Mostrando entradas con la etiqueta movimiento obrero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta movimiento obrero. Mostrar todas las entradas

sábado, 27 de septiembre de 2025

El futuro de la revolución

Matthew T. Huber
El futuro de la revolución: El cambio climático y la búsqueda de una insurrección climática global
Traducción de Silvia Moreno Parrado
Errata naturae, 2024 

"Cuando nos centramos en el ámbito del intercambio, damos por hecho que la crisis climática es una mera aberración de un sistema de mercado eficaz y racional por definición. Cuando nos adentramos en los «lugares ocultos de la producción», descubrimos que en la raíz de la crisis climática se hallan unas relaciones de clase antagónicas. En vez de centrarnos en las opciones que nos ofrece el mercado a los consumidores, vemos a una clase de productores que controlan ingentes caudales de energía, recursos y, en efecto, emisiones; todo ello, dirigido hacia un único objetivo: el beneficio (D-M-D’). Solo si dejamos de concentrarnos en el ámbito del intercambio daremos con la auténtica causa de la crisis climática: una pequeña minoría de propietarios que controla y se beneficia de la producción de la energía, los alimentos, los materiales y las infraestructuras que la sociedad necesita para funcionar. Solo si analizamos las relaciones de producción (o sea, el poder de la clase), descubriremos que la lucha por el clima no consiste en arreglar el mecanismo de precios, sino en hacerle frente a esa pequeña minoría de propietarios”.
 
 
La crisis climática ha sido interpretada de múltiples maneras: como un problema científico, como una cuestión ética, como un reto tecnológico o como un desafío de gobernanza global. Sin embargo, en El futuro de la revolución (el cambio del título original, Climate Change as Class War, no es afortunado), Matthew T. Huber propone situar el calentamiento global en el terreno de la lucha de clases. En lugar de culpabilizar a los individuos por sus consumos o confiar en las promesas de los mercados de carbono, Huber sostiene que la raíz del problema es estructural: quién posee y controla la producción de energía. Desde esta perspectiva el cambio climático no es un fallo moral de la humanidad en abstracto, sino el resultado lógico de un sistema económico en el que una élite concentra el poder productivo mientras la mayoría trabajadora permanece desorganizada. El problema, como plantea Jason Moore, no es el Antropoceno sino el Capitaloceno. Huber cuestiona lo que él califica de ambientalismo moral -esa corriente que reduce la acción climática a decisiones individuales tales como usar bicicleta, consumir local, reciclar, evitar vuelos-, prácticas que, si bien no son inútiles, sí son irrelevantes frente a la magnitud del problema. La narrativa moral individualiza la culpa y despolitiza la acción. Mientras millones de personas sienten ansiedad climática por no estar “haciendo lo suficiente”, las grandes corporaciones energéticas siguen acumulando beneficios y expandiendo infraestructuras fósiles. El resultado es un doble fracaso: ni se reducen significativamente las emisiones ni se construye poder político colectivo.

"Las políticas del cambio climático tienen muy integrado que, cuando nos metemos en el coche y arrancamos el motor, las emisiones son nuestras y solo nuestras. Según la creencia popular, por eso es tan difícil mitigar el cambio climático, porque la responsabilidad con respecto a este está, fundamentalmente, dispersa. Así, para resolver el problema hay que poner en marcha una revolución colosal en el comportamiento individual. ¿Cómo se pueden cambiar miles de millones de decisiones individuales?".

Su respuesta es que solo una fuerza política de clase, organizada desde abajo, podrá revertir el rumbo de la catástrofe. Huber introduce aquí la idea de una "ecología proletaria", inspirada en la teoría marxista de la alienación. En el capitalismo, explica, los y las trabajadoras no controlan ni su trabajo ni el producto de su trabajo. Pero tampoco controlan la relación metabólica con la naturaleza: la energía, los materiales, los flujos de producción que condicionan la vida cotidiana. De esta forma, las emisiones de carbono no pueden entenderse como una suma de elecciones personales, sino como el resultado directo de una estructura productiva dominada por el capital. La trabajadora o el trabajador que conduce al empleo en coche, que enciende la calefacción de gas o que compra en un supermercado, no es libre de elegir otra cosa: actúa dentro de un sistema diseñado para maximizar la acumulación privada de energía y recursos.

Si el problema está en la organización de la producción, la solución también debe estar ahí: en el poder de la clase trabajadora. Huber dedica buena parte del libro a argumentar que, históricamente, las transformaciones profundas se han producido cuando los trabajadores organizados han presionado colectivamente para redistribuir riqueza y poder. El autor recuerda ejemplos como el New Deal en EE. UU., conquistado bajo la presión de sindicatos insurgentes en los años treinta. Su mensaje es que las victorias climáticas solo serán posibles si se articulan luchas laborales capaces de desafiar a la élite energética.

En este punto, Huber afina su estrategia: apuesta por colocar al sector eléctrico en el centro de la movilización. ¿Por qué? Porque es un nodo esencial de la economía moderna, uno de los mayores emisores de gases de efecto invernadero y, al mismo tiempo, un sector con tradición sindical y con capacidad de huelga estratégica. Si las trabajadoras y los trabajadores de la electricidad -desde ingenieras e ingenieros hasta operarias y operarios- decidieran organizarse en clave ecológica, podrían forzar una transición energética real: descarbonizar la producción eléctrica para descarbonizar el conjunto de la economía. Esta hipótesis convierte a los sindicatos eléctricos en actores potencialmente revolucionarios en la lucha climática.

Esta tensión también se refleja en su propuesta de un Green New Deal socialista. En su versión más divulgada (Alexandria Ocasio-Cortez, Bernie Sanders), suele leerse como un programa reformista de Estado, una especie de pacto social verde para compatibilizar capitalismo y sostenibilidad. Eso, de entrada, parecería incompatible con una perspectiva de lucha de clases radical. Sin embargo, Huber lo utiliza de otra manera: como horizonte de transición. Para él, el Green New Deal no es tanto una política tecnocrática sino un vehículo de organización popular. La clave está en quién lo impulsa: si es un proyecto top-down de élites progresistas, reproduce las limitaciones del reformismo verde; si es una conquista de la clase trabajadora organizada (particularmente en energía, transporte, vivienda), puede convertirse en un paso hacia la socialización de la producción.

Huber no idealiza al Estado como garante neutral del bien común; lo entiende como un terreno de disputa de clases. Por eso defiende una intervención estatal masiva en infraestructuras energéticas, pero no como un fin en sí mismo, sino como medio para desplazar el poder del capital hacia lo público y lo colectivo. En ese sentido, su Green New Deal sería parecido al New Deal de los años treinta: un programa reformista arrancado bajo presión sindical y popular, que abrió brechas en la hegemonía empresarial. Huber lo ve como ejemplo de cómo una movilización de masas puede forzar al Estado a actuar contra los intereses del capital.

