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sábado, 30 de agosto de 2025

Negacionismo machista en el Congreso

No puedo comprender que el PSOE haya aprobado con su voto la celebración en el Congreso de una jornada que niega la violencia machista y que se escuda en el fantasma de las “denuncias falsas” para sostener una agenda política regresiva. Nadie discute que cada grupo parlamentario tenga derecho a organizar actos, pero hay límites que no son meramente jurídicos sino políticos y democráticos: el Congreso no es un salón de eventos alquilable, sino la sede de la soberanía popular. Es allí donde se hacen visibles las prioridades del Estado, donde se envía un mensaje simbólico potente a la sociedad. Y al permitir que este acto se celebre en esa institución, PP y PSOE han contribuido a blanquear un discurso que cuestiona la existencia misma de la violencia de género como problema estructural.

Porque no nos engañemos: en Madrid hay decenas de lugares donde Vox podría haberse reunido para reafirmar su negacionismo. Pero hacerlo en el Congreso no es casual, es parte de una estrategia. La elección de ese lugar transmite un mensaje muy claro: que los asesinatos machistas –al menos 54 en lo que va de año- no se entienden como un problema estructural, sino como episodios lamentables que se resolverían “volviendo” a modelos tradicionales de familia y a identidades de mujer y de hombre robustas, sin tanta fluidez; que algo habrán hecho las mujeres víctimas de violencia; y que legislar con perspectiva integral (al menos en el texto de la ley) no es necesario.

El PSOE intenta justificarse con un argumento formalista: todo grupo puede usar el Congreso mientras no incurra en un delito de odio. Pero ese razonamiento es pobre, casi patético, porque ignora el verdadero trasfondo. El negacionismo de la violencia machista no es neutro: es objetivamente cómplice de esa misma violencia. Así lo han señalado hasta las propias campañas institucionales del Estado. Recordemos la del 25N, cuando el Ministerio de Igualdad lanzó la campaña #EntoncesQuién? para “romper la complicidad del pacto entre caballeros”, ese pacto que garantiza la perpetuación de privilegios y que solo se sostiene gracias al silencio o a la inacción. Con frases como “Todos conocemos a una víctima de violencia machista, pero casi nadie a un agresor”, el Ministerio interpelaba directamente a los hombres para que rompieran ese pacto.

Ahora, en cambio, lo que vamos a ver es cómo en la propia sede del legislativo se juntan algunos de esos “caballeros” (no, no voy a decir nada de Rocío de Meer) que niegan la necesidad de dar ningún paso adelante, porque para ellos todo se reduce a un simple problema “intrafamiliar”. Y es aquí donde cobra sentido lo que tan bien expresa Alana S. Portero: “Lo de llamar problema a un abuso monstruoso era un ejercicio de cinismo considerable, jamás hubieran utilizado un lenguaje semejante para los conflictos laborales”. Eso los hombres a los que se refiere la autora de La mala costumbre, personas de clase obrera en la España de los 80. Los que se reúnan en el Congreso también considerarán un “problema” los conflictos laborales, nada estructural, por favor. Machistas, clasistas y racistas.

El Congreso de todas y de todos no puede ni debe acoger actos que niegan evidencias científicas, que ponen en cuestión derechos humanos fundamentales y que legitiman la continuidad de estructuras de violencia que producen tanto sufrimiento. Convertirlo en escenario del negacionismo es deshonrar su función representativa y dar oxígeno a un discurso que, con cada víctima que se suma a la lista, demuestra su carácter letal.

sábado, 7 de septiembre de 2019

Habrá gobierno, pero no alternativa progresista


1. Afirma enfáticamente Maria Jesus Montero: "Esto no es táctica, no habrá coalición". Si es así, sólo habrá investidura si UP renuncia a estar en el Consejo de Ministras/os, como ya hizo Pablo Iglesias en julio.

2. UP no puede aceptar la oferta de "gobernanza compartida" que le hace el PSOE, por más que haya quien se esfuerce por destacar la importancia la misma.

3. En esto yo comparto aquello que escribía José Antonio Estévez Araujo en la revista MIENTRAS TANTO: "Que no te den gobernanza por democracia".

4. Así que sólo habrá investidura si UP da su voto a Sánchez y se queda en la oposición. Creo que es lo que va a pasar. Espero...

5. Si así ocurre, habrá gobierno del PSOE, pero será pan para hoy y hambre para mañana. Sin mayoría estable, ¿cuál será el grado de cumplimiento de las famosas 370 propuestas? Más que reducido, me temo. La consecuencia será más "melancolía de izquierda" (Enzo Traverso).

6. Y lo peor es que este desgraciado proceso nos condena a la imposibilidad de construir acuerdos que aseguren gobiernos progresistas para 2-3 legislaturas, única posibilidad de afrontar los retos de la cohesión social y territorial, la igualdad, la transición ecológica...

jueves, 25 de julio de 2019

De Pe a Pa: cómo he visto yo el fracaso de la investidura, y cómo lo valoro


No tengo información relevante. De hecho, ni siquiera puedo decir que haya seguido con particular atención e interés todo la actualidad política en los últimos meses. Lo que sigue no es más que una reflexión personal en voz alta. Por supuesto, estoy abierto a cualquier otra valoración o juicio.

1. Tengo que remontarme al 31 de mayo de 2018, cuando un Pedro Sánchez al que tuvieron que prestarle una silla puesto que no era ni diputado logró sumar 180 votos a una moción de censura que desalojó a Rajoy de La Moncloa. Con tan solo 84 escaños, el PSOE logró el apoyo (absolutamente imprescindible de toda la izquierda y de todas las fuerzas nacionalistas representadas en el Congreso. En contra, PP (y sus satélites) y Ciudadanos.

Se abría así un escenario nuevo en el que se vislumbraba la posibilidad de construir mayorías amplias en torno a la recuperación de derechos sociales y servicios públicos sacrificados en el altar de la austeridad, al intento de retomar el diálogo político en Catalunya, etc.

2. Los ocho meses de gobierno en solitario de Pedro Sánchez dejan para mí un balance muy poco lucido. Es verdad que no contaba con presupuesto propio, sino heredado de Rajoy. Se aumentó el SMI a 900 euros, se incremetaron las pensiones y se  subió un 2,25% el salario del funcionariado. Pero no hubo grandes cambios (Franco sigue en su cripta) y nos dio algunos disgustos: empezó admitiendo al Aquarius en el puerto de Valencia para dar cobijo a 629 migrantes, para después hacer una política de refugio absolutamente alineada con esta UE. Siendo un gobierno de paso y débil, bastante hizo desalojando al PP. ¡Ah, sí! En febrero de 2019 Sanchez publica su Manual de resistencia. No lo he leído, pero en su momento me pareció una frivolidad. 

3. El 28 de abril Pedro Sánchez impulsó al PSOE hasta los 123 escaños. El votante de izquierda se movilizó y esa misma noche electoral frente a Ferraz se gritaba "¡Con Rivera, no!". Me dió la impresión de que no era el grito que esperaba Sánchez y que no le hizo gracia.
 

A pesar de la movilización del voto de izquierda, las elecciones de abril dejaban un bloque claro de derecha (PP, Cs, Vox, NA+) que sumaba 149 escaños, muy lejos de la mayoría absoluta, pero muy por encima del PSOE.
Frente a ese bloque de derecha, rodado ya en Andalucía, las izquierdas y los nacionalismos contaban con una potentísima  herramienta de cambio: 201 escaños. Pero esta maquinaria política no iba a funcionar como lo hace la derecha: había que engrasarla y calibrarla mediante el diálogo, la negociación y el acuerdo.


4. El PSOE descartó desde el principio un gobierno de coalición con UP: de ahí la ocurrencia del "gobierno de cooperación", expresión que "abraza más que un Gobierno solitario o de coalición” según la sección hippie del equipo de Sánchez.
También desde el principio empezó a hacerle ojitos a Cs reclamando el final del "cordón sanitario" decretado por estos contra el PSOE. Recuerdo que a estas alturas Cs ya practicaba ménage à trois con PP y Vox, y disfrutaba con ello. ¿Qué sentido político tenía ese llamamiento del PSOE a Cs?
Al rechazar la posibilidad de un gobierno de coalición con UP el PSOE estaba renunciando a poder desarrollar, con una mínima comodidad parlamentaria, su programa de izquierdas.

