Mostrando entradas con la etiqueta Palestina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Palestina. Mostrar todas las entradas

sábado, 28 de marzo de 2026

Una extraña derrota

Didier Fassin
Una extraña derrota: Cómo el mundo consintió la aniquilación de Gaza
Traducción de Agustina Blanco y Luciano Padilla Lópoez
Siglo Veintiuno, 2026

"Como escribe el jurista israelí Chaim Gans, «no fueron los palestinos quienes sostuvieron una ininterrumpida persecución de los judíos por toda Europa durante el segundo milenio, y no fue dentro de su sociedad donde la emancipación de los judíos fracasó trágicamente en los siglos XIX y XX». Esto lo lleva a preguntar: «¿Cómo justificar que se les haga pagar a ellos este precio?». Probablemente sea esta la clave interpretativa última sobre el consentimiento de los países occidentales para aplastar Gaza: expiar por vía de terceros su participación en la destrucción de los judíos de Europa, aunque más no sea permitiendo la consumación de una segunda Nakba contra una población cuyo sacrificio el mundo ya había aceptado".


En este ensayo Didier Fassin retoma deliberadamente el título del texto que el historiador Marc Bloch escribió tras la caída de Francia en 1940. Pero si Bloch analizaba una derrota militar, Fassin se enfrenta a otra más profunda, a una derrota moral visible en la reacción -más bien, en la ausencia de reacción- ante la devastación de Gaza.

El ensayo no es una crónica de los hechos, ni una reconstrucción detallada del conflicto (aunque también hay algo de ello), sino una interrogación sobre las categorías morales que estructuran nuestras sociedades: ¿Cómo es posible que ciertos niveles de violencia resulten tolerables? ¿Qué mecanismos permiten justificar, minimizar o invisibilizar la muerte masiva de civiles? Citando a Judith Butler. ¿Por qué unas vidas merecen ser lloradas y otras no? El libro muestra cómo la empatía no es universal, sino selectiva, de manera que algunas vidas suscitan duelo mientras que otras apenas generan reacción. Algunas muertes son tragedias, otras se diluyen en el lenguaje técnico de los “daños colaterales”. Esa asimetría no es accidental, responde a una jerarquía implícita del valor de las vidas.

"Sin lugar a duda, el dato real que acuciará las memorias con más persistencia, ciertamente hasta en Israel, es que en la escena de Gaza la desigualdad de las vidas ha quedado en el candelero, ignorada por unos y legitimada por otros".

Fassin sitúa el foco en las democracias occidentales, en sus gobiernos, en sus medios de comunicación, pero también en su ciudadanía. Lo que le interesa no es solo lo que se hace, sino lo que se dice y lo que no se dice, la forma en que se nombran los acontecimientos, las palabras que se eligen o se evitan: todo eso forma parte de una economía moral que construye y distribuye la indignación de manera absolutamente desigual. El concepto de “extraña derrota” adquiere aquí todo su peso. No se trata de una derrota frente a un enemigo externo, sino de una renuncia interna, de la incapacidad, o la negativa, para aplicar los principios morales proclamados cuando resultan incómodos. Las mismas sociedades que reivindican los derechos humanos como fundamento de su legitimidad se permiten suspenderlos cuando entran en conflicto con sus alianzas o intereses.

El ensayo se convierte, así, en la disección forense de ese desajuste moral. Fassin no recurre a la denuncia enfática, su estilo es sobrio, casi clínico, pero precisamente por eso resulta más demoledor, al dar cuenta de cómo se construye una forma de normalización de lo intolerable. La pregunta que lo atraviesa no es quién tiene razón en el conflicto, sino qué dice de nosotras y nosotros la manera en que reaccionamos ante él.

Hay algunas consideraciones de Fassin que no comparto -especialmente algunas afirmaciones sobre el recursos a la violencia en situaciones de opresión que, poco matizadas, acaban alimentando un instrumentalismo burdo-, pero en conjunto el libro es una lectura imprescindible, de un autor profundamente comprometido con la defensa de la dignidad de todas las vidas.  Ojalá sea cierto eso que dice al cerrar el libro, y la historia, que en la actualidad está siendo escrita por los vencedores, sea finalmente escrita por las víctimas. Ecos de Metz y su memoria passionis.

jueves, 9 de octubre de 2025

Todos pájaros

Wajdi Mouawad
Todos pájaros
Traducción de Coto Adánez
La Uña Rota, 2020

“La Operación Nube de Granizo adquiere una magnitud sin precedentes con la intervención de cuatro mil soldados desplegados en el conjunto de los territorios palestinos, apoyados por carros de asalto, cazas y destructores de la Armada. El ministro de defensa ha declarado que el Gobierno debe prepararse para una escalada de violencia y el primer ministro ha indicado que Israel «tomará las medidas necesarias para erradicar, de una vez por todas, las organizaciones terroristas palestinas»”


Wajdi Mouawad nació en 1968 en la localidad de Deir el Qamar, una pequeña población del sur del Líbano. En 1977 su familia salió del país huyendo de la guerra para refugiarse en París, de donde fueron expulsados en 1983, asentándose definitivamente en Quebec. Pero la guerra civil libanesa lo ha acompañado como trasfondo de todas sus obras. En todas ellas, una suerte de perversa e inapelable maquinaria de la sangre relaciona inextricablemente pasado y presente, convirtiendo a sus protagonistas en actrices y actores de un drama eterno. Así ocurría en su impresionante novela Ánima (Destino, 2014; traducción de Pablo Martín Sánchez):

"Yo nací hace tiempo de una masacre, mi familia fue degollada contra el muro de nuestro jardín, y hoy, años después, a miles de kilómetros de allí, la maquinaria de la sangre parece haberse puesto de nuevo en marcha. De Léonie a Janice, de Janice a Chuck y su desgraciado perro, y de Chuck a Rooney, revivo, uno por uno, todos los muertos que me vieron nacer. Es como un juego de pistas macabro que se practica sobre la tierra de América y en el que otros antes que yo, indios, colonos, nordistas o sudistas, sufrieron las mismas carnicerías, y sólo ahora empiezo a entenderlo. No se ha acabado porque sigue aullando y parece que me llama cada vez con mayor insistencia, parece que me nombra por mi propio nombre".

La historia que narra en Todos los pájaros comienza en una biblioteca de Nueva York, un espacio neutro, aparentemente ajeno a los conflictos del mundo. Allí, dos jóvenes se encuentran: Eitan, un científico alemán de origen israelí, y Wahida, una estudiante norteamericana con raíces árabes. El amor surge como un relámpago, luminoso, inesperado, casi puro. Pero esa chispa inicial no tarda en verse rodeada por las sombras del pasado, por las memorias que cada una, cada uno, lleva inscritas en la piel, incluso sin saberlo. El viaje de ambos hacia los territorios de Israel y Palestina marca un giro brusco: en el paso de Allenby (Al-Karamé para las y los palestinos), entre Israel y Jordania, un atentado terrorista deja a Eitan en coma. A partir de ese momento, el amor se convierte en silencio y el silencio en escenario donde emergen las tensiones familiares, los secretos no dichos, las historias que laten bajo la superficie: la memoria colectiva infiltrándose en la intimidad. Los padres callan, los abuelos ocultan, los hijos descubren demasiado tarde. Las verdades enterradas actúan como minas bajo el suelo familiar. Cada revelación estalla y transforma las relaciones, los cuerpos, las lenguas.

