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martes, 30 de septiembre de 2025

En una voz humana

Carol Gilligan
En una voz humana
Traducción de Jaime Collyer
Taurus, 2025
 
"Entonces, desde el ventajoso punto de vista del presente, se me ha vuelto posible clarificar y articular lo que no era muy posible ver o decir cuando publiqué por primera vez mi trabajo: que la «voz diferente» (la voz de la ética del cuidado), aunque inicialmente fue escuchada como una voz «femenina», es, de hecho, una voz humana, que la voz de la que se diferencia es una voz patriarcal (escúchense los reveladores binarismos y jerarquías de género) y que, allí donde el patriarcado está en vigor y se hace cumplir, la voz humana es una voz de resistencia, y la ética del cuidado, una ética de la liberación”
 
 
Desde las primeras páginas de este libro Carol Gilligan nos invita a detenernos, a prestar atención a la manera en que la vida se manifiesta en la palabra, el gesto y el silencio. La autora, pionera en la ética del cuidado, regresa décadas después de su obra seminal In a Different Voice: Psycological Theory and Women´s Development (1982; publicada en español en 1985 por Fondo de Cultura Económica con el título La moral y la teoría: Psicología del desarrollo femenino) para ampliar y clarificar su reflexión: reconociendo que su trabajo anterior "llegó a ser visto a través del prisma de las mismas comparaciones binarias y jerarquías que en principio [se] había propuesto desafiar", en este libro busca hacernos reconocer que esa voz “otra” o "diferente", históricamente silenciada, es en realidad una voz humana.
 
"El motivo inmediato de este libro es que se cumplen cuarenta años de la publicación de En una voz diferente, así como el aniversario cuadragésimo quinto de la aparición del ensayo original, aparecido en 1977, con el mismo título de «En una voz diferente», en la Harvard Educational Review. Sin embargo, el elemento gatillador más de fondo fue, en rigor, la intuición que me ha llevado a cambiar el título original.
Había estado rondando esa intuición durante años, presionada por las nuevas investigaciones y por los cambios producidos en el clima sociopolítico imperante. Lo sorprendente para mí es que me haya tomado tanto tiempo vislumbrar lo que, visto en retrospectiva, parece evidente: la voz asociada a la ética del cuidado es una voz simplemente humana y adjudicarle a una voz humana el rótulo de lo «femenino» es problemático. En la aproximación a esta novedosa claridad, tuve a menudo la sensación de estar intentando abrirme paso en un terreno enmarañado. Escuchar la «voz diferente» como una voz humana implicaba sortear una serie de impedimentos que surgían en el camino a la conclusión de que la división binaria del género -la construcción de las capacidades humanas como «masculinas» o «femeninas»- no es solo una distorsión de la realidad, sino una piedra angular del patriarcado. Este libro cobró ímpetu a partir de todo lo que se deriva de esa toma de conciencia y queda clarificado por ella"
.  

Lejos de concebir la “voz diferente” como esencialmente femenina, Carol Gilligan plantea que esa voz es, en realidad, una voz humana que ha sido históricamente desautorizada bajo el patriarcado. Su análisis muestra cómo la socialización de género implica un “cambio de voz”: las niñas aprenden a domesticar su “voz salvaje”, ligada a la espontaneidad y a la relación, mientras que los niños se ven forzados a reprimir su expresión emocional para ajustarse a normas de masculinidad. De este modo, el orden patriarcal se sostiene no solo sobre la imposición de jerarquías, sino también sobre el silenciamiento sistemático de las mujeres, cuyas voces se dejan de escuchar, se tergiversan o se privan de credibilidad, con lo cual se restringe la posibilidad de un diálogo auténticamente humano.

Carol Gilligan desarrolla una tesis central: escuchar, en su sentido más profundo, constituye una forma de ética (yo diría que es la esencia de la ética: mirar y pensar con atención). La atención plena a los relatos de vida de quienes nos rodean, a sus temores y alegrías, no es solo un gesto moral, sino una forma de conocimiento. A lo largo del ensayo, la autora recurre a ejemplos de la vida cotidiana, de entornos educativos, clínicos y comunitarios, mostrando cómo la empatía, el cuidado y la responsabilidad compartida conforman una experiencia moral que trasciende diferencias de género. La ética del cuidado, subraya, no es una característica femenina sino el auténtico lenguaje de la humanidad. 

