Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
domingo, 30 de noviembre de 2025
Ruralismo
viernes, 15 de agosto de 2025
Fuego la sed
Articulado en varias partes de extensión desigual -"Nos quedan veinte años para entender el sol", "Los elegidos del agua", "Los animales hablan", "El día que nací mi abuelo plantó un peral", "Fuimos demasiado recientes para formar parte de la historia"-, en este segundo poemario reflexiona sobre nuestra relación con la Tierra, sobre la emergencia climática y la desmemoria hacia el territorio, con un lenguaje a la vez lírico y profético.
sábado, 27 de abril de 2024
Osebol: Voces de un pueblo sueco
miércoles, 22 de junio de 2022
La bendición de la tierra
sábado, 26 de junio de 2021
No abandonar
El domingo 9 de mayo el periódico El Correo publicaba una larga e interesante entrevista con Joaquín Díaz, zamorano del 47, experto en cultura tradicional y folklore y creador del Centro Etnográfico de Urueña, que hoy lleva su nombre. En esta entrevista, Joaquín Díaz reflexionaba sobre el concepto de “España vacía”, y señalaba lo siguiente:
“Me parece algo excesivo. Y tampoco esa España está vacía del todo. Hay más gente de la que creemos que está convencida de que es posible una vida más humana y cercana a un ideal. Otra cosa es que quienes primero se han ido de los pueblos son las autoridades. Ya sabe: esos lugares donde no hay cura y ni siquiera el alcalde vive allí. Y así no se defiende la vida en común. Así que cuando eso pasa cómo no van a marcharse los vecinos a continuación”.
Excesivo o no, lo cierto es que el concepto de la España vacía ha servido para poner nombre a una realidad que ha pasado desapercibida durante décadas: el drama de la despoblación de las zonas rurales, un proceso que, según la oficina de estadística de la Unión Europea (Eurostat) puede llevar a que la España rural pierda en el año 2050 un 18% de su población actual.
Desde el año 2000, el 63% de los más de 8.000 municipios que hay en España ha perdido habitantes. Y esto ha ocurrido a pesar de que la población total del país ha crecido en cerca de 6,2 millones de personas. Este declive demográfico ha sido especialmente severo en comunidades como Asturias, Castilla y León y Extremadura, donde más del 80 por ciento de sus municipios ha perdido población en los últimos veinte años.
Cuando las instituciones (las políticas, las educativas, las sanitarias, las religiosas…) abandonan los pueblos es como si quitáramos el tapón de desagüe de una bañera: tras ellas se van los servicios, los empleos, los derechos y la gente. Para volver a llenar la España vaciada hay que empezar por tapar de nuevo el desagüe institucional: acercar los servicios esenciales a la población que aún se mantiene en los pueblos, para evitar que se vean forzadas a abandonarlos. Taponar la herida, detener la sangría. Reconocer que, como ciudadanas y ciudadanos de pleno derecho, no pueden verse privadas de sanidad, educación, seguridad o comunicación por vivir en zonas rurales. Los derechos fundamentales no dependen del territorio.
Y una vez detenida la sangría, podríamos empezar a pensar en revertir el proceso de vaciado para devolver a los pueblos toda la vida que han ido perdiendo. Porque, como dice sabiamente Joaquín Díaz, “hay más gente de la que creemos que está convencida de que es posible una vida más humana y cercana a un ideal”. Y que esa vida buena puede realizarse en un pueblo. La cuestión es no abandonarlos.
miércoles, 9 de diciembre de 2020
Heiða - Una pastora en el fin del mundo
Steinunn Sigurðardóttir
Heiða. Una pastora en el fin del mundo
Traducción de Enrique Bernárdez
Capitán Swing, 2019
"Sostengo la opinión de que carezco de todo derecho a vender la tierra o el agua de Ljótarstaði, dañando así un territorio que tengo obligación de conservar para el futuro con el trabajo de mi vida. Yo nunca habría querido que mis padres o mis abuelos vendieran la tierra para comprar lápiz de labios y un tractor. Los seres humanos somos mortales; la tierra seguirá viva. Llegará gente nueva, llegarán ovejas nuevas, aves nuevas, y así sucesivamente, pero la tierra, con sus ríos y sus lagos, sus plantas y sus desiertos, seguirá viviendo. Algunos de sus rasgos cambiarán con el paso de los siglos, pero seguirá viviendo".
