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viernes, 7 de noviembre de 2025

Nada humano nos es ajeno


Reconstruyo y reelaboro, con un poco más de sosiego, las notas que había esbozado para mi intervención hoy en el Día de la Memoria, particularmente dedicado a recordar a los movimientos pacifistas.


“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. Mientras preparaba esta reflexión continuamente me venía a la mente el inicio de Historia de dos ciudades, de Dickens. Cuarenta años después de aquel primer “gesto por la paz” esta frase, tan antigua y tan vigente, parece escrita para nosotras: habla de la paradoja humana, de la coexistencia del horror y la esperanza, de la miseria y la dignidad que pueden convivir en una misma época, en un mismo pueblo, incluso en una misma persona.

El 26 de noviembre de 1985, dos centenares de personas se reunieron en silencio durante quince minutos en la Plaza Circular de Bilbao. La convocatoria había surgido del grupo Itaka-Escolapios. No había discursos ni altavoces, solo una pancarta blanca con letras negras que decía: “Han matado a un hombre. ¿Por qué no la paz?”. Era una pregunta sencilla, casi ingenua, pero cargada de verdad.
Aquel día, el silencio habló. En realidad, el día anterior ETA había asesinado no a uno, sino a tres hombres: en Donostia, al cabo Rafael Melchor García y al soldado José Manuel Ibarzabal Luque; en Pasaia, al guardia civil Isidoro Díez Ratón. Tres nombres concretos, tres biografías truncadas, tres ausencias que se sumaban a una lista ya insoportable. Sin embargo, la respuesta de la sociedad no fue la rabia ni la venganza, sino el silencio compartido, el gesto sereno de quienes decidieron decir "basta" sin gritar. Ese día nació, sin saberlo todavía, la semilla de la Coordinadora Gesto por la Paz, que se constituiría formalmente en mayo de 1986.

Desde 1968 hasta ese momento, las distintas ramas de ETA habían asesinado a cerca de 470 personas. Los grupos de extrema derecha y parapoliciales habían matado a otras 66. Una veintena más había perdido la vida bajo custodia o por torturas, y decenas de miembros de ETA habían muerto en enfrentamientos armados o al manipular explosivos. Eran años oscuros, años en que el miedo se había instalado en la vida cotidiana. Como escribió Ruiz Olabuénaga en 1985, “no debería haber la mínima duda de que esta sociedad vive marcada por el dosel del miedo”. Pero el miedo, aunque real, no es la emoción que, creo, protagonizaba aquellos gestos. Ni siquiera la superación del miedo. Porque el gesto de aquel noviembre no fue un acto de héroes, sino de ciudadanas y ciudadanos. No fue una heroicidad épica, sino una afirmación moral: que la vida humana vale más que cualquier causa, que la decencia no tiene bandos.

Antes de Gesto por la Paz ya había habido movilizaciones. En 1978, la manifestación “Por una Euskadi libre y en paz” había reunido a miles de personas; hubo protestas contra el secuestro y asesinato de José María Ryan en 1981, de Alberto Martín Barrios en 1983, de Enrique Casas en 1984; los Artesanos por la Paz, los Colectivos Vascos por la Paz y el Desarme… Pero lo que aportó Gesto por la Paz fue continuidad, coherencia y una ética nueva: la destribalización del dolor.

La protesta no dependía de quién fuera la víctima. No se trataba de “uno de los nuestros”, sino, simplemente, de una persona. El mensaje era universal y profundamente humano: han matado a un ser humano, y eso es suficiente. Esa fue la ruptura más importante: el rechazo a la lógica del enfrentamiento, el paso de la identidad a la humanidad.

Quienes participábamos en aquellos silencios no lo hacíamos por ser potenciales víctimas, ni por tener un vínculo personal con quienes habían sido asesinados. Podíamos no haber estado allí. Pero estuvimos. Lo hicimos porque sentíamos, de algún modo, que todo sufrimiento humano nos pertenecía. Porque sentíamos aquello que escribió Pablo Neruda en Los versos del capitán“¿Quiénes son los que sufren? No sé, pero son míos”.

