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viernes, 1 de noviembre de 2024

Estuve aquí y me acordé de nosotros

Anna Pacheco
Estuve aquí y me acordé de nosotros: Una historia sobre turismo, trabajo y clase
Anagrama, 2024

"Lo radical es, pues, pensar que las limitaciones ecológicas nos llevarán a otro tipo de descanso que pasa inevitablemente por movernos menos. Si no queremos que nos hagan la utopía de la multinacional (ni la utopía turística, que es exactamente la misma), tenemos que empezar a pensar cómo trabajamos menos para estar menos cansados y qué otras cosas podemos hacer cuando no estamos trabajando. Construir, en definitiva, alternativas a un consumo desesperado, de evasión".

 
Anna Pacheco firma una investigación sobre las condiciones laborales y sociales de las personas que trabajan en hoteles de lujo y semilujo, explorando la brecha que existe entre lo que estos establecimientos ofrecen a sus clientes y las realidades de quienes los sostienen con su trabajo diario. Una crítica profunda sobre cómo el turismo de lujo, en lugar de ser una vía de prosperidad, genera un sistema de explotación laboral que perpetúa las desigualdades y encierra a muchos trabajadores en la precariedad. El turismo como encarnación perfecta de lo peor del capitalismo.

Mediante entrevistas, observaciones y análisis de las estructuras de poder en la industria hotelera, la autora documenta la vida de camareras, cocineros, recepcionistas y otros trabajadores invisibilizados, quienes, a pesar de las exigencias del sector y de sus entornos de trabajo opulentos, experimentan largas jornadas, contratos temporales y bajos salarios. La autora destaca cómo el bienestar y los caprichos de los turistas contrastan con la precariedad de quienes, en muchos casos, no pueden disfrutar de los beneficios de una vida digna en los mismos destinos que enriquecen con su esfuerzo.

La investigación de Anna Pacheco revela también cómo esta realidad no solo afecta la economía de los trabajadores, sino también su identidad y sus relaciones, donde el turismo de lujo redefine sus barrios y su acceso a los espacios públicos. Esto pone de relieve una desigualdad estructural que limita el acceso de las clases trabajadoras a los beneficios del desarrollo turístico en su propio territorio. La autora logra equilibrar una rigurosa etnografía con una narrativa empática y accesible, que permite al lector acercarse a la realidad de los trabajadores sin romantizar su situación, sino mostrando los efectos y contradicciones de un sistema que, mientras promete exclusividad a sus clientes, se sustenta en condiciones laborales desiguales. Pero que también coloniza los deseos de todas y de todos, que llevamos la marca del turismo grabada a fuego en nuestra identidad: "explotados explotando una vez al año".

Estuve aquí y me acordé de nosotros es un trabajo valioso y necesario para comprender las consecuencias del turismo de lujo en las vidas de las clases trabajadoras. Anna Pacheco no solo documenta las condiciones de explotación en el sector, sino que también abre un espacio de reflexión sobre las políticas turísticas y sus implicaciones sociales. Su obra es una contribución significativa al análisis crítico de la industria turística y una llamada a visibilizar y dignificar el trabajo que sostiene este modelo. Y que deja, tras su lectura, "la impertinente pregunta: y tú, ¿qué harás las próximas vacaciones?".

martes, 29 de octubre de 2024

La Central

Élisabeth Filhol
La Central
Traducción de Rubén Martín Giráldez
Anagrama, 2024

"Visto en la televisión ese día 27 de marzo de 2007: seis hombres bajan haciendo rápel con movimientos tremendamente regulares y en coreografía perfecta por el aerorrefrigerador de Belleville-sur-Loire, se detienen a dos tercios del descenso para pintar en letras negras la palabra DANGER [...].
Que sí, los peligros de la energía nuclear. A puerta cerrada. Una olla a presión. Y a la espera de que se reanude, diecinueve centrales alimentan la red para que todo el mundo pueda consumir, sin racionamiento, sin pensar, con un simple gesto. ¿Solidarios en las centrales de los que entran a montar un espectáculo? ¿Acaso son solidarios ellos con nosotros?".


Una novela que explora las difíciles condiciones de trabajo en las plantas nucleares en Francia. Una certera reflexión sobre ese mundo casi siempre oculto de "trabajos sucios" sobre los que construimos nuestra existencia cotidiana.

A través de los ojos del protagonista, Yann, un trabajador temporal en el sector nuclear, la autora detalla la vida de los empleados subcontratados que laboran en condiciones peligrosas y precarias, enfrentando altos niveles de radiación, bajos salarios, y constantes mudanzas de una planta a otra.

La autora utiliza una narrativa cruda y detallada para exponer el impacto psicológico y físico que estos trabajos tienen sobre los trabajadores, incluyendo temas de ansiedad, desgaste físico y aislamiento. La novela también muestra cómo la precarización laboral influye en la dignidad humana, reflejando una realidad social más amplia donde los riesgos industriales recaen principalmente en los sectores laborales más vulnerables.

"La Central" es, por tanto, una crítica al sistema laboral que invisibiliza y deshumaniza a sus trabajadores en pos del beneficio económico y la eficiencia energética.

Además de Philippe, el protagonista y narrador principal, otros personajes secundarios son también trabajadores subcontratados en distintas plantas nucleares de Francia. Cada uno enfrenta condiciones de trabajo intensas, viajando de planta en planta para realizar labores de mantenimiento en condiciones físicas y emocionales extenuantes. La autora introduce figuras que reflejan la diversidad de experiencias y personalidades dentro de este grupo marginado, donde algunos están resignados a una vida de precariedad y otros intentan resistir. Sin embargo, todos comparten una especie de hermandad tácita basada en la supervivencia diaria y el temor constante a los riesgos invisibles, como la radiación.

Uno de los personajes secundarios más importantes es Jean-Yves, un veterano de la industria nuclear que lleva años trabajando en este campo, una figura paternal, con una visión dura y realista sobre la industria, a la que describe como una maquinaria que consume y desgasta sin compasión a sus trabajadores. Su experiencia y conocimiento lo convierten en un mentor para Yann, aunque su cinismo representa también el futuro que espera a los más jóvenes si persisten en este tipo de trabajo: 

"A muchos les sale más a cuenta trabajar en la industria nuclear que en la de la construcción o la del automóvil. la prueba es que todos los días te cruzas con gente que podría haber cambiado de vida, que ya llevan lo suyo encima y, sin embargo, ahí están y ahí siguen. ¿Qué los atrae?
[...] Aquí no hay nada que no puedas encontrar en otro sitio. Lo demás es empeñarse, caer y recaer por este camino por motivos equivocados. [...] A esos les gusta pasar miedo. la mayoría jóvenes. De dotas formas, a este ritmo nadie llega a viejo".

Élisabeth Filhol emplea un estilo directo y a menudo clínico, casi documental, que refleja el ambiente frío y controlado de las centrales nucleares. Utiliza descripciones precisas de los procedimientos técnicos, los protocolos de seguridad y la rutina diaria de los trabajadores, lo que contribuye a una sensación de claustrofobia y tensión.

La Central no solo es un retrato de la industria nuclear y sus empleados, sino también una exploración profunda de la precarización y la invisibilización de ciertos trabajadores en la sociedad moderna. Filhol firma una crónica que pone el foco en los sacrificios físicos y emocionales de estos empleados, desentrañando la relación de dependencia que tienen con un sistema que, irónicamente, necesita de ellos pero los considera desechables.

lunes, 24 de abril de 2023

Libres para obedecer: El management desde el nazismo hasta hoy

Johann Chapoutot
Libres para obedecer: El management desde el nazismo hasta hoy
Traducción de Elena M. Cano e Íñigo Sánchez-Paños
Alianza Editorial, 2022

"Nuestra intención no es ni esencialista ni genealógica: no se trata de decir que el management tiene orígenes nazis -no es cierto, existía ya desde hacía algunos decenios- ni que se trata en esencia de una actividad criminal.
Proponemos simplemente un estudio de casos que se basa en dos observaciones interesantes para nuestra reflexión sobre el mundo en el que vivimos y trabajamos: jóvenes juristas, universitarios y altos funcionarios del Tercer Reich reflexionaron mucho sobre cuestiones de gestión, puesto que la empresa nazi se enfrentaba a enormes necesidades en términos de movilización de recursos y de organización del trabajo. Paradójicamente, desarrollaron una concepción no autoritaria del trabajo, donde el empleado y el trabajador aceptan su destino y están conformes con su actividad, en un espacio de libertad y autonomía
a priori bastante incompatible con el carácter
iliberal del Tercer Reich, una forma de trabajo «por medio de la alegría» (
durch Freude) que prosperó después de 1945 y que nos resulta familiar hoy en día, en un momento en que se supone que el «compromiso», la «motivación» y la «implicación» derivan del «placer» de trabajar y de la «benevolencia» de la estructura.
El ejecutor, con la garantía de la autonomía de los medios, sin poder participar en la definición y en la fijación de objetivos, se sentía aún más responsable y, por lo tanto, culpable en caso de fracaso de la misión".
 
