Hoy toca dar cuenta, breve cuenta, de algunas lecturas que pueden ser de interés para quienes acostumbran a asomarse a este blog. Desde que ha descubierto las gafas de lectura que venden en las librerías, al librívoro se le acumulan las lecturas hechas y, sobre todo, las por hacer. Son lecturas muy diversas. Allá van.
Empezamos con Capitalismo canalla, de César Rendueles (Seix Barral, 2015). Como el propio autor señala, se trata de "una historia personal del capitalismo a través de algunos textos literarios muy heterogéneos". Y así, a lo largo del libro autoras y autores tan diversos como Georges Perec (con su distopía W o el recuerdo de infancia), Frederick Pohl (Mercaderes del espacio), Mary Shelley (Frankenstein), Daniel Defoe (Robinson Crusoe), Heinrich Von Kleist (Michael Kohlaas), Sue Towsend (El diario secreto de Adrian Mole), Andréi Platónov (Chevengur), Miguel Delibes (El disputado voto del Señor Cayo), Rudyard Kipling (El libro de las tierras vírgenes), Doris Lessing (Diario de una buena vecina), Joseph Conrad (El corazón de las tinieblas), Jack Kerouac (En el camino) o Fiódor Dostoievski (con varias de sus grandes obras), entre otros muchos, le sirven a Rendueles para reflexionar sobre la ruptura del contrato social de posguerra, las revueltas del 68, la cooperación y el cuidado, el libre mercado, la guerra o el trabajo asalariado.
Excelentemente bien escrito, mezclando sabiamente la interpretación literaria, el análisis político y la anécdota autobiográfica, su objetivo es fortalecer nuestra imaginación emancipatoria contra el virus del "no-hay-alternativismo", convencido de que la buena literatura contribuye a construir marcos narrativos performadores de un futuro distinto y mejor:
Las críticas teóricas sofisticadas que nos explican con exactitud las estructuras sociales que subyacen a la la economía de casino y la cleptocracia son insustituibles. Pero resultan inútiles si no nos libramos, además, de esta siniestra docilidad que nos paraliza, si la posibilidad de la emancipación política no se trasluce en nuestros gestos cotidianos, un poco como nos viene a los labios a trompicones un verso aprendido en la infancia mientras nos lavamos los dientes. Y para ello, como sugería Sacks, es legítimo usar las experiencias ficticias como materia prima de la imaginación política desde la que proyectar el futuro que queremos.
El segundo libro es la impresionante novela de Don Winslow El cártel (RBA, 2015), continuación (y culminación) de su no menos impresionante El poder del perro (Random House Mondadoria, 2009). El agente de la DEA, Art Keller, vuelve a perseguir al gran capo de la droga Adán Barrera, trasunto tal vez del Chapo Guzmán. La mayor diferencia de esta novela respecto de su antecesora está en el explícito compromiso (construido desde la admiración, el amor y el dolor) del autor para con las mexicanas y mexicanos de a pie que desde un periódico local, desde una alcaldía o desde una asociación de mujeres plantan cara tanto al narcoterrorismo como al terrorismo de Estado que rompe sus ciudades, sus familias y sus vidas. "Esto no es una Guerra contra la Droga", escribe. "Esto es una guerra contra los pobres. Esto es una guerra contra los pobres y los desposeídos, los sin voz y los invisibles, que no dudaríais en apartar de vuestras calles como la basura que revolotea alrededor de vuestros tobillos y os ensucia los zapatos".
Winslow describe un México que se nos hace invivible por la violencia extrema y la corrupción institucionalizada; pero también una sociedad civil activa, sobre la que descansa la esperanza de otro México posible. A modo de ejemplo, Winslow describe así las manifestaciones de 2006 contra la controvertida elección como presidente de la república del conservador Felipe Calderón:
¿Cuándo fue la última vez, si es que ha ocurrido en alguna ocasión, que medio millón de estadounidenses se congregaron para luchar por la democracia? No sabe si las acusaciones de fraude electoral son ciertas o no, pero está impresionado -o más bien conmovido- porque haya tanta gente a quien le preocupa, porque signifique algo para ellos. Ha visto un robo electoral en Estados Unidos en el que apenas se oyó alguna queja. [...]
"Dos millones y medio de personas", piensa Keller mientras camina junto a Marisol, que canta con la multitud. La Marcha sobre Washington de Martin Luther King congregó a unas doscientas cincuenta mil: a una protesta contra la guerra de Vietnam en 1969 asistían unas seiscientas mil.
Aunque intenta resistirse, a Keller le resulta cautivador. "Quien diga que a los mexicanos no les interesa la democracia debería estar aquí hoy", piensa cuando los manifestantes pasan junto a los monumentos a los Niños Héroes y al Ángel de la Independencia, la embajada de Estados Unidos y la Bolsa de Valores.
