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domingo, 14 de junio de 2015

Aprender del "caso Maroto"

La sustitución de Javier Maroto como alcalde de Vitoria-Gasteiz puede ser objeto de muy diversos análisis y valoraciones. Hay quienes la cuestionan, quienes la rechazan y quienes la aplauden. Yo me encuentre entre estos últimos, por razones que ya he expuesto tanto en este medio como en otros. Su poco creíble intento de recomponer su discurso presentando un “compromiso ético” como respuesta al gesto demandado por el PNV para garantizarse la reelección es la mejor demostración de que Maroto había salido de las elecciones absolutamente quemado y en una evidente situación de debilidad política.

Pero la sustitución de Javier Maroto al frente del consistorio gazteiztarra no es más que el primer paso -el menos agradable- de lo que debe ser un proceso acordado y explícito de recomposición, en unas condiciones socioculturales y económicas distintas, del gran acuerdo por la solidaridad, la inclusión y la integración social formulado en 1989, tan relevante para la construcción de la Euskadi moderna.

Y lo cierto es que ese primer paso a punto ha estado de fracasar por la desafortunada decisión del PSE de no apoyar a Gorka Urtaran en protesta por el incumplimiento del PNV de apoyar a los socialistas en Andoain. ¿Y por qué no, en lugar de en Vitoria, haber votado en blanco en Bilbao, en Durango, en Oion, o en cualquiera de los muchos ayuntamientos en los que el acuerdo PNV-PSE ha funcionado como un bien engrasado reloj? Pues no, en Vitoria tenía que ser. Alguien en la dirección del socialismo vasco no se ha enterado de qué va lo del “caso Maroto”. La decisión de sumar votos en Vitoria para sustituir a Maroto debía ser una opción extraordinaria de carácter normativo, no meramente táctico; utilizar la plaza vitoriana para representar una rabieta política resulta particularmente errado y pone de manifiesto una cortedad de miras que asusta. Por lo que conozco al cabeza de lista del PSE en Vitoria-Gasteiz, pienso que esta decisión le habrá supuesto un enorme disgusto.

Finalmente el camino se ha iniciado, pero ahora debe orientarse. El nuevo consistorio se justificará por sus políticas: por las generales o normales en cualquier municipio, buscando resolver los problemas de las vecinas y vecinos en los ámbitos del empleo, la educación, la vivienda, la cultura, el medio ambiente, etc.; pero también, y sobre todo, el consistorio presidido por Gorka Urtaran se legitimará en la medida en que sea capaz de convertirse en un referente a la hora de abordar la cuestión de la convivencia en la diversidad y de la incorporación plena de las personas inmigrantes en la ciudad de Vitoria. Y en este camino, creo que el nuevo alcalde dispone de un instrumento aún por desarrollar, pero que ya ha demostrado su capacidad para concitar acuerdos transversales y para animar diversas actuaciones en varios municipios vascos: todo el trabajo realizado desde hace ya cinco años para impulsar un Pacto Social por la inmigración y la diversidad en Euskadi.

Iniciado durante el gobierno presidido por Patxi López, recuperado e impulsado de nuevo por el actúal gobierno de Iñigo Urkullu, apoyado de manera expresa por las principales organizaciones sociales que trabajan en el ámbito de la inmigración, aplicado en mayor o menor medida por varios municipios… Desde un planteamiento más pedagógico que aplicado, más performativo que propositivo, lo que se buscaba era consensuar un marco de diálogo y entendimiento, un acuerdo que trace las líneas rojas que nos comprometemos a respetar cuando abordemos, cada cual en el ámbito de su responsabilidad y de su actividad, el fenómeno de la inmigración. De lo que se trataría es de alcanzar un gran acuerdo, institucional y social, para abordar como sociedad la cuestión de las nuevas diversidades y toda la complejidad que añaden a la gestión política de nuestra ya muy compleja y diversa sociedad vasca.

Vitoria-Gasteiz puede y debe ser la ciudad en la que un acuerdo de ese tipo se haga realidad. Y desde ahí empujar, junto con otras localidades que ya han dado pasos en este sentido, al conjunto de nuestra sociedad, de manera que “el caso Maroto” pueda ser recordado como la última ocasión en la que, desprovistos de un marco adecuado para hacerlo, no supimos como encauzar un debate que jamás debía haber transcurrido en los términos en los que lo hizo.


martes, 15 de mayo de 2012

Pacto Social por la Inmigración



Sí, ya lo sé:
- Es demasiado bonito como para ser verdad.
- La mujer no es la que más se parece a las mujeres inmigrantes con las que nos encontramos por la calle.
- Aunque el varón autóctono tampoco es que sea el más habitual.
Lo que sí es absolutamente real es el comportamiento de la niña y del niño.
- ¿No desearíamos animar y proteger este comportamiento con el fin de extenderlo más allá de la infancia?
- ¿No preferiríamos que las mujeres y los hombres de Euskadi, todas y todos, autóctonas o inmigrantes, se parecieran más (en todo) a los protagonistas del video?
- ¿No sería mejor nuestra sociedad si el comportamiento cooperativo, la ayuda mutua, el reconocimiento y la convivencia vencieran al prejuicio y a la incomunicación?

