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sábado, 22 de agosto de 2026

Autobiografía

Arthur Koestler
Autobiografía: 1/ Flecha en el azul. 2/ El camino hacia Marx. 3/ Euforia y Utopía. 4/ El destierro. 5/ La escritura invisible
Traducción de J.R. Wilcock 
Emecé Editores / Alianza Editorial, 1973-1974

"Aquí termina el caso históricamente típico de un miembro de la clase media culta europea, nacido en los primeros años del siglo.
[...]
Para un escritor, para un artista, un político, un maestro, que tuviera un mínimo de integridad, era perfectamente normal el tener que escapar de la persecución de Hitler o la de Stalin, o las de ambos a la vez, el verse desterrado y conocer prisiones y campos de concentración. En modo alguno era signo de anormalidad, en ellos, en los años que siguieron a 1930, considerar el fascismo como la amenaza principal y verse atraídos, en distintos grados, por el gran experimento social que tenía del electorado de Francia e Italia, y con un porcentaje aún mucho más elevado entre los intelectuales, considera normal votar por el Partido Comunista. [...]
La conciencia de que estos primeros treinta y cinco años de mi vida eran un ejemplo típico de nuestro tiempo, y el anhelo del cronista de conservar ese ejemplo, fueron las razones principales que me determinaron a escribir estas memorias".


Hay autobiografías cuyo interés principal reside en la personalidad de quien las escribe y otras que acaban convirtiéndose en el retrato de una época. La de Arthur Koestler pertenece a ambas categorías. Su vida parece haber sido diseñada para atravesar algunos de los grandes entusiasmos, conflictos y catástrofes de la primera mitad del siglo XX. Nacido en Budapest en 1905, cuando todavía existía el Imperio austrohúngaro, vivió su desaparición después de la Primera Guerra Mundial; conoció la Viena convulsa de entreguerras; participó en la construcción del proyecto sionista en Palestina; contempló desde Berlín el hundimiento de la República de Weimar y el ascenso del nazismo; recorrió la Unión Soviética durante el estalinismo; participó en las redes antifascistas del Komintern; fue testigo y víctima de la Guerra Civil española; conoció desde dentro las consecuencias de las purgas estalinistas sobre el movimiento comunista europeo; padeció el internamiento en Francia al comienzo de la Segunda Guerra Mundial y asistió al derrumbe francés de 1940. Pocas vidas permiten recorrer de manera tan directa la historia europea de la primera mitad del siglo.

Lo verdaderamente interesante es que Koestler no se limita a contar dónde estuvo o a quién conoció, sino que intenta comprender por qué creyó lo que creyó y cómo fue posible que determinadas ideas llegaran a apoderarse casi completamente de su conciencia, de una vida que siempre había sido "una fantástica persecución en pos de la flecha en el azul, de la causa perfecta, de la imagen de una utopía de ensueño". De ahí que sus memorias sean al mismo tiempo un relato de aventuras, un documento histórico y una especie de autopsia de las grandes pasiones ideológicas del siglo XX.

La autobiografía fue publicada originalmente en dos grandes volúmenes, Arrow in the Blue (1952), que llega hasta su ingreso en el Partido Comunista en 1931, y The Invisible Writing (1954), que continúa el relato hasta 1940. La edición castellana la distribuyó en cinco tomos: Flecha en el azul, El camino hacia Marx, Euforia y utopía, El destierro y La escritura invisible. Esa división resulta particularmente afortunada porque permite distinguir cinco momentos de una trayectoria que podría describirse como una sucesión de pertenencias, entusiasmos, experiencias y rupturas.

Flecha en el azul es, sobre todo, el libro de la formación. Koestler reconstruye su infancia en Budapest, la experiencia de la Primera Guerra Mundial y el hundimiento del universo austrohúngaro en el que había nacido, así como su juventud en la Viena de posguerra. El antisemitismo, la crisis de identidad de la población judía centroeuropea y el atractivo que ejerce sobre él el sionismo lo llevan  a abandonar sus estudios y marcharse a Palestina en 1926, donde entra en contacto directo con uno de los grandes movimientos políticos que transformarían el siglo XX. No contempla el sionismo desde fuera: trabaja, pasa hambre, vive durante un tiempo en un kibutz y se introduce en los ambientes políticos y periodísticos del Yishuv (literalmente "asentamiento" o "comunidad"), término utilizado para designar a la comunidad judía que vivía en Palestina durante el Mandato británico (1920-1948). Koestler descubre muy pronto la distancia que puede existir entre una causa contemplada desde lejos y su realidad concreta. Aparece ya aquí una característica que se repetirá durante toda su vida: es capaz de entregarse apasionadamente a una idea y, al mismo tiempo, conservar una mirada que acabará descubriendo sus contradicciones: "desilusionado por el estrecho chauvinismo y el limitado horizonte de los colonos sionistas [...] ya no creía que ese pequeño y amargo país constituyera una promesa mesiánica, un ejemplo en el que pudiera inspirarse la humanidad en general".

El camino hacia Marx acelera considerablemente el relato cuando Koestler se convierte en periodista profesional y empieza a transformarse en intelectual político. Oriente Próximo, París y sobre todo Berlín forman el escenario de una Europa que se precipita hacia la catástrofe. Trabajando para el poderoso grupo editorial Ullstein, Koestler conoce desde dentro el periodismo de masas de la República de Weimar y participa incluso como corresponsal en el espectacular vuelo polar del Graf Zeppelin de 1931. Pero bajo esa sucesión casi novelesca de episodios va creciendo algo más importante: la sensación de que el mundo liberal y capitalista está condenado. Koestler presencia la Gran Depresión, el desempleo masivo, la radicalización de la política alemana y el irresistible crecimiento del nazismo. El comunismo aparece como la única fuerza que parece disponer simultáneamente de una explicación de la crisis y de una organización capaz de combatir el fascismo y el 31 de diciembre de 1931 ingresa clandestinamente en el Partido Comunista alemán.

Euforia y utopía permite observar desde dentro la intensidad de aquella conversión. En 1932 Koestler viaja a la Unión Soviética para escribir sobre los logros del Primer Plan Quinquenal. Recorre Ucrania, el Cáucaso y Asia Central, llegando hasta Turkmenistán, en un momento en el que la colectivización forzosa, la industrialización acelerada y la represión estalinista están transformando violentamente la sociedad soviética. Lo que Koestler encuentra contradice repetidamente aquello que esperaba encontrar: escasez, hambre, burocracia, miedo y propaganda. Y, sin embargo, no abandona inmediatamente la "fe comunista", mostrando desde dentro los mecanismos mediante los cuales una ideología consigue neutralizar la evidencia que la contradice. El creyente no necesariamente niega lo que ve: puede reinterpretarlo como una dificultad transitoria, justificarlo como el precio inevitable de la transformación revolucionaria o subordinarlo a una verdad histórica superior. 
Tras la llegada de Hitler al poder en 1933, París se convierte en uno de los grandes centros del exilio antifascista europeo. Allí aparece una figura fundamental en la vida de Koestler: Willi Münzenberg, el extraordinario organizador de la propaganda internacional del Komintern. Bajo su dirección participa en campañas antifascistas y entra en un mundo donde política, periodismo, espionaje, literatura y propaganda resultan difícilmente separables. A través de estas redes se cruza con figuras como Bertolt Brecht, el compositor Hanns Eisler o el escritor comunista Johannes R. Becher.

El destierro introduce un tono progresivamente más oscuro, a medida que la utopía empieza a resquebrajarse y Europa se precipita hacia la violencia. Las purgas de Stalin y los procesos de Moscú hacen cada vez más difícil conciliar la fidelidad al comunismo con la evidencia de la represión. La historia deja además de ser para Koestler algo que se contempla desde una redacción o una reunión política. En España llegará literalmente a jugarse la vida. La Guerra Civil española ocupa por ello un lugar excepcional en las memorias. Koestler entra inicialmente en la zona franquista utilizando sus credenciales periodísticas y consigue documentar la presencia de fuerzas alemanas e italianas en apoyo de los sublevados, precisamente cuando Berlín y Roma trataban de mantener formalmente la ficción de la no intervención. Regresa después a la España republicana y, en 1937, se encuentra en Málaga cuando las tropas franquistas e italianas toman la ciudad. Su relato permite contemplar desde dentro el desconcierto, la desorganización y la derrota republicana. Es detenido el 9 de febrero de 1937, pasa por la prisión de Málaga y es trasladado después a Sevilla, donde permanece durante tres meses bajo la amenaza de ser ejecutado. Koestler escucha desde su celda cómo otros prisioneros son sacados durante la noche y vive esperando que llegue su turno, de manera que la política deja de ser una abstracción sobre clases, Estados o procesos históricos para adquirir el rostro irreductible de cada ser humano enfrentado a la muerte.

También la España en guerra multiplica sus encuentros. Conoce al zoólogo británico Peter Chalmers-Mitchell, en cuya casa de Málaga será detenido; coincide con periodistas y corresponsales internacionales y llega a encontrarse con W. H. Auden en Valencia. Su experiencia española forma así parte de aquella extraordinaria concentración de intelectuales -Orwell, Simone Weil, Hemingway, Malraux, Bernanos- para quienes la guerra española se convirtió en el gran laboratorio político y moral de los años treinta, aunque cada cual la viviera desde posiciones muy diferentes.

