"La mayoría de los abogados de los siete menores acusados de los disturbios ocurridos el pasado domingo en Pozuelo han recurrido la decisión del juez de Menores, encargado del caso, de que los jóvenes no acudan durante tres meses a fiestas a partir de las 22.00 horas, ya que la consideran desproporcionada" (EL CORREO).
Luis García Montero ha escrito un atinadísimo ensayo titulado Perder la educación, del que extraigo estas líneas:
"Desde los austeros jóvenes krausistas hasta los estudiantes barbudos que conspiraron contra el franquismo en las cafeterías universitarias, ser joven en España tuvo la sobrecarga moral de comprometerse con la dignificación de un país derrotado, que había perdido la educación, y que necesitaba encontrarla para pensar con esperanza en su futuro. En todas las épocas hay de todo: ni en los años sesenta todos los jóvenes eran antifranquistas, ni en los años noventa todos los jóvenes pasaban sus noches de viernes en las plazas del botellón. Pero algunas situaciones se convierten en síntomas de una época, y la irrupción de los botellones en la sacrificada piel de toro venía a representar una mutación antropológica que eximía a la juventud de su sobrecarga [...] No tener sobrecarga de responsabilidad ha provocado de repente un problema de irresponsabilidad".
Excelente diagnóstico de un problema del que los jóvenes de Pozuelo son más consecuencia que causa. Hoy por hoy la causa hay que buscarla más bien en sus progenitores:
"El padre que va al colegio con la impertinencia del consumidor -continua García Montero-, no con la queja del ciudadano, está lejos de pretender colaborar con la educación de su hijo. Sólo intenta imponer de forma rápida una solución adecuada a sus necesidades particulares, para obviar el problema que interrumpe su amoratada comodidad".
Hoy por hoy. Mañana esos mismos jóvenes se habrán convertido en causa de nuevos problemas de irresponsabilidad, cuando quienes ahora recuerdan esa noche como la más divertida del año arropen a sus propios hijos ante cualquier irresponsabilidad.
Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
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jueves, 10 de septiembre de 2009
miércoles, 19 de agosto de 2009
Provocación... de la buena
El intelectual, o es o está: o es molesto o está de sobra. Releo el ensayo de García Montero Inquietudes bárbaras y extraigo una provocadora reflexión:
"Al abordar el tema del compromiso histórico, la última literatura española se ha aplicado a la memoria de la guerra civil. No se pueden discutir las buenas intenciones, porque soportábamos una larga lista de cuentas pendientes, después de años de silencio y manipulación del pasado español. Pero no deja de ser significativo que entre las capas progresistas españolas tenga más peso el recuerdo de los que sufrieron hace más de setenta años que el testimonio diario de los que sufren hoy, muy cerca de nosotros, en los naufragios de nuestras costas, en las alambradas de nuestras fronteras, en las subastas de esclavos de nuestras plazas. La cuarta parte de la energia que se ha dedicado a la memoria histórica hubiese forzado una política distinta sobre inmigración y hubiera provocado una alarma social inconsolable ante la sistemática violación de derechos humanos que está asumiendo con toda naturalidad la ciudadanía. Buena muestra del narcisismo consumista en el que nos hemos instalado los españoles, o de la liquidación real de la ciudadanía, es que nos interese más lo que sufrimos nosotros hace más de medio siglo, cuándo eramos los pobres, que el testimonio desolador de los parias de hoy. Claro que las víctimas ya no son nuestras, son otros, no forman parte de nuestra identidad de españoles republicanos asaltados por la barbarie franquista" (pp. 106-107).
Duele leer estas cosas. Pero las palabras duelen más cuanto más de verdad llevan consigo. Y no es consuelo pensar que si esta es la contradicción de los progresistas, el pecado de los conservadores españoles es el de no preocuparse ni por los parias de hoy ni por los represaliados de ayer.
Duele leer estas cosas, pero hay que leerlas, releerlas, pensarlas y repensarlas, pasarlas por el corazón. Y sacar algunas conclusiones.
