miércoles, 1 de diciembre de 2021

Dos libros para repensar nuestra (pre)historia cultural androcéntrica y, con ella, nuestro presente y nuestro futuro

Marylène Patou-Mathis
El hombre prehistórico es también una mujer
Traducción de María Pons Irazazábal
Lumen, 2021

"Al excluir a la mitad de la humanidad, la visión de las conductas en las sociedades prehistóricas ha resultado falseada durante más de un siglo y medio. Para explicar la invisibilidad de las mujeres prehistóricas a menudo se ha presentado la idea de que los restos arqueológicos apenas proporcionan elementos que permitan asignarles una función social y económica. ¡Pero si ocurre lo mismo con los hombres! Sin tener más pruebas, se los describe sin embargo como cazadores de grandes animales, inventores (que fabrican utensilios y armas, que dominan el fuego, etcétera), artistas o incluso guerreros y conquistadores de nuevos territorios. [...] Los trabajos llevados a cabo en antropología, en prehistoria y en arqueología pueden calificarse de androcéntricos, ya que rara vez se concede importancia a las relaciones sociales en que están implicadas las mujeres. De ello da fe el modelo propuesto en la década de 1950 del «hombre cazador», principal proveedor de alimento para la comunidad e inventor de utensilios y armas. De modo que el hombre habría sido el principal catalizador de la hominización, incluso de la «humanización»".


Marylène Patou-Mathis es prehistoriadora, reconocida especialista en el comportamiento de los neandertales, directora de investigación en el Centre National de la Recherche Scientifique y conservadora de Prehistoria en el Museo Nacional de Historia Natural de París. En este interesante libro discute y desmonta la perspectiva androcéntrica desde la que se ha construido la imagen dominante de las sociedades prehistóricas. Una imagen en absoluto científica, una imagen ideológica, falseada, fruto de la invisibilización de las mujeres. Porque no solo la historia, como denuncia Simone de Beauvoir en El segundo sexo, también la prehistoria de las mujeres “ha sido hecha por los hombres”.
 
El modelo del "hombre cazador" como motor de la evolución cultural que desembocó en el ser humano moderno es más una retroproyección del modelo moderno del male breadwinner que una evidencia científica. Este modelo se convirtió en canónico entre la comunidad de prehistoriadores a raíz de la celebración en 1966, en Chicago, del simposio Man the Hunter, que dio lugar a la publicación de un influyente libro con el mismo título. Escribo prehistoriadores porque lo cierto es que, entre las 75 personas que participaron en el mismo, las mujeres eran una ínfima minoría: revisando los nombres de las y los participantes y asumiendo que se me puede colar alguna, creo que solo me salen cuatro.


Porque, sí, hablamos de ciencia y, por lo tanto, de teorías sostenidas sobre evidencias, obtenidas mediante la aplicación rigurosa del método científico, y de afirmaciones que aspiran a lograr un estatus de objetividad. Pero, como nos enseñan la Filosofía y la Sociología de la Ciencia, una cosa es el contexto de justificación, es decir, la forma en la que verificamos o falsamos nuestras hipótesis (aquí reina el ethos de la ciencia tal como fue descrito por Robert K. Merton: universalismo, comunismo, desinterés y escepticismo organizado) y otra el contexto de descubrimiento, la forma en que nos planteamos los problemas y preguntas de investigación, y aquí actúan determinaciones sociales de las que no siempre somos conscientes. En fin, que no es extraño que setenta hombres reunidos para hablar sobre la evolución cultural de la especie humana, por más científicos que sean, acaben hablando exclusivamente... de "cosas de hombres" (cazar, pelear, explorar...) y no de otras cuestiones como engendrar, cuidar o cultivar. 

