Mostrando entradas con la etiqueta intelectuales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta intelectuales. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de abril de 2025

Declaración de Independencia del Espíritu

Releo estos días el libro de Romain Rolland Más allá de la contienda (Nórdica Libros y Capitán Swing, 2014; traducción de Carlos Primo). Recoge textos publicados entre 1914 y 1919, todos ellos dirigidos a reivindicar el diálogo, el entendimiento y la paz en una Europa arrasada por el militarismo. Entre estos textos destaca el que cierra el libro: la "Declaración de Independencia del Espíritu", publicada en el diario L'Humanité el 26 de junio de 1919. La versión en inglés empieza con "Intellectual workers...". Me gusta más la idea de trabajadoras (la primera firma es de la maravillosa Jane Addams) y trabajadores del Espíritu.
 
DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA DEL ESPÍRITU
 
Trabajadores del Espíritu, compañeros dispersos a lo largo y ancho del planeta, separados desde hace cinco años por los ejércitos, la censura y el odio de las naciones en guerra: en esta hora en que las barreras caen y las fronteras se reabren, os dirigimos un llamamiento para reformar nuestra unión fraternal, pero una unión nueva, más sólida y segura que la que existía antes.
     La guerra ha traído la destrucción a nuestras filas. La mayoría de los intelectuales han puesto su ciencia, su arte y su razón al servicio de los gobiernos. No queremos acusar a nadie ni elevar ningún reproche. Conocemos la debilidad de las almas individuales y la fuerza elemental de las grandes corrientes colectivas: éstas han barrido a aquéllas en un instante, porque no había defensa preparada. ¡Que, al menos, esta experiencia nos sirva para el futuro!
     Y, en primer lugar, constatemos los desastres a que conduce la abdicación casi total de la inteligencia del mundo y su sumisión voluntaria a las fuerzas desencadenadas. Los pensadores, los artistas han añadido una suma incalculable de odio envenenado a la plaga que roe la carne y el espíritu de Europa. Han buscado en el arsenal de su sabiduría, de su memoria y de su imaginación, razones antiguas y nuevas, razones históricas, científicas, lógicas y poéticas para justificar el odio. Han trabajado para destruir la comprensión y el amor entre los hombres. Y así han afeado, envilecido, rebajado y degradado el Pensamiento al que representaban. Lo han convertido en un instrumento de las pasiones y, tal vez sin saberlo, de los intereses egoístas de un clan político o social, de un Estado, de una patria, de una clase. En este momento, todas las naciones enfrentadas, victoriosas o vencidas, salen de la batalla moribundas, empobrecidas y, en el fondo de su corazón (aunque lo nieguen), avergonzadas y humilladas por su crisis de locura. Junto a ellas, el Pensamiento, implicado en sus combates, sale también destronado.
     ¡Levantémonos! ¡Libremos al Espíritu de estos compromisos, de estas alianzas humillantes, de estas servidumbres disimuladas! El Espíritu no está al servicio de nada que no sea él mismo. Somos nosotros quienes estamos a su servicio. Nuestra misión es defender su luz y agrupar a su alrededor a todos los hombres extraviados. Nuestro rol, nuestro deber, es mantener un punto fijo, señalar a la Estrella Polar en medio del torbellino nocturno de las pasiones. Entre estas pasiones de orgullo y de destrucción mutua, nos negamos a elegir, y las rechazamos todas. Rendimos honores a la única Verdad libre, sin fronteras ni límites, sin prejuicios de razas o de castas. Desde luego, ¡no nos desentendemos de la Humanidad! Trabajamos por ella en su totalidad. No distinguimos entre pueblos: conocemos a un solo Pueblo, único y universal, al Pueblo que sufre, que lucha, que cae y se levanta, y que avanza siempre por un camino difícil empapado de sudor y sangre, el Pueblo de todos los hombres, todos hermanos por igual. Y para que, al igual que nosotros, tomen conciencia de esta fraternidad que ponemos por encima de sus ciegos enfrentamientos: el Arca de la Alianza: el Espíritu libre, uno y múltiple, eterno.
 
