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domingo, 26 de julio de 2026

M. El fin y el principio

Antonio Scurati
M. El fin y el principio
Traducción de Carlos Gumpert
Alfaguara, 2026

"Y entonces, volverá. Podréis cortar esa soga, pero el cadáver permanecerá colgado para siempre e la marquesina de esa gasolinera, inacabado, listo para su uso, maldecido y maldiciente. Volverá con cada mala cosecha, en la canícula irrespirable de agosto, en la tristeza del sol en su ocaso por occidente, en la melancolía de un nuevo siglo que nada promete y, precisamente por eso, cumple su promesa.
Volverá en los patéticos bustos de bronce, transmitidos de padres a hijos, exhibidos con melindrosa jactancia en los salones burgueses, pero, sobre todo, volverá en los estratos bajos de la vida, reducida a sus humores -rencor, resentimiento, traición- y en su mayor pasión, el miedo. Volverá cada vez que invoquéis al hombre fuerte que no sois ni seréis jamás, al Jefe capaz de guiaros, permaneciendo a  vuestras espaldas, avivando vuestro descontento, cada vez que al borde de las tinieblas lloriqueéis pidiendo que os cuenten un cuento para dormir: uno más, papaíto, uno más, por favor. Volverá y os repetirá siempre la misma cantilena: yo soy el pueblo, el pueblo soy yo, y al diablo con todo lo demás; el mal no existe, solo existen los hombres malvados con sus maleficios; la realidad no es compleja, es simple, es infantil la realidad, todos los problemas se reducen a uno solo, ese problema a un enemigo, el enemigo a un extranjero, el extranjero a un invasor. Y al enemigo extranjero invasor se le puede matar, se le debe matar, de un tiro en la cabeza y de otro en el corazón".


Este  último volumen de la imprescindible pentalogía de Scurati es una inmersión en la fase más oscura del fascismo italiano. Si los primeros volúmenes de la serie relataban el ascenso de Mussolini y la consolidación de su régimen, y los siguientes mostraban su desgaste progresivo, este último nos introduce en los aproximadamente seiscientos días que transcurren entre la creación de la República Social Italiana o República de Saló en septiembre de 1943 y la muerte del dictador en abril de 1945. Con un Mussolini en absoluto declive, el foco del libro ya no recae exclusivamente sobre "el hijo del siglo", sino sobre la violencia en todas sus manifestaciones: como forma de gobierno, como lógica de la guerra civil, como instrumento de la ocupación nazi y como legado que perdura más allá del derrumbe del régimen.

El líder seguro de sí mismo que dominaba los primeros volúmenes ha dejado paso a un hombre física y políticamente vencido, reducido a depender de Hitler y del fanatismo de un reducido grupo de seguidores. Esa decadencia podría invitar a una lectura compasiva, pero Scurati rehúye cualquier forma de indulgencia: el Mussolini de estos últimos meses aparece como un personaje cada vez más debilitado, pero nunca desvinculado de la responsabilidad por la espiral de violencia que acompañó el ocaso del fascismo italiano, cuando, en su fase terminal, el régimen mostrará sus expresiones más brutales, al menos hacia el interior de Italia, pues en Etiopía y en Libia ya había practicado sin control ninguno la masacre  y la tortura.

Uno de los mayores aciertos del libro consiste en desplazar la mirada hacia la República de Salò, un episodio que durante mucho tiempo permaneció en un segundo plano dentro de la memoria pública italiana. Frente a la imagen del fascismo asociada al consenso de los años treinta o a la escenografía propagandística del régimen, Scurati sitúa en primer plano los meses marcados por la colaboración con la ocupación alemana, la guerra entre italianos, las represalias, las ejecuciones y la persecución sistemática de toda forma de resistencia. El autor sugiere así que la verdadera naturaleza del fascismo no solo se manifiesta cuando conquista el poder, sino también cuando, incapaz de conservarlo mediante el consentimiento, recurre exclusivamente al terror para prolongar su existencia.

"Por otro lado, en esta primavera sangrienta, todo Milán se ha convertido en una ciudad de torturadores. Los de la Muti no son los únicos, en efecto, que practican sistemáticamente este preludio gratuito a la muerte.  Cada una de las diversas fuerzas policiales, más o menos legales, tiene su propio sótano enlodado de sangre y sus propias escuadras de sádicos. [...] Desde sus sótanos se alzan día y noche los gritos desgarradores de hombres y mujeres atormentados con sopletes, duchas hirvientes, garrotes de acero, violados con porras, látigos y nudos malayos. Los gritos de dolor se mezclan con los de placer: las carcajadas de los borrachos, con las gargantas destrozadas por el licor de marca, roncos por la cocaína".