La escritura invisible, último volumen de la edición castellana, es también el más reflexivo. El abandono definitivo del Partido Comunista se produce en 1938, en el contexto de las purgas, los procesos de Moscú y la creciente imposibilidad de justificar el estalinismo. Pero Koestler no pierde simplemente una afiliación política, pierde una fe secular, y comprender cómo alguien puede sacrificar su juicio moral a una supuesta necesidad histórica se convertirá desde entonces en una de sus grandes obsesiones y desembocará poco después en la que, para mí, es su mejor obra y un libro de lectura imprescindible: El cero y el infinito.

La historia, entretanto, vuelve a alcanzarlo. Tras el pacto germano-soviético de agosto de 1939 y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Francia considera sospechosos a numerosos extranjeros y Koestler es internado en el campo de Le Vernet. Liberado posteriormente, vive el derrumbe francés de 1940 y la caída de París ante el ejército alemán. El antiguo refugiado del nazismo vuelve a convertirse en fugitivo. Durante su huida se cruza con otro exiliado excepcional, Walter Benjamin, que le proporciona una parte de las pastillas de morfina que llevaba consigo para suicidarse si caía en manos de la Gestapo. Benjamin utilizará las suyas en Portbou y morirá; Koestler llegará también a ingerir las suyas al creer cerrada su posibilidad de escapar, pero sobrevivirá.

Finalmente consigue llegar a Gran Bretaña, donde se abre otro mundo intelectual que las memorias apenas empiezan a anunciar: el de George Orwell, que se convertirá en amigo suyo, Cyril Connolly y numerosos escritores e intelectuales británicos y exiliados. Koestler había conocido además a Thomas Mann, y su trayectoria posterior multiplicaría todavía más estos encuentros. Esos nombres permiten comprender hasta qué punto Koestler estuvo situado en algunos de los principales nudos de la cultura política europea de su tiempo. De ahí que la autobiografía pueda leerse como una extraordinaria geografía del siglo XX. Budapest representa el mundo desaparecido de los imperios centroeuropeos; Viena, la crisis de la posguerra; Palestina, el nacimiento del proyecto sionista; Berlín, Weimar y el ascenso del nazismo; Moscú y Asia Central, la utopía soviética transformándose en estalinismo; París, el antifascismo y el exilio; Málaga y Sevilla, la Guerra Civil española; Le Vernet y la Francia de 1940, el hundimiento de Europa ante Hitler; Londres, finalmente, la resistencia y el lugar desde el que Koestler comenzará a reconstruir intelectualmente todo lo vivido.

Esta acumulación de experiencias explica que sus memorias puedan ser leídas como una reflexión encarnada sobre la relación entre experiencia, creencia y responsabilidad, sobre nuestra capacidad para no ver aquello que tenemos delante cuando verlo pondría en peligro el sistema de creencias que organiza nuestra vida. La pregunta que atraviesa El cero y el infinito  -cómo puede una persona inteligente y moralmente comprometida terminar sometiendo su conciencia individual a una supuesta necesidad histórica- es exactamente la pregunta que Koestler se formula sobre sí mismo en su autobiografía. Su crítica del totalitarismo no nace únicamente de una elaboración teórica sino que nace de haber experimentado sucesivamente la seducción de una doctrina, la disciplina de partido, la propaganda, la justificación de lo injustificable y, finalmente, el terror.

Koestler hace un esfuerzo considerable por reconocer sus errores políticos y reconstruir sin demasiada indulgencia las sucesivas cegueras de su juventud. Pero esa extraordinaria capacidad de introspección convive con un egocentrismo evidente y con comportamientos en sus relaciones con las mujeres que hoy resultan aborrecibles. La distancia entre la lucidez con la que analiza las relaciones de dominación política y su mucha menor capacidad para reconocer determinadas relaciones de poder en su propia vida constituye también parte de la experiencia de leerlo, aunque no la más satisfactoria. Él mismo recoge el que denomina "veredicto condenatorio (aunque correcto) de Orwell: «La falla de la coraza de Koestler es su hedonismo»". Tras lo que el autor reconoce sus contradicciones: "Las contradicciones entre sensibilidad y endurecimiento, egomanía y autosacrificio, que aparecen en cada capítulo de este libro, nunca convendrían a un personaje verosímil de una novela; pero como esto no es una novela, la figura del autor tiene que aparecer como realmente fue".

Leídos consecutivamente, los cinco volúmenes adquieren la forma de una larga educación en la desconfianza hacia las certezas absolutas. Flecha en el azul cuenta la búsqueda de una identidad; El camino hacia Marx, la búsqueda de una explicación total; Euforia y utopía, la experiencia de la fe ideológica; El destierro, su progresiva fractura en medio del fascismo y de la Guerra Civil española; y La escritura invisible, el aprendizaje que queda después del derrumbe, mientras Europa misma se derrumba alrededor de su autor. Por eso estas memorias resulten hoy tan fascinantes. Koestler no fue simplemente contemporáneo de la historia: tuvo la extraña fortuna, y la terrible desgracia, de encontrarse una y otra vez allí donde la historia estaba sucediendo. El resultado es el testimonio de una generación de intelectuales europeos que buscó desesperadamente una respuesta a la crisis de su mundo, creyó encontrarla en sistemas políticos que prometían explicarlo todo y tuvo que aprender que ninguna filosofía de la Historia justifica sacrificar a las personas concretas en nombre de quienes todavía no existen. En ese sentido, el verdadero protagonista de estas memorias no es tanto Koestler como un siglo XX atravesando la vida de alguien que, después de haber creído apasionadamente en algunas de sus grandes promesas, dedicó buena parte de su obra a comprender cómo había podido creer en ellas.

La Autobiografía se cierra con una anécdota que se eleva al nivel de categoría. Koestler cuenta que, viviendo ya en Londres, le enviaron un cartel del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) cuyo texto decía:

"1933. En aquellos años ardían hogueras en las ciudades de Alemania. Por orden de Goebbels se arrojaron a las llamas millones de libros.
1952. En estos días nuevas hogueras arden en las ciudades alemanas de la zona soviética; otra vez las llamas destruyen nueve millones de libros".

Bajo la primera frase aparecía una caricatura de Goebbles arrojando un libro a la hoguera mientras Hitler lo contempla. Bajo la segunda Wilhelm Pieck, presidente de la RDA, arroja otro libro al fuego mientras Stalin observa. Ambos libros llevan el nombre de "Köstler" -con esa grafía- en la cubierta. Ante lo cual, Koestler concluye: "que le quemen a uno sus obras dos veces en vida es, después de todo, una rara distinción". Una distinción, en todo caso, muy trabajada.

Fuente: https://library.fes.de/pdf-files/bibliothek/02875.pdf 


domingo, 26 de julio de 2026

M. El fin y el principio

Antonio Scurati
M. El fin y el principio
Traducción de Carlos Gumpert
Alfaguara, 2026

"Y entonces, volverá. Podréis cortar esa soga, pero el cadáver permanecerá colgado para siempre e la marquesina de esa gasolinera, inacabado, listo para su uso, maldecido y maldiciente. Volverá con cada mala cosecha, en la canícula irrespirable de agosto, en la tristeza del sol en su ocaso por occidente, en la melancolía de un nuevo siglo que nada promete y, precisamente por eso, cumple su promesa.
Volverá en los patéticos bustos de bronce, transmitidos de padres a hijos, exhibidos con melindrosa jactancia en los salones burgueses, pero, sobre todo, volverá en los estratos bajos de la vida, reducida a sus humores -rencor, resentimiento, traición- y en su mayor pasión, el miedo. Volverá cada vez que invoquéis al hombre fuerte que no sois ni seréis jamás, al Jefe capaz de guiaros, permaneciendo a  vuestras espaldas, avivando vuestro descontento, cada vez que al borde de las tinieblas lloriqueéis pidiendo que os cuenten un cuento para dormir: uno más, papaíto, uno más, por favor. Volverá y os repetirá siempre la misma cantilena: yo soy el pueblo, el pueblo soy yo, y al diablo con todo lo demás; el mal no existe, solo existen los hombres malvados con sus maleficios; la realidad no es compleja, es simple, es infantil la realidad, todos los problemas se reducen a uno solo, ese problema a un enemigo, el enemigo a un extranjero, el extranjero a un invasor. Y al enemigo extranjero invasor se le puede matar, se le debe matar, de un tiro en la cabeza y de otro en el corazón".


Este  último volumen de la imprescindible pentalogía de Scurati es una inmersión en la fase más oscura del fascismo italiano. Si los primeros volúmenes de la serie relataban el ascenso de Mussolini y la consolidación de su régimen, y los siguientes mostraban su desgaste progresivo, este último nos introduce en los aproximadamente seiscientos días que transcurren entre la creación de la República Social Italiana o República de Saló en septiembre de 1943 y la muerte del dictador en abril de 1945. Con un Mussolini en absoluto declive, el foco del libro ya no recae exclusivamente sobre "el hijo del siglo", sino sobre la violencia en todas sus manifestaciones: como forma de gobierno, como lógica de la guerra civil, como instrumento de la ocupación nazi y como legado que perdura más allá del derrumbe del régimen.

