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viernes, 29 de mayo de 2026

El ancho ancho mar

Hampton Sides
El ancho ancho mar
Traducción de Amado Diéguez
Capitán Swing, 2025

"Pero hoy los viajes de Cook están en entredicho y sometidos a acalorados debates sobre todo en la Polinesia, porque fueron, a decir de muchos, el comienzo del sistemático desmantelamiento de culturas isleñas tradicionales en los que se ha dado en llamar «el impacto fatal», la celebrada expresión de Alan Moorehead. Este historiador se interesó sobre todo por ese «fatídico momento en que alguien fuerza la entrada de una cápsula social», y no tenía ninguna duda de que las expediciones de Cook son un ejemplo perfecto de este fenómeno. Vistos en su conjunto, los viajes de James Cook constituyen una crónica moralmente compleja de la que, desde el punto de vista de las sensibilidades modernas, queda mucho que esclarecer y censurar. Eurocentrismo, patriarcado, cultura del privilegio, masculinidad tóxica, apropiación cultural, el papel de la raza invasora en la destrucción de la biodiversidad insular: los viajes de Cook contienen las semillas históricas de estos y muchos otros debates hoy candentes".


En este ensayo el historiador y periodista Hampton Sides regresa a uno de los grandes relatos fundacionales de la modernidad occidental: el último viaje del capitán James Cook por el Pacífico.  Con un extraordinario pulso narrativo, Sides reconstruye la tercera expedición de Cook, la que culminaría con su muerte en Hawái en 1779, para mostrar las luces y sombras de la expansión europea: el deseo de conocimiento y, al mismo tiempo, la violencia que acompañó al despliegue imperial.

El ensayo avanza con la intensidad de una novela de aventuras: tormentas, hielos árticos, enfermedades, tensiones a bordo, navegación extrema y encuentros entre mundos que apenas comienzan a descubrirse mutuamente. Sides convierte la documentación histórica en relato vivo, pero el libro no es una simple exaltación de la aventura marítima o de la exploración heroica y toda la narración está atravesada por la ambivalencia moral. Cook -"el Cristóbal Colón del Pacífico"-  aparece como un navegante brillante, disciplinado y relativamente respetuoso con los pueblos indígenas para los estándares de su época, aunque inseparable de la maquinaria colonial que abrió el Pacífico a la dominación europea.

El autor presta especial atención al deterioro físico y psicológico de Cook durante esta última travesía. El gran explorador ilustrado empieza a mostrar signos de agotamiento, irritabilidad y pérdida de juicio. El viaje se transforma así en una suerte de crónica del desgaste de un hombre de una cierta "inocencia ilustrada". Porque aquellos primeros contactos, más allá de las intenciones personales de Cook, acabarían resultando devastadores para las poblaciones indígenas del Pacífico. Con los barcos y los marinos europeos llegaron enfermedades desconocidas, alteraciones profundas de las formas de vida locales y la incorporación forzada de esos territorios a circuitos imperiales, comerciales y misioneros que transformarían radicalmente sus sociedades, hasta la extinción física en algunos casos:

“La Tierra de Van Diemen sería el único lugar donde la expedición de Cook no propagaría las espiroquetas de la enfermedad venérea. Los palawa, por el momento, estaban a salvo, pero pronto sufrirían el violento choque con la «civilización». Los tasmanos no eran inmunes a patógenos frecuentes en Europa –eran, como hoy diría la ciencia, «epidemiológicamente inocentes»-. Una violencia sanguinaria acabaría con aquellos con los que no había acabado la enfermedad. Los colonos ingleses cazarían a los palawa como a animales, matándolos de un disparo a veces solo por diversión. Transcurrido un siglo de la llegada de Cook, eran prácticamente una raza extinta. Parece ser que la última persona con sangre exclusivamente aborigen de Tasmania fue una anciana llamada Truganini nacida en Lunawann-alonnah. Falleció en 1876”.

Ahí reside una de las grandes virtudes del libro. Sides muestra cómo exploración científica y dominación colonial avanzaron siempre de la mano. Las expediciones de Cook llevaban astrónomos, cartógrafos y naturalistas; pero cartografiar también era preparar el territorio para futuras formas de control. Nombrar islas, medir costas y abrir rutas marítimas significaba hacer gobernable y explotable el mundo descubierto. Más que juzgar retrospectivamente a Cook, Hampton Sides busca comprender cómo se entrelazaron curiosidad científica, ambición imperial y choque civilizatorio en el nacimiento del mundo moderno. Y lo hace con una escritura amplia, cinematográfica y profundamente absorbente, capaz de convertir el océano Pacífico en el verdadero protagonista del libro: un espacio inmenso donde se cruzan el deseo de conocimiento, el afán de poder y la tragedia histórica.

