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sábado, 30 de noviembre de 2024

Tierra quemada

Jonathan Crary
Tierra quemada: Hacia un mundo poscapitalista
Traducción de Beatriz Ruiz Jara
Ariel, 2022
 
"La civilización industrial moderna está a punto de prenderle fuego al mundo. La erradicación de las formaciones sociales y las comunidades está íntimamente ligada a la extinción del sistema terrestre vivo del que depende la comunidad humana. Estamos experimentando ahora el capitalismo en su fase terminal de tierra quemada. [...] El capitalismo de tierra quemada destruye cualquier cosa que permita a grupos y comunidades buscar modos de subsistencia autosuficiente, de autogobierno o de apoyo mutuo".
 
Profesor de teoría del arte y autor reconocido por sus críticas incisivas al capitalismo y la cultura tecnológica, como en su anterior 24/7, ahora nos presenta una reflexión urgente y devastadora sobre las crisis contemporáneas. En este ensayo, Crary traza un recorrido que va más allá de las tecnologías digitales y las estructuras capitalistas, hacia una visión crítica de los mecanismos que perpetúan la explotación, la desigualdad y la devastación ambiental.
 
Escrito en el contexto de una crisis global que abarca desde el cambio climático hasta la alienación social, Crary presenta una obra breve pero contundente que desafía las narrativas optimistas sobre el progreso tecnológico. Se distancia de las visiones que ven en la tecnología digital una salvación o un simple instrumento neutral, y en cambio, señala cómo las plataformas digitales están profundamente entrelazadas con el colapso socioeconómico y ecológico:
 
"Pero la idea de que internet podría funcionar de manera independiente de las catastróficas operaciones del capitalismo global es una de las falacias más pasmosas de este momento. Están estructuralmente entreveradas, y la disolución del capitalismo, cuando se produzca, marcará el fin de un mundo dominado por los mercados y que han moldeado las actuales tecnologías interconectadas. Por supuesto, habrá medios de comunicación en un mundo poscapitalista, como siempre los ha habido en todas las sociedades, pero guardarán pocas semejanzas con las redes financiarizadas y militarizadas en las que hoy en día nos vemos enredados".

Crary advierte que no podemos enfrentar los problemas actuales sin cuestionar el sistema que los alimenta: el capitalismo en su fase tardía y depredadora, en cuyo seno el auge de las tecnologías digitales no ha sido una liberación, como prometieron sus defensores, sino un mecanismo de control y explotación. Según el autor, estas herramientas perpetúan formas de vigilancia masiva y consumismo desenfrenado, erosionando la capacidad de los individuos para imaginar alternativas al sistema dominante:
 
"Las distracciones digitales ilimitadas supusieron un freno al auge de movimientos antisistema masivos. Parte de esta entusiasta recepción a internet fue la expectativa de que sería una herramienta organizativa indispensable para los movimientos políticos alejados de las corrientes dominantes, lo que favorecería el impacto de formas de oposición más pequeñas y marginales. En realidad, internet se ha revelado como todo un conjunto de configuraciones que evitan o bloquean  incluso la tentativa de surgimiento de la organización y la acción antisistema sostenida. Sin duda, internet puede cumplir la función instrumental de transmitir información a elevadas cifras de receptores, por ejemplo, en beneficio de la movilización a corto plazo por causas individuales, a menudo relacionadas con la política identitaria, las 'revoluciones de colores' o efímeras expresiones de indignación. Por otra parte, convendría no olvidar que en las décadas de los sesenta y los setenta se lograron movilizaciones de grupos radicales con una amplia base y otros movimientos mucho mayores sin necesidad de mitificar los medios materiales que se emplearon para su organización".

Frente a este utopismo digital, el autor considera que la digitalización, lejos de ser un progreso neutral, está vinculada a la aceleración de la desigualdad y al aislamiento social y sostiene que nuestras interacciones digitales no son solo un sustituto de las relaciones humanas directas, sino un terreno diseñado para optimizar la extracción de datos y ganancias privadas. Pero lo primero es lo más relevante: la creciente "celularización el espacio público" acaba provocando la "desintegración [...] del andamiaje moral de a vida cotidiana".

Crary establece una conexión directa entre el capitalismo y la crisis climática, argumentando que el sistema económico global se basa en la explotación insostenible de los recursos naturales y humanos. Describe al capitalismo como un sistema de "tierra quemada", que arrasa con todo a su paso en busca de beneficios a corto plazo, sin consideración por el futuro del planeta. El autor denuncia que incluso las soluciones "verdes" propuestas por las grandes corporaciones y gobiernos -como la transición a energías renovables o las "ciudades inteligentes"- son insuficientes porque no abordan las raíces del problema: la lógica misma del crecimiento perpetuo y la acumulación: no hay solución que no pase por "desescalar radicalmente la necesidad de energía 24/7 sin límites y también de todos los productos y servicios desechables, innecesarios, que pervierten nuestras vidas y envenenan la tierra".

