martes, 25 de octubre de 2011

Detener la máquina de fango


Gomorra me impresionó como ejercicio arriesgado de investigación, pero no fue hasta los relatos recogidos en Lo contrario de la muerte que Roberto Saviano no entró a formar parte de mi canon literario particular. Luego vino La belleza y el infierno, colmando mis expectativas.

Estos días he leído su ultimo libro, titulado Vente conmigo. Subrayado, subrayadísimo. Contiene reflexiones sobre la potencia de las narrativas que en los próximos días rumiaré y rumiaré, ya que conectan con algunas de las cuestiones que en los últimos tiempos más me están preocupando e interesando. Además, hay algunas otras cosas de mucho interés, entre ellas dos de evidente actualidad.
Vuelve Saviano en este libro a una cuestión de la que en su momento ya nos hicimos eco en este blog: la supuesta/la posible relación de ETA con el tráfico de drogas:

- Nosotros la coca la traíamos de Asturias -me dice Prestieri-. Teníamos contactos con los vascos.
Le recuerdo que, cuando expliqué en España que ETA tenía contactos con la Camorra, se armó un alboroto.
- Ya lo sé; todos quieren hacer las paces con ETA, y, por lo tanto, no pueden admitirlo. Con una organización política puedes sentarte a negociar, pero ¿qué haces con una implicada en el narcotráfico? Sea como sea, nosotros les comprábamos a los vascos, eran narcos vascos que ETA autorizaba y respaldaba. Luego dejamos de acudir allí, porque Raffaele Amato, Lello 'o Spagnolo, nuestro referente en España, empezó a tratar directamente con los sudamericanos.
En fin, que nada emborrone el nuevo tiempo. Aunque desde la perspectiva de las narrativas...

Me interesan más en este momento las reflexiones de Saviano sobre lo que denomina la máquina de fango y su principal consecuencia: la indiferencia hacia la política.
El mecanismo de la máquina de fango, en el fondo, es esto: poder decir "Vosotros también lo hacéis", "Todos lo hacemos". Y ese método funciona muy bien, porque en el fondo es lo que la gente quiere oír. Porque si somos todos iguales, nadie necesita sentirse mejor, hacer algo para ser mejor. La máquina de fango quiere decir: todos tenemos las manos sucias, todos somos iguales. Se trata de un despiadado mecanismo de deslegitimación universal cuyo objetivo no es otro que la indiferencia hacia la política y, en consecuencia, la retirada ciudadana de la participación: Hacer que se llegue a decir: "Todos son iguales", "Todos somos iguales". Responder al fracaso de la política generalizando, diciendo "todos somos iguales", es el mejor modo de hundir el barco en el que vamos todos.

Leía estas reflexiones de Saviano y pensaba en la encuesta electoral que ayer ofrecía el diario PÚBLICO. Según la investigación, dirigida por José Luis de Zárraga, el PSOE sólo contaría en estos momentos con la fidelidad de voto de la mitad de quienes lo apoyaron en las anteriores elecciones generales, muchos de los cuales, un 33%, se muestran indecisos.








Esta es, como puede comprobarse en el gráfico, la principal vía de agua por la que al PSOE se le escapa a borbotones su caudal electoral. Son pocos los que optan por votar a otras fuerzas políticas o por la abstención. Un tercio de quienes hace cuatro años apoyaron al PSOE parecen en estos momentos paralizados por la máquina de fango. No encuentran incentivos suficientes para movilizarse. No ven diferencias sustanciales entre el hecho de volver a votar al PSOE o no hacerlo. Aquí está la clave: ¿se está acertando en transmitir la diferencia que supone votar una cosa u otra, o no votar, el próximo 20N? Porque, según Saviano, esta es la única manera de contrarrestar los efectos de la máquina de fango:



Hay que saber ver las diferencias. La diferencia es lo que la máquina de fango no quiere que intuya el espectador, el lector, el ciudadano. Una cosa es la debilidad que todos tenemos, y otra el delito. Una cosa es el error, y otra la extorsión. Los políticos pueden equivocarse: significa que actúan. Pero una persona que se equivoca es muy distinto de una persona corrupta. En realidad, frente a la máquina de fango no hay que responder diciendo: "Nosotros somos mejores". Hay que decir: "Nosotros somos distintos". Hay que subrayar la diferencia, no meterlo todo en el mismo saco.