Más allá de las cualidades personales de Cook .su curiosidad científica, su relativa capacidad diplomática o incluso ciertos gestos de contención respecto a otros navegantes europeos-, aquellos “primeros contactos” abrieron procesos devastadores para las poblaciones indígenas del Pacífico. La catástrofe no fue solo militar o política, sino también biológica, cultural y temporal. Con los barcos llegaron enfermedades frente a las que las poblaciones locales no tenían defensas inmunológicas: viruela, gripe, tuberculosis, enfermedades venéreas. En muchos lugares, el impacto demográfico fue brutal en apenas unas décadas. A ello se añadió la incorporación forzada de esos territorios a circuitos globales que destruyeron formas de vida, sistemas de autoridad, cosmologías y equilibrios ecológicos.

Durante mucho tiempo a muerte de Cook en Hawái fue narrada como el asesinato trágico de un gran explorador civilizador. Hoy puede leerse como el momento en que la resistencia indígena irrumpe dentro de una historia que durante siglos había sido contada únicamente desde el punto de vista europeo. Es la otra cara del viaje de Cook: la experiencia de quienes veían llegar barcos que, aunque todavía no lo supieran, empezaban a sentir que transformarían radicalmente su mundo.

jueves, 8 de enero de 2026

Los Estados Unidos de Trump: la doble brutalización


Lo ocurrido en Minneapolis no es solo una tragedia individual, menos aún un “exceso” puntual de una agencia federal. Es un síntoma y, sobre todo, encaja con una lógica más amplia: la brutalización simultánea del ejercicio del poder hacia el exterior y hacia el interior de los Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump.

1. La violencia exterior como pedagogía del poder

En el plano internacional -por ejemplo, en la política hacia Venezuela- la administración Trump ha reforzado una lógica de castigo, asfixia y escarmiento. No se trata solo de sanciones económicas, sino de un discurso que deshumaniza al adversario político, presenta la coerción como moralmente necesaria y normaliza el sufrimiento civil como “daño colateral aceptable”.

Esta forma de ejercer hegemonía tiene un rasgo clave: el poder deja de justificarse por normas compartidas y se justifica solo por su capacidad de imponerse. La ley internacional, los organismos multilaterales o los derechos humanos pasan a ser obstáculos, no marcos. Pero esa “pedagogía” no se queda fuera. Vuelve a casa.

El asesinato de una mujer estadounidense en Minneapolis durante un operativo migratorio es brutal precisamente porque rompe la ficción de que la violencia del Estado “solo” se ejerce contra otros. Aquí el “otro” ya no es extranjero, es cualquiera que quede fuera del relato de orden.

2. La importación de la lógica del enemigo al espacio interno

Cuando un Estado se acostumbra a tratar a otros pueblos como amenazas abstractas, termina aplicando el mismo esquema a sectores de su propia población.

En el ámbito interno, esa lógica se manifiesta en la militarización de la seguridad, la expansión de agencias como la Immigration and Customs Enforcement (ICE, Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) o la idea de que ciertos cuerpos (migrantes, pobres, disidentes, racializadas) son riesgos a neutralizar, no ciudadanas y ciudadanos a proteger.

Un agente del ICE a asesinado a Renee Nicole Good, de 37 años y madre de tres criaturas, durante una operación de control migratorio federal en la que participaban unos 2.000. Vídeos tomados por testigos muestran a agentes del ICE fuertemente armados rodeando del vehículo de la mujer, quien, tras un aparente intento de avanzar con su vehículo, es tiroteada quemarropa.

La administración del presidente Trump y el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) se han apresurado a afirmar que el agente actuó en defensa propia y han calificado los hechos cmo algo similar a un “acto de terrorismo doméstico”. El vicepresidente Vance también ha dicho que el agente autor de los disparos “está protegido por inmunidad absoluta” y ha acusado a la fallecida de ser una activista “víctima de la ideología de izquierda” que trató de atropellar al oficial con su vehículo.

Por el contrario, autoridades locales y estatales, incluyendo el alcalde de Minneapolis y el gobernador de Minnesota, han rechazado esa narrativa, denunciando el uso excesivo de la fuerza y exigiendo investigaciones claras y participación estatal en las mismas.