Desde esta perspectiva, la novela rebasa el interés puramente histórico. No se limita a contar cómo termina un régimen, sino que reflexiona sobre aquello que permanece después de su caída. El propio título apunta en esa dirección: el final contiene ya el germen de un nuevo comienzo. La desaparición del fascismo no elimina las fracturas sociales, las memorias enfrentadas ni determinadas culturas políticas que seguirán condicionando la vida italiana durante décadas. La exhibición del cadáver de Mussolini en Piazzale Loreto simboliza el cierre de una etapa, pero en absoluto supone la erradicación de aquello que el fascismo había sembrado.


Esa lectura del título encuentra una confirmación especialmente elocuente en los dos apartados con los que Scurati cierra el libro: "Las muertes" y "Una vida". El primero ofrece un breve recorrido por el destino de numerosos dirigentes y colaboradores del régimen. Aunque algunos fueron ejecutados o murieron en los últimos compases de la guerra, otros muchos lograron escapar, reintegrarse en la vida pública o incluso encontrar acomodo en las nuevas estructuras políticas, económicas (como el caso de Pirelli) y de inteligencia de la posguerra, incluidas la CIA y el propio Estado italiano; y no podemos olvidar que el Movimiento Social Italiano, partido de inspiración abiertamente fascista, fue fundado ¡en diciembre de 1946! El segundo se centra en la figura de Liliana Segre, superviviente de Auschwitz y posteriormente una de las voces más importantes de la memoria del Holocausto en Italia. En ese contraste entre las supervivencias del fascismo y la supervivencia de quien padeció sus consecuencias más extremas se condensa el sentido profundo de El fin y el principio: toda conclusión histórica abre simultáneamente procesos distintos y contrapuestos. Termina un régimen, pero comienza la larga disputa por su memoria, por sus herencias y por el significado que ese pasado tendrá para el futuro. Me parece, además, que hay un elemento especialmente brillante en la estructura elegida por Scurati. El libro no concluye con la muerte de Mussolini, que sería el final previsible de una biografía del dictador, tampoco termina con el balance de los jerarcas fascistas. Decide cerrar con la vida de Liliana Segre, y esta es, creo, una elección de enorme fuerza simbólica: el último nombre de la pentalogía no es el del verdugo, sino el de una víctima que sobrevivió para dar testimonio. Después de miles de páginas dedicadas a explicar cómo se construyó y cómo cayó el fascismo, la última palabra no pertenece al poder totalitario, sino a la memoria resistente. Esa decisión narrativa transforma el sentido del conjunto de la obra: la historia de Mussolini termina, pero la responsabilidad de recordar apenas comienza, como advierte el autor al inicio del libro:

"Hoy, más que cuando di comienzo a este relato, un número consistente y creciente de italianos, europeos y estadounidenses tienden a ignorar, a negar e incluso a añorar esta terrible historia. De esta manera, se preparan para repetirla bajo nuevas formas. Hoy, más que nunca, se hace necesario seguir contándola. Asumir la responsabilidad. Frente al pasado, al presente y, por encima de todo, al futuro".

Scurati mantiene el procedimiento narrativo que ha caracterizado toda la saga y que la ha convertido en una de las propuestas literarias más singulares de los últimos años, de modo que su obra no puede entenderse ni como una novela histórica convencional ni como un ensayo en sentido estricto. Se trata de una reconstrucción literaria sustentada en un trabajo documental extraordinariamente amplio, donde los hechos, los discursos y los personajes remiten constantemente a fuentes históricas. La aportación del escritor reside en su portentosa capacidad para articular ese inmenso caudal documental en un relato continuo, dotando de profundidad psicológica a sus protagonistas y ofreciendo una interpretación coherente de un periodo especialmente complejo.

Leída en su conjunto, la serie M. representa una extraordinaria contribución tanto a la literatura como a la comprensión pública del fascismo. Sin pretender sustituir el trabajo de la historiografía, consigue acercarnos a la experiencia humana del poder totalitario sin atenuar en ningún momento la responsabilidad de quienes lo ejercieron. Esa combinación entre rigor documental y ambición narrativa permite comprender que los procesos históricos más destructivos no son fruto de personajes excepcionales o monstruosos, sino de individuos reconocibles capaces de transformar el resentimiento, el miedo y la violencia en instrumentos de dominación política.

Por ello la lectura termina interpelando más al presente que al pasado. El libro no solo reconstruye el derrumbe del fascismo italiano, también invita a reflexionar sobre la fragilidad de las democracias y sobre los mecanismos mediante los cuales pueden erosionarse desde su interior. Su desenlace no funciona únicamente como el cierre de una biografía política, sino como un recordatorio de que ninguna sociedad puede considerar definitivamente superada la amenaza del autoritarismo.

