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domingo, 13 de septiembre de 2026

El retiro

Charlotte Wood
El retiro
Traducción de José Gabriel Rodríguez Pazos
Libros del Asteroide, 2026 

“Lo que no aguanto es toda esa palabrería del «me enamoré de Jesús» que estaba segura vendría a continuación, como de hecho vino. Es algo que me produce náuseas; no me cabe duda de que este tipo de vida debe de consistir en algo más serio. Algo austero, trascendental, poderoso. Una intensa atención, un pensamiento profundo. Una lucha para dominar… ¿qué? El ego. El yo. Odio. Orgullo. Pero no, en vez de eso, Sussy y Carmel, con una sonrisa bobalicona saltan con que están aquí porque me enamoré de Jesús y quiero vivir con él en el cielo. Como si estuvieran hablando del típico enamoramiento adolescente”.


En esta novela Charlotte Wood se adentra en la experiencia religiosa sin exigir que la fe sea la llave que permita acceder a ella. Su protagonista, una mujer de mediana edad cuyo nombre nunca conocemos, llega a una pequeña comunidad de monjas católicas situada en las áridas llanuras de Monaro, en Nueva Gales del Sur (Australia), sin vocación religiosa y declarándose incluso atea. Al principio parece buscar simplemente un lugar en el que detenerse, alejada de una vida que ha dejado de resultarle habitable: su matrimonio, su trabajo relacionado con la conservación medioambiental, sus compromisos, la sensación de impotencia ante un mundo que se deteriora. Pero regresa una vez, y otra, hasta que finalmente deja de regresar a su vida anterior y el convento se convierte en su hogar.

La autora consigue convertir esta situación, potencialmente propicia para toda clase de sentimentalismos espirituales, en una reflexión sobre la espiritualidad absolutamente alejada de cualquier "espiriyoalismo". No encontramos revelaciones, experiencias extraordinarias, técnicas para encontrarse con una misma ni promesas de armonía interior; tampoco encontramos una naturaleza convertida en decorado terapéutico. Hay frío, cansancio, cocina, limpieza, huerto, horarios, animales muertos, pequeños enfados y personas con las que no siempre resulta fácil convivir. La espiritualidad aparece encarnada en prácticas extremadamente materiales: permanecer, atender, repetir, cuidar, cocinar, limpiar, enterrar, acompañar.

Charlotte Wood ha explicado que le interesaba la vida monástica como una existencia ordenada por el ritual y por una concepción del trabajo en la que las tareas más ordinarias pueden adquirir significado; también ha señalado su interés por la quietud y por una forma de retirada que nuestra cultura, obsesionada con la actividad, tiende a contemplar con sospecha. Esta es, a mi juicio, una de las preguntas más profundas de El retiro: ¿es posible que no hacer determinadas cosas sea también una forma de hacer el bien?

La protagonista procede de un mundo moral construido alrededor del compromiso y la acción, ha trabajado en la defensa del medio ambiente y conoce demasiado bien la magnitud de la catástrofe ecológica. Desde esa perspectiva, encerrarse en un convento puede parecer una deserción. Mientras el mundo arde, estas mujeres rezan, cantan, cultivan verduras y realizan las mismas tareas un día tras otro y la propia narradora se pregunta qué utilidad puede tener todo aquello. Pero poco a poco empieza a descubrir una ética diferente, mucho menos espectacular: allí, al menos, se intenta no hacer daño.

La intuición es desconcertante porque contradice buena parte de nuestra cultura política y moral, incluida la de quienes aspiramos a transformar el mundo. Estamos acostumbradas a identificar el bien con la intervención, el compromiso y la capacidad de producir efectos. La novela no niega esa responsabilidad -la figura de la hermana Jenny, asesinada después de haber salido del convento para trabajar con mujeres pobres en Tailandia, impide cualquier lectura complaciente del retiro-, pero introduce la duda de si nuestra voluntad de hacer el bien puede estar atravesada por la vanidad, la impaciencia, la necesidad de reconocimiento o la violencia. Frente a ella, la contención, la repetición y el cuidado de lo próximo pueden poseer una dignidad moral que nuestra obsesión por la eficacia nos impide reconocer.

Aquí aparece una de las tensiones más interesantes de la novela: adentro y afuera. Dentro del convento se intenta construir un pequeño espacio donde el daño sea mínimo mientras afuera continúan la injusticia, la violencia, el deterioro ecológico. Pero la frontera nunca permanece cerrada y el mundo entra continuamente en el convento. Lo hace literalmente mediante la plaga de ratones provocada por las alteraciones ambientales que asola a la zona; entra con los huesos de la hermana Jenny, asesinada muchos años antes; entra con Helen Parry, una célebre monja activista medioambiental que pertenece además al pasado de la protagonista. Las tres "visitaciones" que estructuran la novela impiden que el convento pueda convertirse en una burbuja de aislada inocencia.

Y esto hace especialmente interesante su aproximación a la vocación cristiana. Jenny salió al mundo y fue asesinada, las demás permanecieron: ¿quién escogió el camino correcto? La novela se niega a contestar, no contrapone una vida contemplativa egoísta a una vida activa moralmente superior, pero tampoco convierte el retiro en una sabiduría superior a la acción. Mantiene abierta la herida entre contemplación y compromiso, protección y exposición, silencio y palabra, retirada y presencia, acaso  porque la pregunta verdaderamente cristiana no sea cuál de esas opciones es pura, sino cómo vivir sabiendo que ninguna permite quedar completamente a salvo de la responsabilidad hacia las demás personas.

Por eso el convento es un hogar, pero la autora tiene el enorme acierto de no convertirlo en un hogar ideal. Las monjas no constituyen una comunidad de mujeres extraordinariamente sabias y bondadosas y entre ellas, como es lógico, hay manías, irritaciones, desacuerdos, debilidades, personalidades más o menos agradables. Pero precisamente por ello la comunidad resulta creíble. Charlotte Wood ha explicado que una de las cuestiones que atraviesan su obra es cómo convivimos decentemente con personas que no hemos elegido. Quizá esa sea una definición bastante buena de comunidad, no el lugar donde encontramos a "nuestra gente", sino aquel donde aprendemos a vivir con otras personas sin exigirles que sean las personas que nosotras habríamos escogido.

Esto permite comprender otra de las singularidades más hermosas de la novela: la protagonista puede habitar un espacio confesional sin apropiarse de su fe ni fingir poseerla. No necesita convertirse para pertenecer, continúa sin saber exactamente qué cree, si es que cree algo. La oración le resulta extraña, algunos lenguajes religiosos incluso la incomodan o irritan, pero aprende a respetar prácticas cuyo fundamento teológico no comprende porque descubre que contienen una determinada forma de estar en el mundo, una forma institucionalizada de vida, con reglas, tiempos, obligaciones, rituales y memoria. Puede no creer en aquello en lo que creen las monjas y, sin embargo, reconocer que ese mundo contiene recursos para vivir que ella necesita. Su relación con el convento no consiste tanto en compartir unas creencias como en aprender una forma de atención. No es casualidad que por las páginas de la novela asome en dos ocasiones Simone Weil.

Y quizá sea esa atención la que permite comprender el movimiento más profundo de la novela, y es que la protagonista parece retirarse de su vida, pero ocurre exactamente lo contrario: cuando se detiene, su vida entera vuelve a ella. La estructura fragmentaria del relato, construido mediante recuerdos que aparecen mientras cocina, limpia, pasea o realiza cualquier tarea cotidiana, reproduce ese movimiento. El convento no permite olvidar el pasado, crea las condiciones para que pueda reaparecer. Como ha explicado la propia autora, la quietud y la repetición pueden hacer que recuerdos, imágenes y sueños adquieran una intensidad que la actividad permanente mantiene normalmente a distancia. Al desaparecer buena parte del ruido del presente, la memoria empieza a hablar.

