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lunes, 17 de agosto de 2026

En memoria de Sabino Ormazabal

 

Acaba de morir Sabino Ormazabal y siento la necesidad de escribir sobre él antes incluso de que el tiempo empiece a hacer su trabajo sobre la memoria. Porque la memoria personal es frágil: ordena retrospectivamente los acontecimientos, aproxima fechas, establece continuidades que tal vez entonces no percibíamos. No quisiera que eso me ocurriera al recordar a Sabino. Prefiero asumir las imprecisiones y contar simplemente cómo lo recuerdo y por qué su muerte me entristece tanto.

Creo que conocí a Sabino a principios de los años noventa. Y digo "conocí" de una manera un poco particular, porque durante algún tiempo nuestra relación fue exclusivamente telefónica. Él era entonces redactor jefe en Egin y yo participaba activamente en el movimiento de insumisión y era uno de los rostros más visibles de la Coordinadora Gesto por la Paz de Euskal Herria.

No era precisamente el lugar más sencillo desde el que iniciar una relación con alguien que trabajaba en Egin.

Sabino había impulsado en el periódico una sección titulada Ez-Bai, concebida como un espacio de debate. Lo interesante, visto desde hoy, es recordar algunas de las cuestiones que pretendía someter a discusión. Eran asuntos que en aquel momento resultaban especialmente difíciles de plantear dentro del universo político y cultural de la izquierda abertzale, porque apenas se concebían como cuestiones discutibles: entre ellas, la legitimidad de la violencia de ETA o determinadas concepciones del derecho de autodeterminación. Sabino me llamó para proponerme participar en algunos de aquellos debates. Acepté. Todavía conservo en mi despacho de la universidad fotocopias de aquellas páginas.

Casi al mismo tiempo se produjo otra circunstancia que recuerdo ahora inevitablemente unida a aquella. Joseba Macías, también fallecido, dirigía entonces Egin Irratia. A Joseba lo conocía mucho mejor: habíamos sido compañeros en la licenciatura de Sociología en la Universidad de Deusto y mantuvimos una relación que recuerdo con enorme cariño. También él me propuso entrar en un territorio que no era precisamente el mío: participar en las tertulias de la emisora. Y también acepté.

Ninguna de aquellas colaboraciones fue fácil. Yo me movía en un espacio político e ideológico en el que, para muchas personas, era considerado un enemigo. Eran años muy duros. Las fronteras políticas atravesaban también las relaciones personales y con demasiada frecuencia convertían la discrepancia en descalificación y al adversario en alguien moralmente sospechoso.

Por eso recuerdo especialmente a Joseba y a Sabino. Porque ambos me demostraron algo que en aquellos años distaba mucho de ser evidente: que para ellos yo podía ser un adversario, incluso un adversario radical en algunas cuestiones, pero nunca un enemigo al que hubiera que silenciar, excluir o eliminar. Podíamos discutir. Podíamos discrepar profundamente. Pero podíamos hablarnos.

Con el paso de los años fui encontrándome con Sabino en distintas ocasiones. Ya no recuerdo todas ni sabría ordenarlas cronológicamente. Sí recuerdo la sensación que me dejaban aquellos encuentros: cariño personal y una creciente impresión de que, más allá de nuestras procedencias políticas y de las diferencias que hubiéramos podido mantener, compartíamos cada vez más valores y una determinada manera de mirar la realidad.

No me parece casual, visto ahora, que una parte tan importante de su trayectoria estuviera vinculada al ecologismo, el antimilitarismo, la desobediencia civil y la noviolencia. Tampoco que dedicara tantos esfuerzos a recuperar experiencias de resistencia noviolenta y a reivindicar la coherencia entre medios y fines. Sabino entendió muy bien algo que a mí también me ha preocupado siempre: que la manera en que luchamos por aquello que consideramos justo forma parte de la justicia que pretendemos construir. No basta con tener razón en los fines si para alcanzarlos reproducimos aquello contra lo que decimos luchar.

Nuestras vidas volvieron a cruzarse de una manera especialmente paradójica cuando Sabino y otras personas vinculadas a la Fundación Joxemi Zumalabe fueron acusadas en el macroproceso 18/98. La acusación pretendía convertir determinadas prácticas de desobediencia civil en parte de la estrategia de ETA. Yo intervine como perito de la defensa y redacté en su mayor parte el informe pericial correspondiente.

Y aquí aparece una de esas paradojas que explican mejor que muchos tratados lo que fue este país durante tantos años. Mientras colaboraba en esa defensa frente a una acusación que pretendía vincular su actividad con ETA, yo vivía con escolta porque mi nombre había aparecido en la documentación del comando Buruntza de la propia ETA.

Durante mucho tiempo hemos vivido entre contradicciones como aquella. Personas amenazadas por ETA defendiendo los derechos de personas injustamente relacionadas con ETA. Personas procedentes de tradiciones políticas enfrentadas encontrándose en la defensa de los derechos humanos. Personas que habían estado en orillas distintas descubriendo que había puentes que siempre deberían haber permanecido abiertos.

Sabino acabaría siendo absuelto por el Tribunal Supremo en 2009. Pero su preocupación por las víctimas y por las distintas formas de sufrimiento provocadas por la violencia venía de antes y continuó después. Investigó sobre ellas, trabajó para hacer visibles sufrimientos que demasiadas veces cada comunidad política reconocía o ignoraba en función de quién los hubiera causado, participó en espacios de memoria y reconocimiento y siguió defendiendo la noviolencia activa como instrumento de transformación social.

En una sociedad que durante demasiado tiempo construyó relatos incompatibles del sufrimiento, Sabino se empeñó en mirar hacia distintas orillas.

Por eso, al conocer su muerte, he vuelto inmediatamente a aquellas conversaciones telefónicas de principios de los noventa. A aquel hombre de Egin que decidió llamar a alguien de Gesto por la Paz para pedirle que escribiera en las páginas de su periódico precisamente sobre algunas de las cosas que más nos separaban. Ahora comprendo mejor el valor que tenía aquel gesto. No porque nuestras diferencias fueran pequeñas. Precisamente porque eran enormes.

Dialogar no consiste en hablar con quienes piensan como nosotros. Tender puentes tampoco consiste en negar los conflictos ni en borrar las responsabilidades. Consiste en negarse a aceptar que una persona deba quedar reducida a la posición política que ocupa en un momento determinado. Creo que Sabino lo supo muy pronto.

Hace apenas unos meses todavía hablaba públicamente de la necesidad de críticas y autocríticas, de gestos y de puentes. Hay algo profundamente coherente en ese recorrido: desde aquel Ez-Bai que yo conocí hace más de treinta años hasta su trabajo posterior sobre la memoria, las víctimas, la reconciliación y la noviolencia. Fueron cambiando las preguntas, quizá todas y todos fuimos cambiando con los años, pero permaneció una determinada voluntad de abrir espacios donde las certezas cerradas pudieran convertirse en conversación.