 

A partir del 23 de junio de 1919, esta declaración ha sido respaldada por: Jane Addams (Estados Unidos); René Arcos (Francia); Henri Barbusse (Francia); Léon Bazalgette (Francia); Jean-Richard Bloch (Francia); Roberto Bracco (Italia); Dr. Jean-Richard Bloch (Francia); LEJ Brouwer (Holanda); A. de Châteaubriant (Francia); Georges Chennevière (Francia); Benedetto Croce (Italia); Albert Doyen (Francia); Georges Duhamel (Francia); Prof. A. Einstein (Alemania); Dr. Frederik van Eeden (Holanda); Georges Eekhoud (Bélgica); Prof. A. Forel (Suiza); Verner von Heidenstam (Suecia); Hermann Hesse (Alemania); P.J. Jouve (Francia); JC Kapteyn (Países Bajos); Ellen Key (Suecia); Selma Lagerlof (Suecia); Prof. Max Lehmann (Alemania); Carl Lindhagen (Suecia); M. López-Pico (Cataluña); Heinrich Mann (Alemania); Marcel Martinet (Francia); Frans Masereel (Bélgica); Émile Masson (Francia); Jacques Mesnil (Bélgica); Sophus Michaelis (Dinamarca); Mathias Morhardt (Francia); Prof. Georg-P. Nicolaï (Alemania); Eugène d'Ors (Cataluña); Prof. A. Prenant (Francia); Romain Rolland (Francia); Bertrand Russell (Inglaterra); Han Ryner (Francia); Paul Signac (Francia); Jules Romain (Francia); G. Thiesson (Francia); Henry van de Velde (Bélgica); Charles Vildrac (Francia); Léon Werth (Francia); Israel Zangwill (Inglaterra); Stefan Zweig (Austria).
Ya se han recibido otras firmas que se publicarán más adelante
.

miércoles, 4 de marzo de 2020

Campo de minas

Élisabeth de Fontenay
Alain Finkielkraut
Campo de minas
Traducción de Elena M. Cano e Iñigo Sánchez-Paños
Alianza Editorial, 2018



Élisabeth de Fontenay (París, 1934) es una reconocida filósofa y ensayista especialista en Diderot y estudiosa de la obra de Marx, autora de un libro esencial para pensar nuestra relación con los animales (Le Silence des bêtes, Fayard 1998) y profesora emérita (maître de conférences) en la Universidad de París 1 Panthéon-Sorbonne. Su madre procedía de una familia judía huída de Odessa durante los pogromos de 1905, y su padre, miembro de una acomodada familia católica de derechas, apoyó el Frente Popular y participó desde el primer momento en la resistencia contra los nazis (fue, en esa hermosa expresión de la lengua francesa, un résistant de la première heure).

"Sabemos que la gran mayoría de aquellos que, al bajar de los trenes, se encontraron en las rampas de los campos de exterminio, no hablaban alemán, no entendieron nada acerca de estas palabras que no estaban dirigidas a ellos como lenguaje humano, pero que cayó sobre ellos con rabia y aullidos. Ahora bien, someterse a un lenguaje que ya no está hecho de palabras, sino solo de gritos de odio y que no expresa nada más que el poder infinito del terror, el paroxismo de la inteligibilidad asesina, ¿no es precisamente el destino de tantos animales?" (Le Silence des bêtes).

Alain Finkielkraut es, seguramente más conocido. Desde luego, para mí es una referencia familiar, a la que me aproximo (muchas veces) y de la que me alejo (algunas otras), como ya he comentado aquí y aquí. Nacido también en París, en 1949, filósofo y ensayista, descendiente de un judío polaco deportado a Auschwitz... Además de raíces, profesión y nacionalidad, comparte con Élisabeth de Fontenay una larga amistad, forjada en la activa participación de ambos en el Mayo del 68, amistad que se ha mantenido a pesar de que, con el paso del tiempo, Finkielkraut se haya alejado de manera muy explícita de su anterior sesentayochismo..

En la carta que inicia el intercambio epistolar entre ambos, Élisabeth de Fontenay hace recuento de sus discrepancias:

"¿Qué es lo que nos opone? Tu complacencia en una visión pasadista del estado del mundo, visión que se me antoja más estetizante que ética o política; en tu pesimismo extremo en lo que se refiere a la modernidad técnica; en tu irritación frente a las nuevas generaciones, de las que no esperas gran cosa; en tu desesperación al constatar que están y estarán cada vez más desprovistas de humanidad, es decir, según tú, de cultura; en tu feminismo de otro tiempo, que asimila las Luces a la galantería, aunque sé por experiencia cuánto cuentan en tu vida las mujeres que colaboran en la creación de un mundo común, y sobre todo en tu elección, aunque no seas un hombre político, de la ética de la responsabilidad contra la ética de la convicción, justificando cierta frialdad en cuanto a la constatación de que Europa no puede recibir toda la miseria del mundo; finalmente, en tu ausencia de aflicción a propósito de la noción de identidad...".

