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sábado, 8 de noviembre de 2025

Rosalía: ¡qué cruz!


A propósito de la actuación de Rosalía en los 40 Music Awards, interpretando "Reliquia" entre un bosque de cruces luminosas, no puedo evitar pensar que la artista -inteligente como es- sabe perfectamente lo que representa una cruz. No un simple símbolo estético, sino un instrumento de tortura. Lo recuerda con precisión José Ignacio González Faus en su libro imprescindible Acceso a Jesús: “Hoy hemos hecho de la cruz un símbolo religioso o, todavía peor, una alhaja, y así nos hemos tejido un caparazón contra lo que este hecho tiene de inaudito y de provocativo también para nosotros; quizás no iría mal que durante una temporada nos representáramos la cruz de Jesús como una horca, un garrote vil o una silla eléctrica; sólo así podríamos tener cierto acceso al escándalo de su muerte”.

Y es que, como también ha escrito Chalo, “se ha falsificado la cruz de Jesús”. Se la ha despojado de su violencia, de su vergüenza, de su carga política y humana. Se ha convertido en un logo. Y, claro, la propia Iglesia católica ha sido cómplice de esa falsificación: en demasiadas ocasiones ha hecho del instrumento del suplicio el emblema de su poder.

Pero lo del giro rosalcatólico ya roza el paroxismo. Porque una cosa es resignificar, y otra -más rentable, sin duda- es estetizar. Pensemos por un momento en la misma actuación, pero sustituyamos las cruces por garrotes vil; o por pelotones de fusilamiento. El efecto sería insoportable. La estética pop no lo toleraría. No se podría bailar entre esos símbolos de muerte real.

Pero igual es que lo que había en el escenario, más que cruces, eran signos de suma. El signo de la acumulación, de la facturación, del espectáculo. Todo se convierte en branding: Rosalía, los 40, PRISA y el sursum corda. Business as usual. Amén.

viernes, 30 de diciembre de 2022

Despojos

Rachel Cusk
Despojos. Sobre el matrimonio y la separación
Traducción se Catalina Martínez Muñoz
Libros del Asteroide, 2020

"Y mi marido me ayudaba. Eso decía él, y lo sigue diciendo: que me ayudaba. Yo era la mujer moderna, compartimentada, la mujer que lo tiene todo, y él me ayudaba a serlo, a tenerlo. Pero yo no quería ayuda: yo quería igualdad. De hecho, la idea de la ayuda empezó a sacarme de quicio. ¿Por qué no podemos ser iguales? ¿Por qué no podía compartimentarse él también? Y ¿por qué, exactamente, era 'ayudar' que un hombre cuidara de sus hijas o hiciera la comida que él también iba a tomar?".


En este libro, el segundo que leo de Rachel Cusk tras A contraluz, la autora aborda la historia de su ruptura matrimonial en clave de escritura autobiográfica con perspectiva feminista. Lo que nos muestra es su vida, pero podría tratarse de una ficción, es decir, de la historia de nadie y de todas. 
 
La maestría de Cusk para desvelar las dimensiones más profundas de la cotidianidad, para dotar a las experiencias aparentemente banales, por conocidas y repetidas, de una densidad insospechada, ubican este libro en el territorio ambiguo, mestizo, de la microhistoria novelada. De este modo, el drama de su divorcio y la dislocación que supone para su vida y la de sus dos hijas se entremezcla con episodios triviales de la vida diaria sin que sepamos, en ocasiones, sobre cual de estos dos planos pone el foco la autora; como, por ejemplo, cuandonos cuenta que el día que su marido se llevó sus cosas de la casa común a la autora le dolían las muelas: "Me quedé al pie de las escaleras, con las manos en la boca, como un mimo que representa consternación", escribe, sin que lleguemos a saber qué es lo que realmente la consternaba.
 