5. Descartado el apoyo coaligado de UP, el PSOE se dedicó también a jurar y perjurar que jamás se sentaría a negociar un apoyo a su gobierno de los nacionalistas de ERC, JxCat y EHBildu, 26 escaños. Al rechazar, como si de apestados se tratara, el acuerdo con estas fuerzas nacionalistas, el PSOE renunciaba a intentar encarrilar políticamente el problema de la cohesión territorial de España.

6. En esta sorprendente negación de la aritmética, a alguien en el PSOE (¿a su sección hippie?) se le ocurrió que la solución estaba en lograr una abstención generalizada que posibilitara la investidura de Sánchez en segunda vuelta, con sólo los votos del PSOE. La estrategia era infalible: jugar con los miedos de cada cual ante la posibilidad de una investidura fracasada. Se suponía que PP y Cs se abstendrían para que Sánchez no dependiera de chavistas, bildutarras y rebeldes contra España. Se suponía que UP y nacionalistas se abstendrían para evitar un gobierno trifachito. Pero la estrategia no debía ser tan infalible... 
En el PSOE había incluso quienes se apuntaban a la CISpótesis de que unas nuevas elecciones reportarían al PSOE tantos escaños que no iban a saber qué hacer con ellos...



7. A partir de este momento los acontecimientos se aceleraron. PSOE y UP empezaron a negociar o algo así, frenesí. A negociar un gobierno de coalición, aunque abrace menos que otro de cooperación: pero con estos calores, quién necesita abrazos...
Casi era mejor cuando no negociaban. 
Pablo Iglesias nunca propuso a Sánchez ser vicepresidente (según Sánchez), pero sí lo propuso (según Moncloa), y Sánchez lo repudió por no ser suficientemente demócrata ni suficientemente español, hasta que el propio Iglesias se borró del cargo. El principal obstáculo para el acuerdo estaba despejado... pero no.
UP pedía ministerios que el PSOE no estaba dispuesto a ceder, y en esta discusión lo que unas y otras nos decían es que no se fían. Se cruzaban las filtraciones como se cruzan las espadas en la Batalla de los Bastardos...
Cómo habrá sido la cosa que Rufián ha tenido que convertirse en el mejor defensor de un gobierno de izquierdas... ¡para España!

8. Y así llegamos al final. Según parece, el PSOE ha ofrecido a UP una vicepresidencia de carácter social y tres ministerios: Vivienda y Economía Social, Ministerio de Igualdad y Ministerio de Sanidad y Consumo. UP lo ha rechazado si no se incluía en el paquete una idiotez: las políticas activas de empleo. Ha sido la puntilla.

9. Así lo he visto yo, de Pe a Pa. De Pedro a Pablo. Arrogancia a espuertas, tacticismo de trileros, testosterona para embotellar, desconfianzas cruzadas, incapacidad para ceder en favor de un bien mayor. Lo que tocaba ahora era abrir un periodo que vaya más allá de una legislatura para afrontar los grandes retos de España y de Europa: emergencia climática, lucha contra la violencia de género, federalización, recostrucción del pacto social, apertura a las diversidades... ¿Qué de quién es la culpa? Del cha cha chá. A la mierda el relato: lo que importa es la gente.


jueves, 12 de octubre de 2017

Peor que nada

Primero pensé en no escribir nada, pues nada parecía haber pasado, más allá de lo estrictamente declarativo. Luego pensé en escribir algo a partir de una idea simplona, pero no por ello carente de potencial explicativo: la DUI se había transformado en DIU, y lo que iba a nacer había quedado en… pues eso, en nada. Pero nada de lo anterior es cierto. No es verdad que lo ocurrido el 10 de octubre en el Parlament sea “nada”. Y si lo fuera, si con tal término pudiéramos definirla, sería esa nada de La historia interminable que se va expandiendo como una enfermedad incontrolable, haciendo desaparecer personas y lugares, la imaginación y la belleza, dejando tras de sí… pues eso, la nada.
Lo visto en el Parlament fue un nuevo episodio de astucia carente de inteligencia: una forma de ganar tiempo, una patada que vuelva a plantar el balón en el campo del Estado, un intento de proteger la tensionada unidad en el soberanismo, un golpe bajo contra un PSOE resquebrajado entre diazlambanistas e icetistas, una provocación que busca ser respondida con un aumento de la represión… Elijan lo que prefieran, incorporen nuevas posibilidades o planteen, incluso, la hipótesis del paso atrás que busca abrir espacios de diálogo. Hipótesis que yo no contemplo.
La declaración que firmaron los diputados de Junts pel Sí y la CUP en dependencias del Parlament tiene su correlato perfecto en el acto de toma de posesión de sus cargos de presidente, ministras y ministros del Gobierno de España, presidentas y presidentes de comunidades autónomas, etc. Todas y todos, con solemnidad (o con la solemnidad que permiten las circunstancias, que en el caso del Parlament fue relativa) se han comprometido a defender sus respectivas ideas de país, de pueblo, de derecho, de justicia, de legitimidad, ideas que, y aquí es donde la hipótesis del diálogo hace aguas, hoy por hoy son radicalmente incompatibles. Porque, ¿qué diálogo cabe plantear entre dos compromisos solemnes cuyo cumplimiento respectivo exige el incumplimiento del otro?
Así pues, estamos donde estábamos, sólo que un poquito (espero que solo sea un poquito) peor. Dos totalidades enfrentadas y excluyentes, un juego de suma cero. Lo ideal sería que el Gobierno de Rajoy se hiciera el despistado y actuara como si, en efecto, no hubiera pasado nada. No chutar el balón, no tocarlo, no mirarlo siquiera. Que salga del campo y se pierda por la banda. Pero, ¡ay!, el compromiso solemne y público con la ley, la patria, el pueblo…
Me temo que el PP le entrará al balón. Los hooligans con disfraz de ciudadanos van creando ambiente. Tampoco ayuda, aunque parezca lo contrario, la contemporizadora lectura que de lo ocurrido hace Podemos, pues con ella el balón pasa a estar en posesión, exclusivamente, del Gobierno español. Y el PSOE sigue en el banquillo, rezando para no tener que saltar al campo: aunque tendrá que hacerlo.
Y en esas estamos. Tal vez si las espectadoras y los espectadores saltáramos al campo, pero cada cual para animar al contrario, no al propio. Tal vez si el juego se trasladara a otro escenario, como el del diálogo abierto entre comunidades autónomas. O tal vez, simplemente, la nada de ayer sea, en efecto, nada de nada, porque las empresas patrocinadoras decidan, definitivamente, apoyar otros equipos y otros deportes.

domingo, 14 de mayo de 2017

Sobre el futuro del PSOE

Desde EL DIARIO VASCO el jueves me hacían llegar dos preguntas sobre la crisis del PSOE y sus posible evolución futura:
1.- ¿La división que existe actualmente en el PSOE pone en riesgo la propia supervivencia del partido?
2.- ¿En estas circunstancias, el partido está en condiciones de ser alternativa de poder y de pelear por la presidencia del Gobierno?


Esta fue mi respuesta:

1-¿La división que existe actualmente pone en riesgo la propia supervivencia del partido?

