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martes, 30 de septiembre de 2025

Humus

Gaspar Koenig
Humus
Traducción de Lydia Vázquez
Seix Barral, 2025
 
"La procesión se detuvo a la altura del antiguo seto, cuyos restos estaban recubiertos de hiedra. Kevin cogió la pala, dio unos pasos para elegir el mejor sitio y empezó a cavar. La hoja se hundió fácilmente en el suelo. La tierra estaba negra y brillante. Despedía un penetrante olor a sotobosque. En uno de los terrones que sacó, vio un buen grupo de anécicas, agitándose húmedas, en plena forma. Se volvió hacia sus compañeros. Todos observaban el mismo espectáculo.
-¡Eso era! -murmuró Matthieu-. Todo lo que tenía que hacer era esperar.
-Todo llega a su debido tiempo -añadió Louis".
 
 
En Humus el filósofo francés Gaspard Koenig delimita un campo donde se entrelazan ideas, contradicciones y pasiones de una generación que vive marcada por la ecoansiedad. La novela se lee como una gran metáfora de lo humano: así como el humus nace de la descomposición y genera vida nueva, también los personajes de esta historia atraviesan sus crisis y desgarros para dar forma a una reflexión profunda sobre el lugar y el papel del ser humano en un mundo en colapso.

La narración avanza por capas, como estratos de compost, alternando las voces de los protagonistas principales, Kevin y Arthur, dos jóvenes estudiantes de Agronomía que comparten la angustia por la devastación medioambiental, pero acaban encarnando respuestas opuestas. Hijo de agricultores, Kevin sueña con transformar esa preocupación en una start-up de vermicompostaje y convertirse en pionero del capitalismo verde; Arthur, procedente de una familia burguesa, decide volver a las tierras familiares contaminadas y trabajar desde lo concreto, con el anhelo de regenerarlas y devolverles vida. A través de ellos, Koenig traza un mapa amplio que va desde la Normandía rural hasta Silicon Valley, pasando por colectivos anarquistas y despachos de poder, en un viaje que pone en tensión el campo y la ciudad, la lucha de clases, la movilidad social y las distintas formas de insurrección ecológica. 

La novela se lee con facilidad y gusto como producto literario, pero a ratos incomoda cuando despliega tensiones entre distintas salidas posibles a la crisis ecológica: las soluciones tecnocientíficas y empresariales, ligadas al capital y a una visión de control; las respuestas sociales radicales, que buscan reorganizar la vida colectiva desde proyectos comunitarios o militantes; y la dimensión más íntima, existencial, de la relación cotidiana con la tierra. Su visión ferozmente satírica del movimiento Extinction Rebellion, "tapadera versión Disneylandia de una organización mucho más seria: Extinction Revolution", precursora a su vez de una definitiva "Extinction Extinct", da lugar a los momentos más cinematográficamente enloquecidos del relato.

No parece que el autor pretenda darnos respuestas, sino sembrar dudas. Es verdad que en el centro de la novela laten las lombrices de tierra, humildes protagonistas biológicos de las que depende la fertilidad del planeta. Koenig abre su relato con una extensa referencia a la geodrilología -la ciencia que las estudia- para recordarnos que sin esos seres ciegos e invisibles no habría vida posible. Las lombrices, laboriosas agricultoras del subsuelo, son un símbolo de la regeneración, pero también de nuestra fragilidad. Su presencia, aparentemente secundaria, resuena como un eco que recorre toda la obra: somos tan vulnerables como el suelo que habitamos. Así, la obra nos recuerda que nuestra condición humana está literalmente ligada al humus: a la tierra que nos sostiene, a lo que se descompone y renace, a lo que nos iguala en humildad y fragilidad. De alguna forma la novela nos obliga a mirar hacia abajo, hacia el suelo, hacia lo invisible que nos mantiene con vida, y a reconocernos como parte de ese ciclo en el que todo nace y todo vuelve. 
 
Tal vez la respuesta a la crisis no esté en inventar grandes sistemas (sean neoliberales o revolucionarios), sino en volver a la lentitud y a la humildad de lo vivo. La fertilidad de la tierra se ofrece como una verdad simple: la vida sigue sus ritmos, y lo que hay que aprender es a sintonizar con ellos. De ahí que pueda leerse como una apuesta por la vida simple y localizada, semejante a la de las y los habitantes de Saint-Firmin-sur-Orne, la pequeña localidad de Normandía donde Arthur ensaya su proyecto de vuelta a la tierra (aunque sobre ella se cierne el voto a Rassemblement National como expresión del "odio a la administración, a sus dictados, a sus intromisiones y a su cobardía"). Es verdad que el final no “resuelve” la novela, sino que más bien abre un gesto de renuncia: al control, al heroísmo, a la utopía; no hay un programa político en esa pala que se hunde, sino una sugerencia de reencuentro con lo vivo.

Lo que me ha incomodado de la novela es el papel de los personajes femeninos -Anne, Philippine y Léa,  particularmente-, descritas con roles que contrastan con la complejidad, el dinamismo y las contradicciones de Kevin y Arthur. Mientras los protagonistas masculinos cargan con la trama filosófica, política y existencial del relato, las mujeres ocupan posiciones secundarias o funcionales a sus trayectorias, a veces burdamente estereotipadas. En conjunto, el diseño narrativo parece inclinarse hacia una visión masculino-céntrica, donde los varones son los portadores de la acción, el debate filosófico y la utopía, y las mujeres orbitan como figuras de deseo, de obstáculo o de apoyo emocional. No sé si es un sesgo misógino o una falta de sensibilidad en la construcción de personajes femeninos sólidos, autónomos y dotados de la misma capacidad de agencia que los protagonistas (algo, por otra parte, bastante característico de la tradición literaria francesa masculina).  
 
Humus, que plantea debates de gran calado sobre la ecología, la utopía política y la relación entre teoría y praxis, deja sin revisar un campo crucial, el de la representación de género. Y es una lástima.

sábado, 27 de septiembre de 2025

El futuro de la revolución

Matthew T. Huber
El futuro de la revolución: El cambio climático y la búsqueda de una insurrección climática global
Traducción de Silvia Moreno Parrado
Errata naturae, 2024 

"Cuando nos centramos en el ámbito del intercambio, damos por hecho que la crisis climática es una mera aberración de un sistema de mercado eficaz y racional por definición. Cuando nos adentramos en los «lugares ocultos de la producción», descubrimos que en la raíz de la crisis climática se hallan unas relaciones de clase antagónicas. En vez de centrarnos en las opciones que nos ofrece el mercado a los consumidores, vemos a una clase de productores que controlan ingentes caudales de energía, recursos y, en efecto, emisiones; todo ello, dirigido hacia un único objetivo: el beneficio (D-M-D’). Solo si dejamos de concentrarnos en el ámbito del intercambio daremos con la auténtica causa de la crisis climática: una pequeña minoría de propietarios que controla y se beneficia de la producción de la energía, los alimentos, los materiales y las infraestructuras que la sociedad necesita para funcionar. Solo si analizamos las relaciones de producción (o sea, el poder de la clase), descubriremos que la lucha por el clima no consiste en arreglar el mecanismo de precios, sino en hacerle frente a esa pequeña minoría de propietarios”.
 