Ayer leí en El Norte de Castilla la noticia de la muerte de cuatro trabajadores -un ciudadano ucraniano de 38 años, G. D.; un angoleño de 43 años, P. J. J. M; un brasileño de 31 años, y un ciudadano luso, E. G. T, de 45 años- residentes en Portugal al volcar de madrugada la furgoneta en la que se dirigían a Madrid a trabajar. Entresaco un párrafo:
"Las víctimas eran obreros pertenecientes a una empresa de construcción radicada en la zona de Viana do Castelo, ciudad costera situada al norte del país vecino, a unos cincuenta kilómetros del límite con Galicia y de dónde posiblemente habrían partido los fallecidos horas antes.
El infortunio se cruzó en su viaje a más de 570 kilómetros de su lugar de origen y a apenas tres cuartos de hora de la capital de España. Las primeras hipótesis indican que los finados estaban subcontratados por una empresa de la localidad toledana de Seseña y se dirigian a su lugar de trabajo, posiblemente en Madrid".
"Las víctimas ya no son nuestras, son otros...". Pensémoslo antes de quitarnos de encima con demasiada rapidez la provocación, la buena provocación, de Luis García Montero.
"Al abordar el tema del compromiso histórico, la última literatura española se ha aplicado a la memoria de la guerra civil. No se pueden discutir las buenas intenciones, porque soportábamos una larga lista de cuentas pendientes, después de años de silencio y manipulación del pasado español. Pero no deja de ser significativo que entre las capas progresistas españolas tenga más peso el recuerdo de los que sufrieron hace más de setenta años que el testimonio diario de los que sufren hoy, muy cerca de nosotros, en los naufragios de nuestras costas, en las alambradas de nuestras fronteras, en las subastas de esclavos de nuestras plazas. La cuarta parte de la energia que se ha dedicado a la memoria histórica hubiese forzado una política distinta sobre inmigración y hubiera provocado una alarma social inconsolable ante la sistemática violación de derechos humanos que está asumiendo con toda naturalidad la ciudadanía. Buena muestra del narcisismo consumista en el que nos hemos instalado los españoles, o de la liquidación real de la ciudadanía, es que nos interese más lo que sufrimos nosotros hace más de medio siglo, cuándo eramos los pobres, que el testimonio desolador de los parias de hoy. Claro que las víctimas ya no son nuestras, son otros, no forman parte de nuestra identidad de españoles republicanos asaltados por la barbarie franquista" (pp. 106-107).
Duele leer estas cosas. Pero las palabras duelen más cuanto más de verdad llevan consigo. Y no es consuelo pensar que si esta es la contradicción de los progresistas, el pecado de los conservadores españoles es el de no preocuparse ni por los parias de hoy ni por los represaliados de ayer.
Duele leer estas cosas, pero hay que leerlas, releerlas, pensarlas y repensarlas, pasarlas por el corazón. Y sacar algunas conclusiones.
Ayer leí en El Norte de Castilla la noticia de la muerte de cuatro trabajadores -un ciudadano ucraniano de 38 años, G. D.; un angoleño de 43 años, P. J. J. M; un brasileño de 31 años, y un ciudadano luso, E. G. T, de 45 años- residentes en Portugal al volcar de madrugada la furgoneta en la que se dirigían a Madrid a trabajar. Entresaco un párrafo:
"Las víctimas eran obreros pertenecientes a una empresa de construcción radicada en la zona de Viana do Castelo, ciudad costera situada al norte del país vecino, a unos cincuenta kilómetros del límite con Galicia y de dónde posiblemente habrían partido los fallecidos horas antes.
El infortunio se cruzó en su viaje a más de 570 kilómetros de su lugar de origen y a apenas tres cuartos de hora de la capital de España. Las primeras hipótesis indican que los finados estaban subcontratados por una empresa de la localidad toledana de Seseña y se dirigian a su lugar de trabajo, posiblemente en Madrid".
"Las víctimas ya no son nuestras, son otros...". Pensémoslo antes de quitarnos de encima con demasiada rapidez la provocación, la buena provocación, de Luis García Montero.
lunes, 10 de agosto de 2009
La escritura como disciplina
Me preocupa que la ciberdemocracia sea de peor calidad que la democracia realmente existente. Leo los comentarios que se hacen a diario a las noticias publicadas en las ediciones digitales de los diarios y me agobio. Apenas hay opinión argumentada y cuando la hay enseguida se ve pisoteada por el insulto, por el exabrupto, por la afirmación dogmática. Opiniones escritas lanzadas como piedras.
