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lunes, 29 de junio de 2026

Al norte

Unai Sordo
Al norte
Hoja de lata, 2026

"«En el bote salvavidas».
Esta es la idea. Esta es la metáfora. Tenemos que gestionar el espacio público lo suficientemente mal como para que nadie pueda sentirse muy concernido, muy protegido o muy vinculado por ese espacio público, por lo común. La sensación tiene que ser la de peregrinar en un bote salvavidas. Si hacemos esto bien, lejos de ser sancionados por la ciudadanía, conseguimos que no esperen demasiado de nosotros y eso nos deja las manos libres para hacer y deshacer en lo que algunos llaman políticas materiales. […] Porque el pasajero de un bote salvavidas ya no se mueve en la lógica de salvar el barco que se fue a pique y con él el concepto de sociedad, sino que se siente apelado por la lógica de la supervivencia. Se trata de que solo se sientan apelados por lo común y lo identitario, en aquellos marcos abstractos en los que somos fuertes, y ya se sienten ajenos a aquello que un día los vinculó, pero fuimos capaces de desactivar. […] Hemos construido un nuevo consenso".


Esta es una novela escrita desde un profundo conocimiento del mundo del trabajo asalariado, lo que, viniendo de quien viene, no es de extrañar. No pretende ser un ensayo disfrazado de ficción, pero Unai Sordo utiliza la literatura para explorar aquello que las estadísticas y los discursos públicos apenas consiguen transmitir: el desgaste íntimo que provoca el empleo, el desarraigo que provoca la necesidad de emigrar y las huellas que la explotación deja en los cuerpos y en la memoria.

Quienes hayan leído su anterior libro de ficción, Cuentos de oficio, se sentirán desde las primeras páginas en un territorio conocido, ya que Al norte comparte con aquel mucho algunos personajes, escenarios y conflictos, pero, sobre todo, comparte una mirada, una forma de acercarse al mundo del trabajo desde las vidas concretas de quienes rara vez ocupan el centro del relato, haciendo visibles las historias que se esconden tras las categorías económicas. 

No estamos, sin embargo, ante una continuación en sentido estricto, ya que Unai Sordo no retoma los mismos personajes para prolongar sus peripecias sino que recupera en parte relatos que habían quedado esbozados o que crecieron paralelamente a Cuentos de oficio, hasta encontrar la estructura capaz de convertirlos en una novela. Ahora esas piezas dejan de ser islas para integrarse en una narración coral, sostenida por una eficaz trama de thriller que va enlazando personajes, tiempos y conflictos hasta revelar la profunda conexión que existía entre ellos.

Porque Al norte es un thriller, sí: ya lo veréis. Si en la mirada se reconoce al sindicalista que ha vivido y pensado con profundidad la condición de quienes no tienen otra opción que vender su fuerza de trabajo para vivir, en la arquitectura de la novela se descubre otra faceta menos conocida. La construcción de una trama compleja, en la que varias historias aparentemente inconexas terminan revelando un sentido común, pone de manifiesto un notable oficio narrativo. El autor administra la información con inteligencia, dosifica las revelaciones y mantiene la tensión sin artificios. Y lo hace con ese ligero punto de observador omnisciente que aparece cuando conviene, permitiendo a la lectora o al lector situarse un paso por delante o por detrás de los personajes. Un recurso clásico, que exige mucha precisión para no romper el equilibrio del relato, y que aquí funciona con naturalidad y eficacia, hasta el punto de hacernos olvidar que estamos leyendo la primera novela de un autor debutante.

La historia entrelaza distintas generaciones y distintos desplazamientos. Las y los protagonistas de la emigración interior hacia el País Vasco durante los años del desarrollismo dialogan, a varias décadas de distancia, con personas obligadas a marcharse a los gigantescos centros logísticos del norte de Europa, donde ya no es un capataz quien organiza el trabajo, sino un algoritmo. Cambian los escenarios y las tecnologías, pero persiste una misma experiencia: la de quienes siempre tienen que ir "al norte" porque en su lugar de origen las oportunidades escasean.

Lo que al principio parecen relatos apenas conectados va adquiriendo una lógica interna que mantiene la tensión narrativa, como el hilo invisible que cose el conjunto y demuestra que detrás de las trayectorias individuales existen estructuras compartidas y responsabilidades que rara vez son casuales. La condición obrera no termina cuando acaba la jornada laboral, continúa en las enfermedades profesionales, en el amianto que mata incluso a quienes nunca entraron en una fábrica, en las familias que sostienen silenciosamente el coste de la producción y en las comunidades que sobreviven gracias a la solidaridad cuando el empleo desaparece. La novela devuelve rostro y nombre a quienes, con demasiada frecuencia, quedan reducidas y reducidos a meras cifras.

Por eso, en este libro hay también una reivindicación de la memoria, de una memoria consciente, pero orgullosa y limpia. Frente a cierta nostalgia idealizada de los años setenta y ochenta, el autor recupera la pobreza, la precariedad y las redes de apoyo mutuo que marcaron la vida cotidiana de tantos barrios obreros. No hay idealización del pasado, sino la convicción de que olvidarlo empobrece nuestra comprensión del presente. Y así, lo que parecía un conjunto de historias dispersas acaba revelándose como un único paisaje humano: el de quienes sostienen la sociedad desde trabajos muchas veces invisibles, pagan en sus cuerpos el coste de la producción y encuentran en los vínculos comunitarios la mejor forma de resistir. 

