sábado, 25 de julio de 2020

Camino de Emaús

Víctor Urrutia Abaigar
Camino de Emaús
Verbo Divino, 2020

"Qué inútil resulta ver
cristianos discretos,
cristianos circunspectos.
Queremos ser quitadolores,
santos y santas Ladrones de Penas,
ser ciudadanos y ciudadanas
en el barrio, a pie de calle,
en la brega".


¡Cuánto, cuantísimo, dejó sembrado Víctor! Tanto que casi tres años después de su fallecimiento seguimos recogiendo sus frutos vitales y generosos.

Primero fue el Víctor sociólogo, el que nos animó a tantas y a tantos a practicar una ciencia social rigurosa, encarnada y comprometida; una sociología útil, sobre todo para las personas y los colectivos más vulnerados. Después, en sus últimos años, nos sorprendió el Víctor poeta, autor de los poemarios El libro de los días (2017) y Memoria de silencios (2018), publicados por Ediciones Vitrubio.Y siempre fue el Víctor comprometido, ciudadano y creyente, con el que tanta vida tuve la fortuna de compartir.

Loli continua espigando entre sus escritos y recuperando poemas como los que conforman este libro, cuya lectura reposada es un regalo para el corazón. Poesía religiosa, espiritual, sí, pero poesía encarnada, universal, profundamente humana. Pedro Casaldáliga, otro maravilloso poeta atravesado por la fe y amigo del mundo ("Si no sabéis quien soy. Si os desconcierta / la amalgama de amores que cultivo: / una flor para el Che, toda la huerta / para el Dios de Jesús". El tiempo y la espera, Sal Terrae 1986) escribe un verso que refleja a la perfección la relación de Víctor con la religión: "Dios nos libre / de seglares / con sotana en el espíritu" (Fuego y ceniza al viento, Sal Terrae 1984). La poesía religiosa de Víctor esta escrita sin sotanas en el alma. Un buen ejemplo es su poema "Sed de realidad":

Cuando la realidad nos inunda
y desborda nuestras venas
con su sangre.

Cuando vivimos tiempos de mutilación,
de mentiras paliativas,
de sentimientos puestos
al sol que más calienta.

Cuando vivimos tiempos
carentes de misericordia,
de soledades amuralladas
estériles para la concordia.

Golpean nuestras puertas
los dioses de la felicidad.

En el desierto de la verdad,
de la luz sin sombras,
busco al Dios prójimo,
al Dios de la humanidad esperanzada.

Como señala Rafa Aguirre en su hermoso prólogo: "Este libro es un tesoro para quienes tuvimos la suerte inmensa de gozar de la amistad de Víctor, porque nos reencontramos con él y con lo que más estimaba, con el secreto de su personalidad ejemplar y entrañable". Estoy seguro de que también será un tesoro para quienes, sin haber conocido a Víctor, se reconocerán en su mirada limpia, sincera, compasiva y esperanzada.

viernes, 24 de julio de 2020

El mal de Corcira

Lorenzo Silva
El mal de Corcira
Destino, 2020

"Fue en Corcira donde se vio por primera vez lo que traía consigo hacer de tu vecino un enemigo, con el enfrentamiento entre el partido democrático, que era partidario de Atenas, y el oligárquico, que era afín a Esparta. [...] Y dice Tucídides que en Corcira los vínculos de sangre llegaron a ser más débiles que los de partido [...]. Y quienes cometían acciones más odiosas más renombre alcanzaban, y quienes eran más mediocres se imponían una y otra vez, porque a ellos no les temblaba nunca el pulso a la hora de actuar".


En esta novela, Bevilacqua (esta vez sin su compañera Chamorro, gravemente herida en una intervención aparentemente rutinaria) investiga en Formentera el asesinato de un varón cuyo cadáver ha aparecido apaleado en una playa. La víctima fue condenada hace años por pertencia a ETA.

Sabíamos por novelas anteriores que Bevilacqua sirvió en Euskadi durante un tiempo, a finales de los ochenta y principios de los noventa. La investigación del asesinato se entrecruzará con flashbacks que nos devuelven a aquellos terribles años, resumidos en la sobrecogedora escena (ficcionada, aunque basada en un hecho real) del asesinato de un guardia civil que acudía a recoger a su hijo a la salida del colegio; un crimen cometido ante numerosos y pasivos testigos.