3. El hilo común: deshumanización y excepcionalidad permanente

El vínculo entre lo externo y lo interno no es retórico, es estructural. Ambos descansan en dos pilares. El primero, la deshumanización: cuando el lenguaje del poder convierte personas en categorías (“ilegales”, “amenazas”, “enemigos”), la violencia se vuelve técnica, administrativa, casi automática; ya no se mata a alguien, se “neutraliza un riesgo”. El segundo pilar es la excepcionalidad: se gobierna como si el país estuviera siempre al borde del colapso. En ese clima, todo vale: fuera, bloqueos, injerencias, castigos colectivos; dentro, uso letal de la fuerza, opacidad, impunidad federal. La excepción se vuelve norma, y la norma deja de proteger.

4. El retorno de la violencia imperial

Hay algo histórico en esto. Los imperios siempre acaban reimportando a casa las técnicas de dominación que ensayan fuera; estos nunca consiguen confinar la violencia a sus márgenes, a sus periferias. Las técnicas que ensayan lejos, sobre poblaciones convertidas en objetos de administración o castigo, terminan regresando al centro; la frontera exterior se disuelve y reaparece en las calles, en los cuerpos, en las instituciones.

Ya lo advirtieron pensadoras como Hannah Arendt y pensadores como Aimé Césaire: la dominación colonial no solo destruye a los dominados, también corroe moral e institucionalmente a la metrópolis. La violencia que se justifica “fuera” vuelve hacia “dentro” transformada en método de gobierno. La brutalidad interna es el precio de una hegemonía que ha aprendido a gobernar instalada en la excepción. El imperio, incapaz de contener su violencia en el exterior, acaba aplicándose a sí mismo las herramientas que creó para dominar a otras y otros.

En el caso estadounidense, este “efecto boomerang” se manifiesta de manera muy concreta. Las doctrinas de contrainsurgencia, desarrolladas para gestionar poblaciones consideradas hostiles en escenarios externos, han ido impregnando progresivamente la concepción de la seguridad interna. La ciudadana y el ciudadano dejan de ser un sujeto de derechos y pasan a ser un factor de riesgo en unas ciudades convertidas en teatro de operaciones. No se trata ya de perseguir delitos, sino de controlar territorios y conductas.

A esta transformación doctrinal se suma una traducción material inequívoca: la militarización de la policía. Equipos diseñados para la guerra (vehículos blindados, armamento táctico, dispositivos de vigilancia) pasan de los frentes exteriores a las calles. El mensaje es claro: el orden interno se mantiene con lógicas de guerra, no de convivencia democrática. Cuando la estética, el entrenamiento y el lenguaje son militares, la respuesta tiende a ser militar, incluso ante conflictos civiles.

El tercer canal del retorno es la vigilancia. Las herramientas creadas en nombre de la “guerra contra el terrorismo” (recolección masiva de datos, centros de fusión de inteligencia, cooperación opaca entre agencias) se integran en la gestión cotidiana del Estado. El resultado es una relación invertida entre poder y sociedad: la ciudadanía se vuelve transparente para el Estado, mientras el Estado se vuelve totalmente opaco para esta.

5. La frontera como laboratorio

El laboratorio más revelador de esta lógica sea la frontera. Allí se normalizan prácticas de excepción: detenciones prolongadas, uso intensivo de la fuerza, ambigüedad legal, deshumanización del “otro”. Cuando agencias como la ICE trasladan esa lógica al interior del país, la frontera deja de ser un lugar y se convierte en una condición: aparece en barrios, carreteras, domicilios, y el “enemigo externo” se reconfigura como amenaza interna.

En este contexto, lo verdaderamente inquietante no es solo el acto violento en sí, sino su normalización discursiva. Cada episodio sigue un guion reconocible: se invoca la autodefensa, se amplifica la noción de amenaza, se activa el cierre de filas institucional y se desplaza el caso a circuitos de investigación que reducen la transparencia. Nombrar el hecho como “crimen” se vuelve casi imposible, porque el lenguaje disponible es el de la seguridad, no el de la justicia. Cuando el Estado pierde la capacidad de sentir vergüenza ante su propia violencia, ya no estamos ante una democracia tensionada, sino ante una democracia degradada.

Aquí se produce el punto de inflexión más grave. Una democracia puede soportar tensiones, incluso episodios de violencia. Lo que no puede soportar es la pérdida de vergüenza ante esa violencia. Cuando el Estado ya no siente la necesidad de justificarse moralmente, cuando basta con invocar “orden”, “seguridad” o “terrorismo” para clausurar el debate, la degradación democrática está en marcha.

6. Las resistencias a la brutalización: límites, fisuras y posibilidades

La buena noticia es que esta deriva autoritaria no avanza en un vacío. Incluso en un contexto de fuerte recentralización del poder bajo Donald Trump, Estados Unidos sigue siendo un sistema fragmentado, y esa fragmentación es precisamente el terreno donde surgen las resistencias.