Es imposible abordar este libro sin ponerlo en díálogo con In a Different Voice. En 1982, Gilligan propuso que la perspectiva femenina ofrecía una ética distinta, orientada al cuidado, frente a la ética de la justicia dominante, centrada en principios abstractos y jerárquicos. Su investigación demostró que las mujeres tienden a priorizar relaciones, empatía y responsabilidad contextual, desafiando una visión unilateral de la moral. Ahora trasciende la distinción de género y la voz que antes parecía “otra-femenina” ahora se afirma como humana, universal. La autora subraya que todas y todos -mujeres y hombres- podemos aprender a escuchar, a cuidar, a responder con atención a la vulnerabilidad de la otra y el otro. Como señala Joan C. Tronto en ¿Quién lo cuida?:

"Las mujeres y los empleados domésticos parecen tener una habilidad «natural» para el cuidado porque ese es el papel que se espera que desempeñen. Sin embargo, la verdad es que el cuidado requiere práctica. Quienes no sean muy duchos en ello en el presente pueden mejorar a base de práctica. [...] Y el mejor modo de conseguirlo es cuidar más [...]".

La diferencia ya no reside en quién habla, sino en cómo nos enseñamos a escuchar y a atender, reconociendo que la moralidad se construye en la relación, no solo en principios abstractos.

El cambio de enfoque también se refleja en el estilo. Mientras que In a Different Voice se apoyaba en entrevistas clínicas y estudios empíricos, este ensayo es más introspectivo y narrativo, y la autora combina la reflexión ética con experiencias personales y observaciones sociales (como los ejemplos de Greta Thunberg con su cartel hecho a mano sentada frente al parlamento sueco, o el Darnella Frazier, la adolescente que grabó con su teléfono móvil la agonía y asesinato de George Floyd) para sostener que que la ética del cuidado no es un ideal abstracto, sino una práctica cotidiana. La autora nos invita a reconocer que cada conversación, cada gesto de atención, es un acto moral que puede transformar la relación entre las personas y la sociedad en su conjunto.

"[E]l patriarcado está reñido con la democracia, que descansa en la premisa de una voz igual  o la igualdad. Pero el patriarcado es, además, contra natura: está reñido con nuestra naturaleza humana. El amor y la empatía amenazan su jerarquía de privilegios y poder, y nuestra capacidad de otorgar voz a nuestra experiencia rompe con sus silencios. Para mantener formas de vida en que algunos humanos son considerados más humanos que otros, es necesario que quienes están en la cúspide no registren los sentimientos de aquellos que están por debajo y que las voces de quienes están en la base no sean escuchadas o tomadas en serio".

Porque los vínculos de confianza y la disposición a abrirse a la otra, al otro, son fundamentales para la construcción de justicia. Más allá de los grandes marcos normativos la ética no va de aplicar reglas abstractas, sino de responder a situaciones concretas con atención, delicadeza y reconocimiento de la humanidad (vulnerabilidad) compartida. Por eso, en un mundo como el actual, fragmentado y jerárquico, tantas veces brutal, escuchar, reconocer y cuidar es una propuesta de transformación cultural: enseñar, practicar y valorar la atención humana como base de la convivencia y la justicia. Frente a la brutalización del mundo moderno, la propuesta de Carol Gilligan resuena como una invitación a recuperar la humanidad empezando por nuestras relaciones cotidianas. 

sábado, 28 de junio de 2025

Cuidado y política democrática

Joan C. Tronto
* Democracia y cuidado: Mercados, igualdad y justicia
* ¿Quién lo cuida? Cómo remodelar una política democrática
Traducción de Jean-François Silvente 
Rayo Verde, 2024 (febrero y septiembre)
 
Hace años vengo utilizando como referencia para muchas de mis reflexiones la definición ampliada de cuidado propuesta en 1990 por Joan C. Tronto y Berenice Fisher: “Una actividad de especie que incluye todo aquello que hacemos para mantener, continuar y reparar nuestro «mundo» de tal forma que podamos vivir en él lo mejor posible. Ese mundo incluye nuestros cuerpos, nuestros seres y nuestro entorno, todo lo cual buscamos para entretejerlo en una red compleja que sustenta la vida” (Congreso Internacional Sare 2004: “¿Hacia qué modelo de ciudadanía?”, 2005: 234). 
 