Y es que resulta especialmente llamativo que el modelo del "hombre cazador" surgiera de un simposio en el que, según se dice en una reseña del libro que recogió los contenidos de aquel encuentro, publicada en 1969 en la revista Science, hubo más discusiones que acuerdos, y hasta se cuestionó la importancia de la actividad cazadora: "The negation of some old assumptions about hunters was an important feature of the symposium. For example, [...] hunting by males is usually of less significance to subsistence than the foraging after wild plants by females". Es decir: "La negación de algunas viejas suposiciones sobre los cazadores fue una característica importante del simposio. Por ejemplo, la caza de los hombres suele tener menos importancia para la subsistencia que el forrajeo de las plantas silvestres por parte de las mujeres".

No será hasta mediados de la década de 1970 cuando empiece a desarrollarse la denominada "arqueología de género" y a cuestionarse abiertamente el sesgo androcéntrico de la ciencia prehistórica. En esta línea, Marylène Patou-Mathis muestra evidencias de la existencia de mujeres que "participaban activamente en la caza", de mujeres artistas (frente a la idea de que las pinturas rupestres eran obra de varones, al plasmar supuestamente escenas de caza), de mujeres guerreras ("las mujeres armadas ocupan casi el 37 por ciento del total de tumbas" excavadas en algunas necrópolis de la zona del Cáucaso), de que su estatus social no era en absoluto inferior al de los hombres y de la relevancia que tuvo durante miles de años el culto a divinidades femeninas.

Todo esto empezó a cambiar en trono al año 6000 a.C., hasta modificarse por completo el lugar de las mujeres en la sociedad, pasando a ocupar un lugar secundario, sometidas por una cultura crecientemente patriarcal. Un sistema patriarcal que de ninguna manera puede considerarse originario, natural, sino que "fue instaurándose de manera progresiva como consecuencia de cambios, tal vez de tipo económico, que modificaron la estructura social de las comunidades de cazadores-recolectores nómadas".

De manera que, como concluye la autora, el patriarcado no es natural, y si continua perdurando en nuestras sociedades es tanto por un dominio económico y político como, sobre todo, por un "dominio psicológico". Abrazando la ética del cuidado, Marylène Patou-Mathis acaba proponiendo que "hay que desprenderse del patriarcado psicológico para acabar con el patriarcado".


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Riane Eisler
El cáliz y la espada
Traducción de Noelia González Barrancos
Capitán Swing, 2021

"Los expertos están empezando a reconstruir una visión más equilibrada de nuestra evolución -una en la que las mujeres y no solo los hombres desempeñaban un papel fundamental- retrocediendo hasta la época en la que nuestros ancestros primates comenzaron a transformase en humanos. El viejo modelo evolutivo basado en el hombre cazador atribuye el comienzo de la sociedad humana a la vinculación masculina necesaria para cazar. También afirma que las primeras herramientas fueron desarrolladas por hombres para matar a la presa (así como a otros humanos que les hacían la competencia o eran más débiles). Un modelo evolutivo alternativo [...] considera que la postura erguida necesaria para dejar las manos libres no estaba vinculada con la caza, sino con el paso del forrajeo (la actividad de recoger alimentos que se encuentran por el camino) a la recolección y el acarreamiento de comida para compartirla y almacenarla. Como tampoco fue el vínculo afectivo entre los hombres necesario para cazar el que impulsó el desarrollo de un cerebro mucho mayor y más eficaz, así como su uso para fabricar herramientas, procesar y compartir información de manera más eficiente. Más bien, fue el vínculo afectivo entre mujeres y prole, que es sin duda necesario si la descendencia humana ha de sobrevivir. Según esta teoría, los primero artefactos hechos por los humanos no fueron armas, sino recipientes para acarrear comida (y bebés), además de las herramientas que las madres usaban para ablandar las plantas con las que alimentar a la prole, que necesitaba tanto la leche materna como alimento sólido para sobrevivir".


Pero si hay un libro imprescindible para repensar nuestra historia androcéntrica es este. Lo leí por primera vez a principios de los noventa, en la preciosa edición de la editorial Cuatro Vientos, con prólogo de Humberto Maturana, y lo utilicé (ahora creo que con un aprovechamiento más bien escaso) para un librito que publiqué en 1994 titulado Las nuevas condiciones de la solidaridad. Volví a referirme al trabajo de Eisler en un artículo de 2004 en El País. Hace muchos años presté el libro a alguien y no volvió. Una pérdida que lamento mucho.

