https://www.researchgate.net/publication/400638519_Fronteras_del_miedo
Aniztasunaren eskola / Escuela de la diversidad
Barakaldo, 10 febrero
Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
https://www.researchgate.net/publication/400638519_Fronteras_del_miedo
Aniztasunaren eskola / Escuela de la diversidad
Barakaldo, 10 febrero
Comparto el texto a partir del cual planteé mi intervención en el TOPAKI 2024, encuentro de voluntarias
y voluntarios de Cáritas Euskadi (Irún, 9 de marzo).
[1] Acoger es un
verbo que indica relación. Acoger es cosa de al menos dos. Aunque quien acoge
lo hace porque puede y quien es acogida o acogido lo es porque lo necesita, la
acogida no admite jerarquías, es incompatible con el ejercicio de poder de una
parte sobre la otra. Acoger no es
simplemente recoger; acoger no es un acto de soberanía, de libertad
absoluta por parte de quien acoge, que decide si lo hace o no, y cómo lo hace. Se recogen objetos, pero se acogen personas.
[2] La acogida no es
un acto meramente instrumental (admitir, albergar, recibir o refugiar a alguien
de cualquier manera) sino una acción fuertemente emocional, cargada de
sentimientos. Acoger es acompañar y sentirse acompañada, es aceptar sin
condiciones a la persona acogida, tal como es.
[3] Acoger no es escoger. No acogemos a
quien nos interesa (por afinidad, simpatía o comodidad). No se elige acoger, la acogida se nos impone, aunque esta
imposición sea, paradójicamente, libremente aceptada. Hay, debe haber, una disposición para la acogida previa al hecho
mismo de acoger. Sin esta predisposición es muy improbable que la acogida
se produzca. La predisposición a acoger es la de la persona samaritana que,
cuando se encuentra inesperadamente con la persona caída en el camino, no duda,
no tiene que plantearse nada, no tiene que calcular nada, no tiene que decidir
nada porque ya tiene la decisión tomada: la persona y la comunidad acogedora ya
tiene preparada una mirada, una palabra, un abrazo, un plato, una cama, un
lugar al servicio de quien lo necesite.
[4] Escribe bell
hooks en Todo sobre el amor:
“Convendría empezar a considerar el amor como una acción más que como un
sentimiento, puesto que de este modo asumiríamos automáticamente una parte de
responsabilidad por ello”. Acoger es un
acto de amor. Un acto que exige esfuerzo y compromiso por nuestra parte, un
ejercicio de responsabilidad. Y la responsabilidad es una respuesta que no se
explica ni se sostiene por nuestra libre y soberana voluntad, sino por el
reconocimiento de una obligación para con el prójimo. En palabras de Simone
Weil, “hay obligación hacia todo ser humano por el mero hecho de serlo, sin que
intervenga ninguna otra condición, e incluso aunque el ser humano mismo no
reconozca obligación alguna”. Esta obligación no se basa en una convención, es
eterna e incondicionada. «Es preciso reconocer -escribe por su parte Franco
Crespi- que la relación con el otro no depende de una elección personal;
tenemos una deuda con él que hemos contraído aún antes de reconocer su
existencia». En efecto, existe una trama de vinculaciones entre los seres
humanos derivada de nuestra naturaleza social que nos compromete con unas
obligaciones cuya ignorancia no exime de su cumplimiento. Una responsabilidad
que puede llegar hasta el sacrificio del propio interés.
[5] Como dice Jean-Claude Carrière, todas venimos al mundo con la etiqueta de
“frágil”. Somos humanas, humanos porque somos con otras y con otros.
Todavía más: somos humanos gracias a otros, a cualquier otro. Somos humanas
porque otras personas nos han ofrecido gratuitamente su amor, su cuidado, su
atención. Lo que nos hace humanos no es la sangre o la cultura compartida: más
allá del hecho físico del nacimiento, lo único que resulta absolutamente
imprescindible para desarrollarnos como personas es que otras personas (no
importa que no sean de nuestra sangre o de nuestra cultura) nos acojan con amor
en unos momentos en los que somos absolutamente indefensos y dependientes.