Regresan entonces su infancia, sus amistades, las decisiones que tomó, las personas a las que hizo daño y, sobre todo, sus padres y la relación con su madre. No estamos ante un ejercicio terapéutico de reconciliación con el pasado, algunas cosa. La narradora rescata su vida al recordarla, vuel a pensarla, modifica silenciosamente algunos juicios, reconoce crueldades propias y ajenas, comprende tardíamente ciertos gestos y aprende a mirar con mayor misericordia a personas que había conservado congeladas en una determinada imagen. Nada de lo sucedido deja de haber sucedido (la madre muerta no regresa, las decisiones equivocadas no pueden deshacerse, las personas heridas no dejan retrospectivamente de haber sufrido), y, sin embargo, algo cambia cuando todo ello puede volver a ser acogido en el presente.

Quizá por eso esta pueda ser leída como una novela sobre la salvación, aunque su protagonista no sepa si cree en Dios. Una salvación que adquiere un significado sorprendentemente material: recoger lo que parecía perdido, hacerse cargo de ello y concederle nuevamente un lugar. Los huesos de Jenny regresan al convento para ser enterrados, los ratones muertos deben ser recogidos y enterrados una y otra vez, los recuerdos regresan para encontrar también un lugar entre las cosas vivas. Todo aquello que vuelve reclama atención. De ahí que la retirada de la protagonista resulte paradójica. Parece abandonar el mundo, pero el mundo entero termina alcanzándola, parece abandonar su biografía, pero acaba recuperándola, arece entrar en un espacio religioso sin fe y termina habitándolo sin necesidad de resolver definitivamente la cuestión de Dios.

¿Pudiera ser que la vida y su densidad espiritual vayan de esto? Quizá una vida pueda empezar a salvarse no cuando conseguimos convertirla en otra distinta, sino cuando encontramos un lugar (físico, comunitario, simbólico) desde el que podemos regresar a ella, recoger incluso aquello que habíamos preferido abandonar y decir, finalmente: también esto forma parte de mi vida y puedo hacerle un sitio.

"He leído en algún sitio que los católicos creen que la desesperanza es el único pecado que no se puede perdonar. Me parece que tienen razón; es perversa, sangra y se extiende. Una vez se han perdido, no sé si la verdadera esperanza o la fe -¿son lo mismo?- pueden volver".

lunes, 31 de agosto de 2026

Un hermoso día

Mollie Panter-Downes
Un hermoso día
Traducción de Itziar Hernández Rodilla
Gatopardo ediciones, 2026

"Ojalá, pensó Laura, estuviese aquí Stephen, contemplando la vista a mi lado. Si estuviese con ella le diría... ¿Qué le diría? No lo sabía, pero había algo que decir, algo que tenía a menudo en la punta de la lengua, pero que la  eludía en los apresurados momentos del desayuno, por las noches cuando él estaba cansado y ella también. Pero si estuviese allí junto a ella, tendido en la hierba contemplando Inglaterra, se le ocurriría.. Se sentó entrelazando las manos alrededor de las rodillas, su arañada y enrojecida mano izquierda por encima, con la delgada alianza de oro de aspecto brillante y sorprendido. Por allí estaba el mar, una raya neblinosa claramente perfilada por una ancha cinta satinada de luz blanca. El frío mar inglés, lo siguió en su imaginación, hoy todo azul por una vez, acariciando despacio la costa, sorbiendo los bloques de hormigón que habían estado jugando a Canuto con el invasor, dibujando una arruga de seda sobre las lenguas de arena en las que niños de piececitos rosados corrían blandiendo estrellas por un áspero brazo rosa, bañando de un índigo y un violeta más profundo, más meridional, las negras rocas de St. Pol, luego remontando los melancólicos estuarios rondados por gaviotas y las ruinas del castillo sobre el punto gris, alrededor de las islas solitarias y más lejanas con nombres como de poesía silvestre, subiendo en suaves olitas sobre guijarros por encima de los que las casas de estilo regencia necesitadas de pintura volvían sus peladas fachadas hacia la gran masa de tierra de Europa, suspirando contra los acantilados de creta y, por fin, ciñendo la cintura verde de la isla con ese nudo de satinada cinta ancha. Había una virtud llena de misterio en la visión de aquella raya neblinosa".


Publicada en 1947 y ambientada en un único día del verano de 1946, esta novela acompaña a Laura Marshall en sus quehaceres cotidianos en Wealding, un pueblo de la campiña inglesa. La guerra ha terminado, su marido Stephen ha regresado y la familia vuelve a estar reunida con su hija Victoria, por lo que en apariencia, bastaría con retomar la vida interrumpida años atrás. Pero eso es precisamente lo que ya no resulta posible. La casa familiar expresa mejor que cualquier acontecimiento dramático esa transformación: es demasiado grande, requiere cuidados constantes y ya no cuenta con el ejército casi invisible de mujeres que antes garantizaba su funcionamiento. El servicio doméstico ha desaparecido en buena medida porque quienes lo realizaban, sobre todo las mujeres, han descubierto durante la guerra otras posibilidades de vida. Es por eso que la casa se deteriora, el jardín se desborda y Laura se agota intentando mantener una forma de existencia cuya infraestructura social ha desaparecido. Bajo esa superficie deliberadamente ordinaria discurre una transformación histórica mucho más profunda: la desaparición de una forma de vida inglesa que la guerra ha vuelto definitivamente insostenible.

Mollie Panter-Downes consigue narrar una transformación histórica a través de los detalles más pequeños: quién limpia, quién cocina, quién mantiene una casa, quién dispone de tiempo propio o quién puede negarse a servir a otras personas son cuestiones domésticas que revelan cambios profundos en las relaciones de clase y de género. La novela contempla con melancolía el mundo perdido de la clase media alta inglesa, pero no lo idealiza, dejando claro que su elegancia descansaba sobre una enorme cantidad de trabajo ajeno, generalmente femenino e invisible.

También el matrimonio de Laura y Stephen pertenece a ese mundo que ya no puede sencillamente reconstruirse. Él ha vuelto de la guerra, pero Laura tampoco es la misma mujer que despidió a su marido años atrás. Ha tenido que organizar sola su vida, tomar decisiones y adquirir una autonomía que modifica inevitablemente su relación. La novela refleja muy bien el hecho de que las guerras no terminan cuando cesan los combates sino que continúan en las personas que regresan y en quienes las esperaron, porque unas y otras han cambiado durante la separación. Quienes regresan no son exactamente quienes se marcharon y quienes esperaron tampoco permanecieron inmóviles. La paz exige algo más difícil que recuperar las antiguas costumbres, obliga a inventar una nueva convivencia entre personas transformadas por experiencias diferentes.

Sin embargo, Un hermoso día no es una novela triste o, al menos, no es solamente una historia triste. Laura, la protagonista, posee una extraordinaria capacidad para experimentar la belleza del mundo: el campo, la luz, los caminos, los animales, un paisaje contemplado desde una colina. Junto a la casa, cargada con el peso del pasado y de las obligaciones, la naturaleza le ofrece una experiencia momentánea de libertad. Hay algo profundamente reconciliador en esa capacidad para descubrir que la pérdida de un mundo puede contener también la posibilidad de otro. Por eso me parece tan adecuado el título. Es, simplemente, un buen día, un día hermoso, uno cualquiera, en el que no ocurre nada excepcional, y en esa normalidad Mollie Panter-Downes consigue mostrar el alcance personal de una transformación histórica. La vida continúa, y continuar significa no volver atrás.