De eso trata este Pacto: de imaginar la Euskadi que deseamos y de hacer lo posible por construirla.

jueves, 10 de mayo de 2012

Más allá de coyunturas

[1] Ayer por la mañana celebrábamos una nueva reunión de trabajo del Pacto Social por la Inmigración, en esta ocasión en la sede de Lehendakaritza. Creo que ha sido una reunión muy importante, no sólo por el contenuido de la misma sino también por el lugar en el que se realizó y por la presencia cercana del lehendakari durante la primera parte de la misma. No sé si seremos capaces de hacerlo, pero considero de vital importancia "blindar" el Pacto para que pueda seguir desarrollándose sean cuales sean las coyunturas políticas del futuro inmediato en Euskadi.

[2] Por la tarde participé en el Congreso Internacional Ciudadanía Digital, en Donostia, presentando una primerísima y provisional evaluación del Modelo Vasco de Open Government. También en este caso considero fundamental que el impulso hacia un gobierno, una administracón y, sobre todo, una democracia de "lo común" continue más allá de coyunturas políticas.

[3] Y ya por la noche, de vuelta a casa tras detenerme brevemente en un Bilbao más rojiblanco que nunca, me senté ante el televisor para ver el partido Atletico-Athletic. Sin pasión, no soy nada futbolero, pero si con interés. Y algo extraño ocurrió. Al finalizar el encuentro, me pareció estar asistiendo a una ceremonia más propia del rugby, este sí un deporte que me atráe enormemente como espectador. Ver a Simeone acercarse uno por uno al entrenador y a los jugadores del Athletic, el pasillo de homenaje y sobre todo, las dos aficiones respetándose en una Bucarest rojiblanca y en paz más allá de coyunturas deportivas... 

viernes, 4 de mayo de 2012

Buenismo en Euskadi

¿Soy bueno? ¿Lo he sido, en general, a lo largo de mi vida? Pues no lo sé: imagino que a ratos sí y a ratos no; supongo que todo dependerá de la experiencia que de su relación conmigo tengan las personas con las que me he encontrado en mis diez lustros de existencia. Por si acaso, no voy a preguntar. Lo que sí he sido toda mi vida, seguro, es “buenista”. Al menos desde la caracterización zafia que de algunos de los impulsos más radicalmente humanos y humanizadores ha hecho una corriente de pensamiento impulsada a partir de 2005 con fines exclusivamente electorales. Nada hay de sustancialmente nuevo en esta estrategia: la derecha iliberal se caracteriza precisamente por su afición a las retóricas de la intransigencia. Lo que sí es nuevo es la extensión que han adquirido estas retóricas en España.
El antibuenismo populista alimenta un malismo que campa a sus anchas en tertulias, artículos y webs, sostenido por un plantel de conocidos intérpretes cuyas declaraciones oscilan entre la petulancia y la mala educación de los más inteligentes de ellos y la procacidad agresiva de los más estultos, que son mayoría. No es preciso padecer de estómago blando para sentir repugnancia ante las opiniones vertidas por ese variopinto conjunto de camisas pardas. Nada hay en sus afirmaciones de Sócrates o de Kant, de Castellio o de Voltaire, de Popper o de Dahrendorf; nada de Jesús de Nazaret. Nada de esa “herencia cultural, religiosa y humanista de Europa, a partir de la cual se han desarrollado los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona humana, la democracia, la igualdad, la libertad y el Estado de Derecho”, tal y como reza el preámbulo del Tratado constitucional europeo.

En el año oscuro de 1935, cuando Europa y el mundo se asomaban al abismo de la guerra total, el historiador holandés Johan Huizinga escribió: “Para la catarsis espiritual que nuestro tiempo necesita hace falta un nuevo ascetismo. Los depositarios de una cultura purificada tendrán que ser como los que se despiertan a altas horas de la madrugada. Tendrán que sacudir sus pesadillas, los malos sueños de su alma, que suben del fango y a él quieren volver: el sueño de las garras que deforman sus manos, y el de los colmillos que les crecen entre los labios. Tendrán que recordar que al hombre le es posible querer no ser una fiera”. Aquella terrible guerra llegó y pasó, pero la pulsión de la fiera seguía ahí. Y en 1948 Albert Camus, otro buenista, escribía: “No hay vida sin diálogo. Y en la mayoría del mundo la polémica ha sustituido hoy al diálogo. El siglo XX es el siglo de la polémica y el insulto. ¿Cuál es el mecanismo de la polémica? Consiste en considerar al adversario como enemigo, en simplificarlo y por consiguiente en negarse a verlo. No hay vida sin persuasión. Y la historia hoy no conoce más que la intimidación”.