Aún tenemos tiempo para detener la máquina de fango. Porque hay diferencias, claro que las hay. A ver si somos capaces de exponernos y exponerlas.

jueves, 20 de octubre de 2011

El final de ETA... tan al final

¿Cómo no va a ser buena la noticia? Por favor... Lo es, es una buena noticia. Es la noticia que esperábamos. Pero, sobre todo, es la noticia por la que tanto hemos luchado. ETA ha reconocido su derrota. Mañana puede ser el primer día de nuestra vida sin ETA, después de tantos días; después de toda la vida. ¿Que por qué entonces no salto de alegría? ¿Te parezco escéptico?
Creo que si Brassens hubiese incluido en su Mala reputación una estrofa referida al terrorismo, diría algo así: "En el día del final definitivo del terrorismo, yo recuerdo a todas sus víctimas".
Es una noticia maravillosa, que solo tiene un "pero": que se haya producido ahora. Claro que sólo "ahora" podía producirse. Lo que quiero decir es que debía haberse producido ahora-hace-mucho-tiempo.




En el año 2000 tuve la ocurrencia (y Luis Haranburu la locura) de publicar un librito titulado Columnas vertebradas. Reproduzco un fragmento de su introducción, pues tal vez así me pueda hacer entender mejor:




Suele decirse que no hay nada más viejo que un periódico del día anterior. También suele recomendarse no pensar o, en caso de no poder aguantarse las ganas, nunca poner por escrito lo pensado. La primera es una advertencia a los lectores; la segunda, a los autores. Este libro desafía ambas advertencias.
Tengo que decirte, lectora o lector que ojeas esta introducción antes de tomar la decisión de llevarte contigo el libro, que todo lo que en él vas a encontrar ha aparecido ya en los periódicos de días anteriores. Se trata de una selección de columnas de opinión escritas desde principios de 1997 y publicadas por el diario El País en su edición para el País Vasco. He escogido sólo colaboraciones relacionadas con lo que en alguna ocasión en que el hartazgo hacía mella en mi ánimo he llamado la cosa nostra: todo eso que, por recurrir a denominaciones que más adelante serán convenientemente matizadas pero que de entrada nos permiten entendernos, se ha conocido como la cuestión vasca o el conflicto vasco. He dejado fuera aquellas otras columnas en las que abordaba cuestiones sobre economía, empleo, exclusión, cultura, ecología, etc.; cuestiones, por cierto, no menos nuestras.
En cuanto a la segunda advertencia –no pensar o, por lo menos, no escribir-, llevo veinte años largos haciendo lo contrario. Victor Urrutia, amigo y compañero de fatigas universitarias, suele decir que, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los lugares, el hecho de vivir en este querido país nos ha obligado a muchos a pagar un peculiar impuesto reflexivo vasco, nos ha forzado a intervenir en unos debates y a utilizar unas herramientas (el artículo periodístico) a los que, seguro, en unas circunstancias distintas no nos hubiésemos acercado.
En mi caso hace ya veinte años que recurrí al periódico para expresar mi opinión sobre algunas de las cosas que ocurrían en nuestro país. Concretamente, fue un 23 de octubre de 1979 cuando el diario Deia tuvo a bien publicarme una carta al director en la que criticaba algunos aspectos de la campaña de prensa organizada por HB pidiendo la abstención ante el referéndum estatutario que se celebraría dos días más tarde. Por lo que parece, lo que motivó aquella carta fue la indignación que sentí ante el eslógan que acompañaba la referida propaganda: “Recuerda, la luz sólo sale de la confrontación civilizada”. En un año tan terrible como aquel, cuando ETA asesinó casi a 80 personas, la apelación a la confrontación civilizada fue la gota que colmó mi particular vaso. A esa carta siguieron otras.
Años después (no sé exactamente cuando, aunque aparecen en un cuaderno fechado en diciembre de 1986), escribía unos torpes versos en los que volvía a insistir en algo que me ha atormentado siempre: ¿cómo se puede convivir con la violencia, cuando esa violencia es ejercida en nuestro nombre? El poema, sin título, decía:

y así mi tierra se volvió de sangre
sirimiri rojo
nuevo condimento
plazas encharcadas
katiuskas
paraguas
paladar que cambia
sangre tinta al vaso
de los txikiteros
sangre roja al verde
de nuestras praderas
sangrería enorme
sangruna tremenda
sangrena caníbal
santa sangre madre
de los niños muertos
sangría profunda
regando la calle
sangre se hizo sangre
mi gente
por quedarse en casa
bajo los tejados
cuando las primeras gotas
comenzaban