Esa es, para mí, la delicada sabiduría de esta novela: algunas rupturas históricas y personales (las que son de verdad significativas, no toda esa lista de acontecimientos "históricos", desde un eclipse de sol hasta un mundial de fútbol, con la que nos despistan a diario) hacen imposible regresar al lugar del que partimos. Podemos empeñarnos en reconstruir la vieja casa, ordenar nuevamente el jardín y recuperar las antiguas costumbres, pero algo ha desaparecido definitivamente. Entonces queda otra posibilidad, la de aceptar la pérdida y aprender a vivir de otra manera. Esta novela habla de ese instante preciso en el que la nostalgia empieza, muy lentamente, a convertirse en futuro.

martes, 25 de agosto de 2026

Malentendido en Moscú

Simone de Beauvoir
Malentendido en Moscú
Traducción de Joachim De Nys
Navona, 2020

"Alzó la vista del libro. ¡Qué aburrimiento, todas esas cantilenas sobre la no-comunicación! Si uno se empeña en comunicar, lo consigue mal que bien. No con todo el mundo, de acuerdo, pero con dos o tres personas. Sentado en el asiento de al lado, André leía un ejemplar de la Série Noire. Ella le ocultaba algunos estados de ánimo, pesares o desvelos sin importancia; sin duda, él también debía de tener sus pequeños secretos, pero a grandes rasgos no ignoraban nada el uno del otro. Echó un vistazo a través de la ventanilla: hasta donde alcanzaba la vista, bosques sombríos y praderas claras. ¿Cuántas veces habían surcado el espacio juntos, en tren, en avión, sentados el uno al lado del otro, con un libro en la mano? Todavía se deslizarían a menudo el uno al lado del otro, en silencio sobre el mar, la tierra y el aire. Ese instante tenía la dulzura de un recuerdo y la alegría de una promesa. ¿Tenían treinta años o sesenta? El pelo de André había encanecido temprano: antaño aquello parecía una coquetería, esa nieve que realzaba el frescor mate de su tez. Seguía siendo una coquetería. La piel se había endurecido y se había agrietado -cuero avejentado-, pero la sonrisa de la boca y de los ojos había conservado su resplandor. Pese a los desmentidos del álbum de fotografías, su joven imagen se amoldaba a su rostro actual: Nicole no le conocía edad. Sin duda porque él parecía ignorar que tenía una. Él, a quien antaño tanto le gustaba correr, nadar, trepar y mirarse en los espejos, llevaba sus sesenta y cuatro años con despreocupación. Una larga vida con risas, lágrimas, cóleras, abrazos, confesiones, silencios, arrebatos, y a veces parece que el tiempo no haya pasado. El porvenir se extiende aún, hasta el infinito".


Relato breve en el que Simone de Beauvoir convierte un viaje a la Unión Soviética en una reflexión sobre el envejecimiento, el desgaste del amor y la dificultad creciente de comprender a la persona con quien se ha compartido una vida.

Nicole y André, una pareja francesa de intelectuales ya entrada en la sesentena, viajan a Moscú para visitar a Masha, la hija de él. Ambos conservan sus convicciones políticas, su curiosidad y el deseo de seguir participando en el mundo, pero empiezan a experimentar de manera distinta el paso del tiempo. El viaje hace aflorar pequeñas decepciones, silencios, susceptibilidades y malentendidos que revelan una distancia inesperada entre quienes creían conocerse perfectamente. No ocurre nada verdaderamente dramático y, sin embargo, todo parece estar en juego.

Simone de Beauvoir observa con enorme precisión ese momento en que envejecer deja de ser algo que les sucede a otras personas y empieza a modificar la relación con el propio cuerpo, con el deseo, con el futuro y con quienes se ama. Nicole siente con especial intensidad la pérdida de posibilidades y el temor a dejar de ser mirada; André experimenta de otra manera la continuidad entre quien fue y quien todavía cree ser. La desigual vivencia del envejecimiento introduce entre ambos una soledad que el amor no consigue eliminar por completo.

Es difícil no advertir cierto aire de familia entre Nicole y André y la propia Simone de Beauvoir y Sartre. No se trata de leer el relato como una transposición autobiográfica ni de identificar mecánicamente a sus personajes con quienes los inspiran, pero las semejanzas son demasiado significativas para ignorarlas: una pareja de intelectuales franceses de izquierdas, unida por una larga historia compartida, comprometida con su tiempo y vinculada afectiva y políticamente a la Unión Soviética, que comienza a enfrentarse a la vejez y a revisar las certezas sobre las que había construido su vida. Esa proximidad biográfica dota al relato de una particular intimidad: al explorar los temores de Nicole y André, la autora parece ensayar también una reflexión sobre su propia generación, sobre Sartre y sobre sí misma ante el paso del tiempo.

Por eso, también está presente la política. La mirada sobre la Unión Soviética está atravesada por la tensión entre fidelidad y desencanto: cómo mantener unos ideales cuando la realidad histórica que pretendía encarnarlos se muestra decepcionante. De este modo, el malentendido del título funciona en varios planos: entre Nicole y André, entre generaciones, entre el pasado y el presente, y también entre las esperanzas políticas y aquello en lo que finalmente se convierten.

El resultado es un relato melancólico, lúcido y sorprendentemente delicado sobre la fragilidad de los vínculos, pero también sobre su capacidad para sobrevivir a aquello que no terminamos de entender de la otra persona.

jueves, 20 de agosto de 2026

A la sombra del hombre

Jane Goodall
A la sombra del hombre
Traducción de Carmen Criado
Alianza Editorial, 2023

"Sin duda el hombre eclipsa al chimpancé. Y, sin embargo, éste es una criatura de inmensa importancia para la comprensión del ser humano. De la misma forma que nuestra sombra se proyecta sobre el chimpancé, la de este se proyecta sobre los demás animales. Es capaz de resolver problemas muy complejos, puede usar y construir herramientas con fines muy diferentes, su estructura social y sus métodos de comunicación son refinados, e incluso muestra los rudimentos de una conciencia del yo. ¿Quién puede saber qué será el chimpancé dentro de cuarenta millones de años? Debería ser una preocupación para todos nosotros permitir que continúe viviendo y darle al menos la oportunidad de evolucionar".


Publicado por Jane Goodall en 1971, este libro, además de contar una historia fascinante, ha modificado nuestra manera de pensar el lugar que ocupamos los seres humanos en el mundo vivo. Es el relato de los primeros años de investigación de Jane Goodall con los chimpancés de Gombe, en Tanzania, pero es también una reflexión sobre qué significa observar a otros seres vivos y qué ocurre cuando esa observación empieza a desdibujar las fronteras que habíamos trazado entre "ellos" y "nosotros". Fue el primer libro de la investigadora sobre sus investigaciones en Gombe y combina memoria personal, relato de aventuras y divulgación científica.