El título original del libro no es una metáfora ligera: Huber insiste en que el cambio climático es una guerra de clases. Una guerra desigual, porque el capital fósil concentra recursos, instituciones y discursos. Pero también una guerra abierta, donde la clase trabajadora todavía puede constituirse en sujeto político con capacidad de victoria. El texto deja una sensación de urgencia y esperanza. Urgencia, porque el reloj climático avanza; esperanza, porque aún existen las condiciones para construir un movimiento ecosocialista de masas. Huber lo imagina a partir de sindicatos, redes energéticas públicas y un proyecto internacionalista que supere la impotencia del activismo fragmentado.

Aquí se abre un diálogo potente con otras corrientes del marxismo ecológico. Su énfasis en la lucha de clases conecta con la teoría de la fractura metabólica de John Bellamy Foster, que interpreta la crisis climática como expresión de una ruptura estructural entre sociedad y naturaleza bajo el capitalismo. También resuena aquí Andreas Malm, que identifica al capital fósil como enemigo estratégico. Se aparta, en cambio, de Kohei Saito y su propuesta de un comunismo explícitamente decrecentista. Huber parece confíar en una socialización expansiva de la energía, más cercana al imaginario de “soviets y electrificación” que a la reducción deliberada de la escala material de la economía. Este contraste lleva a una crítica clave: ¿hasta qué punto un “ecologismo proletario” centrado en la producción corre el riesgo de reproducir el viejo productivismo comunista? Si la clase trabajadora se constituye únicamente como sujeto de poder en el terreno productivo, pero sin una estrategia de reducción del metabolismo social, podría darse la paradoja de una transición socialista que siga tensionando los límites planetarios. Huber tiende a absolver a las trabajadoras y trabajadores de su papel en el sostenimiento del consumo masivo, y tiene razón al subrayar que sus decisiones están estructuralmente condicionadas. Sin embargo, al relegar el problema del consumo a un plano secundario deja sin resolver cómo articular una lucha de clases que sea, al mismo tiempo, decrecentista. Sin esa dimensión, el riesgo es que la “ecología proletaria” se quede en una socialización del productivismo en vez de una superación de él.

Su énfasis en la estructura termina debilitando la cuestión de la agencia. Es cierto que el cambio climático es un problema sistémico -como recuerda Jorge Riechmann, el cambio climático es el síntoma, pero la enfermedad es el capitalismo productivista-. Pero de ahí no se sigue que las clases trabajadoras y populares carezcan de capacidad de acción en el plano cotidiano. El sistema no obliga coercitivamente a consumir de cierta manera: más bien seduce, construye deseos, organiza imaginarios; se trata de un capitalismo libidinal. Pero aunque esas lógicas de deseo están socialmente producidas, no son un engaño total: sabemos que el consumo masivo tiene costes ecológicos, que no es inocuo. En ese sentido, dejar de lado por completo la responsabilidad individual y la agencia personal es, a mi juicio, un error.

La discusión recuerda a las tensiones históricas del movimiento obrero. Conviene mucho recuperar la obra en tres volúmenes de François Chatelet, Evalyne Pisier-Kouchner y Jean-Marie Vincent, Los marxistas y la política (Taurus, Madrid 1977), donde podemos leer las actas del VII Congreso Internacional Socialista de Stuttgart, en 1907, que recogen intervenciones como esta: "El Congreso, tras comprobar que por lo general se exagera grandemente -sobre todo de cara a la clase obrera- la utilidad o necesidad de las colonias, no condena en principio y para siempre toda política colonial, que -bajo régimen socialista-podría llegar a ser una obra civilizadora"; el representante de Holanda propugnó entonces la creación de una "polí­tica colonial socialista". Bien es cierto que también podemos leer en dichas actas intervenciones tan vigorosas como la de Kautsky: "Bernstein ha tratado de hacernos creer que esa política de conquista ha sido una necesidad natural. Mucho me ha extrañado que defendiese aquí esa teoría según la cual existen dos grupos de pueblos, los unos destinados a dominar, y los otros a ser dominados; y que haya pueblos incapaces de gobernarse y administrarse por sí mismos, pueblos de noños grandes. Eso no es más que una variante de la vieja frase que constituye la justificación de todos los despotismos, y con arreglo a la cual unos nacen con espuelas en los pies, y otros con una albarda en las espaldas, con el fin de permitirles a los primeros considerar a los segundos como monturas pro­pias". Pero la proclamación de Kautsky, fuertemente aplaudida, y que se plasmará es los textos del Congreso sirviendo en años posteriores de referencia teórica y moral para oponerse al imperialismo, chocó en la práctica con una realidad tozuda, cual era la funcionalidad del colonialismo para el desarrollo de las metrópolis industriales; esta realidad práctica quedará expuesta en Stuttgart en una intervención del holandés Van Kol respondiendo a Ledebour, delegado alemán anticolonialista: "Me limito a preguntar a Ledebour si, bajo el régimen actual, tiene el coraje de renunciar a las colonias. Ya me dirá enton­ces qué será de la superpoblación europea; en qué país la gente que quiere emigrar podrá encontrar con qué vivir si no es en las colonias [...] ¿Qué haría Ledebour con el creciente de producción de la industria europea si no encuentra nuevos mercados en las colonias?". La teoría y la ética internacionalistas chocaban fron­talmente contra los intereses de las sociedades desarrolladas, y, en su seno, contra los intereses de unas clases trabajadoras que subsidiariamente se beneficiaban de la política colonial. ¿Cómo hubiera evolucionado la cuestión colonial dentro del movimiento obrero europeo? Nunca sabremos si hubieran triunfa­do las posturas antiimperialistas de Kautsky y Ledebour o las del "colonialismo socialista" de Bernstein y Van Kol. La primera guerra mundial truncó los debates, pero no lo hizo de manera neutral. El internacionalismo obrero, cuestionado por la problemática colonial, será también cuestionado por la guerra en Europa. Y esta vez el fiel de la balanza se inclinó sin ningún género de dudas.

En la Internacional, hubo delegados que defendían la posibilidad de un “colonialismo socialista”: aprovechar los mecanismos coloniales para fines emancipatorios. Hoy, algo parecido ocurre con el consumo: si se absuelve sin más a las clases trabajadoras de toda responsabilidad en su reproducción, se corre el riesgo de imaginar un “consumismo socialista” que perpetúe el metabolismo expansivo. Es muy significativo, en este sentido, lo que escribe sobre los viajes en avión, "práctica que adquiere una especial relevancia en mi actividad profesional académica, donde los viajes a centros de investigación, congresos y talleres son una parte normal del trabajo". Su crítica a las campañas contra el uso del avión en el mundo académico suena más a autojustificación que a otra cosa. Reconocer agencia no significa caer en el moralismo individualista que Huber critica, sino abrir la pregunta por cómo las prácticas cotidianas pueden anticipar, desde ya, otros modos de vida más sobrios y solidarios.