La islandesa Heiða Guðný Ásgeirsdóttir es una granjera y pastora que durante años se ha enfrentado al proyecto de una empresa energética de adquirir sus tierras y las de otras personas de la zona para construir en ellas un inmenso embalse y una central hidroeléctrica.
En este interesante libro, construido por la escritora y periodista Steinunn Sigurðardóttir a partir de largas conversaciones con Heiða, descubrimos a una mujer independiente y luchadora, enraizada en la tradición rural islandesa, progresista y abierta a la diversidad, comprometida con la defensa del medio ambiente. Una mujer que habla con sencillez y libertad de su día a día en la granja de Ljótarstaði, de su compromiso político, sus apuros económicos, de sus viajes por el mundo participando en concursos de esquilado de ovejas, su participación en encuentros de rimadores, pero también de su vida afectiva y sentimental ("Las cuestiones amorosas carecen de prioridad en mi caso, y soy muy cauta con los compromisos"), sus expectativas de futuro y su lucha contra la depresión (a la que llama "la bestia de la angustia").
Me ha encantado leer este libro. Un libro sencillo sobre una mujer sencilla, pero en absoluto simple, que defiende con alegría y buen juicio una vida igualmente sencilla, centrada en su comunidad y en la naturaleza que las sustenta:
"¿Por qué tendríamos que esperar a que llegue alguien a salvarnos con el absurdo proyecto de destruir nuestra tierra para construir una central eléctrica? Yo estoy en contra de que venga alguien de fuera a salvar nuestras comunidades con sus maravillosas intenciones. La reconstrucción de la actividad empresarial tiene que partir desde dentro, eso está claro. Hemos de reconstruir nuestra vida y nuestro trabajo sin destruir lo que ya tenemos, y esto último es precisamente lo que haría una gran central eléctrica: destruir nuestra tierra y nuestros terrenos agrícolas".
martes, 3 de noviembre de 2020
La tierra de los abetos puntiagudos

Sarah Orne Jewett
La tierra de los abetos puntiagudos
Traducción de Raquel G. Rojas
Dos Bigotes, 2020 (4ª ed.)
"Estábamos en un punto desde el que había una hermosa vista de la bahía y de un largo trecho de costa cubierto por un numeroso ejército de abetos puntiagudos, formando ya amparados por la penumbra del atardecer como a la espera de poder embarcar. Y si mirábamos más lejos, al océano, hacia las islas más lejanas, los árboles parecían marchar en dirección a la playa, recorriendo con paso constante las colinas para descender luego hasta el borde del agua".
Sarah Orne Jewett nació en 1849 en South Berwick, en el estado de Maine y fue, tuvo que ser, una mujer excepcional. Por lo que he podido saber, a pesar de sufrir desde muy niña de artritis reumatoide practicó el excursionismo, muchas veces en solitario, por los extensos bosques que rodeaban su residencia. Se educó en casa, acompañó muchas veces a su padre, médico, en sus visitas a los hogares de la zona y se interesó por conocer las plantas medicinales, adquiriendo así un conocimiento profundo y sensible de la naturaleza y las gentes de Maine, espacio en el que se localizan la mayoría de sus historias.
