afortunadamente compensada con creces cuando llega a la librería Préférences, propiedad de "un librero de ensueño". Allí conocerá a lectores capaces de recorrer cien kilómetros "para pasar una hora o dos en ese pequeño espacio donde soplaba el espíritu", a escritores que se buscan a sí mismos en las estanterías, y allí será adquirido por primera vez.
Revendido a un librero de viejo nuestro protagonista disfrutará de interminables conversaciones nocturnas con los otros libros. Comprenderemos su miedo a la guillotina y al fuego, pero sobre todo a los malos lectores.
Comprado de nuevo, regalado, robado y revendido, conoceremos a sus lectoras y lectores: a Geneviève, experta del Banco Central de Desarrollo, con la que vivirá una mala experiencia en el Irán de Jomeini; a Próspero, vagabundo ilustrado con quien vivirá un año bajo los puentes del Sena; a Élodie y Jean-Marie, que se lo repartieron cuando estaban enamorados; o a Bakayoko, su último lector. Sabremos también el por qué de su aroma a Ambre Solaire...
En fin, un libro sobre los libros y sobre la lectura que me ha hecho disfrutar mucho. Gracias a Txetxu por otro ejercicio de serendipia, y a José Antonio, de Planeta, por ponerlo a mi disposición.
De los muchos fragmentos que he subrayado, comparto dos. El primero, un consejo para libreras y libreros:
"Un libro no es un producto cualquiera, como se ha repetido hasta la saciedad, ni una librería es una tienda cualquiera, al menos una librería digna de este nombre. Lo que más se le parece es una mercería como las de antes. O los drogueros de antaño, que conocían a todo el mundo y eran una autoridad en el barrio. La cuestión es que se teja una red de relaciones. La gente necesita ciertos productos, pero todavía tiene más necesidad de calor humano.
Por eso, hoy en día una librería que concilie la modernidad técnica y las prácticas de antaño, con un librero que conozca y ame los libros, que conozca y ame a sus clientes, tiene futuro, al menos en los barrios cuyos habitantes vivan con cierta holgura". Ojala sea así.
El segundo, la confirmación de una experiencia que creo común a quienes vamos acumulando libros:
"Uno de los misterios de las bibliotecas son los libros que desaparecen. Su propietario está convencido de que no lo ha prestado y no puede haber sido robado. Y, no obstante, resulta imposible encontrarlo. Desde que sé que los libros hablan, me pregunto si pueden moverse".


El otro libro errabundo es el titulado ¿Somos como moros en la niebla?, escrito por Joseba Sarrionandia y publicado por Pamiela en euskera y en castellano. Ensayo monumental, sus 1.303 notas dan fe del enorme trabajo de documentación sobre el que se ha construido.
"Entrada a la Casbah" es el título del capítulo introductorio y, ciertamente, su lectura nos introduce en un laberíntico entramado de callejuelas, repleto de puertas entreabiertas, donde es fácil desorientarse.
Si el pretexto del libro es la indagación sobre Pedro Hilarión de Sarrionandia, nacido en 1865 en el caserío de Barrenkuatze, en Garai, franciscano misionero en Tánger y autor de la primera gramática de la lengua amazigh (bereber), en su conjunto el ensayo de Sarrionandia contiene apuntes etnográficos, análisis sociohistórico,  exploración filológica y crítica política. Preguntado en una entrevista por el tema que vertebra una obra tan compleja, esta es la respuesta del autor:
"Es, fundamentalmente, un ensayo sobre qué es la política. Y sobre qué no es la política. Normalmente se le llama política a la imposición de toda una serie de relaciones de poder, por medio de la fuerza o mediante el establecimiento de cierta sordera visual entre la gente. La política ha sido y sigue siendo como un gran juego de hechos consumados y ejercicios de imposición en todos los ámbitos, en lo económico, en lo militar, en lo cultural. He tratado de revisar formas de establecimiento de ese poder, sobre todo desde mediados del siglo XIX hasta ahora, y me he esforzado en definir un concepto de política a partir de la idea inversa. La política sería la ausencia de esas imposiciones y sobredeterminaciones, a partir de que el ser humano es libre, es decir, debería ser libre para decidir lo que le atañe".