El líder seguro de sí mismo que dominaba los primeros volúmenes ha dejado paso a un hombre física y políticamente vencido, reducido a depender de Hitler y del fanatismo de un reducido grupo de seguidores. Esa decadencia podría invitar a una lectura compasiva, pero Scurati rehúye cualquier forma de indulgencia: el Mussolini de estos últimos meses aparece como un personaje cada vez más debilitado, pero nunca desvinculado de la responsabilidad por la espiral de violencia que acompañó el ocaso del fascismo italiano, cuando, en su fase terminal, el régimen mostrará sus expresiones más brutales, al menos hacia el interior de Italia, pues en Etiopía y en Libia ya había practicado sin control ninguno la masacre  y la tortura.

Uno de los mayores aciertos del libro consiste en desplazar la mirada hacia la República de Salò, un episodio que durante mucho tiempo permaneció en un segundo plano dentro de la memoria pública italiana. Frente a la imagen del fascismo asociada al consenso de los años treinta o a la escenografía propagandística del régimen, Scurati sitúa en primer plano los meses marcados por la colaboración con la ocupación alemana, la guerra entre italianos, las represalias, las ejecuciones y la persecución sistemática de toda forma de resistencia. El autor sugiere así que la verdadera naturaleza del fascismo no solo se manifiesta cuando conquista el poder, sino también cuando, incapaz de conservarlo mediante el consentimiento, recurre exclusivamente al terror para prolongar su existencia.

"Por otro lado, en esta primavera sangrienta, todo Milán se ha convertido en una ciudad de torturadores. Los de la Muti no son los únicos, en efecto, que practican sistemáticamente este preludio gratuito a la muerte.  Cada una de las diversas fuerzas policiales, más o menos legales, tiene su propio sótano enlodado de sangre y sus propias escuadras de sádicos. [...] Desde sus sótanos se alzan día y noche los gritos desgarradores de hombres y mujeres atormentados con sopletes, duchas hirvientes, garrotes de acero, violados con porras, látigos y nudos malayos. Los gritos de dolor se mezclan con los de placer: las carcajadas de los borrachos, con las gargantas destrozadas por el licor de marca, roncos por la cocaína".

Desde esta perspectiva, la novela rebasa el interés puramente histórico. No se limita a contar cómo termina un régimen, sino que reflexiona sobre aquello que permanece después de su caída. El propio título apunta en esa dirección: el final contiene ya el germen de un nuevo comienzo. La desaparición del fascismo no elimina las fracturas sociales, las memorias enfrentadas ni determinadas culturas políticas que seguirán condicionando la vida italiana durante décadas. La exhibición del cadáver de Mussolini en Piazzale Loreto simboliza el cierre de una etapa, pero en absoluto supone la erradicación de aquello que el fascismo había sembrado.


Esa lectura del título encuentra una confirmación especialmente elocuente en los dos apartados con los que Scurati cierra el libro: "Las muertes" y "Una vida". El primero ofrece un breve recorrido por el destino de numerosos dirigentes y colaboradores del régimen. Aunque algunos fueron ejecutados o murieron en los últimos compases de la guerra, otros muchos lograron escapar, reintegrarse en la vida pública o incluso encontrar acomodo en las nuevas estructuras políticas, económicas (como el caso de Pirelli) y de inteligencia de la posguerra, incluidas la CIA y el propio Estado italiano; y no podemos olvidar que el Movimiento Social Italiano, partido de inspiración abiertamente fascista, fue fundado ¡en diciembre de 1946! El segundo se centra en la figura de Liliana Segre, superviviente de Auschwitz y posteriormente una de las voces más importantes de la memoria del Holocausto en Italia. En ese contraste entre las supervivencias del fascismo y la supervivencia de quien padeció sus consecuencias más extremas se condensa el sentido profundo de El fin y el principio: toda conclusión histórica abre simultáneamente procesos distintos y contrapuestos. Termina un régimen, pero comienza la larga disputa por su memoria, por sus herencias y por el significado que ese pasado tendrá para el futuro. Me parece, además, que hay un elemento especialmente brillante en la estructura elegida por Scurati. El libro no concluye con la muerte de Mussolini, que sería el final previsible de una biografía del dictador, tampoco termina con el balance de los jerarcas fascistas. Decide cerrar con la vida de Liliana Segre, y esta es, creo, una elección de enorme fuerza simbólica: el último nombre de la pentalogía no es el del verdugo, sino el de una víctima que sobrevivió para dar testimonio. Después de miles de páginas dedicadas a explicar cómo se construyó y cómo cayó el fascismo, la última palabra no pertenece al poder totalitario, sino a la memoria resistente. Esa decisión narrativa transforma el sentido del conjunto de la obra: la historia de Mussolini termina, pero la responsabilidad de recordar apenas comienza, como advierte el autor al inicio del libro:

"Hoy, más que cuando di comienzo a este relato, un número consistente y creciente de italianos, europeos y estadounidenses tienden a ignorar, a negar e incluso a añorar esta terrible historia. De esta manera, se preparan para repetirla bajo nuevas formas. Hoy, más que nunca, se hace necesario seguir contándola. Asumir la responsabilidad. Frente al pasado, al presente y, por encima de todo, al futuro".

Scurati mantiene el procedimiento narrativo que ha caracterizado toda la saga y que la ha convertido en una de las propuestas literarias más singulares de los últimos años, de modo que su obra no puede entenderse ni como una novela histórica convencional ni como un ensayo en sentido estricto. Se trata de una reconstrucción literaria sustentada en un trabajo documental extraordinariamente amplio, donde los hechos, los discursos y los personajes remiten constantemente a fuentes históricas. La aportación del escritor reside en su portentosa capacidad para articular ese inmenso caudal documental en un relato continuo, dotando de profundidad psicológica a sus protagonistas y ofreciendo una interpretación coherente de un periodo especialmente complejo.

Leída en su conjunto, la serie M. representa una extraordinaria contribución tanto a la literatura como a la comprensión pública del fascismo. Sin pretender sustituir el trabajo de la historiografía, consigue acercarnos a la experiencia humana del poder totalitario sin atenuar en ningún momento la responsabilidad de quienes lo ejercieron. Esa combinación entre rigor documental y ambición narrativa permite comprender que los procesos históricos más destructivos no son fruto de personajes excepcionales o monstruosos, sino de individuos reconocibles capaces de transformar el resentimiento, el miedo y la violencia en instrumentos de dominación política.

Por ello la lectura termina interpelando más al presente que al pasado. El libro no solo reconstruye el derrumbe del fascismo italiano, también invita a reflexionar sobre la fragilidad de las democracias y sobre los mecanismos mediante los cuales pueden erosionarse desde su interior. Su desenlace no funciona únicamente como el cierre de una biografía política, sino como un recordatorio de que ninguna sociedad puede considerar definitivamente superada la amenaza del autoritarismo.

"A todos los que aún creen
en la democracia.
Que se preparen para
luchar".
 

domingo, 30 de noviembre de 2025

La Cruz de Occidente

Max Gallo
La Cruz de Occidente
Traducción de Carmen Torres París y Mª Dolores Torres París
Alianza, 2011

"Dudé, Señor. Me acordé de lo que solía decir Michele Spriano: «Las grandes palabras de la religión esconden las ambiciones terrenales de monarcas ávidos de poder, y la astucia de comerciantes y banqueros preocupados por sus ganancias». Me pregunté: ¿Y si el enfrentamiento entre hugonotes y católicos, entre cristianos y musulmanes, no es más que una trampa que el demonio tiende a los hombres para precipitarlos al Mal y empujarlos a matar a los otros, que también son, Dios mío, criaturas tuyas?"


Max Gallo sitúa la trama de esta novela en un siglo XVI desgarrado, un tiempo en que Europa parece caminar a tientas entre la fe y la violencia. Bernard de Thorenc, el protagonista, es un caballero convencido de que lucha por Dios, por la verdad, por la civilización cristiana frente al enemigo musulmán. Pero pronto descubre que la frontera entre el bien y el mal no corre entre religiones ni banderas, sino dentro del corazón humano.

Desde las primeras páginas, Gallo introduce a Bernard en un itinerario espiritual más que militar. Lo envía a las galeras del sultán, lo enfrenta a la brutalidad de las conquistas, lo devuelve a una España donde la Inquisición se convierte en una máquina de hierro, y finalmente lo devuelve a una Francia desgarrada por la guerra entre católicos y hugonotes. Allí, lo que debería ser una lucha por la ortodoxia termina pareciéndose demasiado a una pugna por el poder: príncipes, comerciantes, banqueros, líderes políticos… todos utilizan el lenguaje de la religión para justificar ambiciones que poco tienen que ver con la misericordia o la salvación.

"Pero las cosas son así. Dios, la religión, la Iglesia, para la mayoría de los hombres no son  sino máscaras. Detrás de sus libros santos, sea el Corán, el Antiguo o el Nuevo Testamento, esconden sus libros de de cuentas. No son las cuentas de un rosario que se desgranan, sino un ábaco de mercader lo que manipulan. Los ducados, el oro, los intereses, el comercio de especias, la venta de telas, son sus desvelos".

Y es en ese punto donde Bernard se detiene y duda, preguntándose, con una lucidez dolorosa, si no será que las grandes palabras -Causa, Fe, Verdad- han servido demasiadas veces para camuflar intereses mezquinos. Se pregunta si el demonio no estará precisamente ahí, en el engaño que nos hace creer que matar al otro es servir a Dios. Y esta duda, como una grieta de luz que se abre en medio del fanatismo, hace descubrir a Bernard que su enemigo se parece demasiado a él mismo, que su supuesta superioridad moral no lo salva de caer en la misma barbarie que denuncia.

