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sábado, 28 de marzo de 2026

Si vis pacem, para pacem

El debate sobre la seguridad y el rearme ha vuelto con fuerza al centro de la política europea. La invasión rusa de Ucrania, la incertidumbre sobre el papel futuro de Estados Unidos en la OTAN y la creciente tensión geopolítica han alimentado la idea de que Europa debe reforzar urgentemente su capacidad militar. En ese contexto ¿sigue teniendo sentido hoy una posición pacifista en Europa?

El rearme como nuevo sentido común europeo

En nuestras sociedades la defensa militar se ha convertido en un supuesto incuestionado. Se da por hecho que la seguridad depende de disponer de ejércitos capaces de disuadir mediante la amenaza de la fuerza. Este planteamiento suele presentarse como realismo político, como una respuesta técnica a un mundo peligroso. Sin embargo, en realidad es una opción histórica y cultural muy concreta, profundamente ideológica, que rara vez se somete a discusión ética o política.

Cuando se debate sobre defensa nunca se cuestiona ese supuesto básico. Las discusiones se limitan a aspectos secundarios: cuánto gastar en defensa, qué alianzas mantener o dónde desplegar tropas. Pero la premisa de fondo (que la seguridad solo puede garantizarse mediante la capacidad de infligir violencia) permanece intacta. Bajo ese marco, imaginar formas alternativas de seguridad se considera ingenuo o irresponsable.

El contexto geopolítico reciente ha reforzado esta lógica. En la Unión Europea se ha abierto paso un nuevo consenso: la idea de que Europa debe convertirse en una potencia militar más autónoma. La Comisión Europea impulsa instrumentos financieros para fortalecer la industria de defensa y fomentar la compra conjunta de armamento, mientras Emmanuel Macron, defiende una Europa capaz de ejercer plenamente su poder militar, incluida la dimensión nuclear.

En España el debate ha adoptado un tono aparentemente pragmático y el Gobierno sostiene que es posible aumentar el gasto militar sin sacrificar el Estado del bienestar. Según esta lógica, si el presupuesto de defensa puede ampliarse sin recortes en sanidad, educación o políticas sociales, el dilema entre “cañones o mantequilla” quedaría resuelto. Pero ese razonamiento evita la pregunta fundamental: incluso si podemos pagarlo, ¿es realmente la vía adecuada para garantizar nuestra seguridad?

El gasto en defensa no es neutral. No se limita a cubrir una necesidad técnica, sino que orienta la economía, fortalece determinadas industrias, condiciona la política exterior y, sobre todo, formatea las mentalidades, configurando una auténtica economía política de la seguridad armada. Por eso el debate democrático no debería limitarse a la aritmética presupuestaria, sino abordar cuestiones más profundas: qué amenazas consideramos prioritarias, qué tipo de defensa queremos y qué papel debe tener la fuerza militar dentro de una concepción más amplia de seguridad humana, social y ecológica.

Esa reflexión exige también preguntarse qué significa exactamente “defender nuestro modo de vida”. Con frecuencia esta expresión funciona como un eslogan que agrupa prosperidad, libertades políticas y estabilidad institucional. Sin embargo, rara vez se reconoce que el modelo de vida europeo se ha construido históricamente sobre relaciones económicas coloniales y patrones de consumo que dependen de la explotación de recursos y trabajo en otras partes del mundo. Es lo que Nancy Fraser ha llamado “capitalismo caníbal”. Defender ese modo de vida sin cuestionarlo significa, en realidad, proteger militarmente una posición privilegiada en la jerarquía global.

La defensa que destruye lo que dice proteger

Por otro lado, la forma en que se libran las guerras contemporáneas obliga a revisar seriamente la supuesta capacidad protectora de la defensa militar. Hoy los conflictos se desarrollan principalmente en ciudades densamente pobladas y en estos escenarios el uso de artillería pesada, misiles o bombardeos aéreos tiene consecuencias devastadoras para la población civil. Según informes de Naciones Unidas, hasta el 90 % de las víctimas en zonas urbanas son civiles.

