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jueves, 14 de agosto de 2025

Conocí un fénix

May Sarton
Conocí un fénix: Retazos para una autobiografía
Traducción de Blanca gago
Gallo Nero, 2025
 
"El de 1926, 1927 y 1928 era un mundo radiante de esperanza. Colgábamos fotos de Woodrow Wilson en nuestros escritorios y «el experimento ruso», como entonces lo llamábamos, nos parecía una Shady Hill gigantesca donde todos tendrían la oportunidad de ser ellos mismos a través del servicio a la comunidad en un proceso creativo. Unos años después me compré una gramática ruda de Charles Hugo, imaginando que algún día viajaría hasta allí con una «tropa de asalto» formada por amigos para ayudar a descargar las mercancías amontonadas a las afueras de Moscú durante alguna crisis de los planes quinquenales. Vivíamos en un mundo abierto, y aunque no sabíamos que nos depararía el futuro, confiábamos en que nos iría bien. La política era una forma de poesía, y la poesía, una causa revolucionaria"
 
 
Quien se deje acompañar por este blog ya sabrás que May Sarton es una de las habituales por aquí. Aunque tengo que reconocer que con este libro no me he sentido tan identificado como con sus diarios -Anhelo de raíces, Diario de una soledad, La casa junto al mar y Diario a los setenta-, comparte con ellos la esencia: memoria, observación, ternura y un sentido poético que atraviesa todo el relato.

En este caso May Sarton retorna a sus raíces en Bélgica, hija del historiador de la ciencia George Sarton y de la artista inglesa Mabel Elwes, en un hogar con mucho más capital cultural y social que económico, donde la curiosidad intelectual y la sensibilidad estética eran tan naturales como respirar. La invasión alemana durante la Primera Guerra Mundial empujó a la familia al exilio, primero a Inglaterra y luego a Boston, donde su padre impartiría clases en Harvard.

En Cambridge, la joven May Sarton encontró un espacio que marcaría su relación con las palabras: la Shady Hill School, una escuela progresista dirigida por mujeres extraordinarias donde la poesía no era un adorno sino una práctica viva, hasta el punto de que la música del lenguaje poético empezó a formar parte de su respiración diaria:
 
"No nos daban poemas para leer o estudiar, sino que los aprendíamos de memoria escuchando a la señora Hocking repetirlos. ¿De memoria? Nos convertíamos en la esencia del poema antes de intuir que estábamos aprendiéndolo. Aprendíamos poemas por ósmosis, lo cual, estoy convencida,, es la única manera de aprenderlos bien. Nuestro recuerdo de las palabras era un acto reflejo que acompañaba ciertos gestos; por ejemplo, unas largas orejas de liebre cuando recitábamos «¡Shhh! Bruja liebre» del poema La liebre, de Walter de la Mare. Aún hoy me da vergüenza recitarlo porque no puedo quedarme con las manos quietas: están deseando convertirse en orejas. El filósofo Alain escribió en algún sitio sobre la poesía como una especie de música fisiológicamente adecuada. Ahí reside la exaltación que nos produce. No era algo que nos contaban, sino algo que nos sucedía todo el tiempo".

En la adolescencia, la pasión de May Sarton adoptó forma teatral. Tras finalizar su educación secundaria, con 17 años convenció a sus progenitores para renunciar a seguir cursando estudios universitarios -"renunciar a la universidad en un país donde un título de grado es obligatorio para casi cualquier trabajo"- y viajar sola a Nueva Yorko, donde se unió al Civic Repertory Theatre de Eva Le Gallienne. Tras tres temporadas, continuó su formación teatral en París, viviendo al día, hasta que fue siendo consciente de que su futuro no estaba en la representación, sino en la escritura.

Londres, en 1936, fue su siguiente etapa. Con cartas de presentación en mano, entró en contacto con figuras como Juliette y Julian Huxley. En ese ambiente, la escritura empezó a reclamar el lugar que el teatro había dejado vacío. El momento culminante -y luego desgarrador- en esta transición llegó con su encuentro con Virginia Woolf, cuyo suicidio, narrado al final del libro, imprime un eco profundamente melancólico a estas memorias:
 
"[D]urante el camino de vuelta tuvimos un placer redentor: vimos una cría de jirafa de solo unas semanas corriendo alegre por su prado, con la pequeña cola al viento y un aire tan gracioso y juguetón, pese a su largo cuello de caballito de juguete, que los tres nos echamos a reís, olvidando por un momento las negras nubes y el aire helado. ¿Fue entonces o después cuando reparé en que Virginia Woolf se parecía mucho a una jirafa -los ojos inmensos y oscuros el cuello largo y aristocrático, y el gesto susceptible y un poco desdeñoso al levantar el mentón-?".