No tanto la supervivencia electoral, pero sí la supervivencia política. Tal como funciona el sistema electoral español, y teniendo también en cuenta el peso que la tradición socialista aún tiene en algunas comunidades y en algunos grupos sociales, no creo que el PSOE se enfrente en el corto-medio plazo a un escenario como el griego o el francés, de práctica desaparición electoral. Es probable que el PSOE pueda estabilizarse durante un tiempo en torno al 17-22% de los votos en las elecciones generales, más o menos en función de la evolución de Podemos y de su éxito o fracaso a la hora de estabilizar un espacio de izquierda alternativas, cosa que por ahora no está logrando.
Lo que sí puede provocar la actual división es que ese porcentaje de votos se mantenga en términos relativos, pero con una disminución del número absoluto de sufragios. Dado el clima de “guerracivilismo” en el que se están desarrollando las primarias, si gana Susana Díaz, es probable que afiliados que apoyan a Sánchez decidan marcharse del partido y dejar de votarlo, pero no creo que sean muchos. Tampoco creo que, en este caso, Pedro Sánchez pueda liderar un proyecto escindido del PSOE, ni del tipo Mélenchon (ala izquierda del socialismo francés) ni del tipo Macron (ala social-liberal). Sánchez es un producto típico del aparato partidista, tanto como lo es Díaz. ¿Y si ganara Sánchez? Aunque algún barón ha amagado con irse en tal caso, más bien creo que se produciría una situación parecida a la de Corbyn en Gran Bretaña: apoyado por la militancia, denostado por el aparato laborista, este se sentará a esperar a que las sucesivas derrotas electorales le conviertan en un cadáver político, para volver a tomar las riendas del partido.
La vía de agua por la que el PSOE se va a ir vaciando poco a poco no es tanto consecuencia de la división actual, sino de un conjunto de cambios sociales que afectan al programa socialdemócrata en todo el mundo, y también de un cambio generacional que hace que las y los jóvenes dejen de pensar en los partidos socialistas tradicionales como opción de voto. En este escenario, durante los próximos años podemos asistir a la configuración de un “PSOE zombi”, vivo electoralmente hablando, pero muerto o agonizante desde la perspectiva de su capacidad real de hacer políticas progresistas.

2-¿En estas circunstancias el PSOE está en condiciones de pelear por la presidencia del Gobierno, es decir es capaz de ser alternativa de poder?

Evidentemente, no. Pero, insisto, no tanto por la lucha por el liderazgo entre Susana Díaz y Pedro Sánchez, sino por la ausencia de un proyecto alternativo, que sólo puede sostenerse si se construye combinando dos escalas: la europea, articulando un programa progresista que combata la deriva neoliberal y antidemocrática de la Unión Europea; y la escala local, impulsando liderazgos y prácticas pegadas al terreno (locales, municipalistas) que reconecten la política con las preocupaciones y necesidades de las poblaciones.

Hoy sale en el periódico, algo resumida, junto con las opiniones al respecto de María Silvestre, Luis Castells, Antonio Rivera, Alberto López Basaguren, Luisa Etxenike y Felipe Juaristi. Pueden leerse AQUÍ.

Opiniones ante el riesgo de un PSOE 'zombi'

Cierto, no hago ninguna referencia al tercer candidato. Sin acritud...



sábado, 15 de octubre de 2016

De la abstención a la absolución

Analizar la deriva del PSOE, desde aquella primavera de 2014 en la que Pedro Sánchez fue fabricado como secretario general por un aparato acostumbrado a hacer de aprendiz de brujo hasta este otoño de 2016 cuando Sánchez fue derribado por el mismo aparato que lo encumbró, será algún día un caso digno de estudio en las facultades de Ciencias Sociales, pero, hoy por hoy, no es más que un ejercicio de melancolía. Todo lo que podía salir mal ha salido mal.

Las elecciones del 20-D abrieron la posibilidad, aunque fuera compleja, de constituir una alternativa de gobierno de izquierdas. La cerrazón del aparato socialista, rechazando desde el minuto uno cualquier posibilidad de explorar un acuerdo “con quienes sólo aspiran a desplazarnos en el espacio de la izquierda y con quienes quieren romper España”, y la arrogante impericia negociadora de Podemos, llevaron al PSOE a intentar un acuerdo con Ciudadanos condenado al fracaso.

Las elecciones del 26-J nos dejaron un escenario bien distinto. En primer lugar, en lo que se refiere a la aritmética: un millón doscientos mil votos y 5 escaños menos para los dos partidos de la izquierda estatal; pero, sobre todo, dos partidos heridos tras la frustrante experiencia anterior: mutuamente agraviados, recelosos, vengativos incluso, haciendo inviable cualquier pretensión de sumar para construir un gobierno de izquierdas. Lo más inteligente hubiese sido pactar desde el principio una abstención política (no “técnica”) en la segunda sesión de investidura, con el fin de construir cuanto antes una oposición parlamentaria al gobierno conformado por PP y Ciudadanos dirigida a revertir las contrarreformas impulsadas durante la etapa de mayoría absolutista de Rajoy. Pero no se hizo así, y PSOE y Podemos han gastado cuatro preciosos meses en peleas internas (tuiteadas o retransmitidas en directo por La Sexta), proponiendo trilemas imposibles (ni gobierno de Rajoy, ni elecciones en diciembre, ni acuerdo con Podemos), elevando vetos cruzados y, en general, jugando con la paciencia y la ilusión de una buena parte del electorado progresista.

Pero todo eso es pasado, aunque haya ocurrido hace apenas unas semanas. Ahora estamos en otra situación, supuestamente un punto de inflexión. Lo que empezó con Pedro Sánchez se ha querido terminar acabando con el propio Sánchez: como si el ex secretario general del PSOE fuera la pieza defectuosa con cuya eliminación sería posible volver a poner en marcha la maquinaria de la gobernabilidad en España. Muerto el perro se acabó la rabia, aquí paz y después gloria, colorín colorado: viaje en el tiempo y a situarnos en el momento anterior a la primavera de 2014. No exactamente como si nada hubiera ocurrido, pero casi.

Pero estos ejercicios orwellianos de reconstrucción del pasado sólo le funcionan a la derecha. No, tampoco a Stalin le funcionaron. ¿Lo de la Gurtel? Ya está amortizado: es algo que ocurrió en fechas tan lejanas como 2004; todos los juzgados están ya fuera del PP, aunque en tiempo hubieran estado tan dentro; no será para tanto, cuando seguimos ganado las elecciones (ejemplo de argumentación-Trump: “Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y disparar a gente y no perdería votantes"). La izquierda lo tiene más complicado; de hecho, una clave infalible para situar o no a una fuerza política y a sus votantes en el espacio de la izquierda es precisamente esta de la capacidad para reconstruir con éxito su propio pasado: cuando esta reconstrucción funciona, hay que dudar de la condición de izquierda de la fuerza en cuestión. (Propuesta de discusión: EH Bildu y su reflexión sobre el pasado reciente de Euskadi).

El caso es que un Comité Federal del PSOE desarrollado en unas condiciones que harían la delicia de Fellini (por lo surrealista) o de los Monty Python (por lo cómico) optó por la amputación, por la cirugía extrema, confiando en poner así el contador a cero y hacer, ahora sí, lo que tal vez deseaban hacer pero no hicieron en diciembre, y lo que debían haber hecho pero no se atrevieron en junio: abstenerse. Pero cuando se pierde el tiempo no se pierde sin más, se pierde en una determinada dirección. Hay pérdidas de tiempo que permiten recomponer situaciones, hay otras que sólo las agravan. El desesperado intento de Javier Fernández por explicar que el juicio de la Gurtel no está sirviendo para conocer nada que no supiéramos ya y que, por ello, el PSOE no debería "construir una barricada ética” contra un PP chorreante de corrupción, es el canto del cisne de un político aplaudido por su integridad socialista. Lo siento, pero la próxima decisión de los dirigentes del PSOE de facilitar el gobierno de Rajoy no va a ser interpretada como una simple abstención, sino como una auténtica absolución. Por hacerlo tarde y mal. Sobre todo, mal.

 PUBLICADO EN EL DIARIO NORTE

jueves, 29 de septiembre de 2016

Frankenstein en Ferraz



“Una desapacible noche de noviembre contemplé el final de mis esfuerzos. Con una ansiedad rayana en la agonía, coloqué a mi alrededor los instrumentos que me iban a permitir infundir un hálito de vida a la cosa inerte que yacía a mis pies. Era ya la una de la madrugada; la lluvia golpeaba las ventanas sombríamente, y la vela casi se había consumido, cuando, a la mortecina luz de la llama, vi cómo la criatura abría sus ojos amarillentos y apagados. Respiró profundamente y un movimiento convulsivo sacudió su cuerpo. ¿Cómo expresar mi sensación ante esta catástrofe, o describir el engendro que con tanto esfuerzo e infinito trabajo había creado?".

