Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
domingo, 17 de mayo de 2026
El siglo de Hannah Arendt
sábado, 28 de marzo de 2026
La magia (antidemocrática) del relato
En febrero de
2017 Deutsche Welle (DW), el servicio internacional de radiodifusión pública de
Alemania publicó un artículo titulado «El mundo recurre a Hannah Arendt para explicar a Trump».
El 20 de enero de 2017 Donald Trump había tomado posesión como 45º presidente
de Estados Unidos. ¿Por qué esa referencia a Hannah Arendt?
Las reflexiones de
Hannah Arendt sobre la verdad, la mentira y la política constituyen una de las
aportaciones más penetrantes del siglo XX para comprender la fragilidad del
espacio público democrático. Lejos de tratar la mentira como un simple vicio
moral, Arendt la analiza como un fenómeno estructural que puede alterar las
condiciones mismas de posibilidad de la acción política.
En Verdad y política (1964) Arendt distingue entre
distintos tipos de verdad. Por un lado, la verdad racional o filosófica, propia
del ámbito especulativo; por otro, la verdad factual, que se refiere a hechos
concretos y contingentes: quién hizo qué, cuándo y cómo. Es esta segunda la que
resulta especialmente vulnerable en la esfera política. Los hechos no son
interpretaciones libres, y dependen de testigos, documentos, pruebas. Sin
embargo, al ser contingentes y estar insertos en conflictos de intereses,
pueden ser negados, silenciados o reinterpretados estratégicamente. Para
Arendt, la política siempre ha tenido una relación tensa con la verdad, porque
el poder busca persuadir y construir relatos, mientras que la verdad factual
introduce límites a esta construcción.
En La mentira en política (1971), escrito tras el escándalo provocado por la publicación de los Papeles del Pentágono (un informe secreto del Departamento de Defensa que revelaba que la administración estadounidense había prolongado la guerra de Vietnam mientras ocultaba al público su verdadero alcance y sus dudas internas), Arendt sostiene que esa manipulación sistemática de la información no fue simplemente una sucesión de engaños puntuales, sino la manifestación de una forma de gobierno centrada en la «creación de imagen». En este modelo, gestionar la percepción pública se convierte en una prioridad superior a describir la realidad. El peligro no radica solo en que se difunda una falsedad concreta, sino en que la reiteración de distorsiones erosione el sentido común compartido.
Porque cuando todo el
mundo miente constantemente, el resultado no es que la mentira sea aceptada
como verdad, sino que ya nadie cree en nada, y cuando se pierde la confianza en
la existencia de un mundo común de hechos, la capacidad de juicio se debilita.
Sin juicio, la ciudadanía no puede deliberar ni decidir con responsabilidad y
la democracia, que presupone ciudadanas y ciudadanos capaces de evaluar
información y asignar responsabilidades, se vacía desde dentro.
Con Trump estas
reflexiones han adquirido renovada actualidad. La proliferación de narrativas
«alternativas» y la deslegitimación sistemática de medios y personas expertas
han puesto en cuestión la idea de una realidad compartida. La política se ha
transformado en una disputa permanente por el relato, donde la fidelidad a los
hechos compite con la eficacia emocional del mensaje. Las redes sociales, con su
lógica algorítmica, amplifican contenidos polarizadores y dificultan la
verificación sosegada. En este contexto, la advertencia arendtiana sobre la
destrucción del sentido común resulta especialmente pertinente.
También en Europa, el
espacio público atraviesa tensiones profundas que no pueden atribuirse
únicamente a la complejidad institucional. Construida sobre una arquitectura
multinivel que exige altos niveles de confianza, la Unión Europea ha gestionado
las crisis de la última década desde la opacidad, la tecnocratización y la
priorización de intereses económicos sobre la deliberación democrática,
imponiendo decisiones basadas en relatos públicos que negaban alternativas o
presentaban como inevitables opciones profundamente ideológicas. El problema no
es el desacuerdo, consustancial a toda democracia, sino la percepción ciudadana
de quedar relegada a espectadora de decisiones alejadas del control público.
En varios países
europeos ganan fuerza movimientos que cuestionan abiertamente estadísticas
oficiales, consensos científicos o decisiones judiciales. El debate sobre la
migración, el cambio climático o la violencia machista se ha visto contaminado
por datos selectivos y afirmaciones sin base empírica, que erosionan la
distinción entre hecho y opinión. Cuando todo se percibe como narración
interesada, el terreno para la conversación común desaparece. También en España
la política institucional parece haberse reducido a la batalla por el relato, y
la identificación ideológica de muchos medios refuerza la percepción de que
cada actor ofrece «su» versión de los hechos.
