jueves, 12 de noviembre de 2015

Palabras mayores

Palabras mayores
Emilio Gancedo es un joven periodista leonés autor de un libro titulado Palabras mayores: un viaje por la memoria rural en el que, pasando por Ourense, Asturias, Palencia, León, La Rioja, Bizkaia, Huesca, Navarra, Valencia, Murcia o Badajoz, nos guía por la España rural que aún hoy persiste y se empeña por sobrevivir. En sus páginas mujeres y hombres de carne y hueso, con nombre y apellidos, nos van contando historias de necesidad, de emigración, de guerra, de trabajo duro, pero también de superación, de solidaridad, de conexión con la tierra, de identidad, de sabiduría popular. De pesares y de penas, pero también de alegrías, de fiestas, de canciones.
A través de sus palabras, quienes hayan nacido más tarde y vivido en sociedades ya casi plenamente urbanizadas podrán asomarse y casi sentir unos modos de vida que ya son historia, pero que están en la base profunda de nuestra sociedad actual y que no deberíamos olvidar. Por su parte, quienes por su edad aún hayan conocido personalmente ese mundo que tan bien describe Emilio Gancedo se sentirán, seguro, agradecidos de que se haga memoria del mismo, de que sus experiencias, tanto en lo que tuvieron de malo como de bueno, no caigan en el olvido.
Hubo un tiempo, no hace tanto, en que la península ibérica estuvo unida, más allá de sus divisiones políticas y administrativas, por una forma de vida que era muy similar en todos los lugares; igualada por los ritmos de una naturaleza igual para todos; vinculada por unos ríos de los que todos bebían o de cuyas aguas todos regaban; cosida por una red de caminos por los que circulaba el ganado, el trabajo temporero o las mercancías. El mismo sol hacía crecer o agostaba las cosechas; la misma lluvia regaba o anegaba los campos; las mismas estaciones marcaban el calendario de las labores, las fiestas y los reposos.   
“Todo pueblo tiene en sus caminos un recodo en el que se deja ver por última vez”, escribe Gancedo. Su libro tiene mucho de esto, de recodo desde el cual mirar un mundo rural que, en muchas cosas para bien pero en otras muchas para mal, hemos dejado atrás. Sin mitificarlo, porque era una vida no sólo sacrificada y dura sino también injusta, pero no sería bueno que, como sociedad, dobláramos definitivamente ese recodo de nuestro camino y perdiéramos para siempre de vista a nuestro pasado rural.
El libro esta publicado en marzo de 2015 por la editorial logroñesa Pepitas de Calabaza. Merece la pena. De verdad.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

La memoria de las víctimas

1. ¿Por qué hacemos memoria de las víctimas? O mejor: ¿de qué víctimas hacemos memoria?
En mi reflexión me distancio del tratamiento administrativo de las víctimas y de sus consecuencias, pues creo que este tratamiento, este gobierno de las víctimas, genera unas importantes distorsiones.
La primera y fundamental: la construcción de una categoría jurídico-política (la víctima) convertida en deseada etiqueta por parte de cualquiera que se sienta injustamente tratado, ya que es la única (o la mejor) vía de acceso al reconocimiento institucional y a la reparación (moral y en ocasiones económica). Acabamos de verlo recientemente con el caso de las personas afectadas por la talidomida: “Los daños están a la vista, es evidente”, proclamaba una de ellas mostrando a la cámara sus brazos atrofiados.
çTambién me distancio del uso del concepto víctima para referirse a las roturas y descosidos que en nuestra existencia provocan fenómenos impersonales o azarosos.
Otra cosa es que, de nuevo, la potentísima perspectiva administrativa nos obligue a conjugar el término: sí, de acuerdo, el coche se salió de la carretera en una curva por exceso de velocidad, pero ¿qué hacía ese enorme bloque de cemento junto a la carretera, contra el que se estrelló y que probablemente agravó las consecuencias del accidente? ¿no es responsabilidad de la administración velar porque tales obstáculos no supongan una amenaza añadida a los conductores? De nuevo la administración de la vida social nos obliga a pensarnos como víctimas.
Es evidente que los seres humanos somos, como define MacIntyre, vulnerables y dependientes. Y que por ello estamos sometidos en muchas ocasiones a lo largo de nuestra vida a situaciones de maltrato, de angustia, de miedo, de abandono, o que vivimos como tales. Por eso, si basta con el sufrimiento para ser víctima, la categoría de víctima pierde toda capacidad explicativa para convertirse en la condición “natural” de todo ser humano en ciertos momentos de su vida. Y si eso es así, si la condición de víctima se democratiza y universaliza hasta el extremo de poder afirmar que todas y todos somos víctimas, es bastante lógico que la consecuencia práctica sea la necesidad de jerarquizar (yo soy más víctima que tu porque mi sufrimiento es mayor o peor que el tuyo) o de adjetivar (para diferenciar, pero en última instancia también para jerarquizar) a las víctimas.
De nuevo, todo esto es consecuencia de la administración de las víctimas: si ser definidos como víctima por las instituciones no tuviese efectos, seguramente acabaríamos por dejar de competir por esa etiqueta.
 
