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martes, 10 de febrero de 2026

Fronteras del miedo: discursos antimigración y auge reaccionario en Europa

 

https://www.researchgate.net/publication/400638519_Fronteras_del_miedo 

Aniztasunaren eskola / Escuela de la diversidad

Barakaldo, 10 febrero 

viernes, 15 de marzo de 2024

Ser y hacer comunidad acogedora

 


Comparto el texto a partir del cual planteé mi intervención en el TOPAKI 2024, encuentro de voluntarias y voluntarios de Cáritas Euskadi (Irún, 9 de marzo).

 

 

[1] Acoger es un verbo que indica relación. Acoger es cosa de al menos dos. Aunque quien acoge lo hace porque puede y quien es acogida o acogido lo es porque lo necesita, la acogida no admite jerarquías, es incompatible con el ejercicio de poder de una parte sobre la otra. Acoger no es simplemente recoger; acoger no es un acto de soberanía, de libertad absoluta por parte de quien acoge, que decide si lo hace o no, y cómo lo hace. Se recogen objetos, pero se acogen personas.

[2] La acogida no es un acto meramente instrumental (admitir, albergar, recibir o refugiar a alguien de cualquier manera) sino una acción fuertemente emocional, cargada de sentimientos. Acoger es acompañar y sentirse acompañada, es aceptar sin condiciones a la persona acogida, tal como es.

[3] Acoger no es escoger. No acogemos a quien nos interesa (por afinidad, simpatía o comodidad). No se elige acoger, la acogida se nos impone, aunque esta imposición sea, paradójicamente, libremente aceptada. Hay, debe haber, una disposición para la acogida previa al hecho mismo de acoger. Sin esta predisposición es muy improbable que la acogida se produzca. La predisposición a acoger es la de la persona samaritana que, cuando se encuentra inesperadamente con la persona caída en el camino, no duda, no tiene que plantearse nada, no tiene que calcular nada, no tiene que decidir nada porque ya tiene la decisión tomada: la persona y la comunidad acogedora ya tiene preparada una mirada, una palabra, un abrazo, un plato, una cama, un lugar al servicio de quien lo necesite.

[4] Escribe bell hooks en Todo sobre el amor: “Convendría empezar a considerar el amor como una acción más que como un sentimiento, puesto que de este modo asumiríamos automáticamente una parte de responsabilidad por ello”. Acoger es un acto de amor. Un acto que exige esfuerzo y compromiso por nuestra parte, un ejercicio de responsabilidad. Y la responsabilidad es una respuesta que no se explica ni se sostiene por nuestra libre y soberana voluntad, sino por el reconocimiento de una obligación para con el prójimo. En palabras de Simone Weil, “hay obligación hacia todo ser humano por el mero hecho de serlo, sin que intervenga ninguna otra condición, e incluso aunque el ser humano mismo no reconozca obligación alguna”. Esta obligación no se basa en una convención, es eterna e incondicionada. «Es preciso reconocer -escribe por su parte Franco Crespi- que la relación con el otro no depende de una elección personal; tenemos una deuda con él que hemos contraído aún antes de reconocer su existencia». En efecto, existe una trama de vinculaciones entre los seres humanos derivada de nuestra naturaleza social que nos compromete con unas obligaciones cuya ignorancia no exime de su cumplimiento. Una responsabilidad que puede llegar hasta el sacrificio del propio interés.

[5] Como dice Jean-Claude Carrière, todas venimos al mundo con la etiqueta de “frágil”. Somos humanas, humanos porque somos con otras y con otros. Todavía más: somos humanos gracias a otros, a cualquier otro. Somos humanas porque otras personas nos han ofrecido gratuitamente su amor, su cuidado, su atención. Lo que nos hace humanos no es la sangre o la cultura compartida: más allá del hecho físico del nacimiento, lo único que resulta absolutamente imprescindible para desarrollarnos como personas es que otras personas (no importa que no sean de nuestra sangre o de nuestra cultura) nos acojan con amor en unos momentos en los que somos absolutamente indefensos y dependientes. Somos “animales racionales y dependientes”. Las dos cosas. De la dependencia no se sale, con la dependencia se vive y, sobre todo, se convive, con el objetivo de mantener el mayor nivel de autonomía posible en cada situación o momento de la vida. De autonomía, no de independencia. Y porque somos constitutivamente dependientes, somos también necesariamente seres que recibimos y damos cuidados de manera permanente. No somos más ni mejores ciudadanas o ciudadanos cuanto menos practicamos el cuidado mutuo, al contrario: ciudadanía y cuidadanía son una misma cosa. Nos lo recuerda la politóloga Joan Tronto: “Una ética del cuidado es una aproximación a la vida personal, social, moral y política que parte de la realidad de que todos los seres humanos necesitamos y recibimos cuidado y damos cuidado a otras y otros. Las relaciones de cuidado son parte de lo que nos identifica como seres humanos”.

[6] En FRATELLI TUTTI el Papa Francisco afirma lo siguiente, vinculando esta encíclica con su anterior LAUDATO SI: “Cuidar el mundo que nos rodea y contiene es cuidarnos a nosotros mismos. Pero necesitamos constituirnos en un «nosotros» que habita la casa común”. Por su parte, la politóloga Joan Tronto, junto con otra autora, Berenice Fisher, definían así el cuidado hace ya unos años: “Una actividad de especie que incluye todo aquello que hacemos para mantener, continuar y reparar nuestro «mundo» de tal forma que podamos vivir en él lo mejor posible. Ese mundo incluye nuestros cuerpos, nuestros seres y nuestro entorno, todo lo cual buscamos para entretejerlo en una red compleja que sustenta la vida”. ¿Cómo andamos de cuidado en nuestras comunidades? En todos los niveles: en el personal, en el relacional, en el interno de la comunidad, en su entorno más cercano, más allá de este entorno local. ¿Cuáles son los tiempos y los espacios de nuestra vida? Cuando decimos que no tenemos tiempo, ¿a qué opciones estamos renunciando y por cuáles estamos apostando? ¿Cuáles son los espacios sociales en los que transcurre nuestra vida cotidiana? ¿En los espacios públicos, locales, físicos, comunes, compartidos, o en espacios privados, exclusivos, deslocalizados, virtuales? ¿Y cómo son los tiempos y espacios en nuestras comunidades parroquiales?