Y de una guerra a otra. El tercer libro es Más allá de la contienda, de Romain Rolland (Nórdica y Capitán Swing, 2014). Publicado en 1914, se trata de un vibrante alegato no ya contra la guerra en marcha, sino contra su glorificación, especialmente contra el papel que en su justificación jugaban los intelectuales y pensadores de los países en liza. Sus reflexiones son tan atinadas y necesarias hoy como ayer:
Un gran pueblo asaltado por la guerra no debe defender únicamente sus fronteras, sino también su razón. hay que salvarla de las alucinaciones, de las injusticias y de las estupideces desencadenadas por esta plaga. A cada cual su oficio: el de los ejércitos es proteger el suelo de la patria, pero el de los hombres de pensamiento es, como su nombre indica, defender su pensamiento. No cabe duda de que si el pensamiento se pone al servicio de las pasiones nacionales puede convertirse en un instrumento útil para ellas, pero también se corre el riesgo de traicionar al espíritu, que no es una parte menos importante del patrimonio de dicho pueblo.
Dadle a un intelectual un ideal y una mala pasión cualquiera, y siempre encontrará la forma de combinarlos. [...] Un intelectual hábil es un prestidigitador del pensamiento... Nada por aquí, nada por allá!... Lo glorioso es hacer de una idea su contraria, del Sermón de la Montaña la guerra entre los hombres o, como el profesor Ostwald, del sueño de un internacionalismo intelectual la dictadura militar del káiser. Para estos Houdinis, no es más que un juego de niños.
¡Qué débil es la resistencia del pensamiento crítico cuando suenan las trompetas de la nación! Cuánta admiración siento -precisamente por ser ejemplo de lo contrario, por ser un moderno "rollandiano"- por el escritor israelí Amos Oz. Hoy se publica una entrevista con el corresponsal de Vocento, Mikel Ayestarán: Yo no no creo en los lugares sagrados, en las piedras... Me indigna la gente capaz de matar por unas piedras. De verdad, no me importaría que se llevaran todos los lugares santos a Escandinavia durante cien años y después, cuando la gente se relaje, que los traigan de vuelta.
Un libro más: Identidades, una bomba de relojería, del sociólogo Jean-Claude Kaufmann (Ariel, 2015). Las identidades como fenómeno característicamente moderno. En las sociedades tradicionales las distintas adscripciones o pertenencias que nos constituyen como seres humanos encuentran equilibrio en el seno de una comunidad que las armoniza; no hay "problemas de identidad":
En la sociedad holista, los individuos están atrapados en marcos colectivos, muy a menudo religiosos, que les dan respuestas comunes. Hoy en día, por el contrario, el individuo mismo es el que elige, en todos los dominios, entre mil productos, mil ideas, mil maneras de hacer, mil principios morales o mil personas. cada elección que hace, hasta la más minúscula, debe inscribirla paralelamente en un universo de sentido evidente, de propensión totalizadora.
Pero en las sociedades moderrnas, en buena medida como consecuencia de la "identidad administrativa" como elemento de control, debemos "fabricar, a cada instante, una totalidad significativa". Tarea nada sencilla, especialmente para quienes se encuentran en posiciones sociales precarias o vulnerables:
Las personas cuya posición social garantiza un cierto reconocimiento, y que están inscritas en redes múltiples y diversificadas, tienen la posibilidad de jugar con sus distintas facetas identitarias. A aquellas, por el contrario, que se sienten más bien a la defensiva, amenazadas de estigmatización o más sencillamente de una pérdida de estima de sí mismas, las acecha el riesgo de un repliegue en los capullos protectores que las separan del resto del mundo otorgándoles una respuesta, evidente y única, a las preguntas de la vida, encerrándose en unas totalidades significativas que les fijan una identidad, tan indiscutible como una creencia religiosa.
Por estos espacios circula también el quinto libro: Populismos. Una defensa de lo indefendible, de Chantal Delsol (Ariel, 2015). Una aproximación a los actuales populismos como expresión de la oposición, característica de la Ilustración, entre "el pensamiento del arraigo y el pensamiento de la emancipación". Característico de las élites el primero, más propio de la gente corriente el segundo, la autora considera que "si es verdad que los humanos tienen a la vez necesidad de arraigo y de emancipación, toda democracia bien ordenada debería educar al pueblo en la emancipación y a las élites en el arraigo, llevando a cada uno lo que le falta".
Y termino con El alma de las marionetas. Un breve estudio sobre el ser humano, de John Gray (Sexto Piso, 2015). Liberal escéptico ante las ilusiones del perfeccionismo, Gray reivindica una libertad institucionalmente situada, consciente de los irreformables "defectos del animal humano":
El racionalismo moderno reincorpora el error central del cristianismo: la afirmación de que ha revelado la vida buena para toda la humanidad. [...] A medida que el cristianismo ha declinado, la intolerancia que legó al mundo se ha vuelto más destructiva. Desde el imperialismo hasta el comunismo y las incesantes guerras desatadas en pro de la democracia y los derechos humanos, se han promovido las formas más bárbaras de violencia como medio para alcanzar una civilización superior.
Ahora que lo pienso, son todos libros bastante incómodos, que remueven convicciones y plantean preguntas. Al menos a mí.
Tal vez por eso ahora me estoy dedicando al último de Stephen King, Revival. Necesito compensar un poco el exceso de realidad que en los últimos días me he metido en la retina.
Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
domingo, 11 de octubre de 2015
miércoles, 7 de octubre de 2015
Mankell
El domingo pasado, ya por la noche, terminaba de leer el último libro de Henning Mankell: Arenas movedizas, publicado, como toda su obra en España, por Tusquets. Leo en su página web un comentario fechado el día 5 en que se dice que Mankell murió "in his sleep early this morning in Göteborg". Murió mientras dormía. Y tengo la profunda impresión de que mientras yo me acercaba al final de su libro, Mankell se aproximaba al final de su vida. Lo cual me vincula muy especialmente al libro y a su autor, al que ya admiraba desde hace mucho tiempo.
Aunque el cáncer está muy presente en esta obra, en realidad el libro no trata de la muerte o de la enfermedad, sino de la vida, de la humanidad, de la esperanza. Y así, he subrayado multitud de fragmentos, como estos:
- Tenemos que procurar siempre que la esperanza sea más fuerte que la desesperanza. Sin esperanza no hay, en el fondo, supervivencia.
- Siempre me reafirmaba en la idea de que el ser humano es un ser narrante. Más Homo narrans que Homo sapiens. En los relatos de los otros nos vemos a nosotros mismos.
- Todas las revueltas o revoluciones tratan de que los últimos de una sociedad exigen el derecho al deseo y la alegría de vivir.
- Uno de los pilares de nuestra civilización es la disposición y la voluntad de, motu propio, embarcarse en un bote de salvamento. [Hoy] sigue habiendo voluntarios que dan su vida en diversos contextos.
Mankell pasaba desde hace muchos tiempo la mitad del año en Europa y la otra mitad en África, en Maputo, la capital de Mozambique, donde era desde finales de los Ochenta director artístico del Teatro Avenida. Viviendo, como él mismo decía, "with one foot in the snow and one foot in the sand", con un pie en la nieve y otro en la arena. Su enorme capacidad para conectar culturas, geografías, experiencias y, en definitivas, personas, nace seguramente de esta condición mestiza de afroeuropeo o eurofricano. Recupero aquí lo que respondía en una entrevista en 2013:
Por eso, cuando se accede a la página web de Henning Mankell, lo primero que vemos es un enorme anuncio de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados.
El libro se cierra con esta frase: "Nuestra familia es en verdad infinita. Aunque ni siquiera sepamos con quién nos cruzamos en la vida durante un instante brevísimo". Merece la pena cruzarse con este Mankell, felizmente liberado de las arenas movedizas.
domingo, 20 de septiembre de 2015
Nada que esperar
Recomiendo la lectura del libro de Tom Kromer Nada que esperar (Sajalin Editores, 2015).No es una lectura agradable de digerir. La durísima existencia de los miles de mujeres y hombres que durante la Gran Depresión malvivían de la mendicidad y la caridad, sin trabajo ni techo, es narrada sin artificios ni disimulos por alguien que sufrió esa misma vida. El hambre y el frío, la humillación y el desprecio, nos asaltan en cada página. Son contadas las escenas en las que estas vivencias son sustituidas por la compasión, la solidaridad, el reconocimiento y la ayuda. Aunque también las hay, y su excepcionalidad las vuelve preciosas.
Mientras lo leía, no podía evitar pensar en otras escenas actuales, muy alejadas en el tiempo, el espacio y las circunstancias de aquellas que narra el libro de Kromer, pero a las que cabría aplicar tantas de sus reflexiones:
Es de noche y estamos en un campamento de vagabundos. Esta noche el campamento es nuestra casa. Y nuestra casa es un vertedero. Nos rodean montones de latas y botellas rotas. Y entre esos montones han encendido hogueras. A nuestra derecha, un hombre y una mujer se acurrucan junto a las llamas. Y en los brazos de la mujer, un bebé respira con dificultad. Tiene difteria. El bebé tose hasta que la cara se le pone morada. la mujer, que está asustada, lo golpea en la espalda. El bebé se recupera durante unos instantes, pero eso es todo. No se puede curar a un bebé que padece difteria dándole palmadas en la espalda.
De pronto nos llega el sonido de una voces desde el otro lado de las vías. Alguien se está acercando. Levantamos la cabeza. 'Más vagabundos que buscan un fuego para escapar del frío', pensamos. Pero la suerte no nos acompaña. Cuatro hombres avanzan a toda prisa desde las vías. Llevan porras en las manos y pistolas enfundadas a la altura de la cadera. Es la policía. Dios, ¿es que no podemos ni descansar en un apestoso basurero?.
-Tú y yo nos moriremos en uno de estos campamentos -interviene el jorobado-. Esto no va a ir a mejor, sino todo lo contrario. Llevo un periódico en el bolsillo. -El jorobado se da un golpecito en el bolsillo y añade-: Y el editorial de ese periódico dice que desde la depresión la salud de la gente ha mejorado. Dice que, de todos modos, la gente come demasiado y que la depresión además de hacer que se vuelva a creer en Dios, nos está enseñando los verdaderos valores de la vida.