2. No hay memoria en la que puedan caber todas las memorias: ni siquiera si nos reducimos a la de las víctimas de ETA, de la guerra sucia y de la violencia policial.
Yo creo que, en adelante, cuando repensemos el próximo día de la memoria deberíamos hacerlo después de profundizar en las reflexiones de Bauman sobre la víctima categorial. Las víctimas del terrorismo se caracterizan por haber sido exterminadas. Como señala Lindqvist, "exterminio" significa poner al otro lado de la frontera, terminus. Las víctimas del terrorismo son, desde esta perspectiva, personas que, porque están de sobra, deben ser puestas más allá -ex terminus- de la frontera moral que define el Nosotros que los terroristas pretendían construir. Las víctimas constituyen una comunidad (pues son individuos, pero no hay “nada personal” en su catástrofe: son colectivo) caracterizada por el hecho de que todas ellas han sido asesinadas o malheridas tras haber sido previamente definidas como población sobrante. Son el residuo rechazado del Nosotros soñado, la comunidad expulsada del proyecto de comunidad imaginada.
Aunque en un sentido fuerte de filosofía moral muchos de los sufrimientos que unos seres humanos provocan a otros tienen que ver con un movimiento de expulsión del círculo moral, del espacio de reconocimiento que constituye el Nosotros, la inmensa mayoría de las situaciones de maltrato, sufrimiento, no suponen una expulsión del espacio de la ciudadanía. Son injusticias, sufrimientos, violaciones de derechos que ocurren en él. En sus zonas oscuras, en sus periferias, o en sus centros: violencia en el seno de la familia, en el trabajo, en las prisiones, en las comisarías… Son violentaciones cuyo reconocimiento y reconstrucción como ser humano completo no exige una transformación de la estructura de la sociedad. Son mutilaciones parciales (sin quitar un ápice de importancia a las mismas) de la condición ciudadana.
No es así en el caso de las víctimas categoriales. Es imposible reconocerlas sin afrontar una reconstrucción en profundidad de la sociedad, justamente para que puedan tener cabida aquellas que habían sido expulsadas.
En nuestra sociedad, no sólo las víctimas de ETA pueden y deben ser reconocidas como víctimas categoriales. Estoy convencido de que la violencia contra la mujer –las violencias contra la mujer, pues son muchas- también tiene esa dimensión categorial; lo mismo que las violencias relacionadas con situaciones de refugio y migración. La “categorialidad” en el caso de las víctimas de violencia terrorista y de las fronteras que pretenden frenar la migración tiene que ver con la modernidad estatocéntrica; y en el, caso de la violencia contra la mujer, con una modernidad patriarcal.
La pregunta del millón: ¿cómo reintegrar en la comunidad aquellas víctimas que fueron expulsadas de la misma, sin modificar radicalmente los fundamentos de esa misma comunidad? “Este Gobierno está trabajando para buscar fórmulas de consenso de todas las fuerzas políticas para que todos podamos sentirnos cómodos en un reconocimiento a todas las víctimas”, declaró hace unos años una relevante autoridad política vasca. Pero las víctimas no se contienen ni en la comodidad ni en la sacralidad.
 
3. Entonces, ¿qué hacer? Tal vez ante la víctima sólo quepa la actitud de Rudolph Otto ante lo santo: temor y temblor. Dar la palabra a la víctima es dejar la nuestra en suspenso. Buscar eso que el dramaturgo bilbaíno Ignacio Amestoy llama la anagnórisis: “el reconocimiento de la culpa, y en los espectadores la catarsis, la reflexión y hasta la purificación”. Sabiendo que el proceso será duro, y que afrontarlo no nos permitirá salir indemnes. A nadie.
En mayo de 1980 un grupo de destacados intelectuales vascos hizo público un valiente manifiesto en el que denunciaban "la violencia que nace y anida entre nosotros, porque es la única que puede convertirnos, de verdad, en verdugos desalmados, en cómplices cobardes o en encubridores serviles". Xabier Lete fue uno de los firmantes de aquel temprano y valiente manifiesto. Nadie podría acusarle de connivencia o de indiferencia con el terrorismo. Sin embargo, en su último poemario Egunsentiaren esku izoztuak -"Las ateridas manos del alba", en su traducción castellana- Lete dedica un poema a Imanol Larzabal, fallecido en Orihuela en 2004, en el que dice así:
Era una tarde de junio
plena de luminosa paz y sosiego era una tarde de junio
había una emoción inefable en el aire, y en el rostro de tus amigos un dolor mudo 
cuando te despedimos, allí donde las personas miran de soslayo al mar,
una culpa que impide sanar las heridas de un error, quisiéramos ofrecerte un último aplauso
en su humildad, la flor de un verso sentido, o tal vez pedirte perdón
por haberte dejado tantas veces solo, te habías marchado a un sombrío páramo
libre de la crueldad humana, posteriormente no hemos sabido de ti pero en el lugar que estés 
infinito, oculto y protegido, apiádate de nosotros,
los carentes de la piedad que hubieras requerido.
"Apiádate de nosotros, los carentes de la piedad que hubieras requerido". No estamos hablando de culpa penal, sino de responsabilidad moral. Que nadie puede imputar a nadie, pues nace (o no) de cada cual. Xabier Lete, firmante de aquel manifiesto de 1980, a pesar de todo se sintió responsable de no haber acompañado suficientemente a quien fuera una víctima de ETA. Hablamos de falta de piedad.
¿Para qué hacemos memoria de las víctimas? ¿Para recordar qué? ¿Para olvidar qué? ¿Para recordarlas (lo que fueron) o para recordarnos (lo que fuimos)?
No hay día en el que pueda caber toda la memoria de todo el sufrimiento causado por el terrorismo en Euskadi. Es imposible: 364 días de muerte y dolor no caben en un solo día; y eso, además, durante cuarenta años…

sábado, 7 de noviembre de 2015

Más lecturas (hasta tener algo que decir que merezca la pena)

Aunque la profesión, la vocación y la responsabilidad no me lo permiten, cada vez me cuesta más escribir o hablar sobre "mis cosas" y, por el contrario, son las cosas que cuentan y escriben otras personas las que más interesantes me parecen. Sobre todo las que escriben, que quienes me conocen saben bien de mi abierta preferencia por el papel impreso frente a la expresión oral.
Desde que publiqué aquí mi anteúltimo comentario -el último no fue más que un desahogo- me ha tocado, además de las clases en la universidad, publicar diversos trabajos relacionados con la cosa de la Sociología (que suelo recoger aquí, más que en este blog, para no mezclar ámbitos), así como participar en algún congreso y en varios seminarios.
Pero lo que más a gusto he hecho es leer, leer y leer.