No sé si quienes critican el excesivo buenismo de la sociedad vasca están pensando en compensarlo inyectando en la misma dosis crecientes de malismo. No acaban de explicarnos con claridad qué es lo que desean y cómo esperan lograrlo. La bondad, la buena disposición, la amabilidad, la compasión, nada de esto es sinónimo de ingenuidad o de moralismo. Nada hay más realista que el buenismo. El dramaturgo francés Marivaux escribió una vez que “en este mundo hay que ser demasiado bueno para serlo bastante”. Precisamente porque sabemos de lo que somos capaces, elegimos comportarnos con prudencia.

“Primero los de casa”: en sus múltiples versiones, la definición de un “nosotros” y de un “otros” es el primer paso de todas las prácticas eliminacionistas que ha conocido la historia. La secuencia real que define las dinámicas socio-políticas que están en la base del eliminacionismo comienza con la identidad, precisa la mediación de la política y termina, en su caso, en la violencia. La violencia –la violencia de motivación política- está al final de un proceso que empieza con la construcción de un “Nosotros” homogéneo y puro radicalmente confrontado a un “Otros” igualmente homogéneo; antes de la violencia política, como condición necesaria aunque no suficiente de esta, encontramos siempre un ejercicio de estereotipificación que Ulrich Beck conceptualiza con el término de construcción política del extraño. La violencia política se ejerce siempre sobre un Otro estigmatizado, expulsado de la comunidad de reconocimiento, socialmente distante aunque físicamente próximo, definido como amenaza a la coherencia del Nosotros soñado.

Primero los de casa: este ha de ser, parece, el principio fundador de un ejercicio eficiente de la política, frente al buenismo hueco de quienes enarbolan el lenguaje universal de los derechos humanos. Pero fue el buenismo el que a mediados de los 80 nos llevó a denunciar el terrorismo de ETA y a defender en la calle la vida y la libertad de todas y cada una de las personas frente a un discurso y una práctica que definían como población sobrante a una parte de la sociedad vasca. ¿No hemos aprendido nada de estos años pasados en Euskadi? ¿De verdad no nos estremece escuchar apelaciones a identificar a los “auténticos vascos” y a tratarlos de manera distinta a otras personas que, aún viviendo a nuestro lado, son definidas como extrañas?

Tomando prestada la atinada reflexión del sociólogo Xabier Aierdi, ante el fenómeno de la inmigración sobran tanto los discursos implacables como los impecables. La política de inmigración no puede reducirse a entonar el Imagine de Lennon, pero tampoco puede fundarse en la suspensión del valor universal de los derechos inviolables e inalienables de la persona en función de coyunturas políticas o económicas. Se puede discutir sobre la inmigración, claro que sí. Se pueden proponer diagnósticos y políticas diversas, por supuesto. Lo que no se puede es confundir política y testosterona. No alimentemos la fiera.

El daño está hecho, pero no es irreversible. Urge dialogar sobre la inmigración, sí, pero necesitamos hacerlo sin vernos obligados a elegir entre ser buenos o ser eficaces. Necesitamos pactar un marco que nos permita discutir con libertad, pero sin causar daño. A nadie. Tampoco a nosotros mismos.

domingo, 14 de febrero de 2010

Nuestra tragedia de los comunes

  • PP y PSOE, cada vez más lejos de un posible pacto de Estado contra la crisis económica [Cinco días].
  • La secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, ha asegurado hoy, sobre la posibilidad de un pacto ante la crisis económica, que el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, tiene que admitir las propuestas del PP o bien "dejar paso a otros, porque España necesita un cambio de gobierno" [EL PAÍS].
  • PSOE y PP se acusan otra vez de no querer llegar a un pacto anticrisis [La Vanguardia].




La tragedia de los comunes es el título de un conocido ensayo publicado en 1968 por el biólogo Garret Hardin:

"La tragedia de los recursos comunes se desarrolla de la siguiente manera. Imagine un pastizal abierto para todos. Es de esperarse que cada pastor intentará mantener en los recursos comunes tantas cabezas de ganado como le sea posible. Este arreglo puede funcionar razonablemente bien por siglos gracias a que las guerras tribales, la caza furtiva y las enfermedades mantendrán los números tanto de hombres como de animales por debajo de la capacidad de carga de las tierras. Finalmente, sin embargo, llega el día de ajustar cuentas, es decir, el día en que se vuelve realidad la largamente soñada meta de estabilidad social. En este punto, la lógica inherente a los recursos comunes inmisericordemente genera una tragedia".



Más allá de su (discutida) aplicación original, la tragedia de los comunes nos permite reflexionar sobre las dificultades a las que se enfrenta una comunidad a la hora de alcanzar acuerdos relativos al uso de recursos compartidos cuando los sujetos prefieren siempre la competencia a la cooperación.

¿Se ha convertido la política española en un pastizal donde cada cual va a lo suyo, preocupado exclusivamente por maximizar sus propias "cabezas de ganado" en el corto plazo, aunque en el largo plazo esta estrategia acabe provocando el agotamiento del "pastizal"?