Por eso siento especialmente su muerte.

No fuimos amigos íntimos. No compartimos militancia ni pertenecimos al mismo mundo político. Pero cada vez que nos encontramos sentí su cariño y creo que él sintió el mío. Y con los años fui descubriendo que compartíamos algo que para mí ha ido adquiriendo una importancia cada vez mayor: la convicción de que ninguna causa merece que dejemos de reconocer la humanidad de quien tenemos enfrente.

Sabino fue ecologista, antimilitarista, periodista, investigador, desobediente, defensor de los derechos humanos y militante de la noviolencia. Pero hoy, al recordarlo, todas esas palabras me parecen distintas maneras de nombrar una misma cosa. Sabino fue siempre un activista por la vida.

Y así quiero recordarlo.


Publicado en Hordago - El Salto, 17 agosto 2026

martes, 7 de abril de 2026

Puertas cerradas, no abiertas

El PP de Vitoria-Gasteiz vuelve a insistir en una idea tan recurrente como problemática: que el aumento de la delincuencia está directamente relacionado con una supuesta política de “puertas abiertas” a la inmigración. A partir de datos policiales, su portavoz y futuro candidato a la Alcaldía, Iñaki García Calvo, construye un relato que, aunque pueda resultar intuitivo para muchas personas, simplifica una realidad compleja y, lo que es más grave, contribuye a estigmatizar a una parte muy vulnerable de la población.

Porque el problema no son las “puertas abiertas”, sino las muchas puertas cerradas con las que chocan las personas migrantes que llegan a España buscando una vida más libre y segura.

España, como el conjunto de Europa, dista mucho de ser un territorio de libre acceso para quienes buscan una vida mejor. Las vías legales y seguras para migrar son escasas, lentas y, en muchos casos, inaccesibles para quienes huyen de contextos de pobreza, violencia o falta de oportunidades. Lejos de un modelo permisivo, lo que existe es un entramado burocrático y legal que empuja a miles de personas a la irregularidad desde el primer momento en que pisan suelo europeo. Y esa irregularidad no es una elección libre, es una consecuencia.

La irregularidad como producto del sistema

Decir que la irregularidad administrativa es una elección implica asumir que las personas migrantes disponen de alternativas reales para hacer las cosas “bien” desde el inicio. Pero esa premisa no se sostiene en la práctica. Para la mayoría de quienes llegan a España, no existe una vía accesible, rápida y segura que les permita entrar, residir y trabajar de forma regular desde el primer momento. Los visados están limitados, condicionados a requisitos difíciles de cumplir, como contar previamente con un contrato de trabajo, y muchas veces desconectados de la realidad de quienes migran.

A esto se suma un hecho determinante: el propio sistema legal genera irregularidad sobrevenida. Personas que entraron legalmente con un visado pueden perder su situación regular al no poder renovarlo a tiempo, al quedarse sin empleo o al no cumplir condiciones administrativas extremadamente rígidas. No hablamos, por tanto, únicamente de quienes cruzan fronteras sin autorización, sino también de quienes, aun habiendo seguido las reglas, acaban fuera del sistema por la imposibilidad material de sostener su estatus.

El resultado es un callejón sin salida: para acceder a un permiso de residencia se exige un contrato de trabajo, pero para conseguir ese contrato es necesario tener ya el permiso. Este tipo de requisitos no solo no ordenan la migración, sino que empujan a muchas personas hacia la economía informal, donde la precariedad y la desprotección son la norma.

En ese contexto, la irregularidad deja de ser una decisión individual para convertirse en el producto de un diseño institucional que excluye. No es que las personas elijan estar al margen de la ley, sino que la ley, tal y como está configurada, las sitúa en ese margen. Y una vez ahí, salir no es sencillo: los procesos de regularización son largos, inciertos y, en muchos casos, inaccesibles.

El actual proceso de regularización extraordinaria es, en sí mismo, una evidencia de las disfunciones del sistema. Si hoy se plantea la necesidad de regularizar a decenas de miles de personas es precisamente porque durante años se ha permitido, cuando no provocado, que vivan y trabajen en la irregularidad. No se trata de una anomalía puntual, sino de un fenómeno estructural: personas que ya forman parte de nuestras ciudades, que sostienen sectores enteros de la economía en condiciones de enorme precariedad, pero a las que se les niega durante largos periodos el reconocimiento legal más básico. En lugar de facilitar itinerarios de incorporación progresiva a la ciudadanía, el Estado acumula situaciones de exclusión que después intenta resolver de manera extraordinaria y tardía. Y, sin embargo, esas personas llevan tiempo demostrando, con su trabajo y su arraigo, su voluntad de ser una más y uno más entre nosotras. La paradoja es evidente: se exige integración mientras se bloquean los mecanismos que la hacen posible.

Por eso, cuando se habla de “inmigración ilegal” como si fuera una categoría moral o una opción deliberada, se está ignorando que nuestras propias políticas migratorias producen la irregularidad que luego se denuncia. En ese contexto, hablar de “puertas abiertas” resulta una exageración interesada.

Seguridad, estigmatización y convivencia

Es cierto que los datos policiales pueden mostrar una sobrerrepresentación de personas extranjeras en determinados delitos. Pero interpretar esos datos sin atender al contexto social es irresponsable. La criminología lleva décadas señalando que los factores determinantes de la delincuencia no son el origen o la nacionalidad, sino variables como la exclusión social, la precariedad económica o la falta de redes de apoyo. Dicho de otro modo: no delinque alguien por ser extranjero, sino por encontrarse en situaciones de vulnerabilidad que, no casualmente, afectan con mayor intensidad a quienes han sido empujados a los márgenes del sistema.

Además, conviene recordar que los propios datos pueden estar sesgados. Las personas migrantes, especialmente aquellas en situación irregular, están más expuestas a la vigilancia policial y tienen menos capacidad para defender sus derechos, lo que incrementa la probabilidad de detenciones y registros. No es solo una cuestión de quién delinque, sino también de quién es controlado. En este sentido, resulta indignante que responsables públicos utilicen cifras parciales para reforzar un discurso que asocia inmigración y delincuencia. No solo porque es una simplificación engañosa, sino porque alimenta el miedo y la desconfianza, erosionando la convivencia.

Frente a ese enfoque, conviene reivindicar algo que el portavoz del PP rechaza como “buenismo”: la idea de que ningún ser humano es ilegal. No se trata de negar la existencia de leyes ni de ignorar los retos que plantea la gestión migratoria, sino de recordar que detrás de cada expediente hay una persona con derechos, dignidad y una historia que merece ser escuchada. Defender esto no es ingenuidad; es, de hecho, una posición profundamente realista. La seguridad no se construye levantando muros ni cerrando puertas, sino ampliando oportunidades, garantizando derechos y facilitando la integración. Regularizar, incluir, acompañar, respetar: esas son las verdaderas políticas eficaces.