Terminaba mi ante-anterior post anunciando mi voluntad de sumergirme en la última novela de Stephen King, Revival. Aunque siempre ha sido un excelente cronista de la vida cotidiana en la Norteamérica más tradicional, en algunas sus últimas novelas King ha depurado hasta la perfección su vocación de cronista de una sociedad y un estilo de vida característicos de la América profunda, de esa que se mantiene en las poblaciones más rurales, más pequeñas, alejadas de las grandes ciudades. Destaca, en este sentido, su anterior novela Joyland.
Revival no es una historia "de miedo": no hay vampiros, ni monstruos, ni asesinos en serie; sus protagonistas son, todos y todas, seres humanos con vidas rotas, frágiles y dolientes. Se lee a gusto, mantiene la atención hasta un final de tonos lovecraftianos que me ha llevado a visualizar no los horrores cósmicos que King pretende evocar, sino los horrores reales, terrenos y actuales, representados en las terribles imágenes de las columnas de refugiados sirios deambulando por las carreteras de Eslovenia:

"Se hallaba en medio de un paisaje yermo. Yermo, pero no vacío. Por este paraje avanzaba penosamente una columna ancha y en apariencia interminable de seres humanos desnudos, con la cabeza gacha, a trompicones. Esta procesión pesadillesca llegaba hasta el horizonte lejano. Acuciaban a los humanos unas criaturas semejantes a hormigas, en su mayoría negras, algunas del color rojo oscuro de la sangre venosa. Cuando los humanos caían, los seres hormigas se abalanzaban sobre ellos, para morderlos y golpearlos hasta que volvían a ponerse en pie. Vi hombres jóvenes y mujeres viejas. Vi adolescentes con bebés en los brazos. Vi niños que intentaban ayudarse mutuamente a seguir. Y en todos sus rostros se dibujaba la misma expresión de horror e incomprensión".


http://elcomercio.pe/mundo/europa/refugiados-marcha-verguenza-eslovenia-noticia-1849740 

Con los ojos cerrados, de Gianrico Carofiglio, es uno de esos libros que suelo comprar en librerías de ocasión, a un precio muy reducido. Muy bien escrito, con unos personajes razonablemente creíbles (unos, como el abogado protagonista, más que otros, como la monja sor Claudia) y una historia que nos sumerge en un oscuro caso de violencia de género. En la librería en la que compré este libro no tenían el anterior, primero de la serie del abogado Guerrieri, pero sí el siguiente, tercer caso publicado en España. También lo compré y ahora espera a que le toque el turno. A ver.

La tercera novela leída en estas últimas semanas es muy distinta de las dos anteriores. Se trata de Meursault, caso revisado, del escritor argelino Kamel Daoud. Presentada como una relectura de El extranjero desde el punto de vista árabe, es la historia de un hermano que reivindica a aquella víctima anónima de un asesinato célebre:
"Yo, que esperaba encontrar en esa historia las últimas palabras de mi hermano, la descripción de su exhalación, sus réplicas frente al asesino, sus huellas y su rostro, no leí más que dos líneas sobre un árabe. La palabra 'árabe' aparece veinticinco veces y no se menciona su nombre ni siquiera una vez. [...] Estaba todo, salvo lo esencial: ¡el nombre de Moussa! En ningún sitio. Conté y volví a contar, la palabra árabe aparecía veinticinco veces, pero ni un solo nombre, de ninguno de nosotros".

Es también la historia de otra muerte (esta vez de una víctima con nombre) originada en aquel asesinato ocurrido veinte años antes, y de otras muchas muertes ocurridas en una Argelia convertida en campo de batalla:
"El francés había sido eliminado con la misma meticulosidad empleada con el árabe en la playa veinte años después. Joseph era francés, y los franceses morían por doquier en aquella época en el país, lo mismo que los árabes antiguamente. Siete años de guerra de Liberación habían transformado  la playa de tu Mersault en un campo de batalla".

Y de la diferencia entre asesinar como un acto privado o matar en el contexto de una guerra de liberación:
"'¡Tenías que haber matado al francés con nosotros, durante la guerra, no esta semana!'. Respondí que eso no cambiaba gran cosa. Estupefacto, sin duda, se quedo callado antes de proferir: '¡Eso lo cambia todo!'. Tenía una mirada maliciosa. Le pregunté que era lo que cambiaba. Se puso a mascullar que había una diferencia entre matar y luchar en la guerra, que no éramos asesinos sino liberadores, que nadie me había ordenado matar al francés y que había que haberlo hecho antes. '¿Antes de qué?', pregunté. '¡Antes del 5 de julio! ¡Sí, antes, no después, diantres!'".

Excelente.


Y después de la ficción, pasamos al ensayo.

Empiezo por La ciudad de las desapariciones, de Ian Sinclair. A ratos crónica crítica de la sociología cotidiana de la época thatcherita, desde las barradas obreras desestructuradas -brillante su interpretación del pitbull, icono macarrero, como una "picha con dientes"- hasta la City codiciosa y obsesiva -"Entran temprano y beben hasta tarde. Hay que ser capaz de desayunar antes que el enemigo. La noche ha sido abolida"-, es sobre todo una personalísima crónica de la transformación urbana sufrida por Londres como consecuencia de la "asociación íntima entre promotores inmobiliarios y gobierno". Encontramos aquí las mejores páginas del libro, en las que descubrimos a un extraordinario analista urbano, que denuncia a ritmo de punk la imparable mercantilización de su ciudad:
"El paisaje urbano de cualquier distrito situado en el interior de la nube de polvo del Parque Olímpico ha sido devastado con una impaciencia contrarreloj que no tiene parangón en Londres desde los inicios de la época del ferrocarril. Toda decencia cívica, todo apego sentimental, ha sido descartado en pos de ese objetivo estratégico primario, la gran detonación del disparo de salida. [...] El doctor Frankenstein, con un programa de Google Earth y un escalpelo láser".

