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lunes, 3 de agosto de 2026

Nido

Roisín O'Donnell
Nido
Traducción de Maia Figueroa
Sajalín, 2026

"Ryan trae la corneja y la ata en el jardín de atrás. Le enseña fotos de su cuenta de Instagram en las que documenta el desarrollo de Chase a lo largo de los meses. Son fotos preciosas. Primeros planos de las alas. Por la manera en que habla, relajado y animado, es como si jamás hubiera pasado nada malo entre ellos".


Además de ser una extraordinaria novela sobre la violencia de género, esta es también una novela sobre las condiciones materiales de la libertad. La historia comienza cuando Ciara decide abandonar a su marido, un hombre que durante años ha ejercido sobre ella un control asfixiante, que parece haberla anulado como persona. Ryan no recurre a la agresión física, pero su presencia resulta permanentemente amenazadora, percibimos en todo momento que la violencia podría desencadenarse en cualquier instante, y esa posibilidad basta para mantener a Ciara en un estado de miedo continuo. El verdadero instrumento de dominación no son los golpes, sino el control psicológico: Ryan vigila el dinero, fiscaliza cada movimiento de su esposa, la aísla de sus amistades, cuestiona sistemáticamente sus decisiones y acaba haciéndola dudar de su propio criterio. Roisín O'Donnell describe con desnuda precisión esa violencia coercitiva que no deja huellas visibles, pero que va erosionando lentamente la identidad y la autonomía de quien la sufre. El resultado es una atmósfera de angustia insoportable: al leerla experimentamos la sensación de caminar constantemente sobre un terreno inestable, donde cualquier palabra o cualquier gesto pueden desencadenar una nueva humillación o una nueva amenaza.

Entre todos esos temores que atenazan a Ciara hay uno especialmente aterrador: la posibilidad de que Ryan haga daño a sus hijas y a su hijo. El miedo a la violencia vicaria se convierte así en uno de los instrumentos más poderosos de su dominio sobre Ciara. La amenaza ni siquiera necesita formularse de manera explícita, basta con que ella sepa que sus hijas e hijo son el lugar donde puede ser herida de la manera más devastadora. Esto permite comprender mejor algunas de las aparentes contradicciones de Ciara. Vista desde fuera, podría preguntarse por qué duda, por qué calcula cada movimiento, por qué no rompe definitivamente todos los vínculos con Ryan, pero la novela desmonta esa mirada simplificadora. Marcharse no significa dejar atrás el peligro. Al contrario, cuando existen hijas e hijos comunes, la separación puede incluso abrir nuevos espacios de incertidumbre: visitas, custodias, imagen pública, decisiones judiciales, encuentros inevitables y la posibilidad de que el agresor los utilice para mantener el control sobre quien ha decidido romper la relación. Hay algo especialmente logrado en la manera en que Roisín O'Donnell transmite este miedo: no necesita que Ryan ejerza efectivamente violencia física contra las criaturas para que la amenaza resulte insoportable; como ocurre con el resto de su comportamiento, lo decisivo es la posibilidad. Ciara tiene que vivir anticipando lo que Ryan podría hacer, interpretando sus palabras, midiendo sus reacciones y calculando continuamente los riesgos. El terror procede precisamente de esa incertidumbre. El control coercitivo acaba colonizando la totalidad de su futuro, al obligarla a vivir imaginando permanentemente el peor desenlace posible.

En este escenario, el verdadero conflicto no consiste en reunir el valor para marcharse, sino en descubrir hasta qué punto escapar de una relación de maltrato resulta extraordinariamente difícil cuando no existe un lugar al que poder ir: "Una cosa es irse y otra muy distinta es no volver". La crisis de la vivienda que atraviesa Irlanda deja así de ser un simple telón de fondo para convertirse en uno de los ejes fundamentales del relato, y el título de la novela resume perfectamente esa tensión. Un nido evoca protección, seguridad y cuidado, pero también puede convertirse en una prisión cuando deja de ser posible abandonarlo. La autora juega con esa ambivalencia desde las primeras páginas. El hogar, tradicionalmente asociado al refugio, aparece aquí como el espacio del miedo y de la dominación, por lo que la decisión de Ciara no consiste únicamente en abandonar una casa, consiste, sobre todo, en intentar construir por primera vez un hogar en el sentido pleno de la palabra.