-Farsantes- se queja un vagabundo mientras roe un pedazo de carne medio podrida-, son unos condenados farsantes. Imaginaos al tipo que escribió este artículo. Imaginaos también a su mujer y a sus hijos. Los veo sentados a la mesa, con un criado de uniforme que, a sus espaldas, les sirve lo que le piden. Seguro que se pasan el día arriba y abajo en sus Rolls-Royce. ¿A que no habéis visto nunca a un tipo como ese haciendo cola en un albergue? ¿A que no? Pero el muy desgraciado escribe todas esas tonterías y la gente va y se las lee. Conque los verdaderos valores de la vida, ¿eh? Si ese tipo tiene tantas ganas de creer en Dios, ¿por qué no cambia su Rolls-Royce por un oxidado cubo de hojalata y se pone a la cola? Menudo farsante.
¿Se puede saber quién ha repartido el mundo y se lo ha dado a unos cuantos? ¿Se puede saber qué derecho tiene alguien a decir que ese pedazo de tierra es suyo y que tu no puedes dormir en él?.
La novela Nada que esperar se acompaña de varios relatos cortos. Uno de estos, el titulado "Hombres famélicos", cambia radicalmente el desolador tono de los escritos de Kromer. En este relato, la conciencia socialista, sindicalista y seguramente wobblie (del IWW, Industrial Workers of the World) del autor transforma a esos hungry men (hombres hambrientos) del título en unos angry men, en individuos airados, indignados, conscientes y movilizados para cambiar la realidad:
-Y entonces llegaban los policías con sus porras y los golpeaban en la cabeza hasta que se desplomaban unos encima de otros, y así les resultaba más fácil arrastrarlos al furgón que los esperaba junto a la acera. Pero cuando se los llevaban, otro hombre se subía a la caja de madera y los policías lo atacaban con las porras y le disparaban con sus pistolas, pero las porras no le dejaban marcas y los disparos no le hacían sangrar ni lo herían, y los policías se asustaban porque no habían visto nunca a un hombre así y eso los asustaba. Los ojos negros y los dientes blancos resplandecían al sol, y en Frisco, en LA, en Detroit, en Chicago, en Nueva York y en Misisipi, hombres famélicos, vestidos con harapos descolotidos debido a la sal de su propio sudor, escuchaban delante de las puertas y las ventanas selladas de sus fábricas:
-¡Tenemos la solución! Con nuestras remachadoras construimos puentes y rascacielos. Con nuestras palas excavamos minas, trazamos carreteras y tendimos vías. Nuestro sudor y nuestra sangre están en el campo, en los barcos, en todo lo que nos rodea. Y ahora vamos a recuperarlo. ¡APARTAOS!
Un libro emocionante.
martes, 15 de septiembre de 2015
Estado, nación y nacionalismo
Recupero hoy un artículo que publiqué en 2002 en la revista Claves de razón práctica.
Por aquel entonces en Euskadi sufríamos la insoportable tensión Lizarra-Kursaal. Así lo vivía yo, al menos: sé que había y hay otras interpretaciones de aquellos días.
Ahora es Cataluña la que se asoma a ese escenario.
Y la desestatonacionalización -de Cataluña, de Euskadi, pero sobre todo de España- continua pendiente.
Por aquel entonces en Euskadi sufríamos la insoportable tensión Lizarra-Kursaal. Así lo vivía yo, al menos: sé que había y hay otras interpretaciones de aquellos días.
Ahora es Cataluña la que se asoma a ese escenario.
Y la desestatonacionalización -de Cataluña, de Euskadi, pero sobre todo de España- continua pendiente.

lunes, 24 de agosto de 2015
Firma contra el Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión (TTIP)

Iniciativa Ciudadana Europea (ICE) contra el TTIP y el CETA
¡¡¡ Firma hasta el 6 de octubre !!!
Hacemos un llamamiento a las instituciones de la Unión Europea y sus estados miembros para detener las negociaciones con los EEUU sobre el Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión (TTIP) y a no ratificar el Acuerdo Económico y Comercial Global (CETA) con Canadá.porque incluyen partes tan cuestionables como un mecanismo para solucionar las controversias entre inversores y Estados y normas de cooperación regulatoria que representan una amenaza a la democracia y al Estado de Derecho. Queremos prevenir que la legislación en materia de empleo, asuntos sociales, ambientales, de privacidad y de consumo será recortada y los servicios públicos (como el agua) y los bienes culturales serán desregulados en negociaciones no transparentes.
>> Más información sobre la iniciativa y firma de la misma AQUÍ.
sábado, 22 de agosto de 2015
Daniel Rabinovich: adiós
Ayer falleció Daniel Rabinovich, Neneco, el más travieso de Les Luthiers. Su complicidad con el público era evidente. En el libro que Daniel Samper Pizano dedica al grupo, el propio Rabinovich se describe así:
"Me casé en 1969 con Susana. Soy porteño. También mis hijos Inés y Fernando y mis nietas, Vera y Eugenia. Estudié derecho en la Universidad de Buenos Aires y me recibí de escribano. Actualmente no ejerzo. Amo a Les Luthiers. Lo que más me gusta es actuar en público. Fui deportista y luego engordé, luego adelgacé y volví a ser deportista; ahora deporté y soy adelgacista. Me gusta cantar. También me gusta viajar con el conjunto, conocer nuevos lugares y divertirme con mis amigos y compañeros".