Un libro sobre el amor y la ruptura, sobre las relaciones de pareja, la maternidad, la reconstrucción de una misma. Un libro dolorido, testimonio de una pequeña catástrofe personal: "Le dije a Y: El matrimonio es un modo de manifestación. Absorbe el desorden y lo manifiesta como orden. Reúne cosas distintas y las convierte en una sola. Recibe caos, diversidad y confusión y los convierte en forma". Pero de esta confusión, de este desorden vital, puede surgir una nueva formalización, un nuevo orden: "Los rastrojos son los tallos de la mies que quedan  en la tierra después de la siega, despojos sobre los que se siembra la nueva cosecha después de la recolección".
 

domingo, 5 de junio de 2022

Existiríamos el mar

Belén Gopegui
Existiríamos el mar
Penguin Random House, 2021
 
"En Martín de Vargas no hemos llegado a ningún sitio. Nuestros trabajos nos tragan, no tenerlos también. Ramiro y Camelia siguen haciendo cosas que mucha gente desprecia porque les parecen trasnochadas. Les dicen que pelearse para mejorar un poco las condiciones de trabajo es inútil, que en breve se van a destruir muchos más empleos de los que se destruyeron con la pandemia. O que sus organizaciones dejan mucho que desear. ¡Como si ellos no lo supieran! Yo no desprecio lo que hacen, cómo podría si ni siquiera he conseguido que en mi empresa se hagan elecciones sindicales. Encima, ellos hacen más cosas: estudian, discuten, tratan de ver qué medidas pueden tomarse para que no acaben enfrentándose las empresas térmicas y las del automóvil, con las de los cuidados y la energía verde".


Lena, Ramiro, Camelia, Hugo y Jara: en sus primeros cuarenta, comparten piso de alquiler en Madrid, empleos precarios, relaciones sentimentales frágiles, futuros inciertos, pero también una amistad preciosa, construida sobre el cuidado y el apoyo mutuo. Personajes sólidos en su labilidad protagonizan sus propias historias -cada una la suya, única, irreductible en sus sombras y sus luces- que, al entrecruzarse y asentarse en un zeitgeist, en un espíritu de la época muy identificable, se convierten en símbolos de este tiempo que nos ha tocado vivir. Un tiempo de vidas a la intemperie, sometidas a tensiones que las estresan hasta averiarlas, hasta reducirlas, muchas veces, a pecios desarbolados, varados en los islotes desiertos de nuestras ciudades:
 
Y tanta gente solitaria que desde su rincón sigue diciendo: "No puedo más", pero nunca a la vez, ¿por qué no logramos decirlo a la vez?
 
Con estos mimbres Belén Gopegui va tejiendo una historia (una historia de historias) delicadísima, de un realismo duro pero también luminoso o, cuando menos, iluminado por la mirada de la autora, que no se deja/no nos deja caer en el desánimo y el derrotismo
 
"Y parece que no avanzan, pero un día te sobresaltará su gesto de huracán, tan cerca".
 
Ojalá seamos muchas, muchísimas, las personas que nos encontremos con este libro de Belén Gopegui, un "Martín de Vargas" literario en el que edificar el refugio imprescindible donde coger fuerzas para seguir viviendo y, tal vez, para cambiar la vida: no mi vida, no de vida, la vida.


miércoles, 14 de octubre de 2020

Hasta siempre, querido Juan

Empecé a conocer a Juan en 2003, con motivo de una entrevista que, junto con Antonio Duplá, me hicieron para la revista Hika. De Antonio conocía sus siempre interesantes artículos en la revista; de Juan no sabía nada. Pero fue conocerlo y apreciarlo.

Juan fue profesor del Departamento de Física Aplicada II de la UPV/EHU, en el área de Física de la Materia Condensada... ahí es nada. Apasionado por la informática y el cine, tras su jubilación desplegó generosamente todo su saber, su pasión y su sensibilidad en un sinfín de iniciativas. 

Con su envergadura y su barba Lincoln, Juan era un capitán Ahab persiguiendo grandes cachalotes blancos, pero no para arponearlos, sino para conocerlos, investigarlos, comprender su furia, reconducirlos al espacio de la conversación civilizada, arte que Juan dominaba como pocas personas y del que disfrutábamos cada vez que nos juntábamos en torno a una mesa convocados por Zubiburu.

Bloguero irónico en Linda Caritza Street, donde aún podemos recuperar muchas de sus preocupaciones y reflexiones, Juan hizo de su propia vida, de su experiencia militante, un repositorio de sabiduría, tolerancia y sano escepticismo.

Libro Otxarkoaga: Retratos.