Esa fue la raíz moral de Gesto por la Paz. La afirmación callada de que cada vida humana nos concierne, de que el sufrimiento ajeno nos compromete aunque no nos toque directamente. Fue una forma de resistencia moral frente a la anestesia del miedo y, sobre todo, de la indiferencia.

En aquellos silencios se gestó una pedagogía cívica: la de la empatía activa, la del reconocimiento mutuo, la de una ciudadanía que se sabía responsable del clima moral de su tiempo. No hubo consignas, pero hubo significado. No hubo líderes, pero hubo referentes éticos. No hubo espectáculo, pero sí ejemplo.

Si Hannah Arendt habló de la “banalidad del mal” para describir cómo personas comunes podían participar en atrocidades por mera obediencia o rutina, Gesto por la Paz nos permitió vislumbrar su reverso: la banalidad del bien. También aquí eran personas corrientes, vecinas, trabajadoras, estudiantes, quienes asumieron una responsabilidad moral elemental: decir no a la violencia.

Desde su fundación, Gesto por la Paz encarnó una forma de acción prepolítica, profundamente ética, que devolvía al espacio público una sencillez desarmante: el gesto silencioso, la presencia colectiva, la constancia diaria. Su fuerza no residía en el poder ni en la ideología, sino en la decisión individual y colectiva de no mirar hacia otro lado.

Ese modo coral y humilde de actuar hizo posible que miles de personas “normales” se convirtieran en protagonistas morales de su tiempo. La ciudadanía de a pie, sin buscar heroísmos, sostuvo un movimiento cívico que transformó el paisaje ético y político del País Vasco.

Frente a la banalidad del mal, Gesto por la Paz nos recordó que el bien también puede ser cotidiano, repetido, y compartido: un acto simple, reiterado y profundamente humano que, precisamente por su sencillez, se vuelve revolucionario.

Y ese ejemplo nos sigue interpelando hoy. Porque vivimos de nuevo un tiempo de crispación, de deshumanización, de brutalismo. Un tiempo en que la palabra se degrada y la empatía se erosiona. Un tiempo en que los discursos se endurecen, las redes se convierten en trincheras y el otro -quien piensa distinto, quien viene de otro lugar, quien vota diferente- vuelve a ser percibido como una amenaza.
Frente a ese clima, recordar el origen moral de Gesto por la Paz no es un ejercicio de nostalgia, sino una tarea de presente. Su legado nos recuerda que la convivencia no se construye solo con leyes o instituciones, sino con actitudes éticas y gestos cotidianos. Que la paz no es un estado, sino una práctica ("No hay caminos para la paz, la paz es el camino"). Que la dignidad humana, cuando se defiende sin adjetivos, es la forma más profunda de compromiso.

Hubo un tiempo -el mejor y el peor de los tiempos- en que el silencio público, tenaz y acuerpado de unas pocas personas sirvió para que la sociedad comenzara a mirarse de otra manera.

Hoy, cuando el mundo parece volver a endurecerse, cuando el ruido, el miedo y la deshumanización vuelven a levantar muros, recordar esa raíz se hace imprescindible. Aquella ética del reconocimiento que afirmaba la humanidad común frente a cualquier causa o bandera sigue siendo una brújula moral para nuestro tiempo. Hoy, cuando el mundo parece retroceder hacia nuevas formas de brutalización, aquel lema de 1985 conserva toda su fuerza: “Han matado a una persona. ¿Por qué no la paz?”

Tal vez nuestra tarea, cuarenta años después, sea sostener esa pregunta sin cansarnos de responderla.
Recordar que cada víctima, cada injusticia, cada dolor ajeno nos pertenece. Y entender, de una vez por todas, que la paz no empieza en los acuerdos, sino en el corazón de quienes se niegan a dejar de reconocer al otro como humano.

Porque también hoy, como entonces, es el mejor y el peor de los tiempos.