Lo contrario -mantener a miles de personas en un limbo legal, sin acceso pleno a derechos ni posibilidades reales de integración- no reduce la inseguridad, la alimenta. Por eso, la cuestión no debería ser cuántas “puertas abiertas” hay, sino cuántas seguimos manteniendo cerradas. Si de lo que se trata es de abrir una conversación seria, claro; otra cosa es que las declaraciones del portavoz del PP no vayan de eso. 


Publicado en eldiario.es, 3 de abril de 2026

viernes, 7 de noviembre de 2025

Nada humano nos es ajeno


Reconstruyo y reelaboro, con un poco más de sosiego, las notas que había esbozado para mi intervención hoy en el Día de la Memoria, particularmente dedicado a recordar a los movimientos pacifistas.


“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. Mientras preparaba esta reflexión continuamente me venía a la mente el inicio de Historia de dos ciudades, de Dickens. Cuarenta años después de aquel primer “gesto por la paz” esta frase, tan antigua y tan vigente, parece escrita para nosotras: habla de la paradoja humana, de la coexistencia del horror y la esperanza, de la miseria y la dignidad que pueden convivir en una misma época, en un mismo pueblo, incluso en una misma persona.

El 26 de noviembre de 1985, dos centenares de personas se reunieron en silencio durante quince minutos en la Plaza Circular de Bilbao. La convocatoria había surgido del grupo Itaka-Escolapios. No había discursos ni altavoces, solo una pancarta blanca con letras negras que decía: “Han matado a un hombre. ¿Por qué no la paz?”. Era una pregunta sencilla, casi ingenua, pero cargada de verdad.
Aquel día, el silencio habló. En realidad, el día anterior ETA había asesinado no a uno, sino a tres hombres: en Donostia, al cabo Rafael Melchor García y al soldado José Manuel Ibarzabal Luque; en Pasaia, al guardia civil Isidoro Díez Ratón. Tres nombres concretos, tres biografías truncadas, tres ausencias que se sumaban a una lista ya insoportable. Sin embargo, la respuesta de la sociedad no fue la rabia ni la venganza, sino el silencio compartido, el gesto sereno de quienes decidieron decir "basta" sin gritar. Ese día nació, sin saberlo todavía, la semilla de la Coordinadora Gesto por la Paz, que se constituiría formalmente en mayo de 1986.

Desde 1968 hasta ese momento, las distintas ramas de ETA habían asesinado a cerca de 470 personas. Los grupos de extrema derecha y parapoliciales habían matado a otras 66. Una veintena más había perdido la vida bajo custodia o por torturas, y decenas de miembros de ETA habían muerto en enfrentamientos armados o al manipular explosivos. Eran años oscuros, años en que el miedo se había instalado en la vida cotidiana. Como escribió Ruiz Olabuénaga en 1985, “no debería haber la mínima duda de que esta sociedad vive marcada por el dosel del miedo”. Pero el miedo, aunque real, no es la emoción que, creo, protagonizaba aquellos gestos. Ni siquiera la superación del miedo. Porque el gesto de aquel noviembre no fue un acto de héroes, sino de ciudadanas y ciudadanos. No fue una heroicidad épica, sino una afirmación moral: que la vida humana vale más que cualquier causa, que la decencia no tiene bandos.

Antes de Gesto por la Paz ya había habido movilizaciones. En 1978, la manifestación “Por una Euskadi libre y en paz” había reunido a miles de personas; hubo protestas contra el secuestro y asesinato de José María Ryan en 1981, de Alberto Martín Barrios en 1983, de Enrique Casas en 1984; los Artesanos por la Paz, los Colectivos Vascos por la Paz y el Desarme… Pero lo que aportó Gesto por la Paz fue continuidad, coherencia y una ética nueva: la destribalización del dolor.

La protesta no dependía de quién fuera la víctima. No se trataba de “uno de los nuestros”, sino, simplemente, de una persona. El mensaje era universal y profundamente humano: han matado a un ser humano, y eso es suficiente. Esa fue la ruptura más importante: el rechazo a la lógica del enfrentamiento, el paso de la identidad a la humanidad.

Quienes participábamos en aquellos silencios no lo hacíamos por ser potenciales víctimas, ni por tener un vínculo personal con quienes habían sido asesinados. Podíamos no haber estado allí. Pero estuvimos. Lo hicimos porque sentíamos, de algún modo, que todo sufrimiento humano nos pertenecía. Porque sentíamos aquello que escribió Pablo Neruda en Los versos del capitán“¿Quiénes son los que sufren? No sé, pero son míos”.

Esa fue la raíz moral de Gesto por la Paz. La afirmación callada de que cada vida humana nos concierne, de que el sufrimiento ajeno nos compromete aunque no nos toque directamente. Fue una forma de resistencia moral frente a la anestesia del miedo y, sobre todo, de la indiferencia.

En aquellos silencios se gestó una pedagogía cívica: la de la empatía activa, la del reconocimiento mutuo, la de una ciudadanía que se sabía responsable del clima moral de su tiempo. No hubo consignas, pero hubo significado. No hubo líderes, pero hubo referentes éticos. No hubo espectáculo, pero sí ejemplo.

Si Hannah Arendt habló de la “banalidad del mal” para describir cómo personas comunes podían participar en atrocidades por mera obediencia o rutina, Gesto por la Paz nos permitió vislumbrar su reverso: la banalidad del bien. También aquí eran personas corrientes, vecinas, trabajadoras, estudiantes, quienes asumieron una responsabilidad moral elemental: decir no a la violencia.

Desde su fundación, Gesto por la Paz encarnó una forma de acción prepolítica, profundamente ética, que devolvía al espacio público una sencillez desarmante: el gesto silencioso, la presencia colectiva, la constancia diaria. Su fuerza no residía en el poder ni en la ideología, sino en la decisión individual y colectiva de no mirar hacia otro lado.

Ese modo coral y humilde de actuar hizo posible que miles de personas “normales” se convirtieran en protagonistas morales de su tiempo. La ciudadanía de a pie, sin buscar heroísmos, sostuvo un movimiento cívico que transformó el paisaje ético y político del País Vasco.

Frente a la banalidad del mal, Gesto por la Paz nos recordó que el bien también puede ser cotidiano, repetido, y compartido: un acto simple, reiterado y profundamente humano que, precisamente por su sencillez, se vuelve revolucionario.

Y ese ejemplo nos sigue interpelando hoy. Porque vivimos de nuevo un tiempo de crispación, de deshumanización, de brutalismo. Un tiempo en que la palabra se degrada y la empatía se erosiona. Un tiempo en que los discursos se endurecen, las redes se convierten en trincheras y el otro -quien piensa distinto, quien viene de otro lugar, quien vota diferente- vuelve a ser percibido como una amenaza.
Frente a ese clima, recordar el origen moral de Gesto por la Paz no es un ejercicio de nostalgia, sino una tarea de presente. Su legado nos recuerda que la convivencia no se construye solo con leyes o instituciones, sino con actitudes éticas y gestos cotidianos. Que la paz no es un estado, sino una práctica ("No hay caminos para la paz, la paz es el camino"). Que la dignidad humana, cuando se defiende sin adjetivos, es la forma más profunda de compromiso.