 
La crisis climática ha sido interpretada de múltiples maneras: como un problema científico, como una cuestión ética, como un reto tecnológico o como un desafío de gobernanza global. Sin embargo, en El futuro de la revolución (el cambio del título original, Climate Change as Class War, no es afortunado), Matthew T. Huber propone situar el calentamiento global en el terreno de la lucha de clases. En lugar de culpabilizar a los individuos por sus consumos o confiar en las promesas de los mercados de carbono, Huber sostiene que la raíz del problema es estructural: quién posee y controla la producción de energía. Desde esta perspectiva el cambio climático no es un fallo moral de la humanidad en abstracto, sino el resultado lógico de un sistema económico en el que una élite concentra el poder productivo mientras la mayoría trabajadora permanece desorganizada. El problema, como plantea Jason Moore, no es el Antropoceno sino el Capitaloceno. Huber cuestiona lo que él califica de ambientalismo moral -esa corriente que reduce la acción climática a decisiones individuales tales como usar bicicleta, consumir local, reciclar, evitar vuelos-, prácticas que, si bien no son inútiles, sí son irrelevantes frente a la magnitud del problema. La narrativa moral individualiza la culpa y despolitiza la acción. Mientras millones de personas sienten ansiedad climática por no estar “haciendo lo suficiente”, las grandes corporaciones energéticas siguen acumulando beneficios y expandiendo infraestructuras fósiles. El resultado es un doble fracaso: ni se reducen significativamente las emisiones ni se construye poder político colectivo.

"Las políticas del cambio climático tienen muy integrado que, cuando nos metemos en el coche y arrancamos el motor, las emisiones son nuestras y solo nuestras. Según la creencia popular, por eso es tan difícil mitigar el cambio climático, porque la responsabilidad con respecto a este está, fundamentalmente, dispersa. Así, para resolver el problema hay que poner en marcha una revolución colosal en el comportamiento individual. ¿Cómo se pueden cambiar miles de millones de decisiones individuales?".

Su respuesta es que solo una fuerza política de clase, organizada desde abajo, podrá revertir el rumbo de la catástrofe. Huber introduce aquí la idea de una "ecología proletaria", inspirada en la teoría marxista de la alienación. En el capitalismo, explica, los y las trabajadoras no controlan ni su trabajo ni el producto de su trabajo. Pero tampoco controlan la relación metabólica con la naturaleza: la energía, los materiales, los flujos de producción que condicionan la vida cotidiana. De esta forma, las emisiones de carbono no pueden entenderse como una suma de elecciones personales, sino como el resultado directo de una estructura productiva dominada por el capital. La trabajadora o el trabajador que conduce al empleo en coche, que enciende la calefacción de gas o que compra en un supermercado, no es libre de elegir otra cosa: actúa dentro de un sistema diseñado para maximizar la acumulación privada de energía y recursos.

Si el problema está en la organización de la producción, la solución también debe estar ahí: en el poder de la clase trabajadora. Huber dedica buena parte del libro a argumentar que, históricamente, las transformaciones profundas se han producido cuando los trabajadores organizados han presionado colectivamente para redistribuir riqueza y poder. El autor recuerda ejemplos como el New Deal en EE. UU., conquistado bajo la presión de sindicatos insurgentes en los años treinta. Su mensaje es que las victorias climáticas solo serán posibles si se articulan luchas laborales capaces de desafiar a la élite energética.

En este punto, Huber afina su estrategia: apuesta por colocar al sector eléctrico en el centro de la movilización. ¿Por qué? Porque es un nodo esencial de la economía moderna, uno de los mayores emisores de gases de efecto invernadero y, al mismo tiempo, un sector con tradición sindical y con capacidad de huelga estratégica. Si las trabajadoras y los trabajadores de la electricidad -desde ingenieras e ingenieros hasta operarias y operarios- decidieran organizarse en clave ecológica, podrían forzar una transición energética real: descarbonizar la producción eléctrica para descarbonizar el conjunto de la economía. Esta hipótesis convierte a los sindicatos eléctricos en actores potencialmente revolucionarios en la lucha climática.

Esta tensión también se refleja en su propuesta de un Green New Deal socialista. En su versión más divulgada (Alexandria Ocasio-Cortez, Bernie Sanders), suele leerse como un programa reformista de Estado, una especie de pacto social verde para compatibilizar capitalismo y sostenibilidad. Eso, de entrada, parecería incompatible con una perspectiva de lucha de clases radical. Sin embargo, Huber lo utiliza de otra manera: como horizonte de transición. Para él, el Green New Deal no es tanto una política tecnocrática sino un vehículo de organización popular. La clave está en quién lo impulsa: si es un proyecto top-down de élites progresistas, reproduce las limitaciones del reformismo verde; si es una conquista de la clase trabajadora organizada (particularmente en energía, transporte, vivienda), puede convertirse en un paso hacia la socialización de la producción.

Huber no idealiza al Estado como garante neutral del bien común; lo entiende como un terreno de disputa de clases. Por eso defiende una intervención estatal masiva en infraestructuras energéticas, pero no como un fin en sí mismo, sino como medio para desplazar el poder del capital hacia lo público y lo colectivo. En ese sentido, su Green New Deal sería parecido al New Deal de los años treinta: un programa reformista arrancado bajo presión sindical y popular, que abrió brechas en la hegemonía empresarial. Huber lo ve como ejemplo de cómo una movilización de masas puede forzar al Estado a actuar contra los intereses del capital.

El título original del libro no es una metáfora ligera: Huber insiste en que el cambio climático es una guerra de clases. Una guerra desigual, porque el capital fósil concentra recursos, instituciones y discursos. Pero también una guerra abierta, donde la clase trabajadora todavía puede constituirse en sujeto político con capacidad de victoria. El texto deja una sensación de urgencia y esperanza. Urgencia, porque el reloj climático avanza; esperanza, porque aún existen las condiciones para construir un movimiento ecosocialista de masas. Huber lo imagina a partir de sindicatos, redes energéticas públicas y un proyecto internacionalista que supere la impotencia del activismo fragmentado.

Aquí se abre un diálogo potente con otras corrientes del marxismo ecológico. Su énfasis en la lucha de clases conecta con la teoría de la fractura metabólica de John Bellamy Foster, que interpreta la crisis climática como expresión de una ruptura estructural entre sociedad y naturaleza bajo el capitalismo. También resuena aquí Andreas Malm, que identifica al capital fósil como enemigo estratégico. Se aparta, en cambio, de Kohei Saito y su propuesta de un comunismo explícitamente decrecentista. Huber parece confíar en una socialización expansiva de la energía, más cercana al imaginario de “soviets y electrificación” que a la reducción deliberada de la escala material de la economía. Este contraste lleva a una crítica clave: ¿hasta qué punto un “ecologismo proletario” centrado en la producción corre el riesgo de reproducir el viejo productivismo comunista? Si la clase trabajadora se constituye únicamente como sujeto de poder en el terreno productivo, pero sin una estrategia de reducción del metabolismo social, podría darse la paradoja de una transición socialista que siga tensionando los límites planetarios. Huber tiende a absolver a las trabajadoras y trabajadores de su papel en el sostenimiento del consumo masivo, y tiene razón al subrayar que sus decisiones están estructuralmente condicionadas. Sin embargo, al relegar el problema del consumo a un plano secundario deja sin resolver cómo articular una lucha de clases que sea, al mismo tiempo, decrecentista. Sin esa dimensión, el riesgo es que la “ecología proletaria” se quede en una socialización del productivismo en vez de una superación de él.