¡Mira por dónde! Rebuscando entre mis papeles han ido apareciendo viejos escritos. Bueno, rectifico: los escritos no son viejos, nada de eso, son muy jóvenes; hay escritos casi adolescentes. El que empieza a estar viejo soy yo. De hecho, creo que no he conseguido finalizar un poema desde hace diez años, aunque también es verdad que en todo este tiempo son pocos los que he comenzado. Pero por aquellos años escribía cosas como esta:

Nunca es pronto para decir basta / pues decirlo / tenerlo que decir / implica / que ha ocurrido ya lo que no debió ocurrir / lo que debió evitarse. / Nunca es pronto para decir basta. / Si hay que decirlo / ya es tarde.

O como esta otra, un largo poema titulado "A pesar de tu muerte (o tal vez por ella)", dedicado a Yoyes, del que entresaco algunas estrofas:

Ya está llegando el día de los días / el día del cuchillo enmohecido / el día de las deudas perdonadas / el día del disparo detenido.
Venceremos el miedo / te aseguro / que ese día venceremos el espanto / y a un día despejado dará paso / esta noche asesina del futuro.
Y no habrá ya disculpas para nadie / para el cobarde ni para el tirano / para el que ordena ni para el que calla / para el que elige ni para el que ejecuta.
Volveremos a vernos sin caretas / nos reconoceremos en las plazas / y mantendremos lo que nos distingue / sin convertirlo en lo que nos separa.

Te pido disculpas, amiga o amigo lector. Te has acercado con cautela a mis columnas periodísticas y si te descuidas te endoso un centón de mediocres poemillas. Pero descuida, este será el último; titulado "Ronda de la bala", tómalo como una concesión a la nostalgia:

A la rueda rueda / de la bala fría / rueda que te rueda / la bala asesina.
La bala no queda / parada en un sitio / no queda, que vuela /
buscando lo mismo.
Bala voladora / verdugo de niños / cruel balita ciega / esclava de instintos.
Bala de la tregua / nunca respetada / bala siempre presa / de la misma rabia.
Bala compañera / del café con leche / bala mañanera / noticia de muerte.
Feroz bala vieja / ¿no habrá quién te enfrente / a la historia negra /
que hasta hoy te mantiene?

En fin: no sé si este país habrá ganado un mediano columnista, pero de lo que estoy seguro es de que no ha perdido un buen poeta. He traído a colación todas estas historias sólo para indicar que siempre he procurado tener opinión y, cuando he podido y como he podido, la he hecho pública. Lo he considerado un precioso deber ciudadano. Y así han pasado veinte años.


Veinte años que ahora son 31. Aquel libro contenía también esta dedicatoria:



El 10 de abril de 1999 nació nuestra hija Naia. Naia (nahia) significa voluntad, deseo, intención. En dialecto suletino, el hablado en Zuberoa, significa (esta vez sin “h”) ola y, la verdad, mirar a un bebé es como mirar el mar: siempre parece igual pero en cada momento es diferente. Aunque dejar atrás la violencia no es lo mismo que superarla, quiero creer que Naia ha nacido en un País Vasco que mira definitivamente hacia la paz. A ella va dedicado este libro.
Y de una existencia que nace a la vida a otra que se consagró a la defensa incondicionada del derecho a la vida durante los peores tiempos de la violencia. También se lo dedico a todas esa buenas gentes que han creado y sostenido, desde aquel lejano 1986, la Coordinadora Gesto por la Paz de Euskal Herria. Si las sociedades tienen algo así como una ética colectiva, Gesto por la Paz ha sido la más clara emanación ética de la sociedad vasca.


Hace ya 31 años. Tal vez ahora me comprendas cuando te digo que es una noticia maravillosa, pero que...

sábado, 15 de octubre de 2011

Con Txema, este 15-O

Esta tarde, el mismo día en que tantos miles de personas se movilizan en todo el mundo reivindicando y anticipando ese otro mundo posible, pero sobre todo imprescindible, unas cuantas personas nos hemos reunido en Santutxu para recordar a Txema Fínez. Un año ya de su resurrección.
No puede ser casualidad.