Y quizás, como entonces, el gesto más revolucionario sea el más simple: mantener viva la ternura cívica, el coraje silencioso, la humanidad compartida que hizo posible, en medio de la violencia, un espacio de paz. Y quizá la tarea que nos toca sea sostener la memoria de quienes eligieron el silencio frente al odio y seguir afirmando, una y otra vez, que nada humano nos es ajeno.



lunes, 3 de junio de 2013

Gesto por la Paz

Acabo de comprar en Cámara los dos libros en los que Gesto por la Paz resume su historia.
No voy a leerlos aún. Por ahora disfruto de su tacto, de su cuidada aunque sencilla edición.
Hojearlos me hace revivir recuerdos que tienen más de 25 años.
Y hoy me inclino a pensar que Emily Dickinson tenía razón...



Temo a la persona de pocas palabras.
Temo a la persona silenciosa.
Al sermoneador, lo puedo aguantar;
al charlatán, lo puedo entretener.

Pero con quien cavila
mientras el resto no deja de parlotear, 
con esta persona soy cautelosa.
Temo que sea una gran persona.

domingo, 12 de febrero de 2012

Un gesto claro




No, no son tiempos

de mirar con nostalgia

esa estela infinita del paso de los hombres.

Hay mucho que olvidar

y más aún que esperar. Tan silencioso

como el vuelo del buho, un gesto claro.

de sencillo bautizo,

dirá, en un aire nuevo,

mi nueva significación, su nuevo

uso. Yo sólo, si es posible,

pido, cuando me llegue la hora mala,

la hora de echar de menos tantos gestos queridos,

tener fuerza, encontrarlos

como quien halla un fósil

(acaso una quijada aún con el beso trémulo)

de una raza extinguida.


Claudio Rodríguez, "Gestos" (Desde mis poemas, 1990)



Hay mucho que olvidar, ya lo creo. Pero hay mucho también que recordar. Tanto o más que lo que hay por esperar.

Ayer fue un día emocionante. Tantos gestos queridos: Itzar, Isabel, Javier, Ana Rosa, Eskolunbe, María, Txema, Pedro Luis, Cristobal, Jokin, Iratxe, Maus, Garbiñe, Kepa, Pedro, Roman, Carlos, Sabin, Amaia, Alberto, Iñaki, Xabier, Marian, Josu, Fabián, Jesus...




lunes, 6 de febrero de 2012

Gesto por la Paz

“Me sentía tan seguro de mi germanidad, de mi europeidad, de mi humanidad, de mi siglo XX. ¿La sangre? ¿El odio racial? Hoy no, aquí no..., ¡en pleno centro de Europa!”

Victor Klemperer, LTI. La lengua del Tercer Reich. Barcelona: Minúscula, 2001, p. 296.