Alguna vez se presento a sí mismo como "cooperante consorte" en una comunidad indígena del norte de Nicaragua, Mozonte, y de su experiencia militante y de su conocimiento de la realidad nicaragüense extraía orientaciones éticas que compartía con tanta generosidad como modestia,sin pontificar, siempre con ánimo conciliador y constructivo:

"Allí había sandinistas, de la contra, liberales... Hasta no hacía mucho se habían estado matando entre ellos. Se conocían de haber estado frente a frente. Y en la junta de comunidades estaban todos. Trabajaban, tenían un interés común. Así que si ellos lo hacían, se puede hacer. Pero hace falta un gran esfuerzo. Y hay un orden. Lo primero es que ETA tiene que dejar claro que ha dejado el asunto. Y con el tiempo, también el Estado tendrá que reconocer que hay algunas cosas que hizo mal. Una comisión de la verdad ayudaría, porque no puede haber nadie que se escape sin explicar lo que hizo". 

"No podemos echar la culpa en exclusiva a los que están en la cárcel. Hay mucha gente, y entre ellos a lo mejor yo, que en un momento no nos parecieron del todo mal las acciones de ETA. Hay que tener en cuenta que esos que están en la cárcel lo pudieron hacer porque encontraron una cierta complicidad fuera. Luego, los demás fuimos despertando, siempre mal y tarde".

Con Nicaragua, Nicaragüita siempre en su corazón, el "vasco-español" Juan Zubillaga dirigió el corto "La chigüina que quería aprender" y produjo el documental “Sergio Ramírez, la herencia de Cervantes en Centroamérica”. Y hace unos meses volvió a ponerse detrás de una cámara para grabar el documental "Mujeres de barrio", que la semana que viene se estrenará en Bilbao. Entre las mujeres entrevistadas para el documental está mi ama, que inmediatamente conectó con Juan; en las dos o tres ocasiones en las que posteriormente nos hemos juntado para comer no han faltado unas tostadas de crema "para tu amigo Zubi", que tanto aprecio hizo de las habilidades reposteras de mi madre.

Conocí a Juan demasiado tarde, aunque me precio de haber compartido con él una profunda amistad. Solo ahora he sabido de que su segundo apellido era Esperanza. Recuerdo el paseo que dimos por las marismas de Santoña, los últimos libros compartidos. Cuando ayer supe de su fallecimiento, repase los poemas de Ernesto Cardenal y me quedé con este:

Salmo 1 

Bienaventurado el hombre que no sigue las consignas del Partido
ni asiste a sus mítines
ni se sienta en la mesa con los gangsters
ni con los Generales en el Consejo de Guerra
Bienaventurado el hombre que no espía a su hermano
ni delata a su compañero de colegio
Bienaventurado el hombre que no lee los anuncios comerciales
ni escucha sus radios
ni cree en sus slogans.

Será como un árbol plantado junto a una fuente.

Zubi maitea, beti arte. Zure bizitza emankorra izan da eta zure lagunek zure galera negar egiten dugu, baina zu ezagutu izana ospatzen dugu.

lunes, 16 de marzo de 2020

Viajeros en el Tercer Reich

Julia Boyd
Viajeros en el Tercer Reich
Traducción de Claudia Casanova
Ático de los Libros, 2019

"Hasta finales de la década de 1930 era posible para un extranjero pasar semanas en Alemania y no tener el menor incidente desagradable. Sin embargo, hay una diferencia entre «no ver» y «no saber». Y, después de la Kristallnacht del 9 de noviembre de 1938, no había ninguna excusa posible para el viajero que afirmaba que «desconocía» el verdadero comportamiento de los nazis. [...] La maldad nazi impregnaba todos los aspectos de la sociedad alemana, pero, cuando se mezclaba con los placeres seductores que aún se ofrecían a los visitantes extranjeros, la horrenda realidad a menudo se ignoraba durante el tiempo que hiciera falta".


Durante los años 30 del siglo XX, tras la finalización de la Primera Guerra Mundial y hasta el estallido mismo de la Segunda fueron muchas, muchísimas, las personas extranjeras que visitaron o pasaron largas temporadas en la Alemania de Hitler como turistas, estudiantes, artistas, diplomáticos o deportistas. Procedentes de los más diversos países, predominaban las nacionales de Estados Unidos y del Reino Unido. Personas corrientes, muchas de ellas, pero también famosos políticos, pintores, académicos, periodistas, que "siguieron viajando al Reich tanto por negocios como por placer [...] aunque la conciencia de la barbarie nazi se difundía y se hacía más profunda".

