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domingo, 19 de noviembre de 2017

Normalizando la contradicción

Especial Gastronomía en El País Semanal. El título: "El reinado del alimento"
Encartado entre sus satinadas páginas, publicidad de Unicef con un niño desnutrido. 
Normalizando la contradicción desde la mañana.


lunes, 13 de abril de 2015

¿Superpoblación o sobreconsumo?

¿Superpoblación o sobreconsumo? Malthusianismo práctico, exclusión global y población sobrante

Resumen:
A pesar del tiempo transcurrido desde su formulación original y de sus debilidades empíricas, el temor a la "catástrofe malthusiana" no ha dejado de estar presente en las sociedades económicamente más desarrolladas. Esta permanencia se explica en buena parte por su funcionalidad como legitimación de las enormes desigualdades existentes en el mundo. Su reaparición en el presente siglo significa un grave riesgo de retroceso hacia situaciones pasadas de crisis radical del principio universalista.





Puede leerse íntegramente en la página de SCRIPTA NOVA.

sábado, 8 de mayo de 2010

Así está el mundo

Me ha sorprendido leer el artículo que Pedro Ugarte publica hoy en EL PAÍS, edición País Vasco. Su título, El pecado de la prosperidad. "Impracticable el argumento de que nos comemos los unos a los otros, surge la ocurrencia de que nos comemos el planeta", escribe.
Pedro Ugarte repite lo que ya han dicho los divulgadores de think tanks neoliberales como el Cato Institute. No pasa nada: cada cual bebe de donde quiere. Pero el estudio de Surjit Bhalla al que hace referencia es del año 2000, y en la última década han ocurrido muchas cosas.

"En el 2005, en el Africa subsahariana había 100 millones más de personas extremadamente pobres en comparación a 1990, y la tasa de pobreza continuaba siendo mayor al 50% (aunque comenzó a disminuir en 1999). A nivel mundial, alcanzar la meta de reducir la tasa de pobreza a la mitad entre 1990 y el 2015 parece factible. Sin embargo, algunas regiones no podrán
hacerlo y posiblemente alrededor de mil millones de personas permanecerán en la pobreza extrema en dicha fecha".

En todo caso, no se trata de rencor patológico hacia la riqueza. Se trata, más sencillamente, de indignación ante un un mundo en el que, como denunciara Jon Sobrino, los seres humanos continuamos divididos, ante todo, según demos o no la vida por supuesto.



Así lo expresaba en una conferencia en 1883 el autor de la clásica utopía Noticias de ninguna parte:

"Escuchadme: dejemos estar a los porcentajes y observemos las vidas y sus sufrimientos, e intentemos darnos cuenta de ellos: porque, en realidad, es esto lo que quiero indica­ros, que, aunque podáis llevar a cabo cierta parte del ideal burgués o del ideal radical, hay y siempre habrá gato encerrado en el sistema competitivo. Tal vez creemos -o tal vez hayamos creado ya- una gran masa de gente acomodada, de fortuna media, que ronda el límite de las clases medias (...) pero bajo todo ello aún se en­cuentra y se encontrará otra clase social, de la cual nunca nos libraremos mientras siga la tiranía del sálvese quien pueda; esa clase es la clase de las víctimas. Y quiero que en estos momentos y por encima de todo no lo olvidemos (en realidad no podremos hacerlo durante unas cuantas semanas) ni nos consolemos con porcentajes, por­que la verdad es que las riquezas de los ricos y la como­didad de las personas acomodadas está basada en esa ingente cantidad de miseria indigna, sin recompensa ni utilidad, de la cual en los últimos tiempos hemos oído un poco, un poquito; por lo menos ya sabemos que es un he­cho, y tan sólo podemos consolarnos con la esperan­za de que podamos, si nos mantenemos vigilantes y diligen­tes (lo cual ocurre raras veces) disminuir esa cantidad con­siderablemente. Y ahora os pregunto: ¿Es una esperanza tal, digna de nuestra tan cacareada civilización, de doctrinas perfectas, moralidad elevada e idearios políti­cos resonantes?"
[Wiliam Morris, Arte y sociedad industrial, Fernando Torres Editor, Valencia 1975].

Y en estas seguimos hoy en día.
Dato arriba o dato abajo, haciendo memoria de las víctimas.
Antiguos y resentidos que somos.

viernes, 16 de octubre de 2009

Hambre de justicia

Miles de personas piden al Gobierno en Madrid que destine el 0,7% del PIB a la ayuda al desarrollo
El número de hambrientos se incrementará un 9% este año, llegando a los 1.020 millones, el peor dato desde hace más de 30 años
[EL PAIS].

La vergüenza del hambre eterna, eterna deuda de justicia de los subdesarrollados éticos que somos los económicamente desarrollados. Ahora porque hay crisis, y ya se sabe que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. ¿Y ayer, cuando no había crisis y de las vacas gordas hacíamos hamburguesas XXL?



