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jueves, 20 de agosto de 2026

A la sombra del hombre

Jane Goodall
A la sombra del hombre
Traducción de Carmen Criado
Alianza Editorial, 2023

"Sin duda el hombre eclipsa al chimpancé. Y, sin embargo, éste es una criatura de inmensa importancia para la comprensión del ser humano. De la misma forma que nuestra sombra se proyecta sobre el chimpancé, la de este se proyecta sobre los demás animales. Es capaz de resolver problemas muy complejos, puede usar y construir herramientas con fines muy diferentes, su estructura social y sus métodos de comunicación son refinados, e incluso muestra los rudimentos de una conciencia del yo. ¿Quién puede saber qué será el chimpancé dentro de cuarenta millones de años? Debería ser una preocupación para todos nosotros permitir que continúe viviendo y darle al menos la oportunidad de evolucionar".


Publicado por Jane Goodall en 1971, este libro, además de contar una historia fascinante, ha modificado nuestra manera de pensar el lugar que ocupamos los seres humanos en el mundo vivo. Es el relato de los primeros años de investigación de Jane Goodall con los chimpancés de Gombe, en Tanzania, pero es también una reflexión sobre qué significa observar a otros seres vivos y qué ocurre cuando esa observación empieza a desdibujar las fronteras que habíamos trazado entre "ellos" y "nosotros". Fue el primer libro de la investigadora sobre sus investigaciones en Gombe y combina memoria personal, relato de aventuras y divulgación científica.


Jane Goodall llegó a Gombe en 1960, con apenas veintiséis años y sin la formación académica que cabía esperar de quien iba a protagonizar una revolución en la primatología. Pero su mentor, Louis Leakey, había visto una ventaja en esa falta de formación convencional: buscaba una persona capaz de observar sin que las teorías dominantes determinaran de antemano aquello que podía encontrar. Los comienzos fueron frustrantes: los chimpancés huían de ella y durante semanas apenas pudo observarlos a distancia. Hasta que un macho adulto, al que llamó David Greybeard (David Barbagris), comenzó a tolerar su presencia:

"Me pareció increíble cuando, cerca de las diez de la mañana, David Greybeard pasó tranquilamente por delante de mi tienda y trepó a la palmera. Me asomé y pude escuchar sus gruñidos de placer al extraer el primer fruto, de color rojo, de su dura envoltura. Una hora después bajó del árbol, se detuvo para mirar, deliberadamente, al interior de la tienda y desapareció. Después de aquellos primeros meses de desesperación en que los chimpancés huían al verme a quinientos metros de distancia, me encontraba ahora frente a uno que parecía sentirse en nuestro campamento como en su propia casa".

Gracias a esto pudo acercarse progresivamente al grupo y contemplar algo que alteraría profundamente la comprensión científica de nuestra especie: chimpancés utilizando tallos para extraer termitas y modificándolos, quitándoles las hojas, para convertirlos en instrumentos más eficaces. La fabricación de herramientas dejaba así de ser una capacidad exclusivamente humana.

Seguramente lo más revolucionario de la investigación de Jane Goodall no sea ningún descubrimiento aislado, sino la manera de mirar que convierte en método. Frente a una ciencia que tendía a numerar a los animales para evitar cualquier tentación de antropomorfismo, ella les puso nombres: David Greybeard, Goliath, Mike, Flo, Fifi, Flint… Y los nombres importan porque expresan una convicción fundamental: no estaba observando ejemplares intercambiables de una especie, sino individuos con personalidades, historias y relaciones diferentes. La literatura científica de la época recibió con recelo esta práctica, precisamente porque parecía introducir una proximidad emocional incompatible con la objetividad científica. Jane Goodall no llegó a Gombe con un gran aparato experimental destinado a confirmar una hipótesis previamente formulada. Su conocimiento nace de una relación prolongada con un lugar y con los seres que lo habitan: camina, espera, mira, toma notas, vuelve a mirar. Una práctica científica basada en la paciencia y en la disponibilidad ante lo inesperado. Observar bien significa aceptar que la realidad pueda desmentir nuestras categorías.

Leído hoy, sorprende hasta qué punto aquella supuesta debilidad metodológica constituye una de las mayores fortalezas del libro. Jane Goodall observa durante mucho tiempo, compara comportamientos y reconstruye biografías. Descubre así que hay chimpancés audaces y tímidos, dominantes y subordinados, pacientes e irritables; madres extraordinariamente cuidadosas y otras mucho menos atentas; individuos capaces de establecer vínculos intensos y duraderos. Especialmente hermosas son las páginas dedicadas a Flo y su descendencia, que nos permiten seguir cómo las formas de cuidado materno influyen en el desarrollo posterior de las crías. La autora muestra también hasta qué punto la pérdida de la madre puede provocar alteraciones emocionales y físicas devastadoras.


Los chimpancés fabrican y utilizan herramientas, cazan, cooperan, compiten por la posición social, establecen alianzas, cuidan, juegan, abrazan, besan y consuelan. Buena parte de su comunicación gestual presenta sorprendentes semejanzas con la humana, semejanzas que Jane Goodall relaciona con nuestra ascendencia evolutiva común. Cada uno de estos comportamientos erosiona un poco más la frontera nítida con la que tradicionalmente hemos querido separar a la humanidad del resto de los animales.


Todo ello sin idealizar a los chimpancés. La cercanía evolutiva no significa inocencia natural y Jane Goodall documenta la rivalidad, la dominación, la agresión, la caza y la violencia, junto al afecto, el juego, la cooperación o el cuidado. Lo que descubrimos en Gombe es que muchas de las capacidades que solemos considerar específicamente humanas tienen raíces evolutivas mucho más antiguas. Los chimpancés no son seres humanos incompletos, sino otra especie cuya proximidad nos obliga a reconsiderar qué tenemos realmente de excepcional.