Desde los 19 años se dedicó a escribir y publicar artículos y libros que, desde el primer momento, recibieron el reconocimiento de sus contemporáneos, como fue el caso de Henry James quien, en una carta personal de 1901, aconsejaba a la autora "que regresara a sus temas de Nueva Inglaterra, que 'regresara a el presente íntimo palpable que palpita sensible, y que te quiere, extraña, necesita, Dios lo sabe, y que sufre lamentablemente en tu ausencia'". Con esta recomendación James no hacía otra cosa que insistir, recuerda Robert D. Rhode, en lo que muchas otras personas han observado desde entonces: "que la relación de Jewett con su material era excepcional, si no única, que ella iluminó con una especie de magia o intuición no evidente en el trabajo de otros coloristas locales de su generación".
Contraviniendo las expectativas de su época nunca se casó y compartió buena parte de su vida, casi tres décadas, con Annie Adams Fields, también escritora, con quien compuso el más famoso de los llamados "matrimonios de Boston" (Boston marriages), denominación con la que en el siglo XIX se empezó a conocer a la convivencia de dos mujeres que defendían su plena autonomía y optaban por vivir sin ningún tipo de "protección" (o sujeción) masculina. Si en estas relaciones se incluía o no el sexo, es lo de menos: se trataba de un ejemplo pionero de sororidad, como destaca la historiadora Lillian Faderman en su libro Surpassing the Love of Men: Romantic Friendship and Love Between Women from the Renaissance to the Present (New York: Quill/William Morrow, 1981):
"Durante ese tiempo, las dos mujeres vivieron juntas una parte de cada año, separadas otra parte, para poder dedicar una atención completa a su trabajo, viajando juntas con frecuencia, compartiendo intereses en libros y personas, y proporcionándose mutuamente amor y estabilidad".
domingo, 30 de agosto de 2020
Un cambio de verdad
Un cambio de verdad. Una vuelta al origen en tierra de pastores
Seix Barral, 2020
"Hasta hace unas décadas, atraía ir adonde nadie había estado, hacer lo que nadie había logrado. la novedad seducía por el hecho de serlo y todo se saturó de primicias vulgares. Pero algunas personas han percibido que, tal y como van las cosas, la mejor novedad está en lo viejo. Que sin duda urge recordar cuánta belleza hay en lo antiguo, conferida por el tiempo, con su pátina de aire y polvo y de erosión natural. Que habría que extender el afán por conservar lo que otros descubrieron o modelaron, inaugurando un período de rescates. Un período Salinger, en el que haya miles o millones de guardianes entre el centeno o entre la avena o el maíz formando un gran cordón al borde del precipicio para evitar que muchos de esos niños y mayores que corremos por este campo de espigas demasiado altas, que se extiende hasta el borde del abismo, nos despeñemos. Que habría que impulsar un cambio de paradigma que promueva los rescates y los difunda como éxitos [...]. Porque, ahora, permanecer es el mérito. Encontrar ya no es la prioridad. El hallazgo puede ser bonito, emocionante, satisfactorio. Pero la prioridad es el rescate".
En el invierno de 2017, Gabi Martínez inició la experiencia de instalarse como aprendiz de pastor en La Siberia extremeña, comarca del nordeste de Badajoz, para experimentar el estilo de vida rural en el que creció su madre, Eloísa, antes de la familia emigrara a Barcelona, como hicieran tantas otras personas nacidas en la zona. Tirando de sus raíces familiares, con un abuelo pastor al que no llegó a conocer, que llevaba a su hija Eloísa al campo "para enseñarle lo que yo quiero aprender", el autor se sumerge y nos sumerge en un paisaje esplendoroso de grandes embalses, dehesas y pastos y en las vidas de las personas que lo habitan y trabajan en el.
Conocerá a rescatadores de animales caídos en las aguas de los muchos canales o enredados en las marañas vegetales. Palpará las tensiones entre ganaderos y ecologistas ante la posibilidad de lograr para La Siberia la calificación de Reserva de la Biosfera, se acercará a la inveterada cultura de la caza y conocerá de primera mano los problemas a los que se enfrentan las y los agentes forestales en su lucha contra el furtivismo. Convivirá con los mastines que protegen los rebaños de unos lobos que hace tiempo dejaron de trotar por esos lares pero que siguen muy presentes en el imaginario de los lugareños, reivindicará la figura y el legado de Félix Rodríguez de la Fuente, compartirá algunos días de verano con su hijo Gael...