A pesar de todo, Crary no abandona por completo la esperanza. Insiste en la importancia de imaginar y construir un mundo más allá del capitalismo y de las tecnologías que lo sostienen y nos invita a considerar alternativas radicales que prioricen la equidad, la comunidad y la sostenibilidad, a imaginar un futuro en el que las relaciones humanas y con la naturaleza no estén mediadas por el lucro ni por tecnologías diseñadas para controlar y explotar.

En un mundo cada vez más dominado por la desesperanza, Crary nos recuerda que el primer paso para el cambio es reconocer la magnitud del problema y atreverse a imaginar algo diferente.

jueves, 8 de julio de 2021

La automatización de la desigualdad

Virginia Eubanks
La automatización de la desigualdad: Herramientas de tecnología avanzada para supervisar y castigar a los pobres
Traducción de Gemma Deza
Capitán Swing, 2021
 
"Aunque los edificios de los asilos para menesterosos se han demolido, su legado pervive en los sistemas de toma automatizada de decisiones que enjaulan y atrapan a los pobres actuales. Bajo su lustre de alta tecnología, los sistemas de gestión de la pobreza -tanto la toma automatizada de decisiones como la minería de datos y los análisis predictivos- guardan un parecido asombroso con las casas de la caridad del pasado. Las herramientas digitales actuales se sustentan en opiniones punitivas y moralistas de la pobreza y configuran un sistema de contención e investigación con tecnologías avanzadas. El asilo digital disuade a los pobres de acceder a los recursos públicos; supervisa su trabajo, su gasto, su sexualidad y la crianza de sus hijos; intenta predecir su comportamiento futuro, y castiga y criminaliza a quienes no acatan sus dictados. Y, en el proceso, crea distinciones morales cada vez más afiladas entre los pobres que merecen recibir ayudas y los que no, con categorizaciones que demuestran nuestro fracaso como país a la hora de cuidarnos los unos a los otros".

La politóloga Virginia Eubanks firma una profunda investigación sobre la forma en que la asentada cultura de la desconfianza y el castigo hacia las personas pobres se expresa en la actualidad en el lenguaje aparentemente aséptico de las tecnologías de análisis de datos.
 
Porque la aporofobia no es de hoy, aunque el concepto sea muy reciente: no hay más que leer la obra clásica de Bronislaw Geremek La piedad y la horca o recordar la tradición inglesa de las leyes sobre los pobres (en realidad, contra las personas pobres), como el Statut of Laborers (1349), las Poor Relief Acts de 1601 y de 1722, que supone el establecimiento de las workhouses o “casas del trabajo”, ominoso antecedente de la ideología de la activación laboral, o las propuestas del panopticófilo Jeremy Bentham en 1798.

 

Con la excepción de algunos breves momentos de relativa consideración del problema de la pobreza económica como una cuestión social (estructural) y, por ende, como un problema de responsabilidad no solo individual sino también colectiva -la época del denominado sistema Speenhamland (1795), estudiado por Karl Polanyi en La gran transformación, del estado beveridgiano de bienestar o de las políticas de garantía de rentas en sus versiones menos condicionalitarias- las personas pobres han sido siempre una molesta presencia en nuestras sociedades, un recordatorio de todo lo que no funciona (plena, universalmente) en nuestros estados sociales y de derecho: ni el derecho al empleo, ni a la vivienda, ni a la salud... De ahí la permanente tentación de culpabilizarlas de su situación, sacudiéndonos al tiempo nuestra propia responsabilidad colectiva.

Y, claro, los algoritmos desarrollados por una sociedad patriarcal, capitalista, racista y aporofóbica solo pueden reproducir esas mismas bases sociales. Como advierte Eubanks: "Solo la fantasía puede llevar a creer que un modelo estadístico o un algoritmo de clasificación cambiará drásticamente, como por arte de magia, una cultura, unas políticas y unas instituciones construidas a lo largo de los siglos". Y concluye: "Como el asilo para menesterosos de ladrillo y mortero, el asilo digital desvía a los pobres de los recursos públicos. Como la caridad científica, investiga, clasifica y criminaliza. Y como las herramientas acuñadas durante la reacción en contra de los derechos sociales, utiliza bases de datos integradas para marcar objetivos, rastrearlos y castigarlos".

Virginia Eubanks escribe desde y sobre Estados Unidos. Pero lo que dice debería ser leído y reflexionado también por estos lares.

martes, 29 de septiembre de 2020

Involución

Max Brooks
Involución
Traducción de Raúl Sastre
Reservoir Books (Penguin Random House), 2020

"Eso es lo que estamos intentando conseguir con la tecnología verde y, en lo que respecta a la energía solar  y las casas inteligentes, ya lo estamos logrando. [...] al fin podremos tener una Revolución Verde. No habrá más sacrificios ni sentimientos de culpa. Los beneficios que obtengamos y el cuidado del planeta ya no entrarán en conflicto. los estadounidenses podrán tenerlo todo, ¿y qué hay más americano que tenerlo todo?".