Su énfasis en la estructura termina debilitando la cuestión de la agencia. Es cierto que el cambio climático es un problema sistémico -como recuerda Jorge Riechmann, el cambio climático es el síntoma, pero la enfermedad es el capitalismo productivista-. Pero de ahí no se sigue que las clases trabajadoras y populares carezcan de capacidad de acción en el plano cotidiano. El sistema no obliga coercitivamente a consumir de cierta manera: más bien seduce, construye deseos, organiza imaginarios; se trata de un capitalismo libidinal. Pero aunque esas lógicas de deseo están socialmente producidas, no son un engaño total: sabemos que el consumo masivo tiene costes ecológicos, que no es inocuo. En ese sentido, dejar de lado por completo la responsabilidad individual y la agencia personal es, a mi juicio, un error.

La discusión recuerda a las tensiones históricas del movimiento obrero. Conviene mucho recuperar la obra en tres volúmenes de François Chatelet, Evalyne Pisier-Kouchner y Jean-Marie Vincent, Los marxistas y la política (Taurus, Madrid 1977), donde podemos leer las actas del VII Congreso Internacional Socialista de Stuttgart, en 1907, que recogen intervenciones como esta: "El Congreso, tras comprobar que por lo general se exagera grandemente -sobre todo de cara a la clase obrera- la utilidad o necesidad de las colonias, no condena en principio y para siempre toda política colonial, que -bajo régimen socialista-podría llegar a ser una obra civilizadora"; el representante de Holanda propugnó entonces la creación de una "polí­tica colonial socialista". Bien es cierto que también podemos leer en dichas actas intervenciones tan vigorosas como la de Kautsky: "Bernstein ha tratado de hacernos creer que esa política de conquista ha sido una necesidad natural. Mucho me ha extrañado que defendiese aquí esa teoría según la cual existen dos grupos de pueblos, los unos destinados a dominar, y los otros a ser dominados; y que haya pueblos incapaces de gobernarse y administrarse por sí mismos, pueblos de noños grandes. Eso no es más que una variante de la vieja frase que constituye la justificación de todos los despotismos, y con arreglo a la cual unos nacen con espuelas en los pies, y otros con una albarda en las espaldas, con el fin de permitirles a los primeros considerar a los segundos como monturas pro­pias". Pero la proclamación de Kautsky, fuertemente aplaudida, y que se plasmará es los textos del Congreso sirviendo en años posteriores de referencia teórica y moral para oponerse al imperialismo, chocó en la práctica con una realidad tozuda, cual era la funcionalidad del colonialismo para el desarrollo de las metrópolis industriales; esta realidad práctica quedará expuesta en Stuttgart en una intervención del holandés Van Kol respondiendo a Ledebour, delegado alemán anticolonialista: "Me limito a preguntar a Ledebour si, bajo el régimen actual, tiene el coraje de renunciar a las colonias. Ya me dirá enton­ces qué será de la superpoblación europea; en qué país la gente que quiere emigrar podrá encontrar con qué vivir si no es en las colonias [...] ¿Qué haría Ledebour con el creciente de producción de la industria europea si no encuentra nuevos mercados en las colonias?". La teoría y la ética internacionalistas chocaban fron­talmente contra los intereses de las sociedades desarrolladas, y, en su seno, contra los intereses de unas clases trabajadoras que subsidiariamente se beneficiaban de la política colonial. ¿Cómo hubiera evolucionado la cuestión colonial dentro del movimiento obrero europeo? Nunca sabremos si hubieran triunfa­do las posturas antiimperialistas de Kautsky y Ledebour o las del "colonialismo socialista" de Bernstein y Van Kol. La primera guerra mundial truncó los debates, pero no lo hizo de manera neutral. El internacionalismo obrero, cuestionado por la problemática colonial, será también cuestionado por la guerra en Europa. Y esta vez el fiel de la balanza se inclinó sin ningún género de dudas.

En la Internacional, hubo delegados que defendían la posibilidad de un “colonialismo socialista”: aprovechar los mecanismos coloniales para fines emancipatorios. Hoy, algo parecido ocurre con el consumo: si se absuelve sin más a las clases trabajadoras de toda responsabilidad en su reproducción, se corre el riesgo de imaginar un “consumismo socialista” que perpetúe el metabolismo expansivo. Es muy significativo, en este sentido, lo que escribe sobre los viajes en avión, "práctica que adquiere una especial relevancia en mi actividad profesional académica, donde los viajes a centros de investigación, congresos y talleres son una parte normal del trabajo". Su crítica a las campañas contra el uso del avión en el mundo académico suena más a autojustificación que a otra cosa. Reconocer agencia no significa caer en el moralismo individualista que Huber critica, sino abrir la pregunta por cómo las prácticas cotidianas pueden anticipar, desde ya, otros modos de vida más sobrios y solidarios.

El futuro de la revolución se lee como un manifiesto político, escrito con la urgencia de quien sabe que el tiempo se agota. Su valor no está solo en el diagnóstico -que el clima es inseparable de las relaciones de clase-, sino en la estrategia: apostar por el poder sindical en sectores clave de la energía. ¿Es suficiente? Quizás no. Pero el libro tiene la virtud de recordarnos que la ecología no es un asunto de consumo responsable sino de poder político, conflicto social y transformación estructural. En ese sentido, es una obra que obliga a elegir bando: o se defiende el statu quo del capital fósil, o se construye una fuerza colectiva capaz de enfrentarlo. En tiempos donde la catástrofe climática se acerca con paso firme, esa claridad narrativa convierte al texto de Huber en una lectura indispensable para sindicalistas y para activistas climáticas, así como para cualquiera que entienda que el futuro no está escrito, pero sí está en disputa.

viernes, 15 de agosto de 2025

Fuego la sed

María Sánchez
Fuego la sed
La Bella Varsovia, 2024 
 
[...] fuimos nosotras
quienes aprendimos la historia de nuestras madres
tocando los anillos de los árboles
 
lo que no se quiere contar
queda irremediablemente granado
en este espectro
 
en los libros
nunca aparecen sus nombres
tampoco sus quehaceres [...]
 
 
María Sánchez es veterinaria de campo, ensayista y poeta. Fuego la sed es su segundo poemario tras Cuaderno de campo (2017). En este blog también he reseñado su ensayo autoetnográfico Tierra de mujeres (2019), absolutamente recomendable.  
 
Articulado en varias partes de extensión desigual -"Nos quedan veinte años para entender el sol", "Los elegidos del agua", "Los animales hablan", "El día que nací mi abuelo plantó un peral", "Fuimos demasiado recientes para formar parte de la historia"-, en este segundo poemario reflexiona sobre nuestra relación con la Tierra, sobre la emergencia climática y la desmemoria hacia el territorio, con un lenguaje a la vez lírico y profético.
 
[...] ya no llueve no
ya no llueve como antiguamente
una y otra vez repiten
los mayores
 
ellos nacieron
antes del fin
 
ellos se convertirán en ancestros
nosotros en fantasmas 
 
Fuego la sed es un poemario de urgencia crítica y también de ternura, que enaltece (sin romantizarlo) lo rural, lo olvidado y lo vulnerable. Desde una mirada honesta y exigente María Sánchez nos invita a escuchar la memoria de la tierra, a reconocer sus heridas (que son también las nuestras) y a preguntarnos qué futuro podemos construir. 

[...] nos cosieron
en el corazón de un hombre que peca
 
de esos remiendos y tajos
podrán enhebrarse
-os decimos-
otros mapas del afecto 

jueves, 31 de julio de 2025

La gran negación

Roberto Grossi
La gran negación
Traducción de Rosa Barbany Puig
La otra h, 2015 
 

Algunos libros no se limitan a contarte algo: te cambian el modo en que miras. La gran negación es uno de esos libros. Y aunque su forma es la del cómic -o más bien la de la novela gráfica-, lo que en realidad despliega es un gesto ético: el de rasgar el velo de aquello que, como sociedades, hemos aprendido a no ver.