Ya no se trata solo de una historia de amor, sino de una disección brutal de la identidad, de los silencios familiares, de los secretos que generaciones enteras prefieren no nombrar. Alrededor de la cama de Eitan, mientras su vida pende de un hilo, se cruzan las voces de su padre, David, su madre, Norah, su abuela materna, Leah, y la de Wahida, cada una arrastrando culpas, miedos, resentimientos. El amor entre ambos se convierte en una herida que revela viejas fracturas: la del conflicto israelí-palestino, la de la herencia judía tras la Shoah, la de una memoria árabe desplazada y silenciada. Estas fracturas se encarnan en otros tres personajes fundamentales: Etgar, abuelo paterno de Eitan; Eden, mujer soldado israelí; y Hasan Ibn Muhammad Al-Wazzan, conocido en Occidente como León el Africano, cuya figura investiga Wahida.

El tiempo dramático en Mouawad no es lineal, el relato avanza y retrocede, se abre como un abanico de recuerdos, sueños, flashbacks y presencias fantasmales. La obra avanza como una espiral, cada escena no solo revela una capa del presente, sino que arrastra consigo siglos de historia, mitos, traiciones, genealogías. El autor recurre a la metáfora del pájaro anfibio -un pájaro que sueña con nadar entre los peces- para hablar de quienes no pertenecen del todo a un lugar ni a otro, de quienes viven entre mundos y terminan pagando el precio de su ambigüedad. Así son los personajes de esta obra: desajustados, "herederos de dos pueblos que se hacen pedazos", obligados a ser pájaro o pez cuando en realidad son ambos.

Mouawad se caracteriza por ser una voz que explora con crudeza y poesía las fracturas del siglo: las guerras, los silencios familiares, la violencia heredada, la memoria y la imposibilidad de olvidar. En Todos pájaros vuelve a introducirnos en un universo donde lo íntimo y lo histórico se entrelazan con la misma intensidad. ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Qué lugar ocupan mis antepasados en mi destino? ¿Puedo amar más allá de las fronteras de mi identidad? ¿Qué identidad elegimos cuando todas nos dividen? ¿Cómo vivir con los fantasmas del pasado? ¿Qué herencia aceptar, cuál transformar, cuál olvidar? Mouawad no ofrece respuestas fáciles y la obra termina dejando más preguntas que certezas. Pero en ese espacio abierto, en ese territorio de ambigüedad, late la esperanza de que, pese a todo, tal vez podamos seguir buscándonos como pájaros errantes que sueñan con volar y nadar al mismo tiempo.

“Ni todo Auschwitz al completo afectó al más mínimo gen, al más ínfimo ADN de mi abuelo. Escúchame: cuando en 1966, la simiente de tu padre fecundó a tu madre, ¡no llevaba dentro ningún campo de concentración! No te vayas, siéntate, ¡vas a escucharme! La transmisión, tal y como tú la concibes, no existe, la única transmisión que existe es genética y la genética es sorda y ciega a cualquier afecto, a cualquier dolor. ¡No está en la sangre ni en la carne! ¡Está en la cabeza! ¡No es más que psicología de mierda! Una educación culpabilizadora porque todavía no hemos encontrado la forma de contar el pasado a los niños sin darles el coñazo y, si les traumatizamos, es porque queremos que estén traumatizados, ¡no aceptaríamos que lo superasen! Así que se inventó esa palabra, «transmisión» y no «asesinato» porque eso no se dice, se les dice «memoria, el peso de los antepasados, responsabilidad hacia el pasado» ¡y se les mata! Porque sentimos pena, una pena negra infinita. ¿Cómo explicar si no que no aprendamos nada, que, generación tras generación, volvamos a empezar? Si los traumas marcasen algo en los genes que transmitimos a nuestros hijos, ¿crees que nuestro pueblo, hoy, haría padecer a otro la opresión que él mismo padeció?”.

Impresiona leer este libro mientras Gaza es sistemáticamente destruida y, con ella cualquier posibilidad de hibridación entre peces y pájaros .

jueves, 21 de noviembre de 2024

Gaza ante la historia / El precio que pagamos

Que la DANA no nos haga olvidar Gaza. Comparto aquí la lectura de dos libros que recomiendo, con los que mantengo acuerdos y desacuerdos en distintos sentidos, pero son dos libros cuya lectura me ha hecho pensar y repensar las múltiples dimensiones de una realidad dramática.


El primero de ellos es Gaza ante la historia, de Enzo Traverso, publicado por Akal (2024) con traducción de Valentina Olalla Salvador.

Traverso es un destacado historiador bien conocido por su análisis crítico de las ideologías, la memoria histórica y los conflictos del siglo XX. Situado en el cruce entre el análisis histórico y el compromiso ético, en este ensayo plantea una crítica implacable a las narrativas dominantes que justifican la violencia contra las y los palestinos. En su prefacio el autor deja claro que no pretende ser un especialista en Oriente Medio ni un cronista de la guerra. En cambio, ofrece una reflexión crítica sobre cómo se interpreta y utiliza la historia en el presente, destacando las formas en que las narrativas occidentales moldean la percepción del conflicto. El autor se presenta abiertamente como una voz discordante frente al consenso mediático y político de Occidente, que, según él, utiliza la memoria histórica, especialmente la del Holocausto, para justificar el apoyo a Israel, a menudo a expensas de cualquier consideración por el sufrimiento palestino.

"La memoria del Holocausto se celebra ritualmente como religión civil de la democracia y los derechos humanos en la Unión Europea. Hoy, sin embargo, esta «religión civil» tiende a abandonar su vocación original y a identificarse cada vez más con la defensa de Israel y la lucha contra el antisionismo, considerado una forma de antisemitismo. Angela Merkel y Olaf Scholz han declarado en repetidas ocasiones que el apoyo incondicional a Israel tiene fuerza de «razón de Estado» (Staatsraison) para Alemania. Desde el 7 de octubre, el Gobierno del canciller Scholz, con el apoyo de los medios de comunicación, ha creado en el país un ambiente de caza de brujas contra cualquier forma de solidaridad con Palestina. Muchos jóvenes alemanes han acabado en comisaría por manifestarse con una bandera palestina (entre ellos varios ciudadanos de origen palestino), hasta el punto de producir la protesta de personalidades judías que dirigen importantes instituciones culturales alemanas. Pero, incluso en este caso, Alemania es solo la expresión paroxística de una tendencia más amplia. Esto explica por qué en muchos países, especialmente en Francia y Estados Unidos, muchos judíos han alzado la voz para decir «no en mi nombre»".

Traverso analiza cómo la memoria histórica es manipulada para justificar las acciones de Israel en Gaza. Según el autor, la instrumentalización de la memoria del Holocausto ha creado una narrativa en la que Israel aparece sistemáticamente como la víctima, incluso cuando despliega una maquinaria bélica devastadora. Esta memoria monopolizada, señala, no permite comprender las raíces del conflicto ni la complejidad de las relaciones entre opresores y oprimidos. Para Traverso, Gaza se ha convertido en un emblema de la resistencia en un mundo marcado por la desigualdad y la violencia estructural. Describe a Gaza como un "laboratorio" de control biopolítico, donde se experimentan nuevas formas de segregación, asedio y castigo colectivo. Este enclave, aislado y devastado, no es solo un escenario de tragedia, sino también un espejo de las desigualdades globales y un recordatorio de los límites de la humanidad.