"A todos los que aún creen
en la democracia.
Que se preparen para
luchar".
 

miércoles, 4 de junio de 2025

M. La hora del destino

Antonio Scurati
M. La hora del destino
Traducción de Carlos Gumpert
Alfaguara, 2024

"El sacrificio idiota es el único horizonte, habrá que prolongar la defensa a ultranza, hasta la última gota de sangre. Veinte años de retórica fascista así lo imponen".


Cuando el telón cae sobre los imperios, lo hace con estrépito, pero también con una inercia que los vuelve espectrales antes de desaparecer del todo. En M. La hora del destino, Antonio Scurati nos sitúa precisamente en ese crepúsculo del fascismo italiano, en los años que van de 1940 a 1943: la entrada de Italia en la Segunda Guerra Mundial, las derrotas militares, el aislamiento progresivo de Mussolini y, finalmente, su caída humillante a manos de sus conmilitones del Gran Consejo Fascista.

Este cuarto volumen nos aproxima al final del proyecto novelístico más ambicioso de la literatura italiana contemporánea: la reconstrucción narrativa del ascenso y caída de Benito Mussolini como figura histórica, mito nacional y tragedia ideológica. Pero, como en los libros anteriores de la serie, Scurati escribe una novela documental en la que el relato se ve acompañado de documentos reales -discursos, cartas, notas de prensa- para ofrecernos un relato histórico profundamente vívido.

Italia entra en guerra en junio de 1940, cuando Francia está ya vencida y Hitler parece invencible. Mussolini no quiere quedarse atrás. Busca una victoria rápida y una silla en la mesa de la victoria alemana. Pero pronto la realidad se impone: las campañas en Grecia, en África, en los Balcanes y en Rusia acaban en desastre tras desastre. El ejército italiano, mal equipado, mal dirigido, expuesto al clima y al desánimo, no resiste. El país comienza a pagar el precio del sueño imperialista. Alrededor del Duce, Scurati construye un mundo que se desmorona. No hay héroes, solo oportunistas, cómplices, familiares confundidos y un puñado de patéticos fanáticos:

"Barrigones, ajados o bien engominados, repletos los unos y los otros de lentejuelas y grecas. Estos son los hombres de quienes depende el destino de Italia en la nueva guerra del mundo".

A estas alturas, Mussolini ha dejado de ser el líder carismático del primer volumen. Ahora se muestra envejecido, paranoico, cada vez más encerrado en su mundo de retórica hueca y gestos vacíos; es un hombre que sigue hablando como si todavía tuviera el control de Italia, pero cuyos discursos y decisiones, más allá de su cada vez más reducido círculo de incondicionales, ya no despiertan entusiasmo, sino una mezcla de escepticismo y sospecha:

"Después de interrogarlo un buen rato con la mirada, Enno von Rintelen [agregado militar de la embajada nazi en Roma] se ve obligado a comprender: no se haya ante una monstruosa muestra de cinismo ni ante un repugnante episodio de narcisismo. Se trata, más trivialmente, de incompetencia. Benito Mussolini no es el tirano sediento de sangre dispuesto a enviar a sus soldados a morir mal armados por sus propios cálculos abyectos; no es el dictador obnubilado, a pesar de todo, por el culto personal que esos hombres le rinden. Mucho más simplemente, el Duce no está en condiciones de hacer una valoración técnica del equipamiento de sus ejércitos. Y ello no le causa preocupación. Este hombre es el orgulloso, audaz y beligerante jefe de una nación en armas, pero no conoce las armas".

En este entorno, Scurati muestra su enorme talento para reconstruir una atmósfera psicológica desde los pliegues de la historia. La corte fascista es ya un velorio en cámara lenta y la presión de la derrota y la descomposición moral de un régimen que ya no cree en sí mismo empujan la narración hacia un destino inevitable: la reunión del Gran Consejo del Fascismo en julio de 1943 y el arresto de Mussolini por orden del rey Víctor Manuel III:

"Al cabo de veinte años, ha caído el fascismo, pero en esa demolición no participa un solo antifascista en la Sala del Papagayo. Son las 2.30 horas de la noche del 25 de julio de mil novecientos cuarenta y tres. Se levanta la sesión".

La hora del destino no cierra la historia de Mussolini (aún quedan por relatar la República de Saló y su muerte), pero sí cierra un periodo esencial: el paso del fascismo triunfante al fascismo derrotado. Scurati no escribe para redimir ni para condenar, sino para recordar que una nación puede perderse en su propio delirio, que el fascismo no fue solo una anomalía del pasado sino una posibilidad siempre latente. Y en estos tiempos donde los discursos autoritarios resurgen con otras máscaras, su voz resuena como advertencia y como memoria.