Al norte es una demostración de que la literatura puede hablar, hoy también, del trabajo sin caer en el panfleto y abordar cuestiones sociales sin sacrificar la ambición narrativa. La novela recuerda que el empleo no es únicamente una actividad económica, sino el lugar donde se juegan la dignidad, la salud, los vínculos y la memoria. Y lo hace a través de una historia que, además de invitar a pensar sobre todo esto, consigue que la lectora o el lector quiera seguir pasando páginas hasta el final. Un final que, ya veréis, os sorprenderá.

sábado, 27 de septiembre de 2025

El futuro de la revolución

Matthew T. Huber
El futuro de la revolución: El cambio climático y la búsqueda de una insurrección climática global
Traducción de Silvia Moreno Parrado
Errata naturae, 2024 

"Cuando nos centramos en el ámbito del intercambio, damos por hecho que la crisis climática es una mera aberración de un sistema de mercado eficaz y racional por definición. Cuando nos adentramos en los «lugares ocultos de la producción», descubrimos que en la raíz de la crisis climática se hallan unas relaciones de clase antagónicas. En vez de centrarnos en las opciones que nos ofrece el mercado a los consumidores, vemos a una clase de productores que controlan ingentes caudales de energía, recursos y, en efecto, emisiones; todo ello, dirigido hacia un único objetivo: el beneficio (D-M-D’). Solo si dejamos de concentrarnos en el ámbito del intercambio daremos con la auténtica causa de la crisis climática: una pequeña minoría de propietarios que controla y se beneficia de la producción de la energía, los alimentos, los materiales y las infraestructuras que la sociedad necesita para funcionar. Solo si analizamos las relaciones de producción (o sea, el poder de la clase), descubriremos que la lucha por el clima no consiste en arreglar el mecanismo de precios, sino en hacerle frente a esa pequeña minoría de propietarios”.
 
 
La crisis climática ha sido interpretada de múltiples maneras: como un problema científico, como una cuestión ética, como un reto tecnológico o como un desafío de gobernanza global. Sin embargo, en El futuro de la revolución (el cambio del título original, Climate Change as Class War, no es afortunado), Matthew T. Huber propone situar el calentamiento global en el terreno de la lucha de clases. En lugar de culpabilizar a los individuos por sus consumos o confiar en las promesas de los mercados de carbono, Huber sostiene que la raíz del problema es estructural: quién posee y controla la producción de energía. Desde esta perspectiva el cambio climático no es un fallo moral de la humanidad en abstracto, sino el resultado lógico de un sistema económico en el que una élite concentra el poder productivo mientras la mayoría trabajadora permanece desorganizada. El problema, como plantea Jason Moore, no es el Antropoceno sino el Capitaloceno. Huber cuestiona lo que él califica de ambientalismo moral -esa corriente que reduce la acción climática a decisiones individuales tales como usar bicicleta, consumir local, reciclar, evitar vuelos-, prácticas que, si bien no son inútiles, sí son irrelevantes frente a la magnitud del problema. La narrativa moral individualiza la culpa y despolitiza la acción. Mientras millones de personas sienten ansiedad climática por no estar “haciendo lo suficiente”, las grandes corporaciones energéticas siguen acumulando beneficios y expandiendo infraestructuras fósiles. El resultado es un doble fracaso: ni se reducen significativamente las emisiones ni se construye poder político colectivo.

"Las políticas del cambio climático tienen muy integrado que, cuando nos metemos en el coche y arrancamos el motor, las emisiones son nuestras y solo nuestras. Según la creencia popular, por eso es tan difícil mitigar el cambio climático, porque la responsabilidad con respecto a este está, fundamentalmente, dispersa. Así, para resolver el problema hay que poner en marcha una revolución colosal en el comportamiento individual. ¿Cómo se pueden cambiar miles de millones de decisiones individuales?".

Su respuesta es que solo una fuerza política de clase, organizada desde abajo, podrá revertir el rumbo de la catástrofe. Huber introduce aquí la idea de una "ecología proletaria", inspirada en la teoría marxista de la alienación. En el capitalismo, explica, los y las trabajadoras no controlan ni su trabajo ni el producto de su trabajo. Pero tampoco controlan la relación metabólica con la naturaleza: la energía, los materiales, los flujos de producción que condicionan la vida cotidiana. De esta forma, las emisiones de carbono no pueden entenderse como una suma de elecciones personales, sino como el resultado directo de una estructura productiva dominada por el capital. La trabajadora o el trabajador que conduce al empleo en coche, que enciende la calefacción de gas o que compra en un supermercado, no es libre de elegir otra cosa: actúa dentro de un sistema diseñado para maximizar la acumulación privada de energía y recursos.

Si el problema está en la organización de la producción, la solución también debe estar ahí: en el poder de la clase trabajadora. Huber dedica buena parte del libro a argumentar que, históricamente, las transformaciones profundas se han producido cuando los trabajadores organizados han presionado colectivamente para redistribuir riqueza y poder. El autor recuerda ejemplos como el New Deal en EE. UU., conquistado bajo la presión de sindicatos insurgentes en los años treinta. Su mensaje es que las victorias climáticas solo serán posibles si se articulan luchas laborales capaces de desafiar a la élite energética.

En este punto, Huber afina su estrategia: apuesta por colocar al sector eléctrico en el centro de la movilización. ¿Por qué? Porque es un nodo esencial de la economía moderna, uno de los mayores emisores de gases de efecto invernadero y, al mismo tiempo, un sector con tradición sindical y con capacidad de huelga estratégica. Si las trabajadoras y los trabajadores de la electricidad -desde ingenieras e ingenieros hasta operarias y operarios- decidieran organizarse en clave ecológica, podrían forzar una transición energética real: descarbonizar la producción eléctrica para descarbonizar el conjunto de la economía. Esta hipótesis convierte a los sindicatos eléctricos en actores potencialmente revolucionarios en la lucha climática.