[7] Acoger demanda de nosotras y nosotros una cierta despreocupación por lo propio; nos exige des-ocuparnos de tantas preocupaciones y ocupaciones que no dejan espacio, ni mental ni físico, para hacer sitio a otras personas y a sus necesidades. “Vivir de una forma sencilla hace que amar sea fácil. La decisión de vivir con sencillez aumenta nuestra capacidad de amar”, dice bell hooks. Pero esto no es en absoluto sencillo, en estos tiempos dominados por la incertidumbre y los miedos, donde nuestra propia vida la experimentamos cargada de inseguridades y necesidades, siendo muy atractiva la tentación de pensar que la comunidad acogedora debe serlo, en primer lugar, para nosotras mismas, que debe ser una comunidad que nos resguarde, que proteja lo nuestro y a los nuestros. Surge aquí una pregunta esencial: ¿para qué queremos construir comunidad? ¿para quién? ¿para nosotras, para nuestra propia seguridad o satisfacción? Tenemos que diferenciar entre dos ideales de comunidad muy distintos:

·         Por un lado estaría la comUNIDAD: pensada y construida desde una perspectiva unionista, homogeneizadora, que privilegia el sujeto identitario (“¡Nosotros”) frente a los valores y los fines de la construcción comunitaria (un poco al modo del trumpismo y populismos similares, que enarbolan la bandera de volver a hacer grande, o fuerte, o unida, o segura la comunidad nacional sin preocuparse de por qué o para qué). Se trata de comunidades defensivas, temerosas, cerradas, excluyentes.

·         Por otro lado estaría la COMUNidad: imaginada y construida desde una perspectiva abierta a la complejidad y a la diversidad internas, también a las realidades exteriores a la propia comunidad. No se cierra, aspira a ser lo más incluyente posible, hospitalaria, acogedora, solidaria, servicial.

¿A qué tipo de comunidad aspiramos?

Por cierto: estamos a pocos metros de la frontera con Francia. Una frontera interior que no debería existir en la Unión Europea. Pero existe. Y mata. No como el Mediterráneo, como ese terrible Mare Mortum, pero sí por las mismas razones: las fronteras están ahí para nuestra protección. Por eso las fronteras políticas son, sobre todo, fronteras éticas, en las que se juega radicalmente la construcción de la comunidad, del Nosotras/Nosotros con el que nos identificamos y hacia el que nos sentimos responsables… o no. Os ruego un momento de reflexión, silencio y oración por las víctimas de esta y de todas las fronteras. Por nuestros hermanos Tessfit Temzide, Yaya Karamoko, Abdoulaye Koulibaly, Sohaïbo Billa, Ibrahim Diallo, Mohamed Kemal, Fayçal Kamadouche, Abderraman Bas…

[8] La predisposición a acoger es una invitación permanente para que quien nos necesite sepa con seguridad que va a contar con nosotras sin reservas, sin condiciones. Quienes preguntan “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, inmigrante o desnudo, enfermo o encarcelado y no te socorrimos?” (Mt 25, 44) lo hacen porque esperan que la persona necesitada se acomode a sus propias expectativas. ¡Si fuese un inmigrante, un pobre o un preso como imaginamos a Jesús claro que lo socorreríamos, faltaría más! Pero es que estas personas no parecen ser como Jesús, no nos gustan, nos incomodan… Deberíamos hacer el ejercicio de imaginar cuáles son las nuevas categorías de “hermanas y hermanos menores” de Jesús a quienes invisibilizamos en la actualidad, cuyas necesidades y sufrimientos desatendemos y por las que nos preguntarán el día del juicio.

[9] Y ahora, preguntémonos: ¿acogemos o escogemos? ¿acogemos sólo lo que nos va bien, lo que “nos encaja”, o nos desencajamos y nos encogemos para hacer espacio a cualquiera que lo precise? Porque excluir de nuestras comunidades a aquellas y aquellos que no encajan (porque tienen modos de vida alejados o incluso aparentemente opuestos a los nuestros) es, literalmente, excluir a Cristo.

[10] Acoger exige de nosotras, personas y comunidades cristianas, un ejercicio de encogimiento. Una comunidad acogedora es aquella que no recoge, que no escoge y que se encoge para hacer sitio a quienes acoge. Acoger es encoger(nos), apretarnos, asumir con alegría la incomodidad derivada de hacer sitio a las otras, a los otros, especialmente a quienes más lejos están de nuestra forma de entender y vivir la existencia.

[11] Acoger es, también, un acto espiritual. “Mi vida se sustenta sobre la convicción de que Dios es amor, que el amor lo es todo, que es nuestro verdadero destino. Afirmo estas creencias por medio de la meditación y la oración diaria, de la contemplación y la ayuda a los demás, de la participación en el culto y la disposición afectuosa hacia los que están cerca de mí” (bell hooks). Una mística de ojos abiertos, como la que nos propone Johann Baptist Metz: “La fe cristiana es, a no dudarlo, una fe buscadora de justicia. Ciertamente, los cristianos deben ser místicos, pero no exclusivamente en el sentido de una experiencia individual espiritual, sino en el de una experiencia de solidaridad espiritual. Han de ser «místicos de ojos abiertos». Son ojos bien abiertos los que nos hacen volver a sufrir por el dolor de los demás: los que nos instan a sublevarnos contra el sinsentido del dolor inocente e injusto; los que suscitan en nosotros hambre y sed de justicia, de una justicia para todos”.

[12] En Las gratitudes, un libro absolutamente recomendable, la escritora Delphine de Vigan cuenta la historia de Michka, una anciana francesa de origen judío que, de un día para otro, se ve ingresada en una residencia geriátrica cuando empieza a perder su autonomía. Siendo una niña, una familia la acogió, la ocultó entre 1942 y 1945, durante la ocupación nazi de Francia, y así pudo evitar su deportación a Alemania. Encontrar a aquella familia se ha convertido en el último objetivo de su existencia. La joven Marie es vecina y amiga de Michka. Esta cuidaba de ella cuando su madre se ausentaba y la dejaba sola en casa, a veces durante días. Fue Michka, que nunca quiso tener hijos ni formar una familia, quien actuó como una verdadera madre para Marie. Jérôme trabaja como logopeda en la residencia de Michka. Dos veces por semana se reúne con ella para intentar retrasar el avance de la afasia que hace que cada día le cueste más encontrar las palabras con las que comunicarse. Sus conversaciones con la anciana le llevarán a reflexionar sobre su relación con sus propios padres y acabará implicándose en la búsqueda de la pareja que protegió a Michka. Hay una rueda invisible que nos conecta en un ciclo de necesidades y favores, de ayudas y deudas. Esta breve novela es una conmovedora aproximación a la vejez, pero también una gozosa celebración de la humanidad, el compromiso y el amor. "¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces en la vida habéis dado realmente las gracias? Unas gracias sinceras. La expresión de vuestra gratitud, de vuestro agradecimiento, de vuestra deuda. ¿A quién?".

