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domingo, 21 de diciembre de 2025

Contribución a la historia de la alegría

Radka Denemarková
Contribución a la historia de la alegría
Traducción de Montse Tutasaus
Galaxia Gutenberg, 2019

"En la Tierra, nadie repara en el vuelo de las golondrinas porque normalmente están y, cuando no están, vuelven otra vez. Saben cuándo abandonar el nido natal y saben cuándo regresar al mismo. No temen la vuelta y eso que no es poco lo que saben".


Este es un libro duro, por su fondo y por su forma. Abrirlo es entrar en un territorio deliberadamente incómodo, donde la violencia contra las mujeres no es un tema sino un clima: una presión constante que atraviesa los cuerpos, el lenguaje y la historia, en este caso con H mayúscula. 

La obra se abre con una muerte ambigua, presentada como suicidio, que funciona menos como detonante policial que como fractura moral. Desde el inicio, la novela plantea una pregunta inquietante: ¿qué significa investigar una muerte cuando la vida del muerto está atravesada por violencias invisibilizadas? El policía encargado del caso encarna esa tensión. No es un detective clásico que restablece el orden, sino una figura de conciencia fallida, alguien que sospecha que algo no encaja, pero que solo puede pensar dentro de los márgenes del sistema que representa. Su investigación avanza, pero tropieza una y otra vez con aquello que la ley no sabe o no quiere nombrar.

Alrededor de este núcleo se articula la historia de un grupo de mujeres que, tras haber sido víctimas o testigo de violaciones y abusos, deciden tomar la justicia en sus propias manos. Sin embargo, la novela se resiste a ser leída como un simple relato de venganza. Radka Denemarková sitúa el foco en la violencia estructural que las ha empujado hasta ese límite. El título, irónicamente luminoso, opera como una provocación amarga: ¿qué clase de “historia de alegrías” puede escribirse desde cuerpos marcados por el trauma?

La narración adopta una forma fragmentaria y polifónica. Los tiempos se superponen, las voces se interrumpen, el lenguaje se quiebra. Hay pasajes de una crudeza frontal y otros casi líricos; reflexiones ensayísticas irrumpen en medio de escenas íntimas. Esta inestabilidad formal no es un recurso ornamental: responde a la imposibilidad de contar el dolor de manera lineal. La experiencia traumática no se organiza sino que irrumpe, se repite, desborda.

En este tejido narrativo aparece de forma recurrente la imagen de las golondrinas. Tradicional símbolo de retorno y promesa, aquí su presencia está cargada de ambigüedad. Las golondrinas vuelven, pero vuelven a un mundo que no ha cambiado. Vuelan sobre un paisaje donde la violencia persiste, indiferente a los ciclos de la naturaleza. Funcionan, tal vez, como metáfora de la persistencia sin redención: la vida continúa, pero sin garantía de justicia ni reparación. 

Las mujeres que protagonizan la novela no son idealizadas. Denemarková se niega a convertirlas en emblemas abstractos o figuras puramente victimarias. Son contradictorias, a veces crueles, a veces frágiles, a veces impenetrables. No buscan perdón ni comprensión; buscan recuperar el control sobre sus propias vidas. La violencia que ejercen no aparece glorificada, sino presentada como un síntoma extremo de un mundo que ha fallado sistemáticamente en proteger sus derechos y sus vidas.

"Birgit cuelga una cruz violeta sobre las cabezas vencedoras. Erika está disgustada.
-Los hombres hacen lo que quieren.
-¿Quieres ser hombre la próxima vida?
-Quiero ser una persona libre".

En ese contexto emerge uno de los ejes éticos centrales de la novela: la sororidad. Cuando Diana afirma que “todas somos parientes”, no formula una consigna sentimental, sino una verdad nacida del daño compartido. Las mujeres se reconocen entre sí no por afinidad ni por elección libre, sino porque comparten una marca que las excede. La sororidad que propone la novela no es amable ni conciliadora, es una alianza forjada en la experiencia del cuerpo vulnerado, una comunidad nacida de la conciencia de que lo ocurrido a una podría haberle ocurrido a cualquier otra.

Radka Denemarková inscribe estas historias individuales en un marco histórico y cultural más amplio. La novela dialoga con la historia europea, con los traumas no resueltos del siglo XX, con una tradición patriarcal que atraviesa tanto los regímenes autoritarios como las democracias contemporáneas. La violencia sexual no aparece como excepción, sino como constante histórica que adopta distintas máscaras según la época.

"Las páginas de los manuscritos destilan los destinos de película de cuerpos a los que han atacado y tocado otros cuerpos en aquel momento protegidos por la etiqueta de heroísmo de guerra, protegidos por pertenecer a la potencia vencedora, protegidos por el estado de guerra, cuerpos a los que no han citado nunca a declarar, a los que no han juzgado nunca, cuerpos que los historiadores tapiaron de una vez y para siempre bajo el signo de más o menos. En una de las guerras eran nombres de miembros de la Wehrmacht y miembros del Ejército Rojo y miembros de las tropas japonesas, también hay nombres polacos, franceses, checos, eslovacos, húngaros, austriacos, italianos, ingleses, americanos, españoles, australianos y y y y y y y. Las mujeres no vieron justicia. Ni ninguna indemnización. Ni disculpa. Ni comprensión. Claro, ¿quién podría indemnizar los cuerpos violados colectivamente por hombres de todos los países?, uníos, ni un paso atrás, ¿quién iba a ocuparse de los ciudadanos de segunda cuando los vencedores de todos los países estaban de celebración?, uníos, ni un paso atrás. A esos cuerpos los arrollaron las orugas de tanque de un único e inmenso ejército, el ejército mundial de hombres, un ejército exultante, monolítico y, en sus entrañas, solidario hasta la tumba".

Pero la autora se cuida de no relegar la violencia sexual al territorio de lo excepcional o lo bélico. La novela recuerda las violaciones masivas cometidas en contextos de guerra, donde el cuerpo de las mujeres se convierte en campo de batalla y arma de dominación. Sin embargo, insiste con igual contundencia en que la violencia no desaparece cuando cesan los conflictos armados. En tiempos de paz, adopta formas más discretas, más administrables, pero no menos devastadoras. Los ejecutaros son ahora hombres integrados en la normalidad social, amparados por redes de silencio, dinero y poder. La violencia sexual no es un residuo del caos bélico, sino una práctica que prospera en sociedades que se consideran a sí mismas civilizadas. La historia colectiva y la vida cotidiana se tocan en el cuerpo de las víctimas, recordando que la violencia no necesita uniformes ni fronteras para reproducirse.