En este interesante libro, Julia Boyd bucea en las cartas, diarios, crónicas y memorias de casi dos centenares de visitantes, convertidos sin saberlo en testigos sobre el terreno, a pie de calle, de una de las épocas más trascendentales de nuestra historia.

Si bien la posición ideológica de la que partían al viajar a Alemania influía en muchas de ellas ("Los que eran de derechas encontraron un pueblo confiado y trabajador que trataba de sobrellevar las injusticias del Tratado de Versalles y, al mismo tiempo, intentaba proteger al resto de Europa de los bolcheviques. [...] En cambio, los que eran de izquierdas hablaban de un régimen cruel y opresivo alimentado por políticas obscenamente racistas que utilizaban la tortura y la persecución para aterrorizar a sus ciudadanos"), la mayoría apreciaron y valoraron la capacidad de recuperación del país tras la guerra, la belleza de sus paisajes y de sus ciudades, su histórica monumentalidad, la educación y disciplina de sus habitantes, la hospitalidad de sus hosteleros y hasta la personalidad de Hitler y su dimensión de "hombre de paz".

Por supuesto, muchas de estas personas mostraban en sus cartas su molestia ante la profusión de carteles antisemitas y su desagrado cuando eran testigos del mal trato que recibían los judíos, pero se trataba de un desagrado llevadero y pasajero. Incluso en el caso de personalidades como W.E.B. du Bois, el primer afroamericano doctorado en Harvard, académico de renombre y reconocido activista por los derechos civiles, que a sus 68 años de edad pasó varios meses en Alemania, coincidiendo en parte con las Olimpiadas, "para investigar la educación y la industria germanas con la esperanza de que las escuelas industriales para personas de color en el sur de Estados Unidos pudieran imitar el modelo alemán". Como señala la autora, "el viaje de Du Bois a Alemania ilustra la ambigüedad que subyacía en muchos de los viajes de extranjeros al Tercer Reich".

Todas estas apreciaciones fundamentalmente positivas se reforzaron y extendieron gracias a la inteligente utilización de los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlin como gigantesco escenario propagandístico. Basta con leer la entrevista de Archie Williams, el medallista afroamericano que ganó la medalla de oro en los 400 metros: "Cuando volví a casa, alguien me preguntó: «¿Cómo te han tratado esos sucios nazis?». Y yo contesté que no había visto a ningún sucio nazi, sólo a un montón de gente alemana muy amable. Y no tuve que sentarme en la parte trasera del autobús".

Mucho más cuestionable, mucho menos explicable, fue la valoración que de su experiencia hizo Arthur Remy, delegado de la Universidad de Columbia en las celebraciones del 550 aniversario de la Universidad de Heidelberg: "Creo que, en conjunto, la celebración fue digna e impresionante, y también primordialmente académica [...]. Desde luego, no puede atribuirse a la presencia de uniformes negros o marrones ningún significado siniestro". En conjunto, la academia fue uno de los sectores que en mayor grado fracasaron a la hora de interpretar lo que estaba ocurriendo en la Alemania de Hitler. ¡Qué ironía! Lo señala la autora:

"[Muchos] académicos optaron por viajar al Tercer Reich porque el legado cultural de Alemania era simplemente demasiado preciado para renunciar a él por motivos políticos, por desagradables que estos fueran. Permitieron que su reverencia por el pasado distorsionara su juicio del presente. En consecuencia, optaron por ignorar abiertamente la realidad de una dictadura que hacia 1936, a pesar del espejismo olímpico, ya exhibía sin ambages todos sus inconcebibles rasgos".

Este libro nos confronta con un aspecto tan complejo como siniestro de las personas y las sociedades: nuestra capacidad y nuestra propensión para mirar hacia otro lado, incluso en medio de las más dramáticas situaciones. Y no es solo algo que sepamos por la historia.

martes, 10 de marzo de 2020

Paris, Bilbao

Comparto el texto con el que he tenido el placer de colaborar en el último y reciente número de la revista BILBAO ACCORDION (nº 6, 2020) editada por la Orquesta Sinfónica de Acordeones de Bilbao / Bilboko Akordeoi Orkestra Sinfonikoa (BAOS).