"El discurso dominante en torno al 7 de octubre hace de esta fecha una especie de Epifanía negativa, la súbita aparición del mal de la que ha surgido una guerra reparadora. El contador se ha puesto a cero, como si esa fecha fuera el único origen de esta tragedia. El 7 de octubre habría rasgado un velo sobre la verdadera naturaleza tanto de Hamás como de Israel: el ejecutor y la víctima. La Franja de Gaza, un territorio habitado por 2,4 millones de personas sometidas a una segregación total durante dieciséis años, se ha convertido en la cuna del mal, donde asesinos despiadados actúan con impunidad, convirtiendo a los civiles en «escudos humanos». En realidad, la destrucción de Gaza es el epílogo de un largo proceso de opresión y desarraigo. [...]
El 7 de octubre no es un estallido repentino de odio, tiene una larga genealogía. Es una tragedia metódicamente preparada por quienes hoy querrían vestirse de víctimas. Es una tragedia que continúa; por eso es importante no invertir los bandos. Un simple vistazo a la cronología permite comprender cómo se llegó al «pogromo» del 7 de octubre. Desde la retirada de Israel en 2005, la Franja de Gaza ha sufrido continuos ataques por parte del Tzahal [Fuerzas de Defensa de Israel] que se han saldado con miles de muertos: 1.400 en 2008 (frente a 13 israelíes), 170 en 2012, 2.200 en 2014. El 30 de marzo de 2018, una gran manifestación pacífica contra el bloqueo de la Franja acabó en masacre: 189 muertos y 6.000 heridos. En 2023, entre el 1 de enero y el 6 de octubre, el Tzahal ya había matado a 248 palestinos en los territorios ocupados y detenido a 5.200. Entre 2008 y el 6 de octubre de 2023, el Tzahal mató a más de 6.400 palestinos, de ellos más de 5.000 en Gaza, e hirió a 158.440, mientras que las víctimas israelíes de las acciones de Hamás y otros grupos islamistas fueron 310 y los heridos 6.460. En Gaza, los refugiados palestinos son cerca de un millón y medio, más de la mitad de la población. La tasa de desempleo es del 50% y el 80% de la población vive en condiciones de pobreza. El PIB no ha dejado de disminuir en los últimos años, lo que convierte la intervención humanitaria de la UNRWA (suspendida desde hace unos meses por varios países de la UE) en una cuestión de supervivencia. El 75% de la población tiene menos de veinticinco años y ha vivido prácticamente segregada desde su nacimiento. A pocos kilómetros, más allá de la barrera electrificada, protegidos por la «Cúpula de Hierro» (Iron Dome), el escudo antimisiles que intercepta los cohetes, los israelíes viven como en Europa. Tel Aviv es tan cosmopolita, moderna, feminista y gay friendly como Berlín. Su industria cultural exporta series de televisión a todo el mundo y en los últimos años su gastronomía se ha vuelto muy apreciada. Este es el telón de fondo del 7 de octubre"

Traverso critica duramente la actitud de los gobiernos y medios de comunicación occidentales, que condenan ciertas violencias mientras justifican otras en nombre de la autodefensa o la lucha contra el terrorismo. Señala que este doble estándar profundiza la desconexión entre las élites políticas occidentales y sus propias sociedades, muchas de las cuales expresan solidaridad con los palestinos. A través de comparaciones históricas, el autor problematiza los intentos de Israel por presentarse como víctima única y legítima y establece paralelismos provocativos entre la represión en Gaza y episodios históricos como los bombardeos masivos en la Segunda Guerra Mundial o el colonialismo europeo. Aunque reconoce las diferencias, utiliza estas analogías para destacar las dinámicas de poder y las justificaciones ideológicas que subyacen a la violencia.

El texto está impregnado de una sensación de urgencia. Traverso escribe "en situación", lo que significa que no aspira a una neutralidad axiológica sino a un compromiso con quienes sufren un auténtico genocidio. Esta elección, aunque poderosa y plenamente justificada por la urgencia real que los acontecimientos demandan (hoy mismo, al menos 66 personas han muerto y más de un centenar han resultado heridas en un bombardeo israelí contra un edificio residencial aledaño al hospital Kamal Adwan, en la ciudad de Beit Lahia, en el norte de Gaza, entre ellas muchas mujeres y niñas), lleva a Traverso a realizar afirmaciones que yo no puedo compartir; como esta reflexión sobre las violaciones como "arma de guerra":

"La violación ha sido siempre un arma de guerra especialmente despreciable, utilizada por prácticamente todos los ejércitos, incluidos los que libran guerras justas. En los últimos años, ha ocurrido en Afganistán, Iraq, Nigeria y Ucrania. En mayo de 1945, la entrada del Ejército Rojo en Berlín fue una pesadilla para decenas de miles de mujeres alemanas. Las octavillas del Ejército Rojo instaban a los soldados a tratarlas como botín de guerra. Hoy día, según diversos testimonios, tanto los combatientes de Hamás como los soldados israelíes han cometido violaciones (no se han encontrado pruebas porque, tras difundir los rumores más fantasiosos sobre las atrocidades de Hamás, el Estado Mayor del Tzahal impide cualquier investigación al respecto). Según Pramila Patten, responsable del organismo de la ONU creado para tratar la cuestión de la violencia sexual durante los conflictos, muchos testimonios coincidentes indican que dichas violaciones tuvieron lugar. Sin embargo, no se sabe si fueron planeadas por Hamás o alentadas por el Tzahal, sobre todo durante los interrogatorios que tuvieron lugar después del 7 de octubre. Lo cierto es que la violencia sexual de los combatientes palestinos recibió mucha más cobertura mediática que la de Israel, como han señalado muchas feministas árabes. ¿Podemos distinguir entre soldados y «terroristas» en este marco? El furor mediático en torno a las violaciones coincidió con una censura reveladora. Un detalle menor, la novela de la escritora palestina Adania Shibli, cuya ceremonia de entrega del premio LiBeraturpreis fue cancelada en la Feria del Libro de Frankfurt en octubre de 2023 por censores con altísimos principios morales, narra la violación y asesinato de una joven palestina por soldados israelíes durante la Nakba de 1949".
O como esta otra sobre el asesinato de civiles, que no solo no es "el arma de los débiles" sino que lo es, como precisamente estamos comprobando en Gaza, el arma favorita de los fuertes:

"El asesinato de civiles, por lamentable que sea, siempre ha sido el arma de los débiles en las guerras asimétricas, utilizado por el FLN argelino, por la OLP antes de Oslo, por el CNA de Nelson Mandela, por el FNL vietnamita que atacaba burdeles en Saigón llenos de soldados estadounidenses, e incluso por los terroristas del Irgun, ya mencionados, que ponían bombas contra los británicos antes del nacimiento de Israel (el atentado contra el Hotel King David de Jerusalén en julio de 1946 causó 91 muertos y 46 heridos, no solo británicos sino también árabes y judíos). Esto también vale, aunque tendemos a olvidarlo, para los movimientos de resistencia europeos durante la Segunda Guerra Mundial".

En cualquier caso, esta obra es un llamado a reconocer la dimensión humana y política del sufrimiento palestino y a repensar las narrativas históricas en función de un presente marcado por profundas desigualdades. Con su estilo incisivo y su perspectiva crítica logra captar la tragedia y la resistencia de Gaza en un mundo donde las narrativas dominantes a menudo ocultan más de lo que revelan.