Las palabras con las que se abre el capítulo 4 de la imprescindible novela de Mary Shelley, Frankenstein, o el moderno Prometeo, nos ofrecen la clave interpretativa que da sentido, sentido profundo, a la coyuntura que hoy vive el PSOE. En resumen: un ser creado de la nada que acaba autonomizándose y enfrentándose a los designios de su creador.

No pongo en duda los valores y las capacidades que posee Pedro Sánchez. Diré más: son muchas sus características personales que hacen de él un más que decente líder político. Pero este potencial ha sido, en todo caso, un descubrimiento sobrevenido. No han sido estos valores, desconocidos en aquel momento, los que le propulsaron hasta la secretaría general del PSOE. Pedro Sánchez resultó ganador en aquellas primarias de junio de 2014 exclusivamente como resultado de una operación concertada de los aparatos federal y autonómicos del partido socialista. En el gabinete del doctor Frankenstein de Ferraz, distintos grupos de poder acordaron activar la hidráulica del partido para elevar a Pedro Sánchez hasta la secretaría general. ¿Por qué razón? Lo ignoro. La fontanería política nunca ha sido mi fuerte.

Pero una cosa me parece indiscutible: en unas primarias realmente abiertas, libres, transparentes, sin intromisiones ni “sugerencias” aparatistas, un absoluto desconocido como Pedro Sánchez jamás hubiese podido derrotar a Jose Antonio Pérez Tapias ni, sobre todo, a Eduardo Madina. Como informaba por aquellos días EL DIARIO, Sánchez recibió 14.389 avales en Andalucía, frente a 2.698 de Madina y 2.129 de Pérez Tapias; y sólo en Sevilla Sánchez fue avalado por 4.598 afiliados, mientras que Madina recogió 485 y Pérez Tapias 268. ¿Simple entusiasmo militante? No se lo cree nadie.

Recordemos lo que ocurrió con aquellas primarias en Euskadi, más concretamente en Gipuzkoa. En Bizkaia Eduardo Madina, con 828 votos (45,17% del total), superó a Pedro Sánchez (671 votos, el 36,61%). Pero en Gipuzkoa, territorio que representa la quintaesencia del PSE rocoso, controlado, organizado, con una participación del 76,57%, se impuso Sánchez por 867 votos (71,71%) frente a 221 (18,28%) de Madina. ¡En Gipuzkoa! Hablamos de Eduardo Madina: vasco, joven, víctima de ETA; con un discurso propio, sólido; todo menos victimista, conciliador, razonable. De nuevo, nadie puede creerse que su derrota frente a Sánchez fuera resultado de la simple decisión de las afiliadas y afiliados socialistas.

El PSOE lleva mucho tiempo haciendo experimentos similares a los del doctor Frankenstein. Casi siempre los ha llamado “primarias”. Ya ocurrió con Borrell y Almunia, o con Gómez y Trinidad Jiménez en Madrid. Infundir un hálito de vida en una criatura inerte, construir un candidato o candidata con trozos de aparato, de poder local, de intereses cortoplacistas, y luego controlarlo. Pero a veces, como nos advierte Mary Shelley, la criatura se autonomiza y decide que quiere vivir por sí y para sí misma. Incluso aunque, para lograrlo, tenga que morir matando.

Publicado en EL DIARIO NORTE

lunes, 29 de agosto de 2016

Atrapados

Es una imagen bien conocida, clásica en el humor gráfico; tanto como la de quien se sienta sobre la rama del árbol que está podando. Me refiero a la persona que se pone a pintar el suelo de una habitación empezando desde la puerta, encontrándose al final arrinconado en una esquina, sin posibilidades de salir a no ser que estropee con sus pisadas el suelo recién pintado.

La firma del acuerdo entre PP y Ciudadanos ha dejado definitivamente al PSOE en la situación del personaje del chiste gráfico. Tras las elecciones del 26 de junio el Comité Federal del PSOE tiró de brocha (gorda) para pintar sobre su propio espacio tres 'noes' como tres luceros, sin darse cuenta de que con ellos empezaba a ponerse en dificultades a sí mismo: 'no' a facilitar por activa o pasiva la investidura de Rajoy, 'no' a un pacto de gobierno con Unidos Podemos, 'no' a unas terceras elecciones. Tres brochazos incompatibles que, tal vez, en caso de ser ejecutados por algún genio del surrealismo hubieran podido delinear una obra maestra, pero que trasladados al ámbito de la política eran lo más parecido a una monumental chapuza. Un imposible.

La escenificación del acuerdo PP-Ciudadanos, con esa inteligente aunque cínica afirmación de Rivera de que “100 de las 150 medidas del acuerdo habían sido pactadas la legislatura pasada con Pedro Sánchez” (¿alguien lo va a comprobar?), han sido el brochazo definitivo que ha arrinconado al PSOE en la esquina de esa habitación cuyo suelo ha ido pintando empezando desde la puerta que constituía su única vía de salida: votar 'no' a Rajoy en la primera sesión de investidura y abstenerse en la segunda; y hacerlo, como ya expuse en estas mismas páginas el pasado 8 de julio, no por responsabilidad, ni por sentido de Estado, ni por facilitar la gobernabilidad, sino para que de una vez pueda hacerse oposición institucional desde la izquierda con el objetivo de revertir todas las medidas antisociales adoptadas por el PP durante su mayoría absolutista. Porque (me disculparán si me repito), el problema no es que desde las elecciones del 20 de diciembre no haya gobierno, sino que ya llevamos ocho meses sin oposición.

¿Qué va a hacer ahora el Comité Federal del PSOE, colgado como está de su propia brocha? Una opción es tirar de coherencia ahora desgraciadamente estéril, gritar “¡no nos doblegarán!”, meter la brocha hasta el mango en el bote de pintura y terminar de cubrir con ella hasta el último rincón de la habitación, confiando en que a las terceras elecciones vaya la vencida. Más bien pienso que en este escenario lo que vendrá será, de nuevo, la 'derrotada'. Otra opción es desandar los pasos dados y abstenerse para que los votos de PP, Ciudadanos y Coalición Canaria permitan gobernar a Rajoy; pero, en la pintura fresca, se notarán demasiado las pisadas y será imposible explicar por qué no se tomó esa decisión el mismo 27 de junio, desde la plena autonomía. No veo más opciones. De Guatemala a Guatepeor, o de Málaga a Malagón.

Resultado de imagen de pink panther

Porque lo siento, pero cuando escucho a dirigentes de Podemos declarar que el fracaso de Rajoy en la sesión de investidura del próximo martes es una buena noticia porque abre la posibilidad de un acuerdo alternativo de gobierno PSOE-Unidos Podemos se me cae el alma a los pies. Una cosa es hibernar en agosto para pasar de brigada de asalto a partido político comme il faut (dicho esto con toda la melancolía del viejo tango de Arolas y Clausi: “Luna, farol y canción, dulce emoción del ayer…”) y otra obviar que, en las nuevas condiciones de la sociedad y la política en España, en estado de nueva transición, la siempre difícil convivencia entre posiciones de izquierda debe superar dificultades extremas.

Para empezar, hoy tenemos dos izquierdas, una tradicional y otra nueva, hablándose de tú a tú: nada que ver con la muy desigual relación que en el pasado se daba entre PSOE e IU. Pero hay un PSOE replicante que aún se confía en que este escenario sea coyuntural y la “hipótesis Podemos” se pierda en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Por su parte, Unidos Podemos incorpora en su seno a una izquierda tan tradicional como la socialista, pero visceralmente anti-PSOE, nutrida en las luchas contra la OTAN, la Unión Europea y todas las reformas “modernizadoras” impulsadas por Felipe González. No hay acuerdo entre cúpulas que permita superar la distancia cósmica que, hoy por hoy, existe entre las culturas políticas de ambas izquierdas. Que, sin embargo, están condenadas a entenderse. Pero este entendimiento no surgirá por decreto, sino a través de un trabajo cotidiano que se esfuerce por superar prejuicios y encontrar espacios de encuentro real, desde la práctica militante.