Resistencias institucionales: frágiles pero reales

Uno de los principales focos de resistencia proviene de gobiernos estatales y municipales, especialmente en estados gobernados por demócratas. Ciudades como Minneapolis o estados como California han limitado la cooperación con la ICE, como durante la anterior presidencia de Trump se constituyeron como “santuarios” frente a la política anti inmigración. Tras episodios de violencia federal, alcaldes y gobernadores han exigido investigaciones estatales, rompiendo el monopolio narrativo del gobierno federal. El problema es que estas resistencias dependen de competencias legales restringidas, por lo que el poder coercitivo último sigue siendo federal.

También el sistema judicial estadounidense sigue siendo un campo de disputa. Juezas y jueces federales y estatales han bloqueado órdenes ejecutivas, deportaciones colectivas y usos expansivos de la fuerza. Por otra parte, demandas civiles y constitucionales intentan repolitizar la legalidad, obligando al Estado a justificar sus actuaciones. También esta resistencia tiene un límite: la judicialización es lenta, técnica y fácilmente presentada como “elitista” o “antidemocrática” por el discurso trumpista.

Resistencias sociales: fragmentadas pero persistentes

Movimientos civiles y comunitarios, organizaciones de derechos civiles, redes vecinales y colectivos migrantes actúan como infraestructuras de contención frente a la brutalización: monitorean redadas, documentan abusos, ofrecen apoyo legal y material a las personas perseguidas y violentadas. Cada muerte, cada abuso visible, reactiva ciclos de protesta, no siempre masivos, pero constantes. La calle sigue siendo un espacio de disputa simbólica y la violencia estatal ya no puede ocultarse del todo gracias a registros ciudadanos. El problema es que esta protesta es fácilmente encuadrada como amenaza al orden, justificando más represión. Es una resistencia necesaria pero vulnerable. ¿Su límite? Desgaste, criminalización y desigualdad de recursos frente al Estado.

Resistencias dentro del propio Estado

Esta dimensión suele pasarse por alto, pero es crucial. Muchas funcionarias y funcionarios, fiscales locales, agentes y burócratas no comparten esta deriva brutalista y autoritaria, lo que se concreta en filtraciones, dimisiones, resistencias pasivas y desacuerdos internos que erosionan la eficacia total del aparato represor. Incluso dentro de agencias federales existen fracturas entre mandos politizados y profesionales que aún se reconocen en una ética de servicio público. De nuevo, hay un evidente límite en esta forma de resistencia: estas resistencias son silenciosas, individuales y rara vez visibles; no construyen por sí solas una alternativa política.

Resistencias culturales y narrativas

Aquí se libra una batalla decisiva. Hablamos del periodismo de investigación, las universidades, la producción cultural o las acciones y reivindicaciones de memoria histórica, que siguen disputando el relato de lo que es “normal” o “aceptable”. Nombrar un asesinato como asesinato y no como “incidente” es ya una forma de resistencia. Mantener el lenguaje moral vivo es una forma de frenar la deshumanización. Su limitación; saturación informativa, polarización y desconfianza generalizada en la idea misma de “verdad”.

El rasgo común de todas estas resistencias es que existen, pero no convergen. Son defensivas, reactivas y sectoriales. Lo que falta no es indignación ni valor, sino un marco común, un proyecto político articulado y una narrativa capaz de disputar la idea de seguridad, soberanía y orden sin caer en la lógica del miedo. Mientras la brutalización se presenta como “decisión fuerte”, la resistencia aparece como “obstáculo”.

7. Una conclusión provisional

La pregunta decisiva no es si hay resistencias, que las hay, sino si pueden dejar de resistir para empezar a gobernar el sentido del poder en el país. Hoy, en EE. UU., la brutalización avanza no porque no encuentre oposición, sino porque no encuentra todavía una alternativa creíble que la sustituya

El triunfo de Zohran Kwame Mamdani en Nueva York no constituye una solución al problema de fondo que venímos analizando, pero sí funciona como una señal. No altera el equilibrio nacional del poder ni frena por sí mismo la dinámica de brutalización, pero ofrece algo escaso hoy en Estados Unidos (y en el mundo): una intuición práctica de cómo podría construirse una alternativa creíble.