El futuro de la revolución se lee como un manifiesto político, escrito con la urgencia de quien sabe que el tiempo se agota. Su valor no está solo en el diagnóstico -que el clima es inseparable de las relaciones de clase-, sino en la estrategia: apostar por el poder sindical en sectores clave de la energía. ¿Es suficiente? Quizás no. Pero el libro tiene la virtud de recordarnos que la ecología no es un asunto de consumo responsable sino de poder político, conflicto social y transformación estructural. En ese sentido, es una obra que obliga a elegir bando: o se defiende el statu quo del capital fósil, o se construye una fuerza colectiva capaz de enfrentarlo. En tiempos donde la catástrofe climática se acerca con paso firme, esa claridad narrativa convierte al texto de Huber en una lectura indispensable para sindicalistas y para activistas climáticas, así como para cualquiera que entienda que el futuro no está escrito, pero sí está en disputa.

jueves, 8 de agosto de 2024

Dos buenas ficciones históricas con protagonistas despreciables

La editorial Hoja de Lata nos ofrece dos novelas con trasfondo histórico muy recomendables. La primera se desarrolla en Estados Unidos, entre 1877 y 1919, y gira en torno a las luchas obreras impulsadas por el sindicato revolucionario Industrial Workers of the World y a su represión implacable por grupos parapoliciales al servicio de las grandes empresas como la mal llamada Agencia de Detectives Pinketon. La segunda novela se sitúa en la Francia actual, en el momento en el que la candidata del ultraderechista Bloque Patriótico está a punto de acceder al Gobierno. Las dos están protagonizadas por sendos personajes realmente odiosos, despreciables, que en ocasiones me han puesto la lectura muy cuesta arriba. 
 

[1] La primera novela es One Big Union (Un gran sindicato), de Valerio Evangelisti (Hoja de Lata, 2024; traducción de Francisco Álvarez). Segunda entrega de la denominada Trilogía Americana, por sus páginas vemos pasar a intelectuales de izquierda como Jack London, John Reed o Upton Sinclair, y a históricas militantes como Mother Jones o Emma Goldman, y acontecimientos fundamentales en la historia del movimiento obrero como la matanza de Haymarket o la huelga de Lawrence. Y, sobre todo, seguiremos las vicisitudes del Industrial Workers of the World, de las y los wooblies, de ese sindicato revolucionario que soñaba con una gran unión de todas las trabajadoras y trabajadores del mundo, por encima de sectores, profesiones, orígenes nacionales bajo el luminoso lema "una ofensa a uno es un ataque a todos" (an injury to one is an injury to all), incluyendo muy especialmente a los y las trabajadoras en condiciones más precarias:

"La organización debe adaptarse al proletariado que está en su manos. Nuestros obreros un día trabajan aquí, otro día trabajan allí y al siguiente no trabajan. Pero todos son proletariado, el carné rojo los compacta. El dinero no vendrá de ellos, que no tienen ni un jodido centavo en el bolsillo. Olvidaos de las cuotas regulares, el dinero vendrá de las iniciativas que sepan poner en pie los trabajadores allá donde vayan. ¡Y cuanto más imaginativas sean, más dólares llegarán!".

Pero se trata de una novela y sobre este telón de fondo la trama se construye sobre un personaje realmente despreciable, Robert Coates, un inmigrante irlandés reclutado como agente infiltrado, chivato y delator por pistoleros al servicio de las empresas como las agencias Burns o Pinkerton para combatir violentamente a las organizaciones obreras: "Primero intervenimos nosotros, después la prensa, luego los políticos y los tribunales, y finalmente intervendrá el ejército. Todos juntos formamos la fuerza que rige este país".

Un relato potente y una aportación fundamental para la construcción y el mantenimiento de la memoria obrera.


[2] El segundo libro es El bloque, de Jérôme Leroy (Hoja de Lata, 2023; traducción de José A. Soriano Marco). Presentada como "la novela que anticipó el auge de la ultraderecha en Francia", se trata de una historia narrada en primera persona por Antoine Maynard, un escritor del montón casado con Agnès, presidenta del Bloque Patriótico, formación de extrema derecha fundada por el padre de esta (¿a qué nos suena?), abiertamente fascista, que ahora aspira a convertirse en secretario de Estado tras el triunfo electoral del Bloque, gracias a la "respetabilidad" ganada bajo el liderazgo de Agnès:

"[L]as instrucciones del Bloque son claras: nada de triunfalismo. Perfil bajo. Cogemos los ministerios. Ejercemos el poder. Nos hacemos respetables. Competencia. Estrategia del último recurso. Estos últimos meses, Agnès ha insistido en ello. Nada de caza de brujas ni venganzas personales.
De momento".

Como vemos, las semejanzas con el tiempo presente son tan claras como ominosas, con una sociedad francesa descrita como una olla a presión de miedos y odios ("De todas formas, en Francia, todo el mundo tenía miedo: la maquilladora árabe tenía miedo, los blanquitos tenían miedo, los ejecutivos deslocalizables tenían miedo, los chavales de las barriadas tenían miedo, los polis tenían miedo...") que acaba por llevar a la ultraderecha al poder:

"[E]stoy convencido de que, a finales de los setenta, se inició un programa general de implantación de microchips a los recién nacidos. Si no, ¿cómo explicáis el absurdo comportamiento de los occidentales de menos de cuarenta años? Son la primera generación que vive peor que la anterior, pero siguen aceptando el sistema y votando por la misma casta en el poder, o, mejor dicho, dejándola hacer. La última esperanza, nuestra última esperanza, son los curritos, como en 1984. No sé consideró necesario implantarles el chip, o no se hizo de forma sistemática. Se partió de la base de que a los pobres es más fácil embrutecerlos mediante la televisión, sin necesidad de gastar dinero, porque implantar un chip de por vida a un ser humano no es barato. Vale, pero cuando los pobres apagan la tele recobran un poco de libertad mental [...]. Y entonces los pobres comprenden lo que ocurre, lo que ocurre en realidad, sin llegar necesariamente a formularlo, y empiezan a votar por nosotros, la única alternativa verdadera, en cualquier caso, la que parece suscitar la unanimidad en su contra. ¿qué os pensabais? Así nos hemos convertido en el primer partido obrero de Francia".