Somos “animales racionales y dependientes”. Las dos cosas. De la dependencia no se sale, con la dependencia se vive y, sobre todo,
se convive, con el objetivo de mantener el mayor nivel de autonomía posible
en cada situación o momento de la vida. De autonomía, no de independencia. Y
porque somos constitutivamente dependientes, somos también necesariamente seres
que recibimos y damos cuidados de manera permanente. No somos más ni mejores
ciudadanas o ciudadanos cuanto menos practicamos el cuidado mutuo, al
contrario: ciudadanía y cuidadanía son una misma cosa. Nos
lo recuerda la politóloga Joan Tronto: “Una ética del cuidado es una
aproximación a la vida personal, social, moral y política que parte de la
realidad de que todos los seres humanos necesitamos y recibimos cuidado y damos
cuidado a otras y otros. Las relaciones de cuidado son parte de lo que nos
identifica como seres humanos”.
[6] En FRATELLI TUTTI el Papa
Francisco afirma lo siguiente, vinculando esta encíclica con su anterior
LAUDATO SI: “Cuidar el mundo que nos rodea y contiene es cuidarnos a nosotros
mismos. Pero necesitamos constituirnos en un «nosotros» que habita la casa
común”. Por su parte, la politóloga Joan Tronto, junto con otra autora,
Berenice Fisher, definían así el cuidado hace ya unos años: “Una actividad de
especie que incluye todo aquello que hacemos para mantener, continuar y reparar
nuestro «mundo» de tal forma que podamos vivir en él lo mejor posible. Ese
mundo incluye nuestros cuerpos, nuestros seres y nuestro entorno, todo lo cual
buscamos para entretejerlo en una red compleja que sustenta la vida”. ¿Cómo andamos de cuidado en nuestras
comunidades? En todos los niveles: en el personal, en el relacional, en el
interno de la comunidad, en su entorno más cercano, más allá de este entorno
local. ¿Cuáles son los tiempos y los
espacios de nuestra vida? Cuando decimos que no tenemos tiempo, ¿a qué
opciones estamos renunciando y por cuáles estamos apostando? ¿Cuáles son los
espacios sociales en los que transcurre nuestra vida cotidiana? ¿En los
espacios públicos, locales, físicos, comunes, compartidos, o en espacios
privados, exclusivos, deslocalizados, virtuales? ¿Y cómo son los tiempos y
espacios en nuestras comunidades parroquiales?
[7] Acoger demanda de
nosotras y nosotros una cierta despreocupación por lo propio; nos exige des-ocuparnos de tantas preocupaciones y
ocupaciones que no dejan espacio, ni mental ni físico, para hacer sitio a otras
personas y a sus necesidades. “Vivir de una forma sencilla hace que amar
sea fácil. La decisión de vivir con sencillez aumenta nuestra capacidad de
amar”, dice bell hooks. Pero esto no es en absoluto sencillo, en estos tiempos
dominados por la incertidumbre y los miedos, donde nuestra propia vida la
experimentamos cargada de inseguridades y necesidades, siendo muy atractiva la tentación de pensar que la comunidad
acogedora debe serlo, en primer lugar, para nosotras mismas, que debe ser
una comunidad que nos resguarde, que proteja lo nuestro y a los nuestros. Surge
aquí una pregunta esencial: ¿para qué
queremos construir comunidad? ¿para quién? ¿para nosotras, para nuestra
propia seguridad o satisfacción? Tenemos que diferenciar entre dos ideales de comunidad muy distintos:
·
Por
un lado estaría la comUNIDAD:
pensada y construida desde una perspectiva unionista, homogeneizadora, que
privilegia el sujeto identitario (“¡Nosotros”) frente a los valores y los fines
de la construcción comunitaria (un poco al modo del trumpismo y populismos
similares, que enarbolan la bandera de volver a hacer grande, o fuerte, o
unida, o segura la comunidad nacional sin preocuparse de por qué o para qué).
Se trata de comunidades defensivas, temerosas, cerradas, excluyentes.
·
Por
otro lado estaría la COMUNidad:
imaginada y construida desde una perspectiva abierta a la complejidad y a la
diversidad internas, también a las realidades exteriores a la propia comunidad.
No se cierra, aspira a ser lo más incluyente posible, hospitalaria, acogedora,
solidaria, servicial.
¿A qué
tipo de comunidad aspiramos?