Se titula "París, Bilbao", y en el mismo intento jugar con algunas analogías entre ambas ciudades conectadas o hermanadas por el sonido del acordeón. Es este el instrumento al que la familia de Josu Loroño (1929-2008) ha consagrado vida y talento, impulsando una academia de música y una orquesta sinfónica que son parte esencial de la Villa de Bilbao y de la historia misma de la música.

Yo, que ni soy de Bilbao ni soy capaz de tocar el acordeón (aunque la armónica la bordo), me siento muy cercano a la BAOS. Cuando su directora, Amagoia Loroño, me pidió una colaboración con la revista no lo dudé. Y aquí está. Con todo mi afecto.


Oscurece. Tañen las campanas de la catedral anunciando el final del día. Las calles se van iluminando y las farolas se reflejan en el asfalto mojado. El río que parte en dos la ciudad reverbera como si el titilar de las estrellas se hubiera trasladado al fondo de sus aguas desde un cielo opacado por el brillo de las luces eléctricas. Al pasar junto a la estación de tren, con su elegante fachada modernista, las luminiscentes aguas parecen animar al ferrocarril, cuyos destinos se despliegan hacia el territorio interior, a seguirlas en dirección al mar. También se ha iluminado la alta y espigada torre, visible casi desde cualquier parte de la ciudad, de la que ya es uno de sus edificios más icónicos.

La humedad y el frío nocturno hacen que las personas que se apresuran por las aceras, de regreso a sus hogares o en dirección a un café donde relajarse tras una jornada de trabajo, encojan el cuello como tortugas entre las solapas de sus abrigos o los pliegues de sus bufandas y fulares. Es entonces cuando se escucha el sonido de un acordeón solitario. Los transeúntes frenan por unos segundos el paso y levantan el rostro del suelo buscando el origen de esa música melancólica, evocadora, sin importarles que el frío se les cuele por el pescuezo y les provoque un escalofrío... ¿O es la música del acordeón la que produce ese efecto?

Lo que suena es un vals; su título: Une nuit à Paris. Pero no estamos en París, aunque hasta ahora he intentado (no sé si lo he conseguido) que la lectora o el lector así lo pensara.

Estamos en Bilbao, ciudad que también cuenta con río (en realidad, Ría), estación de estilo modernista y torre singular, es verdad que desde hace no mucho tiempo. Y el vals que suena no es obra de ningún compositor francés, como Gus Viseur, Marcel Azzola o Jean Wiener; ni de ninguna compositora, como Louise Reisner, a quien se debe la que se considera primera obra publicada para el acordeón, Thème varié très brillant, estrenada en París en 1836.

El autor de Une nuit à Paris es Josu Loroño, fundador en 1963 de la Orquesta Sinfónica de Acordeones de Bilbao. Iniciador de una aventura musical, la de elevar al popular instrumento hasta las alturas de la música sinfónica, sin perder por ello su carácter y su conexión con la gente; pero también de una aventura humana: la de constituir una gran familia en torno al acordeón. Una gran familia en sentido biológico, en primer lugar, pues la pasión de Josu Loroño se ha transmitido a dos generaciones… y las que vendrán.

Pero también una familia de estudiantes, aprendices y ejecutantes, que se extiende al público que asistimos a los conciertos de la Orquesta. Y una familia universal de culturas y melodías que trasciende fronteras y hermana con gusto los más diversos estilos musicales: valses y zortzikos, tangos y habaneras, aurreskus y sonatas, pasodobles y polcas, arias y cuplés.

Oscurece en la ciudad. Suena un acordeón, tímido al principio, al que se van sumando otros hasta conformar una sinfonía que nos arrebata y nos transporta, desde Bilbao, hasta París, Buenos Aires, Roma, Madrid, Praga o Sevilla.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Año nuevo adelantado

Desde hace cinco años, en este pueblo de la Montaña Palentina hemos decidido celebrar anticipadamente la Noche Vieja (con campanadas, chocolate y 12 gominolas) ascendiendo en alegre grupo hasta Cueva Dorada, uno de los montes más emblemáticos de la zona. Y así lo hemos hecho hoy, a pesar de que el día parecía más de primavera que de invierno. Cinco años son ya tradición. Que dure. Y durará, si Dios y la gente quiere. Sólo hay que recordar que esta mañana han estado presentes en la celebración un hombre de 91 años y una niña de apenas dos.