[13] Yo hoy quiero daros las gracias a todas vosotras y a todos vosotros, personas voluntarias en Cáritas, “obreros de la caridad y sembradores de esperanza”, recogiendo la hermosa expresión utilizada por Francisco en su intervención con motivo del 50 aniversario de la fundación del Secretariado por la Justicia Social y la Ecología de la Compañía de Jesús, en noviembre de 2019. Pero sobre todo a vosotras, a las mujeres.

El domingo pasado, como hicieron también hace un año, nuestras hermanas del movimiento REVUELTA DE MUJERES EN LA IGLESIA se concentraron en diversas ciudades españolas. En su manifiesto decían, entre otras cosas, esto:

Queremos hacer visible nuestro trabajo incansable y gratuito. Las mujeres somos mayoría aplastante en el voluntariado, en las celebraciones religiosas, en catequesis, en pastoral, en la acción social con las personas más empobrecidas, en los movimientos eclesiales, en la enseñanza, en la vida religiosa… Somos las manos y el corazón de la Iglesia, pero se nos niega la palabra, tener voz y voto, la toma de decisiones y el liderazgo en los ámbitos oportunos, como se ha puesto de manifiesto, una vez más, en el Sínodo de la Amazonía. ¿Qué sería de la Iglesia y de las iglesias si dejáramos de hacer todos estos trabajos, porque estamos cansadas de la invisibilidad y de la injusticia?

Trabajamos en la Iglesia, porque es nuestra comunidad de referencia para vivir el Evangelio. Seguiremos trabajando en ella para que podamos recuperar la comunidad de iguales que trajo Jesús.

En el libro Espiritualidad y fortaleza femenina la teóloga María José Arana recuerda que el Libro del Éxodo contiene la historia de Sifra y Púa, dos comadronas egipcias encargadas por el faraón de asistir a los partos de las mujeres judías con la orden expresa de no dejar con vida a ningún varón. Y de cómo estas dos mujeres desobedecieron esa orden, arriesgando sus propias vidas, “porque temían a Dios” (Ex 1, 15-21). “Estas mujeres eran auténticas parteras, comadronas, que quiere decir, colaboradoras con la vida, ayudadoras en la venida del mundo”, escribe María José Arana; que continúa diciendo: “La complicidad solidaria de las mujeres es un acto valiente de piedad salvadora que, saltando por encima de las diferencias, de las leyes injustas, y arrostrando las dificultades, las amenazas y prohibiciones, posibilita la vida y abre la puerta de la historia de la gran liberación del pueblo judío, que reconocemos con el nombre de Éxodo. Estas mujeres posibilitaron el futuro, porque sin este acto, el pueblo judío hubiera sido totalmente suprimido”.

Un futuro que tuvo continuidad, de nuevo, gracias a otras dos mujeres egipcias, la hija del faraón y su doncella, que salvaron a Moisés a sabiendas de que era uno de esos niños hebreos que no debían vivir (Ex 2, 6). “Me parece muy importante subrayar –escribe María José Arana- cómo precisamente las mujeres no sólo violaron las leyes, sino que también […] saltaron por encima de las barreras sociales, raciales, religiosas…; desafiaron la realidad que se les imponía desde el poder y fueron capaces de tender puentes hacia los pueblos «enemigos»…, ayudando a que naciera una nueva vida donde los poderes y los varones habían programado simplemente la muerte”.

Como leemos en el relato de la resurrección que hace el evangelio de Lucas, “algunas mujeres nos han sobresaltado”. Fueron ellas las primeras que dieron testimonio de la resurrección, dando así inicio a lo que la muerte parecía haber finalizado. Siempre habéis sido creadoras y cuidadoras de la vida, barreras contra la muerte, generadoras de esperanza. Ayer y hoy. Fundamento de nuestras comunidades, tanto cristianas como sociales. Maestras de la acogida y el cuidado.

Gracias.


miércoles, 20 de septiembre de 2023

lunes, 6 de junio de 2022

La Bariega: 30 años caminando en fraternidad hacia la inclusión social. Aurrera!




 [I] 30 años son muchos años. Más para hacerlos caminando.

Hace treinta años comenzó a andar el Centro La Bariega, imaginado como un Centro Comunitario Abierto de Cáritas de la Unidad Pastoral de Sestao.

Centro Comunitario Abierto. No sé si os habéis parado a pensar en todo lo que se contiene bajo esta denominación. Seguramente sí, seguro que lo habéis pensado. Pero a veces las últimas personas en ser conscientes del alcance de sus acciones son las personas que las protagonizan. Especialmente cuando quienes lo hacen son la gente de a pie, la gente normal, que no aspira a hacer historia sino a hacer lo que debe hacer, que no hace las cosas para que su nombre sea recordado en el futuro sino para responder a los retos del presente.

Lo explicaba perfectamente Carmelo Corada en una conversación en Radio Popular: “queremos un proyecto fuerte, sólido, comunitario, de todo Sestao y para todo Sestao, abierto a la comunidad”.

Una comunidad abierta: suena muy bien, de hecho es como debe sonar, pero no es en absoluto sencillo lograrlo. Al contrario, y sobre todo en los tiempos actuales, las comunidades tienden a cerrarse sobre sí mismas, como protección de quienes están dentro.

Alguna vez he reflexionado sobre esto jugando con dos formas de entender la comunidad:

·        Como “conUNIDAD”

·        Como “COMUNidad”

Todo indica que La Bariega fue concebida como COMUNidad, como un espacio abierto, acogedor, incluyente.

Hace 30 años, a principios de los Noventa, Sestao era un municipio muy distinto del Sestao de hoy, en muchas cosas. También eran otras las circunstancias que llevaron a Cáritas a impulsar un proyecto como este, otras las personas que encontraron su espacio en La Bariega. Momentos distintos, perfiles distintos.