Esta tensión también se refleja en su propuesta de un Green New Deal socialista. En su versión más divulgada (Alexandria Ocasio-Cortez, Bernie Sanders), suele leerse como un programa reformista de Estado, una especie de pacto social verde para compatibilizar capitalismo y sostenibilidad. Eso, de entrada, parecería incompatible con una perspectiva de lucha de clases radical. Sin embargo, Huber lo utiliza de otra manera: como horizonte de transición. Para él, el Green New Deal no es tanto una política tecnocrática sino un vehículo de organización popular. La clave está en quién lo impulsa: si es un proyecto top-down de élites progresistas, reproduce las limitaciones del reformismo verde; si es una conquista de la clase trabajadora organizada (particularmente en energía, transporte, vivienda), puede convertirse en un paso hacia la socialización de la producción.

Huber no idealiza al Estado como garante neutral del bien común; lo entiende como un terreno de disputa de clases. Por eso defiende una intervención estatal masiva en infraestructuras energéticas, pero no como un fin en sí mismo, sino como medio para desplazar el poder del capital hacia lo público y lo colectivo. En ese sentido, su Green New Deal sería parecido al New Deal de los años treinta: un programa reformista arrancado bajo presión sindical y popular, que abrió brechas en la hegemonía empresarial. Huber lo ve como ejemplo de cómo una movilización de masas puede forzar al Estado a actuar contra los intereses del capital.

El título original del libro no es una metáfora ligera: Huber insiste en que el cambio climático es una guerra de clases. Una guerra desigual, porque el capital fósil concentra recursos, instituciones y discursos. Pero también una guerra abierta, donde la clase trabajadora todavía puede constituirse en sujeto político con capacidad de victoria. El texto deja una sensación de urgencia y esperanza. Urgencia, porque el reloj climático avanza; esperanza, porque aún existen las condiciones para construir un movimiento ecosocialista de masas. Huber lo imagina a partir de sindicatos, redes energéticas públicas y un proyecto internacionalista que supere la impotencia del activismo fragmentado.

Aquí se abre un diálogo potente con otras corrientes del marxismo ecológico. Su énfasis en la lucha de clases conecta con la teoría de la fractura metabólica de John Bellamy Foster, que interpreta la crisis climática como expresión de una ruptura estructural entre sociedad y naturaleza bajo el capitalismo. También resuena aquí Andreas Malm, que identifica al capital fósil como enemigo estratégico. Se aparta, en cambio, de Kohei Saito y su propuesta de un comunismo explícitamente decrecentista. Huber parece confíar en una socialización expansiva de la energía, más cercana al imaginario de “soviets y electrificación” que a la reducción deliberada de la escala material de la economía. Este contraste lleva a una crítica clave: ¿hasta qué punto un “ecologismo proletario” centrado en la producción corre el riesgo de reproducir el viejo productivismo comunista? Si la clase trabajadora se constituye únicamente como sujeto de poder en el terreno productivo, pero sin una estrategia de reducción del metabolismo social, podría darse la paradoja de una transición socialista que siga tensionando los límites planetarios. Huber tiende a absolver a las trabajadoras y trabajadores de su papel en el sostenimiento del consumo masivo, y tiene razón al subrayar que sus decisiones están estructuralmente condicionadas. Sin embargo, al relegar el problema del consumo a un plano secundario deja sin resolver cómo articular una lucha de clases que sea, al mismo tiempo, decrecentista. Sin esa dimensión, el riesgo es que la “ecología proletaria” se quede en una socialización del productivismo en vez de una superación de él.

Su énfasis en la estructura termina debilitando la cuestión de la agencia. Es cierto que el cambio climático es un problema sistémico -como recuerda Jorge Riechmann, el cambio climático es el síntoma, pero la enfermedad es el capitalismo productivista-. Pero de ahí no se sigue que las clases trabajadoras y populares carezcan de capacidad de acción en el plano cotidiano. El sistema no obliga coercitivamente a consumir de cierta manera: más bien seduce, construye deseos, organiza imaginarios; se trata de un capitalismo libidinal. Pero aunque esas lógicas de deseo están socialmente producidas, no son un engaño total: sabemos que el consumo masivo tiene costes ecológicos, que no es inocuo. En ese sentido, dejar de lado por completo la responsabilidad individual y la agencia personal es, a mi juicio, un error.