Con nadie me he reído nunca más que con Les Luthiers. Los he visto en directo en ocho ocasiones, los he escuchado en casette, en DVD, tengo todos sus vídeos. Cuando me encuentro con otros lutherianos intercambiamos frases y juegos de palabras de sus diversos espectáculos. ¿Podrán seguir con su trabajo?
Y por si aún hay alguien que no los conoce, dos recomendaciones: la samba AÑORALGIAS y el bolero PERDONALA.
"Me casé en 1969 con Susana. Soy porteño. También mis hijos Inés y Fernando y mis nietas, Vera y Eugenia. Estudié derecho en la Universidad de Buenos Aires y me recibí de escribano. Actualmente no ejerzo. Amo a Les Luthiers. Lo que más me gusta es actuar en público. Fui deportista y luego engordé, luego adelgacé y volví a ser deportista; ahora deporté y soy adelgacista. Me gusta cantar. También me gusta viajar con el conjunto, conocer nuevos lugares y divertirme con mis amigos y compañeros".
Con nadie me he reído nunca más que con Les Luthiers. Los he visto en directo en ocho ocasiones, los he escuchado en casette, en DVD, tengo todos sus vídeos. Cuando me encuentro con otros lutherianos intercambiamos frases y juegos de palabras de sus diversos espectáculos. ¿Podrán seguir con su trabajo?
Y por si aún hay alguien que no los conoce, dos recomendaciones: la samba AÑORALGIAS y el bolero PERDONALA.
sábado, 15 de agosto de 2015
Quince días de agosto
Que dan para mucho. Además de las tareas de aprovisionamiento, cocina, limpieza, descanso y socialización (o sea, los sagrados poteos de las 13:00 y las 20:00, salvo causa muy justificada).
Agosto de vacaciones, que es lo mismo que decir agosto de lectura y de montaña.
Empezando por la primera:
En el apartado de ficción, hasta ahora he podido leer las novelas El miedo más profundo y El último detalle, de Harlan Coben, ambas editadas por RBA y con el agente deportivo metido a investigador Myron Bolitar como protagonista. Las de Coben son siempre buenas lecturas, con historias bien construidas, tramas complejas moralmente ambiguas y abundantes apuntes sociológicos, como este:
“Wilston está en Massachusets occidental, más o menos a una hora de las fronteras de New Hampshire y Vermont. Todavía pueden verse los restos del pasado, la frecuente representación artística de las ciudades de Nueva Inglaterra con las aceras de ladrillo en espiga, las casas coloniales de madera, las placas de bronce de la sociedad histórica en las fachadas de muchos de los edificios, la iglesia blanca con el tejado a dos aguas en el centro de la ciudad: toda la escena reclamando a gritos la doradas hojas del otoño o una gran nevada. Pero como en todas las demás partes de Estados Unidos, el boom de los centros comerciales está destrozando lo histórico. Las carreteras entre estos pueblos de postal se habían ensanchado a lo largo de los años, como si fuesen culpables de glotonería, para alimentar kas enormes tiendas que ahora las bordeaban. Los centros comerciales se tragaban el carácter personal, todo lo típico, y dejaban en su estela una blandura universal que asolaba las carreteras y caminos de América. De Maine a Minnesota, de carolina del Norte a Nevada, quedaba muy poca textura e individualidad. No había nada más que Home Depot, Office Max y tiendas de descuento.
Por otro lado, llorar por los cambios que el progreso nos impone y anhelar los viejos tiempos hacía que fuese fácil criticar. Más duro era responder a las preguntas de por qué, si estos cambios eran tan malos, todos los lugares y las personas se apresuraban a darles la bienvenida con tanto entusiasmo”.
También he leído la novela Calor helado, de M.J. McGrawth en Ediciones B: un thriller ambientado en el Ártico canadiense, con la cultura inuit como telón de fondo. Y, sobre todo, me he metido de lleno en las 700 páginas de Ángulo de reposo, de Wallace Stegner, otra excelente obra editada por Libros del Asteroide. La memorable epopeya de Susan Burling narrada por su nieto en los años Setenta: “Una dama cuáquera de elevados principios, esposa de un ingeniero de no demasiado éxito al que apoyaste durante años de esperanzas postergadas, viviste en el exilio, lo escribiste, lo dibujaste –New Almadén, Santa Cruz, Leadville, Michoacán, el valle del río Snake, las minas profundas de cuarzo justo debajo de esta casa- y seguiste siendo todo el tiempo una esnob cultural. Incluso cuando viviste en un campamento en un cañón, tus hijos tenían una institutriz, nada menos, sin duda alguna la única en todo Idaho. Lo que tú soñabas para tus hijos era un sueño cultivado en el Este”. Una historia de privaciones y de logros, de lealtades y de sacrificios de descubrimientos y de conexiones permanente. Una gran historia.
En cuanto a ensayo, he podido leer estos días En deuda, de David Graeber (Ariel, 2012), pendiente desde hace un tiempo. Aunque tiene cosas interesantes, me ha costado terminarlo. Creo que le sobran bastantes páginas.