Con este trasfondo, Bevilacqua/Silva reflexiona sobre la animalización/deshumanización ("ciervos" y "guarros" los unos para los otros, "txakurras" los otros para los unos) sobre el que se construía el odio cruzado entre militantes y simpatizantes de ETA y fuerzas y cuerpos de seguridad. Siendo la reflexividad antidogmática una de sus más características señas de identidad, Bevilacqua se moverá en los espacios grises y enlodados de la utilización de policías y guardias civiles para tapar los fallos y grietas del sistema ("No somos el mejor relleno de la fractura social"), del "caso Alsasua" ("Me sentí tentado de decirle que ni para mí ni para casi todos los guardias civiles con los que había hablado aquello era terrorismo, aunque no me pareciera tampoco una irreprochable efusión pastoril"), del cuartel de Intxaurrondo ("Regresar a aquel complejo, cuyo nombre era sinónimo de la suerte más siniestra para muchos, y que había sido una promesa cumplida de soledad y sufrimiento para muchos otros, me provocaba una emoción suplementaria"), la dispersión ("Tampoco, puestos a hablar de todo, tengo claro que sea necesario mantener a los presos de una organzación desarmada a mil kilómetros de sus madres. Alguien debería pensar que se castiga a esas ancianas, que quiza tengan malos sentimientos hacia nosotros, pero los sentimientos no son delito ni están penados, que yo sepa") o los GAL y la tortura ("Y es que, como una vez le oí decir enigmáticamente a un veterano, cuando te dan patente de corso y la ejerces un tiempo, cuesta discernir cuáles son los límites que tiene esa licencia, y acabas usándola fuera de ellos").

Serán muchas las lectoras y lectores a quienes este libro les (nos) provocará alguna ampolla. Pero quienes hayan seguido sus historias (esta es la décima novela de la serie) ya conocerán y, tal vez, compartirán, su filosofia vital y profesional, que aqui vuelve a exponer una vez más:
 
"A mis cincuenta y cuatro años, y después de haber visto a tanta pobre gente avasallada y a tanto desalmado haciendo daño al prójimo, provisto de las más variadas excusas, prefería vivir en lo concreto y, abandonando el aséptico mundo de las ideas, situarme en el primer término más bien mugriento que me incumbía. Allí mi trabajo era, en resumidas cuentas, defender los intereses de alguien que siempre era más débil contra los de alguien que matándolo, secuestrándolo o humillándolo había demostrado ser más fuerte. La descripción valía incluo para aquel pobre diablo al que habían tenido que abatir mis comañeros la noche anterior, un infeliz que después de un revés laboral, y sin haber adquirido un dominio suficiente del arte de vivir, se habia embarcado en un dislate que había de costarle todo, incluida la existencia. En el momento en que había contratado a aquel sicario, y le había dado la informacón necesaria, se había erigido en juez y rector de los destinos de su víctima, cuya vida había truncado a su plena satisfacción. A partir de ahí, a mí me importaba poco si el asesinado era una bella persona que había despedido a un empleado deshonesto o un empresario déspota que se había desecho de un asalariado vulnerable. En el país donde vivo la pena de muerte está felizmente desterrada, y nadie, por dura y amarga que sea su suerte, tiene derecho a aplicársela a otro. Quizá sea esta una construcción burguesa, destinada a encubrir los abusos de las clases dirigentes bajo una capa de humanitarismo superficial; en todo caso, es un argumento coherente y consistente en sí mismo, y me sirve para el día a día; algo más que todas esas utopías inflamadas que, la Historia lo demuestra, conducen una y otra vez a policías políticas, privaciones y mazmorras donde la vida no vale nada, en beneficio de cuatro espabilados que pastan a placer en nombre del pueblo".