El segundo libro es El precio que pagamos, de David Grossman (Penguin Random House, 2024), con traducción de Ana María Bejarano. Un autor que ya ha pasado por este blog y que durante décadas ha sido una de las voces más críticas con las derivas autoritarias y belicistas de los gobiernos israelíes. Encontramos aquí una recopilación de discursos y artículos de opinión que van desde 2017 a 2024 y que se abren y enfocan a partir de un texto publicado el 10 de octubre de 2023, tres días después de la masacre provocada por Hamas, en el que entre otras cosas dice lo siguiente:

"Lo que está sucediendo hoy es la concreción del precio que Israel tiene que pagar por haberse dejado arrastrar durante años por un liderazgo corrupto que lo ha llevado hacia el abismo destrozando las instituciones judiciales y su misma integridad, las fuerzas armadas y el sistema educativo; un liderazgo dispuesto a poner al país en peligro existencial solo por salvar a su primer ministro de ir a la cárcel.
Horroriza pensar que hemos colaborado durante años con todo ello. Pensar en la enorme energía, la actividad y dinero que hemos dilapidado mientras mirábamos pasmados a la familia Netanyahu y sus calamidades a lo Ceaușescu.
Durante los últimos nueve meses salieron a las calles todas las semanas, como sabido es, millones de israelíes para manifestarse contra el Gobierno y la persona que lo encabeza. Se trataba de un movimiento de una importancia sin precedentes que pretendía devolver a Israel a sus orígenes, a la sublime gran idea de los cimientos de su existencia: crear un país que fuera un hogar para el pueblo judío. Y no simplemente un hogar: millones de israelíes querían crear un país liberal, democrático, en paz, pluralista, que respete las creencias de todas las personas. Pero, en lugar de escuchar lo que ese movimiento de protesta proponía, Netanyahu decidió afearlo, tratarlo de traidor, incitar contra él y hacer más profundo el odio entre las dos partes.
Y al mismo tiempo, una y otra vez y en todo momento, Netanyahu declaraba lo fuerte que Israel era, lo estable y, sobre todo, lo preparado que estaba para afrontar cualquier peligro.
Cuéntele eso hoy a los padres rotos por el dolor, a los bebés arrojados a la cuneta. Cuénteselo a los secuestrados, a los que son repartidos ahora como si de caramelos humanos se tratara entre las distintas organizaciones. Cuénteselo a las personas que le votaron. Cuénteselo a las ochenta brechas en la valla más sofisticada del mundo.
Pero no nos confundamos ni nos equivoquemos, porque a pesar de toda la ira que podamos sentir contra Netanyahu, contra los suyos y su proceder, el horror de estos días no lo ha provocado Israel, sino que el artífice ha sido Hamás. Porque, aunque la ocupación sea un crimen, perseguir a cientos de civiles, a niños, a sus padres, a ancianos y enfermos, yendo a por ellos de uno en uno para dispararles a sangre fría, es un crimen todavía más atroz. La perversidad también tiene su jerarquía. En la infamia hay grados de gravedad que cualquier mente recta y naturalmente sensible es capaz de discernir. Y así, cuando observamos el campo de la matanza de la Fiesta Nova por la Paz, a los terroristas de Hamás persiguiendo con las motos a esos jóvenes que, en parte, seguían bailando sin entender lo que sucedía, cuando vemos cómo los rodean para cazarlos como a presas y asesinarlos entre gritos de júbilo, no sé si llamar a los perpetradores bestias humanas, porque de humanos no tienen nada.
Andamos como sonámbulos estos días, con sus noches. Intentamos no dejarnos llevar por la tentación de ver los vídeos del horror o hacer caso de los rumores. Sentimos los estremecimientos de miedo de los que por primera vez desde hace cincuenta años, desde la guerra de Yom Kipur, son conscientes de la ansiedad que experimenta el que ve la primera marca del arañazo de una posible derrota".

Es sobre este trasfondo cuando Grossman se plantea algunas preguntas esenciales: "¿Quiénes seremos? ¿Qué clase de personas seremos tras estos días, después de haber visto lo que hemos visto? ¿Desde qué punto se podrá empezar de nuevo tras la destrucción y la aniquilación de tantas y tantas cosas en las que creíamos y de las que estábamos seguros?". La respuesta es ominosa aunque, desgraciadamente, muy certera: 

"Predicción: el Israel de después de la guerra será mucho más de derechas, militante y racista. La guerra que le ha sido impuesta ha grabado en su conciencia los estereotipos y los prejuicios más radicales y odiosos que dictan, y ahora lo harán con mayor ahínco, los rasgos de la identidad israelí. Una identidad que incluirá a partir de ahora el trauma del mes de octubre de 2023 y el carácter de la política de Israel sumida en la polarización y la fractura interna".

Leer El precio que pagamos es aproximarse a la reflexión angustiada de un ciudadano de Israel que ha militado siempre por la paz y la coexistencia mediante la fórmula de los dos estados y que ahora se muestra sumido en el pesimismo, como señalaba en una entrevista en El País el pasado 28 de mayo:

"En el campo de la paz en Israel, y yo como parte de él, creíamos demasiado en la lógica y demasiado poco en el poder del fanatismo religioso. Y nuestras relaciones con el pueblo palestino no van de lógica. Van a veces de odio, a veces de amor no correspondido, a veces de traición, a veces de voluntad de venganza… Este conflicto es muy emocional y psicológico. Si los palestinos no tienen hogar y sensación de hogar, nosotros tampoco. Así funciona la física humana. Si más y más palestinos entienden y se convencen de que estamos aquí para quedarnos, que no somos como los cruzados, como colonialistas, sino que en la Tierra de Israel nacimos como pueblo, como cultura, como religión, como lengua. No somos extranjeros. Vinimos aquí porque de aquí procedemos. Cuando acepten interiorizarlo, daremos el primer paso hacia la paz. No sé si sucederá en uno, en 30 años o nunca. Solo sé que lograr la paz es ahora un interés superior de Israel, porque mientras no suceda estaremos expuestos a desastres como los que hemos visto este último año. Y sola Israel no es capaz de vencer guerras contra todo el mundo árabe"

Sorprende esta incapacidad para reconocer la naturaleza colonial, yo creo que objetivamente colonial, cuestión clave a la hora de interpretar la realidad del conflicto y, sobre todo, de buscar salidas razonables y humanas al mismo. Más aún cuando el propio Grossman se plantea si "un país que hace ya cincuenta años que tiene ocupado a otro pueblo negándole la libertad y limitando las libertades de los que se oponen a ello" puede ser considerado un país democrático, si es realmente posible pensar en una "democracia ocupante". Sorprende, porque para él está claro que esto es imposible, aunque seguramente tenga que ver con la profunda experiencia de inseguridad existencial ("una sensación de que su hogar nacional -y es posible que muy pronto también su hogar particular- está en llamas") que desde el 7 de octubre se ha adueñado de la sociedad israelí que Traverso pone en duda, con una "resignificación" del eslogan From the river to the sea, Palestine wil be free que no sirve para proporcionar seguridad:

"En 1988, el periodista israelí Yehuda Elkana, testigo de diversas atrocidades durante la guerra del Líbano seis años antes, atribuyó esta propensión a un «profundo miedo existencial» que tiende a hacer del pueblo judío la eterna víctima de un mundo hostil. Esta convicción, que evidentemente no ha desaparecido cuarenta años después, fue la «trágica y paradójica victoria de Hitler». Tras constatar que el nazismo no había dejado de influir y modelar el imaginario israelí, Elkana descubrió las virtudes del olvido: «El yugo de la memoria histórica», escribió con desconsuelo, «debe ser extirpado de nuestras vidas».
Frente a una memoria tan distorsionada, sería mejor olvidar el pasado. Incluso antes de Elkana, tras la masacre de Sabra y Shatila en Líbano, Primo Levi había concedido una entrevista a Repubblica en la que reconocía este «profundo miedo existencial», pero no aceptaba convertirlo en una excusa: «Sé muy bien que Israel ha sido fundado por gente como yo, pero menos afortunada que yo. Hombres con el número de Auschwitz tatuado en el brazo, sin hogar ni patria, que escaparon de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, que encontraron allí un hogar y una patria. Sé todo esto. Pero también sé que este es el argumento favorito de Begin. Y niego validez a un argumento tal».
Según Primo Levi, la Shoah no otorga a Israel un estatus de inocencia ontológica. A sus ojos, no había duda de que Begin era un «fascista»; de hecho, pensaba que el propio Begin habría aceptado de buen grado esta definición. Ahora, comparado con Netanyahu, Begin parecería un moderado.
No estoy seguro de que cuarenta años después, es decir, tras dos generaciones, el diagnóstico de Elkana y Levi sobre el imaginario israelí siga siendo válido"