Uno de los pasajes más reveladores de la novela llega justo cuando parece que la protagonista ha alcanzado por fin aquello que ha perseguido durante toda la novela: una vivienda propia. Hasta ese momento, el relato nos ha hecho sentir que de esa casa depende casi todo. Sin un domicilio estable resulta imposible ofrecer seguridad a los hijos, acceder a determinadas ayudas o afrontar con mayores garantías la disputa por la custodia. La vivienda aparece, con razón, como la condición material indispensable para comenzar una nueva vida. Pero aquí la autora introduce un giro tan inesperado como profundamente verdadero. Una vez instalada en su nueva casa, Ciara descubre que ha perdido algo esencial: en el hotel donde convivía con otras mujeres que atravesaban situaciones semejantes existía, pese a todas las limitaciones y precariedades, una forma de compañía, una profunda sororidad. Había otras miradas, otras voces, otras presencias, existía la posibilidad de pedir ayuda, de compartir el miedo, de saber que no estaba completamente sola. Ahora, en cambio, dispone por fin de una vivienda, pero se encuentra aislada. La autora resume esa paradoja con una frase estremecedora: "Entonces Ciara se da cuenta. Lejos de ser un lugar seguro, esa casa es una trampa mortal". La vivienda que debía representar la liberación se convierte en un espacio de absoluta vulnerabilidad: Ryan conoce dónde vive y nadie puede escuchar si llama a la puerta, nadie advertirá su presencia si irrumpe en el domicilio. El miedo cambia de escenario, pero no desaparece.

Este episodio introduce una reflexión de enorme calado sobre el propio significado del hogar. Tendemos a identificar la seguridad con la privacidad, como si bastara disponer de un espacio propio para sentirse protegida. Sin embargo, la novela muestra que, en determinadas circunstancias, el aislamiento puede convertirse en un factor de riesgo. Lo que antes protegía a Ciara no eran las paredes del hotel de acogida temporal, sino la presencia de otras mujeres, la posibilidad de una solidaridad cotidiana, la existencia de una comunidad, por precaria que fuera. La novela cuestiona así una concepción profundamente individualista de la seguridad: un hogar no es un espacio privado del que excluir a las demás personas, por el contrario necesita una red de relaciones que impida que quien lo habita quede completamente sola frente a la amenaza. La autonomía no consiste en no necesitar a nadie, sino en poder vivir sin miedo gracias, entre otras cosas, a la existencia de vínculos de apoyo mutuo. Por eso Nido termina siendo también una novela sobre la comunidad. La salida de la violencia exige recursos públicos, exige una vivienda, exige protección institucional, pero exige igualmente la existencia de otras personas. Nadie reconstruye su vida en soledad. 

La pregunta que subyace a toda la historia no es tanto por qué una mujer permanece junto a su agresor, sino adónde puede ir cuando decide abandonarlo. La escasez de vivienda asequible, las interminables listas de espera para acceder a un alojamiento, la precariedad económica y la insuficiencia de los recursos públicos aparecen como obstáculos tan reales como el propio maltratador. La violencia de género y la crisis de la vivienda dejan de ser problemas independientes para revelarse como dos dimensiones de una misma realidad. La novela recuerda que derechos como la libertad, la autonomía o la igualdad no pueden entenderse únicamente como principios jurídicos o aspiraciones morales, sino que necesitan apoyarse en condiciones materiales que los hagan efectivamente posibles. Una sociedad que no garantiza un acceso digno a la vivienda dificulta enormemente que muchas personas puedan ejercer otros derechos fundamentales. El hogar deja de ser un asunto privado para convertirse en una cuestión profundamente política.

Porque la libertad no consiste únicamente en abrir una puerta y marcharse. También requiere encontrar otra puerta que pueda cerrarse con la tranquilidad de saber que, al otro lado, comienza verdaderamente un hogar. Y, desde aquí, poder volar.

viernes, 28 de marzo de 2025

Garantizar el derecho a la vivienda


La primera vez que la vivienda se situó como el principal problema para la sociedad española fue en septiembre de 2007 y desde entonces no ha dejado de ocupar los primeros puestos en el listado de preocupaciones ciudadanas. Todas y todos recordamos aquella época en la que las políticas austeritarias transformaron una crisis financiera localizada en una incontenible crisis social y política. La crisis de 2008 no sólo situó la vivienda entre las principales preocupaciones ciudadanas, también abrió un abismo de desconfianza hacia las instituciones públicas, percibidas como incapaces de garantizar el derecho a la vivienda, cuando no como directamente implicadas en su mercantilización.