Lejos de ser una biografía lineal, este libro se compone de fragmentos limados con cuidado, piezas que encajan como un mosaico emocional. La autora no se propone dar una cronología exhaustiva, sino transmitir la textura de sus primeros años: lugares, personas, voces, intuiciones, reflexiones; también algunas referencias al contexto histórico. El resultado es un retrato en claroscuro, íntimo y lírico, donde cada recuerdo parece seleccionado por su resonancia más que por su importancia histórica.

Para muy "maysartoneras" (y "maysartoneros").

viernes, 21 de marzo de 2025

Lo que somos ahora

May Sarton
Lo que somos ahora
Traducción de Blanca Gago
Bamba Editorial, 2024 

"Estoy aprendiendo que todo lamento de una persona mayor crea una confusión insoportable en el oyente, es demasiado perturbador porque no hay nada que pueda hacer para ayudarnos en este camino cuesta abajo. Así, mencionar el horror de envejecer en soledad se convierte en una carga intolerable".


Publicada en 1973, cuando la autora acababa de inaugurar su sexta década de vida, es una novela breve pero profundamente conmovedora en la que reconozco algunos de los temas tan familiares ya para quien, como es mi caso, tiene a May Sarton como una de sus autoras de referencia: la vejez, los vínculos profundos entre mujeres, la lectura, la belleza de un jardín, la compañía que ofrecen los animales... Pero, en este caso, con una narrativa íntima y poderosa la autora ofrece una amarga reflexión sobre el envejecimiento, la soledad y la deshumanización en las instituciones de cuidado para personas ancianas, muy alejada de la luminosidad que desprenden sus diarios, incluso cuando en los mismos se abordan los problemas de la depresión, la desaparición de los seres queridos o el declive físico..

La protagonista de la historia, Caroline Spencer, es una maestra jubilada de 76 años ingresada en una residencia para personas ancianas tras haber sufrido un ataque al corazón. A medida que se adapta a su nuevo entorno, Caroline experimenta la crudeza del sistema en el que se encuentra: es tratada con frialdad y negligencia por el personal y se ve rodeada de otros residentes que han sido abandonados por sus familias o cuya lucidez se desvanece. "Estoy en un campo de concentración para viejos, un lugar donde la gente arroja a sus padres o parientes exactamente igual que a un basurero", proclama al inicio del libro. En un acto de resistencia, Caroline decide documentar sus experiencias en un diario, narrando sus pensamientos y sentimientos con una honestidad desgarradora. Es también una forma de combatir la pérdida de contacto con la realidad, de discernir lo real y lo imaginado, fruto tanto de la edad como del espacios gris y deprimente en el que habita; el diario se convierte, así, en un "sostén temporal contra la confusión", la única manera de preservar su humanidad en un entorno opresivo.

A lo largo de la novela, la protagonista encuentra consuelo en la compañía de algunos residentes, en la presencia temporal de una enfermera amable o en las visitas del pastor de la cercana iglesia metodista y de la hija de este, pero su situación se vuelve cada vez más insoportable. La falta de dignidad con la que es tratada la lleva a tomar una decisión drástica que le permita recuperar el control sobre su vida y su destino, aunque de una manera inesperada y trágica.

Una novela intensa y emocionante, que en algún momento me ha recordado a Las gratitudes, como cuando Caroline escribe: "Ni siquiera puedo imaginar cómo sería recibir una caricia suave, tengo la piel reseca como un desierto por falta de contacto físico". No es una lectura alegre, pero sí una invitación a la reflexión sobre la vejez y cómo la sociedad puede abordar esta etapa de la vida con mayor compasión y respeto.

viernes, 1 de noviembre de 2024

Diario a los setenta

May Sarton
Diario a los setenta
Traducción de Blanca Gago
Gallo Nero, 2024
 
"La juventud es una especie de genio en sí misma y lo sabe. Se suele pedir a la vejez que reconozca ese genio y olvide el suyo propio, mucho más suave y sutil, mucho más sabio. Sin embargo, es posible preservar el genio de la juventud en la vejez, la curiosidad, el genuino interés por todo cuanto nos rodea, desde los pájaros a los libros o los perros [...]".
 