Lo interesante del caso Mamdani no reside únicamente en su programa, sino en la forma en que concibe la política. No se presenta como una figura de resistencia exclusivamente moral frente a un poder desbocado, sino como alguien que aspira a gobernar el sentido mismo del poder político. Su discurso no se organiza en torno al miedo, la amenaza o la excepcionalidad, sino alrededor de derechos materiales concretos: vivienda, transporte, alimentación, servicios públicos. En lugar de responder a la lógica securitaria con una versión “progresista” de la seguridad, desplaza el eje del debate: el problema central no es el desorden social, sino la inseguridad material estructural que atraviesa la vida cotidiana.

En ese desplazamiento hay una enseñanza clave: la brutalización del poder se legitima prometiendo orden frente al caos; Mamdani, en cambio, redefine la agenda mostrando que la verdadera estabilidad proviene de condiciones de vida previsibles y dignas. No se limita a denunciar la violencia del Estado o la injusticia del sistema, sino que propone cómo debe funcionar el poder para producir bienestar. Eso le permite interpelar no solo a los sectores militantes, sino a amplias capas de población que no se reconocen en una identidad política radical, pero sí como inquilinas, usuarias del transporte público, trabajadoras o vecinas.

Su victoria también muestra que es posible pasar, al menos en determinadas escalas, de la protesta defensiva a una hegemonía parcial. Es verdad que Nueva York ofrece condiciones específicas tales como densidad organizativa, sindicatos aún influyentes, tradición de políticas redistributivas, pero la lección no es replicar mecánicamente ese contexto, sino aprender que la hegemonía no se construye solo denunciando el poder existente, sino ejercitando otro modo de gobernar allí donde sea posible.

Hay, además, un aspecto particularmente relevante frente a la lógica de la brutalización: Mamdani evita deliberadamente la construcción del enemigo. No responde a la política del miedo señalando nuevos culpables ni reforzando la centralidad de la policía como solución universal. Su discurso no gira en torno a quién debe ser castigado, sino a qué condiciones deben garantizarse para que la violencia deje de ser el lenguaje dominante del Estado. En ese sentido, no disputa quién es la amenaza, sino si es necesario gobernar a través de amenazas.

El proyecto que encarna Mamdani sigue siendo local, depende de coaliciones frágiles y no controla los grandes aparatos coercitivos ni el marco federal. Existe el riesgo de que este tipo de experiencias queden confinadas como “excepciones urbanas”: toleradas, contenidas o absorbidas sin capacidad de transformación estructural. La historia, también la estadounidense, está llena de islas de buen gobierno rodeadas por un océano de políticas regresivas.

Aun así, la enseñanza más relevante no es electoral, sino conceptual. La alternativa a la brutalización no pasa por una política simplemente “más ética” o “menos violenta” (con ser esto relevante), sino por una política materialmente eficaz para producir seguridad colectiva sin recurrir a la coerción y a la violencia. Mamdani sostiene que la seguridad puede pensarse como vivienda estable, la paz como acceso garantizado a servicios y el orden como previsibilidad vital. En esa redefinición, el poder deja de ser la capacidad de imponer y pasa a ser la capacidad de hacer innecesaria la imposición.

Su triunfo no constituye una alternativa sistémica, pero sí algo imprescindible para que esta llegue a existir: una gramática distinta del poder. En un contexto donde la brutalización avanza no porque no encuentre oposición, sino porque no encuentra un reemplazo creíble, experiencias como esta señalan que el problema no es solo frenar la deriva autoritaria, sino imaginar y practicar otra forma de gobernar. Toda nueva hegemonía empieza ahí, cambiando el lenguaje con el que se concibe y practica el poder.


sábado, 9 de agosto de 2025

Lo que el día debe a la noche

Yasmina Khadra
Lo que el día debe a la noche
Traducción de Wenceslao-Carlos Lozano
Destino, 2013 (8ª ed.)
 
"Si sólo nos pudiésemos quedar con un instante de nuestra vida para llevárnoslo en el viaje más largo, ¿cuál elegir? ¿A costa de qué y de quién? Y sobre todo, ¿cómo aclararse entre tantas sombras, tantos espectros, tantos titanes?... ¿Quiénes somos en realidad? ¿Lo que fuimos y lo que nos hubiera gustado ser? ¿El daño que causamos o el que padecimos? ¿Las citas a las que no acudimos o los encuentros fortuitos que desviaron el curso de nuestro destino? ¿Los bastidores que nos preservaron de la vanidad o las candilejas que usamos como hogueras? Somos todo eso a la vez, todo lo que  ha sido nuestra vida, con sus altibajos, sus proezas y sus vicisitudes; también somos el conjunto de los fantasmas que nos habitan... somos varios personajes en uno, tan convincentes en los distintos papeles que hemos asumido que nos resulta imposible saber cuál hemos sido de verdad, en cuál nos hemos convertido, cuál nos sobrevivirá"
 
 
Este libro es un relato de iniciación y una elegía por una tierra perdida, por una juventud abrasada en el crisol de la historia. Yasmina Khadra, el seudónimo de Mohammed Moulessehoul, escribe con la voz de alguien que ha amado profundamente el mundo que describe, incluso en su violencia y su desgarro.