Dejará de correr, ralentizará el paso, pausará su ritmo adaptándolo al de su entorno natural y humano. Compartirá, así, los sueños de pastores que luchan por recuperar la pureza de la oveja merina (apenas 180 mil de los 16 millones de ovejas que hay en España), de apicultores y queseros; la apuesta de neorurales, con raíces en la zona o sin ellas, que han impulsado distintas iniciativas en la zona. Como Javier, que habiendo vivido en Madrid o Ibiza regresó a su pueblo tras el fallecimiento de su padre:
"En la parte de atrás de su casa, había un pequeño huerto desasistido que Javier no tocó al llegar. Un día, al volver de dar una vuelta, se encontró el huerto cavado y regado. 'Deduje que había sido mi vecino. No podía ser nadie más. No soportó ver cómo las plantas se morían, así que se coló por detrás y regó y cuidó aquello sin contar conmigo -me había dicho Javier-. Mi vecino tiene ochenta y pico años [...]'. Desde entonces, Javier cuida su huerto, curte pieles, sabe atar ovejas y hace árboles en miniatura enredando alambres que crecen desde un emplasto de yeso. Las hojas las consigue triturando espuma de los colchones".
Escrito con un lenguaje luminoso, el libro va de eso: de rescates. De rescatar un corzo caído en el canal o un buitre enredado en los matorrales; de rescatar a la oveja merina; de rescatar un pequeño huerto desasistido; de rescatar especies endémicas; de rescatar saberes y vivires de una tierra hermosa y abandonada; de rescatar ritmos, aspiraciones, experiencias, deseos, modos de vida...
Porque, como escribe Wendell Berry: "No es necesario que ideemos o imaginemos 'mundos futuros': habremos sido esencialmente justos con ellos si cuidamos el mundo presente. La bondad del futuro está implícita en las tierras, los bosques, los pastos, los humedales, los desiertos, las montañas, los ríos, los lagos y los océanos que ahora tenemos. La única 'futurología' válida de que disponemos es la de cuidar de todo ello" (El fuego del fin del mundo, traducción de David Muñoz Mateos, Errata naturae 2020).
lunes, 25 de mayo de 2020
En tierras bajas
En tierras bajas
Traducción de Juan José del Solar
Siruela, 2009 (3ª ed.)
"Hace poco regresó un conocido mío de una aldea cercana, en la que quería visitar a sus padres.
En la aldea hay siempre una luz crepuscular, me dijo. Nunca es de día ni de noche. No hay crepúsculo matutino ni vespertino. El crepúsculo está en la cara dela gente.
No reconoció a nadie, pese a haber vivido en esa aldea muchos años. Toda la gente tenía la misma cara gris. Él se deslizaba a tientas entre esas caras. Las sludaba y no obtenía respuesta".
Una mirada dura y opresiva al mundo rural europeo, al menos al de la Rumanía de Ceaucescu. Muy alejada de la aproximación de hace John Berger en su admirable trilogía dedicada a las comunidades campesinas de las zonas montañosas de Europa.
"Fuimos a recoger cerezas, tu padre y yo. Y nos peleamos mientras las recogíamos, y en el camino de vuelta no intercambiamos ni una palabra. Tu padre tampoco me tocó mientras recogíamos cerezas en el enorme viñedo sin gente. Se plantó como una estaca a mi lado y no paraba de escupir huesos de ciruela húmedos y viscosos, y en ese momento supe que me daría muchas palizas en la vida".
En los relatos que componen este volumen, Herta Müller recurre en distintas ocasiones a escenas en las que las protagonistas (la voz narrativa es siempre la de una niña) reviven atroces pesadillas, indistinguibles muchas veces de la narración de la realidad-real, construida con un lenguaje surrealista:
"Le hubiera gustado jugar contigo, me dijo una vez mamá, pero tú siempre lo echas todo a perder, y basta ya de llorar ¿me oyes?