También he leído Nacionalismo banal, de Michael Billig (Capitán Swing, 2014). Su tesis fundamental es que las naciones (y los nacionalismos) se construyen en momentos de crisis, apoteosis, conflicto, sí, pero sobre todo se reproducen y sostienen mediante prácticas banales, cotidianas: “El nacionalismo banal opera con palabras [y prácticas] prosaicas y automáticas que dan por sentada la existencia de las naciones y que, al hacerlo, las inhabitúan. Más que las grandilocuentes expresiones memorables, las palabras pequeñas suministran recordatorios constantes, pero apenas conscientes, de la patria, con lo que hacen inolvidable ‘nuestra’ identidad nacional. […] Las palabras esenciales del nacionalismo banal suelen ser las más pequeñas: ‘nosotros’, ‘esto’ y ‘aquí’…”. Leyendo el libro pensaba en cuanto nacionalismo banal hay detrás del actual nacionalismo épico en Cataluña, habiéndolo hecho posible; y me preocupa pensar que mi “nosotros” cívico pueda estar alimentando esos procesos. Pero también pensaba en la banalización nacionalista que se hace pasar por patriotismo español desde el PP.
Muy interesante el libro de Ildefonso Marqués La movilidad social en España (Los libros de la catarata, 2015). Una excelente y fundamentada crítica del mito meritocrático y la ideología liberal de la igualdad simple de oportunidades.
Muy sugerente también el libro de Marco Revelli Posizquierda. ¿Qué queda de la política en el mundo globalizado? (Trotta, 2015). No tanto su análisis de los “síntomas” de la crisis de las políticas de izquierdas (con su lectura y excelente síntesis de las aportaciones, bien conocidas, de Beck, Giddens, Bauman o Rosanvallon) cuanto por las breves entrevistas contenidas en el libro realizadas a distintos pensadores y activistas italianos, como Massimo Cacciari, Mario Tronti, Sergio Staino, Ilvo Diamanti o el colectivo Wu Ming, con perspectivas y reflexiones tan distintas como estas:
Wu Ming: “Sin la conciencia sobre el conflicto, la izquierda se convierte en un manual para boy scouts, en un esnobismo propio de quien se siente mejor que los demás porque es abierto de mente, políticamente correcto, en una limpieza de la conciencia con detergentes económicos. […] No basta con el virtuosismo individual, no debes cambiar el cubo de la basura en casa, sino cambiar un mundo reducido a cubo de basura. No salvas el pellejo solo, sino solo actuando colectivamente”.
Staino: “’Izquierda’ es una gran sensibilidad natural, una tendencia del corazón humano. ‘Izquierda’ es una disposición mental y ética que precede a la elección política, es el fundamento, la condición necesaria de la política. Es una actitud de bondad fundamental hacia el hombre y el mundo, un sentimiento íntimo de benevolencia. Cualquier otra consideración es fruto de ello. […] Lamentablemente, la búsqueda de la justicia llevada a cabo sin bondad ya la hemos visto en la historia de la izquierda”.
También he encontrado muchas sugerencias en el libro de Terry Eagleton Por qué Marx tenía razón (Península, 2012). Su objetivo, presentar a un Marx sumamente complejo, más allá de la caricaturización que tan a menudo han hecho de su obra tanto adversarios como partidarios. Escrito con su característico estilo fresco y lleno de humor –“Bien es verdad que, como ya hemos visto, el desarrollo espiritual y el material no siempre van de la mano, ni mucho menos. Dólo hay que mirar a Keith Richards para comprobarlo”; “Sin las clases medias que Marx tanto admiraba no poseeríamos nuestra actual herencia de libertad, democracia, derechos civiles, feminismo, republicanismo, progreso científico y otras muchas bondades en nuestro haber (como tampoco acumularíamos en nuestro debe maldiciones como las depresiones económicas, la mano de obra semiesclava, el fascismo, las guerras imperiales y Mel Gibson)”- Eagleton repasa algunas de estas caricaturizaciones que, en su opinión, no hacen justicia a la aportación del filósofo y activista de Tréveris: el marxismo siempre ha fracasado en su aplicación práctica, es una forma de determinismo económico que anula la libertad del individuo, no es más que un sueño utópico, incurre en un materialismo grosero, glorifica la violencia y rechaza la reforma, defiende un Estado autoritario, etc. Aunque creo que Eagleton se pasa en su empeño de reivindicar a Marx cuando lo presenta como un protoecologista y “adalid de la emancipación de las mujeres, la paz mundial, la lucha contra el fascismo o la libertad anticolonial”, el libro contiene análisis muy interesantes, especialmente los capítulos en los que analiza las cuestiones del materialismo, el determinismo y la libertad del individuo.
Y por último (por ahora), he disfrutado enormemente leyendo La coronación del Everest, la crónica sobre el terreno de la gesta de Edmund Hillary y Tenzing Norgay firmada por el periodista de The Times James Morris (Gallo Nero, 2015).
En cuanto a la montaña, durante la semana pasada he tenido la fortuna de subir al Espigüete (2.450 mts., el día 1), Curavacas (2.450, el día 3, acompañado de Asier, Miren y Luis Mari), Pico Murcia (2.341, el día 5) y Peña Prieta (2.575, el día 7).