Sobre todos estos temas y sobre algunos más (la inmigración, el Frente Nacional, la educación, la tradición, el islam...) disputarán dos personas amigas, inteligentes, comprometidas con su pensamiento, que se toman en serio el debate de ideas. Un extraordinario ejercicio de honestidad intelectual.

martes, 29 de octubre de 2019

El crepúsculo de la cultura americana

Morris Berman
El crepúsculo de la cultura americana
Traducción de Eduardo Rabasa
Sexto Piso 2011 (4º ed.)

"Éste es, entonces, un libro para personas excéntricas, para hombres y mujeres que viven  como expatriados en su propio país".


Publicado originalmente en el año 2000, el crítico e historiador de la cultura Morris Berman recurre a la comparación entre la fase final del Imperio Romano y la situación contemporánea de Estados Unidos para diagnosticar lo que, a su juicio, es una situación de profundo declive:

"Factores como la brecha creciente entre ricos y pobres, el creciente clima de apatía, cinismo y corrupción, y las dramáticas caídas en los niveles de alfabetización y conciencia intelectual en general [...] -que componen lo que colectivamente se denomina 'barbarismo interno'- fueron cruciales para el colapso de Roma y, creo, están también en el corazón de la crisis americana".

Berman analiza con detenimiento, particularmente en sus derivas culturales posmodernas, anti intelectuales o simplemente kitsch, que son objeto de críticas inmisericordes: "Vivimos en una continua descarga de adrenalina colectiva, un mundo de mierda promocional/comercial interminable que enmascara un profundo vacío sistémico, el equivalente espiritual del asma".

Aunque no deja de valorar las mediaciones institucionales y las acciones colectivas, se confiesa escéptico respecto al impacto real de las mismas, mostrándose "mucho más optimista respecto al impacto a largo plazo del compromiso individual".

Su propuesta para afrontar esta situación, que no para resolverla -pues considera que el declive forma parte del proceso mismo de civilización- es la que denomina opción monástica:

"No estoy hablando de ascetismo  o práctica religiosa, y sin duda tampoco de la organización en órdenes monásticas. Pero sí estoy hablando de renuncia. El 'monje' de hoy está decidido a resistir el movimiento y lo hiperbólico del orden mundial corporativo global; él o ella conoce la diferencia entre realidad y parques temáticos, integridad y publicidad comercial. [...] El nuevo monje es un humanista sacro/secular, dedicado no a los eslóganes ni a los dialectos posmodernistas en boga, sino a los valores de la Ilustración que se hallan en el corazón de nuestra civilización: la búsqueda desinteresada de la verdad, el cultivo del arte, la dedicación al pensamiento crítico, entre otras cosas".

Su objetivo sería "asegurar que lo que es valioso en esta civilización puede ser preservado y transmitido con la esperanza de generar renovación cultural en un momento posterior". Entre estos tesoros a preservar está también la tradición socialista: "Si la desigualdad social está en aumento, entonces el intento por cerrar a brecha entre ricos y pobres -la tradición socialista- es uno de nuestros grandes tesoros".

Un análisis frankfurtiano -Berman titula uno de los capítulos "Dialéctica de la Ilustración"- de un tiempo histórico ciertamente desolador en muchas de sus expresiones. Discutible pero provocador, lleno de sabiduría y excelentemente escrito (y traducido).





.

jueves, 23 de abril de 2015

¡Grande, Goytisolo! Muy grande



Maravilloso el discurso de Juan Goytisolo. Hay que escucharlo.
Y hay que leerlo y releerlo... y practicarlo.

A la llana y sin rodeos

En términos generales, los escritores se dividen en dos esferas o clases: la de quienes conciben su tarea como una carrera y la de quienes la viven como una adicción. El encasillado en las primeras cuida de su promoción y visibilidad mediática, aspira a triunfar. El de las segundas, no. El cumplir consigo mismo le basta y si, como sucede a veces, la adicción le procura beneficios materiales, pasa de la categoría de adicto a la de camello o revendedor. Llamaré a los del primer apartado, literatos y a los del segundo, escritores a secas o más modestamente incurables aprendices de escribidor.

