Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
lunes, 8 de julio de 2024
Los árboles no huyen
miércoles, 15 de mayo de 2024
La frecuente oscuridad de nuestros días
lunes, 24 de abril de 2023
Libres para obedecer: El management desde el nazismo hasta hoy
Proponemos simplemente un estudio de casos que se basa en dos observaciones interesantes para nuestra reflexión sobre el mundo en el que vivimos y trabajamos: jóvenes juristas, universitarios y altos funcionarios del Tercer Reich reflexionaron mucho sobre cuestiones de gestión, puesto que la empresa nazi se enfrentaba a enormes necesidades en términos de movilización de recursos y de organización del trabajo. Paradójicamente, desarrollaron una concepción no autoritaria del trabajo, donde el empleado y el trabajador aceptan su destino y están conformes con su actividad, en un espacio de libertad y autonomía a priori bastante incompatible con el carácter
iliberal del Tercer Reich, una forma de trabajo «por medio de la alegría» (durch Freude) que prosperó después de 1945 y que nos resulta familiar hoy en día, en un momento en que se supone que el «compromiso», la «motivación» y la «implicación» derivan del «placer» de trabajar y de la «benevolencia» de la estructura.
"Speer no es uno de esos nazis extravagantes y pintorescos. De hecho ni siquiera se sabe si tiene opiniones políticas. Se habría podido adscribir a cualquier otro Partido político, si hacerlo le hubiera servido para conseguir trabajo y una carrera. Es un producto destacado del hombre medio, triunfador, bien vestido, cortés, incorruptible. [...] Más bien simboliza un tipo de hombre que se está volviendo cada día más importante en todos los Estados que participan en la guerra: el técnico, puro, el hombre brillante que no proviene de una clase social ni tiene antepasados gloriosos y cuyo único objetivo es abrirse camino en el mundo, gracias a sus facultades como técnico y organizador. Precisamente su falta de lastre psicológico y anímico y la desenvoltura con que maneja la temible maquinaria técnica y organizativa de nuestro tiempo hace que esta tipología insignificante llegue tan lejos en nuestros días. Este es su tiempo. Puede que nos deshagamos de los Hitler y de los Himmler, pero los Speer, sea lo que fuere que pueda pasarle a este en particular, seguirán mucho tiempo entre nosotros" [Albert Speer, Memorias, El Acantilado, 2001, traducción de Ángel Sabrido].
sábado, 19 de marzo de 2022
La cuerda invisible
sábado, 12 de febrero de 2022
El culto a los mártires nazis
Escrito con su característico estilo -riguroso y detallista en el uso de fuentes originales, claro en su redacción- este libro, indudabitablemente académico, es también un trabajo militante, un ejercicio cívico que nos advierte de los riesgos que entrañan las políticas que, actuando sobre las emociones más profundas de las sociedades (sobre las más sucias u oscuras, pero tambén sobre las más luminosas), pretenden representar a todo el pueblo, expulsando la discrepancia, la crítica y el matiz al territorio de la traición.
sábado, 5 de diciembre de 2020
Los amnésicos
Géraldine Schwarz
Los amnésicos
Traducción de Núria Viver Barri
Tusquets, 2020 (5ª ed.)
"Los padres de mi padre no habían estado ni del lado de las víctimas, ni del lado de los verdugos. No se habían distinguido por actos de valentía, pero tampoco habían pecado por exceso de celo. Simplemente eran Mitläufer, personas «que siguen la corriente». Simplemente, en el sentido de que su actitud había sido la de la mayoría del pueblo alemán, una acumulación de pequeñas cegueras y de pequeñas cobardías que, sumadas unas a las otras, habían creado las condiciones necesarias para el desarrollo de los peores crímenes de Estado organizados que la humanidad haya conocido jamás. Después de la derrota y durante largos años, a mis abuelos les faltó perspectiva, como a la mayoría de los alemanes, para darse cuenta de que, sin la participación de los Mitläufer, incluso aunque hubiera sido ínfima a escala individual, Hitler no habría estado en condiciones de cometer crímenes de aquella magnitud".
Hija de padre alemán y madre alemana Géraldine Schwarz tiene un abuelo paterno que, valiéndose de la legislación nazi para la "arianización" de todos los bienes propiedad de judíos (hogares, obras de arte, negocios o empresas), en 1938 adquirió, por un precio muy inferior a su valor real, una empresa a sus propietarios judíos, posteriormente asesinados en Auschwitz. También tiene un abuelo materno que fue gendarme al servicio del gobierno colaboracionista de Vichy: "Por allí pasaban los clandestinos que huían, los judíos y los resistentes del bastión de la región montañosa de Morvan [...] ¿Mi abuelo había arrestado a alguno? ¿Los había mandado al otro lado y los había entregado a los alemanes? ¿Había disparado contra los que huían? Nunca lo sabré, pero mi madre y mi tío recuerdan que, después de la guerra, su padre decía que, cuando podía, cerraba los ojos. Y por lo que sé de él, me inclino a creerlo".