"Diana levanta los ojos hacia el cielo. Se fija en las golondrinas, Se fija en las formaciones y en el ballet celestial y en el asombro de la historia. Vuelan por el mundo y sólo en el hombre encuentran asesinos en serie. El hombre es la única criatura no adaptada a su propia sociedad. [...] Da con un campo de batalla que no conoce tiempos de paz. Existe un acuerdo tácito y un territorio que no es ni será nunca liberado, que cualquiera puede conquistar, donde les está permitido todo a todos. Un campo arado. Un latifundio de tierra negra, fértil. Se llama cuerpo del más débil. Un cuerpo como campo de batalla"

El estilo de la autora es implacable y al final de la novela no hay reparación, ni reconciliación, ni promesa de armonía futura. Lo que queda es la persistencia de un vínculo: mujeres unidas no por la esperanza, sino por el reconocimiento mutuo. Como las golondrinas, vuelven y sobrevuelan un mundo que sigue siendo hostil. No anuncian una primavera moral, pero tampoco desaparecen. En ese gesto obstinado, en esa negativa a disolverse en el silencio y el olvido, reside la forma más radical de resistencia. Mientras la violencia machista persista todas, de un modo u otro, seguirán siendo parientes.

sábado, 20 de diciembre de 2025

La construcción discursiva de la sospecha y sus efectos en la percepción de la violencia machista

eldiario.es 14 diciembre 2025


En Esto no existe, Juan Soto Ivars se aproxima a las denuncias por violencia machista reclamando para sí la posición del observador escéptico, ajeno a las “narrativas oficiales” y guiado por un rigor casi forense. Sin embargo, resulta significativo que el autor deba reiterar una y otra vez que no niega la violencia machista, hasta el punto de que esa aclaración se convierte en un estribillo retórico. Ese subrayado constante, más que un gesto de honestidad intelectual parece una estrategia defensiva frente a una sombra que sobrevuela el texto: la de que su argumentación, por más que se vista de neutralidad, funciona como un cuestionamiento estructural de la credibilidad de las mujeres y, por extensión, de la magnitud del problema de la violencia de género.

Cuando un ensayo necesita reafirmar insistentemente su compromiso con la realidad de la violencia machista, puede ser por una de estas dos razones: porque anticipa una lectura intencionadamente hostil, o porque su planteamiento contribuye objetivamente a desplazar el foco desde la violencia hacia las supuestas distorsiones que genera la denuncia, ofreciendo así un marco interpretativo que, sin negar el fenómeno, lo reduce, lo relativiza o lo pone en suspenso. Este es el caso. 

El planteamiento de Soto Ivars produce un efecto objetivo de relativización de un problema que es gravísimo, contribuyendo a instalar la idea de que las denuncias, el marco jurídico y el relato feminista constituyen un campo hipertrofiado, sobreactuado, peligrosamente ideologizado. El resultado es un tipo de narrativa que no necesita impugnar la violencia machista para contribuir a su minimización: basta con saturar el discurso de excepcionalidades anecdóticas, dudas metodológicas o advertencias sobre los supuestos excesos del feminismo institucional para que la sombra de la sospecha se extienda sobre un problema cuya dimensión está más que sobradamente documentada. Un movimiento discursivo clásico que convierte la violencia real, masiva y sistemática en un telón de fondo casi accesorio, mientras el protagonismo recae sobre las incomodidades o temores de quienes nunca fueron sus principales víctimas.

Esta dinámica no es nueva. Coincide de manera inquietante con el fenómeno que Susan Faludi describió en los años ochenta bajo el nombre de backlash: una reacción cultural y mediática frente a los avances feministas que no opera negando frontalmente la desigualdad, sino afirmando que el feminismo ha ido demasiado lejos, que exagera, que distorsiona la realidad o que genera problemas más graves que los que pretende resolver. Faludi mostró cómo este tipo de reacción fue impulsada, en buena medida, por intelectuales varones -como Allan Bloom o Christopher Lasch- que interpretaban los avances feministas como una amenaza a su estatus simbólico y cultural. Merece la pena citar en extenso a la propia Susan Faludi:

“Los expertos que difundieron la reacción entre la opinión pública formaban un grupo muy diverso y había poca cohesión entre sus miembros, de modo que resultaba imposible hacer generalizaciones acerca de ellos desde los puntos de vista político o social, pero es evidente que no habrían obrado de aquel modo de no tener algún motivo. Es posible que su interés por la situación social de la mujer fuera sincero, y que tuvieran una gran curiosidad intelectual. Pero también obraban impulsados por íntimos anhelos y animosidades y vanidades que a veces ni ellos mismos eran capaces de reconocer o comprender del todo. […] Y, como al parecer sucede inevitablemente en los periodos de pugna entre los dos sexos, las ansiedades personales y los intereses intelectuales terminaban fundiéndose con el paso del tiempo hasta hacer de las mujeres un 'problema' que exigía un estudio microscópico y febril, una 'imperfección' en el paisaje nacional que justificaba que pontificaran interminablemente mientras se mesaban la barba”.

No es casual que muchos de los textos contemporáneos que cuestionan la credibilidad del feminismo estén firmados por hombres que escriben desde posiciones de agravio, resentimiento o pérdida de centralidad. A este tipo de figuras cabría denominarlas incelectuales: una amalgama de "incel" e "intelectual" que da cuenta de una producción cultural atravesada por el despecho masculino y revestida de falsa lucidez crítica.

El backlash se sostiene en discursos que adoptan la forma de la racionalidad crítica mientras erosionan, insidiosamente, el consenso social sobre la importancia de la violencia contra las mujeres. El mecanismo es claro: conceder en abstracto la existencia del problema para, acto seguido, subordinarlo narrativamente a una supuesta “exageración” o “distorsión” generada por sus denunciantes, por las activistas o por las instituciones.

Estas estrategias discursivas de minimización son enormemente preocupantes. Estudios sobre percepciones sociales de la violencia contra las mujeres en España muestran que los discursos que cuestionan la fiabilidad del sistema de denuncias tienen efectos medibles en la disminución del reconocimiento social del problema. La investigación seria (consulten la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer 2024) demuestra que la violencia contra las mujeres es un fenómeno masivo y profundamente infradenunciado, mientras que las denuncias falsas representan una fracción ínfima del total. Según datos del Consejo General del Poder Judicial, entre 2009 y 2023 el porcentaje medio de denuncias falsas por violencia de género se sitúa en el 0,0084 %. Es cierto que esta cifra no refleja el total de denuncias que pudieran ser falsas, sino únicamente los casos en los que hombres denunciados por violencia de género iniciaron posteriormente acciones judiciales por falsedad contra sus parejas o exparejas y obtuvieron una sentencia favorable. Pero esta limitación estadística no parece significativa y afecta de manera análoga y mucho más intensa a la violencia de género en su conjunto, ya que una parte muy significativa de las mujeres que la sufren no denuncia y, por tanto, queda fuera de cualquier registro oficial. Sirva un dato para dimensionar esta infradenuncia: en 2023, solo una de cada cuatro mujeres asesinadas por violencia machista (el 25,9 %) había presentado previamente una denuncia contra su agresor.

Sin embargo, la percepción social no refleja esta realidad y una parte de la población cree que el problema está exagerado o que las denuncias no siempre son fiables. Esta distancia entre los hechos y su reconocimiento social no surge de manera espontánea; está alimentada por discursos culturales y mediáticos que, aun sin negar abiertamente la violencia, desplazan el foco hacia la sospecha, la duda y la excepcionalidad. Los discursos centrados en la manipulación del sistema de denuncias funcionan como verdaderos “mitos culturales” que erosionan la percepción de gravedad del problema. Cuanto mayor es el espacio que ocupan esas dudas en el debate público, menor es la disposición social a reconocer la violencia como estructural y a respaldar políticas específicas para combatirla. Este efecto es especialmente intenso entre la población más joven, donde el cuestionamiento de la credibilidad de las víctimas se asocia a una banalización creciente de la violencia y a una mayor tolerancia hacia conductas de control, dominación o agresión. La sospecha no solo distorsiona la comprensión de la realidad, contribuye activamente a producir subjetividades menos sensibles al daño y más receptivas a narrativas antifeministas.