Dos lecturas incómodas, por distintas razones, pero muy necesarias.

viernes, 4 de octubre de 2024

Un detalle menor

Adanía Shibli
Un detalle menor
Traducción de salvador peña Martín
Hoja de Lata, 2019

"En pocas palabras, de nada sirve que me sienta responsable de ella; es una figurante, y como tal quedará, sin que nadie llegue a oír su voz. Y habrá que decirlo una vez más: hay, en el tiempo presente, una medida de sufrimiento insoportable para el ser humano que lo afronta, de modo que no es preciso esforzarse por buscar más aún en el pasado. Sin embargo, apenas se extiende la oscuridad por los rincones de la casa, vuelven a asaltarme los aullidos del perro, que no me permiten pegar ojo hasta altas horas de la madrugada, cuando por fin me quedo dormida".


Esta novela se centra, efectivamente, en un episodio "menor" de la dramática historia palestina: la violación y asesinato de una joven palestina por un grupo de militares israelíes en 1948, en los primeros compases de la guerra árabe-israelí que supondrá al tiempo el surgimiento del nuevo Estado de Isarel y el inicio de la Nakba del pueblo palestino. Pero este hecho enterrado en las arenas del Néguev y sepultado por décadas de sufrimientos y violencias es convertido por Adanía Shibli en un símbolo de las múltiples injusticias sufridas por el pueblo palestino.

La historia se desarrolla a través de los ojos de otra mujer palestina, habitante de Ramala, en la Cisjordania ocupada, que investiga ese "detalle menor" ocurrido veinticinco años antes de su nacimiento, coincidencia (otro "detalle menor") que conecta férreamente aquel hecho pasado con el presente:

"De nuevo, un grupo de soldados hacen prisionera a una muchacha, la violan y la asesinan en la misma fecha del que fue, un cuarto de siglo más tarde, el día de mi nacimiento, ese detalle menor que los demás no pueden más que desdeñar, me acompañará ya para siempre muy a mi pesar y por más que quiera olvidarlo".

A medida que profundiza en el pasado, se enfrenta no solo a la brutalidad del evento, sino también a las repercusiones en la memoria colectiva y la identidad palestina. En su búsqueda de información atravesará controles militares, se verá obligada a recorrer kilómetros de más para sortear muros y barreras que delimitan el ocupado por los colonos israelíes de los pueblos palestinos, transitando por un espacio del que han sido borradas todas las huellas de las comunidades palestinas que lo habitaron:

"Miro en detalle la zona por la que discurre la autopista 1, que parece, según el mapa, poblada sobre todo por colonos. Las dos únicas localidades palestinas que aparecen son Abu Ghosh y Ein Rafa. Vuelvo a desplegar el mapa que representa Palestina antes de 1948, y la echo un vistazo, yendo de un nombre a otro de las numerosas localidades palestinas que fueron devastadas cuando sus pobladores se vieron obligados a desterrarse ese mismo año. Reconozco unas cuantas, lugar de origen de algunos de mis compañeros y conocidos, tales como Lifta, Alqástal, Ein Kárem, Almáliha, Alyura, Abu Shusha, Sarís, Innaba, Yamzu y Deir Tarif. Pero la mayoría de los nombres me resulta tan desconocida que acabo por sentirme desplazada. Jírbat Alumur, Bir Maín, Alborch, Jirbat Albuweira, Beit Shanna, Salbit, Alqubab, Alkanisa, Jarruba, Jírbat Zakaría, Albarria, Deir Abu Salama, Annaani, Yindás, Alhaditha, Abulfadl, Kasla y otras muchas. Vuelvo a mirar el mapa israelí. Una gran zona verde, que lleva el nombre de Parque canadá, cubre ahora la extensión donde un día estuvieron todas esas localidades".

De este modo, Adanía Shibli utiliza la investigación de la protagonista para abordar temas como el trauma, la resistencia y la importancia de recordar, resaltando cómo la violencia histórica sigue afectando a las generaciones presentes. Con una prosa intensa y poética, la autora crea un ambiente que refleja tanto el dolor como la resistencia. A través de la exploración de la memoria y la experiencia femenina en el contexto del conflicto, la novela se convierte en un poderoso testimonio de la lucha del pueblo palestino por la dignidad y la justicia.

domingo, 14 de julio de 2024

Palestina

Los pasados 19 y 20 de junio participé en las jornadas "Más allá de Gaza: ¿un punto de inflexión para Europa?", organizadas por UNRWA Euskadi y por ZAS!, la Red Vasca AntiRumores.



Moderadas por Bárbara Ruiz Balzola, que enmarcó la conversación a partir de un demoledor diagnóstico de la situación de extrema emergencia que sufre la población de Gaza, lo que se nos propuso fue hacer una breve intervención inicial por parte de cada ponente para entrar luego en las siguientes cuestiones:
  • Asistimos desde hace décadas a un proceso de deshumanización de la población palestina. Proceso que se ha intensificado desde el 7 de octubre y que busca despojar a los habitantes de Gaza de su humanidad, retratarlos de tal manera que se pueda justificar que familias enteras sean aniquiladas, o bloques enteros de apartamentos sean destruidos. ¿cuáles son las claves de este discurso? ¿Cómo es posible que tenga éxito?
  • Palestina podría ser el campo de batalla ético de nuestro tiempo. Asistimos a un fracaso moral sin precedentes que opera bajo la mirada constante de la comunidad internacional. Aun así, la situación continúa deteriorándose de manera corrosiva y horrible. La gente sufre cada día más y hay cada vez menos capacidad de preservar la dignidad. ¿Significa Gaza un cambio de paradigma?
  • Recientemente Irene Khan, Relatora Especial de las Naciones Unidas para la promoción y protección del derecho a la libertad de opinión y de expresión alertó de que la crisis de Gaza se está convirtiendo en una crisis global de la libertad de expresión, con previsibles repercusiones a largo plazo. ¿Qué podemos esperar? 
  • Debilitamiento del sistema internacional y de sus normas: somos testigos de una guerra asimétrica, sin normas, sin distinción de civiles y combatientes, donde la propia asistencia humanitaria se ha convertido en objetivo. Decía la presidenta del Comité de la Cruz Roja recientemente que “la razón por la que se creó la convención de Ginebra es para evitar un guerra en la que se usen todos los medios al alcance. No se puede deshumanizar y destruir completamente al otro sin cuestionar el sistema legal que se creó sobre la base de la experiencia de la II Guerra Mundial” ¿Qué precedentes sienta esta situación para el futuro? 
Por definición una conversación tiene una dinámica propia, es una interacción viva, que se desarrolla por caminos muchas veces imprevistos. Y así fue, en estos dos actos. En todo caso, comparto aquí las notas que preparé para que me sirvieran como base para la conversación.