Jane Goodall llegó a Gombe en 1960, con apenas veintiséis años y sin la formación académica que cabía esperar de quien iba a protagonizar una revolución en la primatología. Pero su mentor, Louis Leakey, había visto una ventaja en esa falta de formación convencional: buscaba una persona capaz de observar sin que las teorías dominantes determinaran de antemano aquello que podía encontrar. Los comienzos fueron frustrantes: los chimpancés huían de ella y durante semanas apenas pudo observarlos a distancia. Hasta que un macho adulto, al que llamó David Greybeard (David Barbagris), comenzó a tolerar su presencia:

"Me pareció increíble cuando, cerca de las diez de la mañana, David Greybeard pasó tranquilamente por delante de mi tienda y trepó a la palmera. Me asomé y pude escuchar sus gruñidos de placer al extraer el primer fruto, de color rojo, de su dura envoltura. Una hora después bajó del árbol, se detuvo para mirar, deliberadamente, al interior de la tienda y desapareció. Después de aquellos primeros meses de desesperación en que los chimpancés huían al verme a quinientos metros de distancia, me encontraba ahora frente a uno que parecía sentirse en nuestro campamento como en su propia casa".

Gracias a esto pudo acercarse progresivamente al grupo y contemplar algo que alteraría profundamente la comprensión científica de nuestra especie: chimpancés utilizando tallos para extraer termitas y modificándolos, quitándoles las hojas, para convertirlos en instrumentos más eficaces. La fabricación de herramientas dejaba así de ser una capacidad exclusivamente humana.

Seguramente lo más revolucionario de la investigación de Jane Goodall no sea ningún descubrimiento aislado, sino la manera de mirar que convierte en método. Frente a una ciencia que tendía a numerar a los animales para evitar cualquier tentación de antropomorfismo, ella les puso nombres: David Greybeard, Goliath, Mike, Flo, Fifi, Flint… Y los nombres importan porque expresan una convicción fundamental: no estaba observando ejemplares intercambiables de una especie, sino individuos con personalidades, historias y relaciones diferentes. La literatura científica de la época recibió con recelo esta práctica, precisamente porque parecía introducir una proximidad emocional incompatible con la objetividad científica. Jane Goodall no llegó a Gombe con un gran aparato experimental destinado a confirmar una hipótesis previamente formulada. Su conocimiento nace de una relación prolongada con un lugar y con los seres que lo habitan: camina, espera, mira, toma notas, vuelve a mirar. Una práctica científica basada en la paciencia y en la disponibilidad ante lo inesperado. Observar bien significa aceptar que la realidad pueda desmentir nuestras categorías.

Leído hoy, sorprende hasta qué punto aquella supuesta debilidad metodológica constituye una de las mayores fortalezas del libro. Jane Goodall observa durante mucho tiempo, compara comportamientos y reconstruye biografías. Descubre así que hay chimpancés audaces y tímidos, dominantes y subordinados, pacientes e irritables; madres extraordinariamente cuidadosas y otras mucho menos atentas; individuos capaces de establecer vínculos intensos y duraderos. Especialmente hermosas son las páginas dedicadas a Flo y su descendencia, que nos permiten seguir cómo las formas de cuidado materno influyen en el desarrollo posterior de las crías. La autora muestra también hasta qué punto la pérdida de la madre puede provocar alteraciones emocionales y físicas devastadoras.


Los chimpancés fabrican y utilizan herramientas, cazan, cooperan, compiten por la posición social, establecen alianzas, cuidan, juegan, abrazan, besan y consuelan. Buena parte de su comunicación gestual presenta sorprendentes semejanzas con la humana, semejanzas que Jane Goodall relaciona con nuestra ascendencia evolutiva común. Cada uno de estos comportamientos erosiona un poco más la frontera nítida con la que tradicionalmente hemos querido separar a la humanidad del resto de los animales.


Todo ello sin idealizar a los chimpancés. La cercanía evolutiva no significa inocencia natural y Jane Goodall documenta la rivalidad, la dominación, la agresión, la caza y la violencia, junto al afecto, el juego, la cooperación o el cuidado. Lo que descubrimos en Gombe es que muchas de las capacidades que solemos considerar específicamente humanas tienen raíces evolutivas mucho más antiguas. Los chimpancés no son seres humanos incompletos, sino otra especie cuya proximidad nos obliga a reconsiderar qué tenemos realmente de excepcional.

Más de medio siglo después de su publicación, algunas de sus conclusiones han sido ampliadas, matizadas o corregidas por décadas de investigación primatológica, pero el gesto intelectual y moral que contiene el libro permanece intacto: mirar a otros animales sin reducirlos de antemano a aquello que creemos saber sobre ellos. Después de leerlo resulta más difícil pensar que somos el centro de la vida y un poco más fácil reconocernos como una rama, extraordinaria sin duda, pero una rama al fin y al cabo, de una historia evolutiva mucho más antigua que nosotras y nosotros.

martes, 18 de agosto de 2026

Reserva de musgo

Robin Wall Kimmerer
Reserva de musgo: Una historia natural y cultural de los musgos
Traducción de David Muñoz Mateos
Capitán Swing, 2023

"Estos patrones de la reciprocidad, la labor con la que el musgo teje una comunidad forestal, nos permiten entrever nuevas posibilidades. Los musgos no toman más de lo que necesitan y dan en abundancia. Su presencia permite la vida de ríos y nubes, árboles, pájaros, algas y salamandras. La nuestra, en cambio, los pone en peligro.. Los sistemas diseñados por el hombre, que toman sin dar a cambio, no se parecen en nada a esta creación constante, a esta forma de generar salud para los ecosistemas. Los claros talados pueden satisfacer los deseos a corto plazo de una única especie, pero sacrifican las necesidades igualmente legítimas de musgos y mérgulos, de salmones y píceas. Me aferro a la idea de que, pronto, alguien encontrará valor en la autocontención, la humildad para vivir como los musgos. Ese día, cuando nos levantemos para dar gracias al bosque, tal vez oigamos un eco, una voz que nos contesta. La del bosque, que da las gracias a la gente".


Hay libros que nos descubren cosas que ignorábamos y otros que nos enseñan a prestar atención a aquello que siempre había estado delante de nuestros ojos sin que fuéramos capaces de verlo. En sus libros Robin Wall Kimmerer es plenamente capaz de hacer ambas cosas. Reserva de musgo no es un tratado científico ni una guía para identificar musgos, sino una sucesión de ensayos entrelazados en los que la botánica, la experiencia autobiográfica, la reflexión ecológica y el conocimiento indígena se van encontrando hasta configurar una determinada manera de estar en el mundo.

El punto de partida resulta aparentemente modesto: los musgos. Esos organismos diminutos que cubren piedras, troncos y suelos, presentes casi por todas partes y, sin embargo, habitualmente ignorados. La autora, botánica especializada en briófitas, nos obliga a detenernos ante ellos y, sobre todo, a cambiar de escala: para conocer el musgo hay que aproximarse, agacharse, mirar despacio, hay que abandonar esa posición erguida desde la que contemplamos el paisaje como si estuviera dispuesto ante nuestra mirada y acercar los ojos a una forma de vida cuyo mundo se desarrolla apenas a unos centímetros del suelo.

Este gesto físico acaba convirtiéndose en una hermosa metáfora epistemológica y moral. Para comprender el mundo no siempre necesitamos ampliar nuestra perspectiva; a veces necesitamos exactamente lo contrario: reducir la escala, acercarnos, demorarnos en aquello que parece insignificante. Los musgos viven en los límites de nuestra percepción ordinaria y precisamente por eso pueden enseñarnos mucho acerca de nuestra manera de mirar. 