Grossi se inscribe en una tradición cada vez más poderosa dentro del cómic contemporáneo: la que usa el dibujo como una herramienta para pensar políticamente el presente. Leer La gran negación es recordar obras como Persépolis, donde Marjane Satrapi convertía su historia personal en una forma de interpelación colectiva; o como las crónicas gráficas de Joe Sacco, donde el periodismo y la empatía se entrelazan para dar voz a quienes nunca la tienen. Su narrativa no busca tanto informar como incomodar. No se trata de contar lo que pasa “allí” -en Gaza, en Palestina, en Oriente Medio-, sino de explorar qué significa ser espectador en este lado del mundo. Qué significa callar, dudar, mirar para otro lado.


El trazo de Grossi, preciso y austero, rehuye el efectismo. Cada página parece medir cuidadosamente cuánto puede mostrar sin traicionar la complejidad del proceso que retrata: el de una conciencia que, a fuerza de grietas, se va abriendo a la verdad. Y es una verdad incómoda. Porque La gran negación pone en cuestión nuestra propia complicidad, nuestro silencio bienpensante, nuestra necesidad de no saber demasiado. No es una lectura fácil. Pero no por la dureza de las imágenes o el dramatismo de los hechos, sino por lo que nos exige: asumir que la ignorancia, a veces, no es pasiva, que se puede elegir no ver, y que esa elección tiene consecuencias.
 

La gran negación (aquí el booktrailer) pertenece a esa familia de obras que hacen del cómic no solo un lenguaje narrativo, sino una forma de despertar. Porque la negación solo puede romperse con conciencia y acción colectiva. Absolutamente recomendable. Aunque yo hubiera sustituido a ese profesor Zek, trasunto de Zizek, por alguna mujer representando a la mejor propuesta que, en mi opinión, hoy tenemos para convertir el negacionismo en una gran afirmación en favor de la vida: el ecofeminismo.
 

martes, 31 de octubre de 2023

La tribu de los árboles

Stefano Mancuso
La tribu de los árboles
Traducción de David Paradela López
Galaxia Gutenberg, 2013

"¡Y qué raíces! Si las hubierais visto: gruesas como troncos subterráneos, más largas de cuanto quepa imaginar. Desde la base, partían en todas direcciones como enormes serpientes escondidas bajo tierra [...]. A su lado, era capaz de percibir el enorme caudal de información que, a través de aquella red inmensa, fluía sin descanso desde todos los rincones de la comunidad hasta mi poderoso camarada. me pareció sentir cómo vibraba el suelo: un murmullo bajo y constante que se asemejaba al retumbo de las olas rompiendo incesantes contra un acantilado".


Stefano Mancuso es botánico, profesor de la Universidad de Florencia y director del Laboratorio Internacional de Neurobiología Vegetal. Empezó a ser conocido a partir de la publicación de su libro Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal (2015), escrito en colaboración con la periodista científica Alessandra Viola. En este libro, escrito en un estilo divulgativo pero plenamente científico, para desasosiego de vegetarianas y veganas 😅 se arrumba la idea de que los vegetales se limiten a vegetar, pasivas e insensibles, para explicar que las plantas no solo son sensibles sino hipersensibles (dotadas no sólo de los cinco sentidos propios de la especie humana, sino de quince sentidos más), que se comunican entre sí y con otros seres, que tienen memoria, cuidan de sus retoños, toman decisiones en función de los problemas que se les presentan y hasta tienen su propia personalidad. 
 
Después de otros cuatro libros desarrollando estas cuestiones desde la misma perspectiva científica, con La tribu de los árboles Mancuso reurrre a la ficción para seguir insistiendo en su reivindicación del mundo vegetal, en la necesidad de que abandonemos nuestra mirada antropocéntrica (o, todo lo más, mamífero o mamocéntrica) para abrirnos al mundo vegetal, fundamento de nuestro presente y nuestro futuro. 
 
Vinculada expresamente con la catástrofe climática, la narración nos lleva hasta Edrevia, un mundo habitado por árboles divididos en clanes que se ven confrontados con un cambio en el clima que amenaza su supervivencia: "Estoy seguro de que ninguno de ellos vio la relación entre esa vieja tragedia y lo que está ocurriendo ahora -dijo-. Es difícil conectar hechos ocurridos con tantos años de diferencia. Además, Edrevia siempre ha sufrido sequías, calor, hielo, inundaciones y cualquier otra catástrofe medioambiental imaginable a intervalos más o menos regulares. Lo que está cambiando es la frecuencia de esos acontecimientos, su intensidad". Árboles sintientes, pensantes, parlantes y andantes, que deberán ingeniárselas para afrontar la amenaza del futuro.

Una bonita fábula que, sin embargo, en ocasiones me ha parecido demasiado pueril y en otras un tanto forzada. Los árboles de Mancuso están muy lejos de los ents de Tolkien. Pero en este tiempo aciago en el que tras cada intervención urbanística acecha un arboricidio merece mucho la pena recordar que los árboles sostienen el mundo con sus raíces. Literalmente.

"Todos nosotros somos conscientes de que, mientras descansamos al sol, damos vida a todo lo que nos rodea. Nuestro cuerpo sabe que la energía y la masa son una misma cosa y que nosotros somos el eslabón que une el Sol con la Tierra. [...] Hay otros seres que se ven obligados a matar para vivir; no quiero ni imaginarme cómo deben sentirse. [...]  Por lo menos así lo veíamos en nuestra comunidad. para nosotros, que, al contrario, por el echo de vivir dábamos vida, resultaba inconcebible. Quiero decir que nadie aceptaría algo así, si pudiera elegir, ¿verdad?".

domingo, 19 de junio de 2022

Aprender a vivir y a morir en el Antropoceno

Roy Scranton
Aprender a vivir y a morir en el antropoceno
Traducción de Silvia Moreno Parrado
Errata Naturae, 2021

"El problema de nuestra respuesta al cambio climático no es que cueste aprobar las leyes pertinentes, determinar el precio justo de las emisiones de carbono, cambiar la opinión de la gente ni despertar conciencias. Todo el mundo es ya consciente. El problema es que el problema es demasiado grande. El problema es que hay gente distinta que quiere cosas distintas. El problema es que nadie tiene respuestas de verdad. El problema es que el problema somos nosotros".
 
 
El título original de este libro es Aprendiendo a morir en el Antropoceno (Learning to Die in the Anthropocene); a morir. Es importante señalarlo ya que es de eso de lo que va este libro: de asumir nuestra condición mortal, abandonar los sueños de omnipotencia, aprender a morir. De ello puede depender nuestra supervivencia en el Antropoceno, según Roy Scranton. ¿La supervivencia de cuántas, de quiénes, en qué condiciones? Tras finalizar la lectura del libro, repleto de interpelaciones y sugerencias, no me queda claro.