Antoine rememora el camino recorrido para llegar hasta ahí a lo largo de tres décadas: sus primeros artículos en un semanario rojipardo que acogía la opinión de cualquiera que estuviera dispuesto a apuntarse a "la orgía ideológica si se podía acabar con un sistema en proceso de descomposición"; sus provocadoras intervenciones televisivas; la organización de brigadas violentas ("Es increíble la cantidad de tíos de menos de treinta años en buenas condiciones físicas disponibles en el mercado hoy en día y dispuestos a pelear contra los rojos o los moros"); su evolución personal desde un abuelo resistente cristiano durante la Ocupación y comunista tras la guerra, pasando por una familia de "meapilas eternamente centristas que desconfiaban de todas las ideologías un poco radicales"; su particular lectura de Lenin ("A mí, todo lo que habla de las formas de tomar el poder con un grupito y joder a cuanta más gente mejor me interesa"); y su pasión por Agnès...

Una lectura incómoda y desasosegante que cartografía con acierto una realidad que, desgraciadamente, no es ficción. Por eso, por la agudeza con la que describe el mundo de la ultraderecha, me ha incomodado enormemente, porque me parece una peligrosa banalización, la frase con la que se abre y se cierra el libro: "En el fondo te hiciste fascista por el coño de una chica". Como si se tratara de una romantización machista. Que ya sería preocupante. Pero no, esto no va de coños. Es fascismo, y punto.

sábado, 23 de noviembre de 2019

¿Un futuro sin sindicatos?

Unai Sordo
¿Un futuro sin sindicatos?
Introducción y epílogo de Bruno Estrada.
Los Libros de la Catarata, 2019


La reflexión de Unai Sordo empieza con una idea sugerente, que no se aborda en profundidad, pero que constituye una de las líneas de fondo del libro: la idea de que en el futuro seguirá habiendo organización colectiva de defensa de los derechos de las personas empleadas, pero lo que está en duda “es si eso se materializa a través de organizaciones que pretenden agregar intereses compartidos, o se canaliza a través de expresiones más o menos espontáneas, neocorporativas o reactivas”. La expresión más clara y actual de esta segunda materialización es la organización “asindical” del mundo del trabajo, representada por el modelo de capitalismo de plataforma.

Por tanto, más que una reflexión sobre la posibilidad de que en el futuro las preocupaciones y las demandas relacionadas con el ámbito laboral puedan plasmarse mediante estrategias y reivindicaciones "asindicales" (la eclosión y generalización de partidos de ultraderecha es una de ellas), el libro de Unai Sordo se centra en la forma en que un sindicato como CCOO debe repensar su cultura, estructura y acción para continuar siendo en el futuro un referente para las trabajadoras y los trabajadores.

Aunque los sindicatos españoles vienen sufriendo desde hace años una evidente pérdida de legitimidad social, expresada tanto en estudios de opinión (según el CIS, el porcentaje de personas que manifiestan no tener ninguna confianza en los sindicatos ha pasado del 19,4% en 1996 al 37,3% en 2017) como en la reducción en prácticamente toda la OCDE de la densidad sindical, es decir, la cantidad de trabajadoras y trabajadores afiliados a sindicatos en relación al total de la población con empleo, lo cierto es que CCOO tiene en la actualidad cerca del millón de personas afiliadas, cotizantes y al corriente de pago, de las que alrededor de 415.000 son mujeres. Por otro lado, como resultado de las elecciones sindicales, este sindicato cuenta con más de 96.000 representantes elegidos en miles de centros de trabajo, lo que convierte a CCOO en el sindicato mayoritario en España.

No obstante, Unai Sordo dedica las primeras páginas del libro a plantear estrategias que combatan la tendencia del modelo sindical español a desincentivar la afiliación (convenios colectivos erga omnes, de aplicación general al margen de que exista o no la afiliación sindical: el problema del free rider analizado por Mancur Olson), la ausencia de representación sindical de millones de trabajadoras y trabajadores de empresas pequeñas, así como para disminuir la rotación en la afiliación, ya que “Hay una afiliación «utilitarista» que «utiliza» el sindicato a demanda cuando tiene una contingencia. El reto es que estas personas entiendan que el valor del sindicato es resolver problemas concretos, lógicamente, pero sobre todo, organizar a la gente”. También se trata de recuperar la posición de los sindicatos como agentes fundamentales para definir las políticas sociolaborales, posición que se ha visto enormemente debilitada tras sucesivas reformas laborales, particularmente la de 2012, cuya reversión considera imprescindible.

La necesidad de una financiación pública estable y suficiente, la función del sindicato como agente que "introduce la democracia en la empresa”, la autocrítica (a mi juicio insuficiente) de la posición de CCOO durante la crisis, los riesgos de la participación financiera de las y los trabajadores en las empresas, la acción sindical ante la robotización y la digitalización, la relación con los partidos políticos y los movimientos sociales (muy bien planteada en relación al feminismo, no en relación a otros movimientos), su papel en el contexto global, son cuestiones que sirven al autor para profundizar en esa reflexión sobre el futuro de los sindicatos.

Y en el transcurso de esta reflexión Unai Sordo formula una tesis que, en mi opinión, debería convertirse en el foco a partir del cual un sindicato como CCOO tiene que repensarse: "El sindicato se tiene que organizar de manera que facilite la integración de lo que la empresa ha desintegrado". La empresa posfordista (desregulada, dispersa, desconcentrada, globalizada) ha desintegrado los procesos productivos, ha precarizado el estatuto laboral, ha desbaratado las regulaciones nacionales, ha deslaborizado cada vez más puestos de trabajo y, como consecuencia, ha desintegrado la totalidad de la existencia de las personas y las familias trabajadoras: sus salarios, sus espacios locales, sus temporalidades, sus proyectos de futuro,sus solidaridades, sus identidades...

Por eso, además de "impulsar una visión periférica que vincule entre sí estas partes fuertes y debilitadas del mundo del trabajo", recuperando para ello la clase como ese vínculo colectivo que ha sido y debe volver a ser, un sindicato sociopolítico como CCOO debe trabajar para integrar también lo que el capitalismo neoliberal ha desintegrado fuera de la empresa. Al fin y al cabo, esta es una de sus señas de identidad: "CCOO es un sindicato sociopolítico que además de reivindicar la mejora de las condiciones de trabajo y de vida, asume la defensa de todo aquello que nos afecta como trabajadoras y trabajadores, dentro y fuera de la empresa".

Es un libro con más preguntas que respuestas, con más retos que soluciones: pero los retos están formulados con claridad, y las respuestas tendremos que encontrarlas entre todas y todos.

domingo, 4 de noviembre de 2018

El hombre de la dinamita

Henning Mankell
El hombre de la dinamita
Traducción: Carmen Montes Cano
Tusquets Editores, 2018

Primera novela de Mankell, publicada originalmente en 1973 y reeditada en 1997. En el prefacio que acompaña esta reedición, y que se incluye en la traducción al castellano, escribe el autor:

"Y sí, han ocurrido muchas cosas en veinticinco años. Han caído algunos muros, otros se han levantado. Ha caído un imperio, otros se han debilitado desde dentro y están formándose nuevos centros de poder. Pero los pobres y desvalidos del mundo se han vuelto más pobres en estos veinticinco años. Y Suecia ha pasado de un intento decente de construir una sociedad a un saqueo social. Una división cada vez más clara entre las peronas necesarias y las sobrantes".