Gallo consigue que veamos la historia de Occidente no como un relato heroico y lineal, sino como un espejo incómodo. Occidente lleva siglos justificando guerras, conquistas y represiones en nombre de valores sagrados. Y sin embargo, detrás de los estandartes hay ambición, miedo, sed de dominio. Bernard, golpeado por la experiencia, entiende que la cruz no siempre ilumina; a veces ciega. A pesar de su sensibilidad hacia la tradición cristiana, Gallo no idealiza a sus defensores, no los muestra como paladines puros, sino como seres humanos atrapados entre convicciones nobles y pulsiones sombrías. El fanatismo católico, la violencia hugonote, la crueldad musulmana… todo aparece en un mismo plano moral. Lo que importa no es quién tiene la verdad doctrinal, sino quién es capaz de reconocer la humanidad de la otra, del otro. 

"-Los cristianos vencen a los turcos en Lepanto -prosigue María de Segovia- el domingo 7 de octubre de 1571 y aún no había transcurrido un año cuando, otro domingo, el 24 de agosto de 1572, durante la noche de San Bartolomé, se mataron entre sí, aquí, en nombre de Cristo.
Interrumpe su discurso y se queda inmóvil ante mí.
-Nuestro siglo se parece a aquél, -dice-. Se mata ya en nombre de Dios, de Cristo y de Alá".

También consigue (no sé si lo pretende) que veamos en el siglo XVI un antecedente de nuestros dilemas contemporáneos: sociedades fracturadas, amenazas reales o percibidas, el renacer de rivalidades entre comunidades de fe, la tentación de convertir la identidad en arma, la necesidad de definirse contra un “otro”. Hoy seguimos atrapados entre identidades en conflicto: políticas, religiosas, culturales. Seguimos escuchando discursos que prometen seguridad absolviendo cualquier exceso, que señalan culpables externos para evitar mirarnos por dentro. Las redes sociales, la brutalización deshumanizadora y los extremismos han convertido el “ellos contra nosotros” en un hábito. Y Gallo, desde su siglo XVI novelado, parece advertirnos que la mayor trampa es creer que el mal siempre está fuera.

El camino de Bernard en la novela sugiere otra salida: la duda humilde, la capacidad de crítica, la conciencia de que la fe -o la identidad, o los ideales- deben confrontarse siempre con la compasión. Cuando él descubre que su enemigo es también criatura de Dios, todo el edificio de la violencia se derrumba. Ese gesto interior, íntimo, es el corazón de la novela. De ahí que esta no sea solo ni fundamentalmente una narración de guerras antiguas, sino un recordatorio de que la civilización no se construye con victorias sobre el otro, sino con victorias sobre nuestra propia ceguera moral.

lunes, 27 de octubre de 2025

Montaña / La bandera en la cumbre

Oscar Gogorza
Montaña. Luz y oscuridad de camino a la cumbre
Debate, 2025

“A los jóvenes montañeros del presente, los apellidos Terray, Rébuffat o Lachenal no les dicen nada. Los más curiosos pueden rebuscar en algún vídeo, pero se desaniman cuando ven imágenes en blanco y negro. Si estos tres franceses continúan siendo importantes hoy en día a los ojos de la historia del alpinismo es, sencillamente, porque sentaron las bases de una ética. Curiosamente, los mejores alpinistas siguen hoy en día dicha ética… sin saber de dónde procede realmente. Los libros de Terray y Rébuffat contienen las respuestas a las preguntas filosóficas de los escaladores, defienden ideas precisas: la amistad en el seno de la cordada, el sacrificio por el bien común, la aventura como valor supremo del alpinismo, el respeto hacia el medio natural como punto de partida, el humanismo integrado en un universo salvaje”.


Leer este libro te impulsa a respirar más hondo, como si las palabras se escribieran en la altura y cada página requiriera un pequeño esfuerzo de aclimatación. No es una novela ni un manual de escalada sino un itinerario interior, un largo camino por las luces y sombras de quienes dedican su vida a subir montañas (y a descifrarlas). Desde las primeras páginas se escucha la voz de alguien que ha estado allí, que ha olido la nieve, que ha acariciado la roca, que ha sentido el vértigo y el miedo, pero también la calma inmensa del silencio blanco. Gogorza escribe con la serenidad de quien sabe perfectamente que el alpinismo no se mide en metros, sino en vida consciente. Periodista y guía de alta montaña, combina la precisión del cronista con la humildad del caminante; de ahí que su relato no busque deslumbrar con hazañas, sino interrogarse sobre el porqué de ellas: ¿qué empuja al ser humano a subir donde aparentemente no hay nada?

El libro avanza como una travesía dividida en pequeñas etapas, cuarenta y una historias que se entrelazan para construir una gran cordillera de relatos. Cada una es una cima, un collado, una noche en una tienda azotada por el viento o una reflexión al pie de un glaciar. En sus páginas desfilan nombres míticos –Mallory, Bonatti, Terray, Messner, Bonington- junto a figuras anónimas o íntimas. Sí, hay una “flagrante ausencia” de mujeres. Lo que une a todos no es la fama ni el récord, es la misma pulsión esencial, la que late en la sangre de quien se enfrenta a su propio límite.

Hay momentos en los que el autor se detiene a mirar atrás, hacia los pioneros (y alguna destacada pionera) que trepaban sin cuerdas ni mapas, buscando lo desconocido. En otras ocasiones su mirada se dirige al presente, a esa montaña saturada de selfies y expediciones comerciales que suben al Everest como si fuera un parque temático: “es el signo de los tiempos: las montañas icónicas se privatizan, desde el Cervino hasta el Mont Blanc, pasando por el Everest”. Gogorza no condena ni idealiza: observa y describe con melancolía y lucidez, consciente de que el alpinismo ha cambiado, pero que en su núcleo sigue ardiendo una llama antigua, casi sagrada.

“El gran asunto del alpinismo, su mayor misterio, no tiene que ver con montañas sino con personas. En las motivaciones de sus actores y actrices encontramos casi toda la base épica y literaria de una actividad tan fácil de explicar como complicada de entender”.

El subtítulo del libro, luz y oscuridad de camino a la cumbre, marca el tono: cada ascenso lleva en sí su doble rostro, la montaña es belleza y abismo, pureza y vanidad, vida y muerte. Hay descripciones luminosas, de amaneceres sobre las cimas nevadas, y páginas sombrías en las que se asoma la pérdida: amigos que no regresaron, accidentes que dejaron una huella imborrable. Gogorza escribe esos pasajes sin dramatismo, con la voz baja de quien sabe que el respeto es la única forma de homenaje.

Más que contar aventuras, el autor desvela una ética. Sabe que la montaña no se conquista, se comparte, se atraviesa, se sobrevive a ella, y que el éxito no está en la cima, sino en la manera de llegar hasta allí. Entre las líneas se percibe su admiración por quienes renunciaron a seguir subiendo cuando era más sabio detenerse, por los que entendieron que la grandeza también puede consistir en dar media vuelta.
En su última parte, el libro se abre a las sombras del presente: el dopaje, la mercantilización de las cumbres, la desigualdad de género que durante décadas marginó a las mujeres alpinistas. Pero incluso ahí, en su crítica, late un profundo amor por la montaña y por el montañismo.

Cuando llegamos al final nos queda la sensación de haber acompañado al autor en una larga expedición y la certeza de que la montaña -real y simbólica- nos exige mucho, pero nos regala mucho más.

*-*-*-*-*

Pablo Batalla Cueto
La bandera en la cumbre: Una historia política del montañismo 
Capitán Swing, 2025

“Son días para ser maquis noctiluentes de la causa de Gaia, justicieros del medio ambiente. Subimos a las montañas porque están ahí, decía Mallory, y ahí seguirán si el planeta deviene el infierno irrespirable que va camino de ser, pero todo lo demás desaparecerá si no le ponemos remedio: glaciares, hayedos, los ciervos y las ardillas, las verónicas y saxífragas de los bens escoceses y, por supuesto, nosotros, que tal vez fuimos creados, al fondo de los tiempos, por los dioses-montaña, deseosos de tener quien los pensara, amara y soñase, quien les pintara cuadros y les escribiese poemas. La montaña se muere si perecemos nosotros, aunque quede en pie la roca insensible, su carne pétrea que, sin alma ni amantes, será un cadáver anónimo, un cadáver sin reclamar en la morgue del cosmos”.


En estos tiempos de machacona e interesada (también políticamente) cantinela sobre la necesidad de separar deporte y política, desde la primera página de este libro Pablo Batalla nos invita a contemplar la montaña no como un espacio puro, desvinculado del mundo, sino como un escenario saturado de símbolos, de banderas, de poder. La montaña aparece en este libro también como escenario, como tribuna, como podio y como confesionario: allí arriba no se planta simplemente una cuerda o un piolet, sino una convicción, un signo, una reivindicación. La montaña no es un santuario ajeno a la historia, ni un simple desafío físico: es un campo de fuerzas, un espejo del mundo y de las ideologías que lo modelan. Y desde ese ángulo, el autor acomete su ensayo con pasión de escalador y rigor de historiador.