Más de medio siglo después de su publicación, algunas de sus conclusiones han sido ampliadas, matizadas o corregidas por décadas de investigación primatológica, pero el gesto intelectual y moral que contiene el libro permanece intacto: mirar a otros animales sin reducirlos de antemano a aquello que creemos saber sobre ellos. Después de leerlo resulta más difícil pensar que somos el centro de la vida y un poco más fácil reconocernos como una rama, extraordinaria sin duda, pero una rama al fin y al cabo, de una historia evolutiva mucho más antigua que nosotras y nosotros.

miércoles, 11 de febrero de 2026

Día Internacional de las Mujeres y las Niñas en la Ciencia

Bibliotecas Públicas y Centros Cívicos, son, de verdad, palacios del pueblo, en los que la cultura, el arte, la conversación, se ofrecen accesibles a todas las personas, contribuyendo a comunizar y comunitarizar  pueblos, barrios y ciudades, tejiendo encuentros y construyendo ciudadanía. Ayer, en el Centro Cívico Clara Campoamor de Barakaldo, pude disfrutar de una sencilla pero luminosa exposición celebrando el Día Internacional de las Mujeres y las Niñas en la Ciencia, que se conmemora cada 11 de febrero. 
 
Sólo un pero: también las Ciencias Sociales son Ciencia, y en ellas las mujeres encuentran las mismas dificultades que en las disciplinas STEAM. Un dato que lo dice todo: en toda la historia de la UPV/EHU solo ha habido una catedrática de Sociología, Teresa Bazo, ya jubilada. Y en la actualidad somos un Departamento de Sociología y Trabajo Social que reúne a unas 150 profesoras y profesores. ¡Una sola mujer catedrática! Y eso en un área de conocimiento que se supone nos prepara especialmente para identificar los sesgos estructurales que provoca el patriarcado, entre los que destaca la construcción de instituciones generizadas. Pero ni por esas...
 
Así que: ¡viva el 11 de febrero!
 







 

miércoles, 25 de diciembre de 2024

Carnicero

Joyce Carol Oates
Carnicero
Traducción de Núria Molines Galarza
Alfaguara, 2024
 
"Juel era la paciente más desgraciada que teníamos; había sobrevivido a varias cirugías y se aferraba con terquedad a su miserable vida, como si quisiera fastidiarme; estaba tan hecha polvo, tan malnutrida, tan marchita que se parecía más a un murciélago de gran tamaño que a un ser humano, por lo que ya no sabía qué uso razonable darle como sujeto experimental; siempre me desafiaba, pues daba igual el órgano infectado que se le extirpara, nada parecía curarle la locura. No obstante, como médico cristiano que era, no podía dejar traslucir mi indiferencia. Además, la ley del laboratorio era que no llamaran a ningún facultativo salvo a mí, incluso en situaciones de emergencia, pues no quería que ningún miembro del personal médico entrara en mi coto privado y metiera las narices en mis investigaciones personales".


Joyce Carol Oates es una autora conocida por su extraordinaria habilidad para explorar las complejidades psicológicas y sociales de sus personajes. En Carnicero esta tradición se mantiene con una narrativa que mezcla la ficción con referencias a problemáticas reales en torno a la salud mental y su vínculo con los sesgos de género.

En la época en la que se desarrolla la novela, los Estados Unidos de la segunda mitad del siglo XIX, la medicina estaba (aún más) impregnada de nociones patriarcales. Las mujeres que experimentaban problemas de salud mental eran frecuentemente diagnosticadas de "histeria", una condición supuestamente relacionada con un desequilibrio en el útero u otros órganos sexuales femeninos. Inspirada en teorías de médicos como Jean-Martin Charcot y Sigmund Freud, la idea de que la salud mental de las mujeres estaba intrínsecamente ligada a su fisiología era utilizada para justificar tratamientos que iban desde la restricción física hasta cirugías invasivas, como la extirpación de ovarios (ooforectomías) para "curar" la histeria:
 
"En la escuela de medicina nos enseñaban, y la experiencia lo ha demostrado en gran medida, que las mujeres son más proclives a la locura que los varones, pues la fuente de la histeria está en el útero. Las lágrimas sobrevienen a las féminas con más facilidad, tengan la edad que tengan; como apuntó Aristóteles, las lágrimas de la mujer presentan una «textura más liviana y menos sustancial» que las de los varones. En ellas, las emociones surgen de los órganos específicamente femeninos, mientras que en el hombre surgen de la parte cerebral. Existía entonces la firme convicción de que el comportamiento inmoral y delictivo era consecuencia de la degeneración de ciertas razas y linajes familiares, por lo que la esterilización de mujeres que presentaban casos graves era una parte inevitable de la carrera de algunos médicos a los que se les confiaban responsabilidades de salud pública, según indicaba el mandato estatal.
Ya cuando era un joven aprendiz lleno de entusiasmo me parecía que un procedimiento plausible para tratar la histeria podría ser extirpar el órgano causante del mal por medio de una cirugía, por lo que esperaba proseguir esa vía de investigación una vez me estableciera en el manicomio de Trenton [...]."
 
Joyce Carol Oates profundiza en este marco histórico y lo introduce en la narrativa de la novela, reflejando con realismo el trato que recibían las mujeres (todas, pero muy especialmente las mujeres pobres y racializadas) en instituciones psiquiátricas, en las que sus problemas mentales (reales o supuestos) eran diagnosticados como desviaciones morales o sexuales, más que como condiciones psicológicas legítimas. Los tratamientos a los que estas mujeres eran sometidas están descritos de tal forma que, en ocasiones, resulta difícil continuar leyendo determinados párrafos.

Las y los protagonistas de la historia son el doctor Silas Aloysius Weir, director durante treinta y cinco años del “Manicomio Estatal de Lunáticas de Trenton”, en Nueva Jersey; una de sus pacientes predilectas, Brigit Agnes Kinealy, una inteligente joven albina y sordomuda, inmigrante irlandesa, “contratada” como sierva del manicomio a la edad de cinco años por su desgraciada madre, que llegó a convertirse en ayudante de Weir; y otra mujer inmigrante, en este caso alemana, Gretel, experta comadrona y enfermera gracias a su práctica en Trenton, donde llevaba ya años atada igualmente por un leonino “contrato de servidumbre”

El doctor Weir, personaje ficticio, guarda evidentes parecidos con Silas Weir Mitchell y J. Marion Sims, figuras destacadas en la medicina estadounidense del siglo XIX, cuyo legado está marcado tanto por sus contribuciones como por las controversias éticas por sus prácticas médicas.
 