La Coordinadora Gesto por la Paz de Euskal Herria hunde sus raíces en un complejo y desarticulado caldo de cultivo sociocultural que, en relación a la violencia denominada política, se va desarrollando en el País Vasco y en Navarra desde principios de la década de los Ochenta. Una violencia protagonizada fundamentalmente, aunque no exclusivamente, por ETA.
En aquellos años, la sociedad vasca se estaba movilizando de formas muy diversas en contra de esa violencia. Recordemos la gran manifestación del 28 de octubre de 1978 que bajo el lema "Euskadi libre y en paz" fue convocada por el Partido Nacionalista Vasco y apoyada por distintas fuerzas políticas y sindicales. O el documento publicado en mayo de 1980 por un grupo de intelectuales vascos denunciando "la violencia que nace y anida entre nosotros, porque es la única que puede convertirnos, de verdad, en verdugos desalmados, en cómplices cobardes o en encubridores serviles". O el llamamiento a la paz y la concordia realizado el 14 de noviembre de 1980 por todos los partidos a excepción de HB. O la resolución del ayuntamiento de Bermeo, ese mismo año, condenando el secuestro de un empresario conservero. O la gran manifestación exigiendo la libertad del ingeniero José Mª Ryan el 5 de febrero de 1981. O la celebración en la Basílica de Begoña, los días 4 y 5 de junio, de unas jornadas por la paz, convocadas por los Obispos de Bilbao, la segunda de las cuales fue reventada por grupos radicales. O las concentraciones silenciosas semanales que entre 1982 y 1987 promoviera en todas las capitales vascas el colectivo Artesanos de la Paz. O la concentración en San Sebastián de más de 15.000 personas, el 16 de enero de 1983, pidiendo la libertad de un joven secuestrado por ETA para extorsionar a su familia. O la manifestación en Bilbao, el 7 de febrero de ese mismo año, condenando el atentado realizado días antes contra el Banco de Vizcaya, que produjo 3 muertos. O la concentración silenciosa durante 15 minutos, en octubre, de cerca de 1.500 estudiantes de la Universidad de Deusto en protesta por el asesinato del capitán de farmacia Alberto Martín Barrios tras permanecer varios días secuestrado. O la manifestación en Bilbao, el 22 de octubre de 1983, encabezada por el Gobierno Vasco. O las primeras movilizaciones contra la violencia en el Casco Viejo de Bilbao, también durante el año 1983, que dejaron de realizarse por las presiones de los intolerantes de entonces. O el surgimiento a partir de 1985 de concentraciones silenciosas en distintos lugares de Vizcaya. O el homenaje a Yoyes en Ordizia, en octubre de 1986 y la impactante campaña "Contra el silencio" que, a raíz de su asesinato, fue impulsada por distintas organizaciones ciudadanas. O la manifestación en Vitoria, ese mismo mes, exigiendo la liberación del industrial Lucio Aguinagalde, secuestrado por ETA.
En este contexto, Gesto surge y se desarrolla a partir de una orientación prepolítica, con un análisis de situación y unas propuestas de intervención de fuerte contenido normativo. Desarrolla estrategias de acción marcadamente expresivas, configurándose como instrumento para una movilización ciudadana que exige un fuerte compromiso personal.


Gesto por la Paz nunca redujo la vida a mera existencia biológica. Nunca dijo, pongamos por caso: «No hay que preocuparse por Ortega Lara: sólo está secuestrado. Está privado de libertad, violentado, humillado y amenazado, sí, pero está vivo. Otra cosa será si ETA lo mata. Entonces sí, entonces nos movilizaremos». Gesto por la Paz nunca predicó la necesidad de soportar toda clase de atropellos a condición de seguir vivos.
Tampoco ha igualado todas las vidas o todas las muertes. Así y todo, siempre convocó el "gesto" tras cualquiera de las muchas muertes violentas relacionadas con lo que, de manera harto inexacta pero suficientemente inteligible, se ha denominado el problema vasco. También cuando los muertos eran miembros de ETA. ¿Por qué? Porque las gentes que empezaron la historia de Gesto por la Paz se enfrentaban a una sociedad que reaccionaba de muy distintas maneras ante la noticia de todas esas muertes: unas estaban bien, otras regular, otras mal, otras muy mal y otras ni fu ni fa. Y así, según los casos -etarra, guardia civil, supuesto traficante, empresario, niño, ertzaina, militar...- el gesto de una misma localidad podía convocar a ocho o a ochenta personas. Y esto era algo que, con mejor o peor fundamento teórico, nos revolvía el estómago.

Gesto por la Paz nunca rechazó "todo tipo de violencia". En concreto, nunca condenó el ejercicio de la violencia legítima por parte del Estado democrático, advirtiendo, eso sí, de que esta violencia no es legítima por el hecho de que la ejerza el Estado, sino porque la ejerza legal y proporcionadamente. Nunca se habrá visto una acción de Gesto en contra de la detención, juicio y, en su caso, encarcelamiento de miembros de ETA. Sí en contra de muchos casos de malos tratos y torturas a detenidos (aun a riesgo de equivocarse en la valoración de estos hechos). También, desde princpios de los años 90, en cobrra de la dispersión.
Por no rechazar, ni tan siquiera se planteó desde Gesto por la Paz el rechazo de la violencia en contextos de dictadura. Uno de los primeros grandes debates que tuvieron lugar en el seno de la Coordinadora fue, precisamente, el de su caracterización o no como organización no-violenta, en el sentido más profundo del término no-violencia. Frente a quienes defendían tal caracterización, la mayoría pensamos que la misma no era adecuada a la naturaleza de una organización como Gesto y al contexto en el que desarrollaba su acción.
Gesto por la Paz nunca ha defendido una paz a cualquier precio, aunque fuera una paz injusta. La paz de Gesto ha sido siempre una paz con contenidos muy concretos: exclusión de ETA de cualquier decisión política, realismo histórico, respeto a los derechos humanos, justicia y reconocimiento para las víctimas...