Hubo un tiempo -el mejor y el peor de los tiempos- en que el silencio público, tenaz y acuerpado de unas pocas personas sirvió para que la sociedad comenzara a mirarse de otra manera.

Hoy, cuando el mundo parece volver a endurecerse, cuando el ruido, el miedo y la deshumanización vuelven a levantar muros, recordar esa raíz se hace imprescindible. Aquella ética del reconocimiento que afirmaba la humanidad común frente a cualquier causa o bandera sigue siendo una brújula moral para nuestro tiempo. Hoy, cuando el mundo parece retroceder hacia nuevas formas de brutalización, aquel lema de 1985 conserva toda su fuerza: “Han matado a una persona. ¿Por qué no la paz?”

Tal vez nuestra tarea, cuarenta años después, sea sostener esa pregunta sin cansarnos de responderla.
Recordar que cada víctima, cada injusticia, cada dolor ajeno nos pertenece. Y entender, de una vez por todas, que la paz no empieza en los acuerdos, sino en el corazón de quienes se niegan a dejar de reconocer al otro como humano.

Porque también hoy, como entonces, es el mejor y el peor de los tiempos.

Y quizás, como entonces, el gesto más revolucionario sea el más simple: mantener viva la ternura cívica, el coraje silencioso, la humanidad compartida que hizo posible, en medio de la violencia, un espacio de paz. Y quizá la tarea que nos toca sea sostener la memoria de quienes eligieron el silencio frente al odio y seguir afirmando, una y otra vez, que nada humano nos es ajeno.



lunes, 22 de abril de 2024

Tener y no tener

Tenemos, se dice, un parlamento nacionalista, y así es: 54 de 75 escaños, el 72 por ciento. Pero va a ser el parlamento vasco que menos soberanismo se proponga impulsar. Salvo el soberanism as usual que constituye la base de ese “nacionalismo banal” (Billig) que va formateando a una sociedad vasca satisfecha que no parece dispuesta a embarcarse en nada parecido a un “prozesua” pero que sí corre el riesgo de consolidar rasgos nativistas que ya van generando demasiadas heridas, sobre todo a los sectores sociales económica y culturalmente más vulnerables.
 
PNV y EHB son dos poderes que, hoy por hoy, se anulan mutuamente: el PNV no puede competir en soberanismo con Bildu mientras que Bildu debe competir en institucionalismo gestor con el PNV si quiere seguir penetrando en su electorado. Es seguro que en la sala de máquinas del PNV alguien se estará preguntando si conviene marcar perfil soberanista para recuperar electorado, pero sería un error: los muy cafeteros, esos que en anoche gritaban “Independentzia!” como si se hubieran equivocado de ciclo, ya tienen a Bildu, y aquí el PNV tiene poco que rascar. Su fuerza de ayer y su debilidad de hoy están en la gestión eficaz de lo cotidiano, de la economía y de los servicios públicos, no en su superación. La apelación del candidato Pradales a “no poner en riesgo todo lo construido” es la mejor explicitación de su modelo político de construcción nacional.    

Anoche la militancia de Bildu gritaba “Independentzia” como un pueblo (por fin) elegido que  se asomaba a la tierra prometida. ¿Aguantará cuatro años conteniendo esta pulsión constitutiva, haciendo oposición social a lo Matute no en Madrid, donde tan fácil resulta y tantos beneficios políticos reporta, sino en “esta parte del país”, como se he dedicado Otxandiano a calificar a la Euskadi estatutaria durante toda la campaña? Pues habrá que verlo. El sirimiri ya se ha convertido en lluvia, lo que supone un indudable éxito estratégico de Bildu. Pero es más fácil aguantar el sirimiri que la lluvia, que querrá convertirse en aguacero para ser, cuanto antes, mar. Porque la cosa no es esperar cuatro años para convertirse en mar al quinto, con seguridad, sino aguantar cuatro sabiendo que igual hay que volver a aguantar otros cuatro… cantando bajo la lluvia.

También se dice que tenemos un parlamento mayoritariamente de “izquierdas”: 40 de 75 escaños, el 53 por ciento. Pero también en esto la aritmética y la política van cada una por su lado. Habrá coincidencias puntuales entre EHB, PSE y Sumar, pero nada más. Nunca hubo opción de un gobierno formado por Bildu y PSE. A pesar de que todos los medios de comunicación han alimentado la expectativa, unos para movilizar el voto derechoso, otros supongo que para llenar páginas y ocupar minutos de tertulia dando pábulo a una posibilidad sólo un poco menos creíble que lo del Monstruo del Lago Ness. No sé si la habrá algún día, cuando pasen los ciclos, pero el momento no es ahora.

Y hablando de izquierdas, está lo de Sumar y Podemos. Una derrota por incomparecencia, que es la peor de las derrotas. El quinto espacio es un territorio que no presenta secretos sobre su caracterización: unas decenas de miles de mujeres y hombres (muchas menos que las 316.441 que votaron Podemos en las generales de 2015 pero muchas más que las 58.771 que ayer votamos a Sumar o a Podemos) que quieren una izquierda sobre todo callejera, ciudadana, que luche por estar en las instituciones, pero sin que este sea el objetivo fundamental; una izquierda más “civitante” que militante, más gramsciana y luxemburguista que leninista, comprometida con el cambio cultural desde la base, desde la presencia comprometida en las organizaciones de la sociedad civil; una izquierda cotidianamente feminista, antirracista, anticapitalista; y una izquierda federalista, que se niega a jugar en el campo de los nacionalismos si no es para cuestionarlos. Porque la izquierda nacionalista es siempre más nacional que izquierda, más etnocrática que democrática. Me asombra que Podemos y Sumar sólo hayan coincidido en equivocarse al proponer, ambas dos, un gobierno con Bildu. 

Tras la Copa Histórica el Empate Histórico. En el libro Condiciones de la libertad Ernest Gellner cuestiona con tanto acierto como ironía la práctica de la «sobresacralización de lo inmanente» característica del comunismo soviético. Sacralizando todos los aspectos de la vida social -desde una cosecha récord hasta un parto múltiple-, se privaba  a las personas de un refugio al que recurrir en los periodos de entusiasmo disminuido. Periodos así son inevitables ya que muy pocos individuos (y ninguna colectividad) pueden permanecer en un estado de permanente exaltación. Y concluye: «Al sacralizar este mundo privó a los hombres de ese contraste necesario entre lo elevado y lo terreno, y de la posibilidad de escaparse a lo terreno cuando lo elevado se encuentra en animación suspendida. El mundo no puede soportar el peso de tanta santidad», concluía. Y eso es tan cierto en aquella Rusia como en esta Euskadi.