A partir de la historia de su familia, particularmente de su rama paterna, la autora profundiza en la memoria de una Alemania, sí, pero también de una Europa y de una sociedad internacional que siguieron la corriente al nazismo hasta que esa corriente se convirtió en una inundación que amenazó con inundarlo todo.
Schwarz recuerda que en julio de 1938, cuando la dramática situación de la población judía en Alemania y Austria era más que conocida, el presidente Roosvelt convocó una conferencia internacional en la localidad francesa de Évian-les-Bains, famosa por sus balnearios de aguas termales, con el objetivo de los países participantes en la misma asumieran el compromiso de acoger a personas refugiadas que huian del nazismo. Acudieron a la convocatoria 32 Estados (Italia y la URSS rechazaron participar), cuyos representantes se reunieron durante nueve días en el lujoso Hotel Royal, a orillas del lago Lemán. Pero, aunque "los delegados internacionales se sucedieron en la tribuna para expresar su profunda compasión por la suerte de los judíos en Europa [...] ninguno ofreción su hospitalidad, excepto la República Dominicana, que reclamó subvenciones a cambio". Se trataba de encontrar acomodo a unos 360.000 judíos alemans y a otros 185.000 austríacos, unas cifras irrisorias, correspondientes a personas mayoritariamente urbanas, formadas, con capacidades intelectuales y empresariales, cuya aportación a los países que las acogieran sólo podría ser beneficiosa. Pero ni por esas: "Estados Unidos, representado por un simple hombre de negocios [Roosevelt optó por no enviar a ningún funcionario de alto rango, sino a su amigo, el empresario Myron C. Taylor], se negó a elevar sus cuotas, fijadas en 27.370 visados al año para Alemania y Austria. Con ello, uno de los países más influyentes del planeta había marcado el tono y el resto del mundo se apresuró a seguirlo".
Hoy la historia se repite con las refugiadas y refugiados que cada día se lanzan al Mediterráneo.
Géraldine Schwarz repasa críticamente la manera en que tras la guerra se afrontó este oscuro pasado, especialmente en Alemania donde, tras los juicios de Núremberg, la llamada "desnazificación" no pasó de ser más que una operación cosmética, al permitirse la readmisión a sus empleo de centenares de miles de funcionarios que los Aliados habían despedido por su proximidad al régimen de Hitler y aprobarse en 1954 una ley de amnistía que reconocía como circunstancia atenuante la "obediencia en estado de urgencia" (Befehlsnotstand) incluso en el caso de altos funcionarios nazis o de personas condenadas por crímenes de guerra. "La leyenda según la cual era imposible desobedecer una orden criminal sin arriesgar la vida -algo que Schwarz cuestiona, como ya lo hizo Ch. R. Browning en Aquellos hombres grises- había conseguido un estatuto oficial".
También reflexiona sobre la forma en que una parte de la juventud alemana de los años sesenta sustituyó la amnesia de sus padres por la confrontación con su pasado, sobre las políticas de memoria implementadas en Europa, la reunificación de las dos Alemanias, la eclosión de movimientos de extrema derecha como Pegida y Alternativa para Alemania, así como en otros muchos países europeos, y advierte contra el riesgo de que la amnesia pueda estar contaminando Europa de nuevo.
También nos ofrece una vacuna para prevenir ese riesgo: "A
menudo, me pregunto lo que yo habría hecho. Nunca lo sabré. Lo que
importa lo comprendí leyendo estas líneas del historiador Norbert Frei:
que no sepamos cómo nos habríamos comportado 'no significa que no
sepamos cómo habriamos tenido que comportarnos'. Y cómo tendríamos que
comportarnos en el futuro".
Es un libro que hay que leer.
Aquí, una entrevista con la autora.
sábado, 21 de marzo de 2020
Metrópolis
Metrópolis
Traducción de Eduardo Iriarte
RBA Libros, 2019
“Al cabo, Rosa bostezó y susurró algo que sonó a: «Qué vidas tan peculiares llevamos los dos, ¿no te parece, Bernie?», luego apoyó la cabeza en mi pecho y se quedó dormida.
Parecía incontrovertible, y no solo por lo que había ocurrido esa noche. La vida misma transcurría a tal velocidad que era imposible no tener la sensación de que a veces las cosas se escapaban por completo a nuestro control, como si fuéramos a solas en uno de esos largos autobuses turísticos sin techo de Berlín, callejeando a toda velocidad por la metrópolis, sin conductor, haciendo turismo, en dirección a algún peculiar desastre ignoto provocado por nosotros mismos”.