Tony Durant es un visionario, uno de esos emprendedores sociales que podría aparecer como ejemplo en libros del tipo de Cambiar el mundo, de S. Darnil y M. Le Roux:

"Estos jóvenes, que cada día son más numerosos, no se reconocen en los modelos del pasado, que se les antojan poco adecuados a su realidad. Al contrario que la generación de 1968, que sigue siendo el punto de referencia en materia de alternativa ideológica, esta generación está aparentemente integrada en la sociedad, tiene estudios superiores y procede de un medio social acomodado. Sus miembros visten y se expresan según códigos idénticos a los de sus vecinos más 'clásicos'. pero su comportamiento tan solo es normal en apariencia. Se resisten a  seguir la trayectoria de sus padres, haciendo carrera dentro de una gran empresa, con buenas casas y grandes coches. Y, sin embargo, trabajan mucho. Son pocos los afiliados a un partido político, pero están metidos hasta el cuello en la emergencia de una nueva visión del mundo. Denuncian la posición del 68 por su ineficacia y no conciben su compromiso si no es como una contribución concreta, eficaz y cuantificable a la sociedad".

Tony Durand quiere cambiar el mundo, está convencido de que nuestra forma de vida nos está matando y está destruyendo el planeta, desde hace medio siglo es evidente que necesitamos una solución sostenible, pero cree que las propuestas del ecologismo han fracasado por el imaginario de renuncia, de pobreza, de atraso ("¿Vamos a volver al pasado? ¿A vivir en cuevas?") con el que se asocian. Tony lo tiene muy claro:

"No puedes pedirle a la gente que renuncie a comodidades personales y tangibles a cambio de una idea etérea. Por eso fracasó el comunismo. Por eso fracasaron todas esas comunas hippies primitivas que pregonaban 'la vuelta a la tierra´. El sufrimiento altruista está bien en las cruzadas breves, pero como modo de vida es insostenible".

Para eso está concebida la comunidad de Greenloop, para tenerlo todo: energía solar, tecnología verde, hogares inteligentes, generadores de biogás, conectividad online, furgonetas de reparto eléctricas, y todo ello en plena naturaleza salvaje... Y financiada por la corporación Cygnus. Para Tony Durand ecobarrios como BedZED o ecovillas como Sieben Linden (sí, los cita en el libro y existen de verdad: esta es una de las características del estilo narrativo de Brooks: su capacidad para dar verosimilitud a sus historias) no son un buen ejemplo: demasiado rigoristas, excesivamente austeras, "no tienen ninguna posibilidad de éxito porque se basan en políticas austericidas".



Pero un día el Monte Rainer, al norte de Greenloop, entra violentamente en erupción y la comunidad queda aislada: sin conexión (¡sin móvil ni Internet!) y con todos los accesos cubiertos por la lava. La erupción ha afectado a la flora de la zona y la fauna está desapareciendo. El invierno se acerca. Y unos aterradores seres de leyenda hacen su aparición, convirtiendo a los seres humanos en sus presas. Solo una anciana vecina de Greenloop, Mostar, escultora y superviviente de los atroces conflictos de los Balcanes, será capaz de sobreponerse y buscar la forma de sobrevivir cuando los fundamentos tecnológicos de la civilización se vienen abajo.  

En una entrevista, Max Brooks decía lo siguiente: “Ese es el error de la ciencia contemporánea. Damos por sentada la comodidad con la que vivimos. Después de la Segunda Guerra Mundial en Estados Unidos la ciencia intentaba hacer un mundo mejor, hoy en día trata de hacer un mundo más cómodo. ¿Cómo es posible que el mayor invento del siglo XXI haya sido poder ver la televisión en un teléfono cuando debería haber sido encontrar una fuente de energía alternativa que acabase con las guerras por el petróleo? No entiendo la figura de Steve Jobs, es terrorífico pensar en ella. De eso va la novela, de nuestra dependencia excesiva de la tecnología y de la gente de ciudad que cree que la naturaleza es inofensiva, que puede contemplarse como se contempla un cuadro”.

Y también: “La cooperación es también uno de los temas centrales de lo que escribo, porque si la humanidad ha llegado a lo más alto es porque todos hemos remado en la misma dirección, y ante cualquier crisis, como la que estamos viviendo ahora mismo, hay que tener eso especialmente claro: que hay que luchar juntos, no unos contra otros, porque el enemigo es la crisis, no el otro”.

¿Tanto rollo para un libro con bigfoots? Es que igual es algo más que eso... 

domingo, 12 de abril de 2020

Máquinas como yo

Ian McEwan
Máquinas como yo
Traducción de Jesús Zulaika
Anagrama 2019

"Puede que nos encontremos ante una situación límite, una limitación que nos hemos impuesto a nosotros mismos. Creamos una máquina con inteligencia y conciencia de sí misma y la obligamos a habitar nuestro mundo imperfecto. Concebida conforme a unas líneas racionales, y bien dispuesta para con los demás, esta mente pronto se verá enfrentada a un huracán de contradicciones. Nosotros hemos vivido con ellas, y su lista nos abruma. Millones de seres mueren de enfermedades que podemos curar. Millones de seres viven en la pobreza cuando existen medios para abolirla. Degradamos la biosfera cuando sabemos que es nuestra única casa. [...] En todo su maravilloso código no hay nada que pudiera preparar a Adán y a Eva para Auschwitz".