 
Es probable que todo lo que, de una forma o de otra, se asemeje o parezca emparentarse con el nazismo nos parezca una completa exageración, eliminando nuestro interés por el tema. Es una aplicación más de la conocida como "ley de Godwin", que viene a decir que "a medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno", momento en el que la discusión puede darse por caducada. No se trata de decir que el management tiene orígenes nazis, pero...

Sería un error despreciar de esta manera el libro de Chapoutot, un autor especialista en el estudio del nacional socialismo que, en esta fundamentada investigación, revela inquietantes aunque razonables parecidos entre las prácticas modernas, postayloristas, de gestión de las empresas y el modelo de organización del trabajo y la producción en la Alemania nazi. La multiplicación de territorios conquistados generó un grave problema de gestión y administración, ya que el personal destinado a esas tareas disminuía a medida que cada vez más jóvenes eran reclutados por las fuerzas armadas. La solución consistió en transformar profundamente la función pública:

"¿Cómo hacer más con menos hombres? Simplemente, hay que hacerlo mejor -y esa mejora no es una cuestión que haya que plantearle al Gobierno central, ni es una cuestión de medios-. Hacerlo mejor con menos incumbe a los agentes de la administración alemana, que deben reformar, o incluso transformar, sus prácticas para hacer frente a los retos de hoy y de mañana".
 
A partir de este planteamiento, el libro analiza el paradójico antiestatismo del nazismo, caracterizado por un "feudalismo administrativo" responsable sólo ante el Führer y empeñado en impulsar un sistema de "dirección de los hombres" (Menschenführung) que pusiera fin a la lucha de clases en favor de una "comunidad de trabajadores y jefes en la empresa". La desasosegante historia de Reinhard Höhn ejemplica esta oscura continuidad entre nazismo y management. Jurista ("una especie de Josef Mengele del derecho") y general de las SS, en 1953 ocupa el puesto de director de la Sociedad Alemana de Economía Política y en 1956 funda una Academia para Ejecutivos desde donde publicó decenas de libros y formó a más de medio millón de directivos traduciendo a la economía privada el pensamiento y la práctica de la administración militar prusiana y nazi, basadas en la "táctica de misión" (Auftragstaktik) o la "autonomía de dirección del soldado" (Innere Führung), mediante su blanqueamiento con las fórmulas de "management por delegación" y "delegación de responsabilidad".
 
El libro de Chapoutot, interesantísimo, nos ofrece una nueva luz para entender a personajes como Albert Speer, arquitecto predilecto de Hitler y ministro de Armamento y Producción de Guerra del Reich a partir de febrero de 1942, quien, con intención exculpatoria, reproduce en sus memorias un artículo aparecido en 1944 en el diario británico Observer, en el que se le describe en los siguientes términos:

"Speer no es uno de esos nazis extravagantes y pintorescos. De hecho ni siquiera se sabe si tiene opiniones políticas. Se habría podido adscribir a cualquier otro Partido político, si hacerlo le hubiera servido para conseguir trabajo y una carrera. Es un producto destacado del hombre medio, triunfador, bien vestido, cortés, incorruptible. [...] Más bien simboliza un tipo de hombre que se está volviendo cada día más importante en todos los Estados que participan en la guerra: el técnico, puro, el hombre brillante que no proviene de una clase social ni tiene antepasados gloriosos y cuyo único objetivo es abrirse camino en el mundo, gracias a sus facultades como técnico y organizador. Precisamente su falta de lastre psicológico y anímico y la desenvoltura con que maneja la temible maquinaria técnica y organizativa de nuestro tiempo hace que esta tipología insignificante llegue tan lejos en nuestros días. Este es su tiempo. Puede que nos deshagamos de los Hitler y de los Himmler, pero los Speer, sea lo que fuere que pueda pasarle a este en particular, seguirán mucho tiempo entre nosotros" [Albert Speer, Memorias, El Acantilado, 2001, traducción de Ángel Sabrido].
 
Esta podría ser también la semblanza de Eichmann, aquel hombre "normal" aplicado concienzudamente a la tarea de lograr que los trenes partieran y llegaran a su hora. Dos idiotas morales, especializados en pasar instantáneamente de la idea a la acción, sin que medie deliberación ninguna más allá del cálculo de la eficacia y la eficiencia y por ello inmunes a las contradicciones morales que pudieran derivarse de las consecuencias de sus acciones.
 
¡Qué razón tenía Oskar Lafontaine cuando, frente a la reclamación en 1982 del canciller Helmut Schmidt de que Alemania debía recuperar las viejas virtudes de la puntualidad, el orden o la laboriosidad, le espetó que estas eran meras virtudes secundarias, perfectamente adecuadas para dirigir un campo de concentración!

miércoles, 29 de junio de 2022

La vida sólida. La carpintería como ética del hacer

Arthur Lochmann
La vida sólida. La carpintería como ética del hacer
Traducción de Cristina Cosmed Lago
Los Libros de la Catarata, 2021


"Desarrollar un pensamiento material y una relación concreta con los objetos es un recurso mental que permite abandonar el único punto de vista del consumidor para adoptar el del productor. [...] Existe igualmente un beneficio psíquico en esta confrontación a lo real y a la materia. Cuando se tienen tendencias narcisistas -algo que es común en nuestra época-, la relación con la materia y con los objetos materiales constituye un buen antídoto a esta ilusión por el dominio que impregna la cultura moderna' [Matthew B. Crawford], imponiendo una verdadera comprensión de la autonomía de los objetos".


Como se indica en la ficha biográfica que acompaña a este libro, su autor estudió Filosofía y Derecho, es traductor literario de inglés y alemán y, sobre todo, es carpintero. Lochmann se ha especializado en la construcción de grandes estructuras de madera: viviendas, tejados, cobertizos, oficio en cuyo desempeño ha desarrollado una "disciplina de la atención" (Simone Weil) que echa en falta en la actividad académica.

Lochmann va narrando su experiencia como carpintero en formación, primero, y como miembro de diversas cuadrillas de trabajo, después, y al tiempo nos regala sugerentes reflexiones sobre las diferencias entre el fitness y el trabajo en una obra, sobre la falsa idea de que la visión espacial es una aptitud especificamente masculina, sobre el riesgo de que estemos habitando una época en la que la posibilidad misma de la experiencia se haya vuelto imposible, sobre el fundamento rutinario de todo buen oficio, sobre los conocimientos artesanos como bien común y la importancia de la permanencia, sobre la "cultura de la responsabilidad y el cuidado aportado al trabajo"...
 
Un libro fascinante, en el que Lochmann reivindica el gesto justo, el cuerpo consciente de la acción que lleva a cabo, el artesanado como lo contrario del trabajo alienado, la mirada a largo plazo y la recuperación de saberes. Lo he disfrutado.

domingo, 24 de octubre de 2021

Dos mujeres con mucha clase obrera: autobiografía de Mother Jones y biografía de Pasionaria

Mother Jones
Autobiografia de Mother Jones
Traducción del Grupo de traductores de la Fundación Federico Engels
Fundación Federico Engels, 2018

"No conozco este ni oeste, norte ni sur,  cuando se trata de la lucha de mi clase por la justicia. Si es mi destino vivir para ver rotas las cadenas de los hijos de los trabajadores en EEUU y después hay un niño negro esclavizado en África, allí iré".
 
"Un ejército de fuertes mujeres mineras era una imagen maravillosamente espectacular".