El caso policial, interesante y entretenido, planteado y resuelto con el oficio que caracteriza a la escritura de Lorenzo Silva, le sirve al autor para invitarnos a reflexionar sobre nuestras particulares Corciras: sobre aquel País Vasco en los que los vecinos fueron convertidos en enemigos, sí, pero también sobre la aterradora facilidad con la que cualquier sociedad puede convertirse en una Corcira en la que se acabe afirmando que "sólo la victoria completa de una facción mediante la masacre de la contraria podría asegurar la paz".

martes, 21 de julio de 2020

El sonido de un caracol salvaje al comer

Elisabeth Tova Bailey
El sonido de un caracol salvaje al comer
Traducción de Violeta Arranz
Capitán Swing, 2019

"Todo lo relacionado con el caracol resulta enigmático y fue precisamente ese aire de misterio lo que atrajo inicialmente mi interés. Comprendí que mi propia vida se estaba volviendo igual de enigmática. Desde el inicio de mi enfermedad y durante mis innumerables recaídas, mi lugar en el mundo ha estado más documentado por mi ausencia que por mi presencia. Aunque mis amigos más cercanos comprendían mis circunstancias, los que no me conocían bien pensaban que mi desaparición del trabajo y de los círculos sociales era inexplicable.
Y en realidad yo no había desaparecido; simplemente estaba recluida en casa, como un caracol encogido dentro de su concha. pero estar recluida en casa en el mundo de los seres humanos es como desaparecer. A veces, cuando me encuentro con algún conocido de antes, veo que cruza por su rostro una mirada de estupefacción, como si creyera que está viendo un fantasma, como si no se esperara mi reaparición. A veces incluso yo misma me pregunto si no me habré convertido en un fantasma".


Elisabeth Tova Bailey tenía 34 años cuando un extraño patógeno le provocó una grave enfermedad mitocondrial que la mantuvo totalmente postrada en la cama durante meses, con su cuerpo casi paralizado. Un día, una amiga que la estaba visitando volvió de un paseo por el bosque cercano con un caracol. Llenó una maceta con tierra, trasplantó en ella algunas violetas silvestres, depositó ahí al caracol y dejó la maceta junto a la cama de la autora.

"'¿Y por qué tendría que gustarme un caracol?', me pregunté en silencio. ¿Qué narices podía hacer con él? No podía levantarme de la cama para devolverlo al bosque. No era de mucho interés y, si realmente estaba vivo, la responsabilidad -especialmente la responsabilidad por un caracol, algo tan fuera de lugar- era aplastante".

Sin embargo, con el paso de los días la compañía de su silente compañerx (los caracoles son hermafroditas) se convirtió en un foco constante de interés y curiosidad. Cuando empiezan a aparecer pequeños agujeros cuadrados en un sobre junto a la maceta la autora se pregunta si no serán bocados del caracol hambriento, y empieza a alimentarlo con pétalos y champiñones. Cuando se despertaba de madrugada se sentía acompañada al escuchar "el reconfortante sonido de la minúscula masticación del caracol". Y así, su extrañeza inicial se transformará en una relación profunda con una de las criaturas aparentemente más alejadas de nuestra especie humana: "Mientras contemplaba sus estrafalarias narices-ojos telescópicos, sus dientes que formaban una cinta, su babosa piel y su casa móvil, me costaba creer que fuéramos originarios del mismo planeta". Pero la conexión se produjo:

"Después de varias semanas haciéndonos mutuamente compañía las veinticuatro horas del día, no quedaba duda sobre nuestra relación: ya era oficial que el caracol y yo vivíamos juntos. Reconozco que me había encariñado con él".

El fruto de este encariñamiento es este libro fascinante, lleno de curiosidades sobre estas criaturas (nunca volveré a mirar igual a los caracoles que brotan de la nada con cada chaparrón en torno a mi casa). Pero, sobre todo, Elisabeth Tova Bailey ha escrito un ensayo imprescindible sobre la fragilidad de la vida (de todas las vidas) y la interdependencia radical entre los seres humanos y la naturaleza

Leyéndolo he recordado uno de los proyectos más delicados y mágicos de la ilustradora Josune Urrutia Asua, su Niña caracol: belleza y ternura creada también en condiciones adversas.

Por cierto, aquí se puede escuchar el sonido que hace un caracol comiendo una zanahoria.