Esta novela cuenta la historia de Oskar Johansson, dinamitero de 23 años, que en 1911 sobrevive milagrosamente a un gravísimo accidente de trabajo. Mutilado, desfigurado, sin embargo volverá a trabajar hasta jubilarse, se casará con Elvira, compañera de vida y militancias ("No sé cómo habrían sido las cosas sin Elvira") y será padre de dos hijas y un hijo a los que amará, pero que le decepcionarán por su deriva política ("Hubo un tiempo, cuando tenía veinte años, en que era un chico estupendo, protestaba y armaba jaleo. Pero ahora es de los que votan por los azules. Es una mierda. Es como si lo hubiera traicionado todo").

En el relato de Mankell, la vida de Johansson -su durísimo trabajo, su mutilación, su militancia política, su vida familiar, su declive físico- se convierte en un trasunto de la evolución/involución de la socialdemocracia sueca. Desde los tiempos de su expansión, pueblo a pueblo, centro de trabajo a centro de trabajo, plaza a plaza -lo cuenta Per Olov Enquist en La partida de los músicos- hasta su conversión en un partido de gestión dominado por profesionales y burócratas.
En 1949 Oskar comprará una reproducción de la famosa caricatura crítica conocida como "Pirámide del Sistema Capitalista", y su repetida y reflexionada contemplación le llevarán con el tiempo a abandonar su militancia socialdemócrata ("No es posible dibujar otra pirámide que encaje con la situación actual de Suecia. No es posible. Han cambiado la indumentaria y poco más") para afiliarse a otro partido, que no se identifica (pero..."Los sueños son rojos").

Cuando Oskar Johansson fallece, en 1969, ha vuelto a ilusionarse con las imágenes de las revueltas que sacuden el mundo, protagonizadas por personas jóvenes, estudiantes y trabajadoras: "-¿Ves qué fuerza? -Persiguen algo". Pero morirá sin poder conocer a la revolución: "Femenino, La mujer que alumbra el futuro".

Escrita con un estilo seco y directo, la última/primera novela de Mankell nos reconecta con la historia y los sueños de unas generaciones de mujeres y hombres que aspiraron, en toda Europa, a construir sociedades decentes, donde las personas trabajadoras pudieran vivir unas existencias plenas. En muchos lugares, como en Suecia, lo llamaron socialismo: "Pensábamos en cambiar las cosas para todos. Era casi como una competición sin competencia. Todos querían dar algo al que caminaba a su lado, aunque apenas lo conociera, eso nunca tuvo importancia". Nada extraordinario, como repite Oskar en varias ocasiones.

domingo, 30 de abril de 2017

1º de Mayo: memoria, solidaridad y lucha



De la última y póstuma obra de Zygmunt Bauman, Retrotopía (Paidós, Barcelona 2017):

Actualmente, nos están empujando con insistencia -y sin demasiada resistencia por nuestra parte, la verdad- hacia atrás, de regreso a comienzos del siglo XIX, cuando a los campesinos de muchos países de Europa, y a los oficiales y artesanos de todos ellos, les fueron expropiados aceleradamente sus medios de producción y, con ellos, su estatus y su capital sociales. A partir de ese momento, vivieron hacinados dentro de los márgenes de una "vida desagradable, brutal y corta", característica de un mundo en el que se libraba una "guerra de todos contra todos": un mundo poblado por otros como ellos mismos, los "miserables", que, como ellos, carecían de rostro y no eran plenamente humanos, y, como ellos también, consideraban su nuevo entorno tan alienante como hostil.
Tardaron muchas décadas en descubrir un interés común entre toda aquella multitud anónima que fichaba todos los días, a la entrada y a la salida de las fábricas del capitalismo temprano: esas décadas fueron el tiempo que les llevó coronar aquel hallazgo con la idea de la "solidaridad" que los introdujo en toda una era de experimentos, intentonas abortadas o muertas antes de nacer, salidas nulas, derrotas y triunfos a corto plazo que almacenamos en nuestra memoria colectiva a largo plazo; y todavía paso más tiempo hasta que inventaron, institucionalizaron y practicaron una acción solidaria sistémica y sistemática dirigida a sustituir la esclavitud por la emancipación.
Pues bien, ahora nos encontramos en una era similar en cuanto al clima dominante. Algunos de nosotros sacamos ánimos para mantener la esperanza de que estén pronto por llegar nuevos y más prometedores comienzos para todos...

Nos vemos mañana.

lunes, 25 de julio de 2016

Que sean fuego las estrellas



"Los que piensen que no puede haber épica proletaria, que la épica es propiedad de los griegos de las Termópilas, o de los jinetes azules de Custer, o de los estudiantes del 68, se hallan ante el texto equivocado. Asimismo, aquellos que piensan que el pasado no existe se han equivocado de libro" (p. 12).

Aclaradas de este modo las cosas desde el principio, quien se adentre en este último libro de de Paco Ignacio Taibo II, Que sean fuego las estrellas. Barcelona (1917-1923) (Crítica, 2016), encontrará, efectivamente, épica y compromiso militantes a raudales.

La Primera Guerra Mundial "ha volcado sobre Barcelona el gran dinero", al multiplicarse la demanda de tejidos de lana y algodón. Se multiplican también la demanda de mano de obra que trabaja hasta en tres turnos de ocho horas o a destajo. "Aquí se hicieron fortunas monumentales de la noche a la mañana, aquí se especuló hasta el hartazgo, aquí se explotó el trabajo ajeno hasta la ignominia".Coexisten en Barcelona la ciudad proletaria y la ciudad burguesa, y ambas se entrecruzan en una ciudad marginal, el Distrito V, donde los burgueses compran sexo y espectáculos de cabaret, y los obreros malviven recurriendo a sus alquileres baratos. Esa coexistencia, siempre frágil y tensa, explotará con una violencia extraordinaria entre 1917 y 1923, cuando tendrá lugar el golpe de Estado del Capitán General de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, quien impondrá una dictadura que se prolongará hasta enero de 1930, época durante la cual se perseguirá a ilegalizará las organizaciones ligadas al movimiento anarquista, tan influyentes durante todo ese periodo anterior..