Además, el coste humano de la guerra va mucho más allá de las muertes directas en combate. La antropóloga Stephanie Savell muestra que las guerras posteriores al 11 de septiembre de 2001 han tenido un impacto humano mucho mayor del que suele reconocerse. En las guerras de Afganistán, Irak, Pakistán, Siria, Yemen y regiones relacionadas, se estima que el total de muertes asociadas a los conflictos podría situarse entre 4,5 y 4,7 millones de personas, de las que 3,6 millones corresponden a muertes indirectas, es decir, personas que no murieron por violencia directa en el campo de batalla, sino por las consecuencias estructurales de la guerra: colapso de servicios de salud, malnutrición, enfermedades prevenibles, falta de agua potable y desplazamientos forzados.  Casos actuales como Ucrania, Gaza o Irán muestran con crudeza que la guerra contemporánea convierte a la sociedad civil en su principal víctima.

En este contexto resulta imposible sostener la idea de que la guerra sirve para proteger la vida. La defensa armada se legitima como respuesta frente a una amenaza absoluta, pero los datos muestran que su funcionamiento real implica la destrucción masiva de vidas e infraestructuras civiles. Como ha señalado Judith Butler, las guerras también se libran en el terreno simbólico: determinan qué vidas son reconocidas como valiosas y cuáles pueden ser reducidas a cifras estadísticas o daños colaterales.

Existe además una ilusión persistente sobre la guerra que también hay que cuestionar: la creencia de que en ella se dirimen valores como la justicia o la libertad. En la práctica, sin embargo, las guerras las ganan quienes disponen de mayor capacidad destructiva y más recursos materiales. La guerra premia la superioridad de la fuerza, no la legitimidad moral. Y esa acumulación de poder militar nunca es neutral: tiende a reproducir y ampliar las desigualdades existentes entre países y dentro de las propias sociedades.

Aquí resulta especialmente pertinente recordar la advertencia de Audre Lorde cuando afirma que “las herramientas del amo nunca desmantelarán la casa del amo”. La violencia, las armas, los ejércitos son precisamente esas herramientas. Pretender construir un mundo más justo, más seguro o más humano mediante una intensificación de la fuerza armada equivale a reforzar el mismo principio que genera la opresión: la imposición del más fuerte sobre el más débil.

La gravedad del momento histórico también queda reflejada en un símbolo conocido: el Reloj del Juicio Final (Doomsday Clock) del Bulletin of the Atomic Scientists. Este indicador, creado tras la Segunda Guerra Mundial por científicos vinculados al Proyecto Manhattan, utiliza la metáfora de un reloj para representar la proximidad de la humanidad a una catástrofe global. En la actualidad el reloj marca apenas 85 segundos antes de la medianoche, una advertencia que refleja el aumento simultáneo de riesgos nucleares, crisis climática y tensiones tecnológicas. El mensaje es claro: el rumbo actual del sistema internacional es profundamente inestable y exige respuestas cooperativas a escala global.

Reconocer estos límites no implica negar la existencia de agresiones reales ni ignorar situaciones en las que la resistencia armada ha sido comprensible. La derrota del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial es el ejemplo más claro. Sin embargo, incluso esa victoria no eliminó la lógica de la fuerza en el sistema internacional; al contrario, inauguró un orden basado en la disuasión nuclear y la amenaza permanente de destrucción mutua. Se trata de una dinámica estructural del sistema internacional conocida como el “dilema de la defensa”. Cuando los Estados se arman para protegerse generan inseguridad en otros, que responden armándose también. De este modo se desencadenan carreras armamentísticas que refuerzan la percepción de amenaza. Este proceso se ve intensificado por el peso económico del complejo militar-industrial, que convierte la producción de armamento en un sector con poderosos incentivos para su expansión.

Si para ser más fuerte que el amo tengo que convertirme en amo…

La pregunta de si “merece la pena” defenderse violentamente cuando eso exige volverse más fuerte e incluso más despiadado que el agresor nos sitúa ante uno de los dilemas más antiguos y perturbadores de la política: ¿en qué estamos dispuestos a convertirnos para sobrevivir? La cuestión no es simplemente estratégica, es moral. No se trata solo de ganar una guerra, sino de preguntarse qué tipo de sociedad y qué futuro emergen de esa victoria.