Hoy son otras las circunstancias, también las de las más de 80 personas a las que atiende el proyecto. Pero su razón de ser sigue siendo la misma: ser comunidad abierta.

¿Para hacer qué?

 

[II] “Caminamos despacio porque vamos lejos”. Uno de los lemas más conocidos y más hermosos del movimiento zapatista.

La Bariega lleva 30 años caminando despacio. Quien, sin conocer el proyecto por dentro, en toda su encarnadura, y se quede con la literalidad de lo que decís en vuestra información (muy escasa, por cierto: como se nota que, como buenas voluntarias y voluntarios de Cáritas lo que os interesa es ser conocidas por vuestras obras) es probable que piense que lo que hacéis es algo como de otros tiempos, como si os hubierais quedado por el camino.

Se trabaja principalmente en dos ámbitos de intervención: Promoción Social y Personal y Relaciones Familiares e Infancia. En el Área de Promoción Social y Personal se trabajan las capacidades de aprendizaje, la autonomía y el autocuidado, la comunicación, el sentido de pertenencia y la relacionalidad, la alfabetización digital, la activación sociolaboral. En el Área de Relaciones Familiares e Infancia se abordan cuestiones relativas al cuidado y educación de hijos e hijas, costura, cocina.

Con todo lo que ha cambiado el mundo en estos 30 años, ¿todavía estáis con esas cosas? Se trata de cosas muy básicas, aparentemente simples, sin glamour, sin brillo. En realidad, se trata de dimensiones y competencias fundamentales, los cimientos de una vida auténticamente humana: la autonomía personal y la vinculación social. Sin estos cimientos, todo lo que queramos construir (todos esos grandes conceptos como creatividad, emprendimiento, participación, desarrollo, activación, etc.) no será más que castillos en el aire.

Pero vosotras y vosotros sois más de tierra que de aire, sois caminantes, y caminantes por unos senderos no precisamente sencillos. Caminos sin asfaltar, empinados, poco iluminados. Esos son los caminos que habéis elegido y al recorrerlos habéis tenido la misma experiencia que tuvieron Cleofás y su compañero al hacer el camino que llevaba de Jerusalén a Emaús: por el camino os habéis encontrado con vuestro prójimo y, al hacerlo, habéis caminado con Jesús.  

Nunca os habéis quedado paradas ni os habéis confundido de camino. Camináis despacio porque vais muy lejos. Hacia la inclusión social, ni más ni menos.

Y la auténtica inclusión se construye desde la base, en la cotidianeidad, en el día a día, en el encuentro horizontal, entre iguales, en el reconocimiento. En fraternidad.

 

[III] 30 años caminando en fraternidad.

Caminar juntas, caminar muchas, hacerlo sin dejar a nadie atrás, al ritmo de quienes, por la razón que sea, necesitan ir más despacio.

Esto es algo que siempre me ha gustado del montañismo, avanzar juntas, cada uno con nuestro propio ritmo, pero intentando acompañar a quien avance más lento. Parando tantas veces como sea necesario para reagruparnos. Porque el objetivo no es llegar rápido, ni siquiera llegar, sino llegar todas y todos.

No es fácil hacerlo. Vivimos tiempos en los que la velocidad, la rapidez, el éxito, son la norma. Pero se trata de una norma que crea, necesariamente, exclusión. Son muchas las circunstancias de la vida que hacen que caminemos más despacio, que nos extraviemos en el camino, incluso que tengamos que detenernos. El camino de la vida es muy complicado; lo sabéis bien por experiencia.

No se trata de que haya personas rápidas y personas lentas. Todas y todos tenemos momentos en nuestra vida en los que podemos avanzar más rápidamente, y otros muchos en los que las fuerzas parecen abandonarnos y las piernas y los pulmones no nos responden.

Somos seres frágiles, vulnerables. Esto no es una debilidad, sino la condición humana. Caemos enfermas, nos deprimimos, sufrimos pérdidas, necesitamos apoyo, una palabra amable, una mirada de cariño.

Por eso no entiendo la moda actual de las carreras de montaña. Yo soy más de caminar en grupo, disfrutando de la compañía, apoyando y sintiéndome apoyado. Como hacéis vosotras y vosotros. Como lleváis haciendo desde hace 30 años.

Por cierto: antes me he referido al lema zapatista de caminar despacio porque vamos lejos. Pues resulta que el movimiento zapatista llama “Caracoles” a los territorios y los municipios sobre los que tiene influencia y a partir de los cuales ha querido construir otro Méjico posible.

¿No os parece que La Bariega es un poco esto, un “caracol”? Porque avanza despacio, paciente, pero avanza sin desánimo: ¡30 años ya, y los que vendrán!

Porque, como la concha de los caracoles, La Bariega es un hogar, una casa para quienes necesitan reconocimiento, acogida, apoyo.

Y porque La Bariega, como tantas iniciativas de solidaridad sostenidas por el voluntariado social, es un territorio de posibilidades, una zona liberada, en el sentido en que utilizaba esta expresión mi querido y recordado amigo Chema Mardones. Decía Mardones que la tarea que hoy nos desafía es la de crear «espacios verdes» en los que se ponga de manifiesto la posibilidad de otro estilo de vida; «nichos ecológicos» en los que pueda sembrarse y madurar una alternativa cultural y de valores a esta sociedad del tener: «Frente al carrerismo, la competitividad, el consumo, el afán de dinero, el exhibicionismo y la banalidad del yuppismo neoconservador, hay que presentar el atractivo de la vida sencilla, austera, centrada en el ser uno mismo radicalmente, en el encuentro con los otros y la solidaridad con los dolientes y menos favorecidos de nuestro tiempo.» Zonas liberadas en las que sea realmente posible hacer que florezca lo inédito viable de la realidad (Paulo Freire).

  

[IV] Ha querido la casualidad que estemos celebrando este aniversario en una Escuela de Música.

Construir comunidad es como componer un canto o una melodía, como formar una coral o una orquesta. Exige combinar diversidad y unidad para evitar la cacofonía y lograr la polifonía.

Sestao es hoy más diversa que hace 30 años, cuando ya lo era, y mucho. Nuevas diversidades colorean sus calles. Pero las necesidades y las aspiraciones de quienes las caminan son básicamente las mismas: reconocimiento, acogida, apoyo, acompañamiento, encuentro, participación.