La discusión recuerda a las tensiones históricas del movimiento obrero. Conviene mucho recuperar la obra en tres volúmenes de François Chatelet, Evalyne Pisier-Kouchner y Jean-Marie Vincent, Los marxistas y la política (Taurus, Madrid 1977), donde podemos leer las actas del VII Congreso Internacional Socialista de Stuttgart, en 1907, que recogen intervenciones como esta: "El Congreso, tras comprobar que por lo general se exagera grandemente -sobre todo de cara a la clase obrera- la utilidad o necesidad de las colonias, no condena en principio y para siempre toda política colonial, que -bajo régimen socialista-podría llegar a ser una obra civilizadora"; el representante de Holanda propugnó entonces la creación de una "polí­tica colonial socialista". Bien es cierto que también podemos leer en dichas actas intervenciones tan vigorosas como la de Kautsky: "Bernstein ha tratado de hacernos creer que esa política de conquista ha sido una necesidad natural. Mucho me ha extrañado que defendiese aquí esa teoría según la cual existen dos grupos de pueblos, los unos destinados a dominar, y los otros a ser dominados; y que haya pueblos incapaces de gobernarse y administrarse por sí mismos, pueblos de noños grandes. Eso no es más que una variante de la vieja frase que constituye la justificación de todos los despotismos, y con arreglo a la cual unos nacen con espuelas en los pies, y otros con una albarda en las espaldas, con el fin de permitirles a los primeros considerar a los segundos como monturas pro­pias". Pero la proclamación de Kautsky, fuertemente aplaudida, y que se plasmará es los textos del Congreso sirviendo en años posteriores de referencia teórica y moral para oponerse al imperialismo, chocó en la práctica con una realidad tozuda, cual era la funcionalidad del colonialismo para el desarrollo de las metrópolis industriales; esta realidad práctica quedará expuesta en Stuttgart en una intervención del holandés Van Kol respondiendo a Ledebour, delegado alemán anticolonialista: "Me limito a preguntar a Ledebour si, bajo el régimen actual, tiene el coraje de renunciar a las colonias. Ya me dirá enton­ces qué será de la superpoblación europea; en qué país la gente que quiere emigrar podrá encontrar con qué vivir si no es en las colonias [...] ¿Qué haría Ledebour con el creciente de producción de la industria europea si no encuentra nuevos mercados en las colonias?". La teoría y la ética internacionalistas chocaban fron­talmente contra los intereses de las sociedades desarrolladas, y, en su seno, contra los intereses de unas clases trabajadoras que subsidiariamente se beneficiaban de la política colonial. ¿Cómo hubiera evolucionado la cuestión colonial dentro del movimiento obrero europeo? Nunca sabremos si hubieran triunfa­do las posturas antiimperialistas de Kautsky y Ledebour o las del "colonialismo socialista" de Bernstein y Van Kol. La primera guerra mundial truncó los debates, pero no lo hizo de manera neutral. El internacionalismo obrero, cuestionado por la problemática colonial, será también cuestionado por la guerra en Europa. Y esta vez el fiel de la balanza se inclinó sin ningún género de dudas.

En la Internacional, hubo delegados que defendían la posibilidad de un “colonialismo socialista”: aprovechar los mecanismos coloniales para fines emancipatorios. Hoy, algo parecido ocurre con el consumo: si se absuelve sin más a las clases trabajadoras de toda responsabilidad en su reproducción, se corre el riesgo de imaginar un “consumismo socialista” que perpetúe el metabolismo expansivo. Es muy significativo, en este sentido, lo que escribe sobre los viajes en avión, "práctica que adquiere una especial relevancia en mi actividad profesional académica, donde los viajes a centros de investigación, congresos y talleres son una parte normal del trabajo". Su crítica a las campañas contra el uso del avión en el mundo académico suena más a autojustificación que a otra cosa. Reconocer agencia no significa caer en el moralismo individualista que Huber critica, sino abrir la pregunta por cómo las prácticas cotidianas pueden anticipar, desde ya, otros modos de vida más sobrios y solidarios.

El futuro de la revolución se lee como un manifiesto político, escrito con la urgencia de quien sabe que el tiempo se agota. Su valor no está solo en el diagnóstico -que el clima es inseparable de las relaciones de clase-, sino en la estrategia: apostar por el poder sindical en sectores clave de la energía. ¿Es suficiente? Quizás no. Pero el libro tiene la virtud de recordarnos que la ecología no es un asunto de consumo responsable sino de poder político, conflicto social y transformación estructural. En ese sentido, es una obra que obliga a elegir bando: o se defiende el statu quo del capital fósil, o se construye una fuerza colectiva capaz de enfrentarlo. En tiempos donde la catástrofe climática se acerca con paso firme, esa claridad narrativa convierte al texto de Huber en una lectura indispensable para sindicalistas y para activistas climáticas, así como para cualquiera que entienda que el futuro no está escrito, pero sí está en disputa.

martes, 14 de mayo de 2024

La fábrica de mi padre

LA FÁBRICA DE MI PADRE supone una mirada justa y necesaria a la Bizkaia industrial de la segunda mitad del siglo XX, esa que fundamentalmente se basó en el trabajo duro y generoso de miles de personas que trajeron con su sudor y sus afanes gran parte de la riqueza que hoy disfrutamos en este Territorio Histórico.

Más allá de la nostalgia y de la evocación curiosa de aquellos paisajes y aquellas formas de vida, este documental y su potencia evocadora nos obligan a repensarnos mejor en este inicio del siglo XXI, desde la reflexión de lo que fuimos y la proyección coherente y solidaria con lo que seremos y serán quienes vengan después.

Es una reivindicación histórica de la clase trabajadora que forma parte de la historia invisibilizada porque que sin ellos y ellas difícilmente puede explicarse el presente y el futuro.

Ni olvido, ni mitificación nostálgica del pasado. Por el contrario, con propuestas como esta proyectamos una mirada honesta hacia el pasado y a la vez hacia el futuro, agradeciendo y reconociendo tanto trabajo y tanta lucha. Porque con memoria sí hay rumbo cierto.


sábado, 23 de noviembre de 2019

¿Un futuro sin sindicatos?