Cuando una comunidad decide defenderse, el objetivo declarado es preservar su forma de vida frente a una amenaza. Sin embargo, en el curso de esa defensa se introducen como “medidas excepcionales” prácticas que erosionan precisamente aquello que pretende proteger: limitación de libertades, concentración de poder, normalización de la mentira como herramienta política, deshumanización del adversario y, por extensión, del disidente interno. La historia muestra que las excepciones tienden a volverse permanentes y que la guerra, que comienza como reacción a una agresión externa, termina transformando el régimen desde dentro.

Si para derrotar a un régimen autoritario hubiera que adoptar sus métodos (represión sistemática, propaganda omnipresente, desprecio por el derecho internacional) la victoria sería más que ambigua: podría lograrse una superioridad militar, pero al precio de vaciar el proyecto político original. De forma análoga, si una democracia respondiera a un entorno internacional crecientemente iliberal imitándolo, “trumpizándose” o endureciendo sus propias reglas hasta diluir los contrapesos institucionales, podría obtener fortaleza a corto plazo, pero a largo plazo estaría debilitando su legitimidad y su estabilidad.

El problema no es solo moral; es también práctico. La crueldad tiende a producir efectos secundarios estratégicamente costosos. Alimenta ciclos de represalia, dificulta la construcción de alianzas, erosiona el apoyo internacional y fractura la cohesión interna. Una sociedad que adopta métodos despiadados necesita reforzar el control interno para sostenerlos. Y ese refuerzo (más vigilancia, menos transparencia, menor pluralismo) transforma la naturaleza misma del régimen: no hay más que mirar a los Estados Unidos de Trump y a la Rusia de Putin.

Pensar la seguridad más allá de las armas

Frente a este paradigma, deberíamos explorar seriamente la defensa civil noviolenta. Este enfoque parte de una premisa sencilla: ningún régimen puede sostenerse únicamente mediante la coerción. Incluso los poderes más represivos dependen de la cooperación cotidiana de la población. Si esa cooperación se retira mediante huelgas, boicots, desobediencia civil o creación de instituciones alternativas, el poder puede quedar paralizado.

La historia ofrece múltiples ejemplos de resistencia civil, de no cooperación, de retirada de legitimidad, de desobediencia organizada que ha erosionado regímenes violentos sin recurrir a la guerra. No son caminos fáciles ni exentos de costes, pero tampoco lo es la militarización permanente del mundo. La diferencia crucial es que la defensa civil noviolenta no convierte la violencia en principio, ni hace de la muerte del otro una condición de posibilidad para la propia supervivencia. Como proclamó Manuel Sacristán, “el pacifismo no consiste en no querer morir, sino en no querer matar”.

Cuestionar la supuesta bondad o inevitabilidad de la defensa militar no es negar los conflictos ni idealizar la paz. Es reconocer que el modelo dominante de seguridad ha fracasado, especialmente para quienes más sufren, y que insistir en él solo profundiza las dinámicas que nos han traído hasta aquí. Reivindicar la defensa civil noviolenta es apostar por una noción de seguridad que no se mida por la capacidad de matar, sino por la capacidad de cuidar, resistir y transformar sin renunciar a la dignidad humana.

El poder no reside en las armas, sino en la obediencia cotidiana. Cuando esa obediencia se retira de forma sostenida y colectiva, incluso los regímenes más violentos se ven debilitados, porque pierden la capacidad práctica de gobernar. La resistencia civil noviolenta no derrota al adversario destruyéndolo, sino dejándolo sin suelo.

Este enfoque permite, además, introducir una reflexión crucial sobre quién puede resistir. La violencia armada es radicalmente excluyente. Se trata de una herramienta profundamente machista, pero también edadista y capacitista. Su uso “eficiente” está pensado para cuerpos muy concretos: varones jóvenes, en excelentes condiciones físicas, entrenados para soportar dolor, miedo extremo y estrés prolongado. Todo lo demás (mujeres, personas mayores, personas con diversidad funcional, cuerpos no normativos) queda relegado al papel de víctimas pasivas o de daños colaterales.