Gran Bretaña, año 1982. Gobierna Margaret Thatcher y la vida de los protagonistas se desarrolla dentro de una esperable cotidianidad. El narrador, Charles Friend, es un treintañero interesado por la electrónica y titulado en antropología por una pequeña universidad, que sobrevive gracias a la herencia de su fallecida madre y a la inversión en pequeña escala en los mercados de divisas online desde su domicilio alquilado, "dos húmedas habitaciones  de planta baja en la anodina tierra de nadie de unas casas adosadas estilo eduardiano entre Stockwell y Clapham, al sur de Londres". Su vecina del apartamento superior, Miranda Blacke, tiene veintidós años y cursa estudios de historia a la vez que cuida de su padre enfermo, que vive en Salisbury. Su relación, al principio de amistad, acaba derivando en relación de pareja (con algunas complicaciones inesperadas que no indico para no debilitar la trama).

Pero esta aparente normalidad es solo la superficie de una ucronía si tenemos en cuenta que, en la novela, Gran Bretaña ha sido derrotada en la guerra de las Malvinas; Thatcher acaba perdiendo las elecciones frente a un candidato laborista; los Beatles han sacado un nuevo album reagrupados tras doce años de ruptura; Alan Turing sigue vivo y goza del máximo respeto social y académico al frente de su instituto de investigación sobre inteligencia artificial y biología computacional; y, lo más relevante de todo, se han construido y comercializado unos sofisticados "humanos artificiales", doce "Adán" y trece "Eva" (agotadas en la primera semana), de diversas etnias. Acompañados de un manual de instrucciones online de 470 páginas y un botón de desconexión situado en la parte posterior de su cuello, "justo en la línea de nacimiento del pelo".

Aunque su primera intención fue adquirir una Eva, finalmente Charles ha invertido 86.000 libras, fruto de la venta de la casa familiar, en un Adán:

"Ahora lo teníamos allí desnudo sobre la mesita del comedor, con los tobillos envueltos en cartón y poliestireno, los ojos cerrados y un cable eléctrico negro que iba desde el punto de entrada umbilidal hasta la toma de corriente de trece amperios de la pared. Tardaría dieciséis horas en cargarse por completo. [...] No tenía ningún altavoz inserto en el pecho. Sabíamos por la publicidad entusiasta que formaba sonidos con el aliento, la lengua, los dientes y el paladar. Su piel, muy parecida a la piel viva, era cálida al tacto y tan suave como la de un niño. Miranda creyó verle un leve temblequeo en las pestañas. Yo estaba serguro de que lo que veía eran las vibraciones del metro que circulaba a treinta metros bajo nuestros pies, pero no dije nada".

Como todos sus congéneres, antes de lanzarlo a la "vida" es preciso programar su "personalidad" en función de las preferencias personales de sus propietarios, tarea que Charles decide compartir con Miranda. Aún así, esa primera programación no es sino la base a partir de la cual cada máquina desarrolla su capacidad de aprender a partir de su propia experiencia:

"En aquel momento yo no podía saber que esas opciones en escala iban a afectar muy poco a Adán. Lo en verdad determinante era lo que se conocía como «aprendizaje de la máquina». El manual del usuario brindaba apenas una influencia y un control ilusorios: ese tipo de ilusión que tienen los padres en relación con las personalidades de sus hijos".

Y es así que, como una señal desdichada de lo que vendrá después, en sus primeras horas de vida Adán comunica a Charles una oscura advertencia relativa a Miranda:  "Existe la posibilidad de que sea una mentirosa. Una mentirosa sistemática, maliciosa".

A partir de este planteamiento McEwan construye un texto repleto de giros y sorpresas, una narración a ratos traviesa y a ratos oscura e inquietante, que se convierte en una profunda reflexión sobre la complejidad y la ambiguedad moral de nuestra existencia; sobre la tremenda responsabilidad que supone crear seres pensantes y sintientes, educados/programados para actuar siempre de manera racional y altruista, y lanzarlos a un mundo lleno de contradicciones (los episodios que giran en torno a "la tristeza de las máquinas" son conmovedores); seres para los que no existen la mentiras piadosas ni las medias verdades...

¿Cómo podemos pensar siquiera en construir nada perfecto, nosotras y nosotros, seres tan imperfectos (afortunadamente)? Nos lo ha advertido Paul Virilio: toda invención lleva inexorablemente aparejada su correspondiente accidente: “Creación y caída, el accidente es una obra inconsciente, una invención en el sentido de descubrir lo que estaba oculto. A diferencia del accidente NATURAL, el accidente ARTIFICIAL es resultado de la innovación de un artefacto o materia sustancial. Se trata del naufragio del Titanic o de la explosión de la central de Chernobyl –catástrofes emblemáticas del siglo pasado-, el problema planteado por el acontecimiento accidental no es tanto el iceberg que aparece en el Atlántico cierta noche de 1912, o el reactor nuclear divergente cierto día de 1986, como la fabricación del trasatlántico «insumergible» o incluso la construcción de una central atómica en las cercanías de zonas habitadas” (Paul Virilio, El accidente original, Amorrortu 2009. Traducción de Irene Agoff).