Carlos Taibo continua en ¿Tomar el poder o construir la sociedad desde abajo? Un manual para asaltar los infiernos con su proyecto de teorizar e impulsar un proyecto autogestionario para la ruptura con el sistema capitalista. Excelentemente bien escrito -Taibo es la persona con más capacidad y claridad expositiva que conozco-, así como con su particular pugna con Podemos, sobre quienes hace consideraciones como esta: "Tampoco puede sorprender que, con estas herramientas, la irrupción de Podemos sea una de las causas mayores, bien que no única, de la desmovilización social y laboral a la que asistimos. No podía ser de otra manera [por] cuanto que muchos de los simpatizantes del nuevo partido son, sin más, activistas de Facebook, acostumbrados a pulsar el 'me gusta' y el 'compartir'".
Más allá de estas polémicas, que personalmente me parecen más cansinas que útiles, aunque comparta el diagnóstico del libro relativo a la insostenibilidad ("corrosión terminal") del capitalismo, me preocupa sobremanera que, como escribe Terry Eagleton en Por qué Marx tenía razón, el rechazo "de cualquier trato con las herramientas ya comprometidas del presente: la reforma social, los sindicatos, los partidos políticos, la democracia parlamentaria, etc. [termine] por ser tan impoluto como impotente".
En todo caso, hay que agradecer a Carlos Taibo el esfuerzo que viene haciendo por construir con rigor teórico un proyecto anarquista para nuestro aquí y nuestro ahora.

Tumulto es el último libro del ensayista Hans Magnus Enzensberger, auténtico clásico vivo. Una mirada sumamente crítica a los movimientos políticos de los años Sesenta y Setenta, años en los que el propio Enzensberger conoció de primera mano la URSS de Jruschov, viajó a Cuba y Camboya y, por supuesto, vivió el 68 alemán. Podría leerse como continuación del debate planteado a partir del libro de anterior:
"Cualquiera que sepa maniobrar una barca de remos o haya efectuado un disparo aunque sea una sola vez, así como todo colegial de primaria al que atormentan con el paralelogramo de fuerzas, sabe que el manejo de más de una variable tiene sus intríngulis [...]. En todas las realidades sociales el número de variables es con creces superior [...] La dificultad es tanto mayor cuanto más poderosas son las fuerzas contrarias.
Esto sólo lo ignoran los movimientos que en los países capitalistas se proponen un  cambio revolucionario. Con bella inocencia marcan su objetivo y enfilan derecho al mismo [...].
La ceguera ante las más elementales reglas básicas de la mecánica política es, al igual que la fe milagrera en las doctrinas ideológicas, indicio del carácter cuasireligioso de un movimiento que tiene algún paralelo en el primer socialismo del siglo XIX".

Nada mejor para introducirse en algunos de los aspectos más cotidianos de esa mecánica política que el libro Aragón es nuestro Ohio. Así votan los españoles, escrito por el equipo de sociólogos y politólogos que conforman el grupo Piedras de Papel. Por qué vamos a votar; cuándo y cómo decidimos nuestro voto; la influencia de nuestro entorno; qué votan parados, jóvenes, mujeres, personas religiosas, ricos o pobres; quiénes son los abstencionistas; qué consecuencias electorales tiene la corrupción; cómo influye el sistema electoral sobre los resultados de las elecciones; qué podemos pensar de los sondeos  preelectorales... En fin: todo lo que siempre quiso saber sobre las elecciones pero no se atrevía a preguntar... o no encontraba respuestas satisfactorias. Muy recomendable.

Compré hace ya tiempo el libro Ellas solas. Un mundo sin hombres tras la Gran Guerra, de Virginia Nicholson, en la Librería París-Valencia de la calle Navelos. Estaba baratísmo y me lo lleve junto con algunos otros títulos de la editorial Turner. Analiza en profundidad el profundo cambio que se empezó a producir en el mundo de la mujer británica a partir de la Primera Guerra Mundial, y en buena parte como consecuencia imprevista del conflicto:
"La guerra y el sufragio cambiaron la naturaleza de las ambiciones femeninas y aportaron una complejidad y una diversidad nuevas. Aún se pensaba que el matrimonio era una vía de realización personal, pero la imagen de la boda, que antes estaba grabada en la conciencia de las mujeres como la solución a todo, empezaba a desvanecerse e iba siendo sustituida por otro tipo de sueños".
La muerte de 750.000 soldados británicos convirtió a toda una generación de mujeres, alrededor de un millón setecientas mil, en "las mujeres del excedente", imposibilitadas de cumplir con el objetivo del matrimonio, condenadas a la soltería en una sociedad patriarcal para la que la tal hecho se consideraba un fracaso. Tanto que durante la guerra se publicaban anuncios como este: "Mujer, novio muerto, se ofrece para matrimonio con oficial ciego o totalmente mutilado en la guerra". Como señala la autora del libro: "No había otros requisitos previos, como tener sentido del humor o ser divertido. Esta dama no se sentía orgullosa: había perdido a la única persona a la que amaba, y antes que morir solterona, prefería casarse con alguien que la necesitara".
Documentar este durísimo proceso de cambio social es el gran mérito de este libro.