Ahora toca gobernar (a unas) y oposicionar (a otras). Ojalá unas y otras lo hagan poniendo en práctica una política profana y descreída como la que elogiaba Daniel Bensaïd. Al servicio de la gente. Aquí lo dejo por hoy, que tengo que presentar un libro sobre La utilización política de la Biblia. Hablando de sacralización de lo inmanente…

lunes, 15 de abril de 2024

¿Elecciones históricas?


Ganar un partido de fútbol por penaltis tiene tanto o más de suerte que de mérito, es resultado del acierto propio, pero también, y mucho, de los errores del equipo contrario. Permítaseme este desahogo que, en todo caso, no me parece inapropiado en el contexto de una reflexión sobre las elecciones del próximo 21 de abril. Unas elecciones que no parecen plantear un escenario electoral incierto: al contrario, todas las encuestas coinciden en estimar el triunfo de EHBildu sobre un PNV que, en todo caso, volverá a gobernar en coalición con el PSE-PSOE (habrá que ver si con mayoría absoluta), el mantenimiento electoral de este y del PP y el hundimiento del espacio “Elkarrekin” como consecuencia de la incapacidad de Sumar y Podemos para concurrir juntas a las elecciones. 

Es verdad que se está hablando de un alto porcentaje de personas “indecisas” que podrían mover el tablero, pero no creo que su efecto modifique cualitativamente el escenario descrito. Las tendencias son consistentes: ciclo ascendente de EHB, estancamiento del PNV, estabilización de PSE y PP y derrumbe catastrófico del espacio Podemos-Sumar. Todas estas tendencias responden a factores bastante evidentes, que ya han sido analizados por diversas fuentes. La única novedad que cabría esperar es que la indecisión se resuelva de tal forma que empuje hacia arriba el voto al PNV reduciendo su distancia o incluso empatando con EHB. Pero esta posibilidad carece de toda relevancia política, más allá de la pugna por la hegemonía entre nacionalistas. 

Que EHB supere por primera vez al PNV en escaños y/o en votos es, no cabe duda, una posibilidad que tiene mucho de acontecimiento. La llamada izquierda abertzale surgió con el objetivo explícito de “matar al padre” y ahora parece haber llegado el momento. Este hecho está siendo leído por bastantes analistas en términos de cambio de ciclo político, como el principio del fin de la hegemonía de un partido que parecía atornillado a la institucionalidad vasca, identificándose con esta de tal manera que, recurriendo a la famosa cita atribuida a Friedric Jameson, era más fácil imaginar un fin al mundo que un fin al PNV en Ajuria Enea. No cabe duda de que tiene morbo, pero ¿tiene enjundia?

Volviendo a las tendencias de fondo: ahí están, y empujan con viento favorable las velas de EHB (posmemoria, podemización formal, crisis de los servicios públicos, radicalismo de las clases medias) a la vez que zarandean la nave del PNV, parcialmente desarbolada, que recurre a un remero para reencontrar su rumbo en una operación de sustitución de liderazgos que parece diseñada por sus enemigos. Pero las tendencias son contexto, no destino, deben ser correctamente gobernadas y, en sociedades cada vez más líquidas, lo que hoy empuja en una dirección mañana puede convertirse en fuerza en contra. Por eso, más que en la proyección final de votos y escaños a mí me parece muy relevante reflexionar sobre fidelidades y trasferencias de votos a partir de encuestas como las del CIS o la de 40dB.

Desde esta perspectiva, lo primero que destaca es lo poco que ha tenido que hacer EHB para asegurarse tan excelentes resultados. Con un porcentaje cercano al 90 por ciento, la práctica totalidad de quienes les votaron en el año 2020 muestran su disposición para volver a hacerlo. La comodidad y seguridad que concede este punto de partida es muy grande: se trata de sentarse y ver crecer lo plantado, para lo que resulta idóneo un candidato “musiliano”, reflejo de un momento político dulce para la organización, en lugar de optar por una personalidad con marcados atributos propios. El resto de sus votos, los que le permitirían superar al PNV, los va a recibir de nuevas y nuevos votantes (alrededor del 28 por ciento, es decir, unos 21.000 nuevos apoyos) y de muchas personas que en 2020 votaron a Elkarrekin Podemos: alrededor de 20.000, más de una de cada cuatro que en las anteriores elecciones votaron morado. Lo dicho: sentarse, cuidar lo ya plantado y recoger lo sembrado por otras. 

Este último dato nos advierte contra la tentación de leer como ciclo nuevo lo que tiene mucho de eterno retorno, el de la incapacidad del “quinto espacio” para perimetrar un territorio identificable desde el que hacer política alternativa fuera y dentro del parlamento. Si la unidad en este espacio se hubiera concretado la situación sería muy distinta y el supuesto cambio de ciclo no llegaría a “sorpasito”, más simbólico que otra cosa.

Pero las cosas son como son y a partir del próximo domingo tendremos el parlamento más nacionalista y la mayor competencia entre nacionalistas, el menos plural y la mayor necesidad de acuerdos transversales. Y tendremos, porque la tenemos ya ahora, una sociedad cada vez más crítica con el funcionamiento de la política vasca. A ver qué hacemos. Dentro y fuera del parlamento...


jueves, 29 de febrero de 2024

El Faro de La Abadía: Imanol Zubero y María Goiricelaya

 


Con ocasión del estreno de 'Altsasu' en el Teatro de La Abadía, el pasado 9 de enero tuvo lugar otro encuentro en el ciclo El Faro de La Abadía entre su autora y directora, María Goiricelaya, y el  sociólogo y profesor universitario Imanol Zubero, con el título “Memoria y justicia”.

jueves, 15 de febrero de 2024

¿Día de San Valentín o Miércoles de Ceniza?

El miércoles 14 de febrero ha tenido lugar un acto ciudadano en demanda de una candidatura electoral unitaria conformada por Podemos, Sumar, Ezker Anitza-IU y Equo-Berdeak. El acto mismo, el acto en sí, es la expresión de una posibilidad/imposibilidad política digna de un experimento diseñado por Schrödinger. Mientras se desarrollaba la asamblea la candidatura unitaria ya estaba viva o muerta, aunque no podremos saberlo. Son otras las que habrán abierto (o no) la caja y nos dirán si el gato, digo, el acuerdo, está vivo o muerto.

Hablo de posibilidad/imposibilidad porque así lo creo. Desde que se hizo pública la convocatoria del acto he tenido la oportunidad de conversar con personas con responsabilidades en ambas partes de la divisoria. Todas ellas veían deseable y posible un acuerdo que, desde narrativas encontradas, consideran ha desembocado en un imposible y en una situación indeseada. 