Esta es la última novela protagonizada por uno de los personajes más celebrados de la novela negra, el investigador de la policía alemana durante Weimar e investigador privado en la época nazi, Bernie Gunther. Última y definitiva ya que, lamentablemente, Kerr falleció en 2018.
Se trata de una suerte de precuela de la serie de doce novelas de Bernie Gunthers, que nos situa en el Berlín de 1928, en el momento en que Gunthers deja su actividad en el departamento de Antivicio ("Con tantos millones de muertos en la Gran Guerra y la gripe que llegó justo después, y que, como una plaga bíblica, mató a otros tantos millones de personas, parecía irrelevante preocuparse por lo que los demás se metían por la nariz, o por lo que hacían en sus oscuros dormitorios Biedermeier cuando se desvestían") para trabajar en la Kriminalpolizei o Kripo, la policía criminal, especificamente en su Comisión de Homicidios.
Su tarea será investigar los crímenes de un sádico al que conocen como "Winnetou", el indio apache protagonista de las novelas ambientadas en el Oeste americano firmadas por el célebre escritor aleman Karl May. La denominación tiene que ver con la forma de actuar del asesino:
"Cuatro prostitutas de la zona asesinadas en otras tantas semanas. Siempre por la noche. La primera, cerca de la Estación Silesia. Las golpearon en la cabeza con un martillo de bola y luego les arrancaron la cabellera con un cuchillo muy afilado. Como si lo hubiera hecho el Indio Rojo que da nombre a las famosas novelas de Karl May".
Mientras investiga estos asesinatos, otro caso desplaza y ocupa el interés de la Kripo: alguien está ejecutando a veteranos de la primera guerra invalidos que mendigaban por las calles de Berlín. El asesino reta a la policía publicando cartas en los diarios en los que ofrece pruebas de su autoría a la vez que explica los motivos de sus crímenes:
"La razón por la que he matado a estos tres hombres debería ser evidente para cualquiera que se considere patriota alemán. Los hombres a los que disparé ya estaban muertos y me limité a ahorrales más sufrimiento. Mientras existian, no solo eran una ignominia para el uniforme, sino que también le recordaban a todo el mundo la derrota de Alemania. [...] A los ojos de todos los que los ven arrastrándose por las aceras cual ratas y piojos, representan una afrenta a la mirada humana y a la idea misma de la decencia cívica. En resumidas cuentas, solo he hecho lo que hay que hacer si Alemania debe empezar a reconstruirse, a dejar atrás el pasado. [...] El futuro en el que el ejército alemán asuma el lugar que le corresponde en el destino de la nación no podrá comenzar hasta que se eliminen estos obscenos manchurrones en el paisaje nacional".
Y se despide con un explícito "Heil Hitler"... ¿o es la maniobra de distracción de "alguien que quiere sonar como un nazi"?
Bernie Gunthers sospecha que ambas tramas criminales están relacionadas. En el seno de una policía infectada ya por la ideología nazi, la investigación tomará derroteros insospechados...
Pero el verdadero protagonista de la novela es el Berlín de Weimar, con sus clubs nocturnos y sus cabarés, su antisemitismo, su provocación artística, sus redes criminales, su miseria y su riqueza, por el que transitan, igual que por la novela, personajes famosos como el pintor dadaista George Grosz; el cineasta Fritz Lang y su guionista y esposa Thea von Harbou; el poeta y dramaturgo Bertold Brecht; el compositor Kurt Weill, coautor con Brecht de La ópera de los tres centavos, y su esposa, la cantante Lotte Lenya...
"-Toda esta libertad sexual y ese erotismo falso me hacen oensar en los últimos días de la antigua Roma. Y no puedo por menos de pensar que a los alemanes de a pie les gustaría que todo eso se esfumara para llevar la vida tranquila y ordenada de antaño.
-Lo más probable es que tenga razón. Lo que me preocupa es por qué lo sustituiremos. Algo peor, quizás. Y tal vez lamentemos que quedara atrás. No lo sé. Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer".
Ya sabemos lo que vino después...
lunes, 16 de marzo de 2020
Viajeros en el Tercer Reich
Viajeros en el Tercer Reich
Traducción de Claudia Casanova
Ático de los Libros, 2019
"Hasta finales de la década de 1930 era posible para un extranjero pasar semanas en Alemania y no tener el menor incidente desagradable. Sin embargo, hay una diferencia entre «no ver» y «no saber». Y, después de la Kristallnacht del 9 de noviembre de 1938, no había ninguna excusa posible para el viajero que afirmaba que «desconocía» el verdadero comportamiento de los nazis. [...] La maldad nazi impregnaba todos los aspectos de la sociedad alemana, pero, cuando se mezclaba con los placeres seductores que aún se ofrecían a los visitantes extranjeros, la horrenda realidad a menudo se ignoraba durante el tiempo que hiciera falta".
