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martes, 19 de agosto de 2025

Si ardemos

Vincent Bevins
Si ardemos: La década de las protestas masivas y la revolución que no fue
Traducción de Daniela Martín Hidalgo
Capitán Swing, 2025 
 
"En la ultima década, de 2010 a 2020, [...] la humanidad fue testigo de una explosión de protestas masivas que anunciaban cambios profundos. Sus participantes las vivieron como un triunfo lleno de euforia, y la prensa internacional las saludo entre alabanzas y con optimismo. Pero años más tarde [...] vemos que las revueltas precedieron -cuando no causaron- resultados muy distintos a los objetivos de los movimientos. En ningún lugar las cosas salieron como se habían planeado. En demasiados casos, la situación empeoró, según las normas articuladas por las propias calles.
De hecho, podría  incluso contarse la historia de esa década como la historia de las protestas masivas y sus consecuencias inesperadas. A riesgo de parecer demasiado ambicioso, este libro intentará hacer precisamente eso. ¿Qué ocurre si intentamos escribir la historia del mundo, desde 2010 a 2020, guiados por la desconcertante pregunta de cómo es posible que tantas protestas condujeran a lo contrario de lo que pedían?".


Publicado en octubre de 2023, este libro retrata la década de protestas masivas que agitó el mundo entre 2010 y 2020 -desde la primavera árabe hasta movimientos de protesta en Hong Kong, Brasil, Chile, Corea del Sur, Indonesia, Ucrania y otros- y explora por qué, a pesar de alcanzar momentos de enorme efervescencia colectiva, estos episodios no detonaron revoluciones exitosas. En vez de eso, gran parte terminaron en regresiones políticas profundas. Desde las plazas de El Cairo hasta las calles de Santiago de Chile, pasando por Hong Kong, Kiev o São Paulo, millones de personas salieron a manifestarse con la convicción de que estaban protagonizando un cambio histórico. El libro, fruto de un trabajo periodístico global y de decenas de entrevistas, intenta responder a una pregunta inquietante: ¿cómo es que tantas protestas masivas, tan emocionantes y transformadoras en apariencia, terminaron sin la revolución que prometían?
 
Bevins describe un patrón común en la mayoría de ellas: eran horizontales, espontáneas, coordinadas a través de redes sociales, con estructuras difusas y un fuerte rechazo a los liderazgos formales. Esa forma de organización generó entusiasmo y permitió que cientos de miles de personas se reconocieran entre sí, pero también se convirtió en un límite en el momento decisivo, cuando había que negociar, articular demandas o sostener una estrategia más allá de la ocupación de las calles. En ausencia de una estructura clara, el poder político encontró la forma de resistir, dividir o incluso apropiarse del impulso de las movilizaciones.

El contraste aparece en los pocos casos donde sí hubo organizaciones sólidas -sindicatos en Túnez, movimientos estudiantiles en Chile, redes comunitarias en Corea del Sur-. Allí las protestas no se desvanecieron tan rápido, porque existía un tejido capaz de traducir la furia ciudadana en conquistas políticas. Bevins insiste en que la diferencia no está en la magnitud de las marchas, sino en la capacidad de llenar el vacío que se abre cuando un régimen se tambalea. Desde esta perspectiva, el libro no se limita a la crónica, es también una advertencia, el autor nos recuerda que no toda acción sirve simplemente por “hacer algo”. Montar una performance, ocupar una plaza o viralizar un hashtag puede dar visibilidad a una protesta, pero no garantiza un cambio real. La energía del momento, por intensa que sea, no sustituye la organización ni la estrategia. 
 