Con un estilo que combina la claridad del ensayo con el pulso de la narración, Pablo Batalla recorre más de dos siglos de historia del montañismo, desde las expediciones coloniales del siglo XIX hasta las más recientes del siglo XXI. Su mirada es política, pero también profundamente humana: se interesa tanto por la geopolítica del Everest como por el gesto íntimo de quien sube para desafiar su propio destino. Su investigación es minuciosa -plagada de datos, anécdotas y voces de época-, pero su escritura no se encalla en la erudición. Fluye como quien sube sin prisa, midiendo el paso, el pulso y el aire que entra y sale de sus pulmones.

El autor estructura el libro en dieciocho capítulos, cada uno de los cuales asocia un tipo de montaña o un momento histórico con una corriente ideológica. Esa elección permite una lectura rítmica, ascendente, donde cada pico representa una idea. 

En uno de los capítulos más intensos, el autor analiza la apropiación del alpinismo por los regímenes totalitarios, en particular el nazismo. Las montañas, allí, se convirtieron en metáforas de pureza racial y fortaleza nacional. Décadas después, otros picos fueron tomados por el socialismo real como escenarios de igualdad y sacrificio común. 

Frente a esta relación totalitaria con la montaña, el feminismo halló en la escalada -tradicionalmente masculina y abiertamente patriarcal, hasta machista- una forma de desafío político y libertad personal. En todos los casos, la montaña se revela como un espejo de luchas humanas fundamentales.

Pablo Batalla consigue que ese repaso histórico se lea con el pulso de una novela coral. Hay ascensos triunfales y tragedias, gestos heroicos y contradicciones morales. Pero más allá de los hechos, lo que sostiene el relato es la pregunta constante: ¿de qué sirve llegar arriba si no sabemos qué bandera estamos izando?

Al cerrar el libro, nos quedamos con una sensación curiosa: no hemos escalado una montaña, sino muchas; no hemos leído una historia del alpinismo, sino un tratado sobre la condición humana. Hemos subido picos simbólicos, plantado banderas de muchas tonalidades, y nos damos cuenta de que la “cumbre” no es un punto fijo, sino un umbral: la cima de la montaña y la cima de nuestras convicciones. Y quizá, lo más relevante, es que la montaña ha estado ahí, siempre, como espejo de nosotras mismas, de nuestras aspiraciones, de nuestras contradicciones. Porque, como sugiere Batalla, cada ascenso es también una metáfora de cómo nos relacionamos con el poder, con las otras y los otros, con nosotras mismas.

La bandera en la cumbre es un ensayo que enriquece y complejiza nuestra mirada hacia la montaña. En la última página, el eco de la pregunta inicial sigue resonando: ¿qué bandera plantaremos en nuestra cumbre? Ahí reside el acierto del libro, en recordarnos que la montaña -lejos de ser un refugio apolítico- es un espejo que nos devuelve la imagen más nítida de lo que somos como sociedad. No una montaña inmaculada, sino una montaña con historia y con huellas. 

Un libro para quienes aman la montaña, sí, pero también para quienes aman la historia, la política, las ideas que se elevan tanto como la roca. Y para quienes se preguntan: ¿qué bandera quiero izar en mi cima? Yo me quedo, cada vez más, con esta:

“[N]o es más limpio –más ecológico- quien más limpia, sino quien menos ensucia. Esta segunda vocación requiere un mayor grado de autorreflexión que la primera, y, si nos implicamos en ella, no nos bastará con no abandonar nuestros pertrechos en el Everest, sino que tendremos que ir más allá y preguntarnos cómo se fabricaron, de qué materiales están hechos –tal vez se extrajeron de una devastadora mina del Congo-, cuál es la huella de carbono de su transporte hasta la tienda en la que los compramos, cuán imprescindibles son. E incluso decidiremos, si la llevamos al extremo, no ir al Himalaya en absoluto si no somos habitantes de sus laderas. También es una forma de ecologismo, aunque no necesite etiqueta alguna, renunciar a conocer las cordilleras de las antípodas, llenando la atmósfera del dióxido de carbono del avión en el que volamos para llegar a ellas, y conformarnos con las que quedan cerca de casa. Nos convertimos así en alpinistas de kilómetro cero como Nan Shepherd, que en los Cairngorms no encontraba gargantas vertiginosas ni escarpaduras estratosféricas en las cuáles sufrir el mal de altura, pero tampoco lo necesitaba. Siguen existiendo montañeros monógamos cuyo mundo cabe en dos o tres hojas del Mapa Topográfico Nacional”.

miércoles, 20 de agosto de 2025

Sed de sangre

Joanna Bourke
Sed de sangre: Historia íntima del combate cuerpo a cuerpo en las guerras del siglo XX
Traducción de Luis Noriega
Crítica, 2008
 
"El acto característico de los hombres en la guerra no es morir sino matar. Para los políticos, los estrategas militares y muchos historiadores, la guerra quizá sea una cuestión de conquistar territorio o de luchar por recuperar el honor nacional, pero para el hombre en servicio activo una confrontación bélica implica la matanza lícita de otras personas. Su peculiar importancia deriva del hecho de  que tal acción no es homicidio, sino un derramamiento de sangre sancionado, que las autoridades civiles de más alto nivel legitiman y la enorme mayoría de la población aprueba. En el siglo XX, las dos guerras mundiales y la guerra de Vietnam mancharon de sangre las manos y las conciencias de miles de hombres y mujeres británicos, estadounidenses y australianos. En este libro, los combatientes comparten sus fantasías y experiencias concretas de causar la muerte a otros seres humanos y, en el proceso, se revelan como individuos transformados por un abanico de emociones en conflicto: el miedo a la par que la empatía; la ira a la par que la euforia. Estos hombres se rindieron a una indignación moral irracional, aunque sincera, hallaron alivio en una culpa atroz e intentaron negociar el placer en un paisaje de violencia extrema.
[...] En este sentido, la guerra no es el infierno y el soldado que empuña una bayoneta no es una bestia enloquecida. En la guerra los actos de matar íntimos los comenten sujetos históricos provistos de lenguaje, emoción y deseo. Matar en tiempos de guerra es inseparable de cuestiones sociales y culturales más amplias. El combate no acaba con las relaciones sociales, sino que, más bien, las reestructura. Inevitablemente la fantasía permea todas las narraciones. El propósito de este libro es examinar la forma en que los hombres experimentan el matar, entender cómo la sociedad lo organiza e investigar las maneras en que se ha incrustado dentro de la imaginación y la cultura del siglo XX"
.
 
 
Publicado en 1999 y premiado con el Wolfson History Prize, este libro se adentra en un territorio tabú de la historiografía bélica: no en el heroísmo, ni en el trauma, sino en el placer. Apoyándose en cientos de cartas, diarios y testimonios de soldados británicos, estadounidenses y australianos que combatieron en las dos guerras mundiales y en Vietnam, la autora argumenta,que el combate puede despertar un gozo físico y emocional, incluso un éxtasis, que convive -a veces sin contradicción- con el miedo y el horror.
 
"Creo que la mayoría de los hombres que han estado en la guerra tendrían que admitir, si son honestos, que en el fondo también les encanto". "Hoy tuvimos nuestra primera clase de bayoneta -es toda un arma-, dejamos el terreno más sucio que el infierno; todos tuvimos la misma idea, como si fuéramos niños con un juguete nuevo: queríamos probarla de inmediato. Es de esta forma que todos hemos empezado a sentirnos a propósito del combate en general: queremos probarlo". "Fingí estar indignado, pues la profanación de los cadáveres se desaprobaba por considerarse que era algo poco americano y contraproducente. Sin embargo, lo que sentía de verdad no era indignación. Mantuve mi cara de oficial, pero por dentro estaba... riéndome". "Un día... conseguí hacer un disparo directo contra un campamento enemigo y pude ver los cuerpos o partes de cuerpos volar por los aires y oír los alaridos desesperados de los heridos y de los que huían. Tuve que confesarme a mí mismo que se trataba de uno de los momentos más felices de mi vida". "En este punto, vi un alemán bastante joven, que corría hacia la trinchera con las manos levantadas, pidiendo clemencia. Le disparé de inmediato. Verlo caer fue una experiencia celestial".
 
Son solo algunos de los muchos testimonios personales que contiene el libro y a partir de los cuales la autora construye su argumento. Testimonios de acciones que van más allá del enfrentamiento convencional entre dos personas armadas que luchan en una guerra. Testimonios que hablan de asesinatos de prisioneros desarmados, de mutilaciones de cadáveres, de violaciones en grupo, todo ello legitimado, cuando no alentado, por las autoridades militares:
 
“El marine Ed Treratola también se refirió a la complicidad generalizada de las autoridades militares con respecto a las atrocidades. Cuando su unidad tenía que hacer una patrulla prolongada, lo que los hombres hacían era deslizarse en una aldea, secuestrar a una mujer y violarla entre todos. Después de ello, los soldados, dependiendo de su estado de ánimo, la liberaban o la mataban. En ocasiones, esto ocurría cada noche y, Treratola admitía. «los campesinos se quejaban». «Algunas veces», continuaba, «los oficiales superiores decían: “Bueno, mirad, tenéis que calmaron un rato, ya sabéis, dejad pasar un tiempo entre una y otra vez”. Pero nunca se nos disuadió de continuar»"

Joanna Bourke escarba en la textura psicológica de la violencia, desmontando el estereotipo del combatiente traumatizado como única consecuencia posible; al contrario, para muchos el acto de matar, torturar o violar se vivió como una intensificación radical de la existencia. La adrenalina, la camaradería y la sensación de dominio absoluto sobre la vida de otra persona forman una mezcla que puede ser adictiva. Lo inquietante, subraya la autora, es que estos hombres no eran monstruos previos a la guerra, sino ciudadanos corrientes a los que la maquinaria bélica moldeó para matar con eficacia… y disfrutarlo.