El día de la convocatoria, el 14 de febrero, coincidió este año con dos celebraciones bien distintas: el festejo laico-consumista del día de San Valentín y la celebración religiosa católica del Miércoles de Ceniza. Apoteosis del amor romántico comercial, por un lado, llamamiento a iniciar un periodo de reflexión y arrepentimiento, por otro; que acaba en muerte, eso seguro, y en resurrección, si se tiene fe. Seguro que las convocantes del acto no tuvieron en cuenta el santoral, pero no cabe duda de que la coincidencia del mismo con ambas celebraciones da para más de una consideración (y, seguro, para alguna sonrisa). Otra vez el travieso Schrödinger haciendo de las suyas.

La asamblea del 14 fue convocada por “Gente preocupada por esta división”, etiqueta poco precisa en términos de identificación externa pero sumamente exacta como declaración de intenciones. Hasta el miércoles solo conocía a dos de las personas convocantes y ambas son eso, “gente”, en ese sentido luminoso que irrumpió con Podemos en la conversación política española y que tanto molestó a… otra gente. No es nuevo, ya ocurrió con el concepto “pueblo”. Pero, a lo que iba: que la convocatoria del 14 ha sido iniciativa y, por lo que vamos viendo, está siendo recogida por gente que, como hace una década, reclama otra forma de hacer política, más atenta al afuera que a los adentros de los partidos y coaliciones.

Porque de eso se trata de hacer otras políticas y de hacerlo de otra manera, con otras formas. Se ha dicho estos días que en Euskadi no hace falta un nuevo partido porque el espacio que ocupó Podemos ya está repartido entre un PSOE que "ha podido desplegar todo el arsenal político, económico y social para cubrir con el Estado a los más vulnerables" y una EH Bildu que "se ha institucionalizado, se ha convertido en un partido útil y sin mochilas y ha suspendido el énfasis maximalista en el debate territorial priorizando las preocupaciones sociales de la ciudadanía". No estoy de acuerdo.

Porque no es cierto, en absoluto, que las personas más vulnerables tengan cubiertas sus necesidades (que son, no lo olvidemos, las mismas que las nuestras). En cuanto a EH Bildu, si bien ha “podemizado” su discurso y su práctica, sigue siendo una fuerza profundamente nativista, como se deduce de esta reflexión de Arnaldo Otegi en 2017: “tengo la impresión de que últimamente ha habido un cierto despiste: el motor del proceso de liberación de este país es la cuestión nacional. Otra cosa diferente es que, desde el punto de vista social, queramos construir un estado y que este sea un estado socialista, pero no podemos perder el punto de vista esencial que es el motor de lo que ha sido la lucha de este país, que es la cuestión nacional. Si perdemos el pulso ahí, nos vamos a perder en el camino”. Por cierto, también decía esto: “Si conquistáramos un estado independiente, a nosotros nos daría igual que el hegemónico fuera el PNV durante los siguientes veinte años”.

No creo que aquel espacio que abrió Podemos en 2015 y 2016, superando los límites que antes habían habitado Ezker Batua y Euskadiko Ezkerra, esté ocupado. Tal vez coyunturalmente, pero cambiarán las tornas: EH Bildu tirará de aritmética y volverá a fijar su futuro en Lizarra y el PSOE, que nunca se ha librado de su pulsión socioliberal, aplicará la “doctrina Ábalos” y el mercado se impondrá a los derechos sociales.

En épocas distintas, con estrategias diferentes y hasta encontradas, en Euskadi hay una larga experiencia de identificación, definición, construcción, defensa y, también, derribo, de un “quinto espacio” con resonancias de política cuántica o, dirán algunos, de política-ficción. Un espacio que tiene historia pero, sobre todo, futuro. Por todo el mundo surgen nuevas divisiones sociales y políticas en las que identidad(es) y clase se interseccionan de manera conflictiva, muchas veces explosiva. Se acumulan las evidencias que permiten hablar del surgimiento de un nuevo sistema de élites múltiples (multi-elite party systems) en el que las personas con más formación tienen a votar a la izquierda, la élite económica vota a la derecha y las clases populares, con menos educación y menos renta, no se sienten representadas por la agenda de la izquierda ilustrada, derivando cada vez más hacia la abstención o hacia el populismo nativista xenófobo. En un escenario articulado por los ejes igualdad-desigualdad y nativismo-internacionalismo necesitamos construir un bloque internacionalista-igualitario, una identidad y una propuesta política capaz de defender, también en los espacios locales, un programa feminista, decolonial, decrecentista y gaiano, capaz de conciliar los intereses de clase junto con los de la humanidad pluriversa y los del planeta.

En Euskadi ese espacio tiene dos elementos de organicidad fundamentales: Ezker Anitza-IU y Equo-Berdeak. Ambas organizaciones deben ser el basamento para la (re)construcción de una propuesta política comunalista, de la gente y para la gente. Una propuesta que empiece por romper, como ya han hecho acertadamente Podemos y Sumar con sus candidatas Miren Gorrotxategi y Alba García, con esta tendencia a la machosfera política que ni el rejuvenecimiento de caras ha podido o querido evitar: Pradales y Esteban, Otxandiano y Matute, Andueza y López. Como el “Soberano”, aquí la política sigue siendo cosa de hombres.

Una de las escenas más divertidas de la película El buen patrón (León de Aranoa, 2021) es esa en la que el protagonista, excepcionalmente interpretado por Javier Bardem, alardea en una cena de ser un hombre hecho a sí mismo, a lo que su mujer le recuerda que, en realidad, la empresa la montó su padre y él la heredó. “A ver, hay que estar ahí”, replica este para no apearse del meritocratismo.

Las actuales direcciones de Sumar y Podemos en Euskadi han heredado las respectivas empresas políticas que ahora gestionan. Han estado “ahí”, ciertamente. Pero si en otros tiempos, cuando actuaba el “ciclo político”, había estares que por sí mismos ya eran muy meritorios, hoy no ocurre lo mismo. La clave que distingue la nueva de la vieja política es el cómo y el para qué se ocupa un cargo, y, particularmente, la aceptación tranquila de que los cargos de responsabilidad política se ocupan no como premio sino como compromiso en respuesta a la herencia generosa de luchas colectivas, y que lo que toca es hacer avanzar la empresa común o apartarse y buscar otro lugar desde el que seguir colaborando. A poder ser un lugar que no esté fuera ni, mucho menos, en contra del proyecto común. Que el problema de la izquierda nunca ha sido, no nos engañemos, la diversidad, sino la uniformidad. La diversidad es nuestra riqueza, pero hay que saber vivirla y degustarla. El problema no es la proliferación de siglas (Frente Judaico Popular, Frente Popular de Judea, Frente del Pueblo Judaico, Frente Popular del Pueblo Judaico, Frente Popular de Judea, Unión Popular) sino la incapacidad de apreciarla: “¡Disidentes!”