Scranton sirvió como soldado en Irak durante la operación Shock and Awe, "conmoción y pavor", el bombardeo masivo que entre el 20 y el 24 de marzo de 2003 arrasó Bagdad, precipitando el final de Sadam Husein. "Con su táctica de 'conmoción y pavor' -escribe Scruton al inicio del libro- el ejército estadounidense había desatado el fin del mundo en una ciudad de seis millones de habitantes [...]. Las infraestructuras de Bagdad habían quedado arrasadas: el agua, la electricidad, el tráfico, los mercados y la seguridad eran presa del caos y del poder local. El Gobierno se había venido abajo, se erigían muros, se trazaban fronteras tribales y se recurría a la violencia para instaurar unas jerarquías despiadadas. A lo largo del siguiente año, desaparecería la clase media laica de la ciudad, ante la presión de pistoleros, especuladores, fundamentalistas y soldados". Dos años y medio más tarde, a su regreso a Estados Unidos desde ese "mundo averiado" al que había sobrevivido, su unidad se enfrentó a otra situación de conmoción y pavor, esta vez provocada por el azote del huracán Katrina sobre Nueva Orleans: 
 
"Ante mis ojos tenía la misma vorágine  y derrumbe que ya había visto en Bagdad, la misma falta de planificación y la misma oleada de caos. [...] Nuestra unidad recibió órdenes de estar lista para pasar a la acción y se nos entrenó en operaciones de control de disturbios. El desalentador futuro que había visto en Bagdad estaba ahora entre nosotros: no eran el terrorismo ni las armas de destrucción masiva, sino la maquinaria de la civilización, que se venía abajo, incapaz de recuperarse después de la conmoción sufrida por su sistema".
 
Abraham H. Maslow advirtió en su libro de 1966 The Psychology of Science (New York: Harper & Row) de la existencia de un sesgo cognitivo que, desde entonces, se conoce como "el martillo de Maslow" o "ley del martillo dorado", para advertir sobre la tendencia a dar por supuesto que la única herramienta de la que disponemos o creemos disponer (la única teoria sobre el comportamiento humano, la única medida de política social, la única estrategia de acción colectiva...), aquella con la que estamos más familiarizadas o nos sentmos más seguras, es la única herramienta que necesitamos porque es la única que nos permite solucionar los problemas a los que nos enfrentamo: “Supongo que es tentador, si la única herramienta que tienes es un martillo, tratar todo como si fuera un clavo" ("I suppose it is tempting, if the only tool you have is a hammer, to treat everything as if it were a nail"). La expresión psicosociológica del "one best way" taylorista.
 
El martillo de Scruton es su experiencia como soldado y las lecciones que ha sacado de esa experiencia; lecciones como esta: si para sobrevivir en la guerra tuvo que asumir la inevitabilidad de su propia muerte, para sobrevir en el Antropoceno la humanidad deberá asumir que "esta civilización ya está muerta". El mundo es, para él, un escenario hobbesiano de muerte, violencia y miedo, en el que "la experiencia de ser humano se reduce a un borde afilado". En consecuencia, su diagnóstico es terriblemente duro: "Cada vez que consultamos el correo electrónico estamos calentando el planeta. Lo hacemos a diario, No podemos parar. No sabemos parar. No queremos parar". Debemos recibirlo como una bofetada, sin endulzarlo: estamos en situación de catástrofe climática (hablar de "pre" es irresponsable), lo confirma el último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). Pero, con la herramienta de Scruton, no sé cómo pasar del diagnóstico a la acción colectiva (masiva) transformadora; no acabo de ver la conexión entre su diagnóstico y sus propuestas: interrumpir las "cadenas semánticas estresantes de excitacòn social" practicando la contemplación y el pensamiento crítico. No porque ambas practicas no sean esenciales sino porque no creo que sean suficientes.
 
¿Y si la herramienta fuera otra, si no fuera un martillo? Mientras leía este libro pensaba en lo interesante que sería poner a conversar a Straton con la Rebecca Solnit de Un paraíso en el infierno. Las extraordinarias comunidades que surgen en el desatre (Capitán Swing, 2020; traducción de David Muñoz Mateos). Tal vez incorporaría a la conversación al Sebatian Junger de Tribu. Sobre vuelta a casa y pertenencia (Capitán Swing, 2016; traducción de María Eugenia Frutos), quien analiza lo que ocurre en situaciones de combate o de catástrofe natural desde el planteamiento de que tales situaciones tienen el potencial de retrotraernos a un momento "tribal", en el que el compromiso colectivo y la identificación de un bien común se vuelven imprescindibles para la supervivencia. Pero me dejaría decir mucho por Rebecca Solnit, no menos crítica que Scruton en su diagnóstico del tiempo que vivimos, pero mucho más esperanzada. Donde Scruton solo ve violencia, desesperación y salvajismo, Solnit ve (también y sobre todo) cooperación, ayuda, altruismo. A ambas les preocupa el cambio climático pero, tal vez porque Scruton piensa desde la "espada" (esta es su auténtica herramienta), se muestra incapaz de atender a la presencia del "cáliz", del poder de la vida personal y colectiva como pulsión para la transformación social.

En fín, que sí, que debemos aprender a vivir en el Antropoceno.

miércoles, 15 de junio de 2022

Desconcierto

Richard Powers
Desconcierto
Traducción de Teresa Lanero
Alianza de Novelas, 2022 

"Aly solía afirmar -ante mí, ante los legisladores, ante sus colegas y los seguidores de su blog, ante cualquiera que quisiera escuchar- que si un grupo de gente, reducido pero crítico, recuperaba el sentido del parentesco, la economía se convertiría en ecología. Que querríamos cosas diferentes. Que encontraríamos nuestro propósito en el mundo".


El clamor de los bosques me entusiasmó; Orfeo me desconcertó y, aun así, me confirmó en la impresión de que Richard Powers es un autor imprescindible. Su capacidad para emocionar transitando entre los mundos de la ciencia natural, la crítica sociopolítica y la ficción literaria, es inmensa. Aunque con una estructura narrativa más sencilla que en sus dos obras anteriores (menos personajes, menos acción, menos localizaciones) Desconcierto es una obra abrumadora por la profundidad de los temas que aborda.  
 
Theo Byrne es un astrobiólogo que imparte clases en la Universidad de Winsconsin mientras investiga sobre la existencia de vida en otros planetas. Tras la muerte en un accidente de coche de su esposa Alyssa, activista en favor de los derechos de los animales, cuida de su hijo Robin, de nueve años, diagnosticado de Asperger, TOC y posible TDAH. Mientras Theo imagina posibles planetas con vida (Dvau, parecido en tantas cosas a la Tierra pero sin una luna que estabilice su giro; Falasha, sin sol, plantas ni fotosíntesis, pero con miríadas de crustáceos y gusanos poblando las fuentes hidrotermales de sus fondos oceánicos; Geminus, dividido en dos partes, una ardiente, la otra congelada, en el que extrañas criaturas aprendieron a habitar una estrecha banda templada entre el fuego y el hielo...), cada uno de los cuales es una prueba de la maravillosa improbabilidad de nuestra existencia en este planeta, un Robin hiper empático no puede desentenderse del destino de la Tierra: "¿Sabes que los corales del mundo estarán todos muertos dentro de seis años? [...] ¿Y qué vamos a hacer para remediarlo?".