Unai Sordo
¿Un futuro sin sindicatos?
Introducción y epílogo de Bruno Estrada.
Los Libros de la Catarata, 2019


La reflexión de Unai Sordo empieza con una idea sugerente, que no se aborda en profundidad, pero que constituye una de las líneas de fondo del libro: la idea de que en el futuro seguirá habiendo organización colectiva de defensa de los derechos de las personas empleadas, pero lo que está en duda “es si eso se materializa a través de organizaciones que pretenden agregar intereses compartidos, o se canaliza a través de expresiones más o menos espontáneas, neocorporativas o reactivas”. La expresión más clara y actual de esta segunda materialización es la organización “asindical” del mundo del trabajo, representada por el modelo de capitalismo de plataforma.

Por tanto, más que una reflexión sobre la posibilidad de que en el futuro las preocupaciones y las demandas relacionadas con el ámbito laboral puedan plasmarse mediante estrategias y reivindicaciones "asindicales" (la eclosión y generalización de partidos de ultraderecha es una de ellas), el libro de Unai Sordo se centra en la forma en que un sindicato como CCOO debe repensar su cultura, estructura y acción para continuar siendo en el futuro un referente para las trabajadoras y los trabajadores.

Aunque los sindicatos españoles vienen sufriendo desde hace años una evidente pérdida de legitimidad social, expresada tanto en estudios de opinión (según el CIS, el porcentaje de personas que manifiestan no tener ninguna confianza en los sindicatos ha pasado del 19,4% en 1996 al 37,3% en 2017) como en la reducción en prácticamente toda la OCDE de la densidad sindical, es decir, la cantidad de trabajadoras y trabajadores afiliados a sindicatos en relación al total de la población con empleo, lo cierto es que CCOO tiene en la actualidad cerca del millón de personas afiliadas, cotizantes y al corriente de pago, de las que alrededor de 415.000 son mujeres. Por otro lado, como resultado de las elecciones sindicales, este sindicato cuenta con más de 96.000 representantes elegidos en miles de centros de trabajo, lo que convierte a CCOO en el sindicato mayoritario en España.

No obstante, Unai Sordo dedica las primeras páginas del libro a plantear estrategias que combatan la tendencia del modelo sindical español a desincentivar la afiliación (convenios colectivos erga omnes, de aplicación general al margen de que exista o no la afiliación sindical: el problema del free rider analizado por Mancur Olson), la ausencia de representación sindical de millones de trabajadoras y trabajadores de empresas pequeñas, así como para disminuir la rotación en la afiliación, ya que “Hay una afiliación «utilitarista» que «utiliza» el sindicato a demanda cuando tiene una contingencia. El reto es que estas personas entiendan que el valor del sindicato es resolver problemas concretos, lógicamente, pero sobre todo, organizar a la gente”. También se trata de recuperar la posición de los sindicatos como agentes fundamentales para definir las políticas sociolaborales, posición que se ha visto enormemente debilitada tras sucesivas reformas laborales, particularmente la de 2012, cuya reversión considera imprescindible.

La necesidad de una financiación pública estable y suficiente, la función del sindicato como agente que "introduce la democracia en la empresa”, la autocrítica (a mi juicio insuficiente) de la posición de CCOO durante la crisis, los riesgos de la participación financiera de las y los trabajadores en las empresas, la acción sindical ante la robotización y la digitalización, la relación con los partidos políticos y los movimientos sociales (muy bien planteada en relación al feminismo, no en relación a otros movimientos), su papel en el contexto global, son cuestiones que sirven al autor para profundizar en esa reflexión sobre el futuro de los sindicatos.

Y en el transcurso de esta reflexión Unai Sordo formula una tesis que, en mi opinión, debería convertirse en el foco a partir del cual un sindicato como CCOO tiene que repensarse: "El sindicato se tiene que organizar de manera que facilite la integración de lo que la empresa ha desintegrado". La empresa posfordista (desregulada, dispersa, desconcentrada, globalizada) ha desintegrado los procesos productivos, ha precarizado el estatuto laboral, ha desbaratado las regulaciones nacionales, ha deslaborizado cada vez más puestos de trabajo y, como consecuencia, ha desintegrado la totalidad de la existencia de las personas y las familias trabajadoras: sus salarios, sus espacios locales, sus temporalidades, sus proyectos de futuro,sus solidaridades, sus identidades...

Por eso, además de "impulsar una visión periférica que vincule entre sí estas partes fuertes y debilitadas del mundo del trabajo", recuperando para ello la clase como ese vínculo colectivo que ha sido y debe volver a ser, un sindicato sociopolítico como CCOO debe trabajar para integrar también lo que el capitalismo neoliberal ha desintegrado fuera de la empresa. Al fin y al cabo, esta es una de sus señas de identidad: "CCOO es un sindicato sociopolítico que además de reivindicar la mejora de las condiciones de trabajo y de vida, asume la defensa de todo aquello que nos afecta como trabajadoras y trabajadores, dentro y fuera de la empresa".

Es un libro con más preguntas que respuestas, con más retos que soluciones: pero los retos están formulados con claridad, y las respuestas tendremos que encontrarlas entre todas y todos.

domingo, 1 de mayo de 2016

There Is Power In A Union



Por todo lo que han sido, por todo lo que han dejado de ser, por todo lo que deben recuperar.

Hay poder en una fábrica, hay poder en la tierra 
Poder en las manos de un trabajador 
Pero todo se reduce a nada si no estamos juntos 
Hay poder en un Sindicato...