La Bariega es mucho más que un buen lugar, que un buen espacio físico. Es un camino, es una sinfonía. Por muchos años.

lunes, 22 de junio de 2020

Gilead

Marilynne Robinson
Gilead
Traducción de Montserrat Gurguí y Hernán Sabaté
Galaxia Gutenberg, 2016 (4ª edición)

"Jack dijo: 'Cuando era joven, pensaba que si no te andabas con cuidado era eso lo que te esperaba, una vida establecida.
Ella dijo: 'Yo siempre supe que no era así. Lo que yo buscaba era justamente una vida de esa clase. De noche, solía mirar por las ventanas de las casas y me preguntaba cómo sería'".


Empecé a introducirme en el universo narrativo y moral de Marilynne Robinson a través de Lila, la tercera de sus novelas protagonizadas por las mujeres y hombres que habitan la pequeña localidad de Gilead, en Iowa. Digo universo narrativo y moral porque su obra literaria, escrita con delicado estilo, parece estar al servicio de un proyecto profundamente moral. Como escritora "persigo la gracia, entendiendo que es algo superior a la sabiduría", contestaba en una entrevista. Como se afirma en un iluminador artículo de The New Yorker, "la sabiduría moral de Robinson parece inseparable de sus dones como escritora". Estoy absolutamente de acuerdo. Pero, por favor, que nadie malentienda esta referencia a la moral.

Marilynne Robinson es una persona explícitamente religiosa (calvinista) pero plenamente comprometida con la libertad y la pluralidad de creencias y experiencias de vida. Lo apuntaba en una entrevista en 2015: "Para mí, el mundo laico es el gran espacio neutral y compartido que garantiza la libertad religiosa a cualquiera que forme parte de ese espacio. No creo que sea enemigo de la religión, creo que la protege. Hay que estar verdaderamente entregado a la idea de la autoridad de un culto dominante para ver un enemigo en el laicismo". Robinson concibe la experiencia religiosa como esencialmente personal, pero imposible de deslindar de la vida comunitaria. Lo explicaba así en otra entrevista:

"He ido a la misma iglesia durante más de 20 años. Es mi pueblo, por así decirlo. Veo a los niños venir al mundo y los ancianos irse, y veo que se desarrollan vidas a mi alrededor. Eso es una pequeña parte de [lo que signfica acudir a la iglesia]. Entonces tengo la ocasión, rara en el mundo, de escuchar a un hombre bueno y erudito decir algo que él considera verdadero, a una congregación que escucha de buena fe cualquier verdad que tenga para ofrecer. Finalmente, pienso diferente, de otra manera, en ese lugar que en cualquier otro lugar. Es como si pudiera dejar de lado al mundo y a mí misma durante una hora y escuchar y pensar de manera más pura".

Es por eso que sus novelas, caracterizadas por la presencia de personajes con un fuerte protagonismo, serían ininteligibles sin el contexto comunitario en el que se desarrollan. Lila es una mujer joven con una vida pobre y trágica que en los años veinte construirá una nueva vida en Gilead y se casará con el reverendo John Ames, viudo y mucho mayor que ella; su mirada y su voz vertebran todo el relato que se narra en Lila. En Gilead es el reverendo Ames quien, en los años cincuenta y gravemente enfermo, escribe una extensa carta a su hijo de siete años, fruto de su matrimonio con Lila, para que la lea cuando él haya muerto; John Ames es el único narrador y todo lo que ocurre en la novela, todo lo que sabemos del resto de personajes, lo conocemos a través de sus escritos. Cambia la mirada (Lila / Ames) de la persona que narra la historia, y todo lo que llegamos a saber es lo que una u otro nos cuentan. Pero esa mirada en principio parcial y sesgada supera los estrechos límites individuales gracias a la población de Gilead, no solo un simple escenario sino un personaje fundamental.

En una entrevista con motivo de la publicación en España de Lila, Robinson expresaba su preocupación por el hecho de que las sociedades democráticas estén olvidando su fundamento, que no es otro que "la predisposición a confiar en la buena voluntad de los otros". Esta es, seguramente, la acariciadora sensación que nos queda al cerrar los libros de Robinson: la de haber disfrutado del privilegio de pasar unas horas en un lugar y con unas gentes más propias de un tiempo pasado que, sin embargo y lejos de cualquier melancólica pesadumbre, nos enseñan la posibilidad futura de una vida más simple, humana y comprensible.

"Crei que, mientras caminaba con Jack Boughton, advertí en su rostro una mueca de ironía por haber depositado una esperanza en este triste rincón del mundo; también aprecié el coste que representaba para él abandonarlo. Y supe qué esperanza se había formado. Era precisamente la que el pueblo pretendía fomentar, que allí se podía llevar una existencia sencilla sin sobresaltos. [...] Jugar a lanzarse pelotas al atardecer, oler el río, oír pasar el tren. Estos pequeños pueblos fueron una vez baluartes destinados a resguardar esa paz".

No son libros fáciles. Para leer con sosiego. El mismo sosiego que nos regalan.

domingo, 15 de marzo de 2020

Algo en lo que creer

Nickolas Butler
Algo en lo que creer
Traducción de Álvaro Marcos
Libros del Asteroide, 2020

"Porque -y esto todavía es cierto- existen pequeños pueblos en todo el mundo, tan íntimos y conectados, que el dolor o la alegría de uno de sus habitantes puede ser compartido por sus vecinos con la misma intensidad".


La primera novela de Butler, Canciones de amor a quemarropa, fue un gozoso descubrimiento, confirmado con la posterior El corazón de los hombres. A lo largo de un año, de una primavera a la siguiente, en esta nueva novela Butler nos introduce en la vida de Lyle Hovde y su esposa Peg, que llevan toda su vida habitando en la pequeña y languideciente localidad de Redford, en el Winsconsin más rural, ejemplo de esa América tan profunda como vaciada:

"En ocasiones, Lyle oía a la gente de La Crosse o de Eau Claire despotricar contra el desarrollo urbano y el crecimiento descontrolado de las ciudades, y, en gran parte, suponía, llevaban razón. ¿A quién le gustaba ver cómo los campos y los bosques eran devorados por carreteras y aparcamientos, invadidos de repente por edificios de aspecto ofensivo y construidos a toda prisa? Para muchos, se imaginaba, la reacción automática era la tristeza, la rabia o alguna forma de duelo. Durante toda su vida, sin embargo, Lyle no había hecho más que ver cómo su pueblo natal, Redford, su calle principal, sus tiendas, sus restaurantes, bares e iglesias se iban vaciando hasta tener que cerrar, y con el tiempo los locales quedaban abandonados o incluso se venían abajo. Y para Lyle, aquello suponía una tragedia mayor que la del avance del comercio, pues mucho de lo que una vez había amado había desaparecido para siempre".