La historia es la de Younes, un joven argelino separado de su familia campesina tras la ruina económica de su padre y criado por unos tíos en Orán, primero, y luego en la ciudad de Río Salado, una colonia agrícola francesa en el oeste argelino. Younes vive entre dos mundos: el del colonizado y el del colono, sin pertenecer del todo a ninguno. Rebautizado como Jonas, se educa en el idioma francés, se integra con un grupo de amigos europeos, pero nunca deja de ser un “otro” silencioso. Su identidad es, desde el principio, una grieta por donde se filtran todas las contradicciones de una Argelia colonial al borde del abismo. Estas contradicciones, que son políticas, son también íntimas, y se reflejan en el amor imposible entre Jonas y Émilie, la hija de un colono francés, una relación marcada por la renuncia, por los malentendidos y por la pesada carga de un tiempo histórico que no permite la inocencia, reflejo de una generación desgarrada entre la memoria, la traición y la necesidad de sobrevivir. Su encuentro en una librería buscando La Peste, de Albert Camus, condensa en una breve escena la intensidad trágica de aquella época.
 
"Las ciudades y los pueblos se sumían en la mayor de las pesadillas. Los atentados se devolvían con atentados, las represalias con asesinatos, los secuestros con incursiones de comandos. Pobre del europeo al que pillaran con un musulmán, pobre del musulmán que se conchabara con un europeo. Las comunidades se aislaban mediante líneas de demarcación y, por instinto gregario, se recogían en sí mismas, vigilando sus fronteras día y noche, y no dudando en linchar al imprudente que se extraviase".

Khadra no escribe desde el resentimiento ni desde el panfleto y describe con sensibilidad las luces y las sombras de la amistad, la melancolía del amor no consumado y la belleza de una tierra que se convierte en campo de batalla físico y moral. La novela dibuja así un fresco histórico -la Argelia colonial, la lucha por la independencia, la fractura sangrienta entre comunidades- sin renunciar al lirismo ni a la complejidad de sus personajes. No hay maniqueísmo en su narración: los colonos no son simplemente opresores, los argelinos no son simplemente víctimas. Hay amor, odio, dignidad y miseria en ambos lados y esa complejidad moral, tan presente desde su Trilogía de Argel, las primeras e imprescindibles novelas de Khadra, es, quizás, la mayor virtud de este libro.
 
No hay una página sin belleza, sin una metáfora fulgurante o una observación que nos sacude. El título mismo funciona como tesis, sugiriendo que la claridad no puede existir sin oscuridad, que la luz es deudora del sufrimiento. 

domingo, 13 de enero de 2013

Dos libros errabundos

Dos últimas lecturas muy distintas, pero que coinciden (o las hago coincidir) en su carácter errabundo.
La primera es un ensayo de 970 páginas, la segunda una novela de 189. Empiezo por esta última.