He vuelto a casa con el libro nacido del amor de Susana y del afecto de tantas personas: "He sido feliz en todo lo que he hecho", proclama Txema desde su portada. Y se le nota en la foto que la ilustra.

En mi despacho tengo una estantería en la que acomodo autobiografías y biografías. Ahí están Rossana Rossanda con La muchacha del siglo pasado, los Años interesantes de Eric Hosbawm, Robert Graves y su Adiós a todo eso, De senectute de Bobbio, los Orígenes de Maalouf, el Elogio de la imperfección de Rita Levi Montalcini, Rumbo al Sur, deseando el Norte de Ariel Dorfman, El peso de una vida de Bettelheim o El refugio de la memoria de Tony Judt.
Junto a ellos, las biografías de Camus (Herbert H. Lottman), de Simone Weil (dos: la de Simone Pétrement y la de Gabriella Fiori), de Orwell (Jeffrey Meyers), de Isaiah Berlin (Michael Ignatieff), de Raymond Williams (Dai Smith) y hasta de Tom Waits (Barney Hoskyns).

Entre estas obras descansa ahora el libro de/sobre/con/para Txema.

Y de la autobiografía de Judt reproduzco una reflexión que parece escrita para nuestro querido amigo:

"La seriedad moral en la vida pública es como la pornografía: aunque difícil de definir, sabes que lo es en cuanto la ves. Describe una coherencia entre intención y acción, una ética de responsabilidad política. Toda política es el arte de lo posible. Pero el arte también tiene su ética".

miércoles, 12 de octubre de 2011

¿Quién crea empleo y bienestar?