 
Como una amiga íntima, May Sarton continua compartiéndonos su vida, ahora al cumplir setenta años. Y como es habitual en sus libros, la autora nos embarca en un viaje emocional y personal, compartiendo sus reflexiones sobre el envejecimiento, la soledad, la creatividad, y la búsqueda de sentido en una etapa de la vida que, a menudo, está cargada de retos y descubrimientos.

Escribir un diario le permite a May Sarton utilizar un tono sincero, espontáneo y a menudo confesional. Este estilo nos convierte en confidentes de la autora, en testigos de sus pensamientos más íntimos, sus inseguridades y momentos de gratitud plasmados con un lenguaje claro, poético y, a veces, crudo para expresar su compleja relación con la soledad y la vida misma. Su inmensa capacidad para capturar matices emocionales es una de las grandes fortalezas del libro. Especialmente en este momento de la vida, cuando reflexiona sobre el inevitable proceso de envejecimiento y los cambios que trae a su cuerpo y mente, sobre la vejez como una época de limitaciones físicas, pero también de mayor claridad y serenidad emocional. La autora afronta con honestidad los sentimientos de aislamiento y soledad, temas recurrentes en su obra, y cómo estos sentimientos afectan su día a día. Sin embargo, también explora la posibilidad de hallar un tipo de libertad en la soledad, una oportunidad para crecer y conocerse a sí misma:
 
"Durante toda la lectura [del diario de otra escritora], he sentido un alivio inmenso por no estar atada a nadie de ese modo. Durante gran parte de mi vida sí lo estuve, pero ahora me he liberado de las pasiones, y veo que es una bendición no vivir bajo esa servidumbre".
 
La escritura y la jardinería son actividades esenciales en la vida de May Sarton, y en este diario volvemos a ver cómo ambas se convierten en formas de expresarse y procesar sus pensamientos y emociones. La escritura, para ella, no solo es una vocación, sino una necesidad, un ancla que la mantiene conectada con el mundo y consigo misma. La jardinería, por otro lado, le ofrece una conexión más directa con la naturaleza y la vida. A lo largo del diario, el lector puede ver cómo estas actividades funcionan como un mecanismo para resistir la ansiedad y la depresión, proporcionando a Sarton una sensación de propósito y satisfacción. Como escribe al principio del libro, "envejecer bien tiene algo que ver con seguir vinculado a la tierra".
 
Como en sus obras anteriores, en Diario de los setenta May Sarton crea una especie de poesía de lo cotidiano a través de sus observaciones sobre su vida diaria y su entorno, capturando la belleza en detalles simples, como una planta que florece o la luz que se filtra a través de una ventana. Su estilo sincero y sin pretensiones, su honestidad al mostrar sus vulnerabilidades y dudas, facilita que nos identifiquemos con sus luchas y miedos, convirtiéndolo en un texto universal a pesar de enfocarse en una etapa de vida muy específica. 
 
En esta entrega de sus diarios May Sarton se muestra más política, crítica con Reagan y con el racismo rampante en su país, más explícitamente religiosa, abiertamente feminista, parte de una extensa sororidad compuesta por mujeres que han formado parte esencia de su vida, desde Virginia Woolf hasta su compañera de vida, Judy, cuyo recuerdo aletea en estas páginas.

Un testimonio literario conmovedor y potente que explora la complejidad de la vida en la vejez desde la perspectiva de una mujer que, a pesar de los años, sigue en búsqueda de significado y conexión. May Sarton logra trascender lo personal para ofrecer una obra que habla sobre la condición humana que resonará con fuerza en lectoras y lectores de cualquier edad. Una invitación a valorar la soledad, que no el aislamiento egótico, a abrazar el proceso de envejecer y a descubrir en el acto de vivir una fuente constante de inspiración y renovación. Y un tratado sobre la disponibilidad como virtud esencial para construir vida buena para cada una y para todas:
 
“He estado pensando en las relaciones humanas, en dar y recibir. […] Supongo que, al final, el único regalo, el más importante, se reduce a estar ahí para el otro. Hay una canción popular que dice «Nadie está ya en un solo lugar», y la gente que sí, esos a quienes podemos imaginar siempre en una casa determinada, en un jardín preciso con unas ciertas vistas, esos que están «disponibles», como decía André Gide, al menos brindan a sus amigos el consuelo que supone ese punto inamovible. Yo espero ser esa clase de persona […]”.