[1] INTERVENCIÓN INICIAL

“Por mucho que uno lamente y hasta desee de algún modo expiar la pérdida de vidas y el sufrimiento infligido a inocentes debido a la violencia palestina, pienso que sigue existiendo también la necesidad de decir que ningún movimiento nacional ha sido tan injustamente castigado, difamado y sometido a una venganza desproporcionada por sus pecados como el palestino” (p. 26). Esto escribía en 1992 Edward W. Said, palestino, destacado intelectual, en el prefacio a una nueva edición de su ensayo La cuestión palestina, publicado originalmente en 1979. Me parece importante repetirlo hoy:

Por mucho que yo vuelva a lamentar y condenar el ataque de Hamas del 7 de octubre, las víctimas mortales provocadas, los secuestros y los actos de violencia sexual, incluida violación y tortura sexualizada reportados por Pramila Patten, Representante Especial del Secretario General de la ONU sobre la Violencia Sexual en los Conflictos, nada de esto puede hacernos olvidar o relativizar el hecho de que Palestina sufre desde 1948 “un proceso concreto y constante de desposesión, de desplazamiento y de apartheid colonial de facto” (Said, p. 89). Y esto no es algo que solo esté ocurriendo ahora. 

Aunque alguno más que otros, todos los estados-nación surgen de procesos de inclusión-exclusión, protección-expulsión, atracción-desplazamiento. Todos los estados-nación tienen su origen en operaciones de manipulación biopolítica de la población sobre la que se construyen, operaciones que exigen el ejercicio de formas diversas y muchas veces extremas de violencia física y simbólica.   
Desde esta perspectiva, el caso del Estado de Israel es paradigmático. El Estado de Israel se fundamenta en una operación de eliminación de la población palestina:
  • En 1895, Theodor Herzl [fundador del sionismo] anotaba en sus Diarios que había que hacer algo con los palestinos autóctonos: “Tendremos que hacer desaparecer a la población indigente a través de la frontera buscándole empleo en los países de tránsito, al tiempo que le negamos cualquier empleo en nuestro propio país. Tanto el proceso de expropiación como el de eliminación de los pobres deben realizarse de manera discreta y circunspecta” (Said, p. 63).
  • Observaciones de Moshé Dayán en abril de 1969: “Vinimos a este país que ya estaba poblado por árabes, y aquí estamos estableciendo un Estado hebreo, es decir, judío. En considerables zonas del país [el área total era aproximadamente del 6 por ciento] les compramos las tierras a los árabes. Donde había pueblos árabes se construyeron pueblos judíos. Ustedes ni siquiera saben los nombres de aquellos pueblos árabes, y no les culpo, puesto que aquellos libros de geografía ya no existen; no solo no existen los libros, sino que los pueblos árabes tampoco están allí. Nahalal [el propio pueblo de Dayán] surgió en lugar de Mahalul, Gevat en lugar de Jibta, [Kibutz] Sarid en lugar de Haneifs, y Kefar Yehoshua en lugar de Tell Shaman. No hay ni un solo lugar construido en este país que no tuviera una antigua población árabe (Haaretz, 4 de abril de 1969)” (Said, p. 64).
El escritor israelí S. Yizhar publicó en 1949 Hirbet Hiza. Un pueblo árabe, una narración breve en la que un soldado del recién creado Estado de Israel narra el desalojo de uno de esos miles de pueblos árabes que ya no existen. Hay un momento del libro especialmente significativo:

“Desconozco si antes de dirigirse hacia los camiones les habían dicho lo que les esperaba, es decir, adónde los llevaban. Sea como fuere, su aspecto y su forma de moverse no evocaban más que la imagen de un rebaño asustado y obediente que suspiraba en silencio y que no sabía preguntar, a pesar de lo cual alguno que otro parecía temerse lo peor y sin necesidad de palabras dejaba traslucir su más profundo pavor, por la sospecha de que lo que estaba sucediendo allí era que se los llevaban para ejecutarlos” (p. 108).

¿No nos recuerda a algo? El propio autor se lo pregunta y nos lo pregunta unas páginas más adelante: “Camiones… ¿qué me recordaban?” (p. 125).

En 1948 hubo aproximadamente 780.000 árabes palestinos desposeídos y desplazados. Fueron las primeras refugiadas y refugiados palestinas, que hoy suman casi seis millones. Víctimas de una asombrosa -por su magnitud, su éxito y sus consecuencias- operación de borrado propia de los procesos de colonización del siglo XV.  Pero esta operación de borrado de todo un pueblo se produjo en el siglo XX, en un momento histórico en el que nacía la idea de los derechos humanos fundamentales, a la vista de todas, perfectamente documentado.

Y es que no podría ser de otra manera. Recordemos la denominada Declaración Balfour de noviembre de 1917 por la que el gobierno británico se comprometía a "ver favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío" y que durante mucho tiempo representó la base jurídica de las pretensiones sionistas sobre Palestina. A pesar de que en el texto se decía expresamente que "no debe hacerse nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina", lo cierto es que que se trata de una propuesta realizada por una potencia europea, que afecta a un territorio no europeo, sin tener en cuenta la opinión de la población autóctona residente en dicho territorio (Said, p. 66). Un ejercicio evidente de colonialismo.

Este es el pecado original de la creación del Estado de Israel. Y quienes pagan este pecado son las refugiadas y los refugiados expulsados de Palestina y, hoy, la población de Gaza..

[2] DESHUMANIZACIÓN DE LA POBLACIÓN PALESTINA

Es la pregunta que se hace y nos hace Michael Ignatieff en El honor del guerrero (Taurus, 1999, p. 40): “¿Qué tiene que ocurrir para que unos vecinos ignorantes por completo de pertenecer a civilizaciones opuestas comiencen a pensar y a odiar en esos términos? ¿Cómo llegan a detestar y demonizar a los que una vez llamaron amigos? ¿Cómo, en definitiva, se siembra, un grano tras otro, la semilla de la paranoia mutua en el terreno de una vida común?”. Y Peter Maas en Love thy neighbor: A story of war (Vintage Books, 1997, p. 14): “¿Cómo puede un hombre despertarse una mañana y disparar en la cara a su vecino y, por si fuera poco, tal vez violar a su esposa? ¿Cómo puede olvidar, como si nunca hubiera existido, el mandamiento de amar a su prójimo?”.

La estrategia es bien conocida y, desgraciadamente, fue cruelmente experimentada por los judíos europeos. Se trata de poner en marcha un proceso de 1º extrañamiento (construcción social de la otredad), 2º distanciamiento social, 3º indiferencia moral, 4º violencia. Lo he analizado aquí.