“El autor [de un manual de adiestramiento de la Home Guard británica] hacía hincapié en la necesidad de que los miembros de la Home Guard «se acostrumbraran» a la sangre y aconsejaba a los instructores llevar a sus hombres «al matadero local y dejarles mirar tanto como quieran. Al principio, detestaran el lugar, pero luego hay que repetir el ejercicio hasta que dejen de sentir repugnancia». Asimismo, proponía que los milicianos probaran por sí mismos «la resistencia de un cuerpo» utilizando sus «cuchillos asesinos» en los animales muertos («les sorprenderá comprobar la fuerza que se requiere para apuñalarlos»)”.

En este sentido, uno de los ejes más provocadores del libro es la impugnación que Joanna Bourke hace a las teorías que explican la violencia extrema en clave de “conciencia anestesiada” o “estado agéntico”, donde el combatiente actúa como ejecutor pasivo, desligado de responsabilidad moral, o bien como víctima irreversible de un trauma que lo marcará para siempre. Frente a esas lecturas, la autora sostiene que muchos soldados mataban con plena conciencia y aceptaban de buena gana su papel como actores de la guerra. Lejos de ser sujetos morales inertes, conservaban -o reconstruían- una “creatividad moral” que les permitía integrar la transgresión en su identidad sin quedar paralizados por la culpa. Esta visión, que desplaza el foco del “obedecían órdenes” al “eligieron actuar”, incomoda porque obliga a reconocer agencia allí donde otros ven solo coerción o alienación:
 
"Los combatientes, por tanto, no eran sujetos morales pasivos que tras cometer la transgresión definitiva quedaban marcados para siempre. Todo lo contrario, aceptaban de buena gana su papel como actores de la guerra y, de este modo, su conciencia moral lograba conservar su creatividad y capacidad de recuperación"
 
El libro destaca el papel jugado por la psicología, las iglesias y las autoridades políticas a la  hora de construir un universo moral legitimador de las atrocidades de la guerra en nombre de un supuesto bien superior.
 
En este punto, la autora parece desestimar con demasiada ligereza las advertencias de figuras como Henry de Man, quien en 1920 alertaba sobre el riesgo de que millones de veteranos, habituados a matar y a disfrutarlo, pudieran volcar esa experiencia en la violencia política interna. Bourke trata estas predicciones como excesivamente alarmistas, pero creo que la historia posterior ofrece ejemplos que las vuelven inquietantemente plausibles: en la Italia de posguerra, los arditi y otros excombatientes nutrieron las filas de los escuadrones fascistas de Mussolini, mientras que en Alemania las Freikorps -integradas por antiguos oficiales y soldados- se convirtieron en fuerzas de choque contra sindicatos y partidos de izquierda, participando en asesinatos políticos y allanando el terreno para el nazismo. No toda la generación de combatientes cayó en la violencia civil, pero sí una parte significativa, y organizada, que empleó las destrezas y vínculos forjados en la guerra para imponer proyectos autoritarios. En este aspecto, considero que la prudencia analítica de Joanna Bourke roza la ceguera selectiva: al centrarse en la vivencia íntima del acto de matar, resta peso a las consecuencias colectivas y estructurales de esa experiencia (frente a la conocida tesis de la "brutalización" de George L. Mosse).
 
La propuesta de Bourke ha generado numerosas críticas. Una reseña en The Harvard Crimson señaló que la selección de fuentes favorece su tesis y que la experiencia bélica no es tan uniforme como el libro podría sugerir. Por su parte, el historiador Anthony Beevor ha cuestionado que el placer sea el motor principal en la batalla cuando, en su opinión es el miedo y el mero instinto, lo que puede ser cierto; lo que no entiendo es la afirmación de Beevor de que la tesis de Joanna Bourke se diseñó para encajar en una agenda feminista bastante extrema ("a pretty extreme feminist agenda").  
 
De hecho, ami juicio cuando la autora aborda el papel de la mujer en la guerra se mueve por un terreno resbaladizo en términos muy poco feministas. Su reflexión sobre las “mujeres guerreras” pretende extender la tesis del placer en el combate más allá del género masculino, pero para ello cita unos pocos casos documentados de combatientes femeninas, junto a pasajes literarios y crónicas donde se exalta el ardor guerrero de las mujeres. El contraste con el abundante material sobre soldados varones torturando, mutilando y violando es abismal: miles de testimonios directos de brutalidad frente a unas cuantas escenas aisladas, muchas filtradas por la pluma masculina o por fines propagandísticos. Así, la equiparación corre el riesgo de apoyarse más en una voluntad interpretativa -la de subrayar que el goce violento es potencialmente humano y no fundamentalmente masculino- que en una base empírica comparable. El propio texto confirma la dificultad (yo diría que la imposibilidad) de sostener esa equiparación:
 
“En Corea, las mujeres de los comandos tenían fama de ser tan «inflexibles» y «peligrosas como los hombres, o todavía más». Con todo, es importante señalar que no hay ninguna prueba de que las combatientes fueran de verdad más propensas en realidad a jugar sucio. De hecho, Flora Sanders recordaba al menos un incidente en el que reprendió a sus compañeros varones por comportamiento poco deportivo. La habían desafiado a un concurso de puntería en el que el blanco era un búlgaro herido y ella, tirando su rifle, les dijo con desprecio: «¡Qué tíos tan valientes sois! ¿Por qué no disparáis contra un hombre que pueda responder al fuego?»”.

Como lectura, Sed de sangre incomoda y obliga a mirar de frente una verdad perturbadora: la capacidad humana para encontrar sentido y hasta goce en la destrucción de sus semejantes. Su riqueza documental, la fuerza de su prosa y la audacia de su enfoque la convierten en una pieza clave para repensar la guerra desde un ángulo raras veces admitido. Al cerrar el libro, te quedas con una sensación amarga: que la barbarie no siempre es un accidente ajeno sino algo que puede florecer, con aterradora naturalidad, en cualquiera de nosotros. La guerra y la cultura de la muerte y la brutalidad que son su fundamento son una construcción social. Como dice la autora en la introducción, "Matar en tiempos de guerra es inseparable de cuestiones sociales y culturales más amplias. El combate no acaba con las relaciones sociales, sino que, más bien, las reestructura". De ahí la urgencia de seguir trabajando por una cultura y unas relaciones sociales que se lo pongan difícil a la sed de sangre.

miércoles, 4 de junio de 2025

M. La hora del destino

Antonio Scurati
M. La hora del destino
Traducción de Carlos Gumpert
Alfaguara, 2024

"El sacrificio idiota es el único horizonte, habrá que prolongar la defensa a ultranza, hasta la última gota de sangre. Veinte años de retórica fascista así lo imponen".


Cuando el telón cae sobre los imperios, lo hace con estrépito, pero también con una inercia que los vuelve espectrales antes de desaparecer del todo. En M. La hora del destino, Antonio Scurati nos sitúa precisamente en ese crepúsculo del fascismo italiano, en los años que van de 1940 a 1943: la entrada de Italia en la Segunda Guerra Mundial, las derrotas militares, el aislamiento progresivo de Mussolini y, finalmente, su caída humillante a manos de sus conmilitones del Gran Consejo Fascista.

Este cuarto volumen nos aproxima al final del proyecto novelístico más ambicioso de la literatura italiana contemporánea: la reconstrucción narrativa del ascenso y caída de Benito Mussolini como figura histórica, mito nacional y tragedia ideológica. Pero, como en los libros anteriores de la serie, Scurati escribe una novela documental en la que el relato se ve acompañado de documentos reales -discursos, cartas, notas de prensa- para ofrecernos un relato histórico profundamente vívido.

Italia entra en guerra en junio de 1940, cuando Francia está ya vencida y Hitler parece invencible. Mussolini no quiere quedarse atrás. Busca una victoria rápida y una silla en la mesa de la victoria alemana. Pero pronto la realidad se impone: las campañas en Grecia, en África, en los Balcanes y en Rusia acaban en desastre tras desastre. El ejército italiano, mal equipado, mal dirigido, expuesto al clima y al desánimo, no resiste. El país comienza a pagar el precio del sueño imperialista. Alrededor del Duce, Scurati construye un mundo que se desmorona. No hay héroes, solo oportunistas, cómplices, familiares confundidos y un puñado de patéticos fanáticos:

"Barrigones, ajados o bien engominados, repletos los unos y los otros de lentejuelas y grecas. Estos son los hombres de quienes depende el destino de Italia en la nueva guerra del mundo".