miércoles, 12 de julio de 2023

La casa junto al mar

May Sarton
La casa junto al mar
Traducción de Blanca Gago
Gallo Nero, 2023


“«El sendero de hierba…»
Si acaso existe aquí, entre tantas otras, una pizca de magia irresistible, está en ese sendero ligeramente curvado que baja hacia el mar; nace en unas piedras del prado, ataja entre dos enebros altísimos y sigue serpenteando hasta Surf Point por los campos de lirios en junio, las hierbas altas en verano, las varas de oro y las margaritas en septiembre, siempre hacia delante, envuelto en un ambiente de cuento de hadas tan abierto y misterioso que todo aquel que lo descubre siente el afán de explorarlo"
.


No puede ser más cierto: abrir este libro es verse inmediatamente atraída a acompañar a la autora en sus paseos, sus reflexiones, sus preocupaciones, sus tareas cotidianas, sus encuentros y, sobre todo, su amorosa atención al jardín. 

Tras Anhelo de raíces y Diario de una soledad, esta es la tercera entrega en español de los diarios de una autora que se ha convertido en alguien de casa, cuyos libros configuran un territorio emocional, un hábitat de significados tan acogedor como sus maravillosas residencias en New Hampshire (antes) y Maine (ahora) y sus espectaculares entornos naturales. Si no me equivoco, entre la extensa producción novelística, poética y ensayística de May Sarton hay al menos doce libros en los que la autora recoge sus diarios y memorias:
  • At Fifteen
  • I Knew a Phoenix: Sketches for an Autobiography
  • Plant Dreaming Deep [Anhelo de raíces]
  • Journal of a Solitude [Diario de una soledad]
  • A World of Light: Portraits and Celebrations
  • The House by the Seal [La casa junto al mar]
  • Recovering
  • At Seventy
  • After the Stroke
  • Endgame: A Journal of the Seventy-ninth Year
  • Encore: A Journal of the Eightieth Year
  • At Eighty-Two
Ojalá Gallo Nero continúe publicándolos.

En La casa junto al mar acompañamos a May Sarton entre el 13 de noviembre de 1974 y el 17 de agosto de 1976, una época de su vida en la que la autora se trasladó a su nueva casa en York, en el estado de Maine, en la que residiría hasta su fallecimiento un 16 de julio de 1995. Conocida como "Wild Knoll", en ella disfrutará del hechizo del mar y del cambiante clima de la costa atlántica, con jornadas cálidas y luminosas y días de fortísimas tormentas de nieve y temperaturas muy por debajo de cero.



Acompaña de la gata Bramble (los felinos son muy importantes en la vida de May Sarton, como vemos en El señor Peludo) y del perro Tamas, Sarton nos comparte en este libro los miedos y las alegrías asociados al hecho de envejecer; sus lecturas; su relación con la soledad y la compañía; su cuidadosa atención a su amiga Judy (Judith Matlack), que poco a poco va adentrándose en el desolador espacio de la demencia; sabremos de su admiración por Simone Weil; y, cómo no, la acompañaremos en el cultivo de su jardín.

También conoceremos, creo que por primera vez, a una May Sarton abiertamente política que critica la caza, las armas y la guerra de Vietnam, que se suma a la protesta por el fracaso de la Conferencia Mundial de la Alimentación de Roma en 1974 ("Llevo tiempo convencida de que no podemos  quedarnos con los brazos cruzados mientras tanta gente muere de hambre en África [...]. No basta con enviar dinero con asiduidad, como hacemos todos. De algún modo, también hay que entregar una parte de nosotros"), que opina sobre el conflicto entre Palestina e Israel, que reivindica los logros del feminismo ("Han erigido una nueva confianza en torno al hecho de ser mujer y, por encima de todo, han logrado que surja una nueva y valiosa comunión entre las mujeres").
 
Pero, por más que me haya sorprendido esta faceta política de Sarton, al finalizar el libro lo que predomina, como en sus otras obras, es la sensación de haber disfrutado del privilegio de encontrar un territorio de sencilla serenidad, de hondura y sentido moral, del que regresamos no solo más sabias, sino mejores.
 