Escrito con un estilo puntilloso, como una minuciosa crónica de sucesos, la repetición de tiroteos, asaltos, detenciones, huelgas, se vuelve en algunos momentos tan premiosaexcesivamente premiosa. Pero el conjunto del libro constituye una lectura de una intesidad tal que conbina el rigor histórico y la reflexión política con la tensión del thriller.
Me ha parecido especialmente interesante el capítulo 8, "El motín de las mujeres", en el que se relata las protestas y movilizaciones impulsadas en enero de 1918 por grupos de mujeres que con el lema "Fuera los acaparadores, a defenderse del hambre", se enfrentaron a comerciantes especuladores y a la policía que los protegía. Se trata de unas páginas que encajan perfectamente en el paradigma de los motines de subsistencia del siglo XVIII analizados por E.P. Thompson bajo la conceptualización de "economía moral de la multitud" (puede leerse AQUÍAQUÍ).

También me ha interesado sobremanera el debate que, en muchos momentos del libro, se plantea en relación al recurso a la violencia como forma de lucha política. Aquí se enfrentará Ángel Pestaña, a los denominados "grupos de acción", que "con sus actos de terror individual mantienen viva la esperanza, aunque con sus prácticas cierran el camino de la reorganización colectiva".

O los debates sobre el nacionalismo catalanista, que contienen ecos de algunos debates muy actuales:
"El pueblo quiere libertad, quiere autonomía, quiere independencia; pero seguramente no quiere una libertad escrita en los códigos, ni quiere una autonomía que sólo permita desenvolver libremente el comercio y la industria, ni una independencia que separe a una región de otra para que constituya un gobierno y un estado aparte. Así se habrá cambiado de tiranos, pero no de tiranía".

Y la importancia que se da a la moralización de los deseos y los comportamientos, como expresara Joan Peiró, representante de los vidrieros de Badalona: "Es un deber nuestro espiritualizarnos y borrar la grosería dominante". Compromiso moral que se muestra de manera especialmente clara en las críticas que Pestaña realiza ante Lenin durante el II Congreso de la Internacional Comunista celebrado en Moscú en 1929. "¿Qué concepto, como revolucionarios, os merecen los delegados que han concurrido al Congreso?", pregunta Lenin al ascético Pestaña. Que responderá:
"Salvando raras excepciones, todos tienen mentalidad burguesa. Unos por arrivistas y otros porque tal es su temperamento y su educación. Me fundo en la contradicción entre los discursos que pronunciaban en el Congreso y la vida ordinaria que hacían en el hotel. Las pequeñas acciones de cada día enseñan a conocer mejor a los hombres que todas sus palabras y discursos. ¿Cómo queréis, Lenin, que creamos en los sentimientos revolucionarios, altruistas y emancipadores de muchos de esos delegados que en la vida de relación diaria, obran, ni más ni menos, como el más perfecto burgués? Murmuran y maldicen que la comida es poca y mediana, olvidando que somos los delegados extranjeros privilegiados en la alimentación, y lo más esencial: que millones de hombres, mujeres, niños y ancianos carecen, no ya de lo superfluo, sino de lo estrictamente indispensable?".

Un libro para leer en paralelo a la excelente novela de Eduardo Mendoza, La verdad sobre el caso Savolta (Seix Barral, 1975), con la que comparte escenario, época y temática.
A propósito de esta novela, en el momento de su publicación Juan García Hortelano publicó una laudatoria reseña que terminaba con estas palabras: "A los muy sensatamente monopolizados por la estadística, la normativa constitucional, la sociología, la flora, la fauna y el politicismo, les sería provechoso dedicar unas horas a la novela de Eduardo Mendoza, donde mucho se puede aquilatar la historia repetitiva de este país en el que, no obstante, vivimos". Hoy habría que incluir, en esa misma recomendación, el libro de Taibo II.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Nada que esperar



Recomiendo la lectura del libro de Tom Kromer Nada que esperar (Sajalin Editores, 2015).No es una lectura agradable de digerir. La durísima existencia de los miles de mujeres y hombres que durante la Gran Depresión malvivían de la mendicidad y la caridad, sin trabajo ni techo, es narrada sin artificios ni disimulos por alguien que sufrió esa misma vida. El hambre y el frío, la humillación y el desprecio, nos asaltan en cada página. Son contadas las escenas en las que estas vivencias son sustituidas por la compasión, la solidaridad, el reconocimiento y la ayuda. Aunque también las hay, y su excepcionalidad las vuelve preciosas.

Mientras lo leía, no podía evitar pensar en otras escenas actuales, muy alejadas en el tiempo, el espacio y las circunstancias de aquellas que narra el libro de Kromer, pero a las que cabría aplicar tantas de sus reflexiones:

Es de noche y estamos en un campamento de vagabundos. Esta noche el campamento es nuestra casa. Y nuestra casa es un vertedero. Nos rodean montones de latas y botellas rotas. Y entre esos montones han encendido hogueras. A nuestra derecha, un hombre y una mujer se acurrucan junto a las llamas. Y en los brazos de la mujer, un bebé respira con dificultad. Tiene difteria. El bebé tose hasta que la cara se le pone morada. la mujer, que está asustada, lo golpea en la espalda. El bebé se recupera durante unos instantes, pero eso es todo. No se puede curar a un bebé que padece difteria dándole palmadas en la espalda.



De pronto nos llega el sonido de una voces desde el otro lado de las vías. Alguien se está acercando. Levantamos la cabeza. 'Más vagabundos que buscan un fuego para escapar del frío', pensamos. Pero la suerte no nos acompaña. Cuatro hombres avanzan a toda prisa desde las vías. Llevan porras en las manos y pistolas enfundadas a la altura de la cadera. Es la policía. Dios, ¿es que no podemos ni descansar en un apestoso basurero?.



-Tú y yo nos moriremos en uno de estos campamentos -interviene el jorobado-. Esto no va a ir a mejor, sino todo lo contrario. Llevo un periódico en el bolsillo. -El jorobado se da un golpecito en el bolsillo y añade-: Y el editorial de ese periódico dice que desde la depresión la salud de la gente ha mejorado. Dice que, de todos modos, la gente come demasiado y que la depresión además de hacer que se vuelva a creer en Dios, nos está enseñando los verdaderos valores de la vida.
-Farsantes- se queja un vagabundo mientras roe un pedazo de carne medio podrida-, son unos condenados farsantes. Imaginaos al tipo que escribió este artículo. Imaginaos también a su mujer y a sus hijos. Los veo sentados a la mesa, con un criado de uniforme que, a sus espaldas, les sirve lo que le piden. Seguro que se pasan el día arriba y abajo en sus Rolls-Royce. ¿A que no habéis visto nunca a un tipo como ese haciendo cola en un albergue? ¿A que no? Pero el muy desgraciado escribe todas esas tonterías y la gente va y se las lee. Conque los verdaderos valores de la vida, ¿eh? Si ese tipo tiene tantas ganas de creer en Dios, ¿por qué no cambia su Rolls-Royce por un oxidado cubo de hojalata y se pone a la cola? Menudo farsante.