Desde el optimismo de la buena voluntad, pero sin ingenuidades, personalmente recibí la convocatoria para el acto del 14 de febrero como una oportunidad (otra vez) no para revivir un amor que, seguramente, nunca existió, pero sí para iniciar (otra vez) un proceso de reflexión crítica que no acabe en la muerte (otra vez) de un proyecto sociopolítico esencial para nuestro(s) país(es).

Y ya nos dirán, quienes tengan la posibilidad de abrir la caja, qué ha sido del gato. Ojalá le quedé alguna de sus siete vidas.


PUBLICADO EN HORDAGO / EL SALTO DIARIO

lunes, 8 de enero de 2024

Tres encuentros con Mario

 


TRES ENCUENTROS CON MARIO

Imanol Zubero



[I] Cuando Alberto me propuso colaborar en este número de Grand Place dedicado a recordar a Mario respondí inmediata y agradecidamente que sí. Porque Mario ha sido el aventurero cuerdo que encarnó (con todas sus contradicciones, sus muchísimas luces y sus algunas sombras) aquella aventura loca que fue Euskadiko Ezkerra, de la que formé parte y que explica en gran parte el tipo de recorrido sociopolítico que he hecho a lo largo de mi vida.

Pero, a la hora de ponerme a escribir, me he dado cuenta de que la tarea no iba a ser sencilla. Porque ha pasado mucho tiempo y en ese tiempo han ocurrido muchas cosas, claro. Pero, sobre todo, porque Mario era para mí, antes de conocerlo, “un ser de otro mundo, un animal de galaxia”, como canta Silvio Rodríguez. Lo era por la influencia de quienes me introdujeron en EE: mis primos Iñaki y José Mari, y sus amigos Eusebio y Carmelo; todos habían militado en EIA y para todos ellos Mario, a quien conocían personalmente, era su referencia política esencial.

A falta de ese conocimiento personal, mi primer Mario fueron sus escritos, especialmente el Arnasa número 7 titulado "La lucha de clases en Euskadi (1939-1980)”, publicado posteriormente por la editorial Hordago. Lo leí cuando empezaba la carrera de Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad de Deusto. Es cierto que lo que en este escrito se decía sobre “las dos ETAs” me incomodaba (el 23 de octubre de 1979 yo había publicado en Deia una carta al director criticando la posición de HB ante la violencia) pero en el análisis que hacía Mario descubrí una mirada a la política vasca que se diferenciaba de los discursos habituales.

Lo que quiero compartir aquí son tres de mis encuentros con Mario. Los tres tuvieron lugar en Vitoria-Gasteiz y en los tres se manifiesta, creo, esa personalidad de aventurero cuerdo que, tal vez, se vio superado por unas aventuras demasiado locas.



[II] El primer encuentro tuvo lugar en el Salón de Grados de la Facultad de Filología de la UPV/EHU en Gasteiz, el 9 de mayo de 1992. Se trataba de una reunión del Biltzar Ttipia, del que yo formaba parte. En el IV Congreso de Leioa, en febrero de 1991, me había vinculado a la ponencia impulsada por Javier Olaverri con el maravilloso título de “No hay remedio mágico contra la calvicie”. La evidencia de que tanto los grupos de compañeras y compañeros organizados en torno a las ponencias “Renovación Democrática” y “Auñamendi” daban por amortizado el proyecto autónomo de EE y de que el primer grupo, triunfador del Congreso, daba pasos acelerados hacia la convergencia con el PSE-PSOE, nos había movilizado a muchas y muchos impulsando distintas iniciativas -reuniones de debate, recogida de firmas, artículos en prensa y, por supuesto, mucha actividad interna- desde la convicción de que el proyecto de EE seguía teniendo sentido.

En esa reunión del BT presenté una propuesta de resolución apoyada por las firmas de 172 afiliadas y afiliados de Bizkaia en la que solicitábamos detener el proceso de convergencia y fortalecer la imagen autónoma y crítica de EE. Poco antes se había publicado el estudio Euskalerria en la Encuesta Europea de Valores ¿son los vascos diferentes?, coordinado por Javier Elzo, y en mi intervención utilicé abundantemente datos del libro que permitían constatar las diferencias entre los valores, creencias y orientaciones de las personas que votaban a EE y al PSE-PSOE, lo que hacía imposible una auténtica confluencia. La respuesta de Mario, en la línea de lo que unos días después escribió en un artículo en El Correo, fue que “cuánto más próximos se hallan dos partidos políticos en el terreno ideológico y más colindantes los sectores sociales a los que orientan su mensaje electoral, mayor es el odio mutuo y más problemáticas las relaciones entre ambos”. ¿Cómo que colindantes, cómo que cercanos? ¡Pero si los datos indicaban que ambos sectores habitaban mundos cosmovisionales, si no antagónicos, sí muy alejados entre sí! Al volver a su silla me guiño un ojo. Nuestra propuesta fue rechazada.


[III] El segundo encuentro tuvo lugar en algún momento del otoño de 1993, tras el VI Congreso de Eibar en febrero de 1993 que certificó la desaparición de EE como proyecto político autónomo y el Congreso de fusión en Bilbao el 27 de marzo de 1993. Mario ocupaba un despacho en la sede del PSE-EE (PSOE) en Gasteiz y allí fuimos Txema Urkijo y yo, que por aquel entonces estábamos participando como representantes de Gesto por la Paz en el proceso de conversaciones entre organizaciones sociales que trabajaban en relación al llamado “conflicto político”, tanto las que se movían en el entorno de la izquierda abertzale (la recién surgida Elkarri, Gestoras Pro Amnistía, Gernika Batzordea, Herria 2000 Eliza y Senideak) como las posicionadas claramente en contra del terrorismo y las violencias (Gesto por la Paz, Denon Artean y Bakea Orain). A Mario le interesaba muchísimo conversar sobre las relaciones existentes entre Gesto y Elkarri, organización con la que ya se había reunido en varias ocasiones. Y es que en aquel momento, con el apoyo (no sé si muy entusiasta o un punto resignado) de Ramón Jáuregui, Mario estaba agitando el campo sociopolítico vasco intentando tender puentes entre el PSE-EE (PSOE) y el mundo del euskera, con la cultura vasca en general y hasta con la izquierda abertzale.

El 12 de septiembre de 1993 la revista Argia había publicado una entrevista con Mario, a la sazón vicepresidente de la organización surgida de la convergencia, titulada “Egunkariarekin astakeria egin da, beharrezkoa da betoa berehala jasotzea”. Como advertía la periodista que lo entrevistaba, “PSE-EEko lehendakaritzaordera iritsi zenetik etengabe ibili da guztien ahotan”, desde que asumió la vicepresidencia del PSE-EE no ha dejado de estar en boca de todos. El movimiento más destacado en este sentido fue el acercamiento hacia Euskaldunon Egunkaria, acercamiento que resultaba incomodísimo para un PNV que unos meses antes había sostenido por boca de uno de sus dirigentes, incluso en sede judicial, que ETA había intervenido en la designación del director del diario, y para un Gobierno Vasco que por entonces no subvencionaba al único diario en euskera. Pero que también resultaba incómodo para las y los socialistas: “Nire alderdiaren baitan gauzak ez dira horrela ikusten”, dentro de mi partido las cosas no se ven así, reconocía en la entrevista.