Confebask acaba de hacer pública su propuesta para el debate sobre la fiscalidad impulsado por el lehendakari Patxi López. Tal como señalaba este diario al hacerse eco de la noticia, la patronal vasca pide una rebaja de los impuestos que afectan a las empresas (como el de sociedades y las cotizaciones empresariales a la Seguridad Social), el mantenimiento de los incentivos fiscales y la elevación de impuestos como el IVA o el IRPF (salvo los tipos máximos, es decir, aquellos que se aplican a los salarios más altos). “¿No estarían dispuestos los trabajadores a pagar un poco más para que hubiera más personas trabajando?”, se preguntaba retóricamente el presidente de Confebask al presentar su propuesta. Al fin y al cabo, ¿no son los empresarios los que crean empleo?
En una línea similar, el secretario general de la Confederación Española de Directivos y Ejecutivos , en la presentación de su VII Congreso que se celebrará a finales de este mes en Bilbao, defendía la importancia de “reconocer su mérito, su esfuerzo y su trabajo”, que deben ser adecuadamente “premiados” incluso en la presente situación de crisis. Ambas organizaciones, Confebask y CEDE, consideran que lo que la sociedad debe hacer es procurar que esas personas, empresarios, directivos y ejecutivos, que son quienes generan empleo y riqueza, no se vayan a otros lugares, allí donde se tribute menos o se retribuya más.
En esto coinciden miméticamente con el pensamiento conservador, en una alianza cuyo éxito electoral, en caso de producirse, no solucionará ninguno de nuestros problemas económicos y detonará graves problemas sociales. “A ver si nos vamos a creer que es el Estado el que garantiza ese bienestar”, proclamaba hace unos días el portavoz económico de PP, Cristóbal Montoro, en una entrevista en Los desayunos de TVE. Pues sí, deberíamos creerlo. O cuando menos, deberíamos dejar de militar acríticamente en ese thatcherismo prosaico que continua repitiendo como un mantra aquello que la Dama de Hierro sentenció en 1987 en relación a la sociedad: “¡No existe tal cosa! Hay hombres y mujeres individuales, y hay familias. Y ningún gobierno puede hacer nada sino a través de la gente; y la gente debe mirarse a sí mismos en primer lugar”. La sociedad no existe, y si existe no tiene demasiado que ver con la creación de empleo. Menos aún cuando se presenta con los ropajes de sociedad política.
Pero se trata de un discurso falso. ¿Son las empresas las que crean empleo? ¿Debe premiarse el mérito de directivos y ejecutivos? Sí y no. Las empresas que crean empleo lo hacen, siempre, en contextos sociales, culturales, políticos y económicos que ellas mismas no generan ni garantizan. Son cientos, miles, los Steve Jobs que nunca surgirán de tantas regiones el planeta donde lo más seguro para un niño o una niña recién nacidos es que su vida se acabe antes de cumplir los cinco años. ¿Y qué sería de Bill Gates en Mogadiscio? Como señala John Rawls, “hasta la disposición a hacer un esfuerzo, a intentar algo, y por lo tanto el tener mérito en el sentido ordinario, depende a su vez de las circunstancias sociales y de haber tenido una familia feliz”. Hay contextos sociales radicalmente tóxicos para el emprendizaje. Y estos contextos no son, frente a lo que sostiene irresponsablemente el dogma neolibertario, aquellos en los que existe un Estado mínimamente intervencionista y débilmente redistribuidor.
Stephen Holmes y Cass R. Sunstein, profesores de Derecho en las universidades de Nueva York y Harvard respectivamente, recuerdan que todos los derechos tienen costos económicos, que todas las libertades privadas tienen costos públicos y que la redistribución de los dineros públicos no sólo se da cuando de garantizar derechos sociales se trata. Todos nuestros derechos –tanto los comúnmente denominados “individuales” como los sociales, tanto los vinculados a la “libertad negativa” como a la “libertad positiva”- dependen de los impuestos recaudados por el gobierno. En este sentido todos los derechos son positivos. En palabras de Holmes y Sunstein, “ningún derecho es simplemente el derecho a que los funcionarios públicos no lo molesten a uno […] todos los derechos son costosos porque todos proponen una maquinaria eficaz de supervisión, pagada por los contribuyentes, para monitorear y controlar”.
El caso más evidente es el derecho de propiedad: aparentemente un derecho para cuyo ejercicio basta con la no intervención del Estado, en realidad un servicio que el gobierno presta a quienes tienen propiedades, pero que es financiado por los ingresos generales obtenidos del conjunto de los contribuyentes. El dinero público que ha costado la defensa del derecho de propiedad en el caso de Kukutza no se limita sólo ni fundamentalmente a esos 140.000 euros en los que el Ayuntamiento de Bilbao ha cifrado los destrozos causados por los actos vandálicos que se produjeron tras su desalojo. Todas y todos hemos pagado a escote no sólo los contenedores quemados, sino también los distintos autos judiciales emitidos en relación al caso, así como el espectacular despliegue policial que permitió la ejecución del derribo.
“Los individuos ricos y exitosos –recuerdan Holmes y Sunstein- deben su riqueza y su éxito a instituciones sociales que exigen la cooperación de todos, pero distribuyen sus recompensas en forma selectiva y desigual”. Esta es una lección fundamental que no parece enseñarse en las escuelas de negocios, ni siquiera en aquellas que dicen aspirar no sólo a la excelencia académica y económica, sino también a la excelencia ética. Confebask, estoy seguro, desea poder seguir desarrollando su imprescindible actividad en el marco de una sociedad razonablemente buena, pacífica, segura y virtuosa.
¿No estarían dispuestos los empresarios a pagar un poco más para que hubiera una sociedad más cohesionada, más comprometida, más atenta a descubrir y desarrollar las capacidades de todas y de todos?

[Artículo publicado hoy en en EL CORREO y DIARIO VASCO]

sábado, 8 de octubre de 2011

Un programa para la izquierda

Hoy podemos leer en PÚBLICO una entrevista con Arnaud Montebourg, candidato del "ala izquierda" a las primarias del Partido Socialista Francés. "Hay que intervenir para que los mercados no destruyan nuestra vida", sostiene. Y concluye:

"No podemos pedir a la población, que no tiene ningún tipo de responsabilidad en la crisis, que sea ella la que pague la crisis. Si no, tendremos la revolución. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que las derechas europeas, y los social-liberales como Zapatero han intentado hacer. Se lo digo a nuestro amigo Rodríguez Zapatero. Por algo no puede volver a presentarse. Porque ha comprendido que el pueblo español no puede aceptar esa injusticia. No se puede imponer a la población el precio de la crisis. Mi compromiso presidencial es construir un santuario: se puede pedir sacrificios a la población por servicios públicos que hay que reconstruir, como la educación, la dependencia de las personas mayores. Pero... ¿¡pedir sacrificios a la población por las deudas de los bancos!?".