La complicada irrupción en sus desnortadas vidas de Mark, un niño de cinco años hijo de una pareja grevemente desestructurada, se convierte en ocasión para que Miranda y Charles afronten la tarea, penosa y plenamente humana, de construir una existencia de seres humanos reales, de seres realmente humanos...


jueves, 26 de febrero de 2015

Por qué sí hay que apagar el móvil en clase

 
El titular que aparecía en la primera página de El País el pasado lunes no podía llamar más la atención: "Por qué no hay que apagar el móvil en clase". El subtítulo no aclaraba mucho más, aunque remarcaba el carácter imperativo del titular: "La digitalización masiva es el mayor reto del futuro de la educación". Y este tono imperativo se veía fuertemente reforzado con la primera frase del artículo en cuestión: "En el mundo actual, plenamente digitalizado, la entrada de la tecnología en el ámbito educativo es irreversible".
Perdón por la autocita, pero en 1996 publiqué un artículo titulado Participación y democracia ante las nuevas tecnologías (Telos: Cuadernos de Comunicación, Tecnología y Sociedad, nº 45, 1996, pp. 26-35. Puede leerse aquí.) en el que criticaba el determinismo práctico que caracteriza a la mayoría de la información, básicamente promocional, sobre nuevas tecnologías presentada por los grandes medios de comunicación. El artículo al que me estoy refiriendo es un ejemplo canónico de este tipo de información.
Estas eran las siete supuestas razones por las que se debería encender el móvil en clase:

1. El alumno lleva toda la información encima. La mueve, la intercambia, la comparte en red, fuera y dentro de clase. De esta forma, aprende de forma intuitiva, incluso sin ser consciente de ello. El móvil es clave para los estudiantes.
2. La clase ya no es el único lugar donde se aprende. El uso de apps educativas como complemento de los temarios empieza a ser una realidad. Y las iniciativas de emprendedores para crearlas son cada vez más numerosas. El sector calcula que en la actualidad existen más de 80.000 apps educativas. Son gratuitas y ayudan a que aumente la motivación del alumno. Muchos docentes y expertos insisten en su utilidad en el aula. Los contenidos vienen de fuera del aula y entran por la tecnología a través de los móviles o de otros soportes.
3. El profesor sabe usar la tecnología como el alumno. Todo el mundo usa la tecnología en su vida cotidiana y profesional, sea para mandar correos, navegar, jugar, oír música o, sí, algunos incluso para enseñar. Y ya sin mencionar que muchos de los profesores que ejercen ahora en la educación no universitaria pertenecen ya a generaciones que nacieron en la era tecnológica.
4. La transformación de la educación con la tecnología tiene tres patas: los recursos digitales con los que se dota al aula y a los alumnos (desde las pizarras digitales a los ordenadores), el seguimiento del profesorado y un currículo digitalizado. Y los recursos ya no son la asignatura pendiente, resaltan los expertos. De hecho, el 85% de los centros de secundaria de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) ya en 2012 estaba dotado de ordenadores de mesa; el 41%, de portátiles, y el 11%, de tabletas, según datos de esta organización. Los siguientes pasos a dar son extender el currículo digitalizado, así como el seguimiento y apoyo del profesorado en la enseñanza con esos materiales.
5. Los profesores ya no van a cursillos para que les enseñen a usar la tecnología. No son la solución. Está más que comprobado. Hoy en día el seguimiento del docente ya se hace por expertos en tecnología en los propios centros. Se les da apoyo sobre el terreno en el uso de todas las herramientas que integran el currículo digitalizado (que tiene múltiples recursos, como ilustraciones animadas, vídeos, visitas virtuales, foros…).
6. El gasto público en tecnología crece en los países más avanzados, a pesar de que baja el gasto en educación. Países como Estados Unidos o Inglaterra han seguido esta línea en plena crisis. Pero no siempre la inversión en tecnología para la educación se ha traducido en una mejora de los resultados de los estudiantes. De hecho, algunos de los países que menos invierten en ella (como Finlandia, Japón o Corea del Sur) salen en los primeros puestos de las pruebas Pisa de la OCDE, al igual que otros que, por el contrario, invierten mucho en ella (como Singapur, los Países Bajos o Estonia).
7. En los últimos años, se ha creado la figura del “Coordinador Tec” en los centros. Precisamente por la razón anterior. Para facilitar su buena utilización con el fin de que se traduzca en un mejor y más eficaz sistema de aprendizaje para los alumnos. Numerosos centros españoles ya cuentan con ellos. El “Coordinador Tec” es el responsable y supervisor de uso de la tecnología en las aulas. Hace un seguimiento del profesorado y de la adaptación del currículo del centro a ella.