En este contexto, resulta significativo que se conceda tanta atención a ensayos que siembran dudas abstractas, mientras se ignora sistemáticamente el conocimiento situado que producen las organizaciones de mujeres víctimas y supervivientes de violencia machista. Colectivos como Bizitu Elkartea, entre otros, aportan una experiencia contrastada imprescindible para comprender la violencia en su dimensión cotidiana, institucional y relacional. Escuchar y acompañar a estas organizaciones es una exigencia democrática básica. Prestar más atención a libelos que cuestionan la credibilidad de las víctimas que a quienes sostienen procesos de acompañamiento, reparación y denuncia revela una jerarquía de saberes profundamente sesgada.

Esto no existe no es un producto intelectual aislado. Se inscribe en una corriente más amplia de ensayos, columnas y debates públicos que, desde mediados de la década de 2010, construyen una narrativa de “saturación feminista”. Este marco no es neutral: desplaza el problema de la violencia hacia el terreno del malestar masculino y transforma el feminismo en un objeto de sospecha antes que en una herramienta de protección. En un contexto donde cada avance político del feminismo va acompañado de una contrarreacción visceral, obras como esta deben leerse como piezas que forman parte de un movimiento ideológico más amplio. Sus efectos culturales son claros: contribuyen a reforzar percepciones erróneas, alimentan la desconfianza hacia las víctimas y desplazan el debate desde la violencia comprobada hacia la sospecha hipotética, provocando un ruido sistemático destinado a socavar la legitimidad del movimiento feminista.

Este tipo de planteamientos, por mucho que se cubran con la capa de la moderación, construyen el terreno cultural ideal para el avance del negacionismo, porque generan un ambiente donde el énfasis deja de estar en la urgencia de proteger a las víctimas y pasa a centrarse en la necesidad de “equilibrar” el debate, un eufemismo que en la práctica significa relativizar la gravedad del problema. Aunque el libro no niegue la violencia machista, su marco discursivo sí contribuye a debilitar la percepción social de esa violencia. Al insistir en la necesidad de revisar el relato feminista dominante, sin explicar la dimensión estructural, histórica y estadística de la violencia machista, el libro participa del clima de sospecha que permite que el negacionismo prospere.

En sociedades donde la violencia contra las mujeres es estructural, donde la infradenuncia es masiva y las denuncias falsas constituyen una excepción estadística, cualquier discurso que insista en la idea del abuso del sistema legal contribuye a erosionar el reconocimiento social del problema y a debilitar los marcos de protección de las víctimas. Este es precisamente el mecanismo central de la reacción antifeminista contemporánea: desplazar el foco desde la violencia real hacia la sospecha hipotética, generando un clima cultural en el que la duda pesa más que la evidencia y en el que la credibilidad de las mujeres vuelve a ponerse en cuestión. Y esto es inaceptable.

sábado, 22 de noviembre de 2025

Nuestros días serán infinitos

Claire Fuller
Nuestros días serán infinitos
Traducción de Eva Cosculluela
Impedimenta, 2025

"Volví a tumbarme en la cama y me tapé la cabeza con la almohada para que la casa se quedara en silencio, como si no hubiera nadie. Como si hubiera desaparecido cualquier forma de vida humana en un momento. Me imaginé que las zarzamoras extendían sus tentáculos de zarzas por el jardín hasta alcanzar la casa, reptando bocabajo, como en las maniobras militares, para colarse por debajo de la puerta. La hiedra que cubre el muro entraría con facilidad y se extendería por el techo como un sarpullido verde. Y el laurel del jardín delantero estiraría sus raíces largas y firmes como si fueran dedos, las metería en el salón y arrancaría el parqué. Deseé quedarme dormida para que la vegetación me acunara y no despertarme hasta dentro de cien años".


Es el verano de 1976. Un día, sin explicación alguna, James, obsesionado con estar preparado para un desastre nuclear, abandona Londres con su hija de ocho años, Peggy, y se ocultan en una cabaña perdida en un bosque inhóspito en Alemania. Allí le hace creer que no queda nadie más con vida, que el mundo ha desaparecido. A partir de ese momento, la existencia de Peggy se reduce a la supervivencia diaria: aprender a tender trampas, bañarse en el río helado, conservar cada mendrugo de comida. Los años transcurren sin que la niña ponga en duda el universo estrecho que su padre ha trazado para ambos. Hasta que un día, entre la maleza, vislumbra un par de botas que no deberían estar allí.

Ese telón de fondo convierte el bosque, magnífico y terrible, casi mítico, en escenario de una cárcel disfrazada de aventura. La naturaleza, descrita con un lirismo que recuerda a los "cuentos de hadas" más clásicos, es también un ominoso territorio sin testigos, sin otra ley que la impuesta por un adulto cuya fragilidad se transforma en dominio absoluto. 

"En el bosque, gateé por la tienda y saqué la cabeza. Envuelta en la lana azul, el mundo estaba en silencio. Mi padre se movía como el personaje de una película muda: a cuatro patas junto a la hoguera, soplaba las brasas tratando de avivar las llamas, sin emitir ningún sonido. Sigilosa como un animal del bosque, salí y vi cómo vertía agua en un cazo metálico; cuando surgieron unas pocas llamas, arrimó a ellas el recipiente. Rompí una ramita con la rodilla, pero él no se volvió. Yo era un ciervo, un ratón, un pájaro mudo que se acercaba despacio para vengarse del cazador. Me lancé sobre su espalda cogiendo impulso hacia arriba y me colgué de su cuello con las manos como garras. Mi padre no siquiera dio un respingo.
     -¿Qué quieres para desayunar, mocosa? -me preguntó-. ¿Estofado, estofado o estofado?
     -No me llamo mocosa -le dije, descolgándome de él. Mi voz sonaba como si estuviera debajo del agua.
     -¿Y cómo te llamas hoy, a ver? -Mi padre se sentó en un tronco que había puesto junto al fuego la noche anterior y retiró un plato de metal que cubría otro cazo. Pescó algo con los dedos, un insecto o un trocito de hoja, lo sacó del guiso y lo arrojó a la hierba. Removió la carne y puso el cazo al lado del agua hirviendo-. ¿Bella durmiente? ¿Caperucita azul?
     Me senté a su lado en el tronco y avivé el fuego con una ramita. Me quitó el pasamontañas titando de las orejas y lo lanzó por detrás de él, hacia la tienda.
     -¡Rapunzel! -exclamó-. ¡Rapunzel, Rapunzel, deja su pelo caer!".

Claire Fuller escribe con una delicadeza que no niega la verdad durísima de su historia. Su prosa es precisa, atmosférica, casi hipnótica, y consigue un equilibrio admirable entre la belleza del paisaje y la oscuridad moral que lo envuelve. Sin necesidad de alzar la voz, cuenta una historia que incomoda y perturba, que conmueve, y que recuerda que la verdad más dura puede estar envuelta en un cuento aparentemente luminoso. Fuller evita el morbo, pero tampoco dulcifica el relato; el horror es real, pero está filtrado por la percepción de una niña, por su capacidad de imaginar, por la mezcla de cariño y pánico que define muchas relaciones abusivas. Esa ambivalencia no absuelve al padre: al contrario, subraya el carácter profundamente destructivo de su conducta, mostrando cómo lo dañino puede presentarse bajo el manto de lo afectuoso o visionario, cómo la violencia machista puede adoptar formas insidiosas, íntimas, vestidas de amor paternal o de misión salvadora.