There is power in a factory, power in the land
Power in the hands of a worker
But it all amounts to nothing if together we don't stand
There is power in a Union

Now the lessons of the past were all learned with workers' blood
The mistakes of the bosses we must pay for
From the cities and the farmlands to trenches full of mud
War has always been the bosses' way, sir

The Union forever defending our rights
Down with the blackleg, all workers unite
With our brothers and our sisters from many far off lands
There is power in a Union

Now I long for the morning that they realise
Brutality and unjust laws can not defeat us
But who'll defend the workers who cannot organise
When the bosses send their lackies out to cheat us?

Money speaks for money, the Devil for his own
Who comes to speak for the skin and the bone
What a comfort to the widow, a light to the child
There is power in a Union

The Union forever defending our rights
Down with the blackleg, all workers unite
With our brothers and our sisters together we will stand
There is power in a Union.

viernes, 2 de mayo de 2014

There Is Power In A Union

Ayer no pude, pero hoy sí. ¡Qué disfrute de 1º de mayo en las calles de Bilbao! Porque sí, porque hay poder en la unión/en el sindicato.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

El 14-N en Bilbao

Mucha gente este mediodía en Bilbao, mucha. Voy corriendo a la manifestación de las 18:30.



Actualizo este comentario a las 22:00, a mi vuelta de Bilbao: mucha, mucha gente otra vez. Un gran ambiente militante. Y una excelente intervención de Unai Sordo, secretario general de CC.OO. de Euskadi.. A ver si la localizo por ahí y puedo compartirla.




martes, 13 de noviembre de 2012

Huelga / Greba / Strike / Greve...


El 14 de noviembre Huelga General – OBJETIVOS DE LA HUELGA

1. El rechazo a la reforma del mercado laboral que ha conllevado un retroceso sin precedentes en los derechos de los trabajadores y trabajadoras, tanto en su vertiente individual como colectiva.

2. El rechazo al bloqueo en los procesos negociadores de los convenios colectivos y el rechazo y la reversión del Real Decreto-ley 20/2012, de 13 de julio, de Medidas para garantizar la estabilidad presupuestaria y de fomento de la competitividad, que ha supuesto un nuevo ajuste de los derechos laborales de la plantilla del sector público, tanto del personal por cuenta ajena como del funcionariado y que castiga especialmente a un sector de la sociedad victima de la crisis y especialmente vulnerable, las desempleadas y desempleados.

3. El rechazo a las políticas sociales que más allá de profundizar en el desmantelamiento del estado del bienestar están ya debilitando derechos constitucionales básicos que son fundamento del contrato social y de la convivencia democrática en España.

4. El rechazo a las políticas económicas y fiscales tanto a nivel europeo como en España que lejos de dinamizar la economía están profundizando la crisis, incrementando el desempleo y la pobreza.
Azaroaren 14an Greba Orokorra – GREBAREN HELBURUAK
1. Lan-merkatuaren erreforma arbuiatzea; aurrekaririk gabeko atzerapena ekarri baitu langileen eskubideei dagokienez, banaka zein taldeka.

2. Hitzarmen kolektiboen negoziazio prozesuen blokeoa arbuiatzea; eta aurrekontuen egonkortasuna bermatzeko eta lehiakortasuna sustatzeko neurriak ezartzen dituen uztailaren 13ko 20/2012 Errege Lege Dekretua arbuiatzea eta lehengoratzeko eskatzea; izan ere, horren ondorioz, berriz ere estutu egin dira sektore publikoko langileen lan-eskubideak, nahiz besteren konturako langileena nahiz funtzionarioena, eta bereziki zigortzen da krisiaren biktima eta bereziki ahula den gizartearen sektore bat: langabetuena.

3. Politika sozialak arbuiatzea; izan ere, ongizate-estatuaren suntsipena areagotzeaz gain, dagoeneko ari dira Konstituzioan jasotako oinarrizko eskubideak ahultzen, zeinak Espainiako kontratu sozialaren eta bizikidetza demokratikoaren funtsa baitira.

4. Ekonomia- eta zerga-politikak arbuiatzea, Europakoak zein Espainiakoak, ekonomia dinamizatu beharrean krisia areagotzen ari baitira, langabezia eta pobrezia areagotuz». CGT-k, bere aldetik, grebarako deialdia egin du «egungo Espainia Estatuko Gobernuaren politika ekonomiko eta sozialaren aurka.


Movilizaciones en Europa el 14 de noviembre en la Jornada de acción y solidaridad convocada por la Confederación Europea de Sindicatos


