Lecturas
de la violencia vasca:
algunas
reflexiones abusando de una metáfora
Imanol Zubero
“Violencia política,
nacionalización y Estado: teoría social e historia”
XXVII Simposio del Instituto Universitario de Historia
Social Valentín de Foronda
Curso de Verano de la UPV/EHU
Vitoria-Gasteiz, 1-2 julio 2021
https://www.uik.eus/es/violencia-politica-nacionalizacion-y-estado-teoria-social-e-historia
“La
violencia nos ha robado la energía para decir que lo que no es justo no es
justo. La sociedad vasca, sin embargo, no ha aceptado que el mal es de
naturaleza moral, porque tiene miedo a mirarse en el espejo y decir: estoy
enferma. No hemos aprendido a poner la política bajo la lámpara de la moral por
eso, nuestro conflicto actual es moral, no político” (Anjel Lertxundi en Hasier
Etxeberria, Cinco escritores vascos, Alberdania, 2002).
[1] Si, como escribe
Franco Ferrarotti, “leer quiere decir salir de sí solo para volver; volver
enriquecido, sacudido, tal vez arrancado para siempre al torpor inmóvil y
estancado, despierto del sonambulismo de lo cotidiano”, cabe dudar de que haya
existido, siquiera, algo parecido a una lectura de la violencia vasca. Al menos
desde luego, no una lectura compartida, mayoritaria, generalizada.
Si leer es salir del
ensimismamiento cotidiano, si leer es provocar un pensamiento atento que nos
despierte del sonambulismo, cabría proponer, como hipótesis, que en Euskadi
hemos padecido una suerte de analfabetismo funcional colectivo en referencia a
la violencia ejercida por ETA. El mismo que ha padecido, por cierto, el
conjunto de la sociedad española.
[2] Padecido o
disfrutado… Porque el sonambulismo (me limito a continuar con la metáfora de
Ferrarotti, soy consciente de los problemas que acarrea a muchas personas este
trastorno del sueño) tiene algo de bendición. Es lo que nos ha permitido a la
inmensa mayoría de la sociedad pasear o ir de compras por las calles de una
ciudad donde unas ciudadanas y ciudadanos se concentraban en silencio
reclamando “la paz” sin dedicarles más que una breve mirada. Reivindicar la
paz, aquí… ¿a quién se le ocurre?
https://www.deia.eus/actualidad/politica/2017/04/16/genuinos-artesanos-paz/569435.html
[3] También nos ha
permitido transitar durante años por los lugares “allí donde ETA asesinó” -como
recuerda el valioso pero demasiado poco valorado proyecto memorialístico de
Willy Uribe-
sin recordar lo que ocurrió, haciendo del sonambulismo condición necesaria para
la práctica del funambulismo. La mayoría de la sociedad vasca y española hemos
caminando sobre el alambre de la indiferencia moral, evitando el vértigo que
produce mirar a las víctimas de la violencia y el terrorismo.
Por cierto, como
ocurre con el sonambulismo, tampoco cabe abusar de la metáfora en el caso del funambulismo.
Resulta que el 16 de
septiembre de 1991 ETA asesinó en Mutxamel (Alicante) a Francisco Cebrián,
propietario de la grúa municipal, y a los policías locales José Luis Jiménez
Vargas y Víctor Puerta, al estallar un coche bomba que trasladaban a un
depósito de vehículos y con el que ETA había querido atentar contra el cuartel de
la Guardia Civil. Para hacer memoria del hecho, en 2017 el Ayuntamiento de la
localidad convocó un concurso de murales urbanos, resultando premiado el
titulado “La paz funambulista”, inspirado en Banksy, con el mensaje de que “la
paz hace equilibrios y todos tenemos que hacer que no caiga”.
https://www.informacion.es/alacanti/2017/01/05/pintura-paz-mercado-mutxamel-6005731.html
Valoro la intención
de las y los promotores del homenaje. Pero mi experiencia y mi reflexión me
advierten de que en contextos de violencia el compromiso con la paz exige pasar
de las musas al teatro, bajar a tierra, pisar suelo y, por ello, arriesgarse a
tropezar, a caer, a darse de bruces con la realidad. Nuestro equilibrismo ha tenido como objetivo no la paz,
sino la tranquilidad
Así que mantengo mi
primera impresión: la sociedad vasca, como cuerpo colectivo, ha sido sonámbula
y funámbula.
[4] Hablando de
lecturas, la literatura universal ha recurrido muchas veces a la figura del
sonambulismo. Está, por supuesto, el conocidísimo poema de Federico García
Lorca titulado “Romance del sonámbulo”, aunque es probable que todas lo
conozcamos por su primer verso: “Verde que te quiero verde”. Pero, más que
sonámbulo, humildemente creo que debería titularse “Romance noctámbulo”. Su contenido no encaja en
la reflexión que propongo.