La estructura de la novela, que alterna pasado y presente, permite ver el proceso de reconstrucción de Peggy. También es un relato sobre la resistencia silenciosa, sobre la fuerza de una mente joven que, incluso en los entornos más opresivos, encuentra fisuras por las que se filtra la luz. La niña ha sido obligada a habitar un cuento que no era suyo, una ficción impuesta por el miedo, la dependencia y el poder masculino ejercido sin límites. Claire Fuller retrata con delicadeza cómo la protagonista intenta ordenar los fragmentos de una experiencia que no sabe todavía cómo nombrar.

Es, en última instancia, una novela sobre la colonización de la imaginación infantil, sobre los mecanismos de control que se esconden bajo ciertas formas de autoridad masculina, y sobre la larga sombra que deja la violencia cuando se ejerce desde quien debería proteger. La autora aporta una mirada literaria especialmente valiosa sobre la violencia machista: muestra cómo esa violencia puede empezar en lo íntimo, en lo doméstico, en lo que se disfraza de cuidado, y cómo sus consecuencias pueden acompañar a una persona durante toda la vida: "Yo era un cachorro y me estaba adiestrando para obedecer"

martes, 16 de septiembre de 2025

CUANDO LA JUSTICIA SE CONVIERTE EN UN CASTIGO EXTRA: LA “MANADA DE CASTELLDEFELS” Y EL PRECIO DE DENUNCIAR

Cinco hombres han sido condenados por violar en grupo a tres mujeres en Castelldefels durante la pandemia. Se hacían llamar, con toda la desfachatez, la “Manada” en su chat de WhatsApp, haciendo de la violencia sexual un espectáculo colectivo. La Fiscalía pedía más de cincuenta años de cárcel para cada uno. La sentencia final: entre tres años y once meses y ocho años y cinco meses de prisión. La diferencia no está en lo que hicieron -eso lo han admitido-, sino en que las víctimas han “aceptado” un pacto para no pasar por el calvario de un juicio.
 
Y no es difícil entender por qué. Sentarse frente a los agresores, responder preguntas que buscan grietas en cada detalle de su testimonio, soportar la insinuación de que quizás exageraron, de que tal vez consintieron, de que su testimonio carece de peso. Las víctimas sabían lo que significa enfrentarse a un juicio: interrogatorios que buscan contradicciones, miradas que dudan de su declaración, la eterna sospecha de que “quizá no fue para tanto”. En nuestro sistema judicial, denunciar una agresión sexual implica arriesgarse a vivirla de nuevo, esta vez bajo las luces de la sala de vistas y con la lupa del cuestionamiento constante. Eso no es justicia: es un eco de la agresión original. En esas circunstancias, pactar no es una concesión sino una forma de defensa. No se trata de perdonar a los agresores, sino de protegerse del propio sistema judicial, que tantas veces se convierte en una máquina de revictimización.
 
El problema no es que las mujeres acepten estas condiciones, sino que el sistema las empuje a hacerlo. La justicia debería protegerlas, pero parece diseñada para desampararlas: los interrogatorios sin perspectiva de género convierten la sala en un campo minado; la presión mediática y social añade miedo a la vergüenza; la lentitud del proceso las obliga a convivir durante años con el caso abierto. Así, lo que debería ser un espacio de reparación se transforma en un escenario de castigo adicional. Y quienes se benefician de ello son, paradójicamente, los agresores.
 
La sala de vistas no debería ser un campo de batalla, pero lo es. Quien denuncia una agresión sexual se expone a un escrutinio feroz: su vida, su ropa, sus gestos, sus recuerdos se convierten en pruebas contra ella misma. La víctima se transforma en sospechosa. En ese escenario, el juicio deja de ser un espacio seguro y se convierte en una segunda condena. Y mientras tanto, quienes deberían rendir cuentas encuentran la posibilidad de una rebaja sustancial en su pena. La paradoja es brutal: cuanto mayor es el miedo de las víctimas, más rentable resulta para los agresores.
 
La propia Fiscalía ha señalado que en el acuerdo de conformidad, “ha pesado mucho la necesidad de proteger a las víctimas, así como su voluntad de no ser revictimizadas sometiéndolas a la presión de este juicio”, atendiendo especialmente al riesgo de una eventual suspensión del juicio “tras haber constatado que una de las víctimas está sufriendo una crisis postraumática que hacía inviable su presencia” en el mismo, y a las consecuencias que la prolongación del proceso penal habría provocado en la salud emocional de las jóvenes. Pero, en lugar de cuestionar y revisar por qué un juicio en una sociedad democrática puede tener estos efectos, se opta por beneficiar a los violadores.
 
¿Qué mensaje deja esta sentencia? Que violar puede salir muy barato. Que si un grupo de hombres decide organizarse para agredir a mujeres vulnerables, el riesgo real al que se exponen no se parece en nada a la condena solicitada inicialmente por la Fiscalía. Que las disculpas formales (y forzadas) y un “esfuerzo económico” para pagar 30.000 euros pesan más que el daño irreversible de las agresiones.
 
Este mensaje trasciende a las tres mujeres que sufrieron directamente estas violaciones. Llega al conjunto de la sociedad y, sobre todo, a todas las demás mujeres. ¿Qué pensarán aquellas que lean esta sentencia y se planteen denunciar una agresión? ¿Qué confianza pueden tener en un sistema que exige tanto dolor para conseguir tan poco castigo? El riesgo no es solo simbólico. Si los castigos se perciben como leves, ¿qué frena a quienes ya han demostrado estar dispuestos a organizarse para agredir? La reducción de las penas envía otra señal peligrosa: la de que los costes son asumibles, incluso llevaderos, frente a los beneficios que tantos varones buscan en el hecho de dominar, violentar y humillar. De hecho, el contenido de los móviles de estos violadores revela que sus víctimas han podido ser más.
 
La sentencia de Castelldefels no debería leerse como un triunfo de la justicia, sino como un recordatorio de sus fallos. Envía un mensaje devastador: que la violencia sexual en grupo, planificada y repetida, puede “resolverse” con disculpas formales, una indemnización y unos pocos años de cárcel. Un mensaje que no se queda en esa sala ni en esas tres mujeres. Se expande como una amenaza velada hacia todas: si denuncias, te costará caro; si ellos agreden, quizá les salga barato. Cada sentencia habla más allá del caso concreto. Las mujeres que leen esta noticia entienden, con una claridad dolorosa, lo que significa denunciar. No solo luchar contra el recuerdo de lo ocurrido, sino también contra un sistema que exige pruebas imposibles y tolera dudas que siempre caen del mismo lado.
 
Y no, no se trata de pedir más cárcel como único remedio. Se trata de exigir que el proceso judicial no sea otra forma de violencia. Que los interrogatorios no humillen a las mujeres víctimas. Que las declaraciones eviten repetir el relato una y otra vez. Que las y los operadores jurídicos se formen en perspectiva feminista. Que las indemnizaciones sean auténtica reparación, no moneda de cambio, y los acuerdos no diluyan la gravedad de los delitos probados. Apoyo integral a las víctimas: asistencia psicológica y legal gratuita y sostenida, para que no se enfrenten solas al proceso.
 
La “Manada de Castelldefels” quedará en los registros judiciales como un caso más de conformidad penal, pero en la memoria social debería ocupar otro lugar: el de un espejo perverso que nos muestra las fallas de un sistema patriarcal más dispuesto a escuchar a los verdugos que a proteger a las víctimas. ¿Cómo puede ser que el miedo perfectamente justificado de tres mujeres a revivir su agresión en un tribunal acabe beneficiando a quienes las violaron?
 
