Mostrando entradas con la etiqueta pueblo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pueblo. Mostrar todas las entradas

domingo, 29 de diciembre de 2019

Año nuevo adelantado

Desde hace cinco años, en este pueblo de la Montaña Palentina hemos decidido celebrar anticipadamente la Noche Vieja (con campanadas, chocolate y 12 gominolas) ascendiendo en alegre grupo hasta Cueva Dorada, uno de los montes más emblemáticos de la zona. Y así lo hemos hecho hoy, a pesar de que el día parecía más de primavera que de invierno. Cinco años son ya tradición. Que dure. Y durará, si Dios y la gente quiere. Sólo hay que recordar que esta mañana han estado presentes en la celebración un hombre de 91 años y una niña de apenas dos.

 
 
 
 
Las siguientes fotos están cogidas de La Olma de Camporredondo.
 



sábado, 28 de septiembre de 2019

Donde viven los caracoles

Emilio Barco
Donde viven los caracoles. De campesinos, paisajes y pueblos
Pepitas de Calabaza, 2019


... algo que está en el centro de los próximos cincuenta años: cómo vivir placenteramente sin joder al prójimo en el peor sentido de la palabra; cómo vivir barato produciendo lo imprescindible y socialmente útil, consumiendo lo que produzcamos sin mandar, sin que te manden. ¡Ah! Y cantando muchas jotas.

Mario Gaviria, El buen salvaje (De urbanitas, campesinos y ecologistas varios), El Viejo Topo, 1981


Emilio Barco se confiesa víctima de un desarraigo producto del amor y de la esperanza en brindarle un futuro mejor:

Terminé la escuela a los catorce años y la alianza del maestro, el cura y mi madre torcieron el surco. Decidieron que yo no iba a ser campesino, sino "letrado", en los términos que escribe Raúl Iturra. Comenzó el proceso de desarraigo. Cuanto más sabía de complementos directos, declinaciones del rosa-rosae y de ecuaciones de primer grado, menos sabía de podar, sembrar y esparrar.

Pero aunque su juventud de estudiante transcurrió a caballo (en realidad, "a tren") entre su pueblo y Alfaro, primero, y Zaragoza, después, su madurez laboral entre su pueblo y Logroño, y aunque se considere a sí mismo un re-arraigado no pleno -"Volví a las ciruelas, a las viñas, a los olivos. Empecé a arraigarme de nuevo. Pero yo ya no era un campesino como mi padre, era un letrado"-, su libro es el fruto cultivado de una profunda sensibilidad hacia unos pueblos y unas gentes, unas tareas y unos conocimientos, que el capitalismo urbano ha condenado a la desaparición.

Hay capítulos que se leen como un breve y delicioso relato etnográfico -"La vara de fresno", "La era de mi abuelo", "Jacinto Sagarna, el pastor del Gorbea", "¿A cómo cuentas?". Hay también atinados análisis sobre (contra) la Política Agraria Común y la empresarialización de la agricultura. También encontramos sentidas descripciones de la vida en el medio rural: de sus transformaciones durante los años cincuenta, sesenta y setenta -"Cuando nos quedamos sin cabras y sin curas", "De la boina a la visera de propaganda"-, del papel fundamental de las mujeres campesinas -"La Teresa"-, de la vendimia tradicional -"El sexto sentido", "¡Chiquitos, cortádmelas por lo marrón!"- y de la otra -"La otra cara de la vendimia", "Lo pequeño es hermoso"-...

Un libro surgido desde las entrañas, sentido y trabajado como un campo de cultivo. Un libro a ratos airado, pero siempre sensible y encarnado, pleno de sentido:

¿Cómo se puede entender que estos días los agricultores estén tirando los melocotones en las graveras, que el Estado les pague por hacerlo y que una gran parte de la población no coma fruta porque sus medios económicos no se lo permiten al precio que está en el mercado?

Espero que sea un libro muy leído.



domingo, 25 de agosto de 2019

Peña Mayor y paellada popular

Ayer subí a la Peña Mayor de Velilla con Garbi y Ander. Es una travesía que me gusta hacer todos los años, pero que ellos no conocían. Partiendo de la denominada Ciudad del Brezo -antiguo poblado donde vivían los trabajadores que construyeron la presa de Compuerto y ahora convertido en un agradable resort- se asciende drectamente hasta la cumbre por terreno calizo, siguiendo al principio las antiguas vías del funicular que transportaba la piedra extraida de la cantera de Peña Mayor, pasando por los restos del poblado donde vivían los mineros y subiendo sucesivas rampas de piedra hasta la cima.

Infografía procedente de la excelente guía de David Villegas y Vidal Rioja Ascensiones en la Montaña Plentina, accesible digitalmente gracias a la iniciativa de la Diputación de Palencia.


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 Cumbre de la Peña Mayor de Velilla (1.869 m.).
 
Panorámica desde la cumbre: Espigüete hasta Curavacas.
Siguiendo el cresterío se llega a la Peña Mayor de Guardo.
 El descenso, hastia el largo valle que lleva hasta la Sierra del Brezo se realiza desde el collado que separa las dos Peñas Mayores. No hay camino claro, hay que elegir los mejores pasos por una bajada al principio muy empinada y por terreno suelto, aunque sin mayor riesgo que el de dar un resbalón.

  
 
 Antes de legar al valle, cuando la penidente se suaviza, varios senderos de animales nos permiten ladear la montaña en dirección al Collado del Pinar.
 Collado del Pinar
 Peña Mayor, desde el collado.
 En el descenso el paisaje cambia completamente. Cambiamos el terreno calizo por un bosque donde se entremezclan grandes pinos, robles y hayas.
 
 
 
 
 
 
 
 
Una preciosa ruta para hacer en no más de tres horas.

Había que llegar pronto al pueblo, ya que era el día de la paellada popular. Ya se ha convertido en tradición juntarnos tras las fiestas y degustar una excelente paella elaborada por Danel, del Hostal Restaurante El Abuelo, a la sombra de las olmas que dan identidad a Camporredondo.

 
 
 

Un dia redondo.