Se trata de Las aventuras de un libro vagabundo, firmado por Paul Desalmand y publicado por Ediciones Destino en 2010. A lo largo de sus páginas un libro -el libro vagabundo al que hace referencia el título- nos cuenta su historia, desde su nacimiento el 17 de junio de 1983, a las 16:37, en la imprenta de La Manutention, en la localidad de Mayennee, hasta... bueno, hasta el final de la historia, dos décadas después (no quiero dar un spoiler).Compartiremos sus nervios mientras espera a ser distribuido, su primera (y frustrante) primera experiencia con las librerías, afortunadamente compensada con creces cuando llega a la librería Préférences, propiedad de "un librero de ensueño". Allí conocerá a lectores capaces de recorrer cien kilómetros "para pasar una hora o dos en ese pequeño espacio donde soplaba el espíritu", a escritores que se buscan a sí mismos en las estanterías, y allí será adquirido por primera vez.
Revendido a un librero de viejo nuestro protagonista disfrutará de interminables conversaciones nocturnas con los otros libros. Comprenderemos su miedo a la guillotina y al fuego, pero sobre todo a los malos lectores.
Comprado de nuevo, regalado, robado y revendido, conoceremos a sus lectoras y lectores: a Geneviève, experta del Banco Central de Desarrollo, con la que vivirá una mala experiencia en el Irán de Jomeini; a Próspero, vagabundo ilustrado con quien vivirá un año bajo los puentes del Sena; a Élodie y Jean-Marie, que se lo repartieron cuando estaban enamorados; o a Bakayoko, su último lector. Sabremos también el por qué de su aroma a Ambre Solaire...
En fin, un libro sobre los libros y sobre la lectura que me ha hecho disfrutar mucho. Gracias a Txetxu por otro ejercicio de serendipia, y a José Antonio, de Planeta, por ponerlo a mi disposición.
De los muchos fragmentos que he subrayado, comparto dos. El primero, un consejo para libreras y libreros:
"Un libro no es un producto cualquiera, como se ha repetido hasta la saciedad, ni una librería es una tienda cualquiera, al menos una librería digna de este nombre. Lo que más se le parece es una mercería como las de antes. O los drogueros de antaño, que conocían a todo el mundo y eran una autoridad en el barrio. La cuestión es que se teja una red de relaciones. La gente necesita ciertos productos, pero todavía tiene más necesidad de calor humano.
Por eso, hoy en día una librería que concilie la modernidad técnica y las prácticas de antaño, con un librero que conozca y ame los libros, que conozca y ame a sus clientes, tiene futuro, al menos en los barrios cuyos habitantes vivan con cierta holgura". Ojala sea así.
El segundo, la confirmación de una experiencia que creo común a quienes vamos acumulando libros:
"Uno de los misterios de las bibliotecas son los libros que desaparecen. Su propietario está convencido de que no lo ha prestado y no puede haber sido robado. Y, no obstante, resulta imposible encontrarlo. Desde que sé que los libros hablan, me pregunto si pueden moverse".


El otro libro errabundo es el titulado ¿Somos como moros en la niebla?, escrito por Joseba Sarrionandia y publicado por Pamiela en euskera y en castellano. Ensayo monumental, sus 1.303 notas dan fe del enorme trabajo de documentación sobre el que se ha construido.
"Entrada a la Casbah" es el título del capítulo introductorio y, ciertamente, su lectura nos introduce en un laberíntico entramado de callejuelas, repleto de puertas entreabiertas, donde es fácil desorientarse.
Si el pretexto del libro es la indagación sobre Pedro Hilarión de Sarrionandia, nacido en 1865 en el caserío de Barrenkuatze, en Garai, franciscano misionero en Tánger y autor de la primera gramática de la lengua amazigh (bereber), en su conjunto el ensayo de Sarrionandia contiene apuntes etnográficos, análisis sociohistórico,  exploración filológica y crítica política. Preguntado en una entrevista por el tema que vertebra una obra tan compleja, esta es la respuesta del autor:
"Es, fundamentalmente, un ensayo sobre qué es la política. Y sobre qué no es la política. Normalmente se le llama política a la imposición de toda una serie de relaciones de poder, por medio de la fuerza o mediante el establecimiento de cierta sordera visual entre la gente. La política ha sido y sigue siendo como un gran juego de hechos consumados y ejercicios de imposición en todos los ámbitos, en lo económico, en lo militar, en lo cultural. He tratado de revisar formas de establecimiento de ese poder, sobre todo desde mediados del siglo XIX hasta ahora, y me he esforzado en definir un concepto de política a partir de la idea inversa. La política sería la ausencia de esas imposiciones y sobredeterminaciones, a partir de que el ser humano es libre, es decir, debería ser libre para decidir lo que le atañe".