En un reciente libro (¿Qué hacer? El capitalismo, el comunismo y el futuro de la democracia, Edhasa, 2016) dos destacados filósofos franceses, Alain Badiou y Marcel Gauchet, ubicados respectivamente en el comunismo y en la socialdemocracia, tras discutir largamente sobre la situación del mundo y sus posibilidades de transformación, concluyen de la siguiente manera:

- BADIOU: Sin el relanzamiento de la hipótesis comunista, la hipótesis reformista defendida por usted no tiene probabilidad alguna de realizarse. […] En la práctica, no irá a ninguna parte sin mí. De hecho, ¡me propongo ayudarlo!
- GAUCHET: ¿Quiere hacerme decir que el reformismo consecuente necesita el respaldo de la hipótesis comunista? Admito sin inconvenientes que todas las energías son necesarias para establecer un control político de la mundialización neoliberal. […] Considero por consiguiente que es preciso tenerla en cuenta. Pero, de su lado, al hacer de la hipótesis comunista un aliado necesario del realismo democrático, usted arroja un salvavidas de plomo a su radicalismo. ¡Es una hermosa confesión! Que nos permite sellar el pacto sugerido por usted.


Esta es la tarea más urgente que debemos afrontar las mujeres y hombres que nos reconocemos como habitantes del pluriverso de la izquierda: establecer relaciones entre las diversas hipótesis de la izquierda que permitan, mejor más temprano que tarde, alcanzar acuerdos estratégicos que permitan plantar cara a la deriva neoliberal que, en España, representa el PP.

>> Publicado en EL DIARIO NORTE

sábado, 9 de julio de 2016

La investidura ya no es importante, lo importante es construir una oposición útil desde las izquierdas

Ahora resulta que el problema fundamental que debe afrontar la izquierda española es el de abstenerse o votar NO en el caso de que Rajoy, único candidato que tras las elecciones de junio tiene posibilidades de conformar gobierno, decida presentarse a la investidura. Sí, hablo de posibilidades, nada más. Dependerá de: a) si el indolente Rajoy se gana el sueldo de presidente en funciones y candidato relativamente más votado y se trabaja los apoyos necesarios para, al menos, no seguir manteniendo al PP en su aislamiento; b) si, en el caso de que el todavía hoy ocupante de la Moncloa despeje su sopor, su aliado más probable, Ciudadanos, le da el sí quiero; o c) si en el PP no impera la convicción de que unas elecciones tripitidas lo elevarán aún más en la estima del electorado español, con más ganas ya de vacaciones que de otra cosa, al tiempo que debilitarán en mayor medida a las izquierdas.

Tras las elecciones de diciembre defendí convencido la posibilidad y la conveniencia de un gobierno de izquierda. Hoy, en cambio, tras el 26-J, creo que tal cosa no es ni posible ni conveniente. No es posible, aunque sólo sea porque desde el PSOE ya han dicho que no; lo ha descartado, según parece, una misteriosa “portavoz oficial” de Pedro Sánchez. "Pedro Sánchez no lo descarta, lo descartan los números", dicen en el entorno del líder socialista. No es verdad, pero tampoco es mentira: los números no descartan la posibilidad de un gobierno alternativo al de Rajoy, pero si la convicción de hacer ese gobierno no es hoy más firme y más seria que la expresada tras las elecciones de diciembre, los números sirven de poco. Y no creo que esa convicción haya mejorado: de ahí la inconveniencia de intentar disputarle la investidura a Rajoy. Hay un millón doscientos mil votantes de izquierda que se han desmovilizado desde diciembre. Hay comunidades autónomas y hay grandes ciudades gobernadas por las izquierdas en las que ha aumentado considerablemente el voto al PP. Hay en Podemos un debate abierto sobre su política de alianzas con Izquierda Unida. Hay en el PSOE un debate abierto sobre el futuro político de Sánchez. En estas circunstancias, declarar que se quiere ser gobierno es un ejercicio de autoengaño, lo que es malo, o de engaño a la sociedad, lo que es mucho peor.

Por supuesto, no es improbable que tras el Comité Federal del sábado los cada vez más diversos y dispersos portavoces del PSOE continúen defendiendo, como si no hubiera contradicción, tanto el NO a Rajoy como el NO a Iglesias, a la vez que el NO a unas terceras elecciones. Tampoco lo es que Unidos Podemos se convierta de pronto en un maravilloso bazar en el que las ofertas al PSOE se multipliquen, cada una más irrechazable que la anterior, del tipo de votar sí a la investidura de Sánchez “sin exigir ningún puesto, quizás alguna reforma”, y luego irse a la oposición. Ofertas de mano tendida que, eso sí, no dejarán de verse acompañadas de declaraciones sobre la naturaleza irremediablemente “castista” de la dirección del PSOE, dedicada a “garantizar los intereses políticos de las élites", por lo que ni está ni se le espera en el bloque progresista. La dispersión y diversión en las portavocías, así como el acostumbramiento a la contradicción permanente, parecen ser características constitutivas de la izquierda. Va a ser que los Monty Python tenían más razón que Zizek.

Si hubiera que hacer un relato de la preocupante deriva hacia la irrelevancia y la banalidad que parece haberse adueñado de la izquierda en España sólo habría que atender a cuáles han sido las grandes cuestiones sobre las que las fuerzas progresistas han debatido a lo largo del último año. Antes de las elecciones del 20-D PSOE, Podemos e Izquierda Unida discutían sobre si renta o trabajo garantizado, sobre la república, sobre el nivel de reforma que habría que aplicar a la reforma laboral del PP, sobre el derecho a decidir o sobre el TTIP. Tras las elecciones de diciembre, la discusión se limitó a la cuestión de gobernar con quién y con qué distribución de responsabilidades. Mientras nos preparábamos para la repetición de las elecciones, el único debate en el seno de la izquierda fue el del sorpasso. Tras el 25-J, sin sorpasso pero sí con un monumental sopapo, lo único que parece preocupar al PSOE y a Unidos Podemos es pasarle al otro el marrón de cargar con el baldón de haber sido el que, por omisión pasada o por abstención presente, habría llevado a Rajoy a la presidencia del gobierno.

El problema no es que desde las elecciones de diciembre no haya gobierno; el problema es que ya va para siete meses que no tenemos oposición. Aún con gobierno en funciones, la nave va: la nave del deterioro del derecho del trabajo, la nave de la austeridad, la nave de la reforma educativa, la nave de la corrupción… Lo que no va es la posibilidad de modificar el rumbo de esa nave.

Así pues, esta es mi humilde y personal propuesta: que PSOE y Unidos Podemos se recompongan como organizaciones que habitan en el espacio plural de las izquierdas; que establezcan canales de diálogo con ambición estratégica; que acuerden cuanto antes un programa de oposición que revierta las principales contrarreformas del PP y, ya de paso, alguna inaugurada por el PSOE: la laboral, la educativa, la de extranjería, la de la justicia universal… Y despejar, ya desde ahora, la cuestión de la investidura de Rajoy. Que se la trabaje, si es capaz, y que si no lo es no pueda escudarse en nada que no sea su propia incapacidad. PSOE y Unidos Podemos deberían dejar de amenazarse con la acusación de que fue el otro el que, al final, permitió gobernar a Rajoy. En lugar de seguir jugando al “juego del gallina”, probándose para ver quien se acobarda antes y finalmente cede para evitar unas terceras elecciones, dejando a la otra parte como la más firme y coherente, ambos partidos deberían acordar y anunciar públicamente que votarán NO en primera vuelta a Rajoy, y que luego se abstendrán. Abstenerse no por responsabilidad, ni por sentido de Estado, ni por facilitar la gobernabilidad, ni cosas similares. Abstenerse para que de una vez pueda hacerse política institucional desde las izquierdas.

Publicado en EL DIARIO NORTE

viernes, 17 de junio de 2016

En este gráfico está la clave para pensar en lo que puede ocurrir tras el 26J

O una de las claves (no hay que descartar presiones empresariales, de grupos mediáticos, etc.); pero esta es una clave esencial: la distribución en cada partido de las preferencias por las distintas opciones de conformación de Gobierno. Más en concreto: la distribución que de dichas preferencias se da entre las y los votantes del PSOE, pues este partido va a ser la clave en cualquiera de los escenarios electorales. Los datos los ofrece MyWord en un sondeo para la SER.