Mary Harris Jones, Mother Jones, nació en 1830 (no en 1837, como se dice en la solapa del libro: este es el año en que recibió el bautismo) en la ciudad irlandesa de Cork. En algún momento del año 1835 emigró con su madre a Estados Unidos para reunirse con su padre, que las había precedido. Estudió para profesora, profesión que también ejerció, trabajó como costurera y se casó en 1861 con un trabajador de la fundición y miembro del sindicato que agrupaba a los moldeadores del hierro. Tanto su marido como sus cuatro hijos murieron en 1867, víctimas de una epidemia de fiebre amarilla que asoló Memphis, localidad en la que residía. Esta tragedia será en detonante de su activismo, que se verá definitivamente afirmado cuando, en 1871, el gran incendio de Chicago arrase el pequeño negocio de confección con el que se ganaba la vida. Alojada durante días en una iglesia junto con otras damnificadas por el incendio, empezó a acudir a las reuniones que en un establecimiento cercano realizaban los Knight of Labor, la primera gran organización laboral de Estados Unidos. Testigo de la brutal represión que sufrían quienes recurrían a la huelga para reivindicar sus derechos, en 1880 se implicará  plenamente en el movimiento obrero.

En adelante y hasta su fallecimiento en 1930 Mother Jones se implicará en inumerables luchas, desde la revuelta de Haymarket del 1 de mayo de 1886, hasta las huelgas mineras de Virginia (1891), Pennsilvania (1899), Stanford (1902), Kensington (1903), Eskdale (1912), Arizona (1913)... organizando sindicalmente a los obreros de multitud de lugares. En muchas de estas huelgas y actividades sindicales Mother Jones se enfrentará a pecho descubierto a esquiroles, policías y matones, muchas veces encabezando "ejército(s) de amas de casa" armadas de escobas, sartenes y cubos ("Eran mujeres heroicas que hacían guardia toda la noche. En los muchos años que quedan por venir, la nación les rendirá un gran tributo porque lucharon por el progreso de un gran país"). 

Observante estricta de una austeridad que la igualaba a las miserables condiciones de vida de las familias obreras con las que se alojaba y junto a las que luchaba, Mother Jones elevó esta austeridad solidaria a principio inexcusable de todas aquellas personas que pretendieran asumir el papel de líderes del movimiento obrero. Dotada de una oratoria brillante, capaz de integrar en sus discursos la crítica más feroz de la codicia capitalista y el servilismo de la justicia con las promesas fundacionales de los Estados Unidos y referencias a un Jesucristo que "agitó por el Reino de Dios", buscaba sacudir la conciencia de la opinión pública diciéndoles que "cuando el carbón brillaba rojo en sus hogares era la sangre de los trabajadores, de hombres que se metían en negros agujeros para extraerlo, de mujeres que sufrían y aguantaban, de niños cuya infancia era breve".
 
No exenta de contradicciones (abiertamente crítica hacia el sufragismo, convencida de que el verdadero lugar de la mujer no es la fábrica sino el hogar), Mother Jones ha dado nombre a una de las revistas más relevantes del pensamiento crítico estadounidense. Su ejemplo de vida y de lucha es, en cualquier caso, admirable.

*-*-*-*-*

Mario Amorós
¡No pasarán! Biografía de Dolores Ibárruri, Pasionaria
Akal, 2021

"Os hablo en nombre de tantas mujeres españolas que conmigo gritaron aquel No Pasarán que se convirtió en bandera de la resistencia a la agresión fascista [...]. Como vosotras, di mi hijo Rubén, de 20 años de edad, al combate contra la bárbara agresión fascista. Mi Rubén cayó defendiendo la gloriosa ciudad de Stalingrado. Y hoy me siento hondamente solidaria con vosotras, madres y mujeres de Nicaragua, orgullosa de vuestro valor, del valor combativo de todo vuestro pueblo".


Exhaustiva biografía de Dolores Ibárruri, Pasionaria (que no "la" Pasionaria), que es a la vez una excelente investigción sobre la convulsa época histórica que le tocó vivir y de la que fue protagonista fundamental. Nacida en Gallarta un 9 de diciembre de 1895, fallecida en Madrid el 12 de noviembre de 1989, Pasionaria vivió intensamente "el siglo XX corto" (Hobsbawn). 
 
La Revolución de Octubre la llevó a afiliarse al PSOE, organización en la que militaba su marido, Julián Ruiz, con quien se había casado un año antes. Hija de minero, maestra vocacional cuyo deseo de estudiar magisterio se vio frustrado por la precariedad de su existencia, costurera, sirvienta en una casa de La Arboleda, para el año 1918 ya estaba publicando artículos en la prensa obrera socialista con el seudónimo de Pasionaria. Fundadora del PCE en 1921, miembro del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista entre 1935 y 1943, encarnación viva de la militancia comunista, comunicadora excepcional ("¡el fascismo no pasará, no pasarán los verdugos de Octubre!"), madre golpeada por la tragedia de perder a cuatro hijas y a un hijo.
 
Aunque la personalidad y la existencia de Pasionaria tienen un enorme interés por sí mismas y el libro de Amorós así lo prueba, me resulta inevitable hacer paralelismos con la figura de Mother Jones: por su "maternidad trágica"; por su militancia obrera y su movilización de las mujeres de los mineros; por su feminismo de hecho, "aunque desde una perspectiva ortodoxa negara este término" y en los años ochenta dijera de sí misma: "En general, yo no soy feminista"; por su austero aspecto, expresión de su austeridad vital: "Sus vestidos siempre fueron sencillos, nunca llevó nada que sobresaliera, que llamara la atención. Sus únicos adornos fueron el anillo de casada, unos pendientes negros de ágata con una perlita en el centro y, a veces, se ponía un pañuelo blanco y negro que ella misma se compraba o que le regalaban los amigos en sus cumpleaños".
 
Hablaba ayer con mi madre, de 88 años, sobre la imagen que de Pasionaria nos transmitió mi abuela Agueda: la de una mala esposa que abandonó a su marido, la de una mala madre, la de una mujer dogmática y violenta. Tan distinta de la realidad -compleja y no exenta de contradicciones, faltaría más- de una mujer extraordinaria sobre la que el prestigioso psiquiatra Carlos Castiila del Pino escribió lo siguiente:

"Una de las claves del equilibrio psiquiátrico de Dolores estriba en que es una mujer que ha hecho compatible la fe histórica en la causa que ha defendido toda su vida y al mismo tiempo no ha sido dogmática. Esto le ha permitido ir al compás de los tiempos, con todos los avatares que han supuesto tantos años de lucha. Cuando conocí a Dolores hace justamente veinte años, en Moscú, tuve la impresión clarídima de que nunca ha sido una mujer devorada por el personaje, nunca ha sido un monumento... ha sido siempre persona".
 
Mi ama me ha dicho que quiere leer este libro. Me alegro.

martes, 19 de diciembre de 2017

Otros caminos

Ya están disponibles los cuadernillos resultado del Seminario de reflexión promovido por ALBOAN entre febrero 2016 y febrero 2017, en el que un grupo de 20 personas de diferentes ámbitos (social, universitario, empresas y administración pública) hemos dialogado sobre procesos sociales de cambio que se están dando en la actualidad y de qué manera pueden contribuir a la transformación de la lógica económica generadora de injusticias y desigualdades.
Versión en castellano: https://www.alboan.org/es/multimedia/publicaciones/investigaciones

Lo alternativo: el futuro común deseable y posible

Versión en euskera: https://www.alboan.org/eu/multimedia/publicaciones/investigaciones

martes, 20 de mayo de 2014

Trabajar y morir en la Universidad del País Vasco

En una de sus novelas menos conocidas, titulada El hombre del sótano, el escritor Walter Mosley plantea una desasosegante pregunta: “¿Usted cree que puede tener esa vida fácil de televisión y gasolina sin que nadie sufra o muera en ningún sitio?”
El trabajo es un hecho social que, a pesar de su aparente omnipresencia, tiene una enorme capacidad de camuflaje. Empezando por la bien conocida reducción normativa de todo el trabajo socialmente necesario al empleo mercantilizado, lo que en la práctica significa la expulsión del espacio del “trabajo” de las actividades de cuidado, domésticas, voluntarias, cívicas, etc.; continuando con la tendencia a dar por supuesto que determinados bienes y servicios, particularmente aquellos relacionados con los aspectos más físicos, biológicos o materiales de nuestra existencia (lo que tiene que ver con el la energía, los alimentos o los residuos), dado que vivimos de espaldas a su ciclo de producción, no provienen del trabajo sino, en todo caso, del comercio; finalizando con la ideología del fin del trabajo (físico o material), como si todas y todos habitáramos en un Silicon Valley plenamente terciarizado, tecnológico y creativo (y como si en Silicon Valley nadie tuviera que recoger la basura o elaborar y repartir las pizzas). Nos lo recuerda Delphine Moreau:

“En las oficinas, la limpieza se hace a menudo a horas tardías o pronto por la mañana. Los que trabajan durante el día en esas oficinas pueden no ver jamás a quienes trabajan en la frontera de la noche, vacían sus basuras y limpian sus espacios de trabajo. De esta manera, pueden desconocer sus condiciones de trabajo y literalmente no tener que preocuparse por ello”
Esta lejanía espacial, temporal, física y, sobre todo, psicológica, del trabajo “duro y sucio” es la que permite el surgimiento de lo que Joan C. Tronto ha denominado la “irresponsabilidad de los privilegiados” o, también, la “ignorancia indiferente”.