Gesto por la Paz ha sido esa porción de la ciudadanía vasca que, sin estar directamente afectada por la violencia -Gesto no es una asociación de víctimas-, ha asumido como propia la amenaza y la violencia dirigidas contra sus conciudadanos. Por cierto, durante muchos años una muy escasa porción.
Ahora, con la misma dignidad con la que ha desarrollado toda su actividad a lo largo de cinco lustros, prepara su mutis por el foro. El próximo sábado, en Bilbao, volveremos a encontrarnos.

sábado, 29 de enero de 2011

ETA desagertu

Demasiado tiempo desde el último comentario; Txetxu me lo recordaba hoy. Pero han sido dos semanas de mucho trabajo en la universidad.
Tenía la intención de exponer mi particular balance de todo el proceso relacionado con la denominada Ley Sinde: a ver si puedo hacerlo el lunes o el martes.

En todo caso, hoy es de justicia dedicar este comentario a la manifestación convocada por Gesto por la Paz en Bilbao con el lema "ETA desagertu. Definitivo y sin condiciones".


Como se señala en el documento de convocatoria de la manifestación:
"Desde 1988, Gesto por la Paz ha venido convocando en torno al Día Internacional de la no violencia, de forma ininterrumpida, una manifestación que se ha convertido con los años, en una de las señas de identidad de esta organización. Esta manifestación ha sido y es una cita casi ineludible para muchas personas que se han sentido llamadas por un mensaje sencillo, pero no por ello carente de coherencia y de valor ante la tragedia con que el terrorismo ha ido impregnando todos los rincones de nuestra tierra y todas las relaciones
de nuestra sociedad".

Veinticinco años ya. Se dice pronto. La mitad de mi vida.
Veinticinco años haciendo el mismo recorrido de hoy que esta tarde he compartido con Txetxu, Joseba, Fernando, Josu, Carlos, Susana, Sabin, Amaia, Víctor, Loli, Eskolunbe, Jesus, Xabier, Puy, Jokin, Itziar, Idoia, Angel Mari... La mayoría de quienes hoy hemos caminado tras la pancarta de Gesto por la Paz no hemos faltado ninguno de estos años.



Tal vez por eso hemos sentido una punzada de emoción al escuchar las primeras palabras del manifiesto que se ha leído al término de la manifestación:
"Dicen que la civilización puede ser salvada por personas de a pie. Hace ya 25 años que Gesto por la Paz nos convoca, en actos como el de hoy, a esas personas de a pie que no aceptamos el asesinato y el terror como parte funesta de nuestra convivencia civilizada. A lo largo de todo este tiempo, hemos tenido que ir desbrozando el camino de muerte y de amenazas con el único instrumento de los derechos fundamentales en nuestras manos. El compromiso humano y cívico que hemos mantenido ha contribuido a la deslegitimación de la violencia que, por fortuna, hoy prevalece en el corazón de nuestra sociedad".

sábado, 30 de enero de 2010

Bakea, bide bakarra


Diluviaba esta tarde en Bilbao. En realidad no ha dejado de llover en todo el día.
Y aunque no eramos muchos, el tiempo desapacible y los paraguas han dificultado esos encuentros que suponen siempre un aliciente en las manis que Gesto convoca cada 30 de enero desde 1988.
No he visto a Txetxu, he perdido a Xabier, y sólo al final he podido charlar unos minutos con Teresa, Fernando, Pedro Luis, Carlos o Itziar.
No eramos muchos esta tarde.
Pero estaban los más importantes de todos: Eduardo Puelles García, Carlos Sáenz de Tejada García y Diego Salvá Lezaun.