Silas Weir Mitchell (1829-1914) fue un médico y neurólogo estadounidense conocido principalmente por la creación de la llamada "cura de reposo" (rest cure). Esta terapia se dirigía especialmente a mujeres diagnosticadas con condiciones como "histeria" o "agotamiento nervioso" y consistía en aislamiento social, reposo absoluto en cama y una dieta rica en lácteos. Las mujeres bajo este tratamiento tenían prohibido leer, escribir o realizar cualquier actividad mental o física que pudiera "estresarlas". Aunque Mitchell afirmaba que esta terapia era efectiva, muchas mujeres, como la ensayista y socióloga Charlotte Perkins Gilman en El papel pintado amarillo (1892), criticaron la experiencia como profundamente deshumanizante y opresiva:

"Si un médico de prestigio, que además es tu marido, asegura a los amigos y a los parientes que lo que le pasa a su mujer no es nada grave, sólo una depresión nerviosa transitoria (una ligera propensión a la histeria), ¿qué se le va a hacer?
Mi hermano, que también es un médico de prestigio, dice lo mismo.
O sea, que tomo no sé si fosfatos o fosfitos, y tónicos, y viajo, y respiro aire fresco, y hago ejercicio, y tengo terminantemente prohibido «trabajar» hasta que vuelva a encontrarme bien.
Personalmente disiento de sus ideas.
Personalmente creo que un trabajo agradable, interesante y variado, me sentaría bien. Pero ¿qué se le va a hacer?
Durante una temporada sí que escribí, a pesar de lo que dijeran; pero es verdad que me agota bastante. Tener que llevarlo con tanto disimulo, a riesgo de topar con una oposición firme...
A veces me parece que en mi estado, con algo menos de oposición y más trato con la gente, más estímulos... Pero John dice que lo peor que puedo hacer es pensar en mi estado, y confieso que hacerlo me produce siempre malestar. 
[...] Es muy atento, muy cariñoso, y casi no me deja dar un paso sin intervenir.
Me ha preparado un horario con indicaciones para cada hora del día. John se ocupa de todo, y claro, yo me siento una mezquina y una desagradecida por no valorarlo más.
Dijo que si habíamos venido a esta casa era exclusivamente por mí, que aquí tendría reposo absoluto y todo el aire que se puede respirar"
- El empapelado amarillo, traducción de Jofre Homedes Beutnagel, Lumen, 2001.
 
Como puede verse, nos encontramos ante una patologización de los comportamientos emocionales o creativos de las mujeres como una forma de control social, a los que se respondía con procedimientos y terapias presentados como "soluciones médicas", pero diseñados para reprimir la autonomía femenina. La cura de reposo patologizaba la creatividad y la independencia femeninas, interpretando cualquier desviación de los roles tradicionales de género como una enfermedad mental. Y esto, que ya es grave, en el caso de mujeres de clase alta, blancas y de buena familia. El destino de las otras mujeres, de las empobrecidas, de las racializadas, de las condenadas a esclavitud y a servidumbre, era infinitamente más atroz.
 
Aquí es cuando entra en juego el otro médico en el que se ha inspirado Oates para construir el personaje de Weir: James Marion Sims (1813-1883), conocido como el "padre de la ginecología moderna" por haber desarrollado, entre otras, técnicas quirúrgicas como la intervención de las hasta entonces incurables y gravemente incapacitantes fístulas vesicovaginales. Pero su trabajo está profundamente ligado a la explotación de mujeres esclavizadas, a quienes utilizó como sujetos experimentales sin su consentimiento. Sims realizó múltiples cirugías ginecológicas experimentales en mujeres esclavizadas, a menudo sin anestesia, justificando que las mujeres negras eran menos sensibles al dolor:
 
"La histerectomía se iba a llevar a cabo sin anestesia, ni siquiera con gotas de morfina, pues no se consideraba que una intervención tan insignificante fuese a ser dolorosa, no para alguien tan insensible, una bruta de lengua pérfida; de hecho, si las circunstancias lo permitían, tal vez el cirujano le extirpara la (infectada) lengua".
 
Aunque Joyce Carol Oates no cita a Mitchell o Sims, sus prácticas están claramente referenciadas de manera conceptual y narrativa. Los temas centrales de la novela -la patologización de las mujeres, la cosificación del cuerpo femenino, la violencia institucional y la desconexión entre médicos varones y pacientes mujeres, la falta de consentimiento de las pacientes, tratadas como sujetos de experimentación en lugar de individuos y, sobre todo, la crueldad disfrazada de avance médico- evocan los métodos históricos de ambos médicos.
 
En la novela Weir se prodiga en el uso de procedimientos médicos brutalmente invasivos, desde una mirada absolutamente deshumanizante de las mujeres sobre las que interviene, reducidas a la condición de “espécimen”, “ejemplar” o "sujeto", mujeres sin nombre ("la idea de que esas desgraciadas tuvieran nombre era tan penosa"), pacientes categorizadas como "nulas", de manera que en caso de fallecer "podía dejar de existir en los registros del manicomio; se la enterraba en el mismo cementerio que antes, pero sin nombre". De manera que si Weir se veía a sí mismo como un cirujano benefactor y "padre de la ginopsiquiatría moderna", sus pacientes lo veían de otra manera: como el "Carnicero Manos Rojas".
 
La maestría de Joyce Carol Oates radica en su capacidad para entrelazar historias personales con comentarios sociales. La novela se convierte en un espejo de las prácticas de una época que, si bien parece lejana, resuena con problemáticas actuales en torno a la autonomía femenina y la salud mental, y, más en profundidad, en la crítica a un sistema médico patriarcal cuyas prácticas son extensión de un deseo más amplio de controlar la sexualidad y el comportamiento de las mujeres.
 
El legado de Silas Weir Mitchell y James Marion Sims ha sido objeto de un escrutinio intenso en las últimas décadas, en el contexto de los debates sobre ética médica, feminismo y racismo sistémico. En particular, Sims utilizó a mujeres esclavizadas, como Anarcha, Lucy y Betsey, para desarrollar técnicas quirúrgicas sin anestesia. Estas mujeres no dieron su consentimiento y fueron sometidas repetidamente a procedimientos extremadamente dolorosos, mientras Sims perfeccionaba sus técnicas. Su trabajo refleja cómo la ginecología moderna fue construida sobre prácticas de explotación, un hecho que ha llevado a una reevaluación crítica de su estatus como el "padre de la ginecología moderna".

Fuente: BBC

Durante años, Sims fue honrado con estatuas y memoriales, como la que estuvo en Central Park en Nueva York. Sin embargo, en 2018, esta estatua fue retirada debido a las protestas de militantes feministas negras que denunciaron la glorificación de un hombre que infligió tanto sufrimiento. En su lugar, se ha reivindicado a tres de sus víctimas, las únicas cuyos nombres conocemos, Anarcha, Lucy, y Betsey, como las verdaderas "Madres de la Ginecología".