"No nos encontramos a nosotros mismos persiguiendo nuestro yo, sino, muy al contrario, persiguiendo algo más y aprendiendo a través de una disciplina o rutina determinada -aunque sea la rutina de hacer camas- quiénes somos y quiénes queremos ser".
 
 


martes, 9 de agosto de 2022

El señor Peludo

May Sarton
El señor Peludo
Traducción de Blanca Gago Domínguez
Gallo Nero, 2022

"La cosa se ponía interesante. El señor Peludo se agachó sobre la cama, con los bigotes erizados y bien estirados, el hocico de canela temblando ligeramente y la mirada fija en el ratón. Tenía los músculos completamente inmóviles y podía sentir unas leves corrientes eléctricas recorriéndole el espinazo. Las pupilas se le dilataron de excitación y las ancas empezaron a temblarle hasta dar sacudidas, mientras la cola se le movía como un látigo, adelante y atrás. De repente se encontró dando un gran salto en el aire con la cola en forma de arco, y al aterrizar aplastó furioso al ratón con una pata para enviarlo de un brinco al otro extremo de la habitación. Esta vez, se abalanzó para perseguirlo sin esperar siquiera a ver dónde aterrizaba. Corrió hacia él entusiasmado y le propinó unos golpes por todo el pasillo, primero con una pata, luego con la otra, deslizándose ligeramente como un jugador de hockey con un palo y una pelota. Después emprendió una danza de costado, con las cuatro patas muy juntas y la espalda arqueada, hasta que, de pronto, dio un último brinco en el aire, atrapó al ratón con los dientes antes de que este aterrizara y lo llevó triunfante por todo el pasillo".


Tras el hermoso y medicinal Anhelo de raíces y el sereno desasosiego de Diario de una soledad llega este delicioso relato autobiográfico narrado por su protagonista, un orgulloso gato callejero que, un buen día, decide probar a vivir la domesticidad en la casa de dos amigas, "Voz Brusca" (la propia May Sarton) y "Voz Suave" (Judith "Judy" Matlack, su compañera durante más de una década). 
 
May Sarton dedica a ese gato, alter ego de un gato real llamado Tom Jones, la misma atención que dedica en sus obras anteriores al cuidado del jardín y la rehabilitación de su casa o al autodiagnóstico de la depresión y a la reflexión sobre los beneficios y los problemas de la soledad elegida. No hay más que leer el párrafo que he escogido como pórtico de este comentario para percatarse, especialmente si convives con gatos, de la capacidad de Sarton para ponerse en la piel y en la mente de tan complejos seres.

Leyendo la historia (que la autora anima a leer "en voz alta", compartiéndola) me he acordado mucho de otro gato peludo, "Peludín", que se dignó a hacernos un hueco en su vida durante años hasta su muerte en julio de 2019.
 
Por cierto: el ratón con el que se entusiasma el señor Peludo era un ratón de juguete, de modo que cabe asegurar que ningún animal resultó (gravemente) herido durante la escritura y posterior lectura de esta preciosa historia.

domingo, 20 de marzo de 2022

Diario de una soledad

May Sarton
Diario de una soledad
Traducción de Blanca Gago
Gallo Nero, 2021

"No cabe duda de que la soledad es un reto, y mantener el equilibrio dentro de su seno, un frágil propósito. Pero no debo olvidar que, para mí, estar con gente, incluso con una sola persona muy querida durante un cierto tiempo sin soledad, es aún peor. Pierdo el centro y me siento dispersa, aislada, rota. Necesito tiempo a solas para meditar sobre mis encuentros con los demás, para extraer su jugo, su esencia, y entender así qué me ha sucedido realmente como consecuencia de todo ello".


Hace unos meses nos encontramos con la poestisa May Sarton cuando esta empezaba su etapa vital en la casa campestre de Nelson, donde desarrolla su anhelo de raíces, ejemplificado en la trabajosa rehabilitación de la casa y en su dedicación al cultivo de plantas y flores. Escrito en forma de diario, este segundo libro es el envés o la cruz del anterior:

"Anhelo de raíces me ha granjeado muchos amigos en este oficio -así como una serie de conocidos que me ven como a una amiga íntima, a los cuales ya es más difícil responder-. Aún así, he empezado a darme cuenta de que el libro presenta una visión falsa que yo no siquiera pretendí ofrecer, pues apenas menciona la angustia -o los arrebatos de ira- de mi vida en este lugar. Ahora espero abrirme camino entre las abruptas y rocosas profundidades para llegar al núcleo de la matriz, donde aún quedan iras y violencias no resueltas"

May Sarton vive una soledad elegida, aliviada por encuentros con amigas y viajes para presentar sus obras; aunque a veces es esta vida social, no siempre elegida, la que se ve aliviada por la soledad. Que tampoco es siempre sanadora, pero sí irrenunciable.
 