Imposible no pensar en Greta Thunberg cuando miramos a Robin, aunque la propia Greta hace un cameo en el libro como Inga Alder, joven suiza de catorce años que protesta contra la inacción frente al cambio climático ("Es como yo, papá", dice Robin). Imposible no ver a Trump tras ese presidente tuitero, negacionista, y golpista. Imposible no verme a mí mismo, no vernos a todas, viviendo sin ver las maravillas que nos rodean, insensibles ante su destrucción:

"Había un planeta que no entendía dónde estaban todos. Murió de soledad. Eso sucedió miles de millones de veces en nuestra galaxia"

Una historia conmovedora sobre las conexiones (macro y micro) que, como un inmenso micelio neuroemocional, nos vinculan con nuestros seres más queridos, con la Humanidad y con el Cosmos. "Todo el mundo está dentro de todo el mundo", dice Robin. Debería estarlo, debería estarlo...

sábado, 19 de diciembre de 2020

El murciélago y el capital

Andreas Malm
El murciélago y el capital. Coronavirus, cambio climático y guerra social
Traducción de Miguel Ros González
Errata naturae, 2020 

"De no ser porque la economía humana ataca la naturaleza salvaje sin tregua, invadiéndola, recortándola, despedazándola, destruyéndola con un fervor que raya las ansias de exterminio, estas cosas no ocurrirían. Los patógenos no pasarían a nuestro cuerpo; seguirían viviendo plácidamente en sus huéspedes naturales. Pero cuando se acorrala a sus huéspedes, cuando se los estresa, expulsa y mata, los virus sólo tienen dos opciones: extinguirse o transmitirse".


Y, claro, su propensión es a transmitirse.

El coronavirus es una enfermedad zoonótica, es decir, una dolencia que ha pasado de animales a los seres humanos. En el caso de la covid-19 parece que el origen de la transmisión está en los murciélagos, que poseen una extraordinaria inmunidad a los virus. No es, por tanto, una creación científica, un invento, sino que forma parte de una amplia familia de virus como la enfermedad de Lyme, transmitida por las garrapatas, la toxoplasmosis de los gatos, la rabia transmitida por los perros, el ébola, el ántrax o la peste bubónica. Nada de un virus creado en un laboratorio que "se ha escapado" o "se ha liberado" con malévolas intenciones.

"En condiciones normales, los coronavirus y otros patógenos zoonóticos llevan una vida discreta en la naturaleza salvaje. Se buscan la vida una y otra vez en sus huéspedes naturales o 'reservorios': un animal que da cobijo al parásito y lo tolera, muchas veces sin verse afectado siquiera. A lo largo de millones de años, los virus también han evolucionado hasta establecer un modus vivendi con sus huéspedes: viven de manera permanente en su interior, pero sin matarlos, por la cuenta que les trae. Quizá, en alguna ocasión puntual, un par de monos o de ratones enfermen y mueran en el suelo del bosque, pero la generosa vegetación asimila sus cadáveres antes de que el ser humano se de cuenta".

Pero la distancia entre la naturaleza salvaje y la sociedad humana es cada vez menor. La deforestación y la fragmentación de los grandes bosques, su explotación cada vez más intensiva, el ecoturismo globalizado, multiplican los contactos entre humanos y animales potencialmente transmisores de virus, con lo que la cadena de la infección zoonótica se pone en marcha de forma cada vez más habitual.

Los llamados "mercados húmedos", arcas de Noé pesadillescas en las que se venden toda clase de animales salvajes para consumir su carne o utilizar medicinalmente sus cuerpos, son otra de las fuentes directas de zoonosis. Pero no equivoquemos el diagnóstico: el problema no está en el limitado consumo (más o menos) tradicional de algunos animales salvajes en ciertos lugares del mundo (el famoso pangolín consumido en China, que fue el primer sospechoso al inicio de la pandemia), sino en la consolidación de un siniestro "mercado de la extinción" impulsado por este turbo (y turbio) capitalismo que ha convertido el consumo ostensible o conspicuo una señal de distinción de la nueva clase ociosa global:

"El mercado de la extinción forma parte del estilo de vida del uno por ciento más rico, no representa la esencia de ninguna cultura nacional. Lo que desató por completo los vórtices en China fue precisamente la integración de la República Popular en el capitalismo globalizado: los circuitos de capital fluían en los mercados y los animales salvajes de todos los continentes se volvían accesibles gracias a los vínculos del comercio".

De manera que, al igual que ocurre con el cambio climático, la pandemia es el síntoma, la auténtica enfermedad es el capitalismo: "La acumulación descontrolada del capital es lo que zarandea con tanta violencia el árbol en el que viven los murciélagos y los otros animales. Y lo que cae es una lluvia de virus".

Y ambos, cambio climático y proliferación de pandemias, se encuentran poderosamente imbricados:

"Se diría que la economía humana ha decidido quitar la tapa del frasco de coronavirus y otros patógenos y vaciárselo encima. El cambio climático es el factor de estrés supremo. En el caso de los murciélagos, de un día para otro, los insectos desaparecen cuando más los necesitan, los huracanes destrozan sus nidos, las sequías obligan a las hembras que amamantan a volar más lejos en busca de agua, el tipo de estrés que, según se ha observado, provoca una excreción viral masiva".

Por ello, su propuesta es combatir el cambio climático mediante una estrategia de "comunismo de guerra" o de "leninismo ecológico" que, vinculando justicia medioambiental y lucha de clases, impulse un un movimiento capaz de forzar una rápida transición ecosocial que relegue los combustibles fósiles al pasado, destruyendo el capitalismo fósil. Aquí puede leerse una entrevista en la que Malm argumenta estas ideas. 

Un libro importante, de lectura obligada para cualquier persona preocupada por el futuro de la Humanidad y del planeta.

* - * - *

En las páginas 129 y 130 se reproducen sendos gráficos que, en realidad, son el mismo. Se trata de una errata, de la que ya he advertido a la editorial hace unas semanas. Se trata de dos modelos en los que el autor compara el desastre climático y el desastre pandémico, pero este segundo reproduce el primero. La figura correcta debe ser esta, tal como aparece en la edición original del libro de Malm (Verso, 2020).




lunes, 19 de octubre de 2020

Cómo evitar la culpa climática y pasar a la acción

Andreu Escrivà
Y ahora yo qué hago: Cómo evitar la culpa climática y pasar a la acción
Capitán Swing, 2020

"Al enfrentarme a ensayos de medio ambiente, muchas veces he acabado más confundido que decidido a pasar a la acción. Preso de la sensación de estar a las puertas de un apocalipsis inminente, y tras leer las posibles soluciones que me obligarían (o así lo percibía yo) a cambiar radicalmente de vida, sentía que la lectura me había frustrado, en vez de espolearme y darme herramientas para actuar. Había conseguido convencerme, sí, pero no de sus propuestas, sino de lo difícil que sería que tuviesen algún efecto. Entendía que lo que me proponían era sacrificarme para que apenas se notara, bajo la mirada acusadora del autor, y sin saber si el resto de la gente seguiría mis pasos".


Escrito con un lenguaje claro y directo, con este libro Andreu Escrivà no busca "engordar ni un solo gramo tu mochila de ecoansiedad", pero sí "reforzar sus costuras". Si bien no es un recetario (aunque el anexo propone un completo listado de acciones posibles para empezar a llevar un estilo de vida bajo en carbono), sí pretende animar a plantear y responder a una pregunta muy concreta: "ante este panorama ¿yo qué hago? Incluso sabiendo que la culpa no es nuestra, que hacen falta cambios sistemáticos..., ¿cuál es mi papel en todo esto?". Y en su respuesta a esta pregunta el autor busca alejarse de la que, supuestamente, sería la manera en la que lo viene haciendo una gran parte del movimiento ecologista: con un discurso colapsista, anticapitalista, minoritario, "radical", en última instancia meramente declarativo, imposible de llevar a la práctica por la inmensa mayoría de las personas. Lo expresaba así en una entrevista:

"Creo que los modelos de hiperperfección son contraproducentes. Cuando tú ves a alguien que es doña perfecta o don perfecto, te das cuenta de que no puedes imitarlo y todo lo que haces te parece mal, incoherente y poco valioso. Tenemos que fijarnos en gente que lo haga un poquito mejor que nosotros, pero que nos muestra que son cambios posibles".