En el caso de la población palestina se trata de un proceso de deshumanización que no empezó hace dos décadas, sino mucho antes. Hablamos de un proyecto colonial, por lo que esta deshumanización es consustancial e imprescindible:
  • “La política israelí de contraataques punitivos (o terrorismo de Estado) parece haberse propuesto matar de 50 a 100 árabes por cada víctima judía. La devastación de los campos de refugiados, hospitales, escuelas, mezquitas, iglesias y orfanatos libaneses; las detenciones sumarias, deportaciones, destrucciones de casas, mutilaciones y torturas de palestinos en Gaza y Cisjordania; el empleo de una retórica venenosa y deshumanizadora por parte de los principales políticos, soldados, diplomáticos e intelectuales israelíes para caracterizar todos los actos de resistencia palestinos como terroristas y a los palestinos como inhumanos («cucarachas», «saltamontes», «alimañas de dos patas», etc.); todo esto, junto al número de víctimas palestinas, la magnitud de las pérdidas materiales, las privaciones físicas, políticas y psicológicas, ha excedido en mucho el daño causado por los palestinos a los israelíes” (Said, p. 26-27).
  • Entrevista con el general Gur, jefe del Estado Mayor del ejército israelí (Al-Hamishmar, 10 de mayo de 1978):
          "PREGUNTA: ¿Es cierto [durante la invasión israelí del Líbano en marzo de 1978] que ustedes bombardearon aglomeraciones [de gente] sin hacer distinciones?
          RESPUESTA: […] ¿Desde cuándo la población del sur del Líbano se ha vuelto tan sagrada? Sabían perfectamente lo que hacían los terroristas. Tras la matanza de Avivim, hice bombardear cuatro pueblos del sur del Líbano sin autorización.
          P: ¿Sin hacer distinciones entre civiles y no civiles?
          R: ¿Qué distinciones? ¿Qué habían hecho los habitantes de Irbid [una gran ciudad en el norte de Jordania, de población principalmente palestina] para merecer que les bombardeáramos?
          P: Entonces, ¿usted afirma que la población debe ser castigada?
          R: Por supuesto, y nunca he tenido ninguna duda sobre eso. Cuando autoricé a Yanouch [diminutivo del comandante del frente del norte, responsable de la operación libanesa] a utilizar la aviación, la artillería y los tanques [en la invasión], sabía exactamente lo que hacía. Hoy son treinta años, desde el momento de nuestra guerra de Independencia hasta ahora, los que llevamos luchando contra la población civil [árabe] que habitaba en los pueblos y ciudades, y cada vez que lo hacemos se plantea la misma pregunta: ¿debemos o no atacar a los civiles?" (Said, pp. 43-44).


[3] ¿SIGNIFICA GAZA UN CAMBIO DE PARADIGMA?

Desgraciadamente, no. Antes de Gaza fueron los campamentos de Sabra y Chatila, masacrados entre el 16 y el 18 de septiembre de 1982 por milicias cristianas libanesas con la plena connivencia del Ejército israelí que en ese momento ocupaba el país. Los últimos estudios cifran entre 3.000 y 3.500 los palestinos asesinados en aquel episodio, considerado por las Naciones Unidas como genocidio contra el pueblo palestino en una histórica resolución de su Asamblea General ese mismo año mediante su resolución 37/123 d (2). La mayoría de las víctimas documentadas fueron mujeres, niños y ancianos, que sufrieron también violaciones, amputaciones y todo tipo de vejaciones.

Y mucho antes, entre el 9 de abril y 11 de abril de 1948, fue la matanza de Deir Yassin, el asesinato de entre 107 y 120 civiles palestinos y la violación de numerosas mujeres por comandos terroristas del Irgún. Unos actos de los que el mundo pudo tener conocimiento a través de un libro convertido en bestseller, Oh, Jerusalén, de los afamados periodistas Dominique Lapierre y Larry Collins. Un libro publicado en español en 1972, que seguro tuvimos en muchos de nuestros hogares. Un libro que, como analiza John Dixon en un interesante artículo publicado en Jerursalem Quaterly y recogido en la web del Institute for Palestine Studies, a pesar de que “un objetivo central del libro es reforzar el mito israelí de la autodefensa”, este revela “hechos que los relatos sionistas estereotipados previamente suprimieron”, entre ellos la matanza de Deir Yassim, con descripciones atroces de lo sucedido, que llevaron al representante de la Cruz Roja Internacional, el suizo Jacques de Reynier, testigo presencial, a escribir en su Diario: “Chicos y chicas muy jóvenes corrían en todas direcciones armados hasta los dientes con pistolas, metralletas, granadas e incluso grandes cuchillos. […] Era el equipo de limpieza, que cumplía concienzudamente su cometido. Ello me hizo pensar en los SS que vi en Atenas durante la guerra” (Oh Jerusalén, p, 283).

De manera que más que un cambio de paradigma Gaza hoy es la continuación de un paradigma que, desgraciadamente, parece consolidarse: el de la brutalización del mundo.  
 
[4] CRISIS GLOBAL DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

La expresión libre es preciosa. Y la libre expresión informada lo es aún más, en este tiempo de fake news y de "verdades alternativas". La construcción de esta libre expresión informada ha convertido a las y los periodistas gazatíes (las únicas que pueden informar desde dentro, al impedir el ejército israelí el acceso a periodistas extranjeros) no sólo en testigos sino en mártires: alrededor de 150 han sido asesinados hasta el momento.

Por eso, tenemos que desarrollar al máximo nuestra capacidad de atención y recepción, seguir con dedicación toda la información que sale desde Gaza y ampliarla, extenderla, reproducirla. Y al hacerlo no tener miedo a que nos acusen de lo que en ningún caso somos (de judeofobia, de antisemitismo).

Es importante insistir en que quien recuerda a Auschwitz y a los camiones que trasladaban judíos al exterminio es un soldado, escritor, parlamentario y profesor universitario israelí, el ya citado Yizhar.
O que quien se refiere a las acciones de expulsión de la población palestina para constituir el nuevo Estado de Israel como “limpieza étnica” es el historiador Ilan Pappé, nacido en Haifa de padres judíos alemanes emigrados a Palestina en los años treinta del siglo XX huyendo del nazismo, reclutado a los dieciocho años durante la Guerra de Yom Kippur, en 1973. Lo hace en un libro imprescindible en el que no duda en contar así el inicio de esa limpieza étnica, de una manera que no puede dejarnos de recordar aquella oscura Conferencia de Wansee del 20 de enero de 1942, cuando 15 funcionarios de alto rango del gobierno alemán y del partido nazi se reunieron en una casa ubicada en el suburbio de Wannsee, en Berlín, para hablar sobre la implementación de la “solución final” y coordinarla: “En este edificio, la fría tarde del miércoles 10 de marzo de 1948, un grupo de once hombres, conformado por veteranos líderes sionistas y jóvenes oficiales militares judíos, pusieron los toques finales a un plan para la-limpieza étnica de Palestina” (Pappé, p. 10). 

[5] DEBILITAMIENTO DEL SISTEMA INTERNACIONAL.

Las Naciones Unidas despliegan personal militar para operaciones de paz precisamente desde 1948, año en que el Consejo de Seguridad autorizó el despliegue de observadores militares en el Oriente Medio para vigilar el cumplimiento del Acuerdo de Armisticio entre Israel y sus vecinos árabes.

El personal militar de las Naciones Unidas puede tener, entre sus tareas:
Proteger a civiles y al personal de las Naciones Unidas.
Vigilar una frontera en litigio.
Vigilar y observar los procesos de paz después de un conflicto.
Ofrecer seguridad en una zona en conflicto.

Es evidente que la intervención de la ONU está más que justificada: 40.000 civiles asesinados (son solo las muertes directas y los cadáveres recuperados, The Lancet eleva hasta 186.000 al incluir las posibles víctimas bajo los escombros y las muertes que seguirán produciéndose incluso tras el alto el fuego por enfermedades provocadas por la invasión), 193 trabajadoras y trabajadores de UNRWA asesinados.

Pero para intervenir directamente en Gaza, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad (Estados Unidos, Francia, Reino Unido, China y Rusia) deben estar de acuerdo. Y esto es imposible.

Es fundamental dotarnos de herramientas civiles para la intervención. Extender, reforzar y radicalizar experiencias como la iniciativa Rumbo a Gaza y la Coalición Internacional de la Flotilla de la Libertad. ¿Nos imaginamos una flotilla de cientos de barcos? ¿O una suerte de Brigadas Internacionales de Paz dispuestas a intervenir en defensa de la población civil?
[6] FUTURO

“Sin embargo, ni los israelíes ni los palestinos tienen realmente una opción militar contra el otro; este hecho resulta tan chocante ahora como lo era cuando escribí La cuestión palestina hace trece años. La tarea del pueblo palestino sigue siendo todavía la de asegurar su presencia en la tierra, y, por una serie de medios, persuadir a los israelíes de que solo un acuerdo político puede aliviar el asedio mutuo, la angustia y la inseguridad de ambos pueblos. No hay ninguna otra alternativa secular -es decir, real- aceptable” (Said, p. 39. Prefacio a la edición de 1992).
 