Quise decir algo, pero tenía la boca tan llena de lenguas que no pude articular una sola palabra.
Miré mis manos. Yacía como cercenadas en el alféizar de la ventana, frente a mí, totalmente inmóviles. Las uñas estaban otra vez sucias. Olí una de mis manos y no pude determinar qué olor era. la mugre no tenía olor, y mi piel tampoco.
Moví los dedos como si estuvieran muy fríos. Quisieron caerse al suelo, pero yo permanecí sentada en la silla, recta como un huso".
Premio Nobel de Literatura en 2009, Herta Müller escribe a golpes de azada. No hay relato que no te conmueva. No hay frase que no te golpee como el granizo. Al terminarlo, y a pesar de su brevedad, siento mis dedos encallecidos. Un libro que deja huella.
domingo, 15 de marzo de 2020
Algo en lo que creer
Algo en lo que creer
Traducción de Álvaro Marcos
Libros del Asteroide, 2020
"Porque -y esto todavía es cierto- existen pequeños pueblos en todo el mundo, tan íntimos y conectados, que el dolor o la alegría de uno de sus habitantes puede ser compartido por sus vecinos con la misma intensidad".
La primera novela de Butler, Canciones de amor a quemarropa, fue un gozoso descubrimiento, confirmado con la posterior El corazón de los hombres. A lo largo de un año, de una primavera a la siguiente, en esta nueva novela Butler nos introduce en la vida de Lyle Hovde y su esposa Peg, que llevan toda su vida habitando en la pequeña y languideciente localidad de Redford, en el Winsconsin más rural, ejemplo de esa América tan profunda como vaciada:
"En ocasiones, Lyle oía a la gente de La Crosse o de Eau Claire despotricar contra el desarrollo urbano y el crecimiento descontrolado de las ciudades, y, en gran parte, suponía, llevaban razón. ¿A quién le gustaba ver cómo los campos y los bosques eran devorados por carreteras y aparcamientos, invadidos de repente por edificios de aspecto ofensivo y construidos a toda prisa? Para muchos, se imaginaba, la reacción automática era la tristeza, la rabia o alguna forma de duelo. Durante toda su vida, sin embargo, Lyle no había hecho más que ver cómo su pueblo natal, Redford, su calle principal, sus tiendas, sus restaurantes, bares e iglesias se iban vaciando hasta tener que cerrar, y con el tiempo los locales quedaban abandonados o incluso se venían abajo. Y para Lyle, aquello suponía una tragedia mayor que la del avance del comercio, pues mucho de lo que una vez había amado había desaparecido para siempre".
En una comunidad profundamente religiosa, desde la muerte de su único hijo, siendo un bebé, Lyle mantiene una relación difícil con Dios: "Era como si, desde entonces, le hubieran drenado la voluntad de creer, la energía para hacerlo". Lo cual no es obstáculo para que el pastor luterano de la localidad, Charlie, sea uno se sus mejores amigos. Tampoco para seguir acudiendo a su iglesia de siempre (donde fue bautizado y confirmado, donde se casó y donde se celebrará su funeral), si bien más por rutina que por fe: "Aunque Lyle había dejado de creer, nunca dejó de ir a la iglesia del todo. De hecho, con frecuencia sospechaba que no era el único, que millones de cristianos, judíos, musulmanes, budistas, taoístas y mormones de todo el mundo acudían a sus iglesias, templos y mezquitas tanto por rutina u obligación como por fe o convicción reales".
Ahora su vida gira en torno a Peg (que "lo había asido de la mano mucho tiempo atrás y que no lo iba a dejar caer por más que ambos estuvieran asomados a un precipicio que se desmoronaba"); a su amigo Hoot (unos años mayor, fumador empedernido y de salud frágil); al huerto de manzanos propiedad de los excéntricos Otis y Mabel Haskell, donde trabaja algunas horas cada día no por lo poco que le pagaban a cambio, "sino porque los ciclos del huerto le brindaron algo que había estado echando en falta sin ni siquiera darse cuenta: sentido"; y, sobre todo, a su nieto Isaac, vástago de su hija adoptiva, la compleja Shiloh, que hace cinco años regresó a casa como joven madre soltera.