Un informe del Observatorio DESC (Derechos Económicos, Sociales y Culturales) cuantifica en 684.385 los desahucios ejecutados entre 2008 y 2019. Familias que vieron hundirse las bases de su existencia. Fue el final de aquella utopía conservadora inaugurada por el franquismo y continuada en la democracia expresada en la famosa sentencia de José Luis Arrese en 1959: "No queremos una España de proletarios sino de propietarios".

Es fundamental impulsar instrumentos de gestión y promoción pública que movilicen vivienda privada vacía hacia el alquiler público, incrementen el parque público de alquiler, primen las reservas de suelo para vivienda protegida, eviten que la VPO retorne al mercado, así como políticas para reducir la influencia del mercado en la vivienda: regulación de los alquileres en zonas tensionadas, compra pública de vivienda para generar un parque público de alquiler. Mientras tanto, dedicar recursos para ayudas al alquiler, convenios con entidades sin ánimo de lucro que promuevan fundaciones de alquiler social y cooperativas en cesión de uso, legislar para garantizar la estabilidad de los alquileres frente a subidas especulativas... La revista Galde, publicada en Donostia-San Sebastián, ha dedicado en su último número un dosier sobre el tema.

El problema de la vivienda es una cuestión esencial de política pública que va más allá de la garantía de un bien de primera necesidad para convertirse en test de verificación de la calidad de nuestra democracia. No son pocos los análisis que apuntan a la posibilidad de que este sea el germen de un nuevo estallido social como el del 15 de mayo de 2011, pero en una coyuntura política mucho más preocupante: hoy la indignación es la cabalgadura de líderes radicalmente antidemocráticos como Trump o Milei.

jueves, 21 de agosto de 2014

El derecho a una casa



En esta su única y hasta el año pasado inédita novela, Woody Guthrie escribe como canta.
Escribe sobre mujeres y hombres empobrecidos, que se sostienen mutuamente en el amor y en la lucha frente a un mundo endurecido por la propiedad privada como el sol endurece sus magras tierras de cultivo.
Escrita en 1947, la reivindicación de un lugar donde vivir a salvo de los caprichos de la naturaleza, sí, pero sobre todo de las arbitrariedades del capitalismo, resuena hoy con la misma intensidad que entonces:

      - [...] me parece que podríamos juntarnos todos y conseguir que se hagan unas leyes que den a la gente, a todo el mundo, tierra suficiente para poderse construir una casa en ella.
      - Y todo el mundo se apresuraría a venderla para conseguir dinero para jugar o para emborracharse, o para follar... -dijo Tike-. Jugar, beber, follar.
      - La ley debería dejar claro -dijo Ella May- que si se te ocurría venderla la tierra volvería a ser propiedad del gobierno, y no de algún viejo avaro acaparador de dinero.
      - Si el gobierno concediera parcelas de terreno hoy mismo, los bancos volverían a hacerse con ellas en un par de meses -dijo Tike, riendo.
      - Y si sucediese eso -dijo Ella May ladeando la cabeza- el gobierno debería quitárselas a los bancos y dárselas de nuevo a la gente. ¿Para que le pagamos, si no? Para que vayan de pesca.
      - Para que follen -dijo Tike. Y volvió a echarse a reír.

La casa de tierra, de adobe, soñada por Tike, frente a la casa de madera y cartón en la que viven él y Ella May, representa esa conquista.



This land is your land, esta tierra es vuestra, cantaba Guthrie en 1940, acompañado de su guitarra con el lema "Esta máquina mata fascistas".



This land is your land This land is my land
From California to the New York island; 
From the red wood forest to the Gulf Stream waters 
This land was made for you and Me.

As I was walking that ribbon of highway, 
I saw above me that endless skyway: 
I saw below me that golden valley: 
This land was made for you and me.

I've roamed and rambled and I followed my footsteps 
To the sparkling sands of her diamond deserts; 
And all around me a voice was sounding: 
This land was made for you and me.

As I went walking I saw a sign there 
And on the sign it said 'Private Property.' 
But on the other side it didn't say nothing, 
That side was made for you and me.


When the sun came shining, and I was strolling, 
And the wheat fields waving and the dust clouds rolling, 
As the fog was lifting a voice was chanting: 
This land was made for you and me.

Falta mucho para que el derecho a un trozo de tierra, hoy el derecho a una vivienda, se haga realidad.
Habrá que seguir cantándolo, gritándolo.