Por cierto: estamos a pocos metros de
la frontera con Francia. Una
frontera interior que no debería existir en la Unión Europea. Pero existe. Y mata. No como el Mediterráneo, como ese
terrible Mare Mortum, pero sí por las
mismas razones: las fronteras están ahí
para nuestra protección. Por eso las fronteras políticas son, sobre todo, fronteras éticas, en las que se juega
radicalmente la construcción de la comunidad, del Nosotras/Nosotros con el que
nos identificamos y hacia el que nos sentimos responsables… o no. Os ruego un
momento de reflexión, silencio y oración por las víctimas de esta y de todas las fronteras. Por nuestros hermanos Tessfit Temzide, Yaya Karamoko, Abdoulaye Koulibaly,
Sohaïbo Billa, Ibrahim Diallo, Mohamed Kemal, Fayçal Kamadouche, Abderraman Bas…
[8] La predisposición
a acoger es una invitación permanente para que quien nos necesite sepa con
seguridad que va a contar con nosotras sin reservas, sin condiciones. Quienes
preguntan “Señor, ¿cuándo te vimos
hambriento o sediento, inmigrante o desnudo, enfermo o encarcelado y no te
socorrimos?” (Mt 25, 44) lo hacen porque esperan que la persona necesitada
se acomode a sus propias expectativas. ¡Si fuese un inmigrante, un pobre o un
preso como imaginamos a Jesús claro que lo socorreríamos, faltaría más! Pero es
que estas personas no parecen ser como Jesús, no nos gustan, nos incomodan…
Deberíamos hacer el ejercicio de imaginar cuáles son las nuevas categorías de
“hermanas y hermanos menores” de Jesús a quienes invisibilizamos en la
actualidad, cuyas necesidades y sufrimientos desatendemos y por las que nos
preguntarán el día del juicio.
[9] Y ahora,
preguntémonos: ¿acogemos o escogemos?
¿acogemos sólo lo que nos va bien, lo que “nos encaja”, o nos desencajamos y
nos encogemos para hacer espacio a cualquiera que lo precise? Porque excluir de
nuestras comunidades a aquellas y aquellos que no encajan (porque tienen modos
de vida alejados o incluso aparentemente opuestos a los nuestros) es,
literalmente, excluir a Cristo.
[10] Acoger exige de
nosotras, personas y comunidades cristianas, un ejercicio de encogimiento. Una comunidad acogedora es aquella que no
recoge, que no escoge y que se encoge para hacer sitio a quienes acoge. Acoger es encoger(nos), apretarnos, asumir
con alegría la incomodidad derivada de hacer sitio a las otras, a los otros,
especialmente a quienes más lejos están de nuestra forma de entender y vivir la
existencia.
[11] Acoger es,
también, un acto espiritual. “Mi
vida se sustenta sobre la convicción de que Dios es amor, que el amor lo es
todo, que es nuestro verdadero destino. Afirmo estas creencias por medio de la
meditación y la oración diaria, de la contemplación y la ayuda a los demás, de
la participación en el culto y la disposición afectuosa hacia los que están
cerca de mí” (bell hooks). Una mística
de ojos abiertos, como la que nos propone Johann Baptist Metz: “La fe
cristiana es, a no dudarlo, una fe buscadora de justicia. Ciertamente, los
cristianos deben ser místicos, pero no exclusivamente en el sentido de una
experiencia individual espiritual, sino en el de una experiencia de solidaridad
espiritual. Han de ser «místicos de ojos abiertos». Son ojos bien abiertos los
que nos hacen volver a sufrir por el dolor de los demás: los que nos instan a
sublevarnos contra el sinsentido del dolor inocente e injusto; los que suscitan
en nosotros hambre y sed de justicia, de una justicia para todos”.
[12] En Las
gratitudes, un libro absolutamente recomendable, la escritora Delphine
de Vigan cuenta la historia de Michka, una anciana francesa de origen judío
que, de un día para otro, se ve ingresada en una residencia geriátrica cuando
empieza a perder su autonomía. Siendo una niña, una familia la acogió, la
ocultó entre 1942 y 1945, durante la ocupación nazi de Francia, y así pudo
evitar su deportación a Alemania. Encontrar a aquella familia se ha convertido
en el último objetivo de su existencia. La joven Marie es vecina y amiga de
Michka. Esta cuidaba de ella cuando su madre se ausentaba y la dejaba sola en
casa, a veces durante días. Fue Michka, que nunca quiso tener hijos ni formar
una familia, quien actuó como una verdadera madre para Marie. Jérôme trabaja
como logopeda en la residencia de Michka. Dos veces por semana se reúne con
ella para intentar retrasar el avance de la afasia que hace que cada día le
cueste más encontrar las palabras con las que comunicarse. Sus conversaciones
con la anciana le llevarán a reflexionar sobre su relación con sus propios
padres y acabará implicándose en la búsqueda de la pareja que protegió a
Michka. Hay una rueda invisible que nos conecta en un ciclo de necesidades y
favores, de ayudas y deudas. Esta breve novela es una conmovedora aproximación
a la vejez, pero también una gozosa celebración de la humanidad, el compromiso
y el amor. "¿Os habéis preguntado
alguna vez cuántas veces en la vida habéis dado realmente las gracias? Unas
gracias sinceras. La expresión de vuestra gratitud, de vuestro agradecimiento,
de vuestra deuda. ¿A quién?".