Es muy cierto que determinadas aproximaciones a la crisis ecológica pueden generar en muchas personas un sentimiento de desesperación que las haga caer en el catastrofismo (no hay nada que hacer), la impotencia (de qué vale lo que yo haga) y, en definitiva, la inacción. También que ciertas formas "heroicas" de ejemplificar el compromiso ecosocial al estilo de Wendell Berry y su negativa a comprar un ordenador o del más espectacularizado No Impact Man, que Escrivà denomina "contraste moralizante de la hiper-perfeccón ecosocial", lejos de actuar como inspiración para el cambio pueden acabar generando desánimo y frustración. Necesitamos propuestas y modelos a escala humana, sí, pero de esta humanidad construida también por tres siglos de capitalismo, con su poso de violencia antropológica.

Desde esta perspectiva, el libro de Escrivà me parece muy apreciable: informa, conciencia (sin necesidad de crear mala conciencia) y anima a actuar personalmente, pero con vocación de impulsar procesos colectivos de transformación.

Hace una veintena de años que vengo impartiendo en diversos cursos de postgrado, especialmente en los que oferta el Instituto de Estudios sobre Desarrollo y Cooperación Internacional HEGOA, una materia que lleva por título "Ética y desarrollo". Algunos de sus contenidos más recientes pueden encontrarse AQUÍ. Todas las dificultades que apunta Escrivà también las he experimentado en esas clases: desde la pasividad por elevación (cualquier acción personal de autocontención o sobriedad es moralina reformista, lo que hay que hacer es revolucionar la realidad) hasta la inacción por saturación (el problema es tan enorme que ya no tiene solución, o lo que yo pueda hacer no sirve para nada), aunque la actitud más habitual es la primera: discursos incendiarios y modos de vida indiferenciables del mainstream; como critica Terry Eagleton, un ultraizquierdismo "tan impoluto como impotente"

Aunque Escrivà reconoce que "el capitalismo es insostenible  con la propia definición de desarrollo sostenible", considera que "abominar del capitalismo, sin ningún tipo de paliativo o atenuante, implica perder a una buena parte de los lectores u oyentes a quienes debería dirigirse cualquier comunicación sobre cambio climático". Y Escrivà no quiere "perder a nadie por el camino". Por ello propone, no sé si cómo recurso padagógico-metodológico o porque realmente lo cree así, "suponer que el capitalismo, como sistema, no es el origen de todos los males (climáticos, al menos), sino la forma en que los males se manifiestan y retroalimentan, se multiplican y aceleran"; desde esta perspectiva, lo que en realidad haría el capitalismo es "amoldarse a nuestra naturaleza humana y explotar sus puntos débiles". De ahí que defienda, por ejemplo, el Green New Deal aunque sea como un "instrumento de transición" que nos permita ganar algo de tiempo. Y ello a pesar de advertir de que nos queda "muy poco" tiempo para actuar: ¡apenas una década!.

Y es aquí cuando el libro pierde fuelle. Consigue desmontar las excusas para la inacción, logra abrir itinerarios para la acción personal y colectiva contra el cambio climáticos, y esto es algo, como ya he dicho, que hay que valorar; pero no incomoda, no empuja a la lectora o al lector fuera de eso que ahora denominan "zona de confort", actitud que siempre ha hecho fracasar los procesos de cambio social, como explica Victor Hugo en Los miserables refiriéndose a la primera de las dos grandes (y fallidas) revoluciones del siglo XIX en Francia: 

“La de 1830 fue una revolución detenida a media playa. ¿Y quién detiene la revolución a media playa? Es esa parte de la clase media compuesta de los que de nada se han hecho algo, y miran sólo a su conservación. ¿Y por qué? Porque esta clase media es el interés satisfecho: ayer era el apetito, hoy es la plenitud, mañana será la saciedad. Se ha querido equivocadamente hacer de esa parte de la sociedad representada en, el tendero que gana, una clase. Esta clase media es simplemente la parte contenta del pueblo. El individuo de esta llamada clase es el hombre que tiene ahora tiempo para sentarse; y una silla no es una casta. Mas por querer sentarse demasiado pronto, se puede detener la marcha del género humano; y ésta ha sido siempre la falta de esa parte del pueblo” (las cursivas son mías). 

El problema es, literal y materialmente, el capitalismo. De ahí que la mezcla de satisfacción e insatisfacción que me queda tras leer el libro de Escrivà no esté motivada por su perspectiva "reformista" (la misma mezcla de satisfacción/insatisfacción resulta de cualquier otra lectura en clave "radical"), sino que es consecuencia de la diabólica complejidad del reto al que nos enfrentamos: cambiar todo un sistema en funcionamiento y con nosotras y nosotros dentro. "Lo que tiene potencial de mayorías -advierte Jorge Riechmann en 15/15\15no nos saca del atolladero ecológico. (Es el modelo del borracho buscando las llaves bajo la farola, en el chiste). Y lo que nos sacaría del atolladero ecológico no tiene potencial de mayorías…".

Lo expresaba bellamente José Luis Sampedro en El río que nos lleva“¿cómo proyectar desde la óptica vigente si es el primer obstáculo a lo futuro?”  ¿Cómo desear algo distinto desde el interior de esta eficaz fábrica de deseos bastardos y domesticados que es el capitalismo? Y antes que él lo planteaba Herbert Marcuse en El final de la utopía (1967).

"Nos encontramos hoy ante el problema de que la transformación es objetivamente necesaria, pero que precisamente las capas clásicamente definidas como agentes de la transformación no sienten la necesidad de la misma. Hay que empezar por suprimir los mecanismos que ahogan esa necesidad subjetiva, pero esto presupone a su vez la necesidad subjetiva de eliminar esos mecanismos. Es ésta una dialéctica de la que no encuentro salida"

Hay que agradecer a Andreu Escrivà que haya escrito este libro. Para muchas personas servirá para hacer una entrada "suave" en la temática de la transición ecosocial. Para otras muchas, más próximas a la perspectiva colapsista, (nos) resulta útil para repensar la forma en que comunicamos nuestras propuestas. Pero al libro le sobra, pienso, un poco de buen rollismo y le falta, creo, un tanto de razonada mala leche. Aceptando que la radicalidad, la urgencia, el enfado y, a veces, la amargura, comunican mal. Por expresarlo de otra manera: es este un libro interesante, útil para hacer pedagogía sobre el compromiso contra el cambo climático, pero la dirección de salida de este compromiso habrá de estar orientada hacia direcciones más exigentes, como la que hacía Chris Edges en el libro La muerte de la clase liberal (traducción de Jesús Cuellar), publicado también por Capitán Swing: "La crisis climática es una crisis política. O bien desafiamos a la élite empresarial, lo cual conllevará la desobediencia civil, el rechazo de la política tradicional en pos de un nuevo radicalismo y la sistemática vulneración de las leyes, o nos consumiremos". Pero sabiendo que posiciones abiertamente anticapitalistas no resuelven, por serlo, ninguna de las contradicciones a las que se enfrenta el planteamiento de Escrivà.

Asier Arias finalizaba así un artículo publicado en 2019 en la revista Mientras Tanto"Avanzamos «hacia el colapso catastrófico de las sociedades industriales» habiendo dejado atrás hace décadas la oportunidad de emprender alguna clase de «transición socioecológica razonable». Así las cosas, incluso «evitar los peores daños» podría ser hoy una meta, quizá, demasiado ambiciosa; pero resulta inexcusable permitir que esta idea desemboque en el abatimiento, el cinismo o la indiferencia: no podemos vender tan barata la base y la médula de cuanto apreciamos".