Fallece un trabajador en la UPV en Leioa al caerse del tejado de la biblioteca central

Hoy ha muerto un trabajador en el Campus de Leioa de la Universidad del País Vasco. Ha muerto en el que es, seguramente, el espacio menos físico y más intelectual del campus: en el edificio donde se ubica la Biblioteca Central. Un lugar consagrado a la lectura, al conocimiento, al pensamiento, a la reflexión.
Su trágica muerte nos debe recordar a todas y a todos los que nos dedicamos al llamado "trabajo intelectual" (¡cómo si cualquier trabajo, por más físico que sea, no precisara del ejercicio de la inteligencia y la razón!) que el mundo sigue siendo un lugar sostenido sobre el trabajo duro, físico, material, de tantas y tantas mujeres y hombres que siembran, cortan, limpian, acarrean, recogen, mueven, arman, sostienen, golpean, mezclan....
Este es el trabajo que sigue sosteniendo el mundo (cuánto simbolismo encierra ese cuerpo roto junto a esa bola del mundo que preside el hall de la Biblioteca) y que no desaparece, por más que una cierta mala mitología sobre el "fin del trabajo" afirme lo contrario. No lo olvidemos. Recordémoslo cada vez que nos crucemos con ellas y con ellos en los pasillos de nuestra universidad.

lunes, 25 de junio de 2012

Mineros en lucha

Me lo ha enviado esta misma tarde mi buen amigo Toci, y yo lo socializo con ganas en este día en que las dos columnas de mineros en marcha hacia Madrid, la leonesa y la asturiana, han confluido en la localidad de La Robla.


Amplía la foto para leer el mensaje, lleno de gracia y de razón:
"El Gobierno apoya a la minería:
Va meter 24.000.000.000 euros en el mayor pozu de España: Bankia
Un pozu sin fondo en el que nun hay carbón.
Eso sí... cabrón hay más de un".

Hasta el poli se descojona...

martes, 19 de julio de 2011

Reformas verdaderas y de las otras

Leo en el Diario Vasco que para el ministro de Trabajo e Inmigración, Valeriano Gómez, "la reforma financiera es más importante que la política laboral para salir de la crisis". Me alegra y creo que tiene toda la razón.

En su último libro, titulado El espíritu de Filadelfia, el catedrático de Derecho y director del Instituto de Estudios Universitarios de Nantes, Alain Supiot, responsable de un destacado informe sobre las transformaciones del trabajo en Europa, escribe lo siguiente:

Mientras que lo urgente habría sido reglamentar el mundo financiero, la Comisión Europea no ha tenido -como por lo demás las otras grandes organizaciones económicas internacionales- más que una sola onsesió y una sola consigna: "reformar los mercados de trabajo" en un sentido que pliegue a los hombres a los imperativos de "la recomposición permanente del tejido productivo" y maximice así la "creación de valor" para los jugadores de una economía reducia al estado de casino.

Y no sé muy bien por qué -o sí- al leer lo uno y lo otro me ha venido a la cabeza un texto que ayer mismo ví y fotografíe en Barcelona, en Ciutat Vella, muy cerca de la Plaça dels Angels.


"Hay muchas maneras de matar... Solo pocas de estas cosas están prohibidas en nuestra ciudad".


También escribe Supiot que "reformar ... no consiste sin embargo en adaptarse a la injusticia del mundo, sino en proveerse de los medios teóricos y prácticos para hacerla retroceder".

domingo, 1 de mayo de 2011

1º de Mayo: Sabato

Este año, el 1 de Mayo ha caído en Sabato.

Las "5 millones de razones" para manifestarse que se coreaban esta mañana mientras recorríamos la Gran Vía de Bilbao eran, también, 5 millones de ausencias (4.910.200, exactamente).
Cinco millones de fracasos: no personales (como sostiene una perversa concepción de la empleabilidad), tampoco gubernamentales (como afirma un cómodo e irresponsable diagnóstico de oposición), sino sociales. Un fracaso colectivo.
Cinco millones de exclusiones. Somos una sociedad incapaz de proporcionar a sus miembros el principal recurso para acceder a los derechos sociales y económicos que constituyen la base material de la ciudadanía; un empleo decente.
Por eso esta mañana la marcha tenía muy poco de festivo. A pesar de que el tiempo acompañaba y el sol animaba a ocupar la calle.

¿Cuántos de esos 5 millones de parados se habrán manifestado esta mañana? Y si lo han hecho, ¿contra quién?

"La gente teme que por tomar decisiones que hagan más humana su vida pierdan el trabajo, sean expulsados, pasen a pertenecer a esas multitudes que corren acojonadas en busca de un empleo que les impida caer en la miseria, que los salve". Lo escribió Ernesto Sabato en La resistencia.

También escribió, en Antes del fin: "Les propongo entonces, con la gravedad de las palabras finales de la vida, que nos abracemos en un compromiso: salgamos a los espacios abiertos, arriesguémonos por el otro, esperemos, con quien extiende sus brazos, que una nueva ola de la historia nos levante. Quizá ya lo está haciendo, de un modo silencioso y subterráneo, como los brotes que laten bajo las tierras del invierno".

Y así, este domingo, he caminado entre los dos Sabatos: el del acojono y el del compromiso.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

La reforma, la huelga y yo

Distinguir entre"ser" y"estar", entre "instrumentos" y "principios", entre "coyuntura" y "proceso estructural". Es mi forma de empezar a liarme con la intención de acabar aclarándome en la actual tesitura. Sí, es el 29-S.
Estoy en el Senado y me toca contribuir a ser soporte del Gobierno; es decir, me toca soportarlo, en todos los sentidos del término: también en los buenos. Este "estar"tiene fecha de caducidad y ninguna posibilidad de repetirse. También estoy afiliado a Comisiones Obreras; este otro "estar" continuará después de mi salida del Senado.
Unidos, ambos "estares" se convierten hoy en malestares. De no estar en el Senado hoy haría huelga; pero al estarlo, hacerla o apoyarla expresamente no sería mas que una frivolidad por mi parte.

Tanto el Senado como el sindicato, lo mismo que los gobiernos, los partidos, las empresas ylos mercados, es decir, todas aquellas instituciones sociales en las que estamos, son instrumentos para la intervención social. En mi caso, pretendo que sean herramientas para una intervención social transformadora. Desde una perspectiva de izquierda, dicho sea en resumen. Estos son mis principios, y si a usted no le gustan, pues lo siento, pero no tengo otros.

Entre los principios y los instrumentos, evidentemente escojo los principios. Otra cosa es caer en el error del principismo voluntarista: pensar que es posible actuar sobre la realidad sin mediaciones. No lo es.

Así que, al final, siempre acabamos en lo de las manos sucias. En la endemoniadamente compleja cuestión de los medios y los fines. Que puede hacernos embarrancar lo mismo en las doradas playas del realismo sucio y del pragmatismo acomodaticio que en las desiertas islas del talibanismo ético y el zelotismo inútil.