¿Se puede saber quién ha repartido el mundo y se lo ha dado a unos cuantos? ¿Se puede saber qué derecho tiene alguien a decir que ese pedazo de tierra es suyo y que tu no puedes dormir en él?.



La novela Nada que esperar se acompaña de varios relatos cortos. Uno de estos, el titulado "Hombres famélicos", cambia radicalmente el desolador tono de los escritos de Kromer. En este relato, la conciencia socialista, sindicalista y seguramente wobblie (del IWW, Industrial Workers of the World) del autor transforma a esos hungry men (hombres hambrientos) del título en unos angry men, en individuos airados, indignados, conscientes y movilizados para cambiar la realidad:

-Y entonces llegaban los policías con sus porras y los golpeaban en la cabeza hasta que se desplomaban unos encima de otros, y así les resultaba más fácil arrastrarlos al furgón que los esperaba junto a la acera. Pero cuando se los llevaban, otro hombre se subía a la caja de madera y los policías lo atacaban con las porras y le disparaban con sus pistolas, pero las porras no le dejaban marcas y los disparos no le hacían sangrar ni lo herían, y los policías se asustaban porque no habían visto nunca a un hombre así y eso los asustaba. Los ojos negros y los dientes blancos resplandecían al sol, y en Frisco, en LA, en Detroit, en Chicago, en Nueva York y en Misisipi, hombres famélicos, vestidos con harapos descolotidos debido a la sal de su propio sudor, escuchaban delante de las puertas y las ventanas selladas de sus fábricas:
-¡Tenemos la solución! Con nuestras remachadoras construimos puentes y rascacielos. Con nuestras palas excavamos minas, trazamos carreteras y tendimos vías. Nuestro sudor y nuestra sangre están en el campo, en los barcos, en todo lo que nos rodea. Y ahora vamos a recuperarlo. ¡APARTAOS!

Un libro emocionante.


sábado, 5 de julio de 2014

Cuando la precariedad era revolucionaria





Hubo un tiempo en que la precariedad laboral podía existir asociada a una visión radical del mundo. Esto es lo que nos recuerda la historia de Boxcar Bertha, escrita por Ben Reitman y publicada por la editorial Pepitas de Calabaza. Como se indica en el prólogo, el libro "describe una forma de vida, la 'hobohemia', que ya casi no existe desde entonces, o lo que es peor, que ya ni siquiera tiene la posibilidad de existir, cuando menos en el mundo occidental, donde de nuevo se impone una represión generalizada de la pobreza".
Aunque presentado como si de una autobiografía se tratara, en realidad se trata de un libro de ficción, aunque cabría decir que la obra de Reitman consigue construir un preciso retrato del mundo del hobo, ese trabajador temporero, itinerante, que utilizando muchas veces los trenes de mercancías como medio de transporte se desplazaban por Estados Unidos, unas veces para trabajar, otras para participar en diversos actos de protesta política.


Fuente: The Spokesman-Review

Porque lo cierto es que los hobos, a diferencia de los simples vagabundos, alcanzaron un alto grado de politización gracias a su relación con la organización de inspiración anarquista Industrial Workers of the World, los conocidos como wooblies. Impulsores de una poderosa cultura alternativa, escuchar sus canciones nos remite a otros tiempos, es verdad, pero que tal vez no pertenezcan al pasado sino al futuro.




El libro de Reitman nos introduce en esa cultura radical, en las relaciones establecidas entre la vida errabunda de unos hombres y mujeres (en el caso de Boxcar Bertha, es precisamente una mujer la que nos guía) que se negaban a integrarse en la lógica salarial y la reivindicación de un movimiento obrero activo empeñado en transformar el mundo.


(Boxcar Bertha, llevada al cine por Martin Scorsese en 1972)

Hoy en día, cuando el precariado se está convirtiendo en la nueva clase peligrosa, merece la pena echar la vista atrás, recordar que de la precariedad laboral puede surgir energía transformadora si se transforma en solidaridad, siguiendo el lema de los IWW: "una ofensa a uno es un ataque a todos".



lunes, 25 de junio de 2012

Mineros en lucha

Me lo ha enviado esta misma tarde mi buen amigo Toci, y yo lo socializo con ganas en este día en que las dos columnas de mineros en marcha hacia Madrid, la leonesa y la asturiana, han confluido en la localidad de La Robla.


Amplía la foto para leer el mensaje, lleno de gracia y de razón:
"El Gobierno apoya a la minería:
Va meter 24.000.000.000 euros en el mayor pozu de España: Bankia
Un pozu sin fondo en el que nun hay carbón.
Eso sí... cabrón hay más de un".

Hasta el poli se descojona...

viernes, 29 de octubre de 2010

Marcelino Camacho

"No podemos comprender el por qué de las Comisiones Obreras más que viéndolas como la culminación de un proceso histórico. Nunca insistiremos bastante en que toda lucha es un proceso, y que sin el heroísmo de viejos militantes obreros y las nuevas promociones de éstos, que se jugaban la vida o largos años de prisión, no habríamos podido llegar al nuevo movimiento obrero. La clase obrera ha hecho su camino en condiciones extremadamente duras y es precisamente en las virtudes y defectos de ese pasado glorioso en el que se ha formado el fermento del nuevo movimiento obrero, de las Comisiones Obreras".

(Marcelino Camacho, Charlas en la prisión, Editorial Laia, Barcelona 1976, p. 69)

"Yo creo que he adquirido alguna base de tipo ideológico, alguna base de tipo económico, sociológico, histórico, y, con esas bases, he tratado de comprender los fenómenos y de comprender los errores, y las dificultades, pero no echarme a llorar, sino seguir... Después, el sustrato es el elemento básico. Yo diría que es muy parecido al de los primeros cristianos, de las catacumbas y conste de que yo no soy creyente pero -repito-, siempre repetando mucho a los que tienen esas creencias, como a los que tienen otras ideas, aunque no las apruebe y aunque alguna vez tenga que combatirlas, esa es la verdad. Pero me acuerdo que leyendo yo en la cárcel, leí el 'Quo Vadis'.
'Quo Vadis' explica un poco la vida de los cristianos en las catacumbas y cuáles eran las ideas que mantenían a los cristianos o cuando les lanzaban a las fieras o cuando estaban en las catacumbas y los torturaban... ellos luchaban frente a la esclavitud, porque decían que todos los hombres eran hermanos en Cristo y luchaban por unas ideas más justas, por el ser humano. Así que, luchar por una causa justa, el considerar que no se está sólo, que hay más gente que tú, incluso cuando estás a veces en los calabozos detenido por la policía político social en nuestro país, o los nazis, en Alemania, los que estaban con el nazismo... Saber que al ser justa la causa, no estar solo, saber que finalmente esta causa triunfará, así de simple y así de sencillo".