[13] Yo hoy quiero daros las gracias a todas vosotras y a
todos vosotros, personas voluntarias en Cáritas, “obreros de la caridad y sembradores de esperanza”, recogiendo la hermosa
expresión utilizada por Francisco en su intervención con motivo del 50
aniversario de la fundación del Secretariado por la Justicia Social y la
Ecología de la Compañía de Jesús, en noviembre de 2019. Pero sobre todo a
vosotras, a las mujeres.
El domingo pasado,
como hicieron también hace un año, nuestras hermanas del movimiento REVUELTA DE MUJERES EN LA IGLESIA se
concentraron en diversas ciudades españolas. En su manifiesto decían, entre
otras cosas, esto:
Queremos hacer
visible nuestro trabajo incansable y gratuito. Las mujeres somos mayoría
aplastante en el voluntariado, en las celebraciones religiosas, en catequesis,
en pastoral, en la acción social con las personas más empobrecidas, en los
movimientos eclesiales, en la enseñanza, en la vida religiosa… Somos las manos
y el corazón de la Iglesia, pero se nos niega la palabra, tener voz y voto, la
toma de decisiones y el liderazgo en los ámbitos oportunos, como se ha puesto
de manifiesto, una vez más, en el Sínodo de la Amazonía. ¿Qué sería de la
Iglesia y de las iglesias si dejáramos de hacer todos estos trabajos, porque
estamos cansadas de la invisibilidad y de la injusticia?
Trabajamos en la
Iglesia, porque es nuestra comunidad de referencia para vivir el Evangelio.
Seguiremos trabajando en ella para que podamos recuperar la comunidad de
iguales que trajo Jesús.
En el libro Espiritualidad
y fortaleza femenina la teóloga María José Arana recuerda que el Libro
del Éxodo contiene la historia de Sifra y Púa, dos comadronas egipcias
encargadas por el faraón de asistir a los partos de las mujeres judías con la
orden expresa de no dejar con vida a ningún varón. Y de cómo estas dos mujeres
desobedecieron esa orden, arriesgando sus propias vidas, “porque temían a Dios”
(Ex 1, 15-21). “Estas mujeres eran auténticas parteras, comadronas, que quiere decir, colaboradoras con la vida, ayudadoras
en la venida del mundo”, escribe María José Arana; que continúa diciendo: “La complicidad solidaria de las mujeres es
un acto valiente de piedad salvadora que, saltando por encima de las
diferencias, de las leyes injustas, y arrostrando las dificultades, las
amenazas y prohibiciones, posibilita la vida y abre la puerta de la historia de
la gran liberación del pueblo judío, que reconocemos con el nombre de
Éxodo. Estas mujeres posibilitaron el futuro, porque sin este acto, el pueblo
judío hubiera sido totalmente suprimido”.
Un futuro que tuvo
continuidad, de nuevo, gracias a otras dos mujeres egipcias, la hija del faraón
y su doncella, que salvaron a Moisés a sabiendas de que era uno de esos niños
hebreos que no debían vivir (Ex 2, 6). “Me parece muy importante subrayar
–escribe María José Arana- cómo precisamente las mujeres no sólo violaron las
leyes, sino que también […] saltaron por
encima de las barreras sociales, raciales, religiosas…; desafiaron la realidad que se les imponía
desde el poder y fueron capaces de tender
puentes hacia los pueblos «enemigos»…, ayudando
a que naciera una nueva vida donde los poderes y los varones habían programado
simplemente la muerte”.
Como leemos en el
relato de la resurrección que hace el evangelio de Lucas, “algunas mujeres nos
han sobresaltado”. Fueron ellas las primeras que dieron testimonio de la
resurrección, dando así inicio a lo que la muerte parecía haber finalizado.