Su reedición por Capitán Swing me ha permitido recuperar la reflexión de Riane Eisler y leerla como si fuera la primera vez, con mucha más atención que hace tres décadas.

Eisler aborda con mucha mayor profundidad que Marylène Patou-Mathis el vuelco cultural producido alrededor del siglo V a.C., al término del cual pasamos de unas sociedades en las que la capacidad de dar vida (identificada por el cáliz) era el valor preponderante, a otras en las que ese valor dominante lo fue constituyendo el poder de quitar la vida (la espada). Tal cambio cultural está en la base de cambios igualmente radicales en el papel de la mujer en la sociedad, sometidas a partir de entonces a un modelo organización social en el cual el dominio masculino, la violencia y una estructura social jerárquica y autoritaria serán la norma. El problema, para Eisler, no es el hombre como sexo, sino un sistema social donde el poder de la espada se ha idealizado, en el que la violencia contra las mujeres no es, en absoluto, contracultural, sino sistémica. 

No hay un solo argumento, una sola idea contenida en el libro de Patou-Mathis que no encontremos en el libro de Eisler. Por ello, sorprende que la prehistoriadora francesa tan solo dedique una cita genérica a Riane Eisler, agrupada bajo la etiqueta de "varias historiadoras estadounidenses" que en las décadas de 1980 y 1990 "sostienen que las cultura prehistóricas eran [...] menos jerárquicas que las sociedades patriarcales". Dejando a un lado el hecho de que Eisler es austriaca y no estadounidense, lo cierto es que, en mi opinión de lector informado aunque no experto en prehistoria, Eisler firma un libro fundamental cuya lectura remueve y conmueve, una profunda investigación del pasado que busca y consigue derrotar, precisamente, ese "patriarcado psicológico" que naturaliza nuestro mundo androcéntrico, impidiendo su transformación. 

Eisler pretende contar, según señala en la introducción, "una histo­ria que empieza miles de años antes de nuestra historia regis­trada (o escrita): la historia de cómo la orientación solida­ria origi­nal de la cultura de Occidente se desvió por un atajo de cinco mil años de sangrienta domina­ción". En su opinión, bajo la enorme diversidad cultural observable en las diferentes sociedades humanas a lo largo de la historia, subyacen dos modelos básicos de socie­dad. El primero, que denomina modelo dominador, se caracteriza por una estructura jerárquica de manera tal que una mitad de la humanidad domina sobre la otra (puede ser, por tanto, patriarcal o matriar­cal, aunque, históricamente, este modelo se ha plasmado en sistemas patriarcales). El segundo modelo, que denomina solida­rio, se caracteriza porque "la diversidad no se equipara a la inferiori­dad o a la superiori­dad". Y, aún más, en su opinión, es posible mantener que el curso original de la corriente principal de nuestra evolución cultural fue hacia la solidaridad, si bien "tras un período de caos y casi total quiebra cultural", se produjo un vuelco cultural básico.

¿Cómo se produjo ese cambio? Alrededor del siglo V a.C. se pueden encontrar eviden­cias de un "patrón de rompimiento de las antiguas culturas neolíti­cas", un proceso de rompimiento físico y cultural de unas sociedades que mantenían los valores de la vida, de su generación y conservación, como modelo. El hecho que da lugar a esa ruptura será una sucesión de invasiones de pueblos nómadas provenientes del norte de Asia y Europa: arios, hititas, luvianos, kurgos, aqueos... incluidos bajo la denominación de indoeuro­peos. Todos estos pueblos tenían dos importantes rasgos en común: El primero de ellos, un modelo dominador de organización social, un sistema social en el cual el dominio masculino, la violencia masculina y una estructura social generalmente jerárquica y autoritaria eran la norma; otro rasgo común era, en contraste con las sociedades que establecieron las bases para la civilización occidental, la forma en que adquirieron riqueza material: no a través del desarrollo de tecnologías de producción, sino mediante tecnologías de destrucción más efectivas.