Ya, muy bien, pero ¿y de la huelga qué? ¿y de la reforma del mercado de trabajo que la ha motivado? Como la cosa no me parece sencilla, me tomo mi tiempo.
Cuentan que el periódico The Wall Street Journal pidió en una ocasión a un grupo de expertos económicos criterios para vaticinar las oscilaciones en las cotizaciones de los principales valores de la bolsa de Nueva York. Al mismo tiempo, unos monos lanzaban dardos sobre unos paneles en los que figuraban diversas previsiones. El resultado fue que los monos acertaron en mayor medida que los analistas. No sé cuánto habrá de verdadero en esta historia. Puede que no sea más que un intento de zaherir a los expertos, esos personajes que, como también se ha dicho, cinco minutos antes de que estalle el mundo nos asegurarán que tal cosa es imposible.
Lo cierto es que las observaciones publicadas periódicamente sobre la coyuntura económica, en particular aquellas que se refieren a la evolución del empleo, son fundamentalmente irrelevantes. Responden a una concepción de la realidad empobrecedora, unidimensional, atenta sólo a lo más inmediato, a lo más fácilmente objetivable. Pero, como señala Edgard Morin, hay múltiples incertidumbres sobre la realidad de lo que convencionalmente llamamos “realidad”.
La realidad es, evidentemente, la realidad inmediata. Pero esa realidad inmediata remite a dos sentidos distintos, uno temporal y otro factual. El primero designa la realidad de hoy, poderosa y abrumadora, tanto que parece haber abolido la realidad de ayer; olvidamos así que esta realidad actual es muy débil, pues será igualmente abolida, en parte, por la realidad de mañana. El sentido factual del término realidad se refiere a situaciones, hechos y acontecimientos visibles en el presente. Pero, a menudo, los hechos y acontecimientos directamente perceptibles ocultan hechos y acontecimientos no percibidos, invisibles, por tanto, pero existentes. En demasiadas ocasiones, el realismo estrecho de los expertos es incapaz de percibir, bajo la corteza de la realidad más directamente observable, una realidad oculta, que emergerá más tarde pero que es completamente invisible para los analistas.
Expertos y líderes políticos aprovechan cualquier oportunidad para darnos a entender que las cosas marchan bien, que nuestras expectativas son justificables y que, bajo su dirección, llegarán a cumplirse. Un día nos dicen que el paro ha descendido en 4.378 personas y esperan que todos caigamos rendidos ante tal hazaña. Un mes desciende el paro para subir el siguiente. Pero siempre nos aseguran que estamos “mejor”: aunque este mes el paro ha subido respecto al mes anterior, en realidad ha subido menos que el mismo mes del año pasado, luego estamos mejor. Sólo les falta poner como música de fondo de sus comparecencias aquella canción tan pegadiza que hace unos años popularizó, si no me equivoco, Bobby MacFerrin, cuyo estribillo, machaconamente repetido, decía: “Don’t worry, be happy”, no te preocupes, sé feliz.
El paro se reduce a una tasa evolucionando como una sucesión de picos o irregulares dientes de sierra: ahora sube, ahora baja, luego vuelve a subir, continua subiendo, vuelve a bajar... Las observaciones periódicas sobre la realidad del empleo acaban por convertirse en un ejercicio de irresponsabilidad, cuando no de algo mucho peor. Es como si un individuo, situado en la orilla de un río, se dedicara a comentar las evoluciones de otra persona caída en el agua y luchando contra la corriente: ahora desaparece bajo las aguas, lleva un tiempo braceando en la superficie, parece que vuelve a hundirse, no vuelve a la superficie, ahí vuelve a sacar la cabeza, cuidado con esa ola que viene, parece que esta vez se ha librado, yo creo que ayer estaba peor... Al final, lo único importante es la tasa en sí misma, su continuo vaivén.
De este modo, las tasas de empleo y paro acaban encubriendo más realidad de la que muestran, hasta el punto de poder aplicar a la mayoría de estudios e informaciones sobre el empleo la magistral descripción que Miguel Barroso hace de la lógica profunda de los casinos y salones de juego en su novela Amanecer con hormigas en la boca: “Las ganancias más insignificantes se pregonaban con campanillas y luces intermitentes; las pérdidas fluían silenciosas hacia la banca a través de conductos invisibles”. Esta es la lógica de una economía que ha sido caracterizada como capitalismo de casino. Las más insignificantes ganancias en las tasa de empleo son pregonadas con gran profusión de luces y acompañadas de pegadizas y alegres melodías; las pérdidas de empleo, cuantitativas o cualitativas, fluyen silenciosas a través de conductos invisibles. Y realmente fluyen hacia la banca: cada vez más, el aumento del paro o el anuncio de que una empresa se dispone a reducir su plantilla suelen ser recibidos con subidas en la Bolsa.

Lo mismo ha ocurrido con esta reforma laboral: que "los mercados" la han recibido con la boca hecha agua, aunque pidan más y más y más.


Y esto nos lleva directamente a la cuestión de las reformas del mercado de trabajo -de esta y de cualquiera otra- y de su supuesta relación con la creación de empleo y la mejora de la productividad. A ver si puedo decirlo con la mayor claridad:

Pensar que los problemas del mercado de trabajo son meras cuestiones "técnicas" -de regulación legal que simplifique los procedimientos, de formación adecuada, de eficiencia en el funcionamiento de las agencias implicadas, de ajuste fino entre demandas y ofertas de empleo, etc.- es un tremendo error. Hay cuestiones ideológicas, de modelo social, implicadas. Esto es lo que el Gobierno no está teniendo en cuenta. Este es el problema.

Por encima de todo, la crisis de los Setenta fue vivida por las sociedades occidentales como una amenaza a su seguridad. Durante los veinte años que la precedieron, trabajadores y empresarios, gobernantes y ciudadanos en general, habitaron un mundo casi perfecto; un mundo en el que el principal problema económico, el de la escasez, parecía definitivamente superado. Con la escasez, se eliminaba de un plumazo el principal problema a la hora de proyectar el futuro: el problema de la incertidumbre. Todos, trabajadores y empresarios, gobernantes y ciudadanos en general, vivían con la confianza de que “el año próximo será aún mejor que este”. En este contexto era sencillo responder a los conflictos de distribución planteados por los distintos grupos: al fin y al cabo, se trataba de repartir siempre más. Esta situación dará lugar al llamado compromiso fordista, caracterizado por Alain Lipietz en los siguientes términos: “Un compromiso global y organizado entre empresariado y sindicatos, que permitiera la redistribución de las ganancias de productividad a los asalariados [estableciendo así] una correspondencia entre producción masiva creciente y consumo masivo creciente”.
La crisis de los Setenta tuvo como primera y principal consecuencia la ruptura de este escenario al transformar de improviso unos conflictos de distribución que siempre se solucionaban como juegos de suma positiva en juegos de suma cero, en negociaciones “a cara de perro” en los que los participantes se esforzaban por aumentar su parte en detrimento de la participación del otro.
Paul Ormerod señala que fue, precisamente, esta nueva situación de incertidumbre ante el futuro y de miedo a perder seguridad la que hizo triunfar a la explicación monetarista en detrimento de la perspectiva keynesiana. Los críticos de la doctrina económica keynesiana empezaron a decir que en esta nueva situación de incertidumbre era imposible mantener la confianza en el ajuste suave entre salarios e inflación representada por la curva de Phillips y que constituía la clave de la propuesta de Keynes. La nueva situación se asemejaba, más bien, a una explosión de pánico como consecuencia de un incendio en un local cerrado: nada de ceder el paso, nada de las mujeres y los niños primero; primero yo y después también yo, por encima de lo que sea. David Anisi describe así esta nueva situación:

"La inflación de las economías occidentales no fue sólo consecuencia directa del aumento de los costes derivado de la elevación del precio de las materias primas importadas, sino que sobre todo fue consecuencia de la discusión colectiva de la distribución de la renta, discusión que se origina en cada una de las crisis sociales y, específicamente, en ésta que nos ocupa. Se exigieron porcentajes mayores de beneficio para invertir, se trataron de imponer salarios más elevados para seguir trabajando; se reclamó al Estado que interviniera en las empresas que quebraban, que defendiera los puestos de trabajo y los beneficios de industrias obsoletas, que regulase el crecimiento salarial, que controlase, que desmantelase el estado de bienestar, que no interviniese... El cúmulo de todas las indecisiones, la puesta en cuestión del orden social, las posturas insolidarias, etc., parecían haber convertido en crisis económica profunda lo que podría haber sido un problema serio pero resoluble en un corto período de tiempo".