El día 9, víspera de San Lorenzo, volvimos a sumarnos a la comitiva que desde Cardaño de Arriba sube hasta el collado de Hontanillas para esperar a las y los romeros que vienen desde Portilla de la Reina, en la vertiente leonesa del puerto, para luego bajar todos juntos hasta Cardaño. Es una fiesta muy especial, a la que no falto desde hace ya tres años. En esta ocasión subimos Maite, Jesús, Sama y yo. Como llegamos a Hontanillas con tiempo, mientras esperábamos al grupo de Portilla subimos hasta la cumbre de Peñas Malas (2.279 mts.), que tiene una de las aristas cimeras más hermosas de la Montaña Palentina.
También ha habido tiempo para dar algunos paseos más relajados, buscando fotografiar alguno de los animales característicos de la zona.
Aún quedan unos pocos días, casi hasta que las golondrinas que me saludan cada mañana se preparen para su migración.
Agosto de vacaciones, que es lo mismo que decir agosto de lectura y de montaña.
Empezando por la primera:
En el apartado de ficción, hasta ahora he podido leer las novelas El miedo más profundo y El último detalle, de Harlan Coben, ambas editadas por RBA y con el agente deportivo metido a investigador Myron Bolitar como protagonista. Las de Coben son siempre buenas lecturas, con historias bien construidas, tramas complejas moralmente ambiguas y abundantes apuntes sociológicos, como este:
“Wilston está en Massachusets occidental, más o menos a una hora de las fronteras de New Hampshire y Vermont. Todavía pueden verse los restos del pasado, la frecuente representación artística de las ciudades de Nueva Inglaterra con las aceras de ladrillo en espiga, las casas coloniales de madera, las placas de bronce de la sociedad histórica en las fachadas de muchos de los edificios, la iglesia blanca con el tejado a dos aguas en el centro de la ciudad: toda la escena reclamando a gritos la doradas hojas del otoño o una gran nevada. Pero como en todas las demás partes de Estados Unidos, el boom de los centros comerciales está destrozando lo histórico. Las carreteras entre estos pueblos de postal se habían ensanchado a lo largo de los años, como si fuesen culpables de glotonería, para alimentar kas enormes tiendas que ahora las bordeaban. Los centros comerciales se tragaban el carácter personal, todo lo típico, y dejaban en su estela una blandura universal que asolaba las carreteras y caminos de América. De Maine a Minnesota, de carolina del Norte a Nevada, quedaba muy poca textura e individualidad. No había nada más que Home Depot, Office Max y tiendas de descuento.
Por otro lado, llorar por los cambios que el progreso nos impone y anhelar los viejos tiempos hacía que fuese fácil criticar. Más duro era responder a las preguntas de por qué, si estos cambios eran tan malos, todos los lugares y las personas se apresuraban a darles la bienvenida con tanto entusiasmo”.
También he leído la novela Calor helado, de M.J. McGrawth en Ediciones B: un thriller ambientado en el Ártico canadiense, con la cultura inuit como telón de fondo. Y, sobre todo, me he metido de lleno en las 700 páginas de Ángulo de reposo, de Wallace Stegner, otra excelente obra editada por Libros del Asteroide. La memorable epopeya de Susan Burling narrada por su nieto en los años Setenta: “Una dama cuáquera de elevados principios, esposa de un ingeniero de no demasiado éxito al que apoyaste durante años de esperanzas postergadas, viviste en el exilio, lo escribiste, lo dibujaste –New Almadén, Santa Cruz, Leadville, Michoacán, el valle del río Snake, las minas profundas de cuarzo justo debajo de esta casa- y seguiste siendo todo el tiempo una esnob cultural. Incluso cuando viviste en un campamento en un cañón, tus hijos tenían una institutriz, nada menos, sin duda alguna la única en todo Idaho. Lo que tú soñabas para tus hijos era un sueño cultivado en el Este”. Una historia de privaciones y de logros, de lealtades y de sacrificios de descubrimientos y de conexiones permanente. Una gran historia.
En cuanto a ensayo, he podido leer estos días En deuda, de David Graeber (Ariel, 2012), pendiente desde hace un tiempo. Aunque tiene cosas interesantes, me ha costado terminarlo. Creo que le sobran bastantes páginas.
También he leído Nacionalismo banal, de Michael Billig (Capitán Swing, 2014). Su tesis fundamental es que las naciones (y los nacionalismos) se construyen en momentos de crisis, apoteosis, conflicto, sí, pero sobre todo se reproducen y sostienen mediante prácticas banales, cotidianas: “El nacionalismo banal opera con palabras [y prácticas] prosaicas y automáticas que dan por sentada la existencia de las naciones y que, al hacerlo, las inhabitúan. Más que las grandilocuentes expresiones memorables, las palabras pequeñas suministran recordatorios constantes, pero apenas conscientes, de la patria, con lo que hacen inolvidable ‘nuestra’ identidad nacional. […] Las palabras esenciales del nacionalismo banal suelen ser las más pequeñas: ‘nosotros’, ‘esto’ y ‘aquí’…”. Leyendo el libro pensaba en cuanto nacionalismo banal hay detrás del actual nacionalismo épico en Cataluña, habiéndolo hecho posible; y me preocupa pensar que mi “nosotros” cívico pueda estar alimentando esos procesos. Pero también pensaba en la banalización nacionalista que se hace pasar por patriotismo español desde el PP.