Más aún: la violencia no solo exige unas condiciones físicas específicas, sino también unas disposiciones morales muy particulares. Acechar, engañar, herir, mutilar o matar de forma sistemática requiere suspender, al menos temporalmente, rasgos éticos básicos como la empatía, el cuidado de la otra y el otro o el reconocimiento de la dignidad ajena. No es casual que los ejércitos inviertan enormes recursos en procesos de deshumanización del enemigo: sin ellos, la mayoría de las personas no podría matar. La violencia organizada se apoya en disposiciones psicológicas más cercanas a la sociopatía funcional que a una ética compartida de la vida.

Por eso, y esto es importante subrayarlo, la violencia es una herramienta al alcance de una minoría. No porque el resto de la población sea cobarde o incapaz, sino porque, afortunadamente, la mayoría de los seres humanos no está hecha para matar. El militarismo convierte esa limitación ética en un defecto; la defensa civil noviolenta, en cambio, la reconoce como fortaleza.

El problema es que estas alternativas suelen plantearse cuando la guerra ya ha comenzado, cuando la lógica militar domina la opinión pública y las decisiones políticas. Por eso la defensa civil noviolenta solo puede convertirse en una opción creíble si se construye con antelación, como una política pública organizada en tiempos de paz.

La vieja máxima romana afirmaba: si vis pacem, para bellum, si quieres la paz, prepárate para la guerra. Ha llegado el momento de invertir esa lógica. Si queremos realmente la paz, debemos comprometernos firmemente desde ahora en prepararla.


Publicado en eldiario.es el 22 de marzo de 2026

viernes, 25 de abril de 2025

Declaración de Independencia del Espíritu

Releo estos días el libro de Romain Rolland Más allá de la contienda (Nórdica Libros y Capitán Swing, 2014; traducción de Carlos Primo). Recoge textos publicados entre 1914 y 1919, todos ellos dirigidos a reivindicar el diálogo, el entendimiento y la paz en una Europa arrasada por el militarismo. Entre estos textos destaca el que cierra el libro: la "Declaración de Independencia del Espíritu", publicada en el diario L'Humanité el 26 de junio de 1919. La versión en inglés empieza con "Intellectual workers...". Me gusta más la idea de trabajadoras (la primera firma es de la maravillosa Jane Addams) y trabajadores del Espíritu.
 
DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA DEL ESPÍRITU
 
Trabajadores del Espíritu, compañeros dispersos a lo largo y ancho del planeta, separados desde hace cinco años por los ejércitos, la censura y el odio de las naciones en guerra: en esta hora en que las barreras caen y las fronteras se reabren, os dirigimos un llamamiento para reformar nuestra unión fraternal, pero una unión nueva, más sólida y segura que la que existía antes.
     La guerra ha traído la destrucción a nuestras filas. La mayoría de los intelectuales han puesto su ciencia, su arte y su razón al servicio de los gobiernos. No queremos acusar a nadie ni elevar ningún reproche. Conocemos la debilidad de las almas individuales y la fuerza elemental de las grandes corrientes colectivas: éstas han barrido a aquéllas en un instante, porque no había defensa preparada. ¡Que, al menos, esta experiencia nos sirva para el futuro!
     Y, en primer lugar, constatemos los desastres a que conduce la abdicación casi total de la inteligencia del mundo y su sumisión voluntaria a las fuerzas desencadenadas. Los pensadores, los artistas han añadido una suma incalculable de odio envenenado a la plaga que roe la carne y el espíritu de Europa. Han buscado en el arsenal de su sabiduría, de su memoria y de su imaginación, razones antiguas y nuevas, razones históricas, científicas, lógicas y poéticas para justificar el odio. Han trabajado para destruir la comprensión y el amor entre los hombres. Y así han afeado, envilecido, rebajado y degradado el Pensamiento al que representaban. Lo han convertido en un instrumento de las pasiones y, tal vez sin saberlo, de los intereses egoístas de un clan político o social, de un Estado, de una patria, de una clase. En este momento, todas las naciones enfrentadas, victoriosas o vencidas, salen de la batalla moribundas, empobrecidas y, en el fondo de su corazón (aunque lo nieguen), avergonzadas y humilladas por su crisis de locura. Junto a ellas, el Pensamiento, implicado en sus combates, sale también destronado.
     ¡Levantémonos! ¡Libremos al Espíritu de estos compromisos, de estas alianzas humillantes, de estas servidumbres disimuladas! El Espíritu no está al servicio de nada que no sea él mismo. Somos nosotros quienes estamos a su servicio. Nuestra misión es defender su luz y agrupar a su alrededor a todos los hombres extraviados. Nuestro rol, nuestro deber, es mantener un punto fijo, señalar a la Estrella Polar en medio del torbellino nocturno de las pasiones. Entre estas pasiones de orgullo y de destrucción mutua, nos negamos a elegir, y las rechazamos todas. Rendimos honores a la única Verdad libre, sin fronteras ni límites, sin prejuicios de razas o de castas. Desde luego, ¡no nos desentendemos de la Humanidad! Trabajamos por ella en su totalidad. No distinguimos entre pueblos: conocemos a un solo Pueblo, único y universal, al Pueblo que sufre, que lucha, que cae y se levanta, y que avanza siempre por un camino difícil empapado de sudor y sangre, el Pueblo de todos los hombres, todos hermanos por igual. Y para que, al igual que nosotros, tomen conciencia de esta fraternidad que ponemos por encima de sus ciegos enfrentamientos: el Arca de la Alianza: el Espíritu libre, uno y múltiple, eterno.
 