Esta orientación, y su aplicación expresa al caso vasco, se convierte en el tema de los capítulos XXXIII a XXXV, los últimos del libro.En ellos Sarrionandia expone una defensa de la autodeterminación nacional que quiere normal y desdramatizada: "Hay quienes creen que los vascos o los bereberes son diferentes porque poseen una identidad colectiva. Así lo creen incluso algunos vascos y bereberes. Pero lo cierto es más bien lo contrario: precisamente el hecho de tener una identidad colectiva les hace parecerse a los demás". Tan parecidos a los demás -españoles, franceses o marroquíes- que no reclaman nada original: "Los vascos, con exiguos medios y una pasmosa falta de imaginación, no plantean, ni siquiera los más radicales, sino una cosa tan común que ya la tienen españoles y franceses: una mera nación-estado propia".
Aunque, como en la cita precedente, por la forma de expresarse en ocasiones no lo parezca, Sarrionandia es consciente de que entre los vascos hay posiciones muy distintas al respecto: hay quienes dan por imposible un estado independiente, quienes consideran que no vale la pena, quienes lo creen posible e imprescindible. Sarrionandia considera que esos puntos de vista no están condenados al enfrentamiento y que es posible un plan de viaje compartido y un barco donde quepan todos:
"El sujeto de la autodeterminación es plural, además de incierto. Los cuatro puntos de vista parecen diferentes y contradictorios, pero también se pueden considerar complementarios. Se trata de que nadie nos obligue a ser lo que nunca hemos sido, ni seremos y, además, no tenemos ninguna obligación de ser".
¿No estamos ante una versión de aquel "no imponer, no impedir", de Josu Jon Imaz? Si así fuera, echo en falta la acreditada capacidad crítica de Sarrionandia aplicada a la historia del abertzalismo radical. Porque, entre la niebla, queda oculta la cuestión de la violencia vasca. "El vasco que quiera andar por espacios españoles o franceses tiene que demostrar que es 'moro de paz'. Y no 'moro' de guerra, y el distingo no tiene nada que ver con lo bélico". ¿De verdad que no? Por supuesto que para muchas personas el grito "¡ETA no, vascos sí!" nunca fue más que un eslogan táctico. Pero el terrorismo de ETA ha estado construido con los mismos materiales que Sarrionandia critica, con toda razón, en el caso del colonialismo, el imperialismo o el franquismo. Y aún sigue muy vivo todo aquello que había antes de la violencia y que no ha desaparecido con el final de esta.
En todo caso, me parece muy destacable esa perspectiva pragmática, constructivista, desde la que Sarrionandia plantea la construcción nacional vasca: "En lugar de imitar los excluyentes modelos predominantes, la España 'porque sí' de siempre, el patriotisme républicain francés o el my country right or wrong anglosajón, los vascos tienen la ventaja de poder proponer en su discusión y en su decisión una nación, una ciudad, que no está impuesta y ni siquiera está definida". Como afirma al concluir el libro: "No somos moros, tampoco vascos. Y, como no somos nada, podemos decidir qué queremos ser, y qué queremos hacer. No somos nada más que lo que hagamos".

lunes, 26 de noviembre de 2012

Catalunya

Cuando Mas vió el éxito de la ya denominada "Diada independentista" decidió cambiar su hoja de ruta por un pacto fiscal y sumarse. Nada que objetar. Pero cometió un grave error estratégico: pensó que de esta manera se ponía a la cabeza de la manifestación, sin darse cuenta de que, en realidad, le estaban empujando.
Cuando Mas regresaba al Palau de la Generalitat tras reunirse con Rajoy el 20 de septiembre una multitud estelada se concentraba en la Plaça de Sant Jaume. Seguramente Mas creyó que le esperaban para apoyarle: en realidad le estaban vigilando.

Si se trataba de votar independencia, el electorado ha escogido a aquellas fuerzas independentistas desde siempre, como ERC, o a aquellas otras de nueva hornada que compensan su juventud con mayores tasas de radicalidad.
Si se trataba de votar bienestar y economía, el electorado ha escogido a aquellas fuerzas que se han opuesto con mayor claridad a los recortes.
En ambos casos, CiU les ha hecho la campaña a otros. Un exitazo.


Pero los resultados "cantan" menos si los comparamos con los de 2006. CiU, ERC e ICV están prácticamente donde estaban. Es el PSC el que va difuminándose como el Harry Block en proceso de deconstrucción de aquella película de Woody Allen de 1997, dejando espacios que fuerzas minoritarias intentan cubrir. Como la naturaleza, también la política aborrece el vacío y prefiere un mal llenado que un agujero.