La normalización de la
comunicación puramente instrumental, la manipulación sistemática o la difusión
deliberada de falsedades no destruyen de inmediato las instituciones, pero
corroen lentamente la base factual sobre la que se construye el consentimiento
democrático. La respuesta no puede ser una ilusión de neutralidad absoluta ni
la negación del conflicto. Arendt sabía que la política implica interpretación
y disputa, pero insistía en que los hechos deben constituir un suelo común,
aunque su significado sea objeto de debate. Proteger ese suelo exige
transparencia institucional, independencia judicial, periodismo riguroso y
educación cívica orientada al discernimiento crítico.
El acrónimo MAGA,
marca pública del movimiento sociopolítico en torno a Trump, bien puede leerse
simbólicamente como la promesa de una restauración ilusionista o taumatúrgica:
«hacer América grande de nuevo» sin atravesar la complejidad institucional, económica
y social que toda transformación democrática exige. En ese sentido metafórico,
la dimensión «mágica» no sería inocente, sino problemática. Remite a una
política que sustituye la deliberación por la consigna, la argumentación por la
repetición, la conversación democrática por la adhesión emocional. La magia,
entendida como pensamiento que busca producir efectos mediante palabras
performativas y simplificaciones extremas, encaja bien con la lógica de la
posverdad: no importa tanto la verificación empírica como la eficacia simbólica
del enunciado.
Desde esta
perspectiva, el riesgo no es solo la falsedad puntual, sino la renuncia al
esfuerzo reflexivo que exige la democracia: contrastar datos, aceptar la
pluralidad, distinguir entre hechos y opiniones, asumir la complejidad de los
problemas públicos. Cuando la política se reduce a eslóganes que prometen
soluciones inmediatas y restauraciones míticas, se empobrece el espacio público
y se debilita la cultura cívica. La «magia» política, en su versión más peligrosa,
no consiste en creer en lo imposible, sino en desactivar el pensamiento
crítico.
La democracia arendtiana es exigente: no descansa solo
en procedimientos formales, sino en la existencia de un mundo compartido que
permita a la ciudadanía orientarse. Si ese mundo se fragmenta en burbujas
narrativas inconmensurables, la libertad política pierde su sustento. Estados
Unidos, Europa y España afrontan hoy ese desafío. Recordar a Hannah Arendt no
es un ejercicio académico, sino una invitación a reconstruir la confianza en la
verdad factual como bien público indispensable.
sábado, 15 de noviembre de 2025
Somos libres de cambiar el mundo
jueves, 6 de enero de 2011
En el Día de Bob Marley
Creo que fue el martes pasado cuando ETB ofreció en su programa "La noche de..." la película Soy leyenda. La última versión, la de 2007 dirigida por Francis Lawrence, con Will Smith como protagonista.En un momento de la misma, Smith hace la siguiente reflexión:
“¿No sabes quién es Bob Marley? Tenía una idea. Era una idea más propia de un virólogo. Él creía que se podía curar el racismo y el odio. Curarlo, literalmente, inyectando música y amor en las vidas de la gente. Un día, cuando iba a tocar un concierto por la paz, unos matones se presentaron en su casa y le pegaron un tiro. Dos días más tarde se subió al escenario a cantar. Alguien le preguntó que por qué, a lo que respondió: Los que intentan hacer de este mundo un lugar peor, no se toman ni un día libre. ¿Por qué lo iba hacer yo? Hay que iluminar la oscuridad.”
Seguramente no sea más que un intento (no demasiado afortunado, por cierto) de introducir mensaje en una película que no pasa de ser un agradable divertimento con palomitas. Pero es una reflexión poderosa.
Hannah Arendt tituló Hombres en tiempos de oscuridad una de sus obras, en la que se aproxima a personajes como Rosa Luxemburgo, Juan XXIII, Karl Jaspers o Walter Benjamin, todos ellos protagonistas en momentos históricos sumamente complejos y hasta trágicos. En el prefacio a este libro, Arendt confiesa cuál es la convicción que la llevó a escribir ese libro:
"Que incluso en los tiempos más oscuros tenemos el derecho de esperar cierta iluminación, y que esta iluminación puede llegarnos menos de teorías y conceptos que de la luz incierta, titilante y a menudo débil que irradian algunos hombres y mujeres en sus vidas y sus obras, bajo casi todas las circunstancias y que se extiende sobre el lapso de tiempo que les fue dado en la tierra".
Hoy he conocido por Kulturklik que Bilbao se ha sumado este año, por primera vez, a la celebración del Bob Marley Day.
Bob Marley nació un 6 de febrero de 1945. No sé si en alguna ocasión hizo y dijo lo que en la película se dice que dijo e hizo. Pero no permitamos que la verdad nos estropee una buena historia.Celebremos el Día de Bob Marley escuchando Redemption Song, una de sus canciones en mi opinión más hermosas. Y que el año 2011 sea pródigo en mujeres y en hombres cuyas obras iluminen la oscuridad.