Aunque el trabajo en el jardín le sigue reportando sensaciones muy placenteras, la luminosidad de las plantas ornamentales se ve ahora sustituida a menudo por las espinas de la depresión. La autora es plenamente consciente del coste emocional que supone una vida como la suya, independiente de lazos familiares o afectivos, fundamentalmente solitaria, pero sin la cual no hubiera podido crear su obra literaria y ensayística. Personas muy queridas van desapareciendo de su vida y ella misma confiesa que durante su estancia en Nelson "h[a] estado cerca de suicidar[s]e más de una vez". A punto de cumplir sesenta años, la autora certifica el imparable declive de su relación con "X.", hasta su ruptura definitiva. También es tiempo de despedirse de la casa y los paisajes de Nelson: 

"Ha llegado la hora de un cambio. Tengo el ánimo por las nubes solo de pensar en ello; vivir cerca del mar, el ritmo de las mareas... un sueño guardado durante mucho tiempo que ahora, por fin, se hace realidad, pues al empezar a buscar casa antes de venir a parar a Nelson, lo primero que hice fue buscar en la costa. Pasarán un par de años hasta que pueda mudarme, tiempo para sentir y preparar el camino".

Anhelo de olas y mareas...

sábado, 11 de septiembre de 2021

Anhelo de raíces

May Sarton
Anhelo de raíces
Traducción de Mercedes Fernández Cuesta
Gallo Nero, 2020

"¿Hay algún otro goce, salvo la jardinería, que pida tanto y dé tanto? No conozco otro excepto, quizá la escritura de un poema. Son muy parecidos, incluso en la cantidad de desperdicio que hay que aceptar en aras a un casual y raro goce, en el caso de que se consiga. También coinciden en que ambas son pasiones que traen con ellas la renovación. Sin embargo, existe una diferencia: la poesía es para todas las edades; la jardinería es uno de los goces tardíos, ya que la juventud es demasiado impaciente y está demasiado absorta en sí misma y, por lo general, carece del suficiente anhelo del arraigo como para crear un jardín. La jardinería es una de las recompensas de la madurez, cuando la persona está preparada para una pasión impersonal, una pasión que exige paciencia, una aguda conciencia del mundo fuera de uno mismo y el poder para seguir creciendo a pesar de la sequía o la cruda nevada, hacia esos momentos de puro goce en que todos los fracasos se olvidan y florece el ciruelo".


En 1958 la poetisa Eleanor Marie Sarton (1912-1995) adquirió una ruinosa casa de campo del siglo XVIII en Nelson, una pequeña localidad de New Hampshire, descrito por la autora en unos términos ("Nelson había congregado en su tranquilo corazón una indecible variedad de personas y formas de vida") que me han hecho recordar al Three Pines de Louise Penny. Allí descubrirá una vida simple pero profunda, construida sobre los pilares del trabajo duro, la ayuda mutua y la comunidad:

"Autosuficiencia, sí, pero aquella primera primavera también tuve que aprender a depender. Al pedir ayuda y ver que la ayuda venía desde varias direcciones, empecé a comprender lo que de verdad es un pueblo: por un lado, respeto por la privacidad; por otro, conciencia de las necesidades del vecino. Así, por más ajeno que algunos de nosotros podamos considerar a un forastero, en realidad somos parte de una red invisible y nos apoyamos en su existencia".

Un libro hermosísimo en el que la descripción del paisaje, de la reforma de la vieja casa, de las relaciones con sus vecinas y vecinos y de su trabajo en el jardín, da lugar a reflexiones como esta:

"En el momento de plantar un bulbo todo es esperanza, no hay zozobra. Entonces hay algo inquietantemente simbólico en el hecho de enterrar un ser vivo pensando en su segura resurrección, en un momento de la estación en que todo lo que había salido se está muriendo".

Absolutamente recomendable.