Heredera de esas mujeres que rompieron todos los moldes sociales que querían someterlas es Arundhati Roy. Su famosísima novela, El dios de las pequeñas cosas, no me enganchó, pero su faceta como ensayista me parece muy destacable. Espectros del capitalismo es una inteligente y valiente crítica de las desastrosas consecuencias que el capitalismo tiene sobre las vidas de las personas más vulnerables de la India, y sobre el conjunto del sistema social y político de ese país:
"A medida que el Borbotón hacia arriba concentra la riqueza en la cabeza de un reluciente alfiler sobre la cual hacen cabriolas nuestros multimillonarios, oleadas de dinero embisten contra las instituciones de la democracia -los tribunales de justicia y el Parlamento, al igual que contra los medios-, con lo que se pone seriamente en peligro su capacidad para cumplir las funciones que debían desempeñar".

Y el último libro por hoy: Despertad al diplodocus, de José Antonio Marina. Como seguramente volveré a este libro más adelante, ya que va a ser uno de los más discutidos en los próximos meses, en este momento sólo mostraré mi decepción por la ausencia de cualquier atisbo de análisis estructural del sistema socioeducativo, lo que hace que en demasiados momentos el análisis que pretende hacer Marina se extravíe por los derroteros del voluntarismo o de la individualización. A modo de ejemplo:
"Los últimos estudios realizados por instituciones estadounidenses establecen una relación directa y negativa entre el número de horas que los estudiantes están expuestos a cinco pantallas (televisor, móvil, tableta, ordenador y consola) y sus calificaciones escolares. Pero antes o después encontraremos el modo de aprovechar mejor las nuevas tecnologías en el aula. Por ejemplo, nos van a permitir personalizar los procesos de aprendizaje, de tal manera que cada alumno podrá tener una adaptación del currículo general a sus peculiares características e intereses".

domingo, 18 de octubre de 2015

El arzobispo y el escándalo

Regresando ayer en tren desde Barcelona, alternando lecturas durante las seis horas y media que dura el viaje, di con este párrafo en la novela de Donna Leon Las joyas del Paraíso
Están borrachos de poder, esos hombres que hay en lo más alto. Por favor, no me digas que ya me avisaste. No es la fe más básica lo que me da problemas, porque aún creo en todo: en que Él vivió y murió para que nosotros pudiéramos ser mejores y todo -sea lo que sea ese todo- fuese mejor. Pero no con estos payasos al mando, estos necios que dejaron de pensar hace cien años (hoy me siento generosa y por eso he eliminado un cero de la cifra).
Quien así habla es Cristina, una inteligente mujer veneciana, monja y profesora universitaria.

Lo que escribe Leon podría aplicarse perfectamente a las terribles declaraciones del arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares: "¿Esta invasión de emigrantes es todo trigo limpio? ¿Cómo quedará Europa dentro de unos años con la que viene ahora? No se puede jugar con la historia ni con la identidad de los pueblos”
El mismo Cañizares que en 2006 juró bandera en la Academia de Infantería de Toledo.
Clarisimamente, un patriota: que tiene tan claras sus fronteras políticas como confusas sus fronteras morales.



Antes que él ya lo hicieron el entonces cardenal arzobispo de Toledo y primado de España, Francisco Álvarez, y su antecesor en el cargo, Marcelo González Martín. Debe ser lo que se espera del cargo. Si esto lo llegan a hacer -con la senyera- los obispos catalanes.Me parece impresentable.
En su momento publiqué una columna de opinión al respecto en EL PAÍS

 

Tres días después de sus escandalosas declaraciones, a través de un comunicado se ha medio retractado, aunque lo que más claramente ha hecho es denunciar que se siente víctima de un linchamiento y que sus palabras se han manipulado. Pero no, no se han manipulado. Miente, luego no se arrepiente.
¿Linchamiento, dice? Él conoce mejor que yo lo que tres de los cuatro Evangelios (Mateo 18, 6-9; Marcos 9, 42-48; Lucas 17, 1-2) señalan para quienes escandalizan a la gente sencilla (no sólo a los niños) y creyente. Lo de la piedra de molino en el cuello, sí.

domingo, 11 de octubre de 2015

Capitalismo canalla, cárteles de la droga, independencia de espíritu, identidades, populismos y libertad

Hoy toca dar cuenta, breve cuenta, de algunas lecturas que pueden ser de interés para quienes acostumbran a asomarse a este blog. Desde que ha descubierto las gafas de lectura que venden en las librerías, al librívoro se le acumulan las lecturas hechas y, sobre todo, las por hacer. Son lecturas muy diversas. Allá van.


Empezamos con Capitalismo canalla, de César Rendueles (Seix Barral, 2015). Como el propio autor señala, se trata de "una historia personal del capitalismo a través de algunos textos literarios muy heterogéneos". Y así, a lo largo del libro autoras y autores tan diversos como Georges Perec (con su distopía W o el recuerdo de infancia), Frederick Pohl (Mercaderes del espacio), Mary Shelley (Frankenstein), Daniel Defoe (Robinson Crusoe), Heinrich Von Kleist (Michael Kohlaas),  Sue Towsend (El diario secreto de Adrian Mole), Andréi Platónov (Chevengur), Miguel Delibes (El disputado voto del Señor Cayo), Rudyard Kipling (El libro de las tierras vírgenes), Doris Lessing (Diario de una buena vecina), Joseph Conrad (El corazón de las tinieblas), Jack Kerouac (En el camino) o Fiódor Dostoievski (con varias de sus grandes obras), entre otros muchos, le sirven a Rendueles para reflexionar sobre la ruptura del contrato social de posguerra, las revueltas del 68, la cooperación y el cuidado, el libre mercado, la guerra o el trabajo asalariado.
Excelentemente bien escrito, mezclando sabiamente la interpretación literaria, el análisis político y la anécdota autobiográfica, su objetivo es fortalecer nuestra imaginación emancipatoria contra el virus del "no-hay-alternativismo", convencido de que la buena literatura contribuye a construir marcos narrativos performadores de un futuro distinto y mejor:
Las críticas teóricas sofisticadas que nos explican con exactitud las estructuras sociales que subyacen a la la economía de casino y la cleptocracia son insustituibles. Pero resultan inútiles si no nos libramos, además, de esta siniestra docilidad que nos paraliza, si la posibilidad de la emancipación política no se trasluce en nuestros gestos cotidianos, un poco como nos viene a los labios a trompicones un verso aprendido en la infancia mientras nos lavamos los dientes. Y para ello, como sugería Sacks, es legítimo usar las experiencias ficticias como materia prima de la imaginación política desde la que proyectar el futuro que queremos.