La tragedia y el conflicto irrumpirán en la vida de Lyle y Peg cuando Shiloh entable relación con una iglesia no denominacional de creencias fundamentalistas, entre las que destaca la curación de cualquier enfermedad a través de la oración. En un entorno sectario, el alejamiento de Shiloh y, con ella, de Isaac, de su madre y padre adoptivos, se acrecentará cuando la joven inicie una tóxica relación sentimental con Steven, el pastor de esa iglesia.
A partir de este momento, Lyle tendrá que enfrentarse a la tarea de cuidar de su amigo Hoot, afectado por un cáncer, de salvar el huerto de manzanos, amenazado por una fuerte helada en el mes de mayo y, por encima de todo, de recuperar a su nieto y a su hija. Tres luchas relacionadas, tres luchas que pueden leerse como una misma batalla por la vida: "Estamos salvando un huerto. Supongo que hay cosas más disparatadas en el mundo que salvar árboles".
Una hermosa novela de sentimientos y emociones, con descripciones de paisajes, ambientes y personajes sutiles y profundas. Unas historias que, pese a la distancia geográfica y cultural, podemos sentir como propias.
domingo, 3 de noviembre de 2019
El bosque de los urogallos
El bosque de los urogallos
Traducción de Regina López Muñoz
Volcano, 2018
Como ya he contado, descubrí a Mario Rigoni Stern gracias a Philippe Claudel, que en su libro Bajo el árbol de los toraya hace una elogiosa referencia a este autor italo-fronterizo. Tras disfrutar de sus tres libros editados por Pre-Textos -Historia de Tönle, El sargento en la nieve y Estaciones- estos días he leído El bosque de los urogallos, la segunda de sus obras, publicada originalmente en 1962.
sábado, 28 de septiembre de 2019
Donde viven los caracoles
Mario Gaviria, El buen salvaje (De urbanitas, campesinos y ecologistas varios), El Viejo Topo, 1981
Emilio Barco se confiesa víctima de un desarraigo producto del amor y de la esperanza en brindarle un futuro mejor:
Terminé la escuela a los catorce años y la alianza del maestro, el cura y mi madre torcieron el surco. Decidieron que yo no iba a ser campesino, sino "letrado", en los términos que escribe Raúl Iturra. Comenzó el proceso de desarraigo. Cuanto más sabía de complementos directos, declinaciones del rosa-rosae y de ecuaciones de primer grado, menos sabía de podar, sembrar y esparrar.
Pero aunque su juventud de estudiante transcurrió a caballo (en realidad, "a tren") entre su pueblo y Alfaro, primero, y Zaragoza, después, su madurez laboral entre su pueblo y Logroño, y aunque se considere a sí mismo un re-arraigado no pleno -"Volví a las ciruelas, a las viñas, a los olivos. Empecé a arraigarme de nuevo. Pero yo ya no era un campesino como mi padre, era un letrado"-, su libro es el fruto cultivado de una profunda sensibilidad hacia unos pueblos y unas gentes, unas tareas y unos conocimientos, que el capitalismo urbano ha condenado a la desaparición.
Hay capítulos que se leen como un breve y delicioso relato etnográfico -"La vara de fresno", "La era de mi abuelo", "Jacinto Sagarna, el pastor del Gorbea", "¿A cómo cuentas?". Hay también atinados análisis sobre (contra) la Política Agraria Común y la empresarialización de la agricultura. También encontramos sentidas descripciones de la vida en el medio rural: de sus transformaciones durante los años cincuenta, sesenta y setenta -"Cuando nos quedamos sin cabras y sin curas", "De la boina a la visera de propaganda"-, del papel fundamental de las mujeres campesinas -"La Teresa"-, de la vendimia tradicional -"El sexto sentido", "¡Chiquitos, cortádmelas por lo marrón!"- y de la otra -"La otra cara de la vendimia", "Lo pequeño es hermoso"-...