Los resultados son fenomenales, siempre que los partidos sepan leerlos correctamente. 
Por un lado, los problemas no se esfuman, sigue ahí; pero lo que sí parece haber fracasado es cualquier intento de abordarlos desde planteamientos simplistas, ya sea para “arreglarlos” de un plebiscitazo, ya para negarlos como si no existieran.
Por otro, con Catalunya ocurre lo mismo que con Euskadi: que puede seguir siendo una nación por construir, pero no es una sociedad por descubrir.

viernes, 12 de octubre de 2012

Cuando la fiesta nacional...



Cuando la fiesta nacional 
Yo me quedo en la cama igual, 
Que la música militar 
Nunca me supo levantar. 
En el mundo pues no hay mayor pecado 
Que el de no seguir al abanderado 

Y a la gente no gusta que 
Uno tenga su propia fe 
Y a la gente no gusta que 
Uno tenga su propia fe 


Tampoco me hubiese prestado a levantar la cartulina en el Nou Camp...

¡Qué coñazo los nacionalismos! Elevar lo que en todo caso no es más que un continente (un espacio geográfico, un marco territorial) sin contenido sustantivo a centro absoluto del universo ideológico...

domingo, 21 de agosto de 2011

¿Un crimen, tal vez?

El Diputado General de Gipuzkoa, Martin Garitano, ha declarado que los atentados cometidos por ETA en Catalunya fueron "más que un error". Y ahí se quedó: pasa palabra.
A Garitano no le gusta que nadie le dicte las palabras que tiene que decir: es lógico. Pero veamos, ¿qué quiere decir "más que un error"? ¿Un gran error, un error de la leche, un super error, un error mayúsculo? ¿Un horror, una tragedia, un drama? ¿Tal vez un crimen?

El 3 de marzo de 1994 el periódico EL MUNDO publicó un artículo del escritor israelí Amos Oz titulado Oriente Medio: la conjura de los extremistas. Al escuchar a Garitano lo he recordado, y lo reproduzco a continuación:

La mañana de un viernes un colono judío de Hebrón entró en el Templo de los Patriarcas y asesinó a docenas de palestinos que en ese momento se encontraban rezando.
El asesino, un conocido seguidor del rabino Meir Kahane, llevaba consigo armas y munición facilitadas por el Estado de Israel, que también ha procurado armamento a muchos otros seguidores de Kahane. Después de la matanza se declaró toque de queda en Hebrón. Pero, como más tarde dijo el comandante del Ejército israelí para la región, Kiryat Arba, el barrio judío de Hebrón no se encontraba bajo toque de queda «puesto que no se había recibido ninguna orden al respecto». Fue al oscurecer cuando el Gobierno recordó que también debía imponer el toque de queda en el barrio judío. Sin embargo, ello no impidió que varios colonos judíos elogiaran la carnicería ante las cámaras de televisión con un razonamiento santurrón y monstruoso, tal y como lo habría hecho un skinhead.
El 17 de septiembre de 1948, el conde Folke Bernardone fue asesinado en Jerusalén por miembros de un desconocido grupo armado judío, que se autonombraba Frente Nacional. Aunque este crimen fue claramente menos grave que los asesinatos del viernes, David Ben Gurion no dudó entonces ni un momento: a los dos días de los hechos, el Gobierno Provisional de Israel publicó unas ordenanzas pidiendo un fuerte castigo no sólo para los terroristas activos, sino también para todos los miembros de organizaciones terroristas. El Lehi y el Frente Nacional fueron prohibidos. En medio de esta difícil época de guerra, David Ben Gurion encomendó a un gran número de tropas la tarea de aplastar el terrorismo judío. Alrededor de 200 personas fueron inmediatamente arrestadas. Las fuerzas de seguridad realizaron extensos registros en varios puntos del país. Los dirigentes de Lehi fueron encarcelados y conducidos a los tribunales.
El Gobierno de Israel debería declarar fuera de la ley a los seguidores de Kahane, ocuparse de que a los incitadores conocidos se les pusiera bajo arresto y fueran llevados a juicio, realizar registros domiciliarios en Kiryat Arba y en otros enclaves de posibles terroristas, y plantear que, como resultado de la masacre, considerará la incorporación de la policía armada palestina a las fuerzas que se encargarán de mantener la paz en los puntos conflictivos de las afueras de Gaza y Jericó.
Las medidas tomadas por el Gobierno israelí el domingo pasado resultan insuficientes, no porque no lleguen a cumplir las condiciones que ha impuesto la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) para la reanudación de las conversaciones de paz, sino precisamente porque son tan leves que no logran convencer a la opinión pública israelí de que todo tipo de racismo y derramamiento de sangre serán prohibidos y suprimidos de ahora en adelante con puño de hierro. Los palestinos, por su parte, serían declaradamente estúpidos si suspendieran las negociaciones ahora. El acuerdo israelí-palestino con respecto a Gaza y a Jericó podría finalizar en unos cuantos días, y puesto en práctica poco después. Esta sería la respuesta más contundente a los fanáticos de ambas partes.
No sé si el asesino recibió ayuda de alguien, a pesar de que ya conocemos bien a los instigadores; son los mismos instigadores que, a diferencia de los agitadores fundamentalistas islámicos, no fueron deportados, ni serán deportados más allá de la frontera, ni sus casas serán destruidas o clausuradas. Pero no veo diferencia alguna entre este asesino judío y estos instigadores judíos, y los asesinos y los instigadores del Hamas y de la Yihad Islámica: hacen todo lo que está en su poder para evitar que el conflicto árabe-israelí sea resuelto mediante un acuerdo; hacen todo lo que pueden para convertirlo en una guerra religiosa entre el judaísmo y el islamismo, entre Adonaí y Alá, hasta conseguir que la última gota de sangre se haya derramado.
Este asesino y los instigadores que hay detrás de él han hecho exactamente lo que el Hamás y la Yihad Islámica esperaban. Los incitadores y los asesinos del Hamás hacen exactamente lo que los fanáticos del lado judío esperan. Es como si al caer las sombras de la noche, la imagen reflejada del Congreso de Oslo se diera cita allí donde ambos bandos no tienen dificultad alguna para ahogar los acuerdos de paz en sangre y venganza.
Docenas de familias de Hebrón ya nunca más verán a su padre, a su hermano o a su hijo. A los niños pequeños habrá que decirles que los muertos fueron asesinados en venganza por el asesinato de otros muchos muertos que también fueron asesinados en venganza por un asesinato que a su vez fue un acto de venganza por otro asesinato. O se les podría decir que lo que ocurrió ha sido para asegurar que la paz no llegue nunca, puesto que la paz es peor que la muerte. Esto es así a menos que la gente de estas dos naciones se ponga en pie y elija la vida y comience inmediatamente a poner en práctica con determinación esta elección.
Por la radio israelí se han oído diversas reacciones a la matanza. El primer ministro y los políticos, incluso los líderes de la derecha del país, han expresado toda su indignación y furia por el asesinato. Aaron Domb, portavoz de los colonos, aunque no alabó la «grave acción», la justificó diciendo que podía entender los motivos para ella. El rabino principal Yisrael Lau también repudió el «derramamiento de sangre» pero evitó usar la palabra «asesinato» quizás porque las víctimas no eran judíos. Entre los conmocionados por la noticia conté a cinco o seis judíos practicantes, todos condenaron «el hecho», algunos incluso usaron duras palabras para hacerlo, pero a ninguno le pareció necesario llamar «asesino» al asesino.
Es difícil, por tanto, evitar hacer la siguiente pregunta, una pregunta que no es sobre la cuestión israelí-palestina, ni sobre palomas y halcones, sino una pregunta de ética para los judíos. Desde los tiempos de los juicios a miembros de grupos clandestinos judíos, de los cuales algunos fueron declarados culpables de asesinato, muchos judíos practicantes solicitaban el perdón para «los buenos muchachos que habían tomado la justicia por su mano.» De hecho, ¿por qué el rabino principal y otros judíos practicantes se sentían satisfechos, esta vez también, con emplear la palabra «derramamiento de sangre», en lugar de llamar «asesinato» al asesinato y «asesino» al asesino? ¿Cuál sería entonces el nombre apropiado para la matanza de Purim en Hebrón? ¿Ha sido una descarga de ira contra los gentiles? ¿El acto imprudente y temerario de un hijo amado? ¿Tan sólo un incidente? ¿Acaso el mandamiento «No matarás» es sólo importante cuando la víctima ha nacido de madre judía o ha sido convertido al judaísmo por un rabino ortodoxo?
Las respuestas a estas preguntas no van a determinar ni el futuro de nuestra región ni el futuro de la paz y de los territorios ocupados. Como tampoco determinarán el significado de la palabra «asesinato», ni dirá quién es o no «asesino». A lo sumo, al contestarlas se podría determinar de una vez por todas quién es judío. Y quién no es otra cosa que el mismo Hezbolá cubierto con un gorro judío.