¿Es el anonimato? ¿Es la distancia? Recuerdo aquello que decía el etólogo Konrad Lorenz en su estudio sobre la agresión: la agresividad humana es infinitamente mayor que la de cualquier otro animal porque los humanos hemos perfeccionado la técnica de agredir a distancia.
El desencanto, el cabreo incluso, con el funcionamiento de la democracia real alimenta demasiado el crecimiento de la blogosfera ciudadana. Cuando esta se nutre del compromiso cívico, del dolor por lo que se está perdiendo en nuestra política y nuestra sociedad civil, fortalece nuestras debilitadas democráticas. Pero cuando la blogosfera se convierte en el espacio de la desafección un alarmante aristrocratismo -cuando no un peligroso autoritarismo- emerge por doquier.
¿Exagero? No lo sé, ójala; pero la preocupación no me la quita nadie.
Me ha encantado leer este texto:
"El ciudadano ilustrado es hoy el verdadero bárbaro, se ha quedado fuera de la ciudad por mantener un deseo extemporáneo de urbanidad. Si se mira en el espejo, descubre en el fondo de sus ojos un mar revuelto por inquietudes bárbaras. Defender la razón ilustrada en medio de la cultura occidental es hoy una manía lunática.
Pero también es una necesidad. Hay animales herbívoros que se empeñan en seguir comiendo hierba. Hay ciudadanos que conservan un apego impertinente a la ilusión ilustrada. Están condenados a convivir con sus inquietudes bárbaras y lo mejor que pueden hacer es asumirlas con una melancolía optimista, o con un pesimismo ilusionado. Deben evitar por todos los medios convertirse en unos cascarrabias. Llegan a casa, encienden la televisión, escuchan la radio, leen el periódico, siguen el curso de las polémicas intelectuales y de los debates sociales, y se sienten conmovidos, con un ánimo que pasa de la indignación al naufragio y de la perplejidad al sentimiento de extranjería. Cada cual tiene sus mecanismos de defensa.
Yo, por ejemplo, suelo escribir mis preocupaciones para defenderme de mí mismo. Resulta demasiado fácil ser injusto en los estados silenciosos de indignación, llegar a las manos con las sombras, insultar a los fantasmas, ir más lejos de lo razonable persiguiendo estantiguas. Escribir sirve para controlarse, para darle un orden a las emociones, una disciplina a los malos pensamientos, un lugar a los otros. Escribir es una forma de mantenerle el respeto al mundo. Escribo mis inquietudes de bárbaro sin mayores pretensiones, sólo para andar por casa. Ni más ni menos.
La escritura resulta útil para opinar, criticar, defender posiciones. A los bárbaros de hoy nos ayuda, sobre todo, a saber hasta dónde podemos llegar, sin convertirnos en unos cascarrabias, sin ser irracionales por culpa de la razón, injustos por necesidad de justicia, huraños por pura voluntad de convivencia. La escritura pone las cosas en su sitio, enseña a callar, a borrar, a no decir todo lo que se piensa, a intuir lo que está bien que los demás alcancen a leer, a buscar la comprebsión propia y ajena. Los defectos nacen con frecuencia en el seno de la virtud. Se puede ser injusto o errático en nombre de la verdad. La disciplina de la escritura ayuda a controlar los excesos de la propia escritura, el impulso de llevar al extremo el rigor de las opiniones, un impulso que se acentúa en épocas de crisis, hasta el punto de implantarse como una condición de la voz crítica. Difícil tarea la de disentir sin acomodarse a los márgenes".
Intentaré aplicármelo. No pudo prometer más que esto.
¿Es el anonimato? ¿Es la distancia? Recuerdo aquello que decía el etólogo Konrad Lorenz en su estudio sobre la agresión: la agresividad humana es infinitamente mayor que la de cualquier otro animal porque los humanos hemos perfeccionado la técnica de agredir a distancia.