Montebourg ha expuesto el núcleo de su proyecto económico en un librito titulado originalmente Votez pour la démondialisation!, traducido al castellano como ¡Votad la desglobalización!.
Recogiendo la reivindicacón enarbolada hace una decena de años por el filipino Walden Bello, Montebourg propone para Europa, comenzando por Francia y con la complicidad imprescindible de Alemania, un proyecto de proteccionismo moderno, verde, social y solidario: "No es un proteccionismo del miedo al otro, sino un proteccionismo cooperativo", aclara. Frente a una globalización neoliberal (en realidad una gobalitarización) que no supone otra cosa que "un desastre para los que no tienen más recursos que su trabajo", a la vez que "el desplome del poder adquisitivo de los votos", Montebourg describe una estrategia para transitar "entre el neoliberalismo cínico, que impone la ley del más fuerte y desarma a los Estados aboliendo las fronteras, y el repliegue nacional por miedo a perder la identidad o el poder, haciendo de la frontera una barrera agresiva e infranqueable". Lo cierto es que ambos, el neoliberalismo cínico en lo económico y el repliegue nacional en lo político-cultural, caminan de la mano en la actualidad.
"Se trata, pues, -señala Montebourg- de hacer un uso inteligente de nuestras fronteras, antiguo instrumento del ejercicio del poder. La frontera es hoy el medio para mantener a distancia la máquina de poner en competencia sin límites a la totalidad de las actividades humanas. Desglobalizar consiste en fundar una nueva práctica de la frontera, y de la protección, como instrumento común de los Estados en competencia, y de la humanidad, que sigue sin tener quien la defienda y quien represente su interés general".

Espero que el guante que lanza Montebourg sea recogido, primero, por el PSF, y por la sociedad francesa después. Y más allá de Francia, en cualquier caso.

domingo, 2 de octubre de 2011

Las dos estaciones de Tahar ben Jelloun

Más allá de algún artículo de opinión, no conocía la obra de Tahar Ben Jelloun. Esta semana he leído sus dos últimos libros, publicados recientemente por Alianza Editorial.







El primero de ellos es un ensayo titulado La primavera árabe, en el que analiza la oleada de protestas populares que está sacudiendo a los países del Norte de África. En junio ya público un interesante artículo al respecto. Aunque el destino de estas revueltas sea incierto, Ben Jelloun considera que las mismas significan ya una clara derrota del islamismo, al estar orientadas por valores y reivindicaciones profunda y esencialmente democráticos:


"Esta primavera rubrica la derrota del islamismo. [...] Nuevos valores -en realidad, viejos valores- han invadido el ámbito de la reivindicación árabe: libertad, dignidad, justicia, igualdad. El 'software islamista', como dicen algunos, ha quedado obsoleto. Facebook, Twitter, Internet y nuevas formas de imaginación y acción política han barrido el discurso lenitivo, anacrónico y estúpido del islamismo, que recurría a lo irracional y al fanatismo neurótico para su propagación. En las grandes manifestaciones no se ha escuchado ningún eslogan contra los otros, los extranjeros, los europeos o los israelíes [...]. Y si hoy esas revueltas pueden calificarse de 'revoluciones' es porque, ante todo y sobre todo, las animan unas reivindicaciones de orden ético y moral".





Y de la primavera luminosa e incendiaria a un otoño oscuro y agonizante. El segundo libro de Ben Jelloun es una novela titulada El retorno. La historia de un inmigrante, Mohamed, cuya jubilación le aboca a una dramática crisis de identidad. Extranjero en Francia, extraño en su tierra natal, extraviado entre dos mundos. "Aunque no había sido el primero de su cábila en emigrar, se angustió cuando se dio cuenta de que se habia convertido en un TME, un trabajador marroquí en el extranjero. Con el tiempo el TME se transformó en RME, residente marroquí en el extranjero. ¿Cuál era la diferencia? Residente sonaba más noble. Pero la mirada que te dirigían no cambiaba". De ahí su firme propósito de regresar a su casa: "El contrato está muy claro, yo trabajo, ellos me pagan, yo crío a mis hijos y, algún día, regresaremos a casa, sí, mi casa es mi país, mi patria". Pero su sueño de retornar a un mundo que ya no es el suyo, mucho menos el de sus hijos, acaba convertido en una pesadilla de locura y de muerte.