A comienzos de mi larga trayectoria, primero de literato, luego de aprendiz de escribidor, incurrí en la vanagloria de la búsqueda del éxito -atraer la luz de los focos, ser noticia”, como dicen obscenamente los parásitos de la literatura- sin parar mientes en que, como vio muy bien Manuel Azaña, una cosa es la actualidad efímera y otra muy distinta la modernidad atemporal de las obras destinadas a perdurar pese al ostracismo que a menudo sufrieron cuando fueron escritas. La vejez de lo nuevo se reitera a lo largo del tiempo con su ilusión de frescura marchita. El dulce señuelo de la fama sería patético si no fuera simplemente absurdo. Ajena a toda manipulación y teatro de títeres, la verdadera obra de arte no tiene prisas: puede dormir durante décadas como La regenta o durante siglos como La lozana andaluza. Quienes adensaron el silencio en torno a nuestro primer escritor y lo condenaron al anonimato en el que vivía hasta la publicación del Quijote no podían imaginar siquiera que la fuerza genésica de su novela les sobreviviría y alcanzaría una dimensión sin fronteras ni épocas.

“Llevo en mí la conciencia de la derrota como un pendón de victoria”, escribe Fernando Pessoa, y coincido enteramente con él. Ser objeto de halagos por la institución literaria me lleva a dudar de mí mismo, ser persona non grata a ojos de ella me reconforta en mi conducta y labor. Desde la altura de la edad, siento la
aceptación del reconocimiento como un golpe de espada en el agua, como una inútil celebración. 

Mi condición de hombre libre conquistada a duras penas invita a la modestia. La mirada desde la periferia al centro es más lúcida que a la inversa y al evocar la lista de mis maestros condenados al exilio y silencio por los centinelas del canon nacionalcatólico no puedo menos que rememorar con melancolía la verdad de sus críticas y ejemplar honradez. La luz brota del subsuelo cuando menos se la espera. Como dijo con ironía Dámaso Alonso tras el logro de su laborioso rescate del hasta entonces ninguneado Góngora, ¡quién pudiera estar aún en la oposición!

Mi instintiva reserva a los nacionalismos de toda índole y sus identidades totémicas, incapaces de abarcar la riqueza y diversidad de su propio contenido, me ha llevado a abrazar como un salvavidas la reivindicada por Carlos Fuentes nacionalidad cervantina. Me reconozco plenamente en ella. Cervantear es aventurarse en el
territorio incierto de lo desconocido con la cabeza cubierta con un frágil yelmo bacía. Dudar de los dogmas y supuestas verdades como puños nos ayuda a eludir el dilema que nos acecha entre la uniformidad impuesta por el fundamentalismo de la tecnociencia en el mundo globalizado de hoy y la previsible reacción violenta de las identidades religiosas o ideológicas que sienten amenazados sus credos y esencias.

En vez de empecinarse en desenterrar los pobres huesos de Cervantes y comercializarlos tal vez de cara al turismo como santas reliquias fabricadas probablemente en China, ¿no sería mejor sacar a la luz los episodios oscuros de su vida tras su rescate laborioso de Argel? ¿Cuántos lectores del Quijote conocen las
estrecheces y miseria que padeció, su denegada solicitud de emigrar a América, sus negocios fracasados, estancia en la cárcel sevillana por deudas, difícil acomodo en el barrio malfamado del Rastro de Valladolid con su esposa, hija, hermana y sobrina en 1605, año de la Primera Parte de su novela, en los márgenes más promiscuos y bajos de la sociedad?

Hace ya algún tiempo, dedique unas páginas a los titulados Documentos cervantinos hasta ahora inéditos del presbítero Cristóbal Pérez Pastor, impresos en 1902 con el propósito, dice, de que “reine la verdad y desaparezcan las sombras”, obra cuya lectura me impresionó en la medida en que, pese a sus pruebas fehacientes y a otras indagaciones posteriores, la verdad no se ha impuesto fuera de un puñado de eruditos,
y más de un siglo después las sombras permanecen. Sí, mientras se suceden las conferencias, homenajes, celebraciones y otros actos oficiales que engordan a la burocracia oficial y sus vientres sentados, (la expresión es de Luis Cernuda) pocos, muy pocos se esfuerzan en evocar sin anteojeras su carrera teatral frustrada, los tantos años en los que, dice en el prólogo del Quijote, “duermo en el silencio del olvido”: ese “poetón ya viejo” (más versado en desdichas que en versos) que aguarda en silencio el referendo del falible legislador que es el vulgo.