Algunos autores, entre los que se incluye Engels con su trabajo El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado, han vinculado estas transformaciones culturales a importantes transformaciones técnicas acaecidas en por aquella época en Europa y Asia Menor: el descubrimiento de la metalurgia del cobre y el bronce. Eisler matiza estas aproximaciones señalando la razón del cambio, no en el descubrimiento de los metales, sino en el uso que se dio a los mismos: como armas para matar, saquear y esclavizar. El caso es, de cualquier forma, que el cambio cultural se produjo, apareciendo, literalmente, un nuevo mundo: "Este era ahora un mundo donde, habiendo privado violentamente a la Diosa y a la mitad femenina de la humanidad de todo poder, gobernaban los dioses y los hombres de la guerra. Era un mundo donde la Espada, y no el Cáliz, sería de aquí en adelante supremo, un mundo en el cual la paz y la armonía sólo se encontrarían en los mitos y leyendas de un pasado remoto y perdido".

El valor de la obra de Eisler estriba en constituir un ambicioso intento de interpretación histórica que, en caso de ser básicamente acertado, nos permitiría mantener dos afirmaciones fundamenta­les: la primera, que las sociedades humanas pueden organizarse, porque así lo han hecho en el pasado, desde la solidaridad; la segunda, que el actual modelo de organización social dominador no es natural, sino consecuencia de un proceso de construcción social que puede seguirse a lo largo del tiempo. Con otras palabras, la Humanidad no está condenada a vivir añorando eternamente una solidaridad imposible de lograr.

Eisler no reduce el problema a un conflicto entre patriar­cado y matriarcado, o a la simple dominación de los varones sobre las mujeres. No se soluciona nada si, simplemente, la mujer se coloca "al mismo nivel que el hombre". Las negativas consecuen­cias de tantos siglos de jerarquización de los varones sobre las mujeres no encontrarán solución, por supuesto, con un cambio en la jerarquización (las mujeres sobre los varones), pero ni siquiera con una eliminación de las relaciones jerárquicas sin más. Esta autora ­pro­po­ne como alterna­ti­va a un sistema basado en la jerarqui­za­ción de una mitad de la humanidad sobre otra lo que denomina gilania, para conceptualizar un sistema basado en la vinculación de ambas mitades de la humanidad. La propia Eisler explica así el término: 

"Gi deriva de la raíz griega giní, que significa "mujer". An es una forma apocopada de andros, u "hombre". La letra l entre ambos morfemas tiene un doble significado. En inglés, es el vínculo [linking, en inglés, que contiene el grafema l] entre las dos mitades de la humanidad, en lugar de, como sucede en la androcracia, donde la relación es de rango. En griego, deriva del verbo líein o lio, que, a su vez, tiene un doble significado: 'solucionar' o 'resolver' (como en análisis) y 'disolver' o 'soltar' (como en catálisis). En este sentido, la letra l significa la resolución de nuestros problemas, que pasa porque las dos mitades de la humanidad se liberen de la rigidez embrutecedora y distorsionadora de roles impuestos por las jerarquías de dominación inherentes a los sistemas androcráti­cos".

Este planteamiento basado en la vinculación me recuerda el que en 1928 hiciera esa singular mujer que fue Virginia Woolf en su conocida obra Una habitación propia, cuando, reflexionando sobre la tan generalizada idea de que la unión del hombre y de la mujer procura la mayor satisfacción, la felicidad más completa, se pregunta si no habrá dos sexos en el espíritu correspondientes a los dos en el cuerpo, y si no sería preciso juntarlos para lograr completa satisfacción y felicidad. El estado normal y placentero es cuando están en armonía los dos, colaborando espiritualmente. En el hombre, la parte femenina del cerebro debe ejercer influen­cia; y tampoco la mujer debe rehuir contacto con el hombre que hay en ella. Y recordando a Coleridge cuando dijo que una gran inteligencia es andrógina, concluye:

"Es fatal ser un hombre o una mujer pura y simplemente; hay que ser viril-mujeril o mujer-viril ... La palabra fatal no es una metáfora, porque todo lo escrito con ese prejuicio deliberado está condenado a la muerte. Deja de ser fertili­zado. Por eficaz y deslumbrante, por magistral y poderoso que nos parezca un día o dos; tiene que marchitarse al atardecer; no puede crecer en las mentes de otros. Alguna colaboración debe realizarse en la inteligencia entre el hombre y la mujer antes que el acto de la creación se pueda cumplir. Algún enlace de contarios tiene que haberse consumado" (Virginia Woolf, Un cuarto propio, Júcar, Madrid 1991, pp. 128 y 135).

Aunque el problema no es, como señala Eisler, "el hombre como sexo", sino "un sistema social donde el poder de la Espada se ha idealizado", sin duda las posibilidades de superación del problema sí tienen más que ver con la aportación de las mujeres. No se trata de caer en ningún tipo de perspectiva biologista-esencialista, según la cual se mantiene que la diferente biología conlleva un modo de ser distintivo, masculino o femenino. Sin embargo, no es menos cierto que las mujeres se han visto históricamente apartadas de actividades y decisiones relacionadas con los ámbitos del poder, la conquista, la competencia; sin duda han sido socializadas para internalizar las normas y valores básicos del modelo dominador, pero no han sido ejercitadas para llevarlo a la práctica. Al contrario, socializadas para responsabilizarse del bienestar ajeno, para cuidar y colaborar, en ellas descansa la propuesta de una sociedad gilánica que, recuperada de tantos miles de años de dominio androcrático, vuelva a celebrar el poder de la creatividad y el amor.

domingo, 28 de noviembre de 2021

Antigua sangre

John Connolly
Antigua sangre
Traducción de Vicente Campos
Tusquets, 2021 

"Esto es lo que debes entender: el suelo está contaminado, sucio. Caminamos sobre tierra degradada. Conserva en su interior el registro de la sangre derramada, de pueblos y ciudades que prosperaron en sus tiempos pero que ya no existen, de cuantos han vivido y muerto en esos lugares.
La tierra recuerda.
Y del mismo modo que una semilla adormecida puede ser revivida por la lluvia, las presencias más antiguas, que yacen en un inquieto reposo entre las celdas del panal que es el mundo, pueden ser despertadas de su sueño, sea deliberadamente, por actos maléficos, o accidentalmente, por las indagaciones de descuidados y curiosos.
Casi siempre, lo único que se necesita es un poco de sangre".


La tierra de Northumbria está empapada por la sangre vertida en las guerras del siglo II entre las legiones romanas que defendían los muros de Adriano  y de Antonino y los pictos y escotos que luchaban contra ellas, por las sucesivas invasiones de anglos, vikingos y normandos, en la guerra de las Dos Rosas y en las rebeliones jacobitas: "Excavando a bastante profundidad, exponiendo sus simas, uno casi atisbaría costuras rojas y blancas, como los estratos en la roca: sangre y huesos, capa tras capa, el paisaje que han creado, siempre distinto, siempre cambiante. Porque la matanza nunca se detiene". Antiguos cultos viajaron desde esos páramos hacia Estados Unidos, donde enraizaron y se hicieron fuertes. Cultos ancestrales, muy anteriores a la cristianización, ligados a la naturaleza y sus ciclos amorales de vida y muerte (sobre todo de muerte), poblados de "criaturas metamorfas, entidades sin una apriencia física fija, que atraían a los despistados a zonas pantanosas, donde las raíces y las malas hierbas se enredarían alrededor de sus vientres y piernas para arrastrarlos hacia abajo, donde, como algunos perros muertos a tiros, nunca serían encontrados, dejando a sus seres queridos sin una tumba a la que acudir a llorar".
 