 

A partir del 23 de junio de 1919, esta declaración ha sido respaldada por: Jane Addams (Estados Unidos); René Arcos (Francia); Henri Barbusse (Francia); Léon Bazalgette (Francia); Jean-Richard Bloch (Francia); Roberto Bracco (Italia); Dr. Jean-Richard Bloch (Francia); LEJ Brouwer (Holanda); A. de Châteaubriant (Francia); Georges Chennevière (Francia); Benedetto Croce (Italia); Albert Doyen (Francia); Georges Duhamel (Francia); Prof. A. Einstein (Alemania); Dr. Frederik van Eeden (Holanda); Georges Eekhoud (Bélgica); Prof. A. Forel (Suiza); Verner von Heidenstam (Suecia); Hermann Hesse (Alemania); P.J. Jouve (Francia); JC Kapteyn (Países Bajos); Ellen Key (Suecia); Selma Lagerlof (Suecia); Prof. Max Lehmann (Alemania); Carl Lindhagen (Suecia); M. López-Pico (Cataluña); Heinrich Mann (Alemania); Marcel Martinet (Francia); Frans Masereel (Bélgica); Émile Masson (Francia); Jacques Mesnil (Bélgica); Sophus Michaelis (Dinamarca); Mathias Morhardt (Francia); Prof. Georg-P. Nicolaï (Alemania); Eugène d'Ors (Cataluña); Prof. A. Prenant (Francia); Romain Rolland (Francia); Bertrand Russell (Inglaterra); Han Ryner (Francia); Paul Signac (Francia); Jules Romain (Francia); G. Thiesson (Francia); Henry van de Velde (Bélgica); Charles Vildrac (Francia); Léon Werth (Francia); Israel Zangwill (Inglaterra); Stefan Zweig (Austria).
Ya se han recibido otras firmas que se publicarán más adelante
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domingo, 14 de julio de 2013