En una comunidad profundamente religiosa, desde la muerte de su único hijo, siendo un bebé, Lyle mantiene una relación difícil con Dios: "Era como si, desde entonces, le hubieran drenado la voluntad de creer, la energía para hacerlo". Lo cual no es obstáculo para que el pastor luterano de la localidad, Charlie, sea uno se sus mejores amigos. Tampoco para seguir acudiendo a su iglesia de siempre (donde fue bautizado y confirmado, donde se casó y donde se celebrará su funeral), si bien más por rutina que por fe: "Aunque Lyle había dejado de creer, nunca dejó de ir a la iglesia del todo. De hecho, con frecuencia sospechaba que no era el único, que millones de cristianos, judíos, musulmanes, budistas, taoístas y mormones de todo el mundo acudían a sus iglesias, templos y mezquitas tanto por rutina u obligación como por fe o convicción reales".

Ahora su vida gira en torno a Peg (que "lo había asido de la mano mucho tiempo atrás y que no lo iba a dejar caer por más que ambos estuvieran asomados a un precipicio que se desmoronaba"); a su amigo Hoot (unos años mayor, fumador empedernido y de salud frágil); al huerto de manzanos propiedad de los excéntricos Otis y Mabel Haskell, donde trabaja algunas horas cada día no por lo poco que le pagaban a cambio, "sino porque los ciclos del huerto le brindaron algo que había estado echando en falta sin ni siquiera darse cuenta: sentido"; y, sobre todo, a su nieto Isaac, vástago de su hija adoptiva, la compleja Shiloh, que hace cinco años regresó a casa como joven madre soltera.

La tragedia y el conflicto irrumpirán en la vida de Lyle y Peg cuando Shiloh entable relación con una iglesia no denominacional de creencias fundamentalistas, entre las que destaca la curación de cualquier enfermedad a través de la oración. En un entorno sectario, el alejamiento de Shiloh y, con ella, de Isaac, de su madre y padre adoptivos, se acrecentará cuando la joven inicie una tóxica relación sentimental con Steven, el pastor de esa iglesia.

A partir de este momento, Lyle tendrá que enfrentarse a la tarea de cuidar de su amigo Hoot, afectado por un cáncer, de salvar el huerto de manzanos, amenazado por una fuerte helada en el mes de mayo y, por encima de todo, de recuperar a su nieto y a su hija. Tres luchas relacionadas, tres luchas que pueden leerse como una misma batalla por la vida: "Estamos salvando un huerto. Supongo que hay cosas más disparatadas en el mundo que salvar árboles".

Una hermosa novela de sentimientos y emociones, con descripciones de paisajes, ambientes y personajes sutiles y profundas. Unas historias que, pese a la distancia geográfica y cultural, podemos sentir como propias.

viernes, 21 de febrero de 2020

El mapa de los afectos

Ana Merino
El mapa de los afectos
Destino, 2020

"La gente buena tiene un don para irradiar cariño, para producir campos de fuerza donde poder cobijar a los demás, y en parte gracias a esas personas y a la constancia de sus gestos amables, la humanidad todavía no se ha extinguido".

 
Ana Merino lleva casi cinco lustros viviendo en Estados Unidos, buena parte de ellos en la denominada América Profunda, según otra versión la "América real". Una América que conoce bien, como demuestra en esta hermosa novela.

Ubicada en el Medio Oeste americano, en la Iowa más rural, paisaje natural de llanuras, granjas y algunos bosques densos, de poblaciones cuyos habitantes entrecruzan sus vidas de mil maneras, donde el anonimato es prácticamente imposible y la entera existencia de cada persona se ve expuesta al escrutinio de la comunidad.

De hecho, así empieza el libro, con un delicado capítulo titulado "Todos los secretos", en el que Samuel descubre los furtivos encuentros amorosos de la improbable pareja formada por Valeria y Tom:

"Espiaba con atención meticulosa todo lo que se movía y lo anotaba en pequeñas agendas llenas de dibujos esquemáticos. En esos cuadernitos registraba detalladamente, como en un diario, los movimientos de los cazadores, los encuentros furtivos de los amantes o la cautela de los diferentes animales al caminar por la espesura".

Mientras leía la historia que nos regala Ana Merino no podía evitar recordar el estilo, el tono y los argumentos que se encuentran en las novelas de mi admirado Kent Haruf. Salvando muchas distancias: la escritura de Haruf comunica la perfección de una experiencia reposada de la que, creo, aún carece la autora de El mapa de los afectos, lo que se refleja en un par de tramas cuyo desenlace me parece un tanto superficial.

Pero no importa: en conjunto es una historia, son unas historias que emocionan, historias protagonizadas por gente corriente empeñadas en llevar vidas esencialmente decentes y bondadosas, a pesar de que dos de los momentos centrales de la novela los constituyan dos actos de violencia brutalmente cruel.

Sin embargo, en el tono general de la novela predomina una mirada compasiva y esperanzada, llena de encuentros sanadores entre personas normales, con vidas normales, capaces de abrirse a las demandas que se derivan del encuentro con sus semejantes. Hay una enorme sensibilidad  hacia la tragedia de las personas migrantes que arriesgan sus vidas tanto en la frontera de Estados Unidos con México como en el Mediterráneo. En el Mediterráneo, sí: aunque la historia transcurre en el Medio Oeste norteamericano España juega un papel muy relevante en la existencia de varios de sus personajes (en la de aquellas y aquellos que en el sociograma que incluyo más abajo aparecen rodeados de amarillo).

Hay también una sugerente religiosidad o espiritualidad que recorre toda la historia, como una corriente subterránea que lo empapa todo y que a veces irrumpe con fuerza, construida sobre la libertad, la alegría, la dulzura y la generosidad, y enfrentada al rigorismo, la imposición, el dogmatismo y la tristeza de tantos fundamentalismos:

"Alfredo miró a Emily fascinado. En la expresiva vulnerabilidad de la joven quiso vislumbrar el aliento de Dios. ese Dios que acompaña a los seres más desvalidos, a los perdedores absolutos, los que se hunden y son plenamente conscientes de la derrota y su trazo circular".