La respuesta de los trabajadores ante la crisis consistió en intentar asegurar el puesto de trabajo, mantener el salario real y garantizar la protección del Estado, adoptando formas como estas:
- La conformación de lo que Wolfgang Merkel ha llamado coaliciones de productividad: en unas condiciones en las que la productividad y la competitividad de las empresas parecía ser la clave para su supervivencia, a menudo se desarrolló entre los trabajadores una identificación racional con la empresa más poderosa que la que podía existir hacia el conjunto de trabajadores de otras empresas.
- En la misma línea defensiva, lo que Peter Glotz denomina estrategia de barricadas y radicalismo de astilleros: es decir, el encastillamiento en aquellas empresas y sectores en los que la fuerza permitía movilizaciones y/o negociaciones radicales con el fin de mantener los puestos de trabajo o, en su caso, de conseguir las mejores condiciones de rescisión.
- A un nivel más profundo y preocupante, la conformación de coaliciones del miedo: "La izquierda se asombra de que las masas no reaccionen ante la referencia a un 10, a un 15 o un 20% de parados. No entien­de que con un 20% de parados hay un 80% de la población activa que tiene un empleo, y que un gran núme­ro de estos empleados (en los sectores punta y en el caso de haber permanecido en plantilla durante largo tiempo) creen en la seguridad de su propio puesto de trabajo y que en aquellas empresas en crisis, pero no en quiebra, el viejo juego de la división tiene muchas posibilidades de éxito" (Glotz). En efecto, si la amenaza de exclusión social es una posibilidad ampliamente extendida, pero su realización se reduce a una minoría de la población, lo más probable es que cada uno y cada una nos organicemos para la defensa de lo que aún tenemos contra todas aquellas personas que supongan una amenaza, real o supuesta, a nuestro bienestar: parados, extranjeros, otros trabajadores, etc.
- O, más simple y llanamente, la estrategia individual del sálvese quien pueda, fieles a lo que Josep Ramoneda ha denomina la ley de hierro del capitalismo, que “exige que el progreso sea individual y la miseria también”.



“Los trabajadores –lamenta Anisi-, con sus pautas de acción, estuvieron a punto, si no lo consiguieron, de quebrar toda idea de solidaridad entre sí mismos”. En todo caso, a los trabajadores sólo cabe achacarles el haber actuado como egoístas racionales, como individuos capitalistas. Lo único que hicieron los trabajadores –no todos- fue cumplir las expectativas de la concepción economicista del ser humano: una persona egoísta que persigue su propio interés, quedando excluido cualquier comportamiento altruista. Este tipo de enfoque, dominante a la hora de analizar el comportamiento individual, recibe el nombre de elección racional: se considera que una persona es racional si elige aquellas acciones que maximizan su interés privado. El problema es que son esos mismos principios los que pueden llevarnos a la catástrofe, ya que esa persona puramente económica resulta ser en la práctica, como denuncia el reciente premio Nobel Amartya Sen, un imbécil social, un individuo insensible hacia las consecuencias que sus actos tienen sobre los demás. En definitiva, la lógica de la competencia y del egoísmo está de hecho fomentando los comportamientos según el modelo del gorrón (free rider) analizado por Olson: desde la lógica "racional" del sistema, cuando una persona cuente con la posibilidad de beneficiarse de la acción colectiva de los demás sin asumir los costes derivados de su propia participación en la misma, lo hará. La crisis de los Setenta sirvió de excelente prueba de la incapacidad del capitalismo para sostener una convivencia realmente humana. Los intereses individuales (racionales y egoístas, como impone la lógica económica) hicieron fracasar cualquier posibilidad de acción común.


Por su parte, los empresarios reaccionaron a la crisis reduciendo la inversión productiva: “Por parte empresarial, al acentuarse en un momento de incertidumbre la aversión al riesgo, se retrajo la inversión, creándose así un mayor clima de inseguridad que llevó a canalizar una gran parte de los activos financieros disponibles hacia la especulación y la compra de activos rentables no productivos” (Anisi).
La suerte del keynesianismo estaba echada. Pero las campanas no sólo doblaban por una determinada forma de entender la economía: era toda una sociedad la que se tambaleaba, una sociedad basada en la norma del empleo estable como la mejor manera de facilitar la participación de los ciudadanos en la riqueza social. O, sencillamente, como la mejor forma de hacer realmente ciudadanos a los ciudadanos.


Y aquí es donde entra en juego esa dimensión ideológica desgraciadamente ausente de las aproximaciones gubernamentales a la crisis y a las reformas del mercado de trabajo o de los servicios sociales.

Como ha señalado Adam Przeworski: “El periodo actual, es el primero desde los años veinte en que los propietarios del capital han rechazado abiertamente un compromiso que implique la influencia pública sobre las inversiones y la redistribución de la renta. Por primera vez desde hacía varias décadas, la derecha tiene su propio proyecto histórico: liberar la acumulación de todas las trabas que le impuso la democracia”.
En efecto, la crisis del empleo y el triunfo de la explicación neoliberal del funcionamiento económico ha coincido con el éxito de una nueva revolución conservadora. “La dinámica económica del capitalismo actual -afirma Göran Therborn- aparece acompañada por una reorganización político-social conservadora, como una revancha contra los avances culturales, políticos y sindicales de la izquierda en los años sesenta y setenta”.
No se trata tanto de una derrota electoral de las fuerzas de izquierda, cuanto de un triunfo cultural de la visión conservadora de la realidad. Mientras el capitalismo continúa su “epopeya mortífera” (Max Gallo); a pesar de “ninguno de los problemas que intentaba resolver el comunismo ha desaparecido con éste” (Giancarlo Bossetti) y de que para la mayoría de la Humanidad “el capitalismo no es un sueño a realizar, sino una pesadilla realizada” (Eduardo Galeano); aunque “fue el capitalismo el que en el siglo XIX nos trajo las masacres de las poblaciones autóctonas en tres continentes, y en este siglo dos guerras mundiales” (Fred Halliday); a pesar de que “los pobres y los desamparados todavía están condenados a vivir en un mundo de injusticias terribles, aplastados por magnates económicos inalcanzables y aparentemente inalterables, de quienes dependen casi siempre las autoridades políticas, incluso cuando son formalmente democráticas” (Norberto Bobbio); a pesar de todo esto, mientras todo esto ocurre bajo el dominio capitalista, a causa del dominio capitalista, la izquierda acabó por recocer mansamente que “no hay alternativas al capitalismo” (Anthony Giddens).
De manera que sea cual sea la orientación ideológica de los partidos que llegan a gobernar, nadie cuestiona (¿porque no saben? ¿porque no pueden? ¿ porque no quieren?) la ortodoxia económica dominante. En un contexto político en el que, según parece, ya no hay un electorado natural que apoye un programa de reformas, nadie parece tomarse en serio las consecuencias prácticas que se derivarían de un compromiso por el pleno empleo. Sami Naïr, entonces parlamentario europeo del Partido Socialista Francés, escribó hace unos años un artículo muy crítico con lo que él calificaba de liberalismo de izquierda, representado por la llamada tercera vía, en el que denunciaba la confluencia práctica de sus propuestas con las del neoliberalismo. Merece la pena recuperar ahora sus principales afirmaciones respetando el vigoroso lenguaje del propio Naïr:

- “El Estado renuncia a regular la competitividad en la batalla entre empresas. Las más poderosas pueden aplastar tranquilamente a las más débiles. En realidad, al desentenderse, el Estado se convierte en la más poderosa palanca de la desregulación. En lugar de buscar el mantenimiento del equilibrio económico en función de consideraciones que no siempre obedecen a la economía, abandona ese equilibrio societal en ‘las manos invisibles del mercado’, que, como es sabido, lleva siempre a la victoria a los más fuertes”.
- “Los mercados de trabajo deberán, por su parte, adaptarse: a eso se llama flexibilidad. Se contrata cuando se necesita. Se despide cuando es útil para mantener los márgenes de beneficio”.