Hoy recuerdo a Albert Camus y su artículo de 1946 “Ni víctimas ni verdugos” [recogido en Crónicas 1944-1953, Alianza, Madrid 2002]. Su diagnóstico, certero, se adelantó en décadas a las reflexiones sobre la globalización. Su propuesta, impecable, alimenta a los movimientos sociales por la justicia global. Dice así:

Hoy sabemos que ya no quedan islas y que las fronteras son inútiles. Sabemos que en un mundo en constante aceleración, donde el Atlántico se cruza en menos de un día, donde Moscú habla con Washington en unas horas, estamos obligados a la solidaridad o a la complicidad, según los casos. Durante los años cuarenta aprendimos que el daño causado a un estudiante de Praga afectaba al mismo tiempo al obrero de Clichy, que la sangre derramada en algún lado a orillas de un río de la Europa central llevaría a un campesino de Texas a verter la suya en la tierra de unas Ardenas que veía por primera vez. No había, como ya no hay, un solo sufrimiento, aislado, una sola tortura en este mundo que no repercutiera en nuestra vida de todos los días.
[...] Del mismo modo, ningún problema económico, por secundario que parezca, puede solucionarse hoy en día sin la solidaridad de las naciones. El pan de Europa está en Buenos Aires y las máquinas herramientas de Siberia se fabrican en Detroit. Hoy en día, la tragedia es colectiva.
Todos sabemos, pues, sin sombra de duda, que el nuevo orden que buscamos no puede ser sólo nacional ni siquiera continental, ni mucho menos occidental u oriental. Debe ser universal. Ya no es posible esperar soluciones parciales o concesiones [...].
¿Cuáles son hoy en día los medios para alcanzar esa unidad del mundo, para realizar esa revolución internacional que podría redistribuir mejor los recursos humanos, las materias primas, los mercados comerciales y las riquezas espirituales? [...]
[...] El acuerdo mutuo entre las partes. No nos preguntaremos si es posible, pues aquí consideramos que cabalmente es el único posible. Nos preguntaremos ante todo qué es.
Ese acuerdo de las partes tiene un nombre, que es la democracia internacional [...].
[...] Es una forma de sociedad en la que la ley está por encima de los gobernantes, al ser dicha ley expresión de la voluntad de todos, representada por un cuerpo legislativo. ¿Es eso lo que se intenta fundar hoy? Nos están preparando, en efecto, una ley internacional. Pero son los gobiernos, o sea el ejecutivo, quienes hacen o deshacen esa ley. Nos hallamos, pues, en un régimen de dictadura internacional. La única forma de evadirnos de ella consiste en poner a la ley internacional por encima de los gobiernos, y por lo tanto hacer esa ley, y por lo tanto disponer de un parlamento, y por lo tanto constituir ese parlamento mediante elecciones mundiales en las que participarían todos los pueblos. Y como no tenemos ese parlamento, el único medio es resistir a esa dictadura internacional en un plano internacional y con medios que no contradigan el fin perseguido.

jueves, 17 de septiembre de 2009

El número de hambrientos supera por primera vez los mil millones (EL PAÍS)

“Los seres humanos nos dividimos, ante todo, según demos o no la vida por supuesto” (Jon Sobrino). Así es. La inmensa distancia existente entre las condiciones de vida del Norte y las condiciones de muerte del Sur es, sin duda, el más grave de los problemas que afecta a la humanidad. Tanto, que no sería en absoluto demagógico recurrir, para calificarlo, a las palabras con las que Gandhi caracterizó el régimen colonial impuesto por Inglaterra en la India y su principal consecuencia, la miseria de su campesinado:

"Los habitantes de la ciudad saben muy poco de esas numerosas masas que, en la India, mueren de hambre o se van hundiendo poco a poco en la inercia más completa. ¿Saben de verdad que su miserable confort no es más que la gratificación que obtienen a cambio de su trabajo por el explotador extranjero? ¿saben que esas ventajas y esas propinas se sacan de esas muchedumbres de gentes continuamente explotadas? No acaban de darse cuenta de que el gobierno establecido por la ley en la India británica no tiene más razón de ser que esa explotación de las masas. Aunque se manejen los sofismas y se hagan juegos malabares con las estadísticas, ninguna explicación engañosa podrá invalidar esa prueba que salta a la vista, o sea, la delgadez esquelética de nuestros campesinos. No me cabe la menor duda de que, si hay un Dios en el cielo, Inglaterra y los ciudadanos de la India tendrán que responder de ese crimen contra la humanidad, que quizás no haya tenido ninguno semejante en la historia".


Cierto. La miseria del Sur –esa dramática realidad que alguien, tras las dos guerras calientes y la posterior guerra fría, ha llamado la IV Guerra Mundial- puede y debe ser calificada como un auténtico crimen contra la humanidad. Pues es de la humanidad de la que estamos hablando. Mejor aún, de la humanidad y de la Humanidad. Una Humanidad convertida, por primera vez en nuestra historia, en un solo organismo. Un organismo desgarrado, sufriente, cuyo dolor a lo largo del tiempo es la más absoluta revocación de todos nuestros ideales. Una humanidad (especie humana) ante cuyo dolor nuestra humanidad (ética universalista) se resquebraja y se queda en papel mojado.