En Carnicero Joyce Carol Oates no solo documenta una época oscura de la medicina, sino que también nos invita a reflexionar sobre cómo estas actitudes persisten en formas más sutiles. La novela puede ser leída como una crítica al legado de médicos como Mitchell y Sims, quienes, en nombre del avance científico, perpetuaron sistemas de opresión patriarcal, colonial y de clase. En el contexto contemporáneo este debate sigue siendo crucial, ya que las disparidades en el tratamiento médico de mujeres y minorías siguen siendo un problema. La novela opera, de este modo, como un recordatorio literario de la importancia de luchar por un sistema médico ético, igualitario y respetuoso con el valor de cada persona.
 
Por cierto, la época en la que transcurre la narración fue también un tiempo en el que "Estados Unidos era un hervidero de conspiraciones y sueños de revuelta, de motines", una época en la que brotaba por doquier "la afilada emoción de la revuelta"... Y hasta aquí puedo contar.

miércoles, 8 de marzo de 2023

Vagina obscura

Rachel E. Gross
Vagina obscura. Un viaje anatómico
Traducción de Noelia González Barrancos
Ilustraciones de Armando Veve
Ediciones de Pasado & Presente, 2023

"Tu vagina es otro planeta. Si te pudieras encoger hasta tener el tamaño de un grano de arena y meterte entre las piernas, te encontrarías con un reino de las maravillas de húmedas junglas, frescas cuevas y pozos viscosos de mucosidad creados por tu nutrido ecosistema de vida microscópica. [...] Su paisaje está poblado de clústeres de microorganismos finos y largos con forma de vara y hordas de microorganismos semejantes a diminutas pelotas que se aferran a los contornos. Estos microbios viven juntos en un equilibrio delicado y lanzan ácido para detener a colonizadores en potencia procedentes de mundos lejanos (tampones, juguetes, penes) o próximos (el ano)".


Lo que estos microorganismos no han conseguido detener es la colonización del cuerpo de la mujer por parte de una ciencia médica androcéntrica y de una concepción social de la sexualidad femenina esencialmente reproductivista. Rachel E. Cross lo explica perfectamente en la introducción de este libro:

"Me embarqué en la escritura de un libro sobre la ciencia que rodea la vagina. Sería un libro divertido y desenfadado y estaría repleto de maravillas [...]. No obstante, no tardé en percatarme de que tenía un problema: existen enormes lagunas en nuestro entendimiento del cuerpo femenino. La mayor parte de la comprensión científica sobre el tema a nuestro alcance se ha erigido a partir del estudio del cuerpo masculino. No fue hasta 1993, y como consecuencia del Women’s Health Movement (Movimiento por la Salud de las Mujeres o WHM), cuando se dictó una orden judicial federal que obligaba a los investigadores a incluir a mujeres y minorías en la investigación clínica. La doctora Janine Austin Clayton, directora asociada de investigación relacionada con la salud de la mujer en el National Institutes of Health (Institutos Nacionales de Salud o NIH, por sus siglas en inglés), lo expresó de la siguiente forma en 2014: «En comparación, sabemos menos sobre los aspectos de la biología femenina que sobre los de la biología masculina».
Hasta hace poco, la investigación médica sobre la mujer que se llevaba a cabo en este país se centraba en la fertilidad. Como me dijo una persona experta en endometriosis: «A nadie en el Congreso le importa en realidad el útero si no hay un bebé dentro». El NIH no inauguró una rama de ginecología centrada de manera específica en la salud de las vulvas, las vaginas, los ovarios y los úteros hasta el año 2014. Esa fue prácticamente la primera vez que una rama de investigación de ámbito federal reconocía que dichos órganos son una parte integral de la salud de las mujeres, tengan estas o no la intención de quedarse embarazadas"
.

La primera consecuencia científica de estos sesgos androcéntrico y reproductivista ha sido que, aún en la actualidad, hay partes del cuerpo femenino "que son menos conocidas que el fondo del océano o la superficie de Marte". De la que se derivan otras muchas consecuencias: invisibilización de dolencias, malos diagnósticos y peores tratamientos, imaginarios y discursos sociales de suciedad, vergüenza y culpabilización. 

Afortunadamente, libros como este contribuyen a combatir esos imaginarios dominantes, reivindicando un conocimiento (científico y social) que esté a la altura de la lucha de las mujeres por el control de su propio cuerpo, descolonizándolo... ¡literalmente!: liberándolo de dominaciones patriarcales y de prácticas extractivistas. Porque, como dice Rebecca Solnit en Recuerdos de mi inexistencia,

"Cabe imaginar nuestras batallas como luchas territoriales para defender un territorio o anexionarlo, y es posible entender que nuestras diferencias tienen que ver, entre otros aspectos, con el espacio que se nos otorga o se nos niega para hablar, participar, deambular, crear, describir o vencer.
Una de las batallas en que me enfrasqué de joven tenía que ver con si el territorio de mi cuerpo se hallaba bajo mi jurisdicción o bajo la de otra persona, de cualquiera, de todas las demás, si estaba expuesto a invasiones hostiles, si yo controlaba sus fronteras, si mandaba en mí misma"
.

Pues eso, que el libro de Rachel E. Gross es una aportación relevante a esa batalla por la recuperación de la jurisdicción de las mujeres sobre su propio cuerpo.

No puedo terminar este comentario sin reconocer que me he acercado a este libro gracias a la curiosidad, la preocupación y los conocimientos previos adquiridos al colaborar en la elaboración del trabajo de fin de grado en Sociología titulado La enseñanza del ciclo menstrual en el grado de medicina de la UPV/EHU. Agradezco a su autora, Amaia González Llama, que confiara en mí para tutorizarlo. 


Ilustraciones de Armando Veve


domingo, 12 de abril de 2020

Máquinas como yo

Ian McEwan
Máquinas como yo
Traducción de Jesús Zulaika
Anagrama 2019

"Puede que nos encontremos ante una situación límite, una limitación que nos hemos impuesto a nosotros mismos. Creamos una máquina con inteligencia y conciencia de sí misma y la obligamos a habitar nuestro mundo imperfecto. Concebida conforme a unas líneas racionales, y bien dispuesta para con los demás, esta mente pronto se verá enfrentada a un huracán de contradicciones. Nosotros hemos vivido con ellas, y su lista nos abruma. Millones de seres mueren de enfermedades que podemos curar. Millones de seres viven en la pobreza cuando existen medios para abolirla. Degradamos la biosfera cuando sabemos que es nuestra única casa. [...] En todo su maravilloso código no hay nada que pudiera preparar a Adán y a Eva para Auschwitz".