El segundo libro es la impresionante novela de Don Winslow El cártel (RBA, 2015), continuación (y culminación) de su no menos impresionante El poder del perro (Random House Mondadoria, 2009). El agente de la DEA, Art Keller, vuelve a perseguir al gran capo de la droga Adán Barrera, trasunto tal vez del Chapo Guzmán. La mayor diferencia de esta novela respecto de su antecesora está en el explícito compromiso (construido desde la admiración, el amor y el dolor) del autor para con las mexicanas y mexicanos de a pie que desde un periódico local, desde una alcaldía o desde una asociación de mujeres plantan cara tanto al narcoterrorismo como al terrorismo de Estado que rompe sus ciudades, sus familias y sus vidas. "Esto no es una Guerra contra la Droga", escribe. "Esto es una guerra contra los pobres. Esto es una guerra contra los pobres y los desposeídos, los sin voz y los invisibles, que no dudaríais en apartar de vuestras calles como la basura que revolotea alrededor de vuestros tobillos y os ensucia los zapatos".
Winslow describe un México que se nos hace invivible por la violencia extrema y la corrupción institucionalizada; pero también una sociedad civil activa, sobre la que descansa la esperanza de otro México posible. A modo de ejemplo, Winslow describe así las manifestaciones de 2006 contra la controvertida elección como presidente de la república del conservador Felipe Calderón:

¿Cuándo fue la última vez, si es que ha ocurrido en alguna ocasión, que medio millón de estadounidenses se congregaron para luchar por la democracia? No sabe si las acusaciones de fraude electoral son ciertas o no, pero está impresionado -o más bien conmovido- porque haya tanta gente a quien le preocupa, porque signifique algo para ellos. Ha visto un robo electoral en Estados Unidos en el que apenas se oyó alguna queja. [...]
"Dos millones y medio de personas", piensa Keller mientras camina junto a Marisol, que canta con la multitud. La Marcha sobre Washington de Martin Luther King congregó a unas doscientas cincuenta mil: a una protesta contra la guerra de Vietnam en 1969 asistían unas seiscientas mil.
Aunque intenta resistirse, a Keller le resulta cautivador. "Quien diga que a los mexicanos no les interesa la democracia debería estar aquí hoy", piensa cuando los manifestantes pasan junto a los monumentos a los Niños Héroes y al Ángel de la Independencia, la embajada de Estados Unidos y la Bolsa de Valores.

Y de una guerra a otra. El tercer libro es Más allá de la contienda, de Romain Rolland (Nórdica y Capitán Swing, 2014). Publicado en 1914, se trata de un vibrante alegato no ya contra la guerra en marcha, sino contra su glorificación, especialmente contra el papel que en su justificación jugaban los intelectuales y pensadores de los países en liza. Sus reflexiones son tan atinadas y necesarias hoy como ayer:

Un gran pueblo asaltado por la guerra no debe defender únicamente sus fronteras, sino también su razón. hay que salvarla de las alucinaciones, de las injusticias y de las estupideces desencadenadas por esta plaga. A cada cual su oficio: el de los ejércitos es proteger el suelo de la patria, pero el de los hombres de pensamiento es, como su nombre indica, defender su pensamiento. No cabe duda de que si el pensamiento se pone al servicio de las pasiones nacionales puede convertirse en un instrumento útil para ellas, pero también se corre el riesgo de traicionar al espíritu, que no es una parte menos importante del patrimonio de dicho pueblo.

Dadle a un intelectual un ideal y una mala pasión cualquiera, y siempre encontrará la forma de combinarlos. [...] Un intelectual hábil es un prestidigitador del pensamiento... Nada por aquí, nada por allá!... Lo glorioso es hacer de una idea su contraria, del Sermón de la Montaña la guerra entre los hombres o, como el profesor Ostwald, del sueño de un internacionalismo intelectual la dictadura militar del káiser. Para estos Houdinis, no es más que un juego de niños.

¡Qué débil es la resistencia del pensamiento crítico cuando suenan las trompetas de la nación! Cuánta admiración siento -precisamente por ser ejemplo de lo contrario, por ser un moderno "rollandiano"- por el escritor israelí Amos Oz. Hoy se publica una entrevista con el corresponsal de Vocento, Mikel Ayestarán: Yo no no creo en los lugares sagrados, en las piedras... Me indigna la gente capaz de matar por unas piedras. De verdad, no me importaría que se llevaran todos los lugares santos a Escandinavia durante cien años y después, cuando la gente se relaje, que los traigan de vuelta.