Estas mujeres han elegido protegerse de un daño mayor, y eso es legítimo. Lo inaceptable es que el sistema judicial las obligue a escoger entre justicia y supervivencia emocional. Han tenido que elegir el camino menos cruel dentro de un laberinto sin salidas justas. Si denunciar significa volver a ser agredida -esta vez desde la mesa de la defensa o desde la indiferencia institucional-, entonces la justicia no está cumpliendo su papel. Está perpetuando el mismo desequilibrio de poder que hace posible la violencia machista. 

lunes, 11 de agosto de 2025

Cuerpos honestos, violencias letales: feminicidios y represión a los manteros


Bilbao fue escenario de dos movilizaciones reivindicando el derecho a vivir sin miedo el pasado 4 de agosto. En la primera, convocada por la plataforma Manteroekin Bat, unas trescientas personas nos concentramos en el Portal de Zamudio, en pleno Casco Viejo, para denunciar las agresiones policiales racistas a las personas manteras. Una hora después, las organizaciones Bilbo Feminista Saretzen y Euskal Herriko Emakumeon Mundu Martxa llamaban a concentrarnos en la plaza del Arriaga para condenar el asesinato de una mujer en Zizur Nagusia, cometido por su pareja.

Fueron dos convocatorias consecutivas, a muy poca distancia una de otra, pero fuimos muy pocas las personas que, habiendo participado en la primera, participamos también en la segunda, que resultó mucho menos nutrida. Este hecho, que podría parecer anecdótico, revela algo más profundo: la dificultad que aún tenemos para reconocer que estas violencias no son paralelas, sino convergentes. Que no hay lucha contra el racismo que no deba ser también feminista. Que no hay feminismo transformador si no se posiciona contra la represión y el clasismo.

Lamento profundamente que la segunda concentración, la convocada por el asesinato machista, contara con una asistencia notablemente menor. No lo señalo como reproche, sino como llamamiento urgente a reconocernos en todas las luchas, a entrelazar las causas, a construir una comunidad política que no abandone a nadie.
 
Cuerpos honestos

June Jordan, en su ensayo de 1992 A New Politics of Sexuality, introduce el concepto de cuerpo honesto (“honest human body”) como una afirmación radical del cuerpo vivido, del cuerpo que no se esconde ni se reprime, que se expresa con integridad frente a un sistema que castiga precisamente esa honestidad. Frente a los discursos normativos de género, raza y sexualidad, Jordan nos invita a reivindicar una política encarnada que parta de la experiencia vivida, del deseo, del dolor, del gozo, y que haga del cuerpo un espacio de verdad política.

¿Qué ocurre, entonces, cuando ciertos cuerpos, por el solo hecho de existir, son percibidos como amenazas? ¿Qué pasa cuando la honestidad corporal -ser mujer, ser negra, ser migrante, ser pobre, ser visible- se vuelve motivo suficiente para sufrir violencia o incluso para morir? Esta pregunta se vuelve urgente al observar dos realidades que, aunque distintas en su forma, comparten una raíz común: el asesinato de mujeres a manos de sus parejas o exparejas y la represión violenta que sufren las personas migrantes -especialmente, aunque no solo, varones racializados- que ejercen la venta ambulante en espacios públicos (los llamados “manteros”). En ambos casos, lo que está en juego es el cuerpo: su posición social, su visibilidad, su (des)obediencia a las normas impuestas por un orden patriarcal, racista y colonial.

Los feminicidios, en su dimensión más extrema, son la expresión de un sistema de control masculino que no tolera la autonomía de las mujeres. La decisión de romper una relación, de vivir sin miedo, de tener un cuerpo libre, puede desencadenar la violencia letal de quien cree tener derecho de posesión sobre ese cuerpo. El asesinato, en estos casos, es una respuesta brutal al cuerpo honesto de una mujer que dice “no”.

Del otro lado, los manteros -migrantes africanos sin papeles- viven cotidianamente la criminalización de sus cuerpos. No hay delito más allá de ocupar el espacio público, de vender sus productos para sobrevivir. Sin embargo, su presencia se convierte en un problema de “seguridad” y la respuesta es la persecución, las multas, las agresiones físicas, el despojo. Aquí también el cuerpo honesto -visible, trabajador, resistente- se enfrenta al castigo de un poder que no tolera lo que escapa a su control: la economía informal, la movilidad migrante, la dignidad del que no se rinde.
Intersecciones letales

Como señala Patricia Hill Collins, estas violencias no son aleatorias, sino que se producen en lo que ella llama “intersecciones letales”: puntos donde el género, la raza, la clase y otras formas de opresión se cruzan de manera potencialmente mortal. Esas intersecciones nos obligan a repensar cómo y por qué se ejerce la violencia y a quién afecta con mayor fuerza. No se trata de sumar opresiones, sino de comprender cómo se entrelazan para generar formas específicas de vulnerabilidad.

Ambas situaciones -el feminicidio y la represión policial a los manteros- revelan cómo ciertos cuerpos son marcados como “asesinables”, como desechables, como no merecedores de protección. Son cuerpos que incomodan, que no encajan, que desobedecen. Pero también son, en su honestidad, cuerpos que resisten: que se niegan a desaparecer, que luchan por existir con dignidad.

Por eso, pensar desde el cuerpo honesto de Jordan no es solo una denuncia, sino también una afirmación política. Significa recuperar la potencia de los cuerpos que aman, que trabajan, que migran, que se liberan. Significa escuchar sus voces, respetar sus vidas y construir alianzas que rompan con las lógicas de violencia que los amenazan. La lucha contra el feminicidio y contra el racismo institucional no pueden entenderse por separado. Se trata de desmontar el poder que impone qué cuerpos importan y cuáles no. Y eso comienza por reconocer que los cuerpos honestos no están solos: se encuentran, se cuidan, se defienden.
 
Los cuerpos honestos no se pliegan al miedo ni a la invisibilidad, son muchos, y todos necesitan ser defendidos con la misma fuerza. No podemos permitirnos seguir mirando estas violencias de forma fragmentada. Hacerlo es reproducir la misma lógica que jerarquiza las vidas y las luchas.

La apuesta por los cuerpos honestos no puede ser parcial. Requiere de una sensibilidad radical y transversal que se implique en desmontar todas esas intersecciones letales. Eso solo será posible si aprendemos a mirar más allá de nuestras propias urgencias, a escuchar las voces que aún nos resultan lejanas, a estar, juntas y juntos, donde se nos convoca porque se nos necesita.
 

viernes, 14 de marzo de 2025

Prima facie

Suzie Miller
Prima facie
Traducción de Maia Figueroa Evans
Seix Barral, 2025

"El relato casi nunca cuadra; no digo que todas mientan, pero la verdad jurídica es otra cosa. Y eso es justo lo que hay que establecer aquí. la verdad jurídica. Y tú trabajas con eso para intentar evitar que tu cliente vaya a la cárcel".


La protagonista de la novela, Tessa Ensler, es una abogada brillante y segura de sí misma que se enfrenta a un dilema moral y personal cuando se convierte en víctima de aquello que solía defender en los tribunales. 

Tessa es inteligente, tenaz y ha aprendido a moverse en un entorno legal dominado por hombres y en un sistema judicial, el británico, exageradamente elitista, donde la victoria en los tribunales es lo más importante. Penalista brillante y ambiciosa, de orígenes sociales humildes, ha construido su carrera defendiendo a clientes acusados de delitos sexuales. Su perspectiva sobre la ley es pragmática: cree en el debido proceso, en la necesidad de pruebas contundentes y en la presunción de inocencia como piedra angular de la justicia. Su formación y experiencia la han llevado a creer firmemente en la objetividad de la ley, convencida de que los procedimientos judiciales son el único camino para determinar la verdad: "Contamos la mejor versión de la historia del cliente. Y el abogado de la acusación cuenta la historia de la policía. De ese modo, el tribunal oye todo lo que hay que oír, y el sistema judicial puede llevar a cabo su cometido".