¿Razones?  Veamos:
1. Se dice que el alumno lleva toda la información encima. En primer lugar, no escierto: el alumno lleva consigo sólo la información a la que puede acceder vía internet, que es mucha, muchísima, sí, pero ni es toda ni es siempre la más relevante. Por otro lado, un artículo publicado hoy por la misma informadora en el mismo diario señala que "sólo el 2% de los alumnos distingue la información relevante en Internet". ¿De qué sirve, entonces, llevar toda la información encima?

2. Se dice a continuación que la clase ya no es el único lugar donde se aprende. No lo ha sido nunca. Antes de internet también se aprendía a través del diario, de la radio, la televisión o el cine (además de en la familia, el grupo de iguales, las asociaciones intermedias o la calle), pero a nadie se le ocurrió jamás meter en el aula "sin apagar" a ninguna de estas instancias socializadoras y educadoras. Al contrario, lo que se ha buscado siempre es relacionar, sí, todas estas instancias, pero marcando una evidente distancia entre las mismas y la escuela, un espacio que sólo puede cumplir su función educativa gracias precisamente a esta distancia. Lo expresa perfectamente García Montero cuando escribe: "El camino que conduce de la casa a la escuela es también la distancia obligada entre un espacio privado y un espacio público dispuesto a hacerse respetar. Ninguna educación para los ciudadanos resulta tan eficaz como ese camino que hay que recorrer entre la casa de cada alumno y la escuela, el camino que permite alejarnos un poco de nuestra identidad particular, llegando a la pizarra de todos, la escuela única" (Luis García Montero, Inquietudes bárbaras, Anagrama, Barcelona 2008).

3. El resto de las supuestas ideas no son otra cosa que la expresión de que eso que se debe hacer (digitalizar masivamente la escuela) ya se puede hacer. Pero la cuestión es si se ha justificado suficientemente el debe: yo creo que no. Por cierto, todo el artículo, extenso (ocupaba una página completa del diario), se sustentaba sobre la opinión de un solo informante: el director de Educación de la Fundación Santillana, Mariano Jabonero.

Seguramente, de no haber leído el reciente libro de Roberto Casati, Elogio del papel, el artículo de El País me hubiera parecido poco más que un publireportaje camuflado de información contrastada.
Santillana pertenece a Prisa,editora del diario, y en los últimos tiempos la editorial especializada en material educativo se ha metido de lleno en el terreno del material digital destinado a la educación. Vender libros en papel o vender contenidos digitales, al cabo viene a serlo mismo. Si cuela, cuela.
Pero tras leer el libro de Casati, la cosa me parece mucho más preocupante. No intentaré resumir aquí su contenido: recomiendo su lectura reposada e íntegra. Sólo recogeré aquí tres de sus ideas:

1. El colonialismo digital es una ideología que se resume en un principio tan simple como peligroso: "Si puedes, debes". Si es posible hacer que una cosa o una actividad migren al ámbito digital, entonces debe migrar. Pero esto es más que cuestionable. Como cualquier otra tecnología, la digitalización puede resultar emancipadora en algunos casos, pero no en otros.

2. La lectura está amenazada, nos la roban. El ordenador ha contribuido a erosionar el tiempo de lectura de libros. De la lectura en profundidad, que no surge de manera natural: hay que aprender a practicarla y, una vez aprendida, hay que protegerla. Si leer significa aislarse para profundizar los nuevos dispositivos electronicos, sobrecargados de aplicaciones que nos invitan a bifurcar nuestra atención, no nos ayudan en nada, Esta es la tesis bien fundamentada de Nicholas Carr en Superficiales). El libro de papel presenta ventajas cognitivas: la linealidad facilita la comprensión, su calidad de objeto aislado, de objeto en sí, no conectado, facilita la atención.

3. La escuela presenta la característica de ser un ámbito protegido, en el seno del cual habría que aprender a procesar la información y no contentarse con buscarla o recibirla. Habría que defender este espacio protegido y resistirse a la introducción incondicional de instrumentos que favorecen (casi exigen) el multitasking y el zapping. Ya usan estas tecnologías digitales fuera de la escuela; por eso, debería resultar interesante que los estudiantes fueran al colegio para hacer cosas muy diferentes de las que se hacen habitualmente en la sociedad.

Como conclusión: "La escuela debe, en cierta medida, resistirse a las tecnología distrayentes, precisamente porque ya cuenta por sí misma con la inmensa ventaja de ser un espacio protegido en el cual el zapping está excluido por definición; ventaja que le permitiría no tener que correr tras el cambio tecnológico y, al mismo tiempo, generar, gracias paradójicamente a sus inmensas inercias, el verdadero cambio, que es el desarrollo moral e intelectual de los individuos".