El electorado del PSOE es el más fragmentado, con un tercio (33,7%) que prefiere la opción de gobierno de izquierdas PSOE + Unidos Podemos, seguido muy de cerca por la opción "transversal" PSOE + Ciudadanos + Unidos Podemos (26,9%), pero también con un considerable porcentaje de votantes socialistas que eligen la opción conservadora PP + PSOE + Ciudadanos (19,7%).
¿Hay alguien en el interior del PSOE que represente y lidere cada uno de esos tres bloques? ¿Cuál es su influencia en los ámbitos de decisión del partido?


martes, 14 de junio de 2016

Sobre la persistencia de la bipolaridad: novillos, reses viejas y alambradas

Esta mañana los medios de comunicación se han llenado de declaraciones irrelevantes en las que partidarios de cada uno de los dirigentes políticos que ayer debatieron en el plató del palacio de Congresos de Madrid pontificaba sobre lo bien que lo habían hecho sus respectivos jefes y lo mal que habían quedado los demás. Esperar de un alto cargo que valore la actuación de su líder o, más en general, de su partido, es como esperar objetividad de un periodista deportivo. Business as usual, nada nuevo bajo el sol de la política mediatizada.
Pero hay valoraciones que, si se hacen de verdad, desde la convicción, y no como parte del juego mediático, producen preocupación.
"Se acabó la bipolaridad", declara el vicecoordinador del Comité Electoral Federal del PSOE, Oscar López, como resumen del debate de ayer. Si este es el diagnóstico que hace el Partido Socialista, se equivoca, y mucho.
Philip Larkin escribe en su poema "Alambradas":

Las praderas más amplias tienen cercas eléctricas,
pues aunque las reses viejas saben que no se han de descarriar
los novillos jóvenes husmean siempre agua más pura
no aquí, sino en cualquier parte. Más allá de las alambradas

les lleva a chocar contra las alambradas
cuya violencia los desgarra sin mesura.
Ese día el novillo joven en res vieja se ha de transformar,
límites eléctricos a sus más amplias miras.

Podrá discutirse si la representación del polo emergente está ya definitivamente encarnada en Unidos Podemos o sí aún harán falta movimientos de encaje y consolidación, tensiones y fracturas, recomposiciones y nuevas organizaciones. Pero esa bipolaridad existe y va a ser la que marque el campo de juego en los próximos años. En las pasadas elecciones del 20D, si solo hubieran votado quienes tienen entre 18 y 44 años, Podemos y sus confluencias habrían ganado claramente las elecciones; el segundo partido sería Ciudadanos, el tercero el PP y el PSOE quedaría en cuarta posición. Con el voto de la población de entre 45 y 64 años el PSOE estaría en cabeza, con el PP en segunda posición. Si solo hubieran votado los mayores de 65 años, el PP habría obtenido mayoría absoluta.



Novillos jóvenes junto a reses viejas. Límites eléctricos a las miras más amplias. ¿Puede verlo Oscar López?

martes, 10 de mayo de 2016

Matar al padre

No hay biografía política que soporte medianamente bien un análisis objetivo y desapasionado. En realidad, no hay biografía, política o no, que no salga herida tras someterse al escrutinio de quien, sine ira et studio, investiga y sopesa todo lo hecho y lo acontecido a lo largo de la vida de una persona. Conviene tenerlo en cuenta, para no caer en la vieja contradicción de la paja y la viga.
Esto resulta particularmente cierto en el caso de las personas públicas, especialmente de aquellas que, por méritos propios o por razones históricas, han tenido que echarse a la espalda importantes responsabilidades políticas en tiempos convulsos. Cuando el resultado de este escrutinio resulta poco ejemplar, suele recurrirse a una muletilla bien conocida: “fue un hijo de su época”. Y sí, claro que sí: todo antepasado político ha sido hijo de su época, pero decir esto es decir bien poco. Todas y todos lo somos, pero cada época cría hijas e hijos que actúan de maneras muy distintas.
Y así, recurriendo a la atinada reflexión de Hannah Arendt, "aun en los tiempos más oscuros tenemos derecho a esperar cierta iluminación, […] que […] puede provenir menos de las teorías y los conceptos que de la luz incierta, titilante y a menudo débil que algunos hombres y mujeres reflejarán en sus trabajos y sus vidas bajo casi cualquier circunstancia". Porque lo cierto es que en una misma época histórica hay mujeres y hombres que nos iluminan, mientras que hay otras y otros que alimentan la oscuridad.

En el espacio de los partidos políticos, creo que sólo el PNV ha conseguido gestionar con naturalidad (lo cual ya es mucho) y hasta con orgullo (lo cual ya es demasiado) la herencia política de su fundador, Sabino Arana. Ellos verán. Pero la apelación a su condición de "hijo de su época" no basta para salvar al xenófobo Arana de De fuera vendrá... [Ver, a este respecto, el artículo de José Luis de la Granja, “La identidad vasca según Sabino Arana”, publicado en la revista Grand Place, editada por la Fundación Mario Onaindia].


En este momento es el PSOE el que se enfrenta al reto de arreglar cuentas con su padre, si no fundador, si refundador. O fundidor, si no lo remedian.
Felipe González tiene una larga y compleja historia tras de sí. Como no soy ni felipólogo ni felipista, no pretendo ni tan siquiera asomarme a esta historia, que en todo caso está conformada por episodios tan conocidos como discutidos, cuya valoración política puede ser muy diversa: la renuncia al marxismo en Suresnes, el “OTAN, de entrada, no”… pero sí, los GAL, la huelga general del 14D, se entremezclarán con historias de modernización económica, extensión de prestaciones y servicios sociales, integración europea, etc. Pero, tras unos años de ejercicio relativamente discreto como reclamado conferenciante, cultivador de bonsáis y diseñador de joyas, al jarrón chino le salieron patas y desde hace unos años no ha dejado de provocar encontronazos con un partido socialista que no ha sabido decirle:  o te retiras, o pones tu agenda al servicio de mejores causas que Gas Natural, o devuelves el carnet.

Ahora ha salido a la luz el bochornoso publirreportaje en favor del oscuro Farshad Massoud Zandi, principal accionista de la empresa luxemburguesa Star Petroleum, empresa explotadora de petróleo y de más cosas y seres en Sudán del Sur, y sometido a inspección por posible fraude fiscal por parte de la Agencia Tributaria. 
Casi produce lástima escucharle decir esa vaciedad de que "...ahora está concretando esa personalidad intentando crear una estructura porque él abre espacios absolutamente increíbles donde quiera que va...". Casi. Lo que más produce es indignación. Casi tanta como escuchar a Óscar Lópezresponsable de Estrategia y Comunicación del Comité Electoral del PSOE. De estrategia y de comunicación, recalco. Luego dirán...

Foto: El expresidente del Gobierno Felipe González (i), Massoud Zandi y el ministro del Chad. (EC)
El expresidente del Gobierno Felipe González, Massoud Zandi y el ministro del Chad. El Confidencial.

martes, 8 de marzo de 2016

¿Sigue siendo políticamente viable lo que era y es aritméticamente posible?