Sí lo hace la
denominada Trilogía de los sonámbulos,
de Hermann Broch (conformada por las novelas Pasenow o el romanticismo, Esch
o la anarquía y Huguenau o el
realismo), un recorrido por treinta años de la historia de Europa, desde
1888 hasta 1918, los años en los que Alemania fue gobernada por el káiser
Guillermo II; la misma época analizada por el historiador Christopher Clark en
su obra Sonámbulos. Cómo Europa fue a la
guerra en 1914.
Leemos en Pasenow: “Mientras ruedan los trenes y
trabajan las máquinas, dos personas se enfrentan y se disparan”. Sonambulismo
de lo cotidiano. Mientras los trenes rodaban, las máquinas trabajaban, los
comercios anunciaban rebajas, los restaurantes se llenaban, en las aulas se
enseñaba… una persona asesinaba a otra.
[5] Cierto es que no
hay sonambulismo más difícil de combatir que el “sonambulismo de lo cotidiano”.
Es mucho más fácil reaccionar ante acontecimientos extraordinarios que ante
hechos repetidos, ordinarios. También cuando hablamos de violencia. Por cada
acontecimiento relacionado con la violencia vasca que podemos recordar hay
decenas de hechos que han pasado desapercibidos. Por cada asesinato que
recordamos hay muchos que hemos olvidado.
El politólogo Norbert
Lechner escribe: “[..] el poder se instala y se desarrolla de manera
subcutánea. Trabaja sobre el comportamiento cotidiano (en caso extremo sobre el
cuerpo). La fuerza normativa de lo fáctico radica en eso: un ordenamiento de la
realidad sin interpelación de la conciencia”.
La violencia
repetida, rutinizada, tiene el efecto de convertirse en un hecho fáctico ante
el que nos adaptamos. ¡Qué remedio!
https://www.msn.com/es-mx/noticias/photos/siria-la-vida-cotidiana-en-un-pa%c3%ads-azotado-por-la-guerra/ss-BBDTUPS?li=AAggxAT&ocid=UP97DHP#image=9
[6] Es cierto: hay
una diferencia importante. Cuando las víctimas continúan con la cotidianidad es
un acto que podemos calificar hasta como de resistencia: no vas a conseguir que
me vaya de aquí, no me vas a callar, no me voy a ocultar… Seguir haciendo “vida
normal” tras la amenaza ha sido el objetivo de muchas víctimas de ETA. Para
muchas de ellas, esta ha sido, precisamente, la causa última de su muerte. Fue
el caso del concejal socialista de Orio Juan Priede, asesinado mientras tomaba
café en la barra de un bar próximo a su casa. “El concejal había bajado al bar
sin esperar a los dos escoltas que tenía asignado desde que la Ertzaintza tuvo
constancia de que era un objetivo inminente del comando Buruntza, el grupo más
sanguinario del llamado complejo Donosti, cuando lo desarticuló en agosto
pasado”.
Pero, ¿qué decir de
la normalidad con la que el conjunto de la sociedad vuelve a la cotidianidad
pocas horas después de un asesinato, o cuando ni siquiera se ve afectada?
Cuando el 11 de
febrero de 1997 ETA asesinó a Patxi Arratibel en plenos carnavales de Tolosa,
José Luis Barbería y Aurora Intxausti narraban así la reacción de la sociedad
tolosarra:
Al
conocer la noticia del asesinato, las compañías festeras enmudecieron
inicialmente, pero luego decidieron seguir, pese a que la corporación municipal
llegó a proponerles la suspensión de los carnavales, algo sin precedentes en la
historia de la ciudad. Tolosa tiene a gala no haber interrumpido estas fiestas
ni siquiera durante los años de la prohibición franquista, una etapa en que la
ciudad se inventó las Fiestas de Primavera para continuar celebrando los
festejos. "Estos cobardes de ETA quieren cargarse nuestro carnaval, pero
no van a conseguir lo que tampoco logró el franquismo", explicó un
veterano representante de las compañías.
En
protesta por el atentado, sin dejar de tocar varias compañías se concentraron a
mediodía de ayer ante la sede de Herri Batasuna. Por la tarde, la práctica
totalidad de ellas homenajeó a la víctima en el lugar del atentado y a
continuación con un acto en la plaza de toros en el que guardaron un minuto de
silencio. Concluido el homenaje, el grupo de Patxi Arratibel abandonó
definitivamente la fiesta.
¿Es esta una reacción
resiliente (que la vida siga su curso, que no nos quiten la alegría de vivir) o
es un ejemplo de esa fuerza normativa de lo fáctico que ordena la realidad sin
interpelación de la conciencia?
[7] La UNESCO considera
analfabeto funcional a la “persona que no puede emprender aquellas actividades
en que la alfabetización es necesaria para la actuación eficaz en su grupo o
comunidad y que le permitan, asimismo, seguir valiéndose de la lectura, la
escritura y la aritmética al servicio de su propio desarrollo y del desarrollo
de la comunidad”.
En general no hemos
sabido leer la violencia vasca de manera que ayudara a construir la comunidad
(me da lo mismo hablar de sociedad) vasca necesaria y posible. En este sentido,
hemos sido una sociedad funcionalmente analfabeta. No hemos sabido, querido o
podido valernos de la lectura de la realidad de la violencia para ponerla al
servicio del desarrollo de nuestra comunidad.