lunes, 9 de junio de 2014

Si hay futuro en Gaviotas…





Alan Weisman es un periodista norteamericano especializado en cuestiones relacionadas con la ecología y el medio ambiente. Se hizo mundialmente conocido cuando en el año 2007 publicó un libro titulado El mundo sin nosotros, en el que especulaba sobre el impacto que tendría sobre la Tierra la desaparición repentina de todos los seres humanos. El libro va describiendo cómo, sin su control, vigilancia y cuidado por parte de ningún ser humano, todos los sistemas de comunicación, así como los de producción y distribución de energía, dejarían de funcionar y se colapsarían. La mayoría de los animales domésticos morirían presas de otros animales depredadores, pero algunos, como los perros, gatos y cerdos, volverían a su estado salvaje. Los edificios se irían derrumbando con el paso del tiempo, la hierba, las plantas y los árboles ocuparían las ciudades, el clima volvería a reequilibrarse en ausencia de las actividades humanas que tanto impacto tienen sobre el mismo… El libro tuvo tanto éxito que dio lugar a un documental que en España fue emitido por el canal Historia con el título de "La tierra sin habitantes".
Este mismo autor acaba de publicar ahora otro libro, titulado La cuenta atrás, en el que dibuja un escenario apocalíptico causado por un crecimiento demográfico que Weisman considera excesivo y que pone en riesgo nuestro futuro. De ahí que proponga como única solución la aplicación inmediata y expeditiva de medidas drásticas de control de la natalidad orientadas por la política del (como máximo) hijo único. Un tipo realmente pesimista, este Weisman. Otro Malthus.

Un pueblo llamado Gaviotas (Alan Weisman)
Sin embargo, en 1998 Alan Weisman publicó otro libro muy distinto de estos dos que le han dado tanta fama. Se titula Un pueblo llamado Gaviotas: el lugar dondese reinventó el mundo, y en él narra la experiencia de Paolo Lugari, un ingeniero colombiano tan visionario al menos como su compatriota, recién fallecido, Gabriel García Márquez, que hace 40 años, logró reunir a un grupo de científicos, artesanos, niños de la calle e indios de la etnia Guahibo con el objetivo común de construir una eco-aldea en los llanos de Colombia, a unos 300 kilómetros al este de Bogotá, una zona dura y hostil, casi deshabitada. La idea que empujaba a Lugari era: "Si la humanidad ha de sobrevivir, debe salir de las ciudades, y aprender a vivir de manera sostenible en las zonas donde la gente no ha tratado de sobrevivir antes”. Con mucho ingenio y mucho trabajo, desarrollando tecnologías adaptadas al terreno y al clima de la zona, transformaron 20.000 hectáreas de tierras áridas en una selva regenerada, fundando una comunidad, el pueblo de Gaviotas, considerado por Naciones Unidas como un modelo de desarrollo sostenible.


El libro se acaba de publicar en castellano este mismo año. Lo he leído con entusiasmo. Me quedo con dos reflexiones de Paolo Lugari: “En Gaviotas nosotros decíamos que eran suelos estériles, pero para cerebros estériles, cuando lo que realmente teníamos eran suelos diferentes. El conocimiento e imaginación es la mayoría de las veces, la que define qué es un recurso y cuándo deja de serlo”. Y esta otra: "Gaviotas no es una comunidad que pueda ser replicada. Lo que hay que hay que replicar es la manera de pensar de Gaviotas”

domingo, 6 de marzo de 2011

Transmedia: ¿nos volveremos más superficiales?

El pasado 26 de febrero EL PAÍS recogía en su suplemento Babelia un largo artículo firmado por Elisa Silió titulado "Mutaciones literarias", que anunciaba el comienzo de una nueva era en la edición literaria (considero exagerado hablar de una "nueva era literaria"): "Escribir y leer ya no es lo que era. Con algo de retraso, la literatura con extensiones en otros formatos y soportes multimedia y online se extiende en España. Es la evolución de la creación literaria más allá de las fronteras conocidas dando origen al llamado libro transmedia".
El artículo se apoya en algunos ejemplos de literatura transmedia española -como El silencio se mueve, de Fernando Marías- y, sobre todo, en las tesis sobre la convergencia cultural entre viejos y nuevos medios propuestas en 2006 por Henry Jenkins:

"Con convergencia me refiero al flujo de contenidos a través de múltiples plataformas mediáticas, la cooperación entre múltiples industrias mediáticas y el comportamiento migratorio de las audiencias mediáticas, dispuestas a ir casi a cualquier parte en busca del tipo deseado de experiencias de entretenimiento. [...] La convergencia representa un cambio cultural, toda vez que se anima a los consumidoses a buscar nueva información y establecer conexiones entre contenidos mediáticos dispersos".


De entrada, la idea de transmedia resulta atractiva. Un blog es un ejemplo de este tipo de producto comnicativo que aúna e integra texto, imagen, sonido, vínculos con otras obras, y permite la participación del lector.
Pienso en la posibilidad de volver a leer El Señor de los Anillos en formato transmedia y la idea me gusta. Poder acompañar la historia con el visionado de las espectaculares imágenes rodadas por Peter Jackson o de las evocadoras ilustraciones de John Howe, o poder recurrir a las obras que sobre Tolkien han escrito Joseph Pearce o Michael White, cuya lectura nos ayuda a comprender mejor las claves del genial relato.
Sin embargo, el libro de Nicholas Carr Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? introduce dudas de calado sobre el en principio atractivo futuro transmedia consecuencia de la convergencia cultural.
Partiendo del repetido aforismo de Marshall McLuhan -"El medio es el mensaje"- Carr se ocupa no de los contenidos que circulan por Internet, sino del estilo de pensamiento que, en su opinión, la propia estructura de la Web exige y produce: "Lo que parece estar haciendo la Web es debilitar mi capacidad de concentración y contemplación. Esté online o no, mi mente espera ahora absorber información de la manera en la que la distribuye la Web: en un flujo veloz de partículas" (p. 19).