(Félix Gil, Hay otro socialismo. Conversaciones con Marcelino Camacho, C.C.G.L.-Medios de Comunicación Madrileños, 1989, pp. 129-130)

"La situación exige a la vez nuevos métodos y formas de organización, no sólo las clásicas, sino abrir amplios cauces para lo espontáneo, integrar flexiblemente a las nuevas capas y estratos que nacen de la antigua clase trabajadora, así como reducir sus tendencias corporativas, no olvidando a los sectores marginados de diferentes grupos".

(Marcelino Camacho, Confieso que he vivido. Memorias, Temas de Hoy, Madrid 1990, p. 520)


Y siempre, Josefina...

viernes, 1 de mayo de 2009

1 de mayo en Bilbao




No éramos Prieto, Unamuno y Largo Caballero. Pero esta mañana hemos recorrido animosamente la Gran Vía de Bilbao, hasta llegar al Arenal, entremezclados con las gentes de Comisiones Obreras y de UGT. Charlando con Fernando, con Javi, con Eskolunbe, con Andoni. Saludando al anterior secretario de CCOO, Josu Onaindi, y al actual de UGT, Dámaso Casado.
El sol ha acompañado. ¡Gora Maiatzaren Lehena!

1º de mayo: Por el trabajo decente


Estamos acostumbrados, cuando hablamos del trabajo, a utilizar adjetivos tales como “justo”, “digno”, “con derechos”. Todas estas son expresiones ya familiares para el mundo obrero, forman parte de su tradición. Pero, ¿decente? La primera referencia al trabajo decente la encontramos en la Memoria del Director General de la Organización Internacional del Trabajo con ocasión de su 87.ª reunión en junio de 1999, donde se nos presenta la que a partir de ese momento va a ser la renovada posición de esta organización en relación al trabajo: “La OIT milita por un trabajo decente. No se trata simplemente de crear puestos de trabajo, sino que han de ser de una calidad aceptable. No cabe disociar la cantidad del empleo de su calidad”. El Diccionario de la Real Academia de la Lengua ofrece seis definiciones del término “decente”: 1) honesto, justo, debido; 2) correspondiente, conforme al estado o calidad de la persona; 3) adornado, aunque sin lujo, con limpieza y aseo; 4) digno, que obra dignamente; 5) bien portado; 6) de buena calidad o en cantidad suficiente. Algunas de estas definiciones –la 2, la 4 y la 6- se adaptan como un guante al ideal de trabajo reivindicado históricamente por el movimiento obrero: hablamos de trabajo decente cuando existe en cantidad suficiente, es de buena calidad y puede definirse como digno, fundamentalmente porque su realidad se corresponde con la dignidad intrínseca de la persona humana. Se va clarificando el término. Sin embargo, aún puede quedar una duda: ¿por qué no hablar, directamente, de trabajo justo, digno o con derechos? ¿No estaremos utilizando un circunloquio que, en última instancia, no hace sino bajar un escalón en el nivel de exigencia que la reivindicación del trabajo precisa, especialmente en tiempos como estos? Es esta una sospecha que no cabe echar, sin más, en saco roto. Atendamos, si no, a lo que está ocurriendo con el discutido concepto de flexiseguridad. Por otro lado, si una organización como la OIT respalda la reivindicación del trabajo decente, convirtiéndola en centro de su actividad, tampoco podemos ignorarla sin más. Para llenar de contenido la propuesta de la OIT debemos referirnos a la reflexión realizada en 1996 por el filósofo judío Avishai Margalit en su libro La sociedad decente: “¿Qué es una sociedad decente? La respuesta que propongo es, a grandes rasgos, la siguiente: una sociedad decente es aquella cuyas instituciones no humillan a las personas”. Las instituciones son modos de comportamiento considerados normales y, por lo mismo, aceptados como tales, dados por supuesto, por la mayoría de los miembros de una sociedad. Son algunos de estos comportamientos institucionalizados los que están en el origen de muchas formas de discriminación y de desigualdad que, por ser consideradas “normales”, pasan desapercibidas. Pues bien: el mercado de trabajo es una institución social. Trabajar no es, sin más, producir, o vender la fuerza de trabajo; es hacerlo en un marco de normas sociales que definen lo que es empleo y lo que no es, lo que es y no es un buen empleo, lo que es ser un buen trabajador o un buen empleador, etc., y en un marco de regulaciones legales que organiza en la práctica la actividad laboral. Es esta norma social la que ha cambiado profundamente en las últimas dos décadas, de manera que hoy lo normal es estar precarizado. Lo es, desde luego, para las nuevas generaciones de trabajadoras y de trabajadores –mujeres, jóvenes e inmigrantes, principalmente- incorporadas al mercado de trabajo desde los años Noventa. En este contexto institucional, bajo el dominio de esta nueva norma social de empleo, es el funcionamiento normal del mercado de trabajo el que genera hoy las mayores indecencias. De ahí la importancia de atender a las condiciones institucionales que permiten o facilitan la humillación de las y los trabajadores. Pensar el mercado de trabajo como institución social, necesariamente normativizado, es fundamental en estos tiempos en los que la ortodoxia dominante apuesta de manera abierta por la desinstitucionalización del trabajo, forzando a la individualización más extrema de las relaciones laborales. El Secretario General de la Confederación Sindical Internacional, Guy Ryder, señalaba en una entrevista lo siguiente: “En los años venideros, el trabajo decente podría perfectamente figurar en otras ocho o diez declaraciones internacionales sin que por ello lleguen realmente a promoverlo los principales actores de la gobernanza mundial. Es necesario que esas mismas instituciones hagan un giro de ciento ochenta grados. Deben renunciar al dogmatismo y reconocer que las ortodoxias neoclásicas no constituyen una panacea para el desarrollo social. La prosperidad económica y el progreso social no son un resultado del tan mentado efecto de goteo. Para que todos puedan acceder a ellos se requieren derechos habilitantes, amplios sistemas de protección, efectivas políticas laborales y prioridades macroeconómicas que estimulen la creación de empleos”.

Esta es la situación. La propuesta del trabajo decente supone un indudable avance en nuestra capacidad de diagnóstico sobre la realidad del mundo del trabajo. Se trata, también, de una poderosa herramienta para fortalecer nuestra capacidad de análisis de las situaciones reales de trabajo. Pero por sí misma no modifica en nada nuestra capacidad de intervención sobre esas mismas situaciones. Esta sigue dependiendo de los viejos recursos de siempre: de la unidad solidaria entre mujeres y hombres que, partiendo del hecho de que comparten condiciones de trabajo, no se resignan a dejar de compartir, también y sobre todo, humanidad. Pues, como ya quedó proclamado allá por 1871, el género humano es la internacional. O no será.