A propósito de nada: las dos biografías de Woody Allen

Woody Allen
A propósito de nada. Autobiografía
Traducción de Eduardo Hojman
Alianza Editorial, 2020

"Amigos: estáis leyendo la autobiografía de un analgabeto misántropo que adoraba a los gánsteres, un solitario inculto que se sentaba delante de un espejo de tres caras a practicar con una baraja para poder sacar un as de picas, hacer que fuera imposible de ver desde ningún ángulo y llevarse todo el dinero de la partida".


Una amiga sigue recordándome de vez en cuando, con acritud sobreactuada, que en nuestra juventud no nos perdimos ni uno de los estrenos anuales de las películas de Woody Allen, además de ver las reposiciones de sus primeros títulos en alguno de los cines que por entonces había en practicamente todos los pueblos de Encartaciones, incluido el nuestro.

Aún hoy puedo reconstruir escenas y repetir diálogos de películas como Toma el dinero y corre (Take the Money and Run, 1969), Bananas (1971), Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar (Everything You Always Wanted to Know About Sex - But You Were Afraid to Ask, 1972), El dormilón (Sleeper, 1973) y La última noche de Boris Grushenko (Love and Death, 1975). Películas inteligentemente gamberras, filmadas y firmadas por un genio formado en los escenarios de comedia en vivo, que escribía libros tan descacharrantes como Sin plumas y Cómo acabar con la cultura de una vez por todas (publicados en español por Tusquets en 1976 y 1974, respectivamente). Libros que, claro, me apresuré a comprar y leer.

Probablemente se trataba de un humor y de un cine que gustaban o no en función de diversos factores (cultura cinéfila, lecturas realizadas, vivencias personales). A mí me encantaban, pero a mi cuadrilla tal vez no tanto.

Luego llegaron dos obras mayores en la filmografía de Allen, Annie Hall (1977) y Manhattan (1979), que aún vuelvo a ver de vez en cuando, pero también una serie de películas -Interiores (Interiors, 1978), Recuerdos (Stardust Memories, 1980) y La comedia sexual de una noche de verano (A Midsummer Night's Sex Comedy, 1982)- que me defraudaron y que sirvieron para que nunca más volviéramos al cine en cuadrilla tan pronto como se estrenaba un nuevo título de Woody Allen. Imaginó que mi amiga se sintió liberada; se lo preguntaré.

El año 1983 abrió una nueva etapa en mi relación con el cine se Allen: yo seguí fiel a la tradición anual de asistir a sus estrenos, ahora menos acompañado, y Woody dirigió otras cinco grandes películas: Zelig (1983), Broadway Danny Rose (1984),  La rosa púrpura de El Cairo (The Purple Rose of Cairo, 1985), Hannah y sus hermanas (Hannah and Her Sisters, 1986) y, sobre todo, la maravillosa Días de radio (Radio Days, 1987). Dejo al margen Septiembre (September), también de 1987, que a pesar de su dramatismo me dejó frío. Lo mismo me ocurrió con Otra mujer (Another Woman, 1988), Alice (1990) y Sombras y niebla (Shadows and Fog, 1991); aunque Delitos y faltas (Crimes and Misdemeanors, 1989) me recordó al mejor Allen, parecía que su ingenio empezaba a marchitarse.

Pero en 1992 Allen abrió una fructífera década demostrando su maestría a la hora de diseccionar los conflictos derivados de las relaciones humanas con Maridos y mujeres (Husbands and Wives, 1992) y recuperando el gamberrismo inteligente y la mirada melancólica de sus primeras obras: Misterioso asesinato en Manhattan (Manhattan Murder Mystery, 1993), Balas sobre Broadway (Bullets over Broadway, 1994), Poderosa Afrodita (Mighty Aphrodite, 1995), Todos dicen I love you (Everyone Says I Love You, 1996), Desmontando a Harry (Deconstructing Harry,1997), Acordes y desacuerdos (Sweet and Lowdown, 1999), Granujas de medio pelo (Small Time Crooks, 2000), La maldición del escorpión de jade (The Curse of the Jade Scorpion, 2001) y Un final made in Hollywood (Hollywood Ending, 2002). Celebrity (1998) no me gustó.