No estamos ante una fábula o un relato que convierte a los musgos en simples pretextos para ofrecer pequeñas enseñanzas morales. Robin Wall Kimmerer se toma  muy en serio su condición de científica para explicar cómo los musgos almacenan agua, cómo se reproducen, cómo colonizan determinados espacios, cómo compiten y cooperan, cómo participan en los procesos de sucesión ecológica y cómo establecen relaciones con árboles, insectos, aves y muchos otros seres vivos. Quienes leemos el libro acabamos descubriendo que aquello que parecía una sencilla alfombra verde constituye en realidad un universo extraordinariamente complejo.

Pero la autora nunca acepta que la descripción científica agote el significado de lo observado. Como científica formada en la tradición académica occidental y como integrante de la Citizen Potawatomi Nation, se mueve entre distintas formas de conocimiento sin que una anule a la otra. Los musgos pueden ser simultáneamente objetos de investigación científica y seres con los que establecemos relaciones. Podemos preguntarnos cómo funcionan, pero también qué podemos aprender de ellos. La precisión científica y el asombro no son incompatibles, sino que se enriquecen mutuamente:

"Erizados, achicharrándose en el roble bajo el sol del verano, ¿cuál es el arte de la espera que practican los musgos? Se retraen sobre sí mismos, rizándose, como inmersos en un sueño despierto. Sospecho que, si sueñan, lo hacen con la lluvia".

De ahí que una de las ideas esenciales que construyen el libro sea la crítica de una relación exclusivamente instrumental con la naturaleza. Frente a una cultura acostumbrada a preguntarse para qué sirven las cosas, Robin Wall Kimmerer propone aprender a preguntarnos qué relaciones mantenemos con ellas. De este modo el bosque deja de ser una suma de recursos y aparece como una comunidad de seres interdependientes. El musgo retiene humedad, ofrece refugio, prepara el terreno para otras especies y participa en redes ecológicas cuya complejidad desborda cualquier consideración exclusivamente utilitaria. Nada vive en soledad:

"Cuando los musgos cubren el tronco de los árboles, estos continúan empapados mucho tiempo después de que la lluvia haya cesado, liberando gradualmente el agua que cayó una semana atrás. Si un haz de luz atraviesa el dosel y alumbra un cojín de musgo, puede verse el ascenso del vapor. Las nubes dan las gracias a los musgos".

Esta atención a la interdependencia conduce a otra cuestión central: la reciprocidad. No basta con reconocer todo lo que recibimos del mundo natural, además es necesario preguntarnos qué devolvemos a cambio. Como en sus otros libros, Robin Wall Kimmerer cuestiona la figura moderna de la humanidad como propietaria de la naturaleza. El problema ecológico no procede únicamente de que extraigamos demasiados recursos, sino de haber convertido nuestra relación con los demás seres vivos en una relación fundamentalmente unilateral. Recibimos continuamente -alimentos, agua, materiales, belleza, protección- y hemos llegado a considerar que todo ello nos pertenece por derecho. Los musgos representan lo contrario. Su existencia se caracteriza por la modestia, la adaptación, la paciencia y una extraordinaria capacidad para habitar los límites. No necesitan dominar el espacio para prosperar. Aprovechan pequeñas cantidades de agua, ocupan grietas y superficies aparentemente inhóspitas y crean condiciones que permiten vivir a otros organismos. En una cultura obsesionada con crecer, acumular y competir, resulta difícil no percibir en ellos una silenciosa impugnación de nuestra idea de éxito.

Reserva de musgo es mucho más que un hermoso y sorprendente libro sobre briófitas. Es una reflexión sobre la atención, la humildad y nuestra pertenencia a una comunidad de vida que desborda ampliamente lo humano. Frente a una civilización que identifica el progreso con la aceleración, la expansión y el dominio, Robin Wall Kimmerer nos invita a agacharnos, reducir la velocidad, observar con atención y, desde esa posición humilde, descubrir un mundo inesperadamente inmenso. Los musgos terminan enseñándonos que vivir bien no consiste en ocupar cada vez más espacio, sino en aprender a habitarlo de otra manera: recibiendo sin apropiarnos, dependiendo sin avergonzarnos de nuestra dependencia y dejando, a nuestro paso, condiciones que hagan posible la vida de todos los demás seres.

lunes, 17 de agosto de 2026

Felicity

Mary Oliver
Felicity
Traducción de Nieves García Prados
Valparaíso, 2016

EL REGALO

Estate, mi alma, tranquila y firme.
La tierra y el cielo todavía observan
aunque el tiempo se escurra del reloj
y tu paso, que era seguro y rápido,
se haya convertido en lento.

Así que, sé lenta si tienes que serlo, pero deja
que el corazón interprete su verdad.
Ama todavía como una vez amaste, profundamente
y sin paciencia. Deja que Dios y el mundo
sepan que estás agradecida.
Ese es el regalo que te han dado.


Si Devociones era una antología concebida por la propia Mary Oliver como una suerte de legado poético, Felicity puede leerse como su libro más íntimo y luminoso. Es un poemario atravesado por el amor, pero no por el amor idealizado o sentimental, sino por esa experiencia que, cuando ha alcanzado la madurez, transforma la mirada sobre el mundo. En ese sentido, ambos libros dialogan estrechamente: en Devociones encontramos el recorrido completo de una poeta que hizo de la atención a la naturaleza una forma de espiritualidad; en Felicity esa misma atención permanece, pero ahora gravita alrededor de la presencia de la persona amada.

El libro nace de una circunstancia biográfica muy concreta. Mary Oliver había compartido más de cuarenta años de vida con la fotógrafa Molly Malone Cook. Tras la muerte de esta en 2005, Oliver escribió algunos de sus poemas más conmovedores sobre el duelo, como "Deberíamos estar bien preparados" (Whe should be well prepared)

La manera en que los chorlitos gritan adiós.
La manera en que el zorro muerto sigue mirando hacia abajo en la colina con un ojo abierto.
La manera en que caen las hojas, y luego la larga espera.
La manera en que alguien dice: no nos veremos más.
La manera en que el moho mancha el pastel.
La manera en que la acidez se apodera de la crema.
la manera en que corre el agua del río para no volcer.
La manera en que los días se van para no volver.
La manera en que alguien regresa, mas solo en un sueño.

Felicity, publicado diez años después, no es ya el libro de la pérdida, sino el de la gratitud. No intenta reconstruir el dolor, sino celebrar el milagro de haber amado. De ahí que el título resulte tan preciso: "felicity" no significa únicamente felicidad, sino también dicha, plenitud, una forma de alegría serena que parece reconciliar al ser humano con la existencia. Hay algo profundamente liberador en la manera en que Mary Oliver concibe ese amor. No es posesión, dependencia ni fusión; tampoco responde a los modelos convencionales de la poesía amorosa. Se parece más a una ampliación de la capacidad de asombro. Amar significa aprender a mirar mejor, descubrir una intensidad nueva en las cosas ordinarias, comprender que la belleza del mundo aumenta cuando puede ser compartida. En este sentido, el amor y la contemplación forman parte de una misma experiencia espiritual.

Mary Oliver decidió incluir en Devociones once de los treinta y ocho poemas que componen el poemario Felicity, entre ellos uno de los más hermosos de todos los escritos por la autora, el titulado "El mundo en el que vivo" (The world I live in)

Me he negado a vivir
encerrada en la casa ordenada de
      las razones y evidencias.
El mundo en el que vivo y en el que creo
es más amplio que eso. Y, de todos modos,
      ¿qué tiene de malo el quizás?

No creerías lo que he visto
una o dos veces. Voy a 
      decirte algo:
sólo si hay ángeles en tu cabeza podrás
      algún día, posiblemente, ver alguno.