Gran Bretaña, año 1982. Gobierna Margaret Thatcher y la vida de los protagonistas se desarrolla dentro de una esperable cotidianidad. El narrador, Charles Friend, es un treintañero interesado por la electrónica y titulado en antropología por una pequeña universidad, que sobrevive gracias a la herencia de su fallecida madre y a la inversión en pequeña escala en los mercados de divisas online desde su domicilio alquilado, "dos húmedas habitaciones  de planta baja en la anodina tierra de nadie de unas casas adosadas estilo eduardiano entre Stockwell y Clapham, al sur de Londres". Su vecina del apartamento superior, Miranda Blacke, tiene veintidós años y cursa estudios de historia a la vez que cuida de su padre enfermo, que vive en Salisbury. Su relación, al principio de amistad, acaba derivando en relación de pareja (con algunas complicaciones inesperadas que no indico para no debilitar la trama).

Pero esta aparente normalidad es solo la superficie de una ucronía si tenemos en cuenta que, en la novela, Gran Bretaña ha sido derrotada en la guerra de las Malvinas; Thatcher acaba perdiendo las elecciones frente a un candidato laborista; los Beatles han sacado un nuevo album reagrupados tras doce años de ruptura; Alan Turing sigue vivo y goza del máximo respeto social y académico al frente de su instituto de investigación sobre inteligencia artificial y biología computacional; y, lo más relevante de todo, se han construido y comercializado unos sofisticados "humanos artificiales", doce "Adán" y trece "Eva" (agotadas en la primera semana), de diversas etnias. Acompañados de un manual de instrucciones online de 470 páginas y un botón de desconexión situado en la parte posterior de su cuello, "justo en la línea de nacimiento del pelo".

Aunque su primera intención fue adquirir una Eva, finalmente Charles ha invertido 86.000 libras, fruto de la venta de la casa familiar, en un Adán:

"Ahora lo teníamos allí desnudo sobre la mesita del comedor, con los tobillos envueltos en cartón y poliestireno, los ojos cerrados y un cable eléctrico negro que iba desde el punto de entrada umbilidal hasta la toma de corriente de trece amperios de la pared. Tardaría dieciséis horas en cargarse por completo. [...] No tenía ningún altavoz inserto en el pecho. Sabíamos por la publicidad entusiasta que formaba sonidos con el aliento, la lengua, los dientes y el paladar. Su piel, muy parecida a la piel viva, era cálida al tacto y tan suave como la de un niño. Miranda creyó verle un leve temblequeo en las pestañas. Yo estaba serguro de que lo que veía eran las vibraciones del metro que circulaba a treinta metros bajo nuestros pies, pero no dije nada".

Como todos sus congéneres, antes de lanzarlo a la "vida" es preciso programar su "personalidad" en función de las preferencias personales de sus propietarios, tarea que Charles decide compartir con Miranda. Aún así, esa primera programación no es sino la base a partir de la cual cada máquina desarrolla su capacidad de aprender a partir de su propia experiencia:

"En aquel momento yo no podía saber que esas opciones en escala iban a afectar muy poco a Adán. Lo en verdad determinante era lo que se conocía como «aprendizaje de la máquina». El manual del usuario brindaba apenas una influencia y un control ilusorios: ese tipo de ilusión que tienen los padres en relación con las personalidades de sus hijos".

Y es así que, como una señal desdichada de lo que vendrá después, en sus primeras horas de vida Adán comunica a Charles una oscura advertencia relativa a Miranda:  "Existe la posibilidad de que sea una mentirosa. Una mentirosa sistemática, maliciosa".

A partir de este planteamiento McEwan construye un texto repleto de giros y sorpresas, una narración a ratos traviesa y a ratos oscura e inquietante, que se convierte en una profunda reflexión sobre la complejidad y la ambiguedad moral de nuestra existencia; sobre la tremenda responsabilidad que supone crear seres pensantes y sintientes, educados/programados para actuar siempre de manera racional y altruista, y lanzarlos a un mundo lleno de contradicciones (los episodios que giran en torno a "la tristeza de las máquinas" son conmovedores); seres para los que no existen la mentiras piadosas ni las medias verdades...

¿Cómo podemos pensar siquiera en construir nada perfecto, nosotras y nosotros, seres tan imperfectos (afortunadamente)? Nos lo ha advertido Paul Virilio: toda invención lleva inexorablemente aparejada su correspondiente accidente: “Creación y caída, el accidente es una obra inconsciente, una invención en el sentido de descubrir lo que estaba oculto. A diferencia del accidente NATURAL, el accidente ARTIFICIAL es resultado de la innovación de un artefacto o materia sustancial. Se trata del naufragio del Titanic o de la explosión de la central de Chernobyl –catástrofes emblemáticas del siglo pasado-, el problema planteado por el acontecimiento accidental no es tanto el iceberg que aparece en el Atlántico cierta noche de 1912, o el reactor nuclear divergente cierto día de 1986, como la fabricación del trasatlántico «insumergible» o incluso la construcción de una central atómica en las cercanías de zonas habitadas” (Paul Virilio, El accidente original, Amorrortu 2009. Traducción de Irene Agoff).

La complicada irrupción en sus desnortadas vidas de Mark, un niño de cinco años hijo de una pareja grevemente desestructurada, se convierte en ocasión para que Miranda y Charles afronten la tarea, penosa y plenamente humana, de construir una existencia de seres humanos reales, de seres realmente humanos...


lunes, 18 de agosto de 2014

En un metro de bosque... o un poco más



Ha sido una de las mejores lecturas, no sólo de este verano sino de hace mucho tiempo.
En un metro de bosque es la crónica de un año de observación informada y paciente de un espacio de un metro de diámetro situado en el corazón de un bosque primario en las colinas de Tennessee, convencido de que es posible "la búsqueda de lo universal en lo infinitesimalmente pequeño".
Desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, en primavera, en verano, en otoño y en invierno, de día y de noche, Haslkell se ha sentado en el mismo lugar aplicando unas sencillas reglas: "guardar silencio, molestar lo mínimo; no matar, no mover de sitio los animales y no cavar en el mandala ni arrastrarse por él".
El resultado es un libro inclasificable: cuaderno de campo científico, ensayo filosófico, prospección espiritual... En sus páginas conviven cómodamente Darwin y Thoreau, Blake y Buda.