-“La precariedad se convierte así en un elemento estructural del sistema. Ninguna seguridad para el trabajo, toda la seguridad para los detentadores de riqueza: esto significa una serie de pequeños curros de por vida. La inseguridad social se convierte, pues, en la norma; la seguridad para las inversiones, en la regla”.
- “Para escapar a la grisura del bienestar social hay que convertirse en nietzcheano: el riesgo, la lucha y que gane el mejor. Como si en el mercado de trabajo los asalariados estuvieran en las mismas condiciones que el capital. En una sociedad que se rige por la ley de la oferta y por una superproducción estructural (como es el caso de la economía occidental desde mediados de los años setenta), el trabajo es escaso, y la oferta de mercancías, excesiva. Su consecuencia directa es el paro. Y no entro en la destrucción de la cohesión social que la naturalización del individualismo como modo de ser social implica. Toda la tradición sindical del siglo XX se liquida de un plumazo”.
- “Lo social se ve, pues, reducido a una “red de seguridad”, pero, ¿qué hay de los miles de asalariados que no son expertos en funambulismo? Dicho de modo más serio, esta idea significa una auténtica inversión del lugar que ocupa lo social en el pensamiento de la izquierda: hasta ahora, lo social era el fin de la emancipación, encarnaba el objetivo de liberación de los asalariados frente al mundo de la economía que los ata a la dominación y la alienación. Lo social pasa a ser un servidor de la economía. No cuenta la sociedad sino el mercado”.
- “Todo esto lleva a la conclusión lógica siguiente: hay que acabar con lo que constituía el corazón de la lucha de los movimientos reformistas: la igualdad. La exigencia universal de igualdad, no sólo de oportunidades, sino también de condiciones, se asimila a la burocracia. Es fácil ver lo que apunta tras esta tesis: la desigualdad es una condición del desarrollo económico liberal que, como es sabido, es un axioma del viejo liberalismo del siglo XIX”.


De ahí la irónica conclusión del artículo: “Hay que felicitar a Blair y Schröder por haber clarificado tan crudamente el campo de batalla de los conflictos del siglo XXI: sabemos ya que, a diferencia de la época de César, en la que Roma estaba siempre en Roma, en la época de la tercera vía, la derecha está cada vez más en la izquierda”.
El pensamiento único y su primer y fundamental principio -la economía está por encima de la política- es realmente contagioso.


David Anisi ha resumido la situación que hemos descrito en este largo comentario con unas palabras que presentan evocaciones de réquiem: “De esta forma, modificados los objetivos reales de la política económica, sustentados políticamente en una mayoría democrática que apoyaba a aquellos partidos que la proponía, con un clima social cambiante en el que la víctima se convertía en el culpable y con el sustento teórico de la ciencia económica oficial, se acabó con el pleno empleo. Y la vieja pero sólida catedral empezó a derrumbarse”.

Y en esas estamos. Enfrentándonos a una contrarreforma neoconsevadora con herramientas de bricolage tales como las políticas activas de empleo y cosas parecidas. Sin proyecto alternativo. Proyecto ideológico, digo.


Lo malo es que tampoco en la huelga ni en sus convocantes vamos a encontrar ese proyecto.
Así que mañana estaremos en las mismas.
Lo digo, no para desanimarnos, sino al contrario: para ponernos manos a la obra con urgencia.

jueves, 4 de marzo de 2010

Elogio (fúnebre) del trabajo barato

Una de las propuestas más polémicas de Paul Krugman es la titulada "Elogio del trabajo barato: un mal trabajo con un mal salario es mejor que ningún trabajo", publicada en castellano en el libro El teórico accidental y otras noticias de la ciencia lúgubre (Crítica, Barcelona 1999).
La CEOE parece querer aplicarse con entusiasmo a esta tarea.


Claro. Siempre será mejor perder una pierna que perder las dos.
La cuestíón es por qué tenemos que elegir forzosamente entre guatemala y guatepeor.

lunes, 11 de enero de 2010

50 años sin/con Camus

Cincuenta años sin Camus. Desde aquel día de enero de 1960 en que el coche en el que viajaba se estrelló contra un árbol entre Champigny-sur-Yonne y Villeneuve-la-Guyard.
Y, sin embargo, cincuenta años en los que su mirada no ha dejado de iluminarnos.

"El desempleo, para el que no había seguro, era el mal más temido. Ello explicaba que esos obreros, tanto en casa de Pierre como en la de Jacques, que en la vida cotidiana eran siempre los más tolerantes de los hombres, fuesen siempre xenófobos en cuestiones de trabajo, acusando sucesivamente a los italianos, los españoles, los judíos, los árabes y finalmente la tierra entera, de robarles su empleo -actitud sin duda desconcertante para los intelectuales que escriben sobre la teoría del proletariado, y sin embargo muy humana y muy excusable-. Lo que esos nacionalistas inesperados disputaban a las otras nacionalidades no eran el dominio del mundo o los privilegios del dinero y del ocio, sino el privilegio de la servidumbre. El trabajo en aquel barrio no era una virtud, sino una necesidad que, para asegurar la vida, condicía a la muerte".

[Albert Camus, El primer hombre, Tusquets, Barcelona 1994, p. 218]

Podría ser Rosarno, en Italia -"es una guerra de pobres contra pobres"- o el Reino Unido de Cameron. Podría ser Vic.
Podría ser hoy. Podría ser mañana.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Y si trabajo me matan

"Veintitrés empleados de France Telecom se han quitado la vida desde 2008 en Francia. Durante meses, la dirección de la firma negó que esos suicidios tuvieran nada que ver con las nuevas técnicas de gestión. Pero el viernes, una empleada se mató tirándose por la ventana de una sede de la empresa, y el miércoles un técnico se acuchilló en directo en una reunión. Han sido las gotas que han colmado el vaso, y la dirección de la firma ha tenido que ceder en retrasar sus planes de reestructuración" [PÚBLICO].