Durante los años 30 del siglo XX, tras la finalización de la Primera Guerra Mundial y hasta el estallido mismo de la Segunda fueron muchas, muchísimas, las personas extranjeras que visitaron o pasaron largas temporadas en la Alemania de Hitler como turistas, estudiantes, artistas, diplomáticos o deportistas. Procedentes de los más diversos países, predominaban las nacionales de Estados Unidos y del Reino Unido. Personas corrientes, muchas de ellas, pero también famosos políticos, pintores, académicos, periodistas, que "siguieron viajando al Reich tanto por negocios como por placer [...] aunque la conciencia de la barbarie nazi se difundía y se hacía más profunda".
En este interesante libro, Julia Boyd bucea en las cartas, diarios, crónicas y memorias de casi dos centenares de visitantes, convertidos sin saberlo en testigos sobre el terreno, a pie de calle, de una de las épocas más trascendentales de nuestra historia.
Si bien la posición ideológica de la que partían al viajar a Alemania influía en muchas de ellas ("Los que eran de derechas encontraron un pueblo confiado y trabajador que trataba de sobrellevar las injusticias del Tratado de Versalles y, al mismo tiempo, intentaba proteger al resto de Europa de los bolcheviques. [...] En cambio, los que eran de izquierdas hablaban de un régimen cruel y opresivo alimentado por políticas obscenamente racistas que utilizaban la tortura y la persecución para aterrorizar a sus ciudadanos"), la mayoría apreciaron y valoraron la capacidad de recuperación del país tras la guerra, la belleza de sus paisajes y de sus ciudades, su histórica monumentalidad, la educación y disciplina de sus habitantes, la hospitalidad de sus hosteleros y hasta la personalidad de Hitler y su dimensión de "hombre de paz".
Por supuesto, muchas de estas personas mostraban en sus cartas su molestia ante la profusión de carteles antisemitas y su desagrado cuando eran testigos del mal trato que recibían los judíos, pero se trataba de un desagrado llevadero y pasajero. Incluso en el caso de personalidades como W.E.B. du Bois, el primer afroamericano doctorado en Harvard, académico de renombre y reconocido activista por los derechos civiles, que a sus 68 años de edad pasó varios meses en Alemania, coincidiendo en parte con las Olimpiadas, "para investigar la educación y la industria germanas con la esperanza de que las escuelas industriales para personas de color en el sur de Estados Unidos pudieran imitar el modelo alemán". Como señala la autora, "el viaje de Du Bois a Alemania ilustra la ambigüedad que subyacía en muchos de los viajes de extranjeros al Tercer Reich".
Todas estas apreciaciones fundamentalmente positivas se reforzaron y extendieron gracias a la inteligente utilización de los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlin como gigantesco escenario propagandístico. Basta con leer la entrevista de Archie Williams, el medallista afroamericano que ganó la medalla de oro en los 400 metros: "Cuando volví a casa, alguien me preguntó: «¿Cómo te han tratado esos sucios nazis?». Y yo contesté que no había visto a ningún sucio nazi, sólo a un montón de gente alemana muy amable. Y no tuve que sentarme en la parte trasera del autobús".
Mucho más cuestionable, mucho menos explicable, fue la valoración que de su experiencia hizo Arthur Remy, delegado de la Universidad de Columbia en las celebraciones del 550 aniversario de la Universidad de Heidelberg: "Creo que, en conjunto, la celebración fue digna e impresionante, y también primordialmente académica [...]. Desde luego, no puede atribuirse a la presencia de uniformes negros o marrones ningún significado siniestro". En conjunto, la academia fue uno de los sectores que en mayor grado fracasaron a la hora de interpretar lo que estaba ocurriendo en la Alemania de Hitler. ¡Qué ironía! Lo señala la autora:
"[Muchos] académicos optaron por viajar al Tercer Reich porque el legado cultural de Alemania era simplemente demasiado preciado para renunciar a él por motivos políticos, por desagradables que estos fueran. Permitieron que su reverencia por el pasado distorsionara su juicio del presente. En consecuencia, optaron por ignorar abiertamente la realidad de una dictadura que hacia 1936, a pesar del espejismo olímpico, ya exhibía sin ambages todos sus inconcebibles rasgos".
Este libro nos confronta con un aspecto tan complejo como siniestro de las personas y las sociedades: nuestra capacidad y nuestra propensión para mirar hacia otro lado, incluso en medio de las más dramáticas situaciones. Y no es solo algo que sepamos por la historia.