Yo, que carezco de los conocimientos de Haskell, pero también de su capacidad de observación, debo suplir mi ignorancia con un mayor radio de acción. Debo moverme más para poder ver sólo una parte de lo que él es capaz de observar sin moverse de su mandala..
Y así, a base de desgastar suela y músculo, puedo ver ciervos...





Corzos...



Jabalíes...


O rebecos...


En todo caso, ya sea a una escala o a otra, a partir de un espacio más o menos limitado, comparto plenamente una de las principales conclusiones de Haskell:

"Solo mediante el examen de la estructura que nos sostiene y que nos sustenta podemos ver cuál es nuestro sitio y, por lo tanto, nuestras responsabilidades. Vivir de cerca el bosque nos da la humildad necesaria para situar nuestra vida y deseos en ese contexto más amplio que inspira todas las grandes tradiciones morales".

miércoles, 19 de diciembre de 2012

-I -D -i


"¡Qué inventen ellos!". No entro en los muchos matices que, según parece, pueden relacionarse con la conocida frase de Unamuno. Pero, por desgracia, el desprecio del impulso público a la investigación es algo muy español, o cuanto menos muy de la derecha española, que hay derechas europeas perfectamente conscientes de la importancia de la inversión pública en investigación y conocimiento.
Lo denuncia con claridad y rigor la Carta abierta por la ciencia en España, iniciativa que reúne a sociedades y organizaciones científicas, investigadoras e investigadores, sindicatos y representantes de las universidades. Apoyada por 26.000 investigadores de más de 80 países y casi un centenar de sociedades científicas, la Carta denuncia una reducción progresiva de financiación pública a I+D+i del 40% en los últimos cuatro años, lo que sitúa la inversión en este campo muy por debajo de los objetivos de la Unión Europea.

"Cuando uno examina la escena actual, resulta cristalino que los países que están sorteando con éxito la crisis son también los que más han invertido en ciencia. España, Portugal, Italia, Irlanda, por no decir Grecia, han puesto su dinero en otras cosas y ahora están en aprietos. Se puede alegar que los países ricos son los que pueden darse el gusto de la ciencia, y de este modo entraríamos en una discusión sobre si es primero el huevo o la gallina, pero la lógica nos dice que esta pregunta es absurda: se precisa riqueza para tener buenas universidades y se requieren buenas universidades para que el país genere riqueza. Que este círculo virtuoso se complete depende de decisiones gubernamentales" [A. Aguilar, "La investigación, ¿un lujo en tiempos de crisis?"]. Así es. Pero nos gobierna un atajo de irresponsables que está poniendo en peligro el futuro de todos.

Jóvenes investigadores hacen las maletas y se marchan de España. Instituciones tan importantes como el CSIC se asoman al abismo por la falta de financiación [¡hablamos de unos miserables 100 millones, poco más de lo que va a cobrar Messi hasta 2018!]. “Reducir becas o movilidad deja en paro a la mejor savia de un país. Si no investigas, ¿volvemos otra vez al ladrillo?” [Ana Crespo, Academia de Ciencias]. Tal parece que sea el diseño de futuro del PP.


En España la tan cacareada I+D+i se ha convertido en -I-D-i. Por eso hoy la ciencia y la investigación están protestando en la calle. Aquí en Euskadi no, y no entiendo por qué no. Espero que no nos hayamos creído lo del "oasis vasco sin recortes". Yo, desde aquí, me sumo a la protesta.

martes, 27 de marzo de 2012

En Sevilla

Día intenso el de hoy, en Sevilla. Llegué ayer noche para participar con una ponencia inaugural en el XXIII Simposio Internacional de Didáctica de las Ciencias Sociales. Alegría de reencontrarme con Nico y con Paco, y de conocer una Asociación Universitaria de Didáctica de las Ciencias Sociales pujante y activa.
El tema central en torno al cual se ha organizado el trabajo este año es la educación para la participación ciudadana. Precioso tema.
Creo que mi intervención ha conectado con las y los participantes. Más que una conferencia, tenga la impresión de que ha sido una auténtica conversación. Con ida, vuelta y revuelta.
Ahora, mientras espero en el aeropuerto a que me llamen a embarcar para regresar a casa, pienso en la suerte que tenemos -sí, en el Simposio había una potente presencia de docentes de Euskadi- de que las profesoras y los profesores de nuestras hijas e hijos tengan la oportunidad de formarse en universidades donde van a encontrarse con docentes animosos y comprometidos como las personas que hoy se juntaban en Sevilla, donde seguirán trabajando hasta el jueves. Sin dejar de acompañar, ese día, la protesta cívica que recorrerá las calles de nuestras ciudades.
Se estaba bien en Sevilla. Parecía que el domingo se prolongaba...

viernes, 24 de febrero de 2012

Razón, fe y revolución

Leo en PÚBLICO que la Universidad de Oxford ha acogido un debate entre el biólogo Richard Dawkins y el arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, bajo el título La naturaleza del ser humano y la cuestión de su origen último.

Ya resulta de enorme interés que un debate así pueda celebrarse, y en sede universitaria. No me imagino algo parecido en España, al menos por lo que toca a los representantes más conspicuos de nuestra Iglesia, demasiado acostumbrados a confundir, sin mayor mediación intelectual, sus particulares pájaros en la cabeza con la inspiración del Espíritu Santo.


Como se recordará, Dawkins fue uno de los más destacados impulsores de aquella pintoresca iniciativa de los "autobuses ateos", además de autor de El espejismo de Dios (Espasa Calpe 2007), no exento de interés, aunque muy poco científico en su pretenciosa manera de plantear su objetivo:


"Si este libro funciona tal como yo lo he concebido, los lectores religiosos que lo abran serán ateos cuando lo dejen. ¡Qué presuntuoso optimismo! Por supuesto, quien tiene fe es inmune a toda argumentación; su resistencia ha sido construida durante años de adoctrinamiento infantil, utilizando métodos que han tardado siglos en madurar (ya sea mediante evolución o mediante diseño). Entre los recursos inmnológicos más eficaces figura el cuidado extremo para evitar abrir un libro como este, que seguramente es obra de Satán...".