Víctima de una agresión sexual que ella misma ha experimentado y define como violación, en contra de lo que percibe todo su entorno, decide denunciar a su agresor y se enfrenta al mismo sistema que hasta ese momento había defendido con fervor. Lo que sigue es un proceso que la expone a los múltiples obstáculos que las víctimas de agresión sexual deben enfrentar: la falta de pruebas materiales ("lo que siento es que voy a entregar mi cuerpo como prueba, que ya no estoy vinculado a él"), la necesidad de demostrar que no hubo consentimiento ("Por Dios, ¡tú no eres una víctima!"),y la presión psicológica de ser cuestionada y juzgada ("Pero la sensación que tengo es que soy yo la que se somete al juicio"). La protagonista se encuentra con un sistema que está diseñado para proteger a los acusados y que, en muchos casos, minimiza el testimonio de las víctimas: "El mensaje es que si no damos testimonio de manera pulcra, con un relato claro y lineal, si no recordamos de manera consistente, mentimos".

Como podemos ver, el eje central de la novela es la manera en que el sistema legal, construido históricamente bajo una perspectiva patriarcal, trata los casos de agresión sexual. Tessa, que alguna vez creyó en la imparcialidad de la ley, descubre que el sistema está cargado de prejuicios que dificultan que las víctimas obtengan justicia. La novela enfatiza que las estructuras judiciales pueden ser revictimizantes y que el concepto "más allá de toda duda razonable" es particularmente difícil de alcanzar en este tipo de casos. La presunción de inocencia del acusado por encima de la protección de la víctima es una cuestión esencial, muy bien planteada por Suzie Miller: la novela muestra cómo el derecho penal, al priorizar la protección de los acusados frente a posibles condenas erróneas, a menudo deja desprotegidas a las víctimas. 

Miller profundiza en el tema del consentimiento, mostrando cómo la falta de pruebas físicas contundentes puede volverse en contra de la víctima. La historia ilustra que, en muchos casos, el testimonio de la persona agredida no es suficiente para lograr una condena, y que la duda siempre suele beneficiar al agresor. Tessa experimenta en carne propia la frustración de ver cómo su palabra es puesta en duda, pese a su conocimiento del derecho: "Cuando el debate gira en torno al consentimiento, no tienes que demostrar que ella lo haya dado, solo que ÉL NO SABÍA QUE NO HABÍA CONSENTIMIENTO. Que era razonable que él pensara que podía hacer lo que hizo".

Ella, que nunca había representado a víctimas ("presuntas víctimas", dice) de agresión sexual, aunque sí a acusados de agresión, no se había percatado de que "había un look determinado", más adecuado para las víctimas a la hora de poder influenciar al jurado. En su caso, su límite es "ponerme un collar de perlas como me sugirió uno de los policías más veteranos". Entrenada para encontrar inconsistencias en los testimonios de las presuntas víctimas y para construir argumentos sólidos en favor de sus clientes, sabe que la falta de pruebas físicas y la dificultad para demostrar la ausencia de consentimiento hacen que la credibilidad de la denunciante sea el factor clave en el juicio. Ahora es ella la que se enfrenta al reto de lograr que su testimonio sea creíble ("si tengo credibilidad o no"). Como víctima, ahora experimenta en carne propia lo que significa ser interrogada, cuestionada y sometida a un escrutinio que muchas veces busca desacreditar su testimonio en lugar de esclarecer los hechos. Como abogada, Tessa ha defendido a muchos acusados de agresión sexual, utilizando argumentos que ahora son empleados para desacreditarla.

A través de la historia de Tessa, Prima Facie plantea preguntas fundamentales sobre la justicia y la credibilidad de las mujeres víctimas de violación en los tribunales. Miller deja claro que la lucha de las víctimas no termina con la agresión en sí, sino que continúa en cada interrogatorio, en cada mirada de duda y en cada obstáculo que deben superar para ser escuchadas. Prima Facie es una historia poderosa y necesaria que nos invita a cuestionar no solo un sistema judicial profundamente machista, sino también las creencias arraigadas en la sociedad sobre quién merece ser creída y quién no.

viernes, 7 de febrero de 2025

Lecho de musgo

Anja Tuckermann
Lecho de musgo
Traducción de Pilar Ylla
Círculo de Lectores, 1990
 
"Le gustaría no tener que ir más en metro, porque a todos los hombres se les puede ver ese bulto entre las piernas. Todos los hombres tienen un arma en los pantalones y sus ojos son cuchillos, cada mirada un corte en la barriga de Rinka. Las manos son serpientes imprevisibles. Si Rinka las pierde de vista, se abalanzan sobre ella".

 
La protagonista de esta novela, Rinka, es una joven que enfrenta la brutal realidad de haber sido víctima de una violación. La novela detalla no solo el suceso, sino también las consecuencias inmediatas y las secuelas a largo plazo que marcan su vida de manera irrevocable: "Se acabó. Las calles ya no son como antes. En las calles hay guerra"
 
La autora no elude la crudeza del acto ni el impacto psicológico que este deja: la pérdida de la autoestima, la sensación de culpa y vergüenza, el distanciamiento de los seres queridos, y la lucha por encontrar un nuevo sentido a la vida. A través de una narrativa directa, pero también introspectiva, Anja Tuckermann nos introduce en el calvario emocional, físico y social de la protagonista, mostrando cómo este evento traumático transforma su vida. Rinka se siente constantemente perseguida, tanto por sus propios miedos como por la sensación de que el mundo entero la juzga. La novela no solo describe el impacto inmediato de la violación, sino también el largo y doloroso proceso de intentar reconstruir su vida y su identidad, mostrando cómo afecta cada aspecto de la vida de la protagonista, a su percepción de sí misma, a sus relaciones sociales y a su ser en el mundo. Consecuencias que perduran mucho más allá del momento físico de la violación, convertido en gozne existencial, en un antes y un después en la vida de Rinka:

"Y se maravilla de que el sol salga como todos los días, un ardiente balón rojo sobre las líneas férreas acribilladas de señales y postes eléctricos, y de que ella misma pueda ver con sus propios ojos ese sol, que sus ojos puedan aún ver algo. Rinka se asombra de cada destello de la vida. ha sobrevivido a su muerte".
 
Una de las mayores fortalezas de Lecho de musgo es su representación matizada del camino hacia la recuperación. La autora no ofrece soluciones simplistas ni un arco de redención lineal, sino que retrata con crudeza la complejidad de reconstruir una vida después de un evento tan traumático. Esto no solo genera empatía con la protagonista, sino que también invita a la reflexión sobre las formas en que nuestra sociedad responde (o falla en responder) a la violencia sexual.

Una obra poderosa y necesaria que aborda un tema tan doloroso con sensibilidad y honestidad. Anja Tuckermann no solo nos muestra el horror de la violación, sino también la fuerza y la lucha diaria de una joven que intenta reconstruir su vida. A través de Rinka, la autora nos invita a reflexionar sobre el silencio que rodea a las víctimas de violencia sexual y la importancia de escucharlas, creerlas y apoyarlas. Son tantas...
 