Y desde el Nuevo Mundo, desde Maine, el eco pervertido de estos cultos retornará a su lugar de origen, a la antigua Inglaterra, con cadáveres en los páramos y en antiguas ruinas, a modo de sacrificios propiciatorios que aceleren la caída de la humanidad en una era de oscuridad, sufrimiento y crueldad que ya se anticipa en algunos fenómenos políticos contemporáneos:
 
"Mientras se dirigía a Marylebone Road para buscar un taxi, oyó gritos en las cercanías del ayuntamiento de Old Marylebone, presenció un altercado entre dos hombres mayores, uno que llevaba un turbante sij y el otro un tabardo chillón. Quayle no pudo oír de qué discutían, pero estaba claso que el hombre del tabardo, que era blanco, había confundido al sij con un 'cabrón musulmán', y el posterior intercambio verbal había dado paso a los golpes. [...]
Escenas similares se producían en ciudades y pueblos de todo el país, y la hostilidad se había trasladad incluso al continente, donde los nacionalistas de ultraderecha estaban utilizando los asesinatos de Gran Bretaña para tomar medidas preventivas contra los musulmanes en sus propios países, así como contra otros inmigrantes que tuvieran la desgracia de cruzarse con ellos. [...] Se hacía oídos sordos a la razón y se cerraban los ojos a la bondad. El Atlas, tan cerca de completarse por fin, estaba alterando la topografía del mundo a un ritmo acelerado".

Decimoctava novela de la serie protagonizada por el detective Charlie Parker. Y cuando digo "serie" lo digo en su sentido más literal: como "conjunto de cosas [en este caso de novelas] que se suceden unas a otras y que están relacionadas entre sí". Las historias de Parker conforman un particularísimo y complejo universo cuyo sentido  solo se atisba si las leemos de manera sucesiva. Y así, como indiqué en un comentario anterior, esta novela continua y culmina la trama desarrollada en La mujer del bosque, de manera que Parker, Louis y Angel, acompañados de un entrañable librero especializado en libros prohibidos, volverán a enfrentarse a los siniestros y letales Quayle y Mors en su búsqueda de uno de estos volúmenes, el Atlas Fragmentado, llave para la corrupción total del mundo.

martes, 23 de noviembre de 2021

El Libro Azul de Nebo

Manon Steffan Ros
El Libro Azul de Nebo
Traducción de Sara Borda Green
Seix Barral, 2021

   "-¿Qué harías, Sionyn, si alguien apareciera aquí mañana?
   -¡Me encantaría, claro! -contesté inmediatamente, nunca me había atrevido a imaginar algo así. Pensaba que no quedaba nadie en el mundo, supongo. Solamente mamá y Dwynwen y yo.
   -¿Y les darías un hogar? ¿Los ayudarías con comida y esas cosas?
   -¡Por supuesto!
   -Pero ¿y si fueran, no sé, cuatro personas? ¿Y si no hubiera suficiente comida para ti, para mí y Dwynwen y cuatro personas más? Entonces ¿qué?
   -Haría que funcionara, mamá. Plantaría más. Buscaría más cuevas de cultivo.
   Mamá se quedó callada un rato.
   -Tienes un gran corazón, hijo -dijo después.
   -'Perdona nuestra indiferencia' -respondí yo, pensando en la familia imaginaria de cuatro, yendo de aquí para allá buscando a alguien.
   -¿En qué Evangelio está eso? -preguntó mamá, que no conoce la Biblia.
   -Está en un poema de Aled Lewis Evans. 'Oración Por Estas Cosas'. A Dwynwen le gusta como suena".