En la cotidianeidad del trabajo, en el trabajo de todos los días, en el trabajo “normal”, descubrimos la existencia de una realidad que echa por tierra cualquier utopía postrabajista. Pensemos en el fenómeno del burn out o agotamiento profesional. Convertida en el principal modo de regulación en la sociedad posfordista (Cohen, p. 58), la gestión por estrés ha sentado sus reales en la generalidad de los centros de trabajo. Bautizada como karoshi en Japón a finales de los Ochenta -algunas fuentes cifran en 20.000 el número de japoneses que mueren cada año como consecuencia del exceso de trabajo- los riesgos derivados del sobreesfuerzo en el trabajo se han extendido por todo el mundo.
Desde el estudio pionero de Juliet B. Schor en 1986 sobre la excesiva jornada laboral en Estados Unidos son muchos los países en los que este problema ha aflorado con fuerza, aunque en demasiadas ocasiones sea abordado como un problema achacable a los individuos y no a las situaciones reales de trabajo. Se habla entonces de workaholics o de personas adictas al trabajo,[1] como si todo pudiera explicarse finalmente como una suerte de desviación o descompensación psicológica en la que las estrategias empresariales y las condiciones laborales sólo contribuyen, en todo caso, a agravar estas desviaciones.
Según una investigación del semanario Le Figaro (nº 1.329, 15 avril 2006, pp. 45-50) un 18% de los trabajadores franceses muestran unos niveles de estrés que pueden llegar a poner en riesgo su salud psicológica o mental. En el grupo automovilístico Renault ya saltaron las alarmas tras producirse, entre el 20 de octubre de 2006 y el 16 de febrero de 2007, los suicidios de un ingeniero y dos técnicos que trabajaban en un centro de ingeniería que la empresa tiene en los alrededores de París (El País, 19/03/2007, p. 88). Tenían 38, 39 y 44 años, y los sindicatos relacionan sus muertes con las condiciones de trabajo y las prácticas laborales dominantes en ese centro. Fred Dijoux, dirigente de la CFDT, denunció que en febrero de 2006 ya alertaron por escrito a la dirección del peligro derivado de “un sistema de gestión casi militar” caracterizado entre otras cosas por “la desregulación de los horarios de trabajo”.
Aún poco estudiado, para el caso español se maneja el dato de que el 15% de los empleados sufre en síndrome del trabajador quemado, especialmente en los sectores de servicios, sanidad y educación (El País, suplemento Negocios, 2/07/2006, p. 37). En este sentido, el entonces secretario general de Empleo señaló hace unos años que algo más de un tercio de los accidentes de trabajo (el 34,35%) se produce por sobreesfuerzo o estrés (El País, 17/06/2006).
El último y más evidente ejemplo de esta pandemia lo tenemos en China, entregada a una carrera desbocada por convertirse en la primera potencia económica del mundo. Conocida en chino mandarín como guolaosi, una noticia informaba así sobre la muerte por exceso de trabajo en China:
"La esperanza de vida de los "cerebros" que dirigen el parque tecnológico de Zhongguancun -al norte de Pekín y considerado el "Silicon Valley" chino- es de 54 años y el 70% se arriesga a morir de "karoshi" (muerte por exceso de trabajo), según un estudio divulgado ayer por el portal "Chinanews". El informe de la Universidad Médica de Pekín apunta que la esperanza de vida de los "intelectuales" chinos roza los 58 años, diez menos que la media nacional, aunque la situación se agrava en el entorno laboral de Zhongguancun, parque científico establecido en 1988 como primera zona de desarrollo de alta tecnología del país. «El 70% de ellos podría morir de "karoshi"», advirtió un experto del centro académico, Huang Jianshi, en referencia al fenómeno nacido en Japón y extendido en China, donde cada año mueren 600.000 profesionales inmersos en una feroz competencia" (Deia, 16/03/2007).
Y a pesar de todo esto aún hay que combatir proyectos como aquel que en la Unión Europea intentaba desbloquear la directiva referida al tiempo de trabajo que permitiría aumentar a 60 horas semanales la duración máxima de la jornada laboral, frente a las 48 horas actuales.
Y ello a pesar de la denuncia de la OIT de que la cada vez más frecuente tendencia a tener horarios de trabajo más atípicos e impredecibles, consecuencia de las presiones para mantener la competitividad en una economía que funciona 24 horas al día, 7 días a la semana, genera crecientes tensiones en la vida de las y los trabajadores.
¿Y qué decir del mobbing, anglicismo que en los últimos tiempos parece concentrar (y reducir) todos los males existentes en los centros de trabajo? El acoso moral en el trabajo parece haberse convertido en el único o, cuando menos, en el principal problema de las y los trabajadores, y ha dado lugar a una multitud de publicaciones e investigaciones más o menos serias, así como a un número incontable de páginas web y de blogs personales. Tal como viene siendo caracterizado, el fenómeno del mobbing adquiere dimensiones alarmantes: 13 millones de trabajadores de Finlandia, Reino Unido, Países Bajos, Suecia, Bélgica, Portugal, Italia y España fueron sido víctimas de él en el año 2000, según la Tercera encuesta europea sobre condiciones de trabajo publicada por la OIT. La cifra corresponde a una media del 9% de los asalariados en los países consultados y supone un millón más que en la misma encuesta de 1995. En España, el mobbing afecta a 750.000 trabajadores (un 5% de los asalariados), según una encuesta de la Fundación Europea para la Mejora de las Condiciones de Vida y Trabajo, basada en 21.500 entrevistas. Si esto es así, seguir considerando que nos encontramos ante un problema reducible a sus dimensiones más personales o interpersonales (acosado-acosador) resulta un error. Llamamos mobbing o burn out a lo que siempre se ha denominado -y así debería volver a hacerse- explotación.
Siendo cierto, como advierte Ulrich Beck en varios de sus escritos, que en el sistema actual cada vez mas se nos anima a buscar soluciones biográficas a problemas que en realidad son estructurales, esto es así sólo porque previamente se han definido tales problemas como biográficos, despojándolos de su naturaleza sistémica. El mobbing, como el burn out, son expresiones dramáticas de un determinado sistema de relaciones laborales.
En fin, como cantaba Daniel Viglietti: "Me matan si no trabajo, y si trabajo me matan. Siempre me matan, me matan, ay, siempre me matan".

miércoles, 26 de agosto de 2009

Mileuristas, milloneuristas

"Lo que pasa es que, por lo visto, en la infraestructura hubo cuanto mangante hubo, y del total de mangancia que hubo, una parte supongo que tiene la justificación de que es el coste". Quien así habla es uno de los imputados en el caso Palma Arena. El sobrecoste , que la mangancia explica en gran parte, se elevó a los 70 millones de euros, desviados a bolsillos privados en forma de facturas hinchadas y comisiones: 13.920 eurosen gafas de sol, 5.000 euros en refrescos y agua, 104.000 euros por un video sobre la construccoón del edificio, 27.000 euros de desplazamientos... Una vergüenza.
Y eso el mismo día en que sabemos por el sindicato de técnicos del Ministerio de Hacienda que seis de cada diez trabajadores en España son mileuristas.
Trabajadores mileuristas; mangantes milloneuristas. Dos vergüenzas.

domingo, 2 de agosto de 2009

Precariedad laboral, precariedad vital

"Jóvenes, sobradamente preparados, y en paro" (PÚBLICO).

«Sí; caminamos, y el tiempo también camina, hasta que, de pronto, vemos ante nosotros una línea de sombra advirtiéndonos que también habrá que dejar atrás la región de nuestra primera juventud» (Joseph Conrad, La línea de sombra).

Joseph Conrad, el genial autor de obras como Lord Jim, El agente secreto o El corazón de las tinieblas, firma también una narración de fuerte contenido autobiográfico que lleva por título La línea de sombra. En la misma relata las experiencias de su primer mando como oficial en un buque de la marina mercante británica. Esa experiencia supuso para Conrad el momento que marcó su transición de la juventud a la edad adulta, el momento en que atravesó la línea de sombra, “esa región crepuscular que separa la juventud de la madurez”.
En los tiempos en que Conrad escribió sus novelas no era demasiado difícil trazar los límites de esa línea de sombra. Como no lo ha sido a lo largo de todo ese siglo, hasta prácticamente la década de los Noventa. Durante todo ese tiempo el acceso al mercado de trabajo ha sido, como norma, el primer paso por mediación del cual el ciudadano varón de las sociedades industriales se adentraba en esa región crepuscular que separa la juventud de la madurez. Un primer paso casi siempre inexorable, que encadenado a otros pasos –emparejamiento, constitución de hogar independiente, procreación- iba siguiendo un sendero que lo llevaría, finalmente, a ingresar en la edad adulta.
Hoy, por el contrario, se vive en toda su extensión un fenómeno descrito por Alfonso Moncada en 1979 y al que denominó la adolescencia forzosa. Años antes, como recuerda José Luis López Aranguren en La juventud europea y otros ensayos, Julián Marías se refería al mismo fenómeno como a “una anormal prolongación de la etapa juvenil [como consecuencia de que] la independencia económica suficiente para contraer matrimonio o establecerse y vivir por cuenta propia, suele llegar tarde”.
Desde una perspectiva sociológica, la juventud puede ser considerada como un tiempo de espera hasta el ingreso en la edad adulta. En nuestra sociedad, el ingreso en la edad adulta viene señalado por la asunción de una cuádruple responsabilidad: a) productiva, mediante el acceso a un estatus ocupacional, laboral o profesional estable; b) conyugal, mediante la formación de una pareja sexual estable; c) doméstica, mediante la constitución de un domicilio autónomo; y d) parental, mediante la procreación. Estamos hablando, por supuesto, no de la asunción efectiva de estas responsabilidades, sino de la posibilidad real de asumirlas si así se desea. La juventud, entonces, no es sino la duración de un tiempo de espera: el tiempo que transcurre desde la pubertad hasta el momento de poder asumir esas cuatro responsabilidades. De ahí que se considere joven a la persona fisiológicamente madura que no posee todavía ocupación remunerada estable, cónyuge estable, domicilio propio estable..., es decir, que carece de responsabilidades sociales, pero que aspira a tenerlas.
Hay una cuestión que condiciona absolutamente la posibilidad práctica de ese cambio de estatus social que supone el paso de la juventud a la edad adulta: al acceso a un trabajo remunerado estable. Esta es la condición para poder plantearse en libertad la formación de una pareja, la constitución de un hogar independiente o la procreación. Es por ello que puede que para una determinada generación la juventud no termine nunca, pues nunca podrán acceder a un puesto de trabajo estable que les abra las puertas a la asunción libre de responsabilidades sociales: desde esta perspectiva, serán "jóvenes" de 30, 40 años...
Porque lo cierto es que el mercado de trabajo, en la actualidad, no hace sino extender y alargar esa línea de sombra a la que hacíamos referencia. Se crea empleo, sí, pero la temporalidad marca la pauta. No resulta difícil que un joven acceda a un empleo, sí, pero es casi siempre un empleo precario, que de ninguna manera permite sentar las bases económicas que permitan asumir las responsabilidades que la vida adulta conlleva.