Alcanzar la vejez es comprobar la vacuidad y lo ilusorio de nuestras vidas, esa “exquisita mierda de la gloria” de la que habla Gabriel García Márquez al referirse a las hazañas inútiles del coronel Aureliano Buendía y de los sufridos luchadores de Macondo. El ameno jardín en el que transcurre la existencia de los menos, no debe distraernos de la suerte de los más en un mundo en el que el portentoso progreso de las nuevas tecnologías corre parejo a la proliferación de las guerras y luchas mortíferas, el radio infinito de la injusticia, la pobreza y el hambre.

Es empresa de los caballeros andantes, decía don Quijote, “deshacer tuertos y socorrer y acudir a los miserables” e imagino al hidalgo manchego montado a lomos de Rocinante acometiendo lanza en ristre contra los esbirros de la Santa Hermandad que proceden al desalojo de los desahuciados, contra los corruptos de la ingeniería financiera o, a Estrecho traviesa, al pie de las verjas de Ceuta y Melilla que él toma
por encantados castillos con puentes levadizos y torres almenadas socorriendo a unos inmigrantes cuyo único crimen es su instinto de vida y el ansia de libertad.

Sí, al héroe de Cervantes y a los lectores tocados por la gracia de su novela nos resulta difícil resignarnos a la existencia de un mundo aquejado de paro, corrupción, precariedad, crecientes desigualdades sociales y exilio profesional de los jóvenes como en el que actualmente vivimos. Si ello es locura, aceptémosla. El buen Sancho encontrará siempre un refrán para defenderla.

El panorama a nuestro alcance es sombrío: crisis económica, crisis política, crisis social. Según las estadísticas que tengo a mano, más del 20% de los niños de nuestra Marca España vive hoy bajo el umbral de la pobreza, una cifra con todo inferior a la del nivel del paro. Las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo. No se trata de poner la pluma al servicio de una causa, por justa que sea, sino de introducir el fermento contestatario de esta en el ámbito de la escritura. Encajar la trama novelesca en el molde de unas formas reiteradas hasta la saciedad condena la obra a la irrelevancia y una vez más, en la encrucijada, Cervantes nos muestra el camino. Su conciencia del tiempo “devorador y consumidor de las cosas” del que habla en el magistral capítulo IX de la Primera Parte del libro le indujo a adelantarse a él y a servirse de los géneros literarios en boga como material de derribo para construir un portentoso relato de relatos que se despliega hasta el infinito. Como dije hace ya bastantes años, la locura de Alonso Quijano trastornado por sus lecturas se contagia a su creador enloquecido por los
poderes de la literatura. Volver a Cervantes y asumir la locura de su personaje como una forma superior de cordura, tal es la lección del Quijote. Al hacerlo no nos evadimos de la realidad inicua que nos rodea. Asentamos al revés los pies en ella. Digamos bien alto que podemos. Los contaminados por nuestro primer escritor no nos resignamos a la injusticia.

Discurso de Juan Goytisolo
Ceremonia de entrega del Premio Cervantes 2014

miércoles, 18 de febrero de 2015

En defensa de la palabra contraria

 

El lunes, día de mi visita semanal a mi librería de cabecera, me encontré con la agradable sorpresa de que Javier ya me había reservado el último librito de quien sabe es uno de mis cuatro o cinco narradores favoritos: el napolitano Erri de Luca.
En esta ocasión se trata de un manifiesto público en el que Erri de Luca de a conocer la demanda presentada contra él por la empresa francesa LTF, constructora del tren de alta velocidad Turín-Lyon. El motivo de esta demanda, admitida a trámite por un tribunal de Turín, son unas palabras del escritor pronunciadas en el transcurso de una entrevista concedida al sitio web Huffington Post, en las que comentando las detenciones de dos jóvenes pertenecientes al movimiento NO.-TAV y la relación establecida por el fiscal jefe de Turín entre este movimiento y el terrorismo, decïa:

Huffington Post: Erri de Luca, ¿tiene razón el fiscal jefe de Turín cuando expresa su temor respecto al terrorismo NO-TAV?
Erri de Luca: Caselli exagera.
H.P.: Tal vez exagere, pero los dos chicos detenidos llevaban en el coche cócteles molotv...
E. de L.: [Sonría irónicamente]... Sí, peligroso material de ferretería. Justo lo que normalmente se entiende como dotación de los grupos terroristas. Me explico mejor: el TAV ha de ser saboteado. para eso precisamente servían las cizallas: son muy útiles para cortar las verjas. Nada de terrorismo.