El desencanto, el cabreo incluso, con el funcionamiento de la democracia real alimenta demasiado el crecimiento de la blogosfera ciudadana. Cuando esta se nutre del compromiso cívico, del dolor por lo que se está perdiendo en nuestra política y nuestra sociedad civil, fortalece nuestras debilitadas democráticas. Pero cuando la blogosfera se convierte en el espacio de la desafección un alarmante aristrocratismo -cuando no un peligroso autoritarismo- emerge por doquier.
¿Exagero? No lo sé, ójala; pero la preocupación no me la quita nadie.
Me ha encantado leer este texto:
"El ciudadano ilustrado es hoy el verdadero bárbaro, se ha quedado fuera de la ciudad por mantener un deseo extemporáneo de urbanidad. Si se mira en el espejo, descubre en el fondo de sus ojos un mar revuelto por inquietudes bárbaras. Defender la razón ilustrada en medio de la cultura occidental es hoy una manía lunática.
Pero también es una necesidad. Hay animales herbívoros que se empeñan en seguir comiendo hierba. Hay ciudadanos que conservan un apego impertinente a la ilusión ilustrada. Están condenados a convivir con sus inquietudes bárbaras y lo mejor que pueden hacer es asumirlas con una melancolía optimista, o con un pesimismo ilusionado. Deben evitar por todos los medios convertirse en unos cascarrabias. Llegan a casa, encienden la televisión, escuchan la radio, leen el periódico, siguen el curso de las polémicas intelectuales y de los debates sociales, y se sienten conmovidos, con un ánimo que pasa de la indignación al naufragio y de la perplejidad al sentimiento de extranjería. Cada cual tiene sus mecanismos de defensa.
Yo, por ejemplo, suelo escribir mis preocupaciones para defenderme de mí mismo. Resulta demasiado fácil ser injusto en los estados silenciosos de indignación, llegar a las manos con las sombras, insultar a los fantasmas, ir más lejos de lo razonable persiguiendo estantiguas. Escribir sirve para controlarse, para darle un orden a las emociones, una disciplina a los malos pensamientos, un lugar a los otros. Escribir es una forma de mantenerle el respeto al mundo. Escribo mis inquietudes de bárbaro sin mayores pretensiones, sólo para andar por casa. Ni más ni menos.
La escritura resulta útil para opinar, criticar, defender posiciones. A los bárbaros de hoy nos ayuda, sobre todo, a saber hasta dónde podemos llegar, sin convertirnos en unos cascarrabias, sin ser irracionales por culpa de la razón, injustos por necesidad de justicia, huraños por pura voluntad de convivencia. La escritura pone las cosas en su sitio, enseña a callar, a borrar, a no decir todo lo que se piensa, a intuir lo que está bien que los demás alcancen a leer, a buscar la comprebsión propia y ajena. Los defectos nacen con frecuencia en el seno de la virtud. Se puede ser injusto o errático en nombre de la verdad. La disciplina de la escritura ayuda a controlar los excesos de la propia escritura, el impulso de llevar al extremo el rigor de las opiniones, un impulso que se acentúa en épocas de crisis, hasta el punto de implantarse como una condición de la voz crítica. Difícil tarea la de disentir sin acomodarse a los márgenes".
Luis García Montero, Inquietudes bárbaras, pp. 12-13.
Intentaré aplicármelo. No pudo prometer más que esto.
martes, 16 de junio de 2009
El rostro del prójimo
La revista UNELIBROS, publicación semestral editada por la Unión de Editoriales Universitarias Españolas, recoge en su último número (Primavera 2009, n 18) dos interesantes entrevistas.
La primera, al poeta y catedrático de Universidad Luis García Montero [pp. 7-11]. Su valoración del llamado proceso de Bolonia resulta demoledora.
La segunda entrevista es la realizada a Rogelio Blanco, Director General del Libro, Archivos y Bibliotecas [pp. 14-17]. Excelente de principio a fin. Destaco de la misma un fragmento que me ha tocado especialmente:
"Si yo tuviera que elegir un libro, el más rio, del que más contenidos se reciben y en el que necesitamos más experiencia para transformarla en conocimiento, sería el rostro del prójimo. Es el gran libro, por la abundancia de contenidos que emite".
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