Siempre habéis sido creadoras y cuidadoras de la vida, barreras contra la
muerte, generadoras de esperanza. Ayer y hoy. Fundamento de nuestras
comunidades, tanto cristianas como sociales. Maestras de la acogida y el cuidado.
Gracias.
Hace treinta años
comenzó a andar el Centro La Bariega, imaginado como un Centro Comunitario
Abierto de Cáritas de la Unidad Pastoral de Sestao.
Centro Comunitario
Abierto. No sé si os habéis parado a pensar en todo lo que se contiene bajo
esta denominación. Seguramente sí, seguro que lo habéis pensado. Pero a veces
las últimas personas en ser conscientes del alcance de sus acciones son las
personas que las protagonizan. Especialmente cuando quienes lo hacen son la
gente de a pie, la gente normal, que no aspira a hacer historia sino a hacer lo
que debe hacer, que no hace las cosas para que su nombre sea recordado en el
futuro sino para responder a los retos del presente.
Lo explicaba
perfectamente Carmelo Corada en una conversación en Radio Popular: “queremos un
proyecto fuerte, sólido, comunitario, de todo Sestao y para todo Sestao,
abierto a la comunidad”.
Una comunidad
abierta: suena muy bien, de hecho es como debe sonar, pero no es en absoluto
sencillo lograrlo. Al contrario, y sobre todo en los tiempos actuales, las
comunidades tienden a cerrarse sobre sí mismas, como protección de quienes
están dentro.
Alguna vez he
reflexionado sobre esto jugando con dos formas de entender la comunidad:
·
Como
“conUNIDAD”
·
Como
“COMUNidad”
Todo indica que La
Bariega fue concebida como COMUNidad, como un espacio abierto, acogedor,
incluyente.
Hace 30 años, a
principios de los Noventa, Sestao era un municipio muy distinto del Sestao de
hoy, en muchas cosas. También eran otras las circunstancias que llevaron a
Cáritas a impulsar un proyecto como este, otras las personas que encontraron su
espacio en La Bariega. Momentos distintos, perfiles distintos.
Hoy son otras las
circunstancias, también las de las más de 80 personas a las que atiende el
proyecto. Pero su razón de ser sigue siendo la misma: ser comunidad abierta.
¿Para hacer qué?
[II] “Caminamos
despacio porque vamos lejos”. Uno de los lemas más conocidos y más hermosos del
movimiento zapatista.
La Bariega lleva 30
años caminando despacio. Quien, sin conocer el proyecto por dentro, en toda su
encarnadura, y se quede con la literalidad de lo que decís en vuestra
información (muy escasa, por cierto: como se nota que, como buenas voluntarias
y voluntarios de Cáritas lo que os interesa es ser conocidas por vuestras
obras) es probable que piense que lo que hacéis es algo como de otros tiempos,
como si os hubierais quedado por el camino.
Se trabaja
principalmente en dos ámbitos de intervención: Promoción Social y Personal y
Relaciones Familiares e Infancia. En el Área de Promoción Social y Personal se
trabajan las capacidades de aprendizaje, la autonomía y el autocuidado, la comunicación,
el sentido de pertenencia y la relacionalidad, la alfabetización digital, la
activación sociolaboral. En el Área de Relaciones Familiares e Infancia se
abordan cuestiones relativas al cuidado y educación de hijos e hijas, costura,
cocina.
Con todo lo que ha
cambiado el mundo en estos 30 años, ¿todavía estáis con esas cosas? Se trata de
cosas muy básicas, aparentemente simples, sin glamour, sin brillo. En realidad,
se trata de dimensiones y competencias fundamentales, los cimientos de una vida
auténticamente humana: la autonomía personal y la vinculación social. Sin estos
cimientos, todo lo que queramos construir (todos esos grandes conceptos como
creatividad, emprendimiento, participación, desarrollo, activación, etc.) no
será más que castillos en el aire.
Pero vosotras y
vosotros sois más de tierra que de aire, sois caminantes, y caminantes por unos
senderos no precisamente sencillos. Caminos sin asfaltar, empinados, poco
iluminados. Esos son los caminos que habéis elegido y al recorrerlos habéis
tenido la misma experiencia que tuvieron Cleofás y su compañero al hacer el
camino que llevaba de Jerusalén a Emaús: por el camino os habéis encontrado con
vuestro prójimo y, al hacerlo, habéis caminado con Jesús.