Michel Warschawski, militante de la izquierda radical israelí, condenado a prisión por su apoyo a organizaciones palestinas ilegales, defiende la solución de un solo Estado binacional, laico:
 
“Hay que hacer entender, asimismo que, a diferencia de otras situaciones colonialistas, la mayoría de los israelíes carecen de «madre patria» a la que podrían retornar, y que, en consecuencia, luchará entre la espada y la pared, o mejor dicho, entre la espada y el mar, es decir, con la energía de quien no tiene nada que perder; ello si no se les ofrece una propuesta suficientemente creíble y seductora. En su opinión, toda propuesta que no les reconozca como un colectivo nacional y no les garantice soberanía y medios de autodefensa no resulta aceptable, sobre todo después de Auschwitz” (En la frontera, Gedisa, 2004, p. 76).
 
Para ello, la identidad israelí deberá descolonizarse: "La identidad israelí se forjó en un proceso de colonización y mediante una doble destrucción: la de la existencia de la población árabe indígena y la de la identidad, o, mejor, de las identidades judías anteriores al sionismo" (Warschawski, p. 259). Para convertirse en una identidad fronteriza (forjada en el intercambio, en la interacción permanente con los y las vecinas, plural, mestiza) y diaspórica, cosmolita:

"Si se reapropiara de esta herencia, el israelí de mañana podría conformar una nueva identidad fronteriza, en la que se amalgamarían Varsovia y Casablanca, Alepo y Berlín, una identidad volcada hacia Damasco y Alejandría, abierta al mundo y permeable a la diferencia. El proyecto sionista creyó que la redención de la existencia judía sólo sería posible rompiendo con nuestro pasado judío y volviendo la espalda a nuestro entorno árabe. Por el contrario, sólo volviendo a encontrar sus raíces judías y abriéndose a la dimensión árabe de su identidad y de su entorno, la sociedad israelí podrá finalmente construir su vida con normalidad y proyectar serenamente el porvenir de sus hijos" (Warschawski, p. 262-263).

Amos Oz, escritor y uno de los fundadores del movimiento pacifista israelí Shalom Ajshav (Paz Ahora), defiende la solución de los dos estados, como señaló la resolución 181 (II), de 1947: “Por mucha pena que me dé, no veo otra posibilidad. Solo se me ocurre un ejemplo de Estado plurinacional que funciones, y ese es Suiza. En todos los demás, en Chipre, Yugoslavia y la Unión Soviética, acabaron en terribles baños de sangre. Los palestinos no tienen adónde ir. Los judíos israelíes tampoco se van a marchar. Pero tampoco podemos convertirnos en una sola familia, feliz y bien avenida. Somos dos familias desgraciadas y mal avenidas. Lo que tendríamos que hacer es dividir la casa en dos apartamentos pequeños y aprender a darnos los buenos días cuando nos encontremos por la mañana en el portal. Quizá así algún día hasta llegaríamos a tomarnos un café juntos. Pero necesitamos esa casa para dos familias”.

La propuesta de una confederación palestina-jordana tomó alguna fuerza entre los años 1948 a 1967. Basada en el hecho de que el 60% de la población de Jordania es palestina, su aplicación práctica pasaría porque la población palestina de Cisjordania aceptara trasladarse al país Hachemita. Justamente unos de los obstáculos es que la población palestina no reconoce a la monarquía que gobierna Jordania. Tampoco la población de este último país acepta la llegada de más de cuatro millones de palestinos. El rey Abdalá II de Jordania ha rechazado la posibilidad de establecer una confederación con Palestina y ha recalcado que esto es una "línea roja". 
 
Curioso que el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, se haya mostrado partidario de una confederación triangular que incluya a Israel, lo mismo que ha defendido recientemente el filósofo Michael Walzer

No sé cuál puede ser la fórmula, pero es imprescindible garantizar ya, no mañana, no dentro de un tiempo, el derecho a tener derechos de todas y cada una de las personas que conforman el pueblo palestino. Lo que no será posible sin desmontar la ocupación colonial del territorio palestino.


Una cosa es cierta e indiscutible entre tanta incertidumbre: que la lucha del pueblo palestino por su supervivencia no va a detenerse.

"En ese momento vimos a una mujer que iba en un grupo junto a dos o tres más. Llevaba de la mano a un niño de unos siete años. La mujer tenía algo especial. El aspecto era el de una persona enérgica pero que sabía dominarse y que sobrellevaba su pena con dignidad, tanto que las lágrimas que le resbalaban por las mejillas parecían no pertenecerle. [...] Se diría que esa mujer era la única que sabía exactamente lo que estaba sucediendo, hasta el punto de que me avergonzaba ante ella y bajé los ojos. Era como si con aquella marcha resonara un potente y odioso grito que bien podía significar 'malditos seáis'. [...] Fuimos conscientes de que se trataba de una madre coraje a la que la templanza y la voluntad de sobrellevarlo todo en la vida con valentía le habían marcado las arrugas del rostro, y ahora que su mundo había desaparecido no estaba dispuesta a derrumbarse ante nosotros [...]" (Hirbet Hiza, pp. 117-118).


martes, 12 de diciembre de 2023

Palestina

 
El cartel lleva la firma de la Sección Palestina de la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad (Women´s International League for Peace & Freedom, WILPF), organización fundada en 1915 entre otras por Jane Addams. No es un cartel reciente, aunque podría serlo: esa niña que corre asustada, esa mano tendida, podría ser una imagen tomada hoy mismo en Gaza. Pero tiene al menos 33 años, ya que lo traje conmigo en 1990 tras la Convención Europea por el Desarme Nuclear (European Nuclear Disarmament, END) celebrada ese año entre Helsinki (Finlandia) y Tallin (Estonia).

El libro (Ariel 2016; traducción de Ana Herrera Ferrer) recoge la experiencia de un profesor de filosofía de las universidades canadienses de Oxford y McGill que impartió varios cursos en la Universidad de Al-Quds, la universidad palestina de Jerusalén Este. El autor relata animadas discusiones con su alumnado sobre la relación entre fe y ciencia, sobre falibilidad y convicción, verdad y relativismo, sobre tolerancia y pluralismo:

"La mayoría de las veces las discusiones en clase son vivas y centradas. También parecen bastante libres de estereotipos. A veces, por pura curiosidad,los alumnos me hacen preguntas personales, pero ni mi procedencia judía ni mis vínculos con Europa, Israel o Norteamérica tienen un impacto negativo en nuestras interacciones, al menos eso me parece. Pienso que un motivo para ello es que aunque es muy probable que los estereotipos y prejuicios no hayan desparecido, al menos han quedado suspendidos durante nuestra conversación personal. De hecho, uno de los dos mejores alumnos de la clase es miembro de la facción de Hamás del campus. Por supuesto, la suspensión de estereotipos y prejuicios no basta. Destruirlos requiere algo parecido al examen socrático. Pero al cuestionarse los estereotipos, el encuentro personal puede ser muy bien el inicio de un proceso en ese sentido".

Confirmada la posibilidad de enseñar Platón en Palestina (¿por qué no iba a ser posible?), ¿sería posible enseñar hoy en Israel cualquier propuesta filosófica que no sea una mezcolanza grosera de Schmitt y Hobbes?