“Por el Empleo y la Solidaridad en Europa”
  • En el Estado español, la mayoría de los sindicatos y la Cumbre Social, que reúne a mas de 150 asociaciones representativas de la sociedad civil, han convocado huelga general de 24 horas el día 14 de noviembre, y hasta la fecha, también hay convocadas mas de 100 manifestaciones en capitales y localidades del país. Además de los sindicatos que estamos en la cumbre social, la CIG Gallega, CGT, y ESK apoyan esta jornada europea, además de recibir adhesiones del Consejo Vasco de la Juventud o de la Asamblea Nacional de Catalunya.
  • Portugal: 14N. Huelga general convocada por la CGTP a la que se adhieren bastantes federaciones de la UGT-P
  • Italia: 14N. La CGIL convoca huelga general de cuatro horas y manifestaciones descentralizadas a lo largo del país.
  • Grecia: Tras la huelga General de 48 horas Para el 14N han convocado una huelga general de 3 horas de duración (12:00 – 15:00 h) y una gran manifestación a las 13:00.
  • Bélgica: El 14N las tres centrales belgas, con la CES, se concentrarán ante las embajadas de Grecia, Portugal, España e Italia y entregarán escritos de protesta y solidaridad. sin interrupción del trabajo. Varias federaciones (el metal entre ellas) y organizaciones territoriales valonas de la FGBT como Charleroi o Lieja, han convocado huelga general.
  • Francia: 14N. Se han convocado, por el momento, 28 manifestaciones en otras tantasciudades dentro del llamamiento de cinco centrales –CGT, CFDT, UNAS, FSU y Solidaires- a una Jornada de movilización general interprofesional.
  • Alemania: 14-N. La DGB organiza manifestaciones y asambleas en varias ciudades del país. Una de las principales acciones tendrá lugar frente a la puerta de Brandenburgo en Berlín.
  • Austria: 14-N. La ÖGB organiza un acto de solidaridad con los trabajadores europeos,
  • Polonia: OPZZ y Solidarnosc convocan un acto público en Varsovia.
  • Dinamarca: Las tres centrales convocan un acto público de apoyo a la Jornada
  • Reino Unido: El 14N van a organizar actos de solidaridad con Grecia, España… y actividades de lobby ante la sede de la Comisión Europea en Londres y Bruselas
  • Holanda: 14N. La FNV organiza una conferencia para expresar su solidaridad
  • Rumania: 14N. Cartel ALFA organiza manifestaciones en las principales ciudades
  • Finlandia: 14N. Los sindicatos SAK, STTK y AKAVA organizan acciones mediáticas y políticas con el objetivo de reclamar el respeto a los derechos de los trabajadores en Europa.
  • Suiza: Entre el 6 y 14N. La USS organiza acciones de solidaridad. UNIA junto con VER.DI (Alemania) y GPA (Austria) organizan acciones transnacionales en Berna.
  • Suecia: 14N. Durante su congreso la FTF adoptará una declaración de solidaridad y apoyo a los trabajadores europeos que se enfrentan a las medidas de austeridad.
  • República Checa: 17N. CMKOS organiza una manifestación contra los recortes en Praga.
  • Eslovenia: 17N. Manifestación en Liubliana.

domingo, 16 de septiembre de 2012

La hiperglobalización contra la democracia

Dani Rodrik es catedrático de economía política internacional en la Universidad de Harvard y autor del libro titulado La paradoja de la globalización. Un libro que se lee con interés y que ofrece abundante material para una mejor comprensión de las dinámicas que guían la economía bajo el dominio del neoliberalismo. La paradoja a la que se refiere adopta la forma de un trilema que formula así:
"No podemos perseguir simultáneamente democracia, autodeterminación nacional y globalización económica. Si queremos impulsar más la globalización, tenemos que renunciar a la nación Estado o a la política democrática. Si queremos conservar y profundizar la democracia, tenemos que elegir entre nación Estado e integración económica internacional. Y si queremos mantener la nación Estado y la autodeterminación, tenemos que elegir entre profundizar la democracia o profundizar la globalización".

Rodrik sostiene que la hiperglobalización actual, en la que todas las políticas nacionales debe someterse a las exigencias de los procesos de integración internacional de los mercados de bienes y de capital, choca inevitablemente con la legitimidad democrática de los gobiernos nacionales: "La hiperglobalización requiere el encogimiento de la política nacional y el aislamiento de los tecnócratas de las exigencias de las masas". Como ejemplo de este choque cita la profunda crisis que sufrió Argentina en 1990 bajo la batuta política de Carlos Menem y la dirección económica de Domingo Cavallo, economista con un doctorado en Harvard, que durante los Novente se esforzó hasta el extremo por aplicar los dictados derivados del Consenso de Washington: privatización, desregulación y apertura plena de la economía argentina. Tras una década de políticas neoliberales bendecidas año tras año por el FMI y el Banco Mundial, ya sabemos como terminó la historia:  corralito, paro masivo, cierre de empresas, devaluación del peso, hambre y una pérdida de riqueza que se calcula en un 12% de media:

"El fracaso de los líderes políticos argentinos  fue, en definitiva, un asunto no de falta de voluntad, sino de habilidad. No podía dudarse de  su compromiso con la Ley de Convertibilidad y con la confianza de los mercados financieros. Cavallo sabía que había pocas alternativas fuera de jugar con las reglas de los mercados financieros. Con sus políticas, el gobierno argentino estaba dispuesto a abrogar los contratos pactados con prácticamente todos los colectivos nacionales -funcionarios, pensionistas, gobiernos provinciales, depositantes bancarios- con el fin de no saltarse ni un ápice de sus obligaciones con los acreedores extranjeros.
Lo que selló el destino de Argentina a los ojos de los mercados financieros no fue lo que estaban haciendo Cavallo y De la Rúa, sino lo que el pueblo argentino estaba dispuesto a aceptar. Los inversores y acreedores fueron dudando cada vez más de que el Congreso argentino, las provincias y la gente de la calle fuesen a tolerar las políticas de austeridad desacreditadas desde hacía tiempo en los países industriales avanzados. Al final, los mercados acertaron. Cuando la globalización choca con la política nacional, los inversores saben que la política acaba ganando".