Más allá de la abuntantisima información contenida en este ensayo, especialmente valiosa por lo que tiene de mirar hacia lugares que en su momento no estuvieron en el centro del foco informativo, hay dos ideas que me parecen especialmente destacables. La primera, que "las protestas masivas estructuradas de manera horizontal, coordinadas digitalmente y sin líderes son en lo fundamental ilegibles" (el énfasis es mío). Y en este punto, el papel de los medios de comunicación es esencial. La segunda, relacionada con esta, que ademas de denunciar los fallos de "representación" tanto de los medios masivos (manipulación, cortoplacismo) como de las instituciones políticas ("¡No nos representan!") hay que prestar atención a quién ocupa el vacío que deja nuestra confianza tanto en unos como en otras:
 
"Junto con la propia representación, los medios tradicionales están en crisis. Esto podría parecer interesado, dado que es mi industria, así que no me dolerá que alguien opte por no hacerme ni caso. Pero creo que podemos trazar una analogía entre los medios y los Estados que actualmente existen. Como cualquier Gobierno representativo, los medios son profundamente imperfectos y necesitan que se los critique todo el tiempo, tanto desde dentro como desde fuera, para que siga habiendo sinceridad. Deberíamos procurar crear medios que sean mejores y más democráticos. Pero no deberíamos ser víctimas de un pensamiento ilusorio barato y creer que, si hacemos estallar los medios, algo mejor surgirá de la nada. Hay que prestar atención a quién llenará ese vacío" (el énfasis es mío). 
 
Sin embargo, este no es un relato pesimista: rescata la potencia visceral de la protesta, ese éxtasis colectivo de encontrarse con otras y otros y sentir que el mundo puede ser diferente, aunque advierte que esa llama, si no se cuida, se apaga rápidamente. En su conclusión, Bevins señala que quizás la gran lección de la década sea aceptar que el fracaso también es parte del proceso. La fe en la inevitabilidad de la victoria puede ser engañosa; lo que realmente marca la diferencia es la preparación, la capacidad de resistir y de construir estructuras que sobrevivan al entusiasmo inicial. La esperanza está, tal vez, en fusionar el espíritu fresco de las nuevas generaciones con las lecciones organizativas del pasado.

Un testimonio lúcido de una época en que millones de personas encendieron por todo el mundo el fuego de la protesta, pero también un recordatorio de que arder no basta: es esencial saber qué hacer después de que las llamas iluminen las calles. 
 
Por cierto: en el capítulo 5 del VIII Informe Foessa, en 2019, ofrecimos nuestro propio análisis y diagnóstico de esa misma década. Por si interesa... 

sábado, 15 de mayo de 2021

Diez años del 15M

El 15M me pilló en Madrid. El 20 de mayo escribí mi primera reflexión sobre lo que veía y experimentaba en aquellas plazas (no solo era Sol) en las que miles de personas se reunían para reconocerse, conversar, proponer y deliberar.

En 2014 cerrábamos el capítulo 6 del VII Informe Foessa con esta reflexión:

En mayo de 2011 empezó una conversación que hoy continua. Quienes la iniciaron utilizaron eficazmente las posibilidades de conexión que ofrecen las nuevas tecnologías de la comunicación (Fresno, 2014), pero su éxito se debió, fundamentalmente, al hecho de haberse sentado a hablar en las plazas de las ciudades, en el espacio público por excelencia. Al principio era una conversación periférica, un murmullo de fondo que los diálogos dominantes codificaron como simple aunque molesto «ruido», intentando acallarlo con vagas promesas, prometiendo atender a las demandas de cambio que surgían de las plazas y las calles… pero siempre «dentro de un orden». Pero fueron sumándose más y más personas a la conversación democrática, hasta alcanzar una dimensión tal que, sencillamente, acabo por desconectarse de la vieja cháchara de la política convencional, que se vio limitada a los espacios más institucionalizados.