Muy interesante el libro de Ildefonso Marqués La movilidad social en España (Los libros de la catarata, 2015). Una excelente y fundamentada crítica del mito meritocrático y la ideología liberal de la igualdad simple de oportunidades.
Muy sugerente también el libro de Marco Revelli Posizquierda. ¿Qué queda de la política en el mundo globalizado? (Trotta, 2015). No tanto su análisis de los “síntomas” de la crisis de las políticas de izquierdas (con su lectura y excelente síntesis de las aportaciones, bien conocidas, de Beck, Giddens, Bauman o Rosanvallon) cuanto por las breves entrevistas contenidas en el libro realizadas a distintos pensadores y activistas italianos, como Massimo Cacciari, Mario Tronti, Sergio Staino, Ilvo Diamanti o el colectivo Wu Ming, con perspectivas y reflexiones tan distintas como estas:
Wu Ming: “Sin la conciencia sobre el conflicto, la izquierda se convierte en un manual para boy scouts, en un esnobismo propio de quien se siente mejor que los demás porque es abierto de mente, políticamente correcto, en una limpieza de la conciencia con detergentes económicos. […] No basta con el virtuosismo individual, no debes cambiar el cubo de la basura en casa, sino cambiar un mundo reducido a cubo de basura. No salvas el pellejo solo, sino solo actuando colectivamente”.
Staino: “’Izquierda’ es una gran sensibilidad natural, una tendencia del corazón humano. ‘Izquierda’ es una disposición mental y ética que precede a la elección política, es el fundamento, la condición necesaria de la política. Es una actitud de bondad fundamental hacia el hombre y el mundo, un sentimiento íntimo de benevolencia. Cualquier otra consideración es fruto de ello. […] Lamentablemente, la búsqueda de la justicia llevada a cabo sin bondad ya la hemos visto en la historia de la izquierda”.
También he encontrado muchas sugerencias en el libro de Terry Eagleton Por qué Marx tenía razón (Península, 2012). Su objetivo, presentar a un Marx sumamente complejo, más allá de la caricaturización que tan a menudo han hecho de su obra tanto adversarios como partidarios. Escrito con su característico estilo fresco y lleno de humor –“Bien es verdad que, como ya hemos visto, el desarrollo espiritual y el material no siempre van de la mano, ni mucho menos. Dólo hay que mirar a Keith Richards para comprobarlo”; “Sin las clases medias que Marx tanto admiraba no poseeríamos nuestra actual herencia de libertad, democracia, derechos civiles, feminismo, republicanismo, progreso científico y otras muchas bondades en nuestro haber (como tampoco acumularíamos en nuestro debe maldiciones como las depresiones económicas, la mano de obra semiesclava, el fascismo, las guerras imperiales y Mel Gibson)”- Eagleton repasa algunas de estas caricaturizaciones que, en su opinión, no hacen justicia a la aportación del filósofo y activista de Tréveris: el marxismo siempre ha fracasado en su aplicación práctica, es una forma de determinismo económico que anula la libertad del individuo, no es más que un sueño utópico, incurre en un materialismo grosero, glorifica la violencia y rechaza la reforma, defiende un Estado autoritario, etc. Aunque creo que Eagleton se pasa en su empeño de reivindicar a Marx cuando lo presenta como un protoecologista y “adalid de la emancipación de las mujeres, la paz mundial, la lucha contra el fascismo o la libertad anticolonial”, el libro contiene análisis muy interesantes, especialmente los capítulos en los que analiza las cuestiones del materialismo, el determinismo y la libertad del individuo.
Y por último (por ahora), he disfrutado enormemente leyendo La coronación del Everest, la crónica sobre el terreno de la gesta de Edmund Hillary y Tenzing Norgay firmada por el periodista de The Times James Morris (Gallo Nero, 2015).
En cuanto a la montaña, durante la semana pasada he tenido la fortuna de subir al Espigüete (2.450 mts., el día 1), Curavacas (2.450, el día 3, acompañado de Asier, Miren y Luis Mari), Pico Murcia (2.341, el día 5) y Peña Prieta (2.575, el día 7).
El día 9, víspera de San Lorenzo, volvimos a sumarnos a la comitiva que desde Cardaño de Arriba sube hasta el collado de Hontanillas para esperar a las y los romeros que vienen desde Portilla de la Reina, en la vertiente leonesa del puerto, para luego bajar todos juntos hasta Cardaño. Es una fiesta muy especial, a la que no falto desde hace ya tres años. En esta ocasión subimos Maite, Jesús, Sama y yo. Como llegamos a Hontanillas con tiempo, mientras esperábamos al grupo de Portilla subimos hasta la cumbre de Peñas Malas (2.279 mts.), que tiene una de las aristas cimeras más hermosas de la Montaña Palentina.
También ha habido tiempo para dar algunos paseos más relajados, buscando fotografiar alguno de los animales característicos de la zona.
Aún quedan unos pocos días, casi hasta que las golondrinas que me saludan cada mañana se preparen para su migración.
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