Entrado el nuevo siglo, me gustó Match Point (2005) pero me aburrí o no conecté con Todo lo demás (Anything Else, 2003), Melinda y Melinda (Melinda and Melinda, 2004), Scoop (2006), El sueño de Casandra (Cassandra's Dream, 2007) y Vicky Cristina Barcelona (2008). Volví a disfrutar con Si la cosa funciona (Whatever Works, 2009) y Medianoche en París (Midnight in Paris, 2011), pero me fui alejando de sus últimas películas: Conocerás al hombre de tus sueños (You Will Meet a Tall Dark Stranger, 2010), A Roma con amor (To Rome With Love, 2012), Blue Jasmine (2013), Magia a la luz de la luna (Magic in the Moonlight, 2014), Irrational Man, 2015), Cafe Society (2016), Wonder Wheel (2017), Día de lluvia en Nueva York (A Rainy Day in New York, 2019). Me influyó mucho la denuncia de Dylan Farrow. Algunas ni siquiera me animé a verlas, así que igual me he perdido algo. A ver cómo funciona Rifkin's Festival (2020), que se estrenará en el Zinemaldia.

Dicho todo lo anterior, habrá quedado claro que he disfrutado mucho con el cine de Woody Allen, un tipo capaz de dirigir una palícula al año ("Siempre me fijé un salario muy exiguo para que el presupuesto fuera reducido. probablemente fui el cineasta peor pagado de mi generación"), que nunca ha asistido a la ceremonia de los Oscar, a pesar de haber sido nominado una veintena de veces y haberlo ganado en cuatro ocasiones: como director por Annie Hall y como guionista por esta película, así como por Hannah y sus hermanas y Medianoche en Paris. Lo explica así en el libro: "No me gusta la idea de que se premie obras de arte que no se realizan con un propósito competitivo sino para satisfacer un deseo artístico y, con suerte, entretener. No estoy interesado en el pronunciamiento de ningún grupo respecto de cuál es la mejor película del año, o el mejor libro, o el intérprete más valioso". Un paradójico outsider para el sistema hollywoodiense que es a la vez uno de los pesos pesados del séptimo arte, en cuyas películas ha trabajado una buena parte de la constelación de estrellas del cine estadounidense, y algunas del firmamento europeo: Diane Keaton, Mia Farrow, Gene Wilder, Alan Alda, Meryl Streep, John Carradine, Burt Reynolds, Charlotte Rampling, Michael Caine, Caroline Aaron, Liam Neeson, Helena Bonham Carter, Tim Roth, Max von Sydow, Gene Hackman, Anjelica Houston, Ian Holm, Daryl Hannah, William Hurt, Alec Baldwin, Joe Mantegna, Mary-Louise Parker, Chazz Palmintieri, Olimpia Dukakis, Paul Giamatti, Kenneth Branaghn Melanie Griffith, Winona Ryder, Leonardo DiCaprio, Sheley Duvall, Hugh Grant, Christopher Walken, Ornella Mutti, Gena Rowlands, Natalie Portman, Scarlett Johansson, John Malkovich, Kathy Bates, Jeff Goldbum, John Cusack, Jodie Foster, Charlize Theron, Sigourney Weaver, Jeff Daniels, Kate Winslet, Colin Firth, Elisabeth Shue, Mira Sorvino, Dani Aiello, Sean Penn, Uma Thurman, Danny DeVito, Helen Hunt, Chloë Sevigny, Robin Williams, Kistie Alley, Demi Moore, Billy Cristal, Chiwetel Ejiofor, Naomi Watts, Christina Ricci, Drew Barrymore, Josh Brolin, Rachel McAdams, Anthony Hopkins, Evan Rachel Wood, Naomi Watts, Antonio Banderas, Julia Roberts, Marion Cotillard, Roberto Benigni, Carla Bruni, Léa Seydoux, Cate Blanchett, Colin Farrell, Emma Stone, Penélope Cruz, Javier Bardem, Kristen Stewart, Hugh Jackman, Ewan McGregor, Joaquin Phoenix... entre muchas otras.
He disfrutado muchísimo leyendo su disparatada versión de su infancia, puro Días de radio, como cuando describe la relación entre su padre y su madre, Nettie: "Que él y Nettie terminaran juntos es un misterio comparable a la materia oscura. Eran dos personajes tan opuestos como Hannah Arendt y Nathan Detroit, que no se ponían de acuerdo sobre nada excepto Hitler y mis calificaciones escolares. Sin embargo, y a pesar de toda esa carnicería verbal, siguieron casados durante setenta años, sospecho que por puro rencor. De todas formas, estoy seguro de que se quisieron a su manera, una manera que probablemente solo compartan algunas tribus de cazadores de cabezas de Borneo".