El narrador de esta historia es Syonin, conocido como Siôn, un niño de catorce años que vive con su madre, Rowena, y su hermana pequeña, Dwynwen, en una casa aislada en el pequeño pueblo de Nebo, en el norte de Gales. Ocho años antes tuvo lugar "el Fin": algo, no acabamos de saber qué (se habla de bombas arrojadas en algunas grandes ciudades de Estados Unidos, también en Londres o Manchester, de una guerra atómica o de la explosión de una central nuclear cercana a Nebo), ha provocado terribles mutaciones en los cuerpos de los animales y, aparentemente, ha exterminado al resto de la población. Para sobrevivir deberán aprender a cultivar sus alimentos y a cubrir todas sus necesidades con los recursos que puedan encontrar en su entorno más cercano. Un mundo sin internet, teléfonos, televisiones ni radios en el que sentirán cómo se amplia su percepción del mundo:

"Cuando dejas de oír, empiezas a escuchar.
El ritmo irregular de la lluvia sobre las ventanas.
La voz del viento aullando o susurrando secretos.
Despertar por la mañana y saber, sin necesidad de verlo, que ha nevado. Ser capaz de escuchar el espesor de la nieve sobre la tierra.
Y de ver la belleza también. Hay más belleza ahora de la que había antes del Fin. Y a la vez, no la hay. Es la misma, solo que ahora sí somos capaces de verla".
 
Una distopía de inspiración ecologista. Una historia emocionante sobre el amor, la vida, la maternidad y la pérdida. Una novela de formación, con un maravilloso protagonista que tendrá que madurar para convertirse en el sostén de la familia. Un canto de amor a los libros y a literatura escrita en galés, lengua en la que la autora redactó originalmente esta novela.

sábado, 20 de noviembre de 2021

El consuelo de los espacios abiertos

Gretel Ehrlich
El consuelo de los espacios abiertos
Traducción de Elisa Lobato
Volcano, 2021

"Acababa de deshelarse el suelo cuando llegué conduciendo a Wyoming en 1976. Era de noche. Lo único que alcanzaba a ver de la región eran cumbres blancas, el cielo negro y los paseos en zigzag de los conejos delante del coche. [...]
Fui allí por la Televisión Pública, para rodar a cuatro pastores de las montañas del Big Horn desde junio a septiembre. Vine sola porque a mi compañero de proyecto -que tambien era el hombre que amaba- le acababan de decir que se estaba muriendo. No tenía ni treinta años".


Gretel Ehrlich llegó a Wyoming para rodar un documental sobre la vida de las y los pastores y acabó convirtiéndose en una de ellas. Un relato que combina la descripción de grandes espacios naturales, la mirada etnográfica y la introspección biográfica.

Gretel Ehrlich cuestiona los mitos del Oeste como un mundo de hombres ("las mujeres que conocí -descendientes de forajidos, colonos, rancheros y pioneros mormones- eran tan duras  y capaces como sensibles eran los hombres") radicalmente individualista:

"Una vez completado el canal, los mormones construyeron iglesias, escuelas y casas en comunidad, trabajando al unísono como si se dejaran llevar por el agua que serpenteaba junto a ellos. 'Al principio era una puta práctica socialista', recuerda Frank, 'algo bonito, maldita sea. A estos individualistas del Oeste se les olvida cómo se hacían las cosas por aquí, y no hace tantos años de aquello'".

La autora del prólogo, Amy Liptrot, define el estilo de Ehrlich como place writing o "escritura de los lugares". También podríamos hablar de escritura de los espacios: "El espacio -escribe Ehrlich- tiene un equivalente espiritual y puede sanarnos de lo que nos rompe y nos pesa". Un libro hermoso, a ratos conmovedor, que transmite sosiego y paz.

martes, 16 de noviembre de 2021

Criada: Trabajo duro, sueldos bajos y la voluntad de supervivencia de una madre

Stephanie Land
Criada: Trabajo duro, sueldos bajos y la voluntad de supervivencia de una madre
Traducción de Mireia Bofill Abelló
Capitán Swing, 2021

"Una de las grandes ventajas de estar dispuesta a ponerte de rodillas para fregar un váter es que nunca tendrás problemas para encontrar trabajo".