 
 
 
 
Las siguientes fotos están cogidas de La Olma de Camporredondo.
 



miércoles, 25 de septiembre de 2019

Barrionalismo

Luis de la Cruz Salanova
Barrionalismo
Editorial Decordel, 2018


El barrio, ¿por qué? Básicamente porque en tiempos de disolución de los lazos comunitarios, en estos momentos en los que vamos perdiendo, uno encuentra en la idea bien entendida de barrio algunos elementos para reagruparse. Porque, rascando el firme, puedes encontrar los restos arqueológicos necesarios para llevar a cabo la reconstrucción de otra memoria común de los de abajo. También porque, de hecho, ha funcionado y sigue haciéndolo como espacio de resistencias.

El autor de este recomendable libro reconoce que la mayoría de los textos que lo componen han tenido su origen en algún paseo por su Madrid natal. Tras su lectura, me parece que hay capítulos (los dedicados a la fiesta, al conflicto, a la memoria, a las arquitecturas efímeras) más "caminados" que otros (los que abordan la gentrificación, la securitización o la aspiración a ser clase media), más "leídos". Pero en todos ellos palpita una enorme sensibilidad hacia la ciudad habitada, hacia las interacciones sociales ordinarias (callejeo) y extraordinarias (fiesta, lucha) que la constituyen.

Sociología urbana de la buena. De la pensada y de la vivida. Escucha atenta de los ritmos del barrio. Sin sentimentalismos -El barrio puede ser una mierda, como atestigua el viejo anhelo de superación vertido en la frase salir del barrio- pero con una voluntad expresa de compartir presente y futuro con aquellas personas con las que comparte vecindad.

domingo, 25 de agosto de 2019

Peña Mayor y paellada popular

Ayer subí a la Peña Mayor de Velilla con Garbi y Ander. Es una travesía que me gusta hacer todos los años, pero que ellos no conocían. Partiendo de la denominada Ciudad del Brezo -antiguo poblado donde vivían los trabajadores que construyeron la presa de Compuerto y ahora convertido en un agradable resort- se asciende drectamente hasta la cumbre por terreno calizo, siguiendo al principio las antiguas vías del funicular que transportaba la piedra extraida de la cantera de Peña Mayor, pasando por los restos del poblado donde vivían los mineros y subiendo sucesivas rampas de piedra hasta la cima.

Infografía procedente de la excelente guía de David Villegas y Vidal Rioja Ascensiones en la Montaña Plentina, accesible digitalmente gracias a la iniciativa de la Diputación de Palencia.


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 Cumbre de la Peña Mayor de Velilla (1.869 m.).
 
Panorámica desde la cumbre: Espigüete hasta Curavacas.
Siguiendo el cresterío se llega a la Peña Mayor de Guardo.
 El descenso, hastia el largo valle que lleva hasta la Sierra del Brezo se realiza desde el collado que separa las dos Peñas Mayores. No hay camino claro, hay que elegir los mejores pasos por una bajada al principio muy empinada y por terreno suelto, aunque sin mayor riesgo que el de dar un resbalón.

  
 
 Antes de legar al valle, cuando la penidente se suaviza, varios senderos de animales nos permiten ladear la montaña en dirección al Collado del Pinar.
 Collado del Pinar
 Peña Mayor, desde el collado.
 En el descenso el paisaje cambia completamente. Cambiamos el terreno calizo por un bosque donde se entremezclan grandes pinos, robles y hayas.
 
 
 
 
 
 
 
 
Una preciosa ruta para hacer en no más de tres horas.

Había que llegar pronto al pueblo, ya que era el día de la paellada popular. Ya se ha convertido en tradición juntarnos tras las fiestas y degustar una excelente paella elaborada por Danel, del Hostal Restaurante El Abuelo, a la sombra de las olmas que dan identidad a Camporredondo.

 
 
 

Un dia redondo.