Nunca os habéis
quedado paradas ni os habéis confundido de camino. Camináis despacio porque
vais muy lejos. Hacia la inclusión social, ni más ni menos.
Y la auténtica
inclusión se construye desde la base, en la cotidianeidad, en el día a día, en
el encuentro horizontal, entre iguales, en el reconocimiento. En fraternidad.
[III] 30 años caminando en fraternidad.
Caminar juntas,
caminar muchas, hacerlo sin dejar a nadie atrás, al ritmo de quienes, por la
razón que sea, necesitan ir más despacio.
Esto es algo que
siempre me ha gustado del montañismo, avanzar juntas, cada uno con nuestro
propio ritmo, pero intentando acompañar a quien avance más lento. Parando
tantas veces como sea necesario para reagruparnos. Porque el objetivo no es
llegar rápido, ni siquiera llegar, sino llegar todas y todos.
No es fácil hacerlo.
Vivimos tiempos en los que la velocidad, la rapidez, el éxito, son la norma.
Pero se trata de una norma que crea, necesariamente, exclusión. Son muchas las
circunstancias de la vida que hacen que caminemos más despacio, que nos
extraviemos en el camino, incluso que tengamos que detenernos. El camino de la
vida es muy complicado; lo sabéis bien por experiencia.
No se trata de que
haya personas rápidas y personas lentas. Todas y todos tenemos momentos en
nuestra vida en los que podemos avanzar más rápidamente, y otros muchos en los
que las fuerzas parecen abandonarnos y las piernas y los pulmones no nos
responden.
Somos seres frágiles,
vulnerables. Esto no es una debilidad, sino la condición humana. Caemos
enfermas, nos deprimimos, sufrimos pérdidas, necesitamos apoyo, una palabra
amable, una mirada de cariño.
Por eso no entiendo
la moda actual de las carreras de montaña. Yo soy más de caminar en grupo,
disfrutando de la compañía, apoyando y sintiéndome apoyado. Como hacéis
vosotras y vosotros. Como lleváis haciendo desde hace 30 años.
Por cierto: antes me
he referido al lema zapatista de caminar despacio porque vamos lejos. Pues
resulta que el movimiento zapatista llama “Caracoles” a los territorios y los
municipios sobre los que tiene influencia y a partir de los cuales ha querido
construir otro Méjico posible.
¿No os parece que La
Bariega es un poco esto, un “caracol”? Porque avanza despacio, paciente, pero
avanza sin desánimo: ¡30 años ya, y los que vendrán!
Porque, como la
concha de los caracoles, La Bariega es un hogar, una casa para quienes
necesitan reconocimiento, acogida, apoyo.
Y porque La Bariega,
como tantas iniciativas de solidaridad sostenidas por el voluntariado social,
es un territorio de posibilidades, una
zona liberada, en el sentido
en que utilizaba esta expresión mi querido y recordado amigo Chema Mardones.
Decía Mardones que la tarea que hoy nos desafía es la de crear «espacios
verdes» en los que se ponga de manifiesto la posibilidad de otro estilo de
vida; «nichos ecológicos» en los que pueda sembrarse y madurar una alternativa
cultural y de valores a esta sociedad del tener: «Frente al carrerismo, la
competitividad, el consumo, el afán de dinero, el exhibicionismo y la banalidad
del yuppismo neoconservador, hay que presentar el atractivo de la vida
sencilla, austera, centrada en el ser uno mismo radicalmente, en el encuentro
con los otros y la solidaridad con los dolientes y menos favorecidos de nuestro
tiempo.» Zonas liberadas en las que sea realmente posible hacer que florezca lo
inédito viable de la realidad (Paulo
Freire).
[IV] Ha querido la casualidad que estemos celebrando este
aniversario en una Escuela de Música.
Construir comunidad
es como componer un canto o una melodía, como formar una coral o una orquesta.
Exige combinar diversidad y unidad para evitar la cacofonía y lograr la
polifonía.
Sestao es hoy más
diversa que hace 30 años, cuando ya lo era, y mucho. Nuevas diversidades
colorean sus calles. Pero las necesidades y las aspiraciones de quienes las
caminan son básicamente las mismas: reconocimiento, acogida, apoyo,
acompañamiento, encuentro, participación.
La Bariega es mucho más que un buen lugar, que un buen espacio físico. Es un camino, es una sinfonía. Por muchos años.
J.G. Ballard, Rascacielos, Alianza, Madrid 2018 (traducción de David Tejera Expósito).