En un mundo donde la democracia como proyecto de vida en común parece perder fuerza y las instituciones públicas se vacían de sentido, Joan C. Tronto se ha convertido en la mejor referencia para reflexionar sobre la necesidad y posibilidad de poner el cuidado en el centro de la política. En su obra Joan Tronto parte de reconocer una verdad incómoda: vivimos una profunda crisis de cuidado. Hay más necesidad que nunca de cuidado (personas, realidades colectivas, recursos culturales) y, sin embargo, los mecanismos para responder a esas necesidades son débiles, precarios o directamente inexistentes. El cuidado, lejos de ser una prioridad pública, se ha confinado a los márgenes, desvalorizado como trabajo informal, casi siempre femenino, casi siempre invisible. Pero la autora no se queda en el diagnóstico social, sobradamente conocido. Su aportación fundamental es el establecimiento de una conexión esencial entre esta crisis de cuidado y una crisis de la democracia misma. ¿Qué sentido tiene una democracia que no se hace cargo de lo más elemental: sostener la vida, proteger la vulnerabilidad, garantizar que todas y todos podamos participar sin estar desbordadas por el agotamiento o la precariedad? 

En Democracia y cuidado redefine lo democrático no como el ejercicio de votar cada cierto tiempo, sino como el proceso colectivo de preguntarnos -y responder- quién cuida, a quién, cómo y con qué apoyo. Para ello, propone una teoría del cuidado dividida en cinco fases: reconocer la necesidad o “preocuparse por” (caring about), asumir la responsabilidad o “cuidar de” (taking care of), actuar o “administrar el cuidado” (caregiving), “recibir el cuidado” (care-receiving) y, en una quinta que incorpora en este libro, cuidar colectivamente con justicia o “concuidar” (caring with). Esta última es clave: solo cuando el cuidado se hace con otras y otros, con estructuras igualitarias y con una mirada política, se convierte en cimiento democrático (op. cit.: 66-67, 86-88, 276). El problema es que el modelo neoliberal, con su énfasis en la autonomía, el rendimiento y el mercado, ha erosionado el valor del cuidado. En lugar de distribuirlo de forma justa, lo ha privatizado, externalizado o simplemente ignorado, creando una ciudadanía idealizada como autosuficiente, cuando en realidad todas y todos, sin excepción, dependemos del cuidado en algún momento de nuestras vidas. Por eso, la verdadera ciudadanía debe construirse desde la interdependencia, no desde la ilusión de independencia. Frente a la “irresponsabilidad privilegiada” (ibid.: 126, 129, 203) y, especialmente, frente a la generización y mercantilización del cuidado que otorga a los varones productivos un “pase” para despreocuparse del cuidado (ibid,: 147, 183), Tronto defiende enfáticamente que la verdadera libertad no estriba en la independencia sino en el compromiso con las y los demás:

"La dependencia marca la condición humana desde el nacimiento hasta la muerte. En realidad, lo que nos hace libres es nuestra capacidad de cuidar y de comprometernos con lo que nos preocupa. Se trata de un tipo de opción, pero no es una opción entendida de forma simplista. Requiere acción más que consumo. Requiere involucrarse con los demás. No se nos suele presentar, o no parece llegar hasta nosotros, como una opción. Cuando la gente se compromete, siendo o no consciente de las constricciones que la rodean, y se mantiene firme ante esos compromisos, entonces se puede elegir una opción con toda libertad. No conozco una forma mejor de concebir la libertad" (ibid.: 187).
 