Creo que, por encima de todo, Felicity es una luminosa reflexión sobre la gratitud. Mary Oliver escribe desde la conciencia de la finitud, sabiendo que toda dicha es frágil y que precisamente esa fragilidad la hace preciosa. La muerte no desaparece del horizonte; al contrario, está siempre presente como aquello que otorga intensidad a la vida. Pero el tono no es elegíaco y predomina una aceptación serena, casi agradecida, que recuerda la mejor tradición contemplativa. Sirvan como ejemplo estas dos maravillas, "Rosas" (Roses) y "Una voz desde no sé dónde" (A voice from I don't know where):

ROSAS

Todo el mundo se hace de vez en cuando
esas preguntas para las que no existe
respuesta: el origen del mundo, la existencia de Dios,
qué sucede cuando se baja el telón
y nada lo detiene, ya no habrá besos,
ni Súper Bowl, ni visitas al centro comercial.

"Rosas salvajes", les dije una mañana.
"¿Tenéis las respuestas? Y si las tenéis,
¿me las daríais?"

Las rosas sonrieron dulcemente. "Perdónanos",
respondieron. "Pero como puedes ver,
justamente ahora estamos totalmente
      ocupadas siendo rosas".


UNA VOZ DESDE NO SÉ DÓNDE

Parece que amas este mundo.
      "Sí", dije, "Este precioso mundo".

¿Y no te importa la mente, que te mantiene
      ocupada todo el tiempo con sus oscuras
      y brillantes preguntas?
      "No, estoy bastante acostumbrada. Ocupada, ocupada
      todo el tiempo".

¿Y no te importa vivir con aquellas preguntas,
      me refiero a las difíciles, a las que nadie puede
      responder?
      "En realidad, son las más interesantes".

¿Y tienes alguna persona en tu vida cuya mano
      quieras apretar?
     "Sí, la tengo".

Seguramente entonces debes de ser muy feliz allí abajoy
      en tu corazón.
      "Sí", dije, "Lo soy".


Un libro pequeño en extensión, pero extraordinariamente coherente y depurado, donde cada poema parece escrito desde la convicción de que la felicidad no consiste en escapar de la vulnerabilidad, sino en haber encontrado, aunque solo sea durante un tiempo, a alguien con quien compartir el asombro de estar vivas.

Las almas feroces

Marie Vingtras
Las almas feroces
Traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego
Nórdica, 2026

"El informe completo de Sommers era escueto y carente de emoción. La causa de la muerte había sido un fuerte golpe en la base del cráneo, el cuerpo no presentaba ninguna herida, no había sufrido ningún abuso, seguía siendo virgen y el forense no había podido evitar añadir a mano «lo que resulta muy sorprendente en una joven estadounidense de su edad». Lo había muerto unas doce horas antes de que Donegan la encontrase y sólo habían aparecido en la orilla algunas huellas parciales, poco aprovechables por culpa del fango que en parte se había vuelto a formar encima, y otras huellas en el talud que subía hacia la carretera".


Después de Ventisca, Marie Vingtras vuelve a demostrar que el suspense puede ser mucho más que un mecanismo para atrapar a quien abre un libro. En esta novela parte de un crimen, pero muy pronto queda claro que el verdadero interés de la novela no reside tanto en descubrir al culpable como en explorar las relaciones, las emociones y las zonas de sombra que atraviesan a una comunidad aparentemente tranquila. La investigación policial actúa como hilo conductor, pero nunca monopoliza el relato. Cada nuevo avance en la búsqueda de la verdad sirve para iluminar aspectos distintos de los personajes, de sus vínculos y de sus contradicciones. El crimen funciona, en realidad, como un detonante que descompone la imagen de normalidad sobre la que descansaba toda una comunidad.

La autora reparte la narración entre varios personajes, cada uno de los cuales ofrece una mirada parcial sobre los hechos. Ninguna voz posee una perspectiva privilegiada y ninguna resulta completamente fiable. Todas recuerdan, interpretan o callan según sus propios intereses, sus miedos o sus limitaciones. De ese modo, nos obliga a recomponer la historia a partir de fragmentos, comprendiendo que la verdad nunca aparece de forma inmediata, sino que se construye lentamente a partir de perspectivas necesariamente incompletas. A medida que avanza la investigación, resulta evidente que cada personaje necesita dar sentido a lo ocurrido elaborando una explicación que, en buena medida, también justifica su propia posición en el mundo. La novela muestra así hasta qué punto la memoria, la percepción y el juicio moral están condicionados por la experiencia personal y por las relaciones de poder que atraviesan cualquier grupo humano. A lo largo de la lectura iremos, seguro, modificando nuestras hipótesis sobre quién es la persona que ha asesinado a Leo y sus motivaciones.

Marie Vingtras demuestra también una notable sensibilidad para describir la vida en una pequeña localidad donde la cercanía entre sus habitantes no siempre genera confianza. Al contrario, la convivencia prolongada alimenta prejuicios, rumores y certezas apresuradas. Todas creen conocer a las demás porque comparten los mismos espacios y las mismas rutinas, pero la muerte de la joven revela hasta qué punto esas seguridades descansaban sobre una profunda ignorancia mutua. La comunidad aparece  como un entramado de relaciones en el que conviven la solidaridad y el recelo, la intimidad y el aislamiento.

En comparación con Ventisca, donde el paisaje desempeñaba un papel protagonista, esta novela concentra su atención en la geografía interior de los personajes. El entorno sigue teniendo importancia, pero ya no es la naturaleza la que amenaza a los seres humanos, sino sus propias decisiones, sus deseos, sus frustraciones y su incapacidad para comunicarse. La violencia no aparece como una irrupción extraordinaria, sino como el desenlace posible de conflictos larvados que llevaban mucho tiempo incubándose.

La escritura de Marie Vingtras se caracteriza por una notable economía expresiva. Evita las largas explicaciones psicológicas y prefiere sugerir antes que explicar: un gesto, una conversación aparentemente intrascendente o un pequeño detalle bastan para modificar la percepción que podemos tener de un personaje. Esa contención dota al relato de una tensión constante, sostenida más por aquello que permanece implícito que por los giros espectaculares propios del género negro. Su interés no se limita a construir una intriga eficaz, sino que utiliza las herramientas del thriller para plantear preguntas más amplias sobre la culpa, la responsabilidad, la memoria y la dificultad de conocer realmente a quienes creemos tener más cerca. El resultado es una obra de lectura absorbente que, una vez resuelto el misterio, sigue invitando a pensar en la complejidad de las personas y en la inquietante facilidad con la que una comunidad puede ocultar aquello que no quiere ver. 

miércoles, 5 de agosto de 2026

Eterno anochecer

Forugh Farrojzad
Eterno anochecer. Poesía completa
Edición, traducción y notas de Nazanin Armanian
Gallo Nero, 2025 

"De la tierra de la luz, del amor, del dolor y la negrura,
una mujer partió de madrugada;
se arrastró, como un ave sin plumas que ha perdido el camino, 
y cargó con su hato repleto de fatigas y zozobra.

Ni una triste lágrima derramó nadie por su ausencia.
No comprendió su idioma nadie.
No supo per, la multitud indiferente,
que su canto era un himno a la nostalgia y la mugre".


Este libro, que reúne por primera vez en castellano toda la poesía de Forugh Farrojzad, nos permite recorrer la intensa evolución de una autora que revolucionó la literatura persa contemporánea y cuya escritura sigue resultando sorprendentemente moderna al atreverse a convertir su propia experiencia de mujer en el centro de una poesía radicalmente libre.