En una entrevista, la autora muestra su interés por "la idea literaria de definir nuestra propia existencia como una construcción colectiva", con la comunidad como eje articulador de la vida personal y colectiva. Y eso es lo que nos regala con esta novela, cuya lectura he disfrutado enormemente y recomiendo sin duda.


sábado, 21 de diciembre de 2019

Breve elogio de la errancia

Akira Mizubayashi
Breve elogio de la errancia
Traducción de Mercedes Fernández Cuesta
Gallo Nero, 2019

"No me gustan los desplazamientos. Soy de naturaleza muy sedentaria. Estoy bien donde me encuentre. No obstante, ¿me atrevería a definirme como un ser errante? Mi errancia, de haber errancia, es de orden interior, como la de todos mis grandes héroes convocados en las páginas anteriores. Pero es también y sobre todo de naturaleza lingüística. Comenzó hace ya más de cuarenta años entre dos lenguas, entre por un lado la de mis padres, la que me llegó de modo natural, la que me atraviesa de arriba abajo y, por otro, la que me fuí a habitar, de la que elegí apropiarme, de la que decidí hacer un lugar de anclaje que me permitiera distanciarme de lo que mi lengua de origen me obliga a ser".


Akira Mizubayashi (Sakata, 1951) cursó estudios superiores de lenguas y civilizaciones extranjeras en Tokio y entre 1973 y 1976 estudia pedagogía en Francia, la Universidad Paul-Valéry de Montpellier, graduarse de profesor de francés como lengua extranjera. Desde 1983 enseña francés en diversas universidades de Tokio. Apasionado por la obra y la perspectiva filosófica de Rousseau, Mizubayashi se considera a sí mismo un "errante sedentario", un errante interior, emocional y lingüístico.

En este breve pero profundo ensayo cuestiona el conformismo comunitarista japonés, tradicional y hegemónico, que alcanzó su cénit con el Estado imperial nipón, concebido como "cuerpo estado-moral" hacia el que el individuo debe una "responsabilidad infinita". Este modo de existencia "obstaculiza la aparición de seres singulares asociativos y su avance por el camino de una verdadera apropiación democrática". Porque el autor considera que esa mentalidad no terminó con la derrota del Japón imperial en la Segunda Guerra Mundial, sino que continúa muy presente en la actualidad:

"La sociedad japonesa de 2013, entregada a la indiferencia masiva y la ignorancia de la cultura deliberativa, sigue siendo  una sociedad dispuesta a sucumbir ante la tentación conformista de la mayoría".

Mizubayashi contrasta esta realidad, característica de su sociedad y su cultura de origen, con la realidad que él ha conocido en Europa y que ha querido hacer suya:

"En Europa occidental, el conformismo es objeto de una crítica acerba cuando se confunde con la sumisión a a la tiranía de la mayoría. En Japón, es más bien la voz (o la vía) de la sabiduría, como indica el proverbio antes mencionado: 'Déjate envolver por lo que es largo'".

Así y todo, también existe en la tradición japonesa una figura que rompe con el conformismo hegemónico y encarna la errancia: se trata del ronin, el samurái sin señor, vagabundo, que es el personaje central de tres grandes películas de Akira Kurosawa: Yojimbo (1961), Sanjuro (1962) y, acaso la más conocida, Los siete samuráis (1954), que Mizubayashi considera un ejercicio explícito de derribo de la idea de "cuerpo estado-moral [...] en beneficio de otro cuerpo que es, precisamente, un cuerpo político no ya informado por una instancia tutelar exterior sino fundamentalmente nacido de la voluntad común de los individuos reunidos".

Reivindicación del distanciamiento crítico respecto de lo que nos viene dado (familia, cultura, tradición, lengua, patria) y elogio de un proyecto de "individualidad kurosawaitiana", consistente en la constitución de "un ser singular que tiende a compartir y es consciente de su dimensión plural". Un proyecto esencial no sólo para Japón, también para una Europa bastante menos roussoniana de lo que Mizubayashi afirma y mucho más conformista-comunitarista de lo que acaso imagina.

domingo, 22 de septiembre de 2019

Vivir con los dioses

Neil MacGregor
Vivir con los dioses
Traducción de Francisco J. Ramos Mena
Debate - Penguin Random House, 2019


Al elegir cómo convivimos con nuestros dioses, también elegimos cómo convivimos entre nosotros.

Neil MacGregor es historiador del arte y a lo largo de casi tres décadas ha dirigido, consecutivamente, la National Gallery de Londres y el Museo Británico. Como señala el autor desde las primeras líneas del libro, se trata de una aproximación laica y reflexionada a un fenómeno universal, que se ha mantenido a lo largo del tiempo y sin cuya presencia resulta imposible comprender, incluso hoy, la estructura moral de las sociedades humanas:

Este libro no es en absoluto una historia de las religiones, ni un alegato a favor de la fe, y aún menos una justificación de cualquier sistema de creencias concreto. Antes bien, se propone investigar, a lo largo de la historia y en toda la extensión del globo, una serie de objetos, lugares y actividades humanas para tratar de entender el posible significado de las creencias religiosas compartidas en la vida pública de una comunidad o nación, cómo estas configuran la relación entre el individuo y el Estado y cómo se han convertido en un factor decisivo a la hora de definir quiénes somos.


A partir de una selección de objetos custodiados por el Museo (esculturas, pinturas, monedas, cerámicas, maquetas...), MacGregor nos guía en un viaje fascinante a través de las creencias que, desde hace cuarenta mil años, han configurado un marco de relación entre las comunidades humanas y el sentido de trascendencia, de manera que "la creencia se halla estrechamente vinculada con la pertenencia". Desde el Hombre león de Ulm hasta las cruces que Francesco Tuccio, carpintero de Lampedusa, construye con las maderas de los restos de barcos de migrantes naufragados:

Tuccio la[s] concibió como un alegato a favor de la idea de que nuestra concepción de comunidad debería abarcar no solo a quienes comparten nuestras creencias, sino a todos aquellos que comparten nuestro mundo.