Dos años después de Democracia y cuidado (la publicación original es de 2013) Joan Tronto vuelve a este mismo terreno, pero ahora con un tono más directo, casi urgente, con un ensayo Breve, casi un manifiesto político en favor del cuidado democrático: ¿Quién lo cuida? Cómo remodelar una política democrática (e.o. 2015). En este texto más breve, Tronto insiste en sus argumentos centrales: que la democracia no puede sobrevivir si no se reforma desde la ética del cuidado, que hay que redistribuir cargas de cuidado, repensar nuestras instituciones para que sean sensibles a las necesidades humanas reales, y crear espacios donde la ciudadanía pueda deliberar sobre cómo queremos cuidarnos mutuamente, que es fundamental ver el cuidado como algo político ya que está impregnado de poder, no como un acto individual, sino como una responsabilidad compartida. En un mundo donde la indiferencia y la desigualdad se normalizan, la autora nos recuerda que cuidar no es una debilidad, sino una forma de poder, y que la pregunta más urgente no es solo quién gobierna, sino quién cuida. Para responderla adecuadamente debemos desnaturalizar el cuidado: “Las mujeres y los empleados domésticos parecen tener una habilidad «natural» para el cuidado porque ese es el papel que se espera que desempeñen. Sin embargo, la verdad es que el cuidado requiere práctica. Quienes no sean muy duchos en ello en el presente pueden mejorar a base de práctica” (op. cit.: 109-110). De ahí su apuesta por “activar la revolución del concuidar” (ibid.: 105).
 
Además de su dimensión político-democrática, Joan Tronto enfatiza la dimensión moral del cuidar: cuidar nos hace ser personas más “atentas”, más “responsables”, más “competentes” y más “responsivas” (ibid.: 65). Combinando las categorías de "respuesta", "receptividad" y "responsabilidad' (Rosa, 2019: 24), la responsividad sería la capacidad de respuesta recíproca entre un sujeto y el mundo; significa estar abiertas a ser afectadas por algo (una persona, una obra, una idea, un paisaje) y ser capaces de responder de manera auténtica, viva, no mecánica. Un mundo responsivo es aquel que "nos habla", y al cual sabemos responder. No se trata solo de escuchar, ni de actuar por reflejo: se trata de establecer una relación vibrante, transformadora, donde algo nos toca, nos mueve, y también podemos transformarlo en el proceso. 

A partir de todo lo expuesto, se vislumbra una vía posible para reconstruir la ciudadanía social desde un nuevo horizonte ético y político, más acorde con nuestra vulnerabilidad constitutiva y con las exigencias de una vida democrática verdaderamente inclusiva. Si asumimos que la vida buena no se define por la independencia absoluta ni por la autosuficiencia, sino por la capacidad de cuidar y dejarnos cuidar, de responder y ser tocadas por el mundo, entonces podemos imaginar una ciudadanía no como estatus jurídico abstracto, sino como una práctica relacional, situada y responsiva. En este sentido, el marco teórico y ético que propone Joan Tronto ofrece herramientas fecundas para repensar los pilares de la convivencia democrática. Es urgente activar una revolución del concuidar: repensar las instituciones desde la fragilidad y la interdependencia, redistribuir de forma justa el trabajo del cuidad, y fomentar formas de vida que valoren más la reciprocidad que el rendimiento. Así entendida, la ciudadanía social ya no sería una ficción legal ni una promesa neoliberal de inclusión condicional, sino un tejido de relaciones vivas, sostenidas colectivamente, donde cada persona cuente, sea escuchada y pueda responder sin miedo ni agotamiento. Esta reconstrucción no es una utopía inalcanzable, sino un punto de partida radicalmente posible si tenemos el coraje político y moral de comenzar por lo más básico: cuidar juntas y juntos el mundo que compartimos.