Son los recuerdos de un niño querido y alegre hasta que cumplió los cinco años, cuando pasó "de ser un crío sonriente y pecoso con una caña de pescar y pantalones ceñidos a ser un patán crónicamente insatisfecho". Según el propio Allen, esta transformación radical tuvo que ver con la toma de conciencia, por aquellos años, de su mortalidad: "ah no, yo no me apunté para esto. Nunca acepté ser finito. Si no os importan, quiero que me devolváis el dinero". De ser cierta, esta actitud ante la vida y la muerte junto con su pasión por el cine y la música radiada, todo ello adquirido en su más temprana edad, explican al Woody Allen que luego hemos conocido en la mayoría de sus películas, desde luego en las más interesantes: "Yo veía todos los lanzamientos de Hollywood. cada largometraje, cada película de serie B. Sabía quiénes eran los que salían en la pantalla, los reconocía, empecé a reconocer también a los secundarios, a los actores de carácter, a fijarme en la música. [...] La música pop de aquella época consistía en Cole Porter, Rodgers y Hart, Irving Berlin, Jerome Kern, George Gershwin, Benny Goodman, Billy Holiday, Artie Shaw, Tommy Dorsey. De modo que allí estaba yo, empapándome de aquella música tan hermosa y de películas". Comedias "de champagne", historia urbanas, apartamentos y skylines, cárteles de neón, música de jazz... "Incluso hoy, si la escena inicial de una película es un primer plano de una bandera que cae y se trata de la bandera del taxímetro de un taxi neoyorquino, me quedo. Si es la bandera de un buzón, me largo de la sala".

También he disfrutado leyendo sobre sus años como guionista televisivo y redactor de chistes para otros cómicos; sobre sus fobias (entre las que sobresale su "fobia a entrar") y sus primeros pasos como monologuista en clubs nocturnos, sin demasiado éxito; sobre sus relaciones afectivas y de amistad; y sobre su personal forma de hacer cine, con perlas como estas:
  • "Me hice la promesa de que jamás realizaría ninguna película a menos que tuviera todo el control, y así ha sido desde entonces".
  • "El ritual del casting no me gusta. [...] Es habitual que a la persona a la que van a presentarme la haya visto antes en alguna película, de modo que ya sé si puede actuar. No tengo nada que decirle a ninguno de los que vienen. Lo cierto es que si no hacen nada desquiciado, como abalanzarse sobre mí con una navaja, tiendo a contratarlos. Lo único que lo fastidia todo es cuando el siguiente actos que aparece es igual de bueno, igual de capacitado, y tampoco me ataca".
  • "Como cineasta soy un imperfeccionista. No tengo paciencia para rodar escenas una y otra vez con el objetivo de contar con planos adicionales captados desde diversos ángulos, por valiosos que sean luego a la hora de realizar el montaje. A mí me gusta rodar una escena, pasar a la siguiente, terminar y salir pitando".
Hasta que llegamos a la página 242, aparece Mia Farrow y el libro empieza a adoptar las hechuras de un acta de acusación hacia Farrow, presentada como una neurótica calculadora, fruto de una familia afectada por graves trastornos mentales, con una relación enfermiza con sus hijas e hijos, y a sí mismo como un pobre idiota enceguecido por la pasión amorosa: "Pensándolo retrospectivamente, ¿debería haber percibido alguna señal de alarma? Supongo que sí, pero si uno está saliendo con una mujer de ensueño, aunque vea señales de alarma, mira para otro lado". Así no, Woody, así no... Hasta la página 324, y algunos parrafos en páginas posteriores, Allen cuenta su versión del sórdido y feroz conflicto que ha mantenido con Mia Farrow por las acusaciones de esta de haber abusado sexualmente de su hija adoptiva Dylan. La historia, terrible, es pública, ha estado en todos los medios de comunicación, ha llegado a los tribunales y ha enfrentado incluso a hermano contra hermana. Tiene derecho ha explicarse, por supuesto, y yo tengo derecho a comprar o no su libro y a creerme o no sus explicaciones. Pero su irrupción en este libro provoca la misma sensación que cuando somos testigos de una explosión de odio y desprecio entre una pareja a la que conocemos y apreciamos: ¡no!, yo no quiero verme metido en esto, por favor.