"Ahora las amigas rompen el silencio. Algunas hablan por primera vez.
Christine dice: «Aquello me hizo cambiar de carrera. Hasta entonces había estudiado Arte. Después ya no pude pintar más».
Marion dice: «A mí antes me cortaron el pelo. Desde entonces, por miedo, no he vuelto a llevar el pelo largo».
Karolin dice: «Tuve que seguir con él en el coche. En la autopista de Berlín no se permite bajar. Tampoco nadie se para a recogerte».
Susanne dice: «Mi marido estaba borracho cuando me tiró al suelo. Nueve meses después tuve el niño».
Regina dice: «Primero lo hizo mi hermano, luego mi primo».
Petra dice: «Cuando volví a casa, él me esperaba en el piso con una pistola».
¿Queda todavía alguna mujer a la que no le haya ocurrido algo semejante?".
 
Este libro llegó a mis manos gracias a esas librerías de lance en las que tanto disfruto, como LIBU y Re-Read. Porque hay vida narrada más allá de las novedades.

miércoles, 29 de noviembre de 2023

Hierba

Keum Suk Gendry-Kim 
Hierba
Traducción de Joo Hasu,
Reservoir Books (Penguin Random House), 2022

"A ella, a Lee Ok-sun, que fue una buena hija, una madre devota, una vecina amable, pero sobre todo una mujer fuerte, así como a todas las supervivientes de la explotación sexual del Ejército japonés, las que fallecieron y las que aún siguen con vida, dedico esta obra. Gracias".

 
En su libro El holocausto asiático (Crítica 2009; traducción de Ferran Esteve), en el que se analizan los crímenes cometidos por el ejército japonés durante la segunda guerra mundial, el historiador Laurence Rees dedica algunas páginas (muy pocas, teniendo en cuenta la magnitud del crimen) a las denominadas "mujeres de asueto" (o "de consuelo", como son más comúnmente conocidas), mujeres chinas y coreanas, pero también malayas o indonesias, que fueron forzadas a ejercer la prostitución al servicio de los soldados. Recogiendo la historia de una de ellas, Rees escribe lo siguiente:
 
"Como mujer de asueto, Sol Shinto era una bestia a la que los soldados del Ejército Imperial podían tratar a su antojo. Conocidas como los 'retretes públicos' , las mujeres de asueto estaban a menudo expuestas a sufrir un trato físico brutal. [...]
No existen datos de la cifra exacta de mujeres de asueto (aunque sería más acertado hablar de 'víctimas de violaciones forzadas') que fueron empleadas y de las que así abusaron los japoneses. Las estimaciones van de las 80.000 a las 100.000. Sin embargo, la magnitud del crimen es evidente, como también lo es la complicidad del Ejército Imperial y del gobierno japonés de la época. En palabras del profesor Yuki Tanaka, que ha estudiado con especial atención las políticas japonesas hacia las mujeres de asueto, 'el caso de las mujeres de asueto podría no tener precedentes históricos como ejemplo de actividad criminal controlada por el Estado que implicara la explotación sexual de las mujeres'".
 
Este cómic recoge la historia real de una de esas mujeres brutalmente explotadas, la coreana Lee Ok-sun. Su historia, una historia terrible, pero también la historia de sus encuentros con la autora. No hará falta que aclare que la historia de Lee Ok-sun es atroz, pero Keum Suk Gendry-Kim la narra y la dibuja con una enorme sensibilidad, presentándonos a una mujer víctima de una violencia machista extrema, sí, pero sobre todo una mujer resistente y superviviente, a la que no pudieron privar de su alegría.

Un libro que conmueve y emociona. Un hermoso ejercicio de memoria.


sábado, 25 de noviembre de 2023

La credibilidad de las víctimas de la violencia machista



El pasado 4 de noviembre este diario se hacía eco de las XIV Jornadas estatales de Psicología contra la Violencia de Género, organizadas en Bilbao por el Colegio de Psicología de Bizkaia, en concreto sobre una mesa redonda en la que miembros de diversos órganos judiciales reflexionaron sobre el tratamiento de la violencia machista en el ámbito jurídico y “lo delicado que es valorar la credibilidad de una víctima de violencia sexual”. El titular de la noticia era: “Para un juez es difícil valorar el silencio de una víctima de violencia sexual”.

Se trata de una cuestión fundamental, de la que se han ocupado numerosas autoras y que incide particularmente en los itinerarios de las mujeres víctimas de violencia machista en los procedimientos judiciales. Itinerarios que se ven afectados por la persistencia de lo que la filósofa Miranda Fricker denomina “injusticia epistémica”, el hecho de que las declaraciones de ciertas personas, por efecto de imaginarios y estereotipos socioculturales profundamente asentados, muchas veces inconscientes, sufren un déficit de credibilidad frente al de otras: es el caso de personas anónimas frente a otras conocidas públicamente, el de personas racializadas frente a personas autóctonas, el de personas pobres frente a otras acomodadas y, muy especialmente, el de las mujeres frente a los hombres. No tener en cuenta la existencia objetiva de esta distribución desigualitaria de la credibilidad acaba produciendo situaciones de “injusticia testimonial”, caracterizadas por la desigual atribución de credibilidad a unas y otras personas al margen del contenido de sus declaraciones.

Las mujeres sufren sistemáticamente lo que Deborah Tuerkheimer llama “descuento de credibilidad”. En el contexto judicial la credibilidad implica mucho más que valorar la verdad de la acusación formulada. Cuando una mujer presenta una denuncia por violencia sexual está haciendo tres afirmaciones: esto sucedió, lo que sucedió está mal y eso tiene importancia. El oyente puede decidir que la conducta denunciada no ocurrió, o que, si ocurrió, no fue culpa del acusado sino (al menos en algún grado) de la denunciante, o que el hecho denunciado no es lo suficientemente grave como para merecer preocupación. A menos que las tres afirmaciones (sucedió, está mal, importa) sean aceptadas, la acusación será desestimada como falsa, ausente de culpa o sin importancia. Estos tres mecanismos de descuento de credibilidad pueden superponerse y a menudo se confunden, pero cada uno por sí solo es suficiente para hundir una declaración.

A principios de los años noventa Kathy Mack escribió: “Creer en las mujeres representa un paso radical hacia adelante porque el mundo en general, y la ley en particular, consideran a las mujeres menos dignas de ser creídas que a los hombres por la única razón de ser mujeres”. No negaremos que se han dado pasos positivos en esta dirección, sobre todo gracias a la ley de garantía integral de la libertad sexual, tan trabajosamente impulsada por la ministra de Igualdad Irene Montero. También hay que valorar que la Sala de lo penal del Tribunal Supremo (sentencia de 6 de marzo de 2018) haya reconocido que muchas veces las víctimas de violencia machista pueden declarar en una situación de "revictimización", lo que deriva en “dificultades que puede expresar la víctima ante el Tribunal por estar en un escenario que le recuerda los hechos de que ha sido víctima y que puede llevarle a signos o expresiones de temor ante lo sucedido que trasluce en su declaración”. Pero son pasos muy recientes, limitados en su implementación práctica y, sobre todo, cuestionados por un machismo que es estructural y estructurante.

La violencia sexual no es una forma más de violencia, es una violencia muy específica que expresa y encubre un sistema de poder con el que las mujeres víctimas vuelven a chocar cuando transitan por las instituciones judiciales, donde se enfrentan a la ardua tarea de hacer comprensible su experiencia luchando contra sesgos androcéntricos y estereotipos de lo que es y no es una “buena víctima”. Por eso la violencia sexual debe ser analizada como una realidad procesual: la policía, los tribunales de familia, los juzgados de infancia y los equipos psicosociales, a menudo hacen que las mujeres violentadas no se sientan creídas.