lunes, 2 de junio de 2025

Casas limpias

María Agúndez
Casas limpias
Temas de Hoy, 2025
 
"¿Quién limpia las casas de las personas que limpian nuestras casas? Jacqueline me contó un viernes todo lo que iba a hacer durante el fin de semana: ponerse pestañas postizas donde trabaja su hija, hacerse las uñas, repasarse el tatuaje que lleva en los labios para parecer que los lleva siempre pintados «y, por encima de todo, no limpiar mi casa», me dijo. ¿Quién quiere usar su tiempo libre después de matarse a limpiar las casas de los demás toda la semana para ponerse a fregar la suya? Jacqueline no, desde luego. Entonces fue cuando me contó que ella tiene una asistenta («una muchachita de Nicaragua») dos horas una vez por semana, nueve euros la hora. Me gustó esa información, fantaseé con Jacqueline siendo muy tirana, tratando fatal a la muchachita, dejándole trampas y motas de polvo detrás de la puerta, como hace la madre de mi amigo. Sin embargo, la verdad es que no creo que nada de eso suceda. Es más bonito imaginarme a Jacqueline llegando a casa muy cansada los viernes, después de haber estado partiéndose el lomo toda la semana, cargando el peso del cubo de la fregona lleno, y encontrar su casa limpia, con la finura que tienen los cojines después de haber sido aporreados y colocados con delicadeza encima del sofá, con las sábanas de la cama extendidas y todo listo para su merecido descanso de fin de semana".
 
 
La protagonista de esta novela, Sol, recibe cada martes en su hogar a Diana y Jacqueline, dos asistentas latinoamericanas contratadas para ayudarla con las tareas domésticas. Sin embargo, esta decisión, que en principio debería facilitarle la vida, se convierte en una fuente constante de ansiedad y contradicciones internas. Sol se debate entre sus ideales progresistas, que rechazan la idea de tener servicio doméstico, y la necesidad práctica de contar con ayuda en el hogar. Esta dualidad la lleva a cuestionarse la distancia social y económica que la separa de sus empleadas, así como las expectativas impuestas por su familia y la sociedad. A medida que avanza la historia, Sol se ve obligada a confrontar sus propios prejuicios y a reconocer cómo las dinámicas de poder y el privilegio moldean su identidad y relaciones.

Casas limpias aborda temas como la hipocresía de la clase media progresista, las dinámicas de poder en el ámbito doméstico y la invisibilización del trabajo de las empleadas del hogar. A través de la historia de Sol y de su entorno familiar (tanto su madre como su tiránica abuela y su tía "tienen" chica o mujer de la limpieza), la novela explora cómo las estructuras sociales y familiares influyen en la percepción (descualificadora) del empleo doméstico y en las relaciones entre empleadoras y empleadas:

"Le he contado a mi amiga Rita la angustia que me da el hecho de que vengan a limpiar. La angustia, por supuesto, de que pudieran verlas los vecinos (si por mí fuera, bajaría las persianas y las dejaría limpiando con luz artificial), sumada a la vergüenza que me da pagar a alguien para que limpie, porque, claro, ¡limpiar la mierda de otro es muy indigno!. Rita me ha cortado enseguida. A veces creo que le da una pereza sobrehumana escucharme: «Oh, pobres mujercitas latinoamericanas que vienen a limpiar mi casa... ¡¡Sol, basta ya de ser paternalista!! ¡¡Están trabajando!! Dales de alta si te quedas más tranquila». ¿Debería hacerlo? Supongo que sí. Si lo hiciera, me gustaría colgar un cartel informativo en la fachada para decirles a los vecinos de enfrente: «No os preocupéis, están dadas de alta en la Seguridad Social»".

Cuando Sol pierde su empleo y, coincidiendo con esta situación, se queda embarazada, las contradicciones personales se mezclan con las tensiones con su pareja, un personaje que proporciona algunos de los momentos más hilarantes de la historia:

"Me levanto un poco, quedándome en una semi sentadilla, con la teta un poco salida, meciendo a la bebé. Nadie en la mesa se molesta lo más mínimo por echarme una mano, como si no existiera. Miro a mi novio y le aprieto los dientes, pero él me devuelve una sonrisa. ¿Estaría mal visto matarlo ahí mismo? Le pido con la cabeza que se acerque y, cuando lo hace, le ordeno enfurecida que meta a la bebé en el carro y se encargue de dormirla: «¿Ahora? ¿En medio de la comida?», me pregunta como un niño pequeño que no quiere dejar de pasárselo bien: «¿Ahora? ¿Cuando vamos ganando?»".

Con un trasfondo de humor muy pegado a la realidad cotidiana, María Agúndez ofrece una mirada crítica y contemporánea sobre el trabajo doméstico y las relaciones de poder en el ámbito familiar. Lo he leído del tirón. Muy recomendable.