Este libro son, en realidad, dos, y yo hubiera agradecido leer solo el primero de ellos.

domingo, 19 de julio de 2020

Kurtzegan, Kolometa, Beluzaran, Ubixeta y Oderiaga

Esta mañana me he encaminado hacia Orozko, en concreto hasta uno de sus muchos barrios, el de Sendegi o Zendegi (405 m.). He aparcado el coche en un amplio espacio dos centenares de metros antes de llegar a las casas, visibles desde ahí. He empezado a caminar a las 7:45. El plan era subir hasta el collado de Urizar o Ubizear (674 m.) para desde allí recorrer todo el cordal que culmina en el Oderiaga (1.244 m. según Mendikat, cuya referencia seguiré en adelante), pasando por las cimas (algunas buzonadas, otras no) de Kurtzegan (863 m.), Kolometa (1.006 m.), Beluzaran (1.029 m.), Egileor o Ubixeta (1.117 m.) y la ya citada de Oderiaga, a donde he llegado a las 10:10 h.
El regreso lo he realizado practicamente por el mismo camino de subida, salvo el bordeo de la cima de Ubixeta por la majada de Okelugorta. He llegado al coche a las 12:07.
Mucho calor y vistas espectaculares.

Fuente: El Correo

Apartadero donde he dejado el coche. Al fondo se aprecia el primer caserío del pequeño nucleo de Zendegi.
Cuando acaba la carretera hay que tomar una empinada cuesta entre árboles hacia la derecha. No hay indicaciones, pero el camino está claro.
Se atraviesa un pequeño pinar y se llega a una pista de tierra, que cogemos hacia la derecha, siguiendo la dirección de subida. Esta foto y la siguiente las he sacado al bajar.
Se asciende por la pista de tierra, a ratos muy descarnada, hasta llegar a otra pista cubierta de gravilla y, en algunos tramos, de cemento. Se continua hacia la izquierda, siempre subiendo.
Al poco tiempo se llega a un cruce con un poste señalizador. Se coge el ramal de la derecha, en dirección Ubizar.
Collado de Ubizar

Una pista va bordeando todo el cordal, hasta llegar (creo) a la majada de Austigarmin, por donde anduve hace un mes. A partir de aquí lo mejor es abandonar la pista y seguir el cordal subiendo y bajando por sus rampas herbosas.
Llegando a Kurtzegan.
Cima del Kurutzegan o Kurtzegan (863 m.). Siguiendo el cordal, Kolometa.

Pero antes hay que visitar el espectacular zutarri (menhir) de Kurtzegan, de más de cinco metros de altura y siete toneladas de peso.
Rampa al Kolometa.
Kolometa (1.006 m.).
Continuo por el cordal. No hay pérdida, salvo para la vista, con mil y una escenas de postal a su disposición.
Llegando al Beluzaran, que carece de buzón.
Egileor, Ubixeta o Ubieta (1.117 m.), que de todas estas formas es conocido.
Nueva bajada y última subida hasta el Oderiaga.
Itxina.
Oderiaga (1.244 m.). Al fondo, Aldamin y Gorbeia.
De derecha a izquierda: Usategieta, Azaolako Atxa, Ipergorta y Gorosteta. En su base, la majada de Austigarmin. Al fondo, Gorbeia y Aldamin.
Sierra Salvada y valle de Ayala.
Mirada hacia el camino recorrido.
Majada de Okelugorta
Collado entre Kolometa y Beluzaran.
Por esta zona pueden verse abundantes serbales.

Orozko al fondo, y en el claro entre los árboles el barrio de Zendegi.