El empeño del PSOE por negar la posibilidad aritmética de conformar un gobierno desde la izquierda me resulta tan incomprensible como el empeño de Podemos por proclamar ante las cámaras que la posibilidad política de tal gobierno sigue dependiendo tan sólo de un poquito de voluntad por parte de Pedro Sánchez (doy por hecho que Pablo Iglesias no busca realmente su amor).
La aritmética electoral daba desde el principio y da ahora para configurar un gobierno desde la izquierda: los escaños del PSOE, Podemos, En Comú, Compromis, En Marea e IU-UP suman 161. Más que suficientes para superar de largo los 123 del PP, expulsado al grupo mixto por corrupción incluido. Dos por debajo de una coalición PP- Ciudadanos, ya sea esta formal (programa negociado mediante) o de hecho (coincidiendo en el no a la hora de votar al candidato de la izquierda); en este caso habría que sumar alguna otra fuerza, empezando por la, hoy por hoy, menos problemática, el PNV. Es verdad que incluso así la investidura dependería en segunda vuelta (mayoría simple de síes) de la abstención de los dos partidos independentistas catalanes y de Bildu. Pero también podría darse el caso de que Ciudadanos decidiera abstenerse: todo dependería del tipo de medidas que la coalición de izquierdas llevara a su programa de gobierno, y de su presentación a la fuerza naranja.
De cualquier manera, incluso teniendo en cuenta todas las incertidumbres que la iniciativa para constituir gobierno desde las izquierdas podía contener, resultaba infinitamente más probable que el camino escogido por el PSOE de llegar con Ciudadanos a un acuerdo que, al margen de su contenido, estaba condenado desde el principio a no lograr ni un apoyo más que los de sus iniciales promotores.
Pero el mismo 24 de diciembre, aún caliente el recuento, Susana Díaz empezó a hacer sonar el villancico “Podemos quiere romper la unidad de España y eliminar al PSOE, fun, fun, fun”. Y cuando, un mes después, llegó el momento de que el comité federal socialista se reuniera para discutir su política de pactos, al villancico de Díaz se habían sumado los cantos de barones (no rojos), los cantes de poperos (y algunos peperos) agrupados en “Fundacionespañaconstitucional” (así, todo bien apretado) y las cantatas de viejos rockeros chinos (¿o eran jarrones?) a favor de una gran coalición o, en su defecto, de una gran abstención que permitiera gobernar al PP, sólo o en compañía de otros.
No ayudó tampoco, es bastante evidente, que el 22 de enero, unos días antes de la celebración de ese comité federal del PSOE y mientras Pedro Sánchez se reunía con el Rey, Pablo Iglesias anunciara públicamente su disposición a ser vicepresidente de un gobierno presidido por Sánchez, a quien invitaba a "tener un diálogo con cordialidad frente a millones de espectadores poniendo encima de la mesa qué hay que hacer con este país". Como para fiarse… Pedro Sánchez aguantó el tipo durante la rueda de prensa posterior, pero algo se había roto.
En estas condiciones, Sánchez salió a escena en el comité federal del 30 de enero prometiendo transparencia, consulta a la afiliación y voluntad de tender su mano a "izquierda y derecha", aunque por su discurso (y por su movimiento de defensa con la consulta frente a los derechazos de las y los cantores ya citados) parecía inclinarse a intentar el acuerdo con Podemos, para quienes tuvo continuas referencias, según pudimos leer en la prensa: "No voy a ser presidente a cualquier precio, pero no estoy dispuesto a que los españoles paguen el precio de cuatro años más de derecha al frente de las instituciones"; "No vamos a hablar de sillones ni de composición de gobiernos", sino "de lo que le importa a la gente, de cómo resolver los problemas de los ciudadanos"; "Vamos a hablar de algo que les sonará mucho a ellos, de programa, programa, programa". Esos tales “ellos” no parecían ser, al menos en principio, Ciudadanos.
En fin: todo esto es ya pasado. Lo único aún seguro es la aritmética. Que Óscar López y César Luena sigan insistiendo estos días en que hay que contar con Ciudadanos para intentar formar Gobierno porque “sin ellos no salen las cuentas” sólo se explica como daño colateral de su paso por la secretaría de organización del PSOE, cargo que parece provocar ciertos síndromes aún por diagnosticar (como el de llamar siempre “Pablo Manuel” a Iglesias). Pero las cuentas siguen saliendo. Otra cosa es si las dos sesiones de investidura pasadas y todas las declaraciones que las mismas han producido, tanto dentro como fuera del Congreso, han podido volver políticamente inviable lo que era aritméticamente posible.
Así que lo más probable es que en el plazo de unos meses estemos otra vez votando. Produciendo una nueva aritmética. ¿Cuánto de distinta de la que ahora tenemos? Parece que no será muy diferente. Ya veremos. Lo malo es que, de aquí a entonces, los partidos se van a dedicar en cuerpo y alma a intentar cambiar la aritmética. Cuando lo que deberían cambiar, empezando cada cual por su casa, es la política.

>> PUBLICADO EN ELDIARIO NORTE

martes, 1 de marzo de 2016

Un circo con tres pistas

Nunca he sido de circos. Apenas si recuerdo haber acudido un par de veces, cuando era muy chico, con mis padres a un espectáculo del Circo Atlas, cuando instalaban su carpa entre Garellano y el Hospital de Basurto. Y con mi hija, la verdad, no he ido jamás. He visto, eso sí, la película de Cecil B. DeMille El mayor espectáculo del mundo, que transcurría en el famoso circo Ringling, cuya seña de identidad eran sus tres pistas en las que se actuaba simultáneamente. Si era posible seguir con atención las tres actuaciones es algo que desconozco, aunque siempre me ha parecido que tenía que ser muy complicado.
Me ha venido a la cabeza la imagen del circo de tres pistas mientras intentaba seguir los movimientos de las distintas fuerzas políticas tras el anuncio de Pedro Sánchez de su voluntad de intentar formar gobierno. En la pista central, la más visible y expuesta a la observación pública, se han desarrollado las negociaciones y los diálogos cruzados dirigidos a buscar apoyos a un gobierno presidido por Sánchez. En esta pista se han sucedido las reuniones bilaterales (también con otras fuerzas, como IU, PNV, Compromis o ERC) que, finalmente, han dado lugar al ya conocido acuerdo entre PSOE y Ciudadanos. Dicen que a pesar del magro y discutido resultado el espectáculo debe continuar, y que aún habrá que esperar a que otros artistas salgan a la pista, pero me da la impresión de que una mayoría del público pide más, o pide algo distinto, y ha vuelto sus ojos hacia otros escenarios.
Porque la vez que en esta pista central se hablaba, tanto en negociaciones a dos y a tres como a través de los medios de comunicación, de las posibilidades de sumar escaños a la candidatura de Pedro Sánchez, otros dos espectáculos distintos se desarrollaban simultáneamente en otras dos pistas.
Una de ellas es la pista en la que todos los partidos hacen sus cálculos y buscan recolocarse de la mejor manera posible antes unas más que probables nuevas elecciones. Qué puede ser mejor en caso de que haya que volver a pedir el voto a la ciudadanía, ¿aparecer como adalides de la gobernabilidad a cualquier precio o presentarse ante los electores con una imagen de firmeza ideológica? ¿Castigarán las urnas a quien parezca que no ha hecho lo suficiente para formar un gobierno viable o a quien se presente como un excesivamente complaciente compañero de viaje? Esperar a que el presente acuerdo fracase para salir a continuación diciendo “ya lo decía yo, lo único posible es una gran coalición”, ¿será interpretado por la ciudadanía como un ejercicio de prudencia o de irresponsabilidad?
La tercera pista es aquella en la que los partidos están librando sus propias batallas internas. Es el caso, muy especialmente, del PP, el PSOE y Podemos, donde los resultados electorales y el complicado escenario de potenciales acuerdos para constituir gobierno han abierto importantes debates en su seno, en los que se cuestionan más o menos abiertamente liderazgos, estrategias y propuestas. En esta pista no actúan ni Ciudadanos ni el resto de partidos minoritarios, que miran desde los camerinos cómo los más grandes se entrampan con silencios, corrupciones y refundaciones, derogaciones que no son tal y consultas vacuas a la afiliación, arrogantes propuestas de ministerios y vicepresidencias y candorosos derechos a decidir.
Tres pistas, tres juegos, cada uno de ellos con sus propias reglas y su esquema de ganancias y pérdidas; tres espectáculos con lógicas distintas y con una cierta autonomía, pero con grandes conexiones entre sí. Tres pistas que, en función de los acontecimientos, pueden convertirse en centrales o en periféricas. Y así, en los próximos días el equilibrista puede convertirse en hombre orquesta, la tragasables en trapecista, el prestidigitador en saltinbanqui, la cuentacuentos en patinadora, el forzudo en payaso triste…
¿Cuál de esas tres pistas es la principal para cada uno de los agentes políticos que han saltado a la arena? ¿Cuál será la pista principal en los próximos días? No sabría decirlo, pero es muy probable que, cuando el gran final tenga lugar, a una buena parte de la ciudadanía nos encontrará mirando hacia la pista que no es.
 