Un libro más: Identidades, una bomba de relojería, del sociólogo Jean-Claude Kaufmann (Ariel, 2015). Las identidades como fenómeno característicamente moderno. En las sociedades tradicionales las distintas adscripciones o pertenencias que nos constituyen como seres humanos encuentran equilibrio en el seno de una comunidad que las armoniza; no hay "problemas de identidad":
En la sociedad holista, los individuos están atrapados en marcos colectivos, muy a menudo religiosos, que les dan respuestas comunes. Hoy en día, por el contrario, el individuo mismo es el que elige, en todos los dominios, entre mil productos, mil ideas, mil maneras de hacer, mil principios morales o mil personas. cada elección que hace, hasta la más minúscula, debe inscribirla paralelamente en un universo de sentido evidente, de propensión totalizadora.
Pero  en las sociedades moderrnas, en buena medida como consecuencia de la "identidad administrativa" como elemento de control, debemos "fabricar, a cada instante, una totalidad significativa". Tarea nada sencilla, especialmente para quienes se encuentran en posiciones sociales precarias o vulnerables:
Las personas cuya posición social garantiza un cierto reconocimiento, y que están inscritas en redes múltiples y diversificadas, tienen la posibilidad de jugar con sus distintas facetas identitarias. A aquellas, por el contrario, que se sienten más bien a la defensiva, amenazadas de estigmatización o más sencillamente de una pérdida de estima de sí mismas, las acecha el riesgo de un repliegue en los capullos protectores que las separan del resto del mundo otorgándoles una respuesta, evidente y única, a las preguntas de la vida, encerrándose en unas totalidades significativas que les fijan una identidad, tan indiscutible como una creencia religiosa.

Por estos espacios circula también el quinto libro: Populismos. Una defensa de lo indefendible, de Chantal Delsol (Ariel, 2015). Una aproximación a los actuales populismos como expresión de la oposición, característica de la Ilustración, entre "el pensamiento del arraigo y el pensamiento de la emancipación". Característico de las élites el primero, más propio de la gente corriente el segundo, la autora considera que "si es verdad que los humanos tienen a la vez necesidad de arraigo y de emancipación, toda democracia bien ordenada debería educar al pueblo en la emancipación y a las élites en el arraigo, llevando a cada uno lo que le falta".

Y termino con El alma de las marionetas. Un breve estudio sobre el ser humano, de John Gray (Sexto Piso, 2015). Liberal escéptico ante las ilusiones del perfeccionismo, Gray reivindica una libertad institucionalmente situada, consciente de los irreformables "defectos del animal humano":
El racionalismo moderno reincorpora el error central del cristianismo: la afirmación de que ha revelado la vida buena para toda la humanidad. [...] A medida que el cristianismo ha declinado, la intolerancia que legó al mundo se ha vuelto más destructiva. Desde el imperialismo hasta el comunismo y las incesantes guerras desatadas en pro de la democracia y los derechos humanos, se han promovido las formas más bárbaras de violencia como medio para alcanzar una civilización superior.

Ahora que lo pienso, son todos libros bastante incómodos, que remueven convicciones y plantean preguntas. Al menos a mí.
Tal vez por eso ahora me estoy dedicando al último de Stephen King, Revival. Necesito compensar un poco el exceso de realidad que en los últimos días me he metido en la retina.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Mankell



El domingo pasado, ya por la noche, terminaba de leer el último libro de Henning Mankell: Arenas movedizas, publicado, como toda su obra en España, por Tusquets. Leo en su página web un comentario fechado el día 5 en que se dice que Mankell murió "in his sleep early this morning in Göteborg". Murió mientras dormía. Y tengo la profunda impresión de que mientras yo me acercaba al final de su libro, Mankell se aproximaba al final de su vida. Lo cual me vincula muy especialmente al libro y a su autor, al que ya admiraba desde hace mucho tiempo.

Aunque el cáncer está muy presente en esta obra, en realidad el libro no trata de la muerte o de la enfermedad, sino de la vida, de la humanidad, de la esperanza. Y así, he subrayado multitud de fragmentos, como estos:

  • Tenemos que procurar siempre que la esperanza sea más fuerte que la desesperanza. Sin esperanza no hay, en el fondo, supervivencia.
  • Siempre me reafirmaba en la idea de que el ser humano es un ser narrante. Más Homo narrans  que Homo sapiens. En los relatos de los otros nos vemos a nosotros mismos.
  • Todas las revueltas o revoluciones tratan de que los últimos de una sociedad exigen el derecho al deseo y la alegría de vivir.
  • Uno de los pilares de nuestra civilización es la disposición y la voluntad de, motu propio, embarcarse en un bote de salvamento. [Hoy] sigue habiendo voluntarios que dan su vida en diversos contextos.
Las arenas movedizas que dan título al libro son, como explica en el capítulo 4, el símbolo de ese diagnóstico de cáncer que recibió a principios de 2014 como una catástrofe, que al principio tuvo el efecto de paralizarlo completamente, de engullirlo, de sepultarlo, pero de las que pronto consiguió liberarse. Por eso, aunque el cáncer siempre está presente, el libro es en realidad un canto a la vida, a la amistad, al amor, a la memoria.

Mankell pasaba desde hace muchos tiempo la mitad del año en Europa y la otra mitad en África, en Maputo, la capital de Mozambique, donde era desde finales de los Ochenta director artístico del Teatro Avenida. Viviendo, como él mismo decía, "with one foot in the snow and one foot in the sand", con un pie en la nieve y otro en la arena. Su enorme capacidad para conectar culturas, geografías, experiencias y, en definitivas, personas, nace seguramente de esta condición mestiza de afroeuropeo o eurofricano. Recupero aquí lo que respondía en una entrevista en 2013:

Hace una década empecé a utilizar Lampedusa como un símbolo de los problemas de Europa. ¿Cuál es su capital? ¿Londres? ¿París? ¿Bruselas? No, es Lampedusa porque en ella se decide cómo encaramos su futuro. ¿Queremos que sea el continente a cuyas costas llegan los cadáveres de los desamparados? Este drama viene de antiguo, y lo que más asusta es que parece que no ha muerto la suficiente gente para tomar cartas en el asunto. No nos hemos dado cuenta de que África y Europa somos los vecinos más cercanos que se pueda imaginar y que hasta el colonialismo nos llevábamos muy bien. Construyamos puentes, no metafóricos, físicos. Volvamos atrás.
Por eso, cuando se accede a la página web de Henning Mankell, lo primero que vemos es un enorme anuncio de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados.