La victimización secundaria en los juzgados de las mujeres víctimas de violencia machista es un hecho probado por numerosas investigaciones y comprobado cada día por las mujeres que trabajan en asociaciones como Bizitu Elkartea o Guerreras del Alto Deba, asociaciones de mujeres supervivientes de esa violencia. Si la judicatura quiere avanzar en la tarea de valorar el silencio de las víctimas de violencia machista en los tribunales no hay mejor manera de hacerlo que escuchar a las mujeres supervivientes fuera de los tribunales: en sus organizaciones, reivindicaciones, y luchas. No sabrán interpretar los silencios de las mujeres en un tribunal hasta que no escuchen sus voces en la calle.

Amaia González Llama es socióloga y activista en Bizitu

Imanol Zubero es profesor de Sociología en la UPV/EHU
 
El Correo, 25 de noviembre de 2023 


viernes, 9 de junio de 2023

Perras de reserva

Dahlia de la Cerda
Perras de reserva
Sexto Piso, 2023

"Bueno, pues para no hacerte el cuento largo, resulta que la Huesera tiene el hobby de recolectar en específico huesos de lobo. Los busca, los guarda y cuando el esqueleto está completo, enciende una fogata y arma el cuerpo del lobo. Canta. Canta. Canta. Y como, de qué clase de brujería es esta, los huesos se cubren de piel, de músculos y de pelo, y de pronto el lobo ya anda corriendo en la vereda. Espérate, eso no es lo más loco. Lo más loco es que mientras corre aullándole a la luna, el lobo se transforma en una mujer. Una mujer que corre riéndose a carcajadas.
Luego de contarme la historia me dijo: Quizás esa es tu misión. Juntar los huesos de mujeres muertas, armarlas, contar sus historias y luego dejarlas correr libremente adonde se tengan que ir".


Hace dos semanas escribía en este blog sobre mi decisión de abandonar inmediatamente la lectura de libros firmados por autores varones en cuanto aparezca una escena de violencia machista. No por las escenas en sí, pues desgraciadamente esa violencia, esas violencias, son el pan de cada día en este mundo estructurado por el patriarcado (no sólo México, el mundo entero es "un monstruo enorme que devora a las mujeres"), sino por la forma de narrarlas y por el papel que juegan en la historia narrada, tan diferente y distante de la manera y la intención de las autoras que abordan estas mismas temáticas.

Es el caso de esta autora, Dahlia de la Cerda, y este impresionante conjunto de relatos. Trece historias breves pero intensísimas sobre mujeres que abortan en solitario, sobre mujeres que matan a hombres que matan a mujeres, mujeres apalizadas, acuchilladas, estranguladas, violadas, desgarradas, quemadas, empaladas, siempre por hombres que las odiaban o las (mal-decían) amaban, que las conocían o no, en la calle o en la casa, de noche o de el día: "No existe un cuarto propio cuando ellos creen que nuestro cuerpo les pertenece", denuncia una de esas mujeres protagonistas. Pero incluso abusadas y violentadas, incluso asesinadas, las protagonistas de este libro nunca dejan de ser mujeres fuertes, "hija[s] orgullosa[s] de una madre luchona y cabrona". No meras víctimas, objetos para la construcción de los personajes masculinos, sino personas enteras, tan duras como para hacer que sus agresores -"pinches idiotas, les gusta llevarse pero no se aguantan"- se meen encima de miedo... hasta después de haber sido asesinadas.

Perras vivas incluso después de muertas. Lobas deshuesadas reconstruidas y revividas mediante la magia de la memoria sororal, de la narración encarnada. Un libro que hay que leer sí o sí.

miércoles, 30 de junio de 2021

Recuerdos de mi inexistencia

Rebecca Solnit
Recuerdos de mi inexistencia
Traducción de Antonia Martín
Lumen, 2021 
 
"Me convertí en una experta en evaporarme, deslizarme y escabullirme, en retroceder y zafarme de situaciones difíciles, en esquivar abrazos, besos y manos indeseados, en ocupar cada vez menos espacio en el autobús cuando un hombre se despatarraba e invadía mi asiento, en desligarme poco a poco en desaparecer de golpe: en el arte de la inexistencia, ya que la existencia era muy peligrosa"
 
 
Rebecca Solnit es una de las pensadoras más interesantes del momento. Gracias a Capitán Swing, que en los últimos años ha publicado algunos de sus libros más importantes, podemos aproximarnos a su obra. Una pensadora y escritora que es tan capaz de introducirnos en la majestuosa belleza natural de Yosemite (como hace en Savage Dreams o en Yosemite in Time, aún no traducidos al español) como en las muchas capas de significado que constituyen el Área de la Bahía de San Francisco en un atlas urbano repleto de historias y experiencias (en Infinite City, tampoco traducida); una activista capaz de descubrir "paraísos" de cooperación comunitaria en medio de desastres como terremotos o inundaciones; una pensadora sumamente crítica que reivindica la necesidad de "celebrar o, como mínimo, de reconocer hitos y victorias y seguir trabajando"
 
Publicado originalmente en 2020, Recuerdos de mi inexistencia es un libro extraordinario en el que la aguda develadora del mansplaining retrocede hasta 1981, cuando, a los diecinueve años, se instaló en un apartamento en un barrio marginal de San Francisco, en el que viviría durante los siguientes veinticinco años. Es el relato de su proceso de formación como escritora y de su progresiva toma de conciencia de su posición de mujer sometida a la invisibilización, el descrédito y la afonía por un atroz sistema patriarcal:

"Entonces parecía generalizado. Todavía lo parece. Podían hacerte un poco de daño –con insultos y amenazas que te recordaban que no estabas a salvo ni eras libre ni poseías ciertos derechos inalienables-, o más daño con una violación, o más con una violación acompañada de secuestro, tortura, cautiverio y mutilación, y más aún con el asesinato, y la posibilidad de la muerte planeaba siempre sobre las otras agresiones. Podían borrarte un poco para que hubiera menos de ti, para que tuvieras menos seguridad, menos libertad, o podían socavar tus derechos e invadir tu cuerpo para que fuera cada vez menos tuyo; podían suprimirte del todo, y ninguna de esas posibilidades parecía especialmente remota. Todas las cosas malas que les pasaban a las otras mujeres porque eran mujeres podían ocurrirte a ti por ser mujer. Aunque no te mataran, mataban algo de ti: tu sensación de libertad, de igualdad, de confianza en ti misma".  
 
Sus reflexiones sobre lo que significa para las mujeres (por el hecho de ser mujeres) vivir sin parar de "imaginar su asesinato" (no vayas ahí, no vistas así, aprende artes marciales, no te diviertas de esa manera, no viajes sola...) como medida de protección, sobre el miedo y el dolor de las mujeres que pavimenta la mitad de la tierra, sobre su cuerpo como territorio propio o como jurisdicción ajena son tan desgarradoras como imprescindibles.

Afortunadamente, los recuerdos de su inexistencia acaban por componer una existencia poderosa y libre de una pensadora y activista que nos cuenta la historia de "lo que significó para mí crecer en una sociedad en la que mucha gente prefería que personas como yo estuvieran muertas o calladas, y de qué forma conseguí una voz y cómo al final llegó el momento de utilizarla [...] para tratar de contar las historias que habían quedado sin contar"

Gracias por tu existencia, Rebecca Solnit.