Hemos confundido los
géneros literarios. Hemos hecho lecturas exclusivamente políticas de una obra esencialmente
moral.
En junio de 1998
escribí:
En
menos de un año han sido asesinados seis concejales. Calificar sus muertes de
asesinatos políticos produce el efecto de desviar nuestra atención del
asesinato a la política, del sustantivo al adjetivo, de lo sustancial a lo
accidental. Bueno, podemos pensar, hay muertos por medio, es verdad, pero en
realidad se trata de política. Si los asesinados hubiesen sido seis libreros,
seis prostitutas, seis fruteros, seis profesoras, seis sacerdotes, seis
torneros, hablaríamos de asesinatos en serie. Si hubiesen sido seis magrebíes
hablaríamos de crímenes racistas. Si seis vecinos de un pequeño núcleo rural
hablaríamos de la horrorosa acción de un desequilibrado.
La consecuencia de
esta lectura exclusivamente política es que hemos hecho lecturas de parte: no
solo parciales sino partidarias (y, por ello, necesariamente adversarias).
Perspectivas que no dejaban espacio para intentar hacer lecturas compartidas.
Cada lectura particular se convirtió en una especie de “religión del libro”, exigiendo disciplina(s)
monoteísta(s) a una sociedad estructuralmente plural, aunque no siempre
pluralista.
Una sociedad de afiliaciones múltiples, de identidades compuestas, con muy
escasas barreras del precepto, que mayoritariamente vivía en común, hablaba en
común, pero a la que la lectura exclusivamente política de la realidad le
impedía leer la violencia en común.
[8] Características
del analfabetismo funcional según la Wikipedia: “Una persona analfabeta no sabe
leer ni escribir. Un analfabeto funcional, en cambio, lo puede hacer hasta un
cierto punto (leer y escribir textos en
su lenguaje nativo), con un grado variable de corrección y estilo”. La
cursiva es mía.
La mayoría de las
lecturas de la violencia realizadas en Euskadi han sido propias de analfabetas
y analfabetos funcionales. Lecturas nativas,
tribales. Lecturas de parte. Lecturas imposibles de compartir
La más evidente es la
que ha hecho (y continúa haciendo) la izquierda abertzale. No insistiré en
ello.
Pero junto al
analfabetismo funcional nativo-abertzale ha existido también (no los comparo
ni, mucho menos, los igualo) un analfabetismo funcional
nativo-constitucionalista que ha querido imponer una lectura de parte a una
sociedad compleja y plural. El storytelling y el poder concebido en
forma discursiva
como objetivo, en lugar de procurar lecturas compartidas que faciliten la
construcción de realidades conversacionales, fundamento de las
transacciones humanas.
Lo digo en minúsculas
y me someto a cuanta crítica fundada pueda recibir por decirlo (puede que me
ciegue mi pasado), pero yo diría que la única lectura vocacionalmente no
nativa, no tribal, de la violencia vasca que se propuso en aquellos años en
Euskadi fue la que hizo Gesto por la Paz. Aquí lo dejo.
[9] Apenas hemos
hojeado el libro de la violencia porque, en general, hemos ojeado (hemos mirado
rápida y superficialmente) la violencia y sus consecuencias.
Pero bueno, afortunadamente
ha habido lecturas que encajarían en la definición de Ferrarotti, como la que
hizo Batzarre en mayo 2006: “Las gentes de la izquierda vasquista no podemos
pasar página sin someter a revisión crítica nuestras posiciones del pasado
sobre ETA”, ya que, en primer lugar, esa actitud “ha descansado de forma
unilateral en la razón política y ha sido pobre en criterios morales o en
valores como los derechos humanos fundamentales”. O la que se recoge en el
libro editado por Antonio Duplá y Javier Villanueva Con las víctimas del terrorismo (Donostia, Gakoa, 2009).
Cito estas dos porque
me resultan particularmente cercanas, pero sin duda ha habido otras.
Siempre estamos a
tiempo de volver a las lecturas que no hicimos en su momento. Todas tenemos
nuestros Quijotes, nuestras Ilíadas, libros que no leímos cuando,
tal vez, nos tocaba hacerlo, a los que hemos vuelto al cabo de los años,
descubriendo su valor. Estamos a tiempo de aprender a leer nuestra violencia
vasca.
Pero no es fácil
recuperar lecturas en estos tiempos de continua explosión editorial, donde se
suceden los best sellers. La lectura
ferrarottiana de la violencia vasca no es una actividad agradable, no es una
lectura de verano. Al contrario, es una lectura desgarradora que nos despertará
del sonambulismo.
“He tratado de
prestar atención –escribe Clark en Sonámbulos-
al hecho de que las personas, los acontecimientos y las fuerzas descritas en
este libro llevaran en ellos las semillas de otros futuros tal vez menos
terribles”. Yo también creo que la realidad levemente descrita en estas páginas
contiene las semillas de un futuro menos terrible, más luminoso, que nuestro
pasado reciente.