A estas alturas, Mussolini ha dejado de ser el líder carismático del primer volumen. Ahora se muestra envejecido, paranoico, cada vez más encerrado en su mundo de retórica hueca y gestos vacíos; es un hombre que sigue hablando como si todavía tuviera el control de Italia, pero cuyos discursos y decisiones, más allá de su cada vez más reducido círculo de incondicionales, ya no despiertan entusiasmo, sino una mezcla de escepticismo y sospecha:

"Después de interrogarlo un buen rato con la mirada, Enno von Rintelen [agregado militar de la embajada nazi en Roma] se ve obligado a comprender: no se haya ante una monstruosa muestra de cinismo ni ante un repugnante episodio de narcisismo. Se trata, más trivialmente, de incompetencia. Benito Mussolini no es el tirano sediento de sangre dispuesto a enviar a sus soldados a morir mal armados por sus propios cálculos abyectos; no es el dictador obnubilado, a pesar de todo, por el culto personal que esos hombres le rinden. Mucho más simplemente, el Duce no está en condiciones de hacer una valoración técnica del equipamiento de sus ejércitos. Y ello no le causa preocupación. Este hombre es el orgulloso, audaz y beligerante jefe de una nación en armas, pero no conoce las armas".

En este entorno, Scurati muestra su enorme talento para reconstruir una atmósfera psicológica desde los pliegues de la historia. La corte fascista es ya un velorio en cámara lenta y la presión de la derrota y la descomposición moral de un régimen que ya no cree en sí mismo empujan la narración hacia un destino inevitable: la reunión del Gran Consejo del Fascismo en julio de 1943 y el arresto de Mussolini por orden del rey Víctor Manuel III:

"Al cabo de veinte años, ha caído el fascismo, pero en esa demolición no participa un solo antifascista en la Sala del Papagayo. Son las 2.30 horas de la noche del 25 de julio de mil novecientos cuarenta y tres. Se levanta la sesión".

La hora del destino no cierra la historia de Mussolini (aún quedan por relatar la República de Saló y su muerte), pero sí cierra un periodo esencial: el paso del fascismo triunfante al fascismo derrotado. Scurati no escribe para redimir ni para condenar, sino para recordar que una nación puede perderse en su propio delirio, que el fascismo no fue solo una anomalía del pasado sino una posibilidad siempre latente. Y en estos tiempos donde los discursos autoritarios resurgen con otras máscaras, su voz resuena como advertencia y como memoria.

jueves, 29 de mayo de 2025

Con todas sus fuerzas


Gretchen Wilson
Con todas sus fuerzas: Gertrude Harding, militante sufragista
Traducción de Maite Mujika
Txalaparta, 1999

"Nosotras las mujeres sufragistas tenemos una gran misión, la más grande misión que haya conocido el mundo. Consiste en liberar a la mitad dela raza humana, y a través de esa libertad salvar al resto". 
[Emmeline Pankhurst,1912]
 
 
Esta biografía de Gertrude Harding, escrita por su sobrina-nieta Gretchen Wilson, es uno de los escasos libros en castellano a los que podemos recurrir para conocer el movimiento sufragista. La autora combina en esta obra elementos de biografía y autobiografía, utilizando escritos personales de Gertrude Harding, dibujos, caricaturas políticas y fotografías para ofrecer una visión íntima y detallada de su vida y de sus luchas. 

Gertrude Harding nació en 1889 en Welsford, New Brunswick, Canadá, siendo la menor de siete hermanos. Su infancia transcurrió en una granja, en un entorno rural y tradicional. Debido a una afección cardíaca menor, fue enviada a Honolulu para vivir con su hermana mayor, donde experimentó una vida más acomodada pero también una dependencia económica de sus familiares masculinos. Esta experiencia de dependencia y control sobre su vida la motivó a buscar independencia y justicia social.

En 1912, durante su primer viaje a Londres, Harding presenció una manifestación de mujeres de la Unión Social y Política de Mujeres (Women's Social and Political Union, WSPU) que portaban carteles exigiendo el derecho al voto: "Los transeúntes se paraban a contemplar a aquellas mujeres, y algunos les vociferaban improperios, mientras ellas continuaban su marcha sin prestar atención a lo que sucedía a su alrededor. Aquella escena me hizo sentir molesta por alguna razón, pero curiosa y emocionada al mismo tiempo".


Impactada por la determinación de estas mujeres, se unió rápidamente al movimiento sufragista, comenzando como mensajera para uno de los grupos más militantes. Su compromiso la llevó a participar en acciones directas, como el ataque al invernadero de orquídeas en Kew Gardens, y a enfrentar el rechazo de su familia por su activismo. Con el tiempo Gertrude Harding llego a ser secretaria privada de Christabel Pankhurst y posteriormente se convirtió en editora del periódico del movimiento, The Suffragette. Durante la Primera Guerra Mundial se dedicó al trabajo social con mujeres empleadas en fábricas de municiones en Inglaterra y, más tarde, continuó su labor social en Nueva Jersey, Estados Unidos. Falleció en 1977, dejando un legado de lucha por los derechos de las mujeres y la justicia social.

Ante la creciente violencia contra las sufragistas, estas organizaron una unidad de mujeres entrenadas en jiu-jitsu, cuya misión era proteger a las líderes del movimiento. Armadas con garrotes, estas mujeres estaban preparadas para enfrentarse físicamente a la policía, demostrando una valentía y determinación excepcionales. De esto va el excelente cómic Jiujitsufragistas. Y es esta cuestión del uso de la violencia una de las más destacadas en el libro. 

Su decisión para arrostrar la violencia policial sin reaccionar con más violencia y su disposición a infringir públicamente la ley y exponerse a ser encarceladas las convierte en auténticas pioneras de la desobediencia civil. No obedecieron leyes que consideraban injustas, interrumpían reuniones políticas, se negaban a pagar impuestos o a ser registradas en los censos, se encadenaban a las verjas del Parlamento, desafiando con su presencia los espacios de poder que les estaban vedados. No buscaban el caos, sino el simbolismo: mostraban que el orden establecido era, en realidad, profundamente injusto. 
Su rebeldía no era secreta ni escondida. Al contrario: era pública, consciente y desafiante. Las sufragistas estaban dispuestas a asumir las consecuencias legales de sus actos. Cuando eran encarceladas, muchas comenzaban huelgas de hambre. Y cuando el Estado respondió con alimentación forzada -un acto brutal disfrazado de cuidado-, la imagen de estas mujeres maltratadas por el sistema despertó la indignación social. Sufrían, sí, pero hacían del sufrimiento una herramienta política, una forma de apelar a la conciencia moral del país. Ahí es donde también entra en juego la resistencia no violenta. Aunque el movimiento sufragista, especialmente el ala más radical, adoptó tácticas de destrucción de propiedades privadas, nunca dirigió su violencia hacia las personas. Su objetivo era llamar la atención, sacudir conciencias, romper la indiferencia:

"No se asombren entonces si decidimos prepararnos para hacer más de lo que normalmente hacemos, y comprendan que nos esforzamos por hallar una vía que no provoque pérdida de vidas humanas o mutilación de seres humanos, porque las mujeres se preocupan más por la vida humana que los hombres, y creo que es natural que lo hagamos, porque sabemos el precio de la vida humana. Nosotras arriesgamos nuestra propia vida para dar vida a los hombres" [Emmeline Pankhurst].

En este sentido, su lucha se sitúa en una línea intermedia, compleja pero profundamente inspiradora, entre la desobediencia civil teorizada por Thoreau y la resistencia no violenta practicada por Gandhi años después. No fue una copia de esos modelos, sino una versión adaptada a su tiempo y a su causa, impulsada por el coraje de mujeres que sabían que cambiar la historia implicaba, a menudo, desafiarla primero.

Otro de los contenidos más interesantes (y actuales) del libro es el profundo debate planteado en el seno del movimiento sufragista británico sobre la necesidad o no de suspender sus reivindicaciones como medida de apoyo al esfuerzo de guerra de Inglaterra, debate que supuso la división del movimiento (ye de la familia Pankhurst):

"El sorprendente anunció de la señora Pankhurst de la circular del 13 de agosto [de 1914] surgió de la creencia de que no tenía sentido luchar por el voto si el país sucumbía. [...] Durante la primera semana de septiembre Christabel Pankhurst regresó a Inglaterra y manifestó a un periodista del Daily Telegraph que Alemania debía ser derrotada, y que las sufragistas sentían que Gran Bretaña era un país limpio desde el punto de vista moral. Muchas sufragistas comenzaron a sentirse traicionadas por Christabel. Ellas no podía reemplazar el anhelo de lograr el voto por el sentimiento patriótico, y no siquiera todas las que querían contribuir a la guerra querían abandonar simultáneamente la batalla por el sufragio. [...]
La decisión de la señora Pankhurst y Christabel de apoyar plenamente los esfuerzos bélicos resultó decisiva para la WSPU. Una gran facción de feministas apoyaba fuertemente otras tres causas: el socialismo, el pacifismo y, aunque en menor grado, los derechos de la flora y la fauna. [...] Sylvia Pankhurst y la federación de East End habían sido expulsadas de la WSPU en febrero de 1914, en parte por su vínculo continuado con el Partido Laborista. Durante la guerra, Sylvia luchó contra el Gobierno reclamando entre otras cosas el sufragio universal, mejores condiciones de trabajo y mejor salario para las mujeres que formaban parte de la fuerza de trabajo, y clemencia con los enemigos extranjeros y los pacifistas; su madre y su hermana consideraban poco patrióticas tales reclamaciones. Emmeline Pethick-Lawrence, que había sido la segunda en la jerarquía de la WSPU, inició el Movimiento Internacional Femenino por la Paz, que dio lugar a la Conferencia Femenina por la Paz en La Haya, en abril de 1915".