No se trata de imponer nada, pero ¿cuál sería el nombre apropiado para las matanzas de Hipercor o de Vic? ¿Fueron una descarga de ira contra los españoles? ¿El acto imprudente y temerario de un hijo amado? ¿Tan sólo un incidente? ¿Acaso el mandamiento «No matarás» es sólo importante cuando la víctima ha nacido de madre catalana y ha mostrado su solidaridad con la causa nacionalista vasca? ¿Por qué el Diputado General y otros nacionalistas practicantes se sienten satisfechos, esta vez también, con emplear la palabra «más que un error», en lugar de llamar «asesinato» al asesinato y «asesino» al asesino?

Pero peor -sí, mucho peor-fue la intervención de uno de los asistentes a la charla de Garitano, el dirigente de Solidaritat Catalana per la Independència Josep Guia, que reclamó la persistencia de ETA ante la posible llegada del PP al Gobierno español. «Es muy importante que ETA haya declarado la tregua permanente y verificable, pero también es muy importante que no se disuelva» -parece ser que vomitó- porque el PP va a llegar a La Moncloa sin haber «condenado todavía la dictadura de la cual es hijo, lo que hace que haya una doble vara de medir inaceptable». También afirmó que «el nivel en el que está ahora Bildu es gracias a que hace años que existe ETA». Experto en mirar a los bous no desde el carrer sino desde la barrera, ejemplo de ese "nacionalista a larga distancia" que tanto preocupara a Benedict Anderson por la facilidad con la que llaman a derramar hasta la última gota de la sangre ajena, Samuel Johnson pensaba en tipos como este cuando pronunció su conocido aserto sobre el patriotismo.

En fin. A ninguno le pareció necesario llamar "asesino" al asesino. Y así vamos adentrándonos en este tiempo nuevo, tan sociopáticamente normal.

martes, 26 de octubre de 2010

La ciencia, Dios e Ibarretxe

Un animoso comentarista anónimo me pregunta si tengo la intención de escribir algo sobre la tesis doctoral que ayer defendió el ex lehendakari Juan José Ibarretxe. No había pensado hacerlo, pero recojo el guante (aunque por ahora por el dedo pequeño).
Tengo mucho respeto por ese peculiar producto académico que es la tesis doctoral. He formado parte de una treintena de tribunales, he sido director de ocho tesis ya defendidas y en la actualidad me encuentro dirigiendo otras nueve, todas ellas activas, en distintas fases de elaboración. Digo esto tan sólo con la intención de señalar que algo sé sobre el tema.
Finalizar una tesis doctoral es una tarea exigente. Tiene mucho mérito.
No conozco más que un breve resumen de la tesis en cuestión. Esperaré a poder leerla en su integridad para hacer un juicio de sus contenidos. Supongo que se publicará en breve. Hasta entonces, no tengo motivos para dudar de que Ibarretxe se haya ajustado escrupulosamente a las normas fundamentales del método científico. Tampoco se me ocurriría cuestionar la profesionalidad y el rigor de todos y cada uno de los miembros del tribunal.
Pero si lo que he leído en el resumen citado es, primero, exacto, y, segundo, representativo del tono intelectual del texto, tengo que confesar que me deja muy sorprendido. Un ejemplo:
“También el final-comienzo de siglo supuso un cambio de paradigma en relación con la construcción del principio democrático. Pues, primero el llamado “Documento Ardanza” en el año 1998, y después los programas de gobierno del Gobierno Vasco nacido de las elecciones en 1998 y 2001, establecieron con claridad la legítima reivindicación del principio democrático, del derecho a decidir, como la “clave de bóveda” para la construcción social, política y económica del Pueblo Vasco en el siglo XXI”.
Una tesis no es un ensayo. Es un ejercicio de investigación que, al menos como actitud, debería estar guiado por una perspectiva más falsacionista que verificacionista.
Mal que le pese a Hawking, la ciencia no puede afirmar nada sobre la existencia o no de Dios. Tampoco sobre la bondad o no del Plan Ibarretxe.