Carr hace suya la caracterización del mundo digital como un "ecosistema de tecnologías de la interrupción" (p. 116). "Cuando nos conectamos a la Red -afirma-, entramos en un entorno que fomenta una lectura somera, un pensamiento apresurado y distraído, un pensamiento superficial. Es posible pensar profundamente mientras se navega por la Red, como es posible pensar someramente mientras se lee un libro, pero no es éste el tipo de pensamiento que la tecnología promueve y recompensa" (pp. 143-144). "La Red atrae nuestra atención sólo para dispersarla", advierte Carr. "La Red es, por su mismo diseño, un sistema de interrupción, una máquina pensada para dividir la atención" (p. 162).

En el libro Carr se refiere a una gran cantidad de experimentos e investigaciones que, en su opinión, sustentan su tesis de que en Internet no se lee; como mucho se desarrolla una "actividad de rastreo" a la búsqueda de ese titular, ese resumen o ese concepto que nos sea de utilidad en un momento concreto (pp. 167-168).



Como consecuencia, la manera de leer tradicional, asociada al libro impreso, parece estar en retroceso en el nuevo mundo digital. "Para algunas personas -advierte Carr-, la mera idea de leer un libro se ha vuelto anticuada, incluso algo tonta -como coser tus propias camisas o descuartizar una vaca-." (p. 21). ¿Para qué "perder" tiempo pérdidos entre los anaqueles de una biblioteca si Google me ofrece mucha más información y, sobre todo, mucho mejor dirigida a mis intereses concretos?

El declive de la lectura tradicional no es sino el indicador de un cambio mucho más relevante: el declive de la mente líneal -"calmada, concentrada, sin distracciones"- que se ve desplazada "por una nueva clase de mente que quiere y necesita recibir y diseminar información en estallidos cortos, descoordinados, frecuentemente solapados -cuanto más rápido, mejor-" (p. 22).

La descripción que Carr hace de la colonización de la literatura por esa tecnología intelectual que es la Red resulta desasosegante:

"La tendencia de Internet a transformar todo medio en un medio social surtirá un efecto de gran alcance en las maneras de leer y escribir, esto es, en el lenguaje mismo. Cuando la forma del libro cambió y permitió con ello la lectura en silencio, una de las consecuencias más importantes fue el desarrollo de la escritura privada. Los autores, capaces de suponer que un lector atento y comprometido tanto intelectual como emocionalmente 'aparecería al fin para darles las gracias', traspasaron répidamente los límites del discurso social para comenzar a explorar una riqueza de formas marcadamente literarias, muchas de las cuales no tenían cabida fuera de la página impresa. Esta nueva libertad del escritor privado condujo, como hemos visto, a una explosión experimental que expandió el vocabulario, ensanchó los límites de la sintaxis y aumentó la flexibilidad y la expresividad del lenguaje en general. Ahora que el contexto en que se produce la lectura vuelve a cambiar, de la página privada a la Red comunitaria, los autores volverán a adaptarse. Cada vez serán más los que ajusten sus obras a un medio que el ensayista Caleb Crain describe como gregario, en el cual la gente leerá principalmente 'para experimentar la sensación de pertenencia', más que para ilustrarse o evadirse. Cuando el ámbito social prima sobre el literario, el escritor se ve abocado a descartar la virtud y la experimentación en aras de un estilo inocio pero inmediatamente accesible. La escritura se convertirá en una forma de registrar banales chácharas" (pp. 133-134).

Agobiado, recurro a Alessandro Baricco y a su intento de comprender a esos bárbaros que "respiran con las branquias de Google":

"Los bárbaros utilizan el libro para completar secuencias de sentido que se han generado en otra parte. Lo que rechazan, lo que no les interesa, es el libro que remite, por completo, a la gramática, a la historia, al gusto de la civilización del libro: todo esto lo consideran algo pobre de sentido. No puede insertarse en ninguna secuencia transversal, y por tanto debe de parecerles terriblemente apagado. O por lo menos: no es ése el juego que saben hacer [...] Los bárbaros ienden a leer únicamente los libros cuyas instrucciones de uso se hallan en lugaes que NO son libros".

El debate está servido.

martes, 16 de febrero de 2010

Super móviles del futuro

Mobile World Congress en la Fira de Barcelona.
Teléfonos móviles con geolocalización, de manera que permite saber dónde están tus amigos, y hasta capaces de grabar películas en alta definición. Participar en redes sociales, recibir noticias, leer documentos digitales, conectarse a Internet...




Son las nuevas navajas suizas.
Yo también tuve una: con sus tijeras, su sierra, su sacacorchos...
Pero creo que nunca la utilicé para nada más que no fuera cortar.