La historia de las sufragistas no solo es la historia de la conquista del voto. Es también la historia de cómo la justicia puede abrirse paso a través del desacato, del coraje y de la resistencia, incluso cuando quienes luchan por ella son vistas como una amenaza al orden y no como las portadoras de un nuevo y más justo futuro. Una lectura esencial para quienes deseen comprender la historia del sufragio femenino, del movimiento feminista y el papel de mujeres valientes como Gertrude Harding en la lucha por la igualdad de derechos.

lunes, 8 de julio de 2024

Los árboles no huyen

Verena Stössinger
Los árboles no huyen
Traducción de Jorge Seca
Periférica, 2024

"Está cansado. No sólo físicamente. Por el momento sólo quiere dormir. Le ha pedido a su mujer que deje de preguntarle cómo se encuentra y qué le ha a aportado el viaje. Él mismo no lo sabe con exactitud. Le parece bien haberlo hecho. Pero también está contento de que se haya terminado ya".


Tras la Segunda Guerra Mundial varios millones de personas de etnia alemana fueron obligadas a abandonar los territorios de Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Serbia o Lituania, en los que durante siglos se había asentado una migración germana que había conformado una influyente minoría en esos países. El régimen nazi utilizó la presencia de estas minorías como un argumento más para justificar su expansionismo territorial. Finalizada la guerra, las potencias vencedoras acordaron el desplazamiento forzado a las dos Alemanias de todas esas personas (entre 12 y 14 millones) como un medio para erradicar cualquier tentación expansionista futura. Alrededor de 600.000 murieron durante la operación, víctimas del hambre y la violencia.

Jürgen Ramm, el protagonista de este relato, tenía trece años cuando fue desplazado. Huérfano de padre, vio morir de hambre a su madre, a la que enterró antes de ser trasladado a Berlín "en el otoño de 1947, en un tren lleno de niños". Cincuenta años después, acompañado de su esposa, decide emprender un viaje en coche por los lugares en los que vivió hasta su expulsión. Han cambiado los nombres ("Braunsberg, su ciudad natal, a orillas del mar Báltico, se llama en la actualidad Braniewo y se encuentra en Polonia"), pero reconoce paisajes, olores y comidas. Sin embargo su memoria está llena de lagunas ("Él no recuerda lecciones políticas ni de adoctrinamiento, [...] no recuerda ni consignas, ni presiones de las Juventudes Hitlerianas, ni romanticismo de antorchas y hogueras de campamento, ni camisas pardas") y al intentar llenarlas es consciente de que tendrá que arriesgarse a descender "a la zona oscura". Y así, buscando consuelo se encontrará con incómodas preguntas: ¿qué hizo su padre antes de que estallará la guerra, a qué se dedicaba? ¿cuáles fueron las circunstancias de su muerte, en 1939? ¿estaba su padre "de alguna manera en el ajo"?

“¿Cómo podemos representar las migraciones forzadas que vivieron los alemanes sin dejar ninguna duda sobre nuestra culpabilidad en el genocidio de los judíos?”, se pregunta Gundula Bavendamm, directora de la Fundación para el Exilio, la Expulsión y la Reconciliación, impulsora de un museo en el que se rememoran las expulsiones de las minorías de origen alemán que vivían en los territorios devueltos a Polonia, Checoslovaquia, Hungría, la URSS o Rumanía tras la derrota del Reich nazi en 1945. Es la terrible ambigüedad de la memoria.

La misma ambigüedad que acaba por lamentar el protagonista de este libro: "¿Por qué durante el viaje no me limité a contemplar sin más el paisaje? ¿Por qué no cerré por fin esa vieja historia, tan vieja como yo, sin cuestionarla?". ¿Por qué?

miércoles, 15 de mayo de 2024

La frecuente oscuridad de nuestros días

Rebecca Donner
La frecuente oscuridad de nuestros días. Una estadounidense en la resistencia alemana contra Hitler
Traducción de Francisco J. Ramos Mena
Libros del Asteroide, 2023

"Ella es Mildred Harnack. A veces es Mildred Fish-Harnack. Otras es Mildred Harnack-Fish.
Es mujer.
Es esposa.
Es estadounidense.
A veces es la líder estadounidense de un grupo de resistencia alemán. A veces es la esposa estadounidense de un alemán de la resistencia. A veces es la esposa estadounidense de un nazi.
Antes Mildred podía reconocerse a sí misma. Ahora ya no".


Esta es la historia del mayor grupo de resistencia clandestina de Berlín contra el poder nazi, el "Círculo", que la Gestapo llamó la Orquesta Roja (Rote Kapelle). Entre 1932 y 1942 sus componentes harán todo lo posible por combatir al régimen nacionalsocialista desde el interior mismo de Alemania, con el riesgo que esto suponía. Como explica Rebecca Donner, "todos los vecindarios tienen un Blockleiter, un 'vigilante de barrio' nazi. [...] Los vigilantes de barrio son los ojos y oídos de la Gestapo. En este momento hay más de doscientos mil, una cifra que pronto aumentará a dos millones".

Uno de los puntales de este grupo era Mildred Elizabeth Fish, una joven estadounidense nacida en 1902 que en 1926, mientras estudiaba literatura alemana en la Milwaukee State Normal School, conoció al jurista Arvid Harnack, becario Rockefeller, con quien se casó y se mudó a Alemania. Gracias a sus cartas y diarios tenemos conocimiento de la extensión del nazismo ("Alemania está viviendo horas muy oscuras. Todos perciben la amenaza, pero muchos esconden la cabeza en la arena") y basándose tanto en estas como en otra abundante documentación, Rebecca Donner nos introduce vívidamente en el día a día de la transformación aparentemente imparable de toda una sociedad en un régimen totalitario:

"Mildred ve esvásticas en paquetes de tabaco, latas de café, moldes para pasteles... Día tras día la propaganda nazi difunde desinformación y falsas promesas. Día tras día, Hitler va ganando cada vez más adeptos en Alemania.
¡Y todo está sucediendo tan rápido...!".

Contratada por la Universidad de Berlín para impartir clases de historia de la literatura norteamericana, Mildred traslada a sus alumnas y alumnos las obras que abordan la problemática de las personas empobrecidas, de las y los agricultores, obreros fabriles o inmigrantes que sufren las penurias de aquel capitalismo del primer tercio del siglo XX en Estados Unidos. Despedida en 1932 por no ocultar sus opiniones políticas ni sus críticas por el auge del Partido Nazi, fue en el  Berliner Abend Gymnasiums (BAG), un centro nocturno dirigido a la educación de la clase trabajadora, donde conseguirá conectar con personas dispuestas a resistir la expansión del nazismo:

"Las lecturas que recomienda son una mezcla de literatura, filosofía y teoría política, amenizada de vez en cuando con algún poema humorístico o alguna fábula. Cuando está en el atril, Mildred pretende inspirar a sus alumnos, mostrarles una forma diferente de ver el mundo; desea llegar a esos hombres y mujeres de un modo que resulte novedoso. Así que les habla de Ralph Waldo Emerson y los principios del trascendentalismo, haciendo hincapié en la importancia de la autosuficiencia y la valerosa independencia en el pensamiento y la acción; habla del heroísmo de Mahatma Gandhi, y de las traiciones de la monarquía tal como se dramatizan en las novelas de Charles Dickens y las tragedias de William Shakespeare; habla de la tiranía de la mayoría analizada en los escritos filosóficos de John Stuart Mill, destacando cómo un pequeño grupo puede ser víctima de un grupo mayor, y animando a sus alumnos a reflexionar sobre los paralelismos que en ese momento exhibe Alemania. Una y otra vez, Mildred vuelve a sus temas centrales: la difícil situación de los pobres y la necesidad urgente de un cambio político".

Tanto en el BAG como en reuniones en cafeterías, en excursiones aparentemente lúdicas o en su propia casa, las y los miembros del Círculo elaborarán y distribuirán octavillas y periódicos clandestinos antinazis, informarán de la situación en Alemania a las embajadas extranjeras y llegarán a trabajar para el espionaje soviético (Stalin ignorará sus advertencias relativas a la preparación de una invasión del territorio ruso: "Sorprendentemente, la única persona en la que confía el dictador ruso es en el dictador alemán. Los pactos de no agresión y de comercio han reforzado el vínculo entre ambos, y Stalin no puede creer que Hitler quiera romperlo"). El compañero de Mildred, Arvid, logrará infiltrarse en las más altas esferas del régimen, convertido en un "nazi Rindersteak ('bistec') [e]s decir, marrón nazi por fuera, rojo izquierdista por dentro". Y Mildred facilitará la huida de varias personas judías gracias a sus relaciones con la embajada estadounidense.

El coste de su compromiso será muy elevado. Varios miembros del Círculo fueron detenidos, torturados y encarcelados, y algunos se suicidarán tras sufrir los brutales interrogatorios en el cuartel general de la Gestapo. Algunas mujeres sufrirán vejaciones sexuales y violaciones. Muchas acabarán en el campo de Ravensbrück donde, perversión suprema, fueron violadas cuando el Ejército Rojo entró en abril de 1945.  

El 16 de febrero de 1943 Mildred Harnack fue guillotinada. En su celda, horas antes, Mildred traducía al inglés los poemas de Goethe:

"De la frecuente oscuridad de nuestros días
nos dio un Dios compensación -loado sea-
en el deber de alzar al cielo la mirada,
en el sol y la virtud y la belleza".

Un libro imprescindible.