A sus veintiocho años Stephanie Land se ve obligada a cambiar una vida de clase media, razonablemente resguardada por el manto de la seguridad económica de sus padres, por la de una joven madre enredada en una separación conflictiva y a ratos violenta, afrontando una vida de crianza en solitario y de precariedad económica. Una pobre con trabajo, un empleo mal pagado, físicamente muy exigente, incompatible con el cuidado de su hija y de sí misma:

"Trabajaba aunque estuviera enferma y llevaba a mi hija a la guardería cuando debería haberse quedado en casa. Mis condiciones laborales no incluían bajas por enfermedad, ni vacaciones pagadas, ni la previsión de un posible aumento salarial y, sin embargo, a pesar de todo, yo suplicaba que me dieran más trabajo. Raras veces conseguía recuperar los ingresos perdidos si alguna vez faltaba el trabajo, y si faltaba demasiado a menudo, corría el riesgo de ser despedida. Era vital que no me fallara el coche, pues un conducto roto, un fallo del termostato o incluso un pinchazo podía desequilibrar nuestro presupuesto, hacernos retroceder  y precipitarnos hacia el abismo, de vuelta al refugio para personas sin hogar. Vivíamos, sobrevivíamos, en un mesurado desequilibrio. Esa era mi existencia ignorada, mientras sacaba lustre a la de otras personas para que pareciera perfecta".

Un mundo de análisis de orina aleatorios en las viviendas protegidas para personas con bajos ingresos ("La persona alojada está informada de que este es un refugio para situaciones de emergencia; NO es su domicilio"); de controles permanentes nacidos de la sospecha de que las personas pobres lo son por algún tipo de tara que les impide poner un cierto orden en sus vidas (como si la entropía que las amenaza de forma permanente no fuera un fenómeno estructural, en absoluto una falla en su carácter); una vida marcada por el estigma de tener que comprar con cupones de ayuda, la sospecha de aprovecharse de los impuestos de otras y de otros; un aluvión de burocracia como consecuencia de precisar de "siete modalidades distintas de ayuda pública para poder sobrevivir" (lo que no ocurriría con una Renta Básica); 

"[D]ecidí no prestar atención a los comentarios o a los medios de comunicación que denostaban a las personas que recibían ayudas públicas. 'La asistencia pública no existe', habría querido decirles. El apoyo que ellas y ellos imaginaban no existía. Yo no podía entrar  en una oficina gubernamental y decirles que necesitaba recibir una cantidad suficiente para compensar el exiguo salario con el que tenía que pagar una vivienda. Si pasaba hambre, podría recibir un par de centenares de dólares al mes para comprar comida o acudir a un banco de alimentos. Pero no obtener lo necesario para completar mis ingresos hasta alcanzar la suma que en realidad necesitaba para sobrevivir".

Una existencia de invisibilidad y anonimato a pesar de pasar varias horas en sus casas, con muy contadas excepciones en alguna clienta o cliente que la mira y la trata "como a un ser humano". Un sistema (supuestamente) de protección social que en realidad se configura y funciona como un mecanismo de control y castigo que convierte el hecho de ser pobre en algo demasiado parecido a "estar en libertad condicional".
 
Un relato característicamente estadounidense, es cierto, pero que presenta desasosegantes similitudes (¿anticipaciones?) con procesos de precarización del empleo y culpabilización de las personas pobres cada vez más comunes en nuestra sociedad (los hemos analizado aquí, aquí, aquí, aquí, aquí o aquí).

domingo, 7 de noviembre de 2021

Paseo mañanero: entre el disfrute y la indignación

Paseo mañanero por la zona de Zamaia. Saliendo del camino más conocido y trepando entre las peñas se consigue una sensación de caminar por una montaña mucho más salvaje de lo que en realidad es esta zona tan humanizada.
 
 

 



Desgraciadamente, están abriendo una nueva pista en la zona. Con la que está cayendo, con la emergencia climática que afrontamos, con la necesidad de proteger los escasos espacios naturales que nos van quedando... Una pista más, en una zona en la que ya hay más que suficientes. Si de verdad es preciso para, supongo, sostener las actividades ganaderas, ¿por qué no arreglar las pistas que ya existen, en lugar de abrir una nueva herida en la montaña? En los próximos meses todo esto se llenará de bicis, motos y todo terrenos. No lo puedo entender.