Como indica la traductora, Nazanin Armanian, resulta imposible separar su obra de su biografía. Nacida en Teherán en 1935, casada muy joven, divorciada poco después y privada de la custodia de su hijo, Forugh Farrojzad desafió todas las convenciones de una sociedad profundamente patriarcal y teocrática, y fue objeto de escándalo por escribir sobre el deseo femenino, el cuerpo, el amor, el fracaso matrimonial o la soledad sin ocultarse tras metáforas complacientes ni adoptar la voz que la tradición reservaba a las mujeres. Como escribe en "Rebeldía":

No trates de ponerme candados de silencio, 
que tengo que contar aún varias historias.
Quítame de los pies estos grilletes
que laceran mi carne lacerada.
[...]
Más tú, varón, ser engreído,
no condenes mis versos por infame.
Qué sabes tú de lo que se desborda
de mi pecho en esta jaula asfixiante.
[...]
Un libro, algo de paz, de intimidad, de poesía,
lo suficiente como para emborracharme
con el vino fugaz de la vida. ¿Por qué coy a lamentarme
por no tener acceso al paraíso prometido, si en mi corazón
albergo el paraíso de cada latir?
[...]
Renuncia al hadiz, varón,
que el desafío te embriague de placer.
Dios todopoderoso me perdona.
¿Quién sino él me dio a mí, su poeta,
este corazón tan loco?

Lo que atraviesa estos poemas es la búsqueda de una existencia auténtica, capaz de sostener la libertad incluso cuando esa libertad conduce a la intemperie. Su obra contiene una resonancia política inevitable al afirmar una concepción de la libertad incompatible con cualquier forma de dominación y reclamar para las mujeres el derecho a ser sujetos completos de experiencia, deseo, pensamiento y creación. Su escritura desafía el orden patriarcal precisamente porque rechaza reducir la vida femenina al sacrificio, al silencio o a la obediencia. 

En este sentido, hay un aspecto de su poesía que me conmueve especialmente. Cuesta no sentir una profunda tristeza al comprobar hasta qué punto una mujer de una vitalidad desbordante, de una inteligencia extraordinaria y de una libertad tan poco común quedó atravesada por el sufrimiento amoroso. Sus poemas muestran una personalidad que se niega a aceptar las convenciones de su tiempo y que aspira a vivir el amor como un encuentro entre iguales. Sin embargo, una y otra vez aparece la experiencia de la ausencia, de la incomprensión, de la dependencia afectiva o del abandono. Así lo expresa en "Echada al olvido"

No sé en qué habré fallado
para que haya desecho de este modo
la madeja de amor que nos unía.

Si yo viví en su corazón,
¿por qué no vino a verme más, por qué?
Donde quiera que mire me lo encuentro
mirándome estos ojos que han llorado.
El mal de amores se hizo dueño,
resentido, anhelante,
de mi ánimo alegre.

Al leerla resulta inevitable preguntarse cuántas mujeres extraordinarias han tenido que medir su propia felicidad con hombres incapaces de reconocer plenamente su libertad o de sostener una relación verdaderamente igualitaria. La tristeza que dejan algunos de sus poemas no nace únicamente del desengaño amoroso, sino de la intuición de que una mujer tan excepcional se vio obligada a buscar, en un mundo profundamente patriarcal, una reciprocidad que ese mismo mundo hacía imposible.

Es verdad que Forugh Farrojzad no convierte esa vulnerabilidad en sumisión: ama intensamente, desea intensamente, sufre intensamente, pero jamás renuncia a su propia voz. Sus poemas no transmiten la imagen de una mujer derrotada por el amor, sino la de alguien que se resiste a aceptar un amor que exija disminuirse a sí misma para ser correspondida. Esto es algo que se percibe, creo, al tener la oportunidad de leer toda su obra, de ver la evolución de su escritura desde su primer libro, titulado Cautiva, publicado en 1955, hasta su quinto y último poemario, Tengamos fe en el principio de la estación fría, terminado poco antes de su trágica muerte y publicado de forma póstuma en 1974.

Los primeros libros presentan un tono confesional y romántico, dominado por la pasión amorosa, la culpa y el conflicto entre el deseo y las normas sociales, con poemas intensos, a veces vehementes, donde la afirmación del yo aparece ligada al sufrimiento de quien intenta abrirse paso en un mundo que la condena. Pero, libro tras libro, esa voz va desprendiéndose de cualquier sentimentalismo para adquirir una profundidad existencial extraordinaria. En Otro nacimiento y, sobre todo, en Tengamos fe en el principio de la estación fría, la experiencia personal se convierte en una interrogación sobre el tiempo, la muerte, la naturaleza, la memoria y el sentido mismo de vivir. De este último libro es el poema "La ventana":

Una ventana para ver,
una ventana para oír,
una ventana como el aro de un pozo.
Su fondo llega al corazón de la tierra
y se abre hacia lo inmenso de esa amorosa continuidad de color azul.
Una ventana que llenan las pequeñas manos solitarias
de la generosidad nocturna del aroma
de las magnánimas estrellas.
Y se puede ver dese allí
invitar al sol a la añoranza de los geranios.
Me basta una ventana.

La poeta escribe desde la herida, pero también desde una inagotable voluntad de seguir viviendo. En sus versos hay una confianza obstinada en la posibilidad del renacimiento, de encontrar una nueva forma de habitar el mundo incluso después del dolor. La naturaleza ocupa un lugar central en esta búsqueda: árboles, pájaros, jardines, estaciones, lluvia o viento aparecen constantemente en sus poemas, constituyendo un lenguaje con el que pensar la transformación, la fertilidad, el desgaste del tiempo y la esperanza. Frente a una cultura que pretende inmovilizar la vida bajo normas morales rígidas, la naturaleza representa el movimiento continuo, el cambio y la posibilidad de comenzar de nuevo. Incluso  el invierno, la estación fría, contiene la promesa de otra primavera.

La temprana muerte de la autora, en un accidente de automóvil cuando apenas contaba treinta y dos años, contribuyó a convertirla en una figura casi legendaria. Sin embargo, el verdadero motivo por el que continúa siendo una de las grandes voces de la literatura del siglo XX no reside en el mito biográfico, sino en la fuerza de una obra que ha sobrevivido a los cambios políticos, culturales y religiosos de Irán. Leída desde el presente, Eterno anochecer demuestra que la poesía puede convertirse en un espacio de resistencia frente a todo  los intentos de clausura de la vida. 

lunes, 3 de agosto de 2026

Nido

Roisín O'Donnell
Nido
Traducción de Maia Figueroa
Sajalín, 2026

"Ryan trae la corneja y la ata en el jardín de atrás. Le enseña fotos de su cuenta de Instagram en las que documenta el desarrollo de Chase a lo largo de los meses. Son fotos preciosas. Primeros planos de las alas. Por la manera en que habla, relajado y animado, es como si jamás hubiera pasado nada malo entre ellos".


Además de ser una extraordinaria novela sobre la violencia de género, esta es también una novela sobre las condiciones materiales de la libertad. La historia comienza cuando Ciara decide abandonar a su marido, un hombre que durante años ha ejercido sobre ella un control asfixiante, que parece haberla anulado como persona. Ryan no recurre a la agresión física, pero su presencia resulta permanentemente amenazadora, percibimos en todo momento que la violencia podría desencadenarse en cualquier instante, y esa posibilidad basta para mantener a Ciara en un estado de miedo continuo. El verdadero instrumento de dominación no son los golpes, sino el control psicológico: Ryan vigila el dinero, fiscaliza cada movimiento de su esposa, la aísla de sus amistades, cuestiona sistemáticamente sus decisiones y acaba haciéndola dudar de su propio criterio. Roisín O'Donnell describe con desnuda precisión esa violencia coercitiva que no deja huellas visibles, pero que va erosionando lentamente la identidad y la autonomía de quien la sufre. El resultado es una atmósfera de angustia insoportable: al leerla experimentamos la sensación de caminar constantemente sobre un terreno inestable, donde cualquier palabra o cualquier gesto pueden desencadenar una nueva humillación o una nueva amenaza.