El libro se cierra con esta frase: "Nuestra familia es en verdad infinita. Aunque ni siquiera sepamos con quién nos cruzamos en la vida durante un instante brevísimo". Merece la pena cruzarse con este Mankell, felizmente liberado de las arenas movedizas.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Nada que esperar



Recomiendo la lectura del libro de Tom Kromer Nada que esperar (Sajalin Editores, 2015).No es una lectura agradable de digerir. La durísima existencia de los miles de mujeres y hombres que durante la Gran Depresión malvivían de la mendicidad y la caridad, sin trabajo ni techo, es narrada sin artificios ni disimulos por alguien que sufrió esa misma vida. El hambre y el frío, la humillación y el desprecio, nos asaltan en cada página. Son contadas las escenas en las que estas vivencias son sustituidas por la compasión, la solidaridad, el reconocimiento y la ayuda. Aunque también las hay, y su excepcionalidad las vuelve preciosas.

Mientras lo leía, no podía evitar pensar en otras escenas actuales, muy alejadas en el tiempo, el espacio y las circunstancias de aquellas que narra el libro de Kromer, pero a las que cabría aplicar tantas de sus reflexiones:

Es de noche y estamos en un campamento de vagabundos. Esta noche el campamento es nuestra casa. Y nuestra casa es un vertedero. Nos rodean montones de latas y botellas rotas. Y entre esos montones han encendido hogueras. A nuestra derecha, un hombre y una mujer se acurrucan junto a las llamas. Y en los brazos de la mujer, un bebé respira con dificultad. Tiene difteria. El bebé tose hasta que la cara se le pone morada. la mujer, que está asustada, lo golpea en la espalda. El bebé se recupera durante unos instantes, pero eso es todo. No se puede curar a un bebé que padece difteria dándole palmadas en la espalda.



De pronto nos llega el sonido de una voces desde el otro lado de las vías. Alguien se está acercando. Levantamos la cabeza. 'Más vagabundos que buscan un fuego para escapar del frío', pensamos. Pero la suerte no nos acompaña. Cuatro hombres avanzan a toda prisa desde las vías. Llevan porras en las manos y pistolas enfundadas a la altura de la cadera. Es la policía. Dios, ¿es que no podemos ni descansar en un apestoso basurero?.



-Tú y yo nos moriremos en uno de estos campamentos -interviene el jorobado-. Esto no va a ir a mejor, sino todo lo contrario. Llevo un periódico en el bolsillo. -El jorobado se da un golpecito en el bolsillo y añade-: Y el editorial de ese periódico dice que desde la depresión la salud de la gente ha mejorado. Dice que, de todos modos, la gente come demasiado y que la depresión además de hacer que se vuelva a creer en Dios, nos está enseñando los verdaderos valores de la vida.
-Farsantes- se queja un vagabundo mientras roe un pedazo de carne medio podrida-, son unos condenados farsantes. Imaginaos al tipo que escribió este artículo. Imaginaos también a su mujer y a sus hijos. Los veo sentados a la mesa, con un criado de uniforme que, a sus espaldas, les sirve lo que le piden. Seguro que se pasan el día arriba y abajo en sus Rolls-Royce. ¿A que no habéis visto nunca a un tipo como ese haciendo cola en un albergue? ¿A que no? Pero el muy desgraciado escribe todas esas tonterías y la gente va y se las lee. Conque los verdaderos valores de la vida, ¿eh? Si ese tipo tiene tantas ganas de creer en Dios, ¿por qué no cambia su Rolls-Royce por un oxidado cubo de hojalata y se pone a la cola? Menudo farsante.



¿Se puede saber quién ha repartido el mundo y se lo ha dado a unos cuantos? ¿Se puede saber qué derecho tiene alguien a decir que ese pedazo de tierra es suyo y que tu no puedes dormir en él?.



La novela Nada que esperar se acompaña de varios relatos cortos. Uno de estos, el titulado "Hombres famélicos", cambia radicalmente el desolador tono de los escritos de Kromer. En este relato, la conciencia socialista, sindicalista y seguramente wobblie (del IWW, Industrial Workers of the World) del autor transforma a esos hungry men (hombres hambrientos) del título en unos angry men, en individuos airados, indignados, conscientes y movilizados para cambiar la realidad:

-Y entonces llegaban los policías con sus porras y los golpeaban en la cabeza hasta que se desplomaban unos encima de otros, y así les resultaba más fácil arrastrarlos al furgón que los esperaba junto a la acera. Pero cuando se los llevaban, otro hombre se subía a la caja de madera y los policías lo atacaban con las porras y le disparaban con sus pistolas, pero las porras no le dejaban marcas y los disparos no le hacían sangrar ni lo herían, y los policías se asustaban porque no habían visto nunca a un hombre así y eso los asustaba. Los ojos negros y los dientes blancos resplandecían al sol, y en Frisco, en LA, en Detroit, en Chicago, en Nueva York y en Misisipi, hombres famélicos, vestidos con harapos descolotidos debido a la sal de su propio sudor, escuchaban delante de las puertas y las ventanas selladas de sus fábricas:
-¡Tenemos la solución! Con nuestras remachadoras construimos puentes y rascacielos. Con nuestras palas excavamos minas, trazamos carreteras y tendimos vías. Nuestro sudor y nuestra sangre están en el campo, en los barcos, en todo lo que nos rodea. Y ahora vamos a recuperarlo. ¡APARTAOS!

Un libro emocionante.