Fue entonces cuando le escuché decir una frase que, desde entonces, he recordado y repetido muchas veces: “Cuando alguien contrata un mariachi es para que cante rancheras”.

[IV] La tercera y última vez que me encontré con Mario fue el 9 de diciembre de 2002, en el acto de presentación del segundo número de la revista El valor de la palabra/Hitzaren balioa, editada por la Fundación Fernando Buesa Blanco. Antes y después de la presentación estuvimos conversando sobre las tesis defendidas en su libro La construcción de la nación española, publicado unos meses antes. Por lo visto, un amigo común le había comentado que yo no compartía algunas de sus afirmaciones y Mario tenía mucho interés en conversar sobre ello. En realidad, mi desacuerdo no tenía que ver con lo que decía en su libro, sino con lo que no decía.

Compartía entonces y comparto ahora esto que escribía Mario: “La diferenciación entre nación política y nación cultural o concepción culturalista o política de nación está bien si los consideramos dos tipos ideales procedentes de Tönnies, pero como tales son «patológicos», no hay nación política que no comparta una cultura que la cohesione ni existe tampoco un proyecto de nación cultural que carezca de una vertiente política, generalmente autoritaria o despótica”. En efecto, sólo como tipos ideales cabe hablar de nación y de nacionalismo político (o cívico) y de nación y nacionalismo cultural (o étnico). En la práctica hay más continuidad de la que se quiere reconocer entre el patriotismo y el nacionalismo, entre el nacionalismo cívico y el nacionalismo étnico, entre la inclusión constitucional y la exclusión etnonacional. El problema del nacionalismo vasco es que no sabe pensar la nación cívica sin pasar por la nación étnica, y en este punto, la crítica ha de ser frontal y unánime. Sin embargo, hay un problema paralelo que apenas ningún crítico del nacionalismo vasco se anima a desvelar, pero que Mario reconocía: el riesgo de que una nación cívica como quiere ser la España constitucional se vea anegada por los residuos de nacionalismo que siempre quedan en las oscuras bodegas de la patria, de toda patria.

Estando de acuerdo en esto, como lo estábamos, ¿por qué Mario no advertía en su libro de esta peligrosa deriva del nacionalismo español, tan evidente en aquellos años del último gobierno de Aznar? Creo que porque en esa obra existía un interés performativo, una voluntad de contribuir a imaginar la posibilidad de una nación española netamente republicana, una España tan “posnacionalista” como la Euskadi por la que trabajó (pues la una sin la otra serían imposibles).


[V] Heterodoxo, librepensador, taumaturgo, visionario, independiente, mariachi impenitente, aventurero cuerdo, tal vez demasiado, para una realidad demasiado loca. Pienso que a Mario le importaba mucho la realidad, pero no exactamente la realidad “real”. Imaginó una Euskadi y una España auténticamente cívicas y puso todo su empeño en impulsarlas; soñó con tender puentes entre identidades, culturas, territorios y tradiciones políticas de izquierda. Lo hizo, seguramente, en el peor escenario para lograrlo: en los tiempos del penoso final del ciclo de Felipe González; en la época de la estrategia Oldartzen y su criminal corolario de la “socialización del sufrimiento”; en la época de Lizarra y el abrazo del Kursaal; en la de la aznaridad.

Mario era un “reaidealista”, un gramsciano plenamente convencido (o así lo creo) de que en la tensión entre el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad la segunda podía vencer a la primera. Seguramente es algo que él mismo comprobó en muchas ocasiones a lo largo de su vida. Tal vez de ahí su pasión por el cine pues, como cantaba Aute: “Recuerdo bien / aquellos cuatrocientos golpes de Truffaut / y el travelling con el pequeño desertor, Antoine Doinel / playa a través / buscando un mar que parecía más un paredón / Y el happy-end / que la censura travestida en voz en off / sobrepusiera al pesimismo del autor / nos hizo ver / que un mundo cruel / se salva con una homilía fuera del guión”.

domingo, 10 de septiembre de 2023

Tologorri

A las 8:20 he empezado a caminar desde el remoto enclave de Lendoño Goikoa, con el perfil más impresionante del Tologorri ante mis ojos. A lo largo del trayecto veremos cómo se transforma su fisonomía.
 
Los primeros 45 o 50 minutos de la ruta se caminan por un espeso bosque de hayas, con algunos de los desniveles más pronunciados de toda la travesía. Muy cómodos y llevaderos, en todo caso. La temperatura era ideal y el rumor de las hojas generaba un ambiente de perfecta serenidad.
 
A las 8:50 pasaba junto a la famosa Piedra del Cojo o Errena Harria.
Saliendo del bosque.
El Tologorri. El afilado colmillo inicial se ha convertido en una inmensa proa.
Comienzo de la Senda Negra, un camino espectacular que, pese a no tener ningún riesgo, puede producir una sensación de vértigo.
Portillo de la Barrerilla. El segundo peldaño, el que se ve más al fondo, es el Tologorri.
Mirada hacia el sendero que hemos recorrido.
Fuente de Iturrigorri.
Cumbre del Tologorri. Eran las 9:34 h.
Embalse de Maroño.
Por ahí discurre la Senda Negra.
Desde el Tologorri he continuado hacie el Ungino, pue mi plan era descender por el portillo de la Menérdiga, otras de las puertas de acceso a esta imponente meseta que es Sierra Salvada.
Unguino.
Un rebaño de ovejas se ha cruzado en mi camino y los mastines que lo protegían me han obligado a desviarme y dar un rodeo. En particular una hembra muy ladradora con la que me ha costado entenderme para saber cuál era su radio de seguridad. No había forma, por más que me alejaba del camino ella me seguía gruñendo y ladrando. Parecía una nieta de Cujo. Hasta que, en un determinado momento, se ha detenido y ha dejado de mirarme. Ahí debía estar la frontera, invisible para mí, que delimitaba el territorio que protegía.
A las 10:10 he pasado por el portillo de la Menérdiga. A partir de aquí todo ha sido descender bordeando los contrafuertes del Tologorri por un bonito sendero que, en algún punto, llama a engaño y nos invita a desviar nuestra ruta hacia la zona de Maroño, lo que nos desviaría de nuestro destino. Hay que estar muy atentas.
Al fondo, Unguino.
Ahora el Tollogorri parece el morro de un enorme tiburón blanco.
Útima mirada al Tologorri, otra vez transformado, desde el barrio de Venta Fría, por donde he pasado a las 11:15.
 
A las 11:25 he llegado al punto de partida. Un paseo mañanero absolutamente recomendable.