Erri de Luca reivindica el derecho, la necesidad democrática, a pronunciar y argumentar la palabra contraria.
Yo ya he plasmado mi adhesión en la página solidaridad IOSTOCONERRI. Para lo que haga falta, Erri.



Para saber más:

jueves, 11 de abril de 2013

José Luis Sampedro

"Pero allí continuaba el espeso verdor del mirto, la ondulante gracia de la palma, la promesa cierta de la granada. Y sus voces silenciosas proclamaban el vigor de la vida, el poder invencible de las fuerzas que, trabajando bajo el manto del invierno, vuelven a abrir las puertas al milagro de cada primavera".

José Luis Sampedro, El río que nos lleva (1961)

Tenía la sensibilidad imprescindible para percibir, bajo la realidad congelada y yerta, el pulso vigoroso de la vida que se resiste y pugna por brotar. Supo ver la alternativa palpitando bajo la apariencia callada y silenciosa del paisaje invernal. Otro mundo es posible.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Provocación... de la buena

El intelectual, o es o está: o es molesto o está de sobra. Releo el ensayo de García Montero Inquietudes bárbaras y extraigo una provocadora reflexión:

"Al abordar el tema del compromiso histórico, la última literatura española se ha aplicado a la memoria de la guerra civil. No se pueden discutir las buenas intenciones, porque soportábamos una larga lista de cuentas pendientes, después de años de silencio y manipulación del pasado español. Pero no deja de ser significativo que entre las capas progresistas españolas tenga más peso el recuerdo de los que sufrieron hace más de setenta años que el testimonio diario de los que sufren hoy, muy cerca de nosotros, en los naufragios de nuestras costas, en las alambradas de nuestras fronteras, en las subastas de esclavos de nuestras plazas. La cuarta parte de la energia que se ha dedicado a la memoria histórica hubiese forzado una política distinta sobre inmigración y hubiera provocado una alarma social inconsolable ante la sistemática violación de derechos humanos que está asumiendo con toda naturalidad la ciudadanía. Buena muestra del narcisismo consumista en el que nos hemos instalado los españoles, o de la liquidación real de la ciudadanía, es que nos interese más lo que sufrimos nosotros hace más de medio siglo, cuándo eramos los pobres, que el testimonio desolador de los parias de hoy. Claro que las víctimas ya no son nuestras, son otros, no forman parte de nuestra identidad de españoles republicanos asaltados por la barbarie franquista" (pp. 106-107).

Duele leer estas cosas. Pero las palabras duelen más cuanto más de verdad llevan consigo. Y no es consuelo pensar que si esta es la contradicción de los progresistas, el pecado de los conservadores españoles es el de no preocuparse ni por los parias de hoy ni por los represaliados de ayer.
Duele leer estas cosas, pero hay que leerlas, releerlas, pensarlas y repensarlas, pasarlas por el corazón. Y sacar algunas conclusiones.

Ayer leí en El Norte de Castilla la noticia de la muerte de cuatro trabajadores -un ciudadano ucraniano de 38 años, G. D.; un angoleño de 43 años, P. J. J. M; un brasileño de 31 años, y un ciudadano luso, E. G. T, de 45 años- residentes en Portugal al volcar de madrugada la furgoneta en la que se dirigían a Madrid a trabajar. Entresaco un párrafo:

"Las víctimas eran obreros pertenecientes a una empresa de construcción radicada en la zona de Viana do Castelo, ciudad costera situada al norte del país vecino, a unos cincuenta kilómetros del límite con Galicia y de dónde posiblemente habrían partido los fallecidos horas antes.
El infortunio se cruzó en su viaje a más de 570 kilómetros de su lugar de origen y a apenas tres cuartos de hora de la capital de España. Las primeras hipótesis indican que los finados estaban subcontratados por una empresa de la localidad toledana de Seseña y se dirigian a su lugar de trabajo, posiblemente en Madrid".

"Las víctimas ya no son nuestras, son otros...". Pensémoslo antes de quitarnos de encima con demasiada rapidez la provocación, la buena provocación, de Luis García Montero.