En una entrevista publicada en Babelia le preguntaban a Tahar Ben Jelloun: "Escribió El retorno entre 2005 y 2008. ¿Sería ahora más optimista tras la primavera árabe?"; a lo que respondía: "No creo. La primavera árabe no aporta gran cosa a los inmigrantes, su vida está aquí, en Francia, en los países europeos. Pero lo importante es que bastantes de sus hijos han participado en las revueltas árabes en Túnez, Egipto o Libia. Conozco a jóvenes nacidos en Francia o en Inglaterra que han vuelto a los países de sus padres para participar en las luchas actuales. Eso es muy estimulante".




Dos estaciones: primavera y otoño. Dos miradas complementarias a una misma realidad, infinitamente más compleja de lo que podemos pensar. Dos lecturas muy recomendables.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Kukutza: entiendo casi todo, menos lo fundamental


  1. Entiendo que un edificio abandonado sea ocupado por un colectivo de personas animosas que lo ponen al servicio de su barrio, un barrio donde si algo no abunda son los equipamientos sociales y culturales.

  2. Entiendo que esa ocupación, al prolongarse durante una docena larga de años, se convierta en una recuperación para la ciudadanía de un espacio que utiliza como si fuera propio.

  3. Entiendo que, en su origen, la mentalidad/ideología/cosmovisión/"modelo de sociedad" de ese proyecto se aproxime mucho a la mentalidad/ideología/cosmovisión/modelo de sociedad y hasta a la estética de una determinada facción de nuestra sociedad.

  4. Entiendo que, de nuevo con el paso del tiempo, esa mentalidad/etc. originaria se haya ido pluralizando, hasta convertirse en algo mucho más diverso, más parecido a lo que la propia sociedad de Rekalde es en la actualidad.

  5. Entiendo (aunque no comparto) que un Ayuntamiento piense que el terreno que ocupa ese edificio puede ser más útil para uso residencial que para otros usos.

  6. Entiendo que unos propietarios tengan legalmente la posibilidad de reclamar contra la ocupación/recuperación social de un edificio.

  7. Entiendo (incluso) que esos propietarios no valoren otra cosa que la posibilidad de hacer un negocio (lo que demuestra que la burbuja inmobiliaria nunca se ha pinchado, y que hemos aprendido muy pero que muy poco de la crisis en la que nos encontramos).

  8. Entiendo que un juzgado, atendiendo a la reclamación de los propietarios, decrete el desalojo del edificio con el fin de proceder a su derribo.

  9. Entiendo que un Ayuntamiento se niegue a correr con los gastos de su compra con el fin de poder evitar dicho derribo.

  10. Entiendo que haya expertos que consideren que el edificio en cuestión tiene algunos valores arquitectónicos e históricos que lo hacen merecedor de alguna protección.

  11. Entiendo que la ertzaintza actue para cumplir una orden judicial que decreta su desalojo.

  12. Entiendo que los resistentes al desalojo se opongan a esa actuación.

  13. Entiendo (aunque lamento) que del cruce de esas dos voluntades enfrentadas surjan algo más que caramelos/palmaditas en la espalda y narices de payaso/invitaciones amables.

  14. Entiendo que otra juez suspenda cautelarmente el decreto de derribo dictado por el primero.

  15. Entiendo todo esto y muchas cosas más que me he dejado por el camino.

Lo que no entiendo es que ningún responsable político se haya preguntado por las consecuencias de todo este encadenamiento de actuaciones, cada una perfectamente entendible de manera aislada. Consecuencias ciudadanas, consecuencias desde la perspectiva de la política democrática. No entiendo que en todo este debate hayamos perdido totalmente de vista lo que Kukutza ha sido durante todos estos años. Que hayamos dejado de hablar de cultura en la ciudad para hablar solo de okupas, de Bildu, de propiedad, de permisos de obras, de autos judiciales, de intervenciones policiales o de kale borroka.


No creo que Rekalde y Bilbao necesiten más viviendas antes que más equipamientos para/con las y los vecinos. Y creo que Kukutza está siendo y va a ser el 15M que no hemos tenido en Euskadi. Con las mismas consecuencias que aquel. Desafección, privatización, cabreo social y desertización del espacio público.