>> Publicado en ELDIARIONORTE.
 


domingo, 24 de enero de 2016

Manos a la obra

Se equivoca Podemos si cree que la profunda transformación que precisa este país tiene que ver esencialmente con la sustitución del PSOE como espacio político más representativo del voto progresista en España. Tal cosa ocurrirá o no, en función de muy diversas circunstancias: los aciertos y los errores de cada cual, reflejados aunque sea de manera aproximada en las opciones de voto que tome la ciudadanía.
Pudiera ser que las múltiples y muy evidentes enfermedades del partido fundado por Pablo Iglesias “el viejo” hayan ido adquiriendo con el paso del tiempo una cierta dimensión estructural (como la aluminosis en algunos edificios o la corrupción en el PP) que haga sumamente complicado su saneamiento: son muchos años de ejercicio del poder, de profesionalización de la tarea de representación política, de abandono en la práctica del papel de mediación entre el Estado y la sociedad, de puertas giratorias y de sometimiento a un falso realismo que ha olvidado que “cada presente se excede radicalmente a sí mismo” (T. Eagleton, Esperanza sin optimismo, Taurus, 2016). Complicado, seguro, pero ¿imposible? Si así fuera, Podemos debería dejar de jugar al mismo tiempo a la deslegitimación (el PSOE como casta, como bunker, etc.) y a la rehabilitación (“Si estamos más fuertes que el PSOE podemos hacer que rectifiquen”).
Salvo que la torpe presentación del vicepresidente Iglesias y sus cuatro ministrables sea, como se ha señalado, una maniobra final para cargarse el ya muy debilitado liderazgo de Pedro Sánchez, impidiendo cualquier movimiento para la conformación de un gobierno de izquierdas y provocando unas nuevas elecciones, el partido fundado por Pablo Iglesias “el nuevo” debe decir con claridad sí o no a un gobierno presidido por Sánchez, y actuar en coherencia. Y para ello, Podemos debería leer con más atención y rigor los posos amargos que deja la historia del socialismo español, pues en ellos se encuentran dibujados también algunos de sus potenciales futuros como organización política.
Se equivoca también el PSOE si, empujado por las estrategias coincidentes de quienes, viviendo la política como ejercicio de hooliganismo, gritan que el partido está por encima de su proyecto transformador, por un lado, y quienes consideran que es su propio futuro personal, ligado a la ocupación de cargos  políticos, el que debe primar sobre cualquier proyecto de cambio, por otro, acaba proclamando algo así como “Fiat PSOE et pereat socialismus”: hágase el PSOE, aunque perezca el socialismo. Y si para que el PSOE dure como organización hay que convertirlo definitivamente en un grupo de poder privado separado de sus bases sociales, en una institución parapública que gestione de manera informal la distribución y el ejercicio de las funciones públicas, en órgano del Estado articulado según la férrea ley de las oligarquías (caracterización tomada de L. Ferrajoli, Poderes salvajes, Trotta, 2011), pues se hace y punto.
Aunque, como ya he indicado más arriba, la forma (y las formas) en que está actuado Podemos tras las elecciones me parece sumamente cuestionable, más cuestionable me parece que en respuesta a estas malas formas el PSOE se ponga ahora a perder el tiempo haciéndose el ofendido, en lugar de convocar a una mesa a, para empezar, Podemos e IU, con el fin de trabajarse en serio las condiciones para un programa de gobierno. No vi tanta indignación entre los dirigentes socialistas cuando se reformó el artículo 135 de la Constitución con agosticidad y alevosía para contentar a “los mercados”, cuyas presiones deberían habernos resultado infinitamente más inaceptables, antidemocráticas e insultantes que las de Pablo Iglesias.
Como señala Zygmunt Bauman en su último libro (Z. Bauman y C. Bordoni, Estado de crisis, Paidós, 2016) al analizar los movimientos de indignación, “hoy parece que se están limpiando solares vacíos, escenarios de futuras obras de construcción, en previsión de un cambio en la gestión del espacio. Pero los edificios futuros destinados a reemplazar a los que  hoy han quedado vacíos o han sido desmantelados se encuentran todavía en fase de diseño, repartidos entre multitud de mesas de delineante privadas, y ninguno de ellos está listo no de lejos para obtener la licencia de obras”. De ahí su conclusión: “La capacidad de despejar y limpiar solares de obras parece haber crecido considerablemente; sin embargo, el sector de la construcción va muy por detrás, y la distancia entre sus capacidades y la grandiosidad del trabajo constructor pendiente no deja de crecer”.

No es este de la construcción el referente más apropiado en un país como Españistán, pero se entiende y personalmente comparto su diagnóstico. Si el PSOE, por sus impresentables pugnas internas, y Podemos, por su enfermiza obsesión hegemonista, hacen imposible un gobierno de cambio, serán otros los que construyan sobre esos solares vacíos. Y lo que construyan no será, me temo, escuelas, parques, hospitales, plazas y viviendas sociales.

martes, 9 de junio de 2015

De nuevo, el PSOE se equivoca: el capitalismo neoliberal no quiere negociar




Cuando accedemos a la página web de la Comisión Europea con el objeto de buscar información sobre la negociación del Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión (conocido por el acrónimo en inglés TTIP) nos encontramos con la siguiente advertencia: “The European Commission is negotiating TTIP as openly as posible”, es decir, la Comisión Europea está negociando el TTIP tan abiertamente como es posible. ¿Puede haber algo más desasosegante?
Juan Moscoso, diputado del PSOE, fue uno de los perpetradores de aquella reforma-exprés del artículo 135 de la Constitución, y uno de los que intervinieron para apoyarla con fervor en aquella reunión plenaria celebrada por el PSOE el 29 de agosto de 2011 en una sala del edificio del Congreso de los Diputados. También estuvo en aquel ajo Pedro Sánchez, que luego se ha desdicho de aquella decisión. Y con él todo el partido. También Moscoso. En ambos casos, tanto al reformar el artículo 135 como al renegar de aquella reforma, seguro que Moscoso tuvo excelentes razones y argumentos para hacer una cosa y su contraria. Marxismo tendencia Groucho.
Ahora firma en El País un artículo en el que defiende paladinamente la necesidad del TTIP. En la línea de otros social-liberales insignes (la historia del PSOE está llena de héroes de la clase trabajadora, pero a este paso van a ser muy pronto minoría) como Boyer, Solchaga, Solbes, Barón, Sebastián, etc., sus argumentos son de este estilo:

¿Creemos que la economía de mercado, con un estado social que corrija sus fallos y redistribuya adecuada y justamente, es la mejor forma de garantizar el progreso económico de las naciones?
¿Creemos que el comercio internacional estimula el crecimiento y el empleo, que la competencia permite a los productores especializarse en lo que mejor saben hacer y a los consumidores disfrutar de mejores productos y servicios a mejor precio?
¿Creemos que Estados Unidos es un país con unos estándares socio económicos elevados en comparación con otras áreas del mundo con las que la UE tiene Acuerdos de Comercio e Inversiones?
La respuesta a estas tres preguntas, desde una perspectiva socialdemócrata, es, sin lugar a dudas, afirmativa.
Respetamos a quienes no creen en la economía de mercado, a quienes no creen en el comercio como un instrumento a favor del crecimiento o a quienes creen que Estados Unidos está al otro lado del telón de acero, pero debemos resaltar que tales planteamientos no responden a los principios de la socialdemocracia europea.

Yo he firmado en contra del TTIP. Creo que no hay posibilidad ninguna de contemporizar con este capitalismo desatado. Ninguna. Creo que el PSOE se equivoca, una vez más, al desconocer la verdadera naturaleza de lo que está en juego: no estamos en el viejo escenario socialdemócrata del pacto capital-trabajo tutelado por el Estado sino en otro muy distinto, en un escenario de juego de suma cero donde el capital busca la derrota total de cualquier adversario.
El PSOE parece creer que es posible abrazarse a la cintura del turbocapitalismo y obligarle a bailar otra danza que no sea la suya. Se equivoca totalmente. La única posibilidad es negarse a bailar.

Me temo que, dentro de no mucho, alguien con mando en plaza dentro del PSOE (si es que dura tanto) volverá sobre esta penosa decisión y nos dirá, como ya ocurrió con la reforma del 135, que fue un error. Y a otra cosa, mariposa.