Un libro hermoso de ver (por sus numerosas fotografías de obras de arte) y de leer. Un libro para pensar(nos), con un mensaje final cargado de esperanza:

Todas las tradiciones que hemos examinado afirman que la vida del individuo se puede vivir mejor en comunidad y todas ellas ofrecen formas de hacer realidad esa afirmación. Jean-Paul Sartre observaba, en una frase hoy célebre, que "el infierno son los otros". Los relatos y las prácticas que hemos observado en este libro sostienen justo lo contrario: que vivir adecuadamente con otros, convivir con el rójimo, es lo más cerca que podemos estar del cielo.

sábado, 21 de julio de 2018

Como la vida misma

Lecturas de ficción, pero con una enorme capacidad para recoger y reflejar la realidad social, la vida cotidiana, las luces y las sombras de la existencia. Cargadas de sociología, psicología e historia. Literatura con mayúsculas: para disfrutar, reflexionar y aprender.

Kent Haruf, Al final de la tarde, Penguin Random House, Barcelona 2018 (traducción de Cruz Rodríguez Juiz).

Ya he hecho referencia en este blog a las anteriores obras de Haruf publicadas en castellano (aquí y aquí). Y hace unos días, tras leer Al final de la tarde, escribía en twitter que me gustaría olvidar los libro de Haruf para poder leerlos de nuevo como si fuera la primera vez, ya que pocas autoras o autores consiguen emocionarme tanto y dejarme, al final, la sensación de haber formado parte de una historia hermosa y verdadera.
Se trata de la segunda de las obras que conforman la denominada "Trilogía de la Llanura". Seguimos, por tanto, asentados en la localidad de Holt, enredados en las vidas de sus habitantes: algunos ya viejos y entrañables conocidos, como los hermanos McPheron y Virginia Roubideaux, o como Maggie Jones y Tom Guthrie; otros nuevos y prometedores, como los patéticos (y por ello, conmovedores) Luther y Betty y sus hijos Rose y Joy Rae, el joven DJ o la trabajadora social Rose Tyler. Personajes de carne y hueso, personalidades complejamente realistas, la inmensa mayoría de las personas que pueblan esta novela se esfuerzan por ser fieles a sí mismas y a quienes les rodean en unas circunstancias a veces duras, pero siempre atentas a mantener activos aquellos recursos (el reconocimiento respetuoso, la disposición a ayudar...) que permiten reconocer en Holt una comunidad.

Jean-Claude Izzo, Total Kheops y Chourmo, Akal, Madrid 2018 (traducción de Matilde Sáenz López).

De una trilogía a otra, pero cambiando radicalmente de paisaje y de historia. Publicados originalmente en 1995 y 1996 por Gallimard, estas dos novelas (y la que las sigue, Soleá), transcurren en una Marsella de barrios obreros, inmigración, mafias, fundamentalismo islamista y lepenismo rampante. La ciudad del policía Fabio Montale, protagonista de ambas novelas. Sus orígenes barriales, su experiencia de la marginalidad, su fidelidad de clase, convierten sus investigaciones en un ejercicio de compromiso absoluto con su ciudad y sus convecinos.

Jo Nesbo, Macbeth, Lumen - Penguin Random House, Barcelona 2018 (traducción de Lotte Katrine Tollefsen).

¿Se puede recrear el Macbeth de Shakespeare recurriendo a la estética y la lógica de la novela policíaca actual? Al menos, se puede intentar. Es lo que ha hecho Nesbo, apreciado por estos lares (aquí y aquí) y famoso por su serie de novelas protagonizadas por el oscuro detective Harry Hole, en el marco del Proyecto Hogarth. Y el resultado, aunque a ratos no acabe de cuajar, es más que destacable.
En una oscura y deprimida ciudad europea norteña, controlada por violentas mafias de la droga, Macbeth es un ambicioso policía que se pasa al lado oscuro influenciado por su amante, Lady, una hermosa e inteligente propietaria del casino Inverness. Buscando gobernar la ciudad, Macbeth se embarcará en una sangrienta carrera de traiciones y asesinatos; las tres brujas elaboran una poderosa droga para el capo Hekate; la vieja locomotora Bertha, recuerdo de un pasado industrial glorioso, hará las veces del bosque de Birnam; y por sus páginas viven, luchan y mueren Duncan, Malcolm, Duff, Banquo, Lennox, Caithness, Fleance, Angus y Seyton armero de Macbeth. Una historia exagerada, inverosimil, pero por eso mismo arrolladora e impactante... como una tragedia de Shakespeare.

J.G. Ballard, Rascacielos, Alianza, Madrid 2018 (traducción de David Tejera Expósito).

Un bloque de apartamentos a las afueras de Londres aloja a dos millares de inquilinos. Conforman "un grupo casi homogéneo de profesionales adinerados", de manera que, "con arreglo a los criterios económicos y educativos habituales, cabía esperar que todos ellos se parecieran más que los miembros de ninguna otra sociedad, y que tuvieran los mismos gustos, actitudes, pasiones y caracteres". Sin embargo, esta aparente homogeneidad, así como la armonía social que debería llevar aparejada, se rompe desde el momento en que las distintas plantas empiezan a funcionar como enclaves, recreando diferencias de clase en función de la altura en la que se sitúen los apartamentos: "a los habitantes de los rascacielos no les solían importar los inquilinos que se encontraban a más de dos pisos por debajo de ellos". A partir de ahí, el deterioro de la convivencia será imparable y dramático. El resultado será "el fracaso del rascacielos como estructura social" y el surgimiento de un "nuevo orden social, basado al parecer en pequeños enclaves tribales".
¿Una metáfora moralizante de lo que puede estar ocurriendo hoy en, por ejemplo, Europa? Lo que pasa es que Ballard escribió la novela en 1975.

John Steinbechk, Los crisantemos, Nórdica Libros, Madrid 2016 (traducción de José Manuel Fernández Flórez). Ilustraciones de Carmen Bueno.

Una edición hermosa para una historia triste, pero poderosa. En los años Treinta, en una población rural en California, una mujer se descubre fuerte, capaz, autónoma: hoy diríamos "empoderada". Pero la misma relación que la hace sentirse así -un encuentro fortuito y fugaz con un buhonero mientras ella está cuidando su jardín- acaba en frustración. Al terminar el relato, quiero creer que la mujer fuerte volvió a brotar y a crecer, como los crisantemos.

sábado, 30 de junio de 2018

El retorno a la comunidad

El lunes participo en el curso "Salud en los barrios. Empoderamiento y participación comunitaria", en el marco de los Cursos de Verano de la UPV/EHU en Donostia-San Sebastián. Comparto aquí la presentación que he preparado.