¡Perfecto autoblindaje! Si tengo razón en lo que escribo cualquier persona religiosa que lea mi libro necesariamente dejará de serlo; pero dado el profundo adoctrinamiento sobre el que se asientan sus creencias, será inmune a mi argumentación. Ergo... tengo razón en el caso de que mi libro provoqué la conversión atea del creyente, pero también la tengo en el caso de que tal coversión no se produzca: al fin y al cabo, tal empecinamiento en el error es característico de la mentalidad religiosa que combato.

No creo que Popper se sintiera muy identificado con esta manera tan poco falibilista de argumentar.






Por lo que he podido leer en la reseña de PÚBLICO, el debate no resultó tan interesante como prometía: "Lo que se anunciaba como un polémico debate se fue transformando poco a poco en un monólogo del biólogo autor de El espejismo de Dios, que ridiculizó con cierta diplomacia alguna afirmaciones de Williams, al que acusó de utilizar 'un lenguaje demasiado poético'". Seguramente el tema propuesto, eso del "origen último del ser humano", no es la manera más apropiada para plantear el debate entre razón y fe.



Precisamente ayer finalizaba la lectura de uno de los libros que más me han interesado en los últimos tiempos. Se trata del ensayo de Terry Eagleton Razón, fe y revolución (Paidós 2012), en el que el autor, catedrático de la Universidad de Manchester, reconocido experto en el campo de los estudios culturales y la crítica literaria y marxista antidogmático, discute los planteamientos antirreligiosos de Dawkins, así como del recientemente fallecido Christopher Hitchens (Dios no es bueno, Debate 2008), a quienes agrupa bajo la denominación de "Ditchkins".


Desde sus primeras páginas Eagleton escoge una aproximación bien distinta a esa de los orígenes sobre la que se organizaba el debate de Oxford. Refiriéndose a la afirmación de Hitchens de que gracias al telescopio y al microscopio la religión ya no ofrece ninguna explicación de nada importante, Eagleton aclara que "el cristianismo jamás pretendió ser una explicación de ninguna cosa. Eso sería como afirmar que, gracias al tostador eléctrico, podemos olvidarnos de Chéjov". Y continua: "La ciencia es y debe ser atea. La ciencia y la teología no hablan casi nunca del mismo tipo de cosas, o, al menos, no más de lo que puedan hacerlo la ortodoncia y la crítica literaria. He ahí uno de los motivos que explican los grotescos malentendidos que surgen entre ambas". Malentendidos que la jerarquía católica alimenta cuando se empeña en repetir, tozudamente, el error galileano de pretender tener, no ya una última palabra, sino la primera palabra sobre cuestiones (como la reproducción, el nacimiento, la enfermedad, la educación, la sexualidad o la muerte) que presentan y exigen la autonomía necesaria como para ser objeto de discusión en el marco de la razón.



"La diferencia entre Ditchkins y los radicales como yo -proclama Eagleton- también gira en torno a si el significante último de la condición humana es el cuerpo torturado y asesinado de un criminal político, y cuáles son las implicaciones de tal hecho para nuestra vida". ¿Por qué? Esta es su respuesta: "La esencia primordial de la fe cristiana, desde mi punto de vista, no estriba en el hecho e adherirse a una proposición afirmando la existencia de un Ser Supremo, sino en adquirir la clase de compromiso manifestado por un ser humano que ya no puede aguantar más, que se hunde en la oscuridad, el dolor y el desconcierto, y que, aun así, se mantiene fiela la promesa de un amor transformador".



En El espejismo de Dios, Dawkins escribía con infantil alborozo: "Imagine, con John Lennon, un mundo sin religión. Imagine que no hay terroristas suicidas envueltos en bombas, que no existe el 11-S o el 7-J, que no hay cruzadas, caza de brujas, ni el Complot de la Pólvora, ni la partición india, ni las guerras árabe-israelíes, ni las masacres serbo-croatas-musulmanas, ni la persecución de los judíos como 'asesinos de Cristo', ni los 'problemas' de Irlanda del Norte, ni las 'muertes de honor', ni telepredicadores con vestidos brillanes y cabello cardado (...). Imagine que no hay talibanes para volar estatuas antiguas, ni decapitaciones, ni blasfemias públicas, ni azotes en la piel de mujeres por enseñar una pulgada de esa misma piel".



Seguiríamos teniendo el Congo de Leopoldo, la masacre de los nativos norteamericanos, Dresde, Hiroshima y Nagasaki, Auschwitz, Vietnam, el Chile de Pinochet y la Argentina de Videla, la eugenesia y el racismo "científico", Wall Street y las agencias de calificación, el neoliberalismo, los yuppies, el calentamiento global y la biopiratería, la precarización de las condiciones de existencia, la degeneración de los servicios publicos... Y no tendríamos a Dietrich Bonhoeffer, ni a Simone Weil, ni a Gandhi, ni a Martin Luther King, ni a Daniel Berrigan, ni a Ernesto Cardenal, ni a Ignacio Ellacuría...



"Probablemente dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta la vida". Esta invitación en autobús no difiere en lo esencial de lo que nos propone el capitalismo neoliberal: probablemente dios no existe, ni el hambre en el mundo, ni la dependenci, ni la vulnerabilidad, ni la codicia, así que déjate de preocupaciones y disfruta de la vida, aunque sea en formato low cost. "El problema para el momento presente -lamenta Eagleton- es que la religión, siendo como es uno de los escasos lugares en los que algunos de los valores espirituales expulsados por el mercado pueden hallar refugio, se vuelve por eso mismo defensiva, paranoica y semipatológica".



En esas estamos.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Un tsunami amenaza la política democrática

La ciencia es pródiga en sugerencias que invitan la reflexión.
Leo hoy en EL PAÍS un amplio reportaje firmado por Alicia Rivera en el que se analiza el fenómeno de los tsunamis.

Aunque pensamos en el tsunami como en una gigantesca ola -algo tiene que ver en este imaginario el cine de catástrofes- el reportaje nos aclara que no se trata de una ola, ni siquiera de una ola monstruosa, sino que es más bien "una riada colosal, una plataforma de agua en movimiento", que sólo se convierte en olas cuando choca con la costa.