Por su parte, Jorge Riechmann finalizaba una entrevista de este año con la publicación digital Critic con estas palabras: "Yo, si pudiera aconsejar al lector de CRÍTIC, le diría esto: por un lado, piense cómo puede organizarse de manera colectiva, no individual, en su vida cotidiana y las cosas cercanas para alimentarse, moverse, vivir de un modo lo más sostenible posible. Y, por otro lado, en paralelo, piense como luchar políticamente ante los grandes retos como la movilidad, el modelo energético, un programa agroecológico global… El objetivo final es muy difícil, sí. Mientras tanto, sin embargo, hay que hacer cosas. Pero no en soledad ni de manera aislada. Lo que podemos hacer es organizarnos de forma que, cuando las señales de la gran catástrofe sean ya visibles para la gran mayoría de la población, tengamos margen suficiente para poder responder lo mejor posible".

En fin, el libro de Escrivà hace pensar, y pensar en clave crítica y activa. Recupero su valiosa intención: contribuir a que cada cual pueda "cocinar [su] propia receta de activismo climático, acción individual y transformación colectiva", superando la tentación de la inacción y el pecado del desánimo. Yo también quiero pensar, como Georges Didi-Huberman en Supervivencia de las luciérnagas (Traducción de Juan Calatrava, Abada Editores, 2012), en el poder transformador de los pese a todo.:

"Pero una cosa es designar la máquina totalitaria y otra otorgarle tan rápidamente una victoria definitiva y sin discusión. ¿Está el mundo tan totalmente sometido como han soñado -como proyectan, programan y quieren imponernos- nuestros actuales «consejeros pérfidos»? Postularlo así es, justamente, dar crédito a lo que su máquina quiere hacernos creer. Es no ver más que la noche negra o la luz cegadora de los reflectores. Es actuar como vencidos: es estar convencidos de que la máquina hace su trabajo sin descanso ni resistencia. Es no ver más que el todo. Y es, por tanto, no ver el espacio -aunque sea intersticial, intermitente, nómada, improbablemente situado- de las aberturas, de las posibilidades, de los resplandores, de los pese a todo".

sábado, 31 de agosto de 2019

Y vimos pasar las estaciones: conversación sobre el cambio climático

Philip Kitcher - Evelyn Fox Keller
Y vimos cambiar las estaciones. Cómo afrontar el cambio climático en seis escenas
Traducción de Silvia Moreno Parrado
Errata Naturae, 2019


"Este libro [...] pretende fomentar la conversación. Queremos estimular el debate en nuestra vida cotidiana. En centros sociales y en las cafeterías de los lugares de trabajo.En bares y restaurantes. En escuelas y universidades. En iglesias, sinagogas, mezquitas y templos. En el salón de nuestra casa y en torno a la mesa del comedor".

La convicción profunda de su autora (física y profesora de Historia y Filosofía de la Ciencia en el MIT) y su autor (filósofo de la ciencia, catedrático de la Universidad de Columbia) es que no afrontaremos con seriedad la crisis climática hasta que no seamos capaces de impulsar una profunda conversación sobre la misma, en todos los niveles, hasta constituir un foro global de diálogo.

Siguiendo esta convicción han escrito un libro que, en sí mismo, es un ejemplo de lo que podría ser esta conversación.  En cada escena una mujer distinta, llamada siempre Jo, representa a las personas que reclaman medidas urgentes contra el cambio climático, mientras que Joe, un varón, discute los argumentos de Joe, exige aclaraciones sobre los mismos o llama la atención sobre determinadas consecuencias negativas que pudieran derivarse de las acciones emprendidas. Como aclaran el autor y la autora, si bien su posición personal coincide con las posiciones defendidas por Jo,

"Joe no es ningún demonio ni un monstruo desalmado. En realidad, es tan buena persona como Jo. Es razonable y (esperamos) comprensivo. Las observaciones que hace son  importantes. Demuestra que es posible oponerse a las llamadas para actuar por el clima de distintas formas y en distintas fases. Sus objeciones, por tanto, han de oírse y debatirse".

A lo largo de sus conversaciones, Jo y Joe discutirán sobre las evidencias que confirman el cambio climático, sus causas antropogénicas, sus posibles consecuencias; sobre los costes económicos de las medidas que habría que tomar; sobre las motivaciones éticas que habrían de sustentar nuestra preocupación por el cambio climático, si limitadas a nosotras y nosotros y a nuestra descendencia más directa, o si deberíamos incorporar en nuestros proyectos y cálculos a las futuras generaciones y a las personas que habitan en otras regiones del mundo (¿hasta dónde llega nuestra responsabilidad?); sobre las instituciones que podrían liderar el proceso de transición... Para mantener en todo momento el estilo dialógico, durante las conversaciones entre Jo y Joe se filtran abundantes datos, pero no se incluyen referencias a fuentes ni hay citaciones a pie de página. Pero en las páginas 305-339 encontramos numerosas fuentes y recursos que fundamentan o amplian la información utilizada por Jo en sus argumentaciones. Se convierte, así, en una referencia importante para cualquier persona o grupo interesada en el debate sobre la emergencia climática que afrontamos.

Su perspectiva filosófica es claramente habermasiana. Confian en la posibilidad de diseñar una comunidad ideal de diálogo fundada sobre la asunción de responsabilidades morales y procedimientos deliberativos transparentes y democráticos, de manera que los intereses contrapuestos al inicio de la conversación vayan depurándose en el transcurso de la misma, hasta permitir llegar a acuerdos:

"Cuando se tienen claramente en cuenta las responsabilidades morales, cuando se reconoce y evalúa la pertinencia para las vidas humanas de políticas alternativas y cuando se plentean y debaten los fundamentos éticos para apoyar o rechazar las propuestas, los participantes de la conversación superan las reivindicaciones de los intereses particulares en conflicto".
 
"La norma para resolver adecuadamente una cuestión ética es que la decisión sea acorde con lo que surgiría de un tipo determinado de conversación. Lo que está justificado desde el punto de vista ético es lo que se apoyaría en las deliberaciones entre un grupo plenamente representativo de personas, que cuente con la mejor información disponible y se hayan comprometido a hallar una solución con la que todas puedan vivir. [...] La forma obvia de convencer a las personas de que se les ha ofrecido un trato justo es dejar claro que dicho trato ha surgido de negociaciones en las que han estado bien representadas y en las que todas las partes han buscado un resultado aceptable".

Esta es, en mi opinión, la principal debilidad del libro: un déficit de análisis político en términos de intereses materiales en conflicto. Sólo en un momento del libro la autora y el autor apuntan la posibilidad de que una propuesta como la suya fracase en el caso de que "los poderosos se abran paso mediante el ejercicio de la fuerza bruta". Evidentemente, si estos intereses contrapuestos se sientan en una mesa con la actitud señalada (asunción de responsabilidades morales, toma en consideración de las consecuencias de nuestras preferencias sobre otras vidas, justificación ética de nuestras propuestas, disposición al acuerdo) las posibilidades de éxito son enormes. Pero el problema es cómo sentar a ciertos intereses a la mesa de diálogo.

En cualquier caso, se trata de un libro de gran interés, con abundante información, escrito de manera muy pedagógica, que debería ser leído y conversado en seminarios, movimientos sociales, cuadrillas, iglesias...