Esta orientación, y su aplicación expresa al caso vasco, se convierte en el tema de los capítulos XXXIII a XXXV, los últimos del libro.En ellos Sarrionandia expone una defensa de la autodeterminación nacional que quiere normal y desdramatizada: "Hay quienes creen que los vascos o los bereberes son diferentes porque poseen una identidad colectiva. Así lo creen incluso algunos vascos y bereberes. Pero lo cierto es más bien lo contrario: precisamente el hecho de tener una identidad colectiva les hace parecerse a los demás". Tan parecidos a los demás -españoles, franceses o marroquíes- que no reclaman nada original: "Los vascos, con exiguos medios y una pasmosa falta de imaginación, no plantean, ni siquiera los más radicales, sino una cosa tan común que ya la tienen españoles y franceses: una mera nación-estado propia".
Aunque, como en la cita precedente, por la forma de expresarse en ocasiones no lo parezca, Sarrionandia es consciente de que entre los vascos hay posiciones muy distintas al respecto: hay quienes dan por imposible un estado independiente, quienes consideran que no vale la pena, quienes lo creen posible e imprescindible. Sarrionandia considera que esos puntos de vista no están condenados al enfrentamiento y que es posible un plan de viaje compartido y un barco donde quepan todos:
"El sujeto de la autodeterminación es plural, además de incierto. Los cuatro puntos de vista parecen diferentes y contradictorios, pero también se pueden considerar complementarios. Se trata de que nadie nos obligue a ser lo que nunca hemos sido, ni seremos y, además, no tenemos ninguna obligación de ser".
¿No estamos ante una versión de aquel "no imponer, no impedir", de Josu Jon Imaz? Si así fuera, echo en falta la acreditada capacidad crítica de Sarrionandia aplicada a la historia del abertzalismo radical. Porque, entre la niebla, queda oculta la cuestión de la violencia vasca. "El vasco que quiera andar por espacios españoles o franceses tiene que demostrar que es 'moro de paz'. Y no 'moro' de guerra, y el distingo no tiene nada que ver con lo bélico". ¿De verdad que no? Por supuesto que para muchas personas el grito "¡ETA no, vascos sí!" nunca fue más que un eslogan táctico. Pero el terrorismo de ETA ha estado construido con los mismos materiales que Sarrionandia critica, con toda razón, en el caso del colonialismo, el imperialismo o el franquismo. Y aún sigue muy vivo todo aquello que había antes de la violencia y que no ha desaparecido con el final de esta.
En todo caso, me parece muy destacable esa perspectiva pragmática, constructivista, desde la que Sarrionandia plantea la construcción nacional vasca: "En lugar de imitar los excluyentes modelos predominantes, la España 'porque sí' de siempre, el patriotisme républicain francés o el my country right or wrong anglosajón, los vascos tienen la ventaja de poder proponer en su discusión y en su decisión una nación, una ciudad, que no está impuesta y ni siquiera está definida". Como afirma al concluir el libro: "No somos moros, tampoco vascos. Y, como no somos nada, podemos decidir qué queremos ser, y qué queremos hacer. No somos nada más que lo que hagamos".

sábado, 6 de febrero de 2010

Holocausto

Ayer, jornada de trabajo en el Instituto de Filosofía del CSIC. Reflexionábamos sobre la naturaleza del Holocausto y la posible vigencia de algunas de sus lógicas más perversas.

El Holocausto. ¿Cómo pudo ocurrir algo así, precisamente allí? Son muchas las características que nos llevan a afirmar la excepcional unicidad del Holocausto. La figura de Hitler -icono del mal radical, como ningún otro dictador- no es la menos importante de ellas.

Sin embargo, ¿podemos seguir manteniendo esta perspectiva sobre la excepcionalidad del Holocausto después de haber vivido el siglo de los genocidios?; ¿después del genocidio artesanal y bricoleur, aunque igualmente letal, de Ruanda? ¿Y qué decir del holocausto asiático provocado por Japón, del que Nankín es su mayor exponente?. ¿Y del inmenso catalogo de horrores que, sin distinción de bandos ni banderas, supuso la Segunda Guerra Mundial?
El Holocausto. ¿Un hecho histórico único, específicamente alemán, singular e irrepetible, o un acontecimiento ciertamente extraordinario en sus exageradas dimensiones, pero de ninguna manera único? ¿Excepción o ejemplo? Es la controversia ente dos grandes narrativas sobre el Holocausto: la ideológica-intencionalista (o particularista) y la estructural-funcionalista (o universalista).
Sin entrar en el debate, me convence la reflexión de Enzo Traverso cuando señala que “mucho más que un acontecimiento sin precedentes, Auschwitz constituye una síntesis única de diferentes elementos que se encuentran en otros crímenes o genocidios”.

Por cierto: “Los nazis convirtieron en sus metas inmediatas lo que habían sido las consecuencias más extremas de cuatro siglos de imperialismo europeo: la desaparición de naciones enteras y la dominación de otras [...] El modelo de Hitler no era la India británica y la autonomía limitada, sino Estados Unidos, donde, en su opinión, los colonos europeos habían conquistado el continente, acabado con los nativos y creado por encima de ellos una nueva sociedad cimentada en la superioridad racial” (Fritzsche, 2009: 152).



“Deseamos que el genocidio haya empezado y haya concluido con el nazismo. Es mucho más tranquilizador que así sea”, advierte Lindqvist. “Remitir al exterminio masivo de los judíos europeos como un caso absolutamente único en el mundo no contribuye en lo más mínimo a la comprensión de los hechos. La prohibición de establecer comparaciones tiene la función de impedirnos aprender algo de lo sucedido”, remacha Sofsky (2004: 74).