Esta naturaleza de los tsunamis explica un hecho curioso, cual es que "en alta mar no se aprecia en los barcos el paso de un tsunami que horas después provocará una terrible destrucción en la costa. Hasta el punto de que hay relatos de pescadores en el Pacífico que no notaron [nada] anormal y al volver a su pueblo lo encontraron arrasado por esas olas". Como señala uno de los expertos consultados para elaborar el reportaje, "en alta mar no se ve la ola, estás como en un mar elevado, pero no se percibe".

Al leer esto se me ha ocurrido pensar que algo parecido puede estar ocurriendo hoy en día con la política.
Cuando uno está en la "alta política" -ocupando un cargo de representación o trabajando en la estructura orgánica de un partido- acaba por no notar nada de lo que puede estar ocurriendo en la política-de-todos-los-días.
El barco sube y baja siguiendo el ritmo de lo que se supone el fluir normal de las olas sin percibir, tal vez, que una colosal riada (de desafección, o de populismo, o de indignación, o de desánimo) avanza imparable bajo el casco.

Lo terrible es que al regresar a tierra...

martes, 26 de octubre de 2010

La ciencia, Dios e Ibarretxe

Un animoso comentarista anónimo me pregunta si tengo la intención de escribir algo sobre la tesis doctoral que ayer defendió el ex lehendakari Juan José Ibarretxe. No había pensado hacerlo, pero recojo el guante (aunque por ahora por el dedo pequeño).
Tengo mucho respeto por ese peculiar producto académico que es la tesis doctoral. He formado parte de una treintena de tribunales, he sido director de ocho tesis ya defendidas y en la actualidad me encuentro dirigiendo otras nueve, todas ellas activas, en distintas fases de elaboración. Digo esto tan sólo con la intención de señalar que algo sé sobre el tema.
Finalizar una tesis doctoral es una tarea exigente. Tiene mucho mérito.
No conozco más que un breve resumen de la tesis en cuestión. Esperaré a poder leerla en su integridad para hacer un juicio de sus contenidos. Supongo que se publicará en breve. Hasta entonces, no tengo motivos para dudar de que Ibarretxe se haya ajustado escrupulosamente a las normas fundamentales del método científico. Tampoco se me ocurriría cuestionar la profesionalidad y el rigor de todos y cada uno de los miembros del tribunal.
Pero si lo que he leído en el resumen citado es, primero, exacto, y, segundo, representativo del tono intelectual del texto, tengo que confesar que me deja muy sorprendido. Un ejemplo:
“También el final-comienzo de siglo supuso un cambio de paradigma en relación con la construcción del principio democrático. Pues, primero el llamado “Documento Ardanza” en el año 1998, y después los programas de gobierno del Gobierno Vasco nacido de las elecciones en 1998 y 2001, establecieron con claridad la legítima reivindicación del principio democrático, del derecho a decidir, como la “clave de bóveda” para la construcción social, política y económica del Pueblo Vasco en el siglo XXI”.
Una tesis no es un ensayo. Es un ejercicio de investigación que, al menos como actitud, debería estar guiado por una perspectiva más falsacionista que verificacionista.
Mal que le pese a Hawking, la ciencia no puede afirmar nada sobre la existencia o no de Dios. Tampoco sobre la bondad o no del Plan Ibarretxe.

lunes, 25 de octubre de 2010

¿Vivir 1.000 años?

El sábado leía una entrevista con Aubrey de Grey, gerontólogo especializado en ingeniería de la regeneración antiedad.
Su proyecto: lograr la reversión del proceso del envejecimiento biológico, consiguiendo "tomar a una persona de 60 ó 70 y que vuelva a sus 30 años", reparando sus células "como se reparan los coches".
Dice tener el plan necesario para alcanzarlo, pero le faltan fondos para llevarlo a la práctica.
Tampoco tiene demasiada idea sobre los problemas sociales y psicológicos que la prolongación de la vida podrían plantear. Por sus declaraciones transmite la impresión de que tampoco le importan demasiado.


El libro que me acompaña estas noches, El año del diluvio, de Margaret Atwood,
contiene alguna reflexión sobre este asunto:

"El balneario no tenía grandes secretos que defender, de modo que los vigilantes se limitaban a controlar a las damas que iban entrando, aterrorizadas por las primeras arrugas y señales de decaimiento, y luego volvían a salir, hinchadas y estiradas, con la piel nueva, irradiadas y sin manchas.
Eso sí, seguían aterrorizadas, porque ¿cuándo podía volver a pasarles otra vez lo mismo, todo lo mismo? Todas las señales de la mortalidad. A nadie le gusta, pensó Toby, ser un cuerpo, una cosa. Nadie quiere estar limitado de esa manera. Sería mejor tener alas. Incluso la palabra carne tiene un sonido blando.
No sólo estamos vendiendo belleza, decía la AnooYoo Corp en sus instrucciones al personal. Estamos vendiendo esperanza. Algunas de las clientes eran exigentes. No podían comprender por qué ni siquiera los tratamientos más avanzados de AnooYoo volverían a convertirlas en mujeres de veintiún años.
- Nuestros laboratorios están en el buen camino de la reversión de edad -les diría Toby con tono tranquilizador-, pero aún no han llegado. Dentro de unos años...
Si tanto quieres tener la misma edad por siempre jamás, salta desde el tejado, pensaba. La muerte es un método a prueba de bombas para detener el tiempo".

Por si no ha quedado claro, lo de Atwood es ficción mientras que lo de de Grey es...
En fin, yo me pregunto con Queen: ¿quién quiere vivir para siempre?





No hay tiempo para nosotros.
No hay lugar para nosotros.
¿De qué están hechos nuestros sueños,
que se nos escapan?
¿Quién quiere vivir para siempre?
¿Quién quiere vivir para siempre?
No tenemos ninguna oportunidad,
todo está decidido para nosotros.
Este mundo tiene un solo dulce
momento determinado para nosotros.
¿Quién quiere vivir para siempre?
¿Quién quiere amar para siempre
cuando el amor debe morir?
Pero acaricia mis lágrimas con tus labios,
siente mi mundo con la yema de tus dedos,
y lo podremos tener para siempre,
y podremos amar para siempre.
Para siempre es nuestro hoy.
¿Quién quiere vivir para siempre?
¿Quién quiere vivir para siempre?
Para siempre es nuestro hoy.
¿Quién, de todas formas, espera para siempre?