Para acabar con todas las guerras



Como ocurriera con sus dos libros anteriores, El fantasma del Rey Leopoldo y Enterrad las cadenas, en su último libro Adam Hochschild nos ofrece un ejemplo de que otra historia es posible. Una historia que, sin sacrificar el rigor documental, es capaz de mirar los acontecimientos desde otro lugar, desde la perspectiva de quienes la sufren, y sufriéndola también la hacen, casi siempre en contra de las pretensiones de la historia oficial.
Si anteriormente se había ocupado del colonialismo y de la esclavitud, en esta ocasión Hochschild aborda la Primera Guerra Mundial. Lo hace entrecruzando las vidas de quienes la impulsaron, de quienes la sufrieron y de quienes se opusieron a ella.
Entre los primeros, monarcas y emperadores como el rey Jorge V, el zar Nicolás II y el káiser Guillermo II, ligados entre sí por lazos de parentesco y amistad. Generales británicos forjados en las guerras coloniales, convencidos de que la recién inventada ametralladora, de probada eficacia a la hora de masacrar africanos, jamás podría sustituir en una "guerra entre caballeros" los efectos estéticos y estratégicos de una buena carga de caballería. Periodistas, escritores e intelectuales como Kipling, Hardy, Barrie o Conan Doyle, que pusieron su inspiración y su pluma al servicio de la nueva Oficina de Propaganda de Guerra. Pero también partidos y sindicatos socialistas que, salvo honrosas excepciones, no sólo no rechazaron la guerra, sino que se sumaron a la misma traicionando cualquier atisbo de solidaridad de clase.
Entre los segundos, entre las víctimas de esa horrenda guerra, los millones de soldados que, alistados al principio impulsados por la engañosa sensación de libertad que otorga el patriotismo, movilizados a la fuerza a medida que el conflicto se prolongaba en el tiempo, sufrieron la primera guerra total.
Pero el libro de Hochschild es, sobre todo, un homenaje a quienes, en medio de una locura de alcance universal, lucharon por mantener activo el espíritu internacionalista y el grito de Guerre à la guerre! que en julio de 1914, unos meses antes de que estallara la contienda, unió en Bruselas al líder socialista francés Jean Jaurès y a Hugo Haase, copresidente de los socialdemócratas alemanes. Algunas de ellas fueron personas muy destacadas y conocidas, como Bertrand Russell o Rosa Luxenburgo; otras no gozaron del mismo reconocimiento público, pero su lucha contra la guerra y en favor de la fraternidad de todo el género humano en contra de divisiones raciales y nacionales no fue menos importante: particularmente los más de seis mil objetores de conciencia británicos encarcelados por negarse a tomar las armas, pero también los soldados y suboficiales que intentaron mantener su humanidad en medio de aquel horror. Como aquellos que, en diciembre de 1914, protagonizaron la llamada "Tregua de Navidad":

"En la estrecha franja de tierra que se extiende por el norte de Francia y un rincón de Bélgica se encuentra la mayor concentración de tumbas de hombres jóvenes del mundo. Los ordenados bosques de lápidas o cruces blancas ascienden por pequeñas colinas o se extienden por suaves valles a lo largo de kilómetros, punteadas aquí y allá por las agujas, las columnas y las rotondas de sepulcros más grandes. Desde el Monumento de Nueva Zelanda en Messines, en Bélgica, hasta el Monumento Nacional Sudafricano en el campo de batalla del Somme, en Francia, pasando por los cementerios menos majestuosos que albergan los restos de los soldados senegaleses o trabajadores chinos, el territorio está salpicado de recordatorios de lo lejos que habían viajado algunos hombres para morir. [...]
Sin embargo, tras una semana entera de viaje por el antiguo frente occidental, solo se puede ver un único monumento que conmemore a alguien por haber hecho algo diferente a combatir o morir. A algunos kilómetros de distancia de Ypres, frente a un granero de ladrillo y al otro lado de una carretera comarcal con un solo carril, hay una cruz de aproximadamente un metro y medio de altura hecha con sólidas vigas de madera oscurecida. Cerca de ella, en un tiesto, hay un pequeño abeto derribado por el viento estival; tres bolas plateadas siguen colgando en él, ya que es un árbol de Navidad, y esa cruz artesanal, que no ha erigido ni mantiene ningún organismo oficial de ningún país, se alza en recuerdo de los soldados de ambos bandos que participaron en la Tregua de Navidad de 1914" (pp. 552-553).



Fuente: http://www.antiwarsongs.org/canzone.php?lang=en&id=3155

Leer el libro de Hochschild es reforzar la convicción de que.el fratriotismo ha de estar siempre por encima de cualquier forma de patriotismo, y de que, muchas veces, para salvar al hermano hay que matar -simbólica, emocional y racionalmente- al padre. Porque, como escribe el autor al finalizar el libro:

"Incluso después de que haya transcurrido un siglo de derramamientos de sangre desde la guerra que se suponía que iba a acabar con todas las guerras, estamos dolorosamente lejos del día en el que la mayoría de los habitantes de la Tierra posean la sabiduría de creer, como Alice Wheeldon en la celda en que estuvo encarcelada, que su patria es el mundo".


  • Un documental de Canal Historia realmente interesante sobre la prolongada guerra de trincheras en el frente occidental y la tregua de Navidad.