Entre todos esos temores que atenazan a Ciara hay uno especialmente aterrador: la posibilidad de que Ryan haga daño a sus hijas y a su hijo. El miedo a la violencia vicaria se convierte así en uno de los instrumentos más poderosos de su dominio sobre Ciara. La amenaza ni siquiera necesita formularse de manera explícita, basta con que ella sepa que sus hijas e hijo son el lugar donde puede ser herida de la manera más devastadora. Esto permite comprender mejor algunas de las aparentes contradicciones de Ciara. Vista desde fuera, podría preguntarse por qué duda, por qué calcula cada movimiento, por qué no rompe definitivamente todos los vínculos con Ryan, pero la novela desmonta esa mirada simplificadora. Marcharse no significa dejar atrás el peligro. Al contrario, cuando existen hijas e hijos comunes, la separación puede incluso abrir nuevos espacios de incertidumbre: visitas, custodias, imagen pública, decisiones judiciales, encuentros inevitables y la posibilidad de que el agresor los utilice para mantener el control sobre quien ha decidido romper la relación. Hay algo especialmente logrado en la manera en que Roisín O'Donnell transmite este miedo: no necesita que Ryan ejerza efectivamente violencia física contra las criaturas para que la amenaza resulte insoportable; como ocurre con el resto de su comportamiento, lo decisivo es la posibilidad. Ciara tiene que vivir anticipando lo que Ryan podría hacer, interpretando sus palabras, midiendo sus reacciones y calculando continuamente los riesgos. El terror procede precisamente de esa incertidumbre. El control coercitivo acaba colonizando la totalidad de su futuro, al obligarla a vivir imaginando permanentemente el peor desenlace posible.

En este escenario, el verdadero conflicto no consiste en reunir el valor para marcharse, sino en descubrir hasta qué punto escapar de una relación de maltrato resulta extraordinariamente difícil cuando no existe un lugar al que poder ir: "Una cosa es irse y otra muy distinta es no volver". La crisis de la vivienda que atraviesa Irlanda deja así de ser un simple telón de fondo para convertirse en uno de los ejes fundamentales del relato, y el título de la novela resume perfectamente esa tensión. Un nido evoca protección, seguridad y cuidado, pero también puede convertirse en una prisión cuando deja de ser posible abandonarlo. La autora juega con esa ambivalencia desde las primeras páginas. El hogar, tradicionalmente asociado al refugio, aparece aquí como el espacio del miedo y de la dominación, por lo que la decisión de Ciara no consiste únicamente en abandonar una casa, consiste, sobre todo, en intentar construir por primera vez un hogar en el sentido pleno de la palabra.

Uno de los pasajes más reveladores de la novela llega justo cuando parece que la protagonista ha alcanzado por fin aquello que ha perseguido durante toda la novela: una vivienda propia. Hasta ese momento, el relato nos ha hecho sentir que de esa casa depende casi todo. Sin un domicilio estable resulta imposible ofrecer seguridad a los hijos, acceder a determinadas ayudas o afrontar con mayores garantías la disputa por la custodia. La vivienda aparece, con razón, como la condición material indispensable para comenzar una nueva vida. Pero aquí la autora introduce un giro tan inesperado como profundamente verdadero. Una vez instalada en su nueva casa, Ciara descubre que ha perdido algo esencial: en el hotel donde convivía con otras mujeres que atravesaban situaciones semejantes existía, pese a todas las limitaciones y precariedades, una forma de compañía, una profunda sororidad. Había otras miradas, otras voces, otras presencias, existía la posibilidad de pedir ayuda, de compartir el miedo, de saber que no estaba completamente sola. Ahora, en cambio, dispone por fin de una vivienda, pero se encuentra aislada. La autora resume esa paradoja con una frase estremecedora: "Entonces Ciara se da cuenta. Lejos de ser un lugar seguro, esa casa es una trampa mortal". La vivienda que debía representar la liberación se convierte en un espacio de absoluta vulnerabilidad: Ryan conoce dónde vive y nadie puede escuchar si llama a la puerta, nadie advertirá su presencia si irrumpe en el domicilio. El miedo cambia de escenario, pero no desaparece.

Este episodio introduce una reflexión de enorme calado sobre el propio significado del hogar. Tendemos a identificar la seguridad con la privacidad, como si bastara disponer de un espacio propio para sentirse protegida. Sin embargo, la novela muestra que, en determinadas circunstancias, el aislamiento puede convertirse en un factor de riesgo. Lo que antes protegía a Ciara no eran las paredes del hotel de acogida temporal, sino la presencia de otras mujeres, la posibilidad de una solidaridad cotidiana, la existencia de una comunidad, por precaria que fuera. La novela cuestiona así una concepción profundamente individualista de la seguridad: un hogar no es un espacio privado del que excluir a las demás personas, por el contrario necesita una red de relaciones que impida que quien lo habita quede completamente sola frente a la amenaza. La autonomía no consiste en no necesitar a nadie, sino en poder vivir sin miedo gracias, entre otras cosas, a la existencia de vínculos de apoyo mutuo. Por eso Nido termina siendo también una novela sobre la comunidad. La salida de la violencia exige recursos públicos, exige una vivienda, exige protección institucional, pero exige igualmente la existencia de otras personas. Nadie reconstruye su vida en soledad. 

La pregunta que subyace a toda la historia no es tanto por qué una mujer permanece junto a su agresor, sino adónde puede ir cuando decide abandonarlo. La escasez de vivienda asequible, las interminables listas de espera para acceder a un alojamiento, la precariedad económica y la insuficiencia de los recursos públicos aparecen como obstáculos tan reales como el propio maltratador. La violencia de género y la crisis de la vivienda dejan de ser problemas independientes para revelarse como dos dimensiones de una misma realidad. La novela recuerda que derechos como la libertad, la autonomía o la igualdad no pueden entenderse únicamente como principios jurídicos o aspiraciones morales, sino que necesitan apoyarse en condiciones materiales que los hagan efectivamente posibles. Una sociedad que no garantiza un acceso digno a la vivienda dificulta enormemente que muchas personas puedan ejercer otros derechos fundamentales. El hogar deja de ser un asunto privado para convertirse en una cuestión profundamente política.

Porque la libertad no consiste únicamente en abrir una puerta y marcharse. También requiere encontrar otra puerta que pueda cerrarse con la tranquilidad de saber que, al otro lado, comienza verdaderamente un hogar. Y, desde aquí, poder volar.

sábado, 18 de julio de 2026

Transitzio garaiko helduentzako komikigileak / Historietistas del cómic de adultos durante la Transición

Otro regalo del personal de la Biblioteca central de la EHU en el campus de Leioa. Como siempre, discreto pero enormemente atractivo, en contenido y en presentación. En esta ocasión se trata de un recorrido por la obra de las mujeres historietistas que publicaron sus obras en cómics para personas adultas durante la Transición, con especial atención a cuatro de ellas: Marika Vila, Nuria Pompeia, Mariel Soria y Montse Clavé. 
Merece la pena hacer una visita.