Un libro surgido desde las entrañas, sentido y trabajado como un campo de cultivo. Un libro a ratos airado, pero siempre sensible y encarnado, pleno de sentido:
¿Cómo se puede entender que estos días los agricultores estén tirando los melocotones en las graveras, que el Estado les pague por hacerlo y que una gran parte de la población no coma fruta porque sus medios económicos no se lo permiten al precio que está en el mercado?
Espero que sea un libro muy leído.
sábado, 25 de mayo de 2019
Tierra de mujeres
Tierra de mujeres. Una mirada íntima y familiar al mundo rural
Seix Barral, 2019.
María Sánchez nació en Córdoba en 1989. Es veterinaria de campo, como lo fueron su padre y su abuelo. Pero ella es mujer desarrollando un trabajo de hombres en un mundo de hombres que se asombra al verla aparecer con su furgoneta. Ser la primera veterinaria de su familia pudo tapar durante un tiempo el hecho de ser, también, “la primera nieta, la primera hija, la primera sobrina”. La presencia e influencia de su padre y su abuelo sobrepuesta a la de las mujeres de su familia.
“¿Por qué ellas no ocupaban un espacio importante entre mis referentes? ¿Por qué no fueron nunca el ejemplo a seguir? ¿Por qué de niña no quería ser como ellas?”. Mujeres silenciadas, relegadas a las sombras de la vida rural, a pesar de ser esenciales para el mantenimiento y la reproducción de ese mundo. Como las raíces de los árboles. “Todos aquellos a los que admiré y seguí: científicos, ecologistas, pensadores, veterinarios, pastores, agricultores, jornaleros, ganaderos, conservacionistas, divulgadores, todos ellos, todos, absolutamente todos, hombres”. Nombres de varones con tanta resonancia en nuestro país como los de Miguel Delibes o Félix Rodríguez de la Fuente.
Para rescatar a esas mujeres del silencio y del olvido María Sánchez ha escrito un libro reflexivo, sosegado: no en vano es autora del poemario Cuaderno de campo (La Bella Varsovia, 2017). Pero es también un texto recio en favor de unas mujeres rurales olvidadas incluso por las otras mujeres, por las mujeres urbanas que impulsan esa esperanzadora revuelta cargada de futuro que es el Ocho de Marzo y todo lo que simboliza y reivindica. Ciudadanas menos aún que de segunda, por ser mujeres que viven en un mundo rural habitado por ciudadanos de segunda, excluidos del acceso a los servicios básicos de salud, educación, cultura o infraestructuras. De ahí su llamamiento a construir “un feminismo de hermanas y tierra”.
“Vivimos a costa de nuestros márgenes”, lamenta María Sánchez. Estos márgenes son la naturaleza ferozmente explotada, reducida a mero recurso, pero también las personas que cultivan los campos y crían el ganado que consumimos sin preguntarnos nada sobre esa persona que hace posible nuestra comida, por su historia, por sus condiciones laborales y de vida… “Cogemos la comida de las baldas y la tiramos sin más al carrito de la compra. Como si lo que acaban de soltar nuestras manos se hubiera formado allí mismo, en el supermercado, como si viniera de la nada, sin un recorrido ni una historia detrás”.
El libro de María Sánchez es un canto de amor a esos márgenes de nuestra sociedad urbana: unos márgenes –un medio rural, unos pueblos- radicalmente innovadores, donde se mantienen y recrean lazos humanos y proyectos vitales sustentados, en la mayoría de los casos, por mujeres. De ahí su firme convicción: “No somos la España vacía. Somos un territorio lleno de vida. De personas, de historias, de oficios, de comunidades”. De mujeres.



