La manifestación de ayer sábado en Madrid, con su reivindicación de un referéndum sobre la política de recortes que está aplicando el Gobierno, ejemplifica a la perfección la tension irreeductible entre hiperglobalismo neoliberal y democracia. También el Gobierno de Rajoy está dispuesto  a incumplir los contratos pactados con prácticamente todos los colectivos sociales con el único fin de no desviarse ni un ápice de  las obligaciones que le imponen los acreedores extranjeros: de su contenido, sus ritmos y sus justificaciones. Lo cual, digan lo que digan el Gobierno o el editorialista de EL PAÍS, no es ni inevitable ni justo ni democrático ni -lo que es casi peor- necesario.
¿Será verdad que cuando la globalización choca con la política democrática es esta la que acaba ganando? No lo sabremos si no planteamos la batalla.

martes, 1 de mayo de 2012

1º de Mayo

Yo siempre he sido muy manifestero. Ya desde 1977, con mis primos mayores, en aquella semana pro amnistía. Pero nunca he sido de llevar a mi hija conmigo. Sólo de muy chiquitaja, a un par de manis de Gesto. Cuando yo he acudiodo a una manifestación siempre hemos comentado a dónde voy y por qué, pero nada más.
Pero hace unos días empezó a comentar que este 1º de Mayo igual bajaba conmigo a Bilbao. Creo que por influencia de El Intermedio.
El caso es que esta mañana hemos estado en la manifestación de Bilbao. Soleada y hermosa, aunque un poco menos alegre que en otras ocasiones. Pero mucha gente. Mucha.
Al llegar a la Plaza Circular me ha sorprendido al comentar: "Hay mucho grupito, ¿no?". Y lo había. Grupitos y grupos cada uno por su lado, aunque con reivindicaciones parecidas en sus pancartas.
Luego he escuchado a Unai Sordo reclamar más unidad de acción sindical a la hora de afrontar los ajustes, recortes y expropiaciones de derechos.


domingo, 19 de febrero de 2012

Hay motivos, hay ganas

Llovía este mediodía en Bilbao. Llovía con ganas. Pero más ganas, muchas mas ganas, había entre los miles de personas que hemos recorrido la Gran Vía hasta el Arenal. Los gritos llamando a la huelga general han sido los más coreados. Hay motivos, hay ganas y hay contexto cívico.






miércoles, 15 de febrero de 2012

A ensanchar el contexto cívico

En junio de 1986 Guy Standing pronunciaba una conferencia ante el Instituto Internacional de Estudios Laborales de la OIT que tituló “La flexibilidad laboral: ¿causa o remedio del desempleo?”. En la parte final de su reflexión, señalaba lo siguiente:

¿Hacia dónde nos dirigimos ahora? El debate sobre la flexibilidad laboral ha llegado a un estadio interesante, tras algunos años de esterilidad. Los halcones del bando de la oferta siguen de cerca la presa, cazando al vuelo rigideces que el ojo humano no puede detectar. (Por poner un ejemplo: parece bastante extraño calificar las normas de seguridad como una «carga para la industria», pero esto es algo que se ha afirmado). Mientras tanto, los escépticos siguen desorganizados, gimiendo impotentes sin una visión coherente o alternativa, aun cuando, a pesar de los siete años de desreglamentación y creciente flexibilidad laboral, el mercado de trabajo haya mostrado una lamentable tendencia a no comportarse tal como había predicho el bando de la oferta.
A partir de aquí, la flexibilidad puede encaminarse hacia una mayor inseguridad para la mayoría y una menor inseguridad para una elite privilegiada, o puede proporcionar una vía hacia un nuevo estilo de vida en la sociedad posindustrial
.

Han pasado 26 años desde esa conferencia; 33 años de desreglamentación y creciente flexibilidad laboral. ¿Hacia dónde nos dirigimos ahora? A la luz de la última reforma laboral la sola pregunta se vuelve ominosa.

En un artículo excepcional Antonio Baylos la ha calificado de "clasista". En efecto, con esta reforma el Gobierno pone la legislación al servicio de los interes de los empresarios, rompiendo con una cultura política de pacto social que, mal que bien, ha constituido la base del modelos sociolaboral español y europeo de posguerra:

Una parte del empresariado exulta ante esta pieza legislativa expresiva de un clasismo que hace mucho tiempo no veíamos en el BOE. Llevados por la satisfacción que produce ser reconocidos públicamente como clase dirigente que normativiza sus deseos e intereses de forma directa, sin mediaciones ni contrapesos, demuestran su seguridad aplastante en la violencia del poder privado como única forma de encarar la regulación de las relaciones de trabajo. Confían plenamente en que el sindicalismo confederal, el único realmente organizado en los lugares de producción y en enclaves sociales muy relevantes, sea incapaz de mantener una conflictividad permanente que ponga en riesgo sus expectativas de negocio y su tasa de beneficio. […] La situación es crítica, y la acción de los poderes públicos como salida de la crisis demuestra su alineamiento claro con el privilegio económico y el autoritarismo no sólo económico y empresarial. Ahora comienza una larga marcha de conflictividad y de crítica política que tiene que culminar en el medio plazo con la abolición de esta normativa clasista. Y que sin duda conducirá a la renovación de la acción sindical, de las formas de conflicto y de incidencia social de los sujetos sociales, en torno a un proyecto de regulación garantista de los derechos de los trabajadores y trabajadoras de este país. Hay que confiar en que en esa dirección los partidos políticos progresistas cooperen eficazmente. El camino es largo y es difícil, no sólo porque son muy fuertes las posiciones de los adversarios y la desigualdad entre las partes de la confrontación se incrementa cada día, sino porque el contexto cívico es muy estrecho y las carencias en la difusión generalizada de un pensamiento democrático se revelan decisivas en orden a dar la vuelta a esta situación de opresión y de domesticación del trabajo como punto de partida de una sociedad más igualitaria.

A ensanchar, pues, el contexto cívico. Empezando el próximo domingo.