En muchas ocasiones, desde que en mayo de 2011 se iniciara el nuevo ciclo de protesta política que hemos resumido con la etiqueta de la indignación, hemos recordado las crónicas que el escritor mexicano Carlos Fuentes, por aquel entonces un joven periodista en Paris redactó, a propósito del movimiento de mayo de 1968, especialmente una en la que se refiere a uno de los muchos lemas surgidos al calor de aquellas movilizaciones, el lema parlez á vous voisins! («¡habla con tus vecinos!»); escribe Fuentes:

«Cafés, bistrós, talleres, aulas, fábricas, hogares, las esquinas de los bulevares: Paris se ha convertido en un gran seminario público. Los franceses han descubierto que llevaban años sin dirigirse la palabra y que tenían mucho que decirse. […] En lugar de las “diversiones” de la sociedad de consumo, renació de una manera maravillosa el arte de reunirse con otros para escuchar y hablar y reivindicar la libertad de interrogar y de poner en duda. Los contactos se multiplicaron, se iniciaron, se restablecieron. Hubo una revuelta —tan importante como las barricadas estudiantiles o la huelga obrera— contra la calma, el silencio, la satisfacción, la tristeza» (Fuentes, 2005: 25-26).

Aquella conversación iniciada en 2011 continúa en la actualidad y se ha hecho más fuerte. Uno de sus principales efectos ha sido la crisis que en estos momentos sufre en España la lógica tradicional de la intermediación política y, con ella, toda la arquitectura institucional derivada de la democracia representativa (Subirats, 2011: 55). Decenas de miles de personas han (re)descubierto los encantos de la conversación democrática. Muchas de ellas, además, se han decidido a pasar de las palabras a los hechos, impulsando un vasto programa de experimentación social aplicada a todos los ámbitos de la vida cotidiana.

Seguramente no es posible en estos momentos juzgar la relevancia de estas prácticas, necesitamos la atalaya del tiempo para valorar su dimensión transformadora pues, al cabo, como señala Elmar Altvater (2012: 245), «frecuentemente los contemporáneos ni siquiera se dan cuenta de que desbrozan el terreno a un cambio revolucionario de las formas sociales de producción y consumo a través de su vida diaria y sus experimentos sociales». Pero si hay algo de verdad en la reflexión de Thomas Coutrot (2012: 121) cuando sostiene que «“Otro mundo” no emergerá de la aplicación de un programa global, sino de la armonización de una multiplicidad de cambios surgidos de las profundidades de la sociedad», tal vez estemos en disposición de poner fin a esta reflexión diciendo que hay otro mundo posible que ya está en este.
 
En el VIII Informe, publicado en 2019, reflexionábamos sobre la huella del 15M y sobre los procesos que podían estar transformando la indignación de 2011 en otras indignaciones distintas, hasta antagónicas, a partir de la constatación de lo que denominábamos una realidad incómoda:
 
Como señala Zizek, 2011 fue “el año que soñamos peligrosamente”, pero en distintas, opuestas direcciones: “Sueños de emancipación movilizaron a los manifestantes de Nueva York, en la plaza Tahir, Londres y Atenas; y sueños oscuros y destructivos impulsaron a Breivik y los populistas racistas a lo largo y ancho de Europa, desde Holanda hasta Hungría” (Zizek, 2013: 7). Y son estos sueños oscuros los que, en el momento actual, parecen haberse hecho con las riendas de la indignación.

En las presentaciones públicas del VIII Informe Foessa, he utilizado estas imágenes para reflejar esa transición tensionada de una indignación a otras:

 
 
 
 

 
Cerrábamos así el capítulo 5 del VIII Informe:
 
"En 2011 una indignación esperanzada impulsaba protesta y propuesta que abrían posibilidades de un futuro más humano. Hoy es una indignación desesperada y desesperanzada la que nos encierra en un presente que cada vez más se parece a lo peor de otros tiempos pasados que creíamos definitivamente superados. Habrá, pues, que hacer pedagogía de la indignación, como nos enseñara ese gran maestro que fue Paulo Freire".
 
Hoy, diez años después del 15M, recupero una de las fotos que hice durante aquel mayo madrileño para reivindicar aquella experiencia que, más allá de sus efectos políticos, ha tenido indudables efectos culturales y morales para miles de personas. Estos efectos, mucho más difíciles de visibilizar y evaluar, son los que me permiten mantener activa la confianza en que aquel ciclo político regenerador sigue abierto.