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lunes, 4 de julio de 2016

Elogio del traidor

Escribe Claudio Magris en El infinito viajar (Anagrama, 2008) que "viajar enseña el desarraigo, a sentirse siempre extranjeros en la vida, incluso en casa, pero sentirse extranjero entre extranjeros acaso sea la única manera de ser verdaderamente hermanos".
Quienes me conocen saben de mi sedentarismo militante. Considero que eso de viajar está sobrevalorado. "Asegúrese de que lleva todo lo superfluo para su viaje innecesario", ironizaba El Roto en una de sus viñetas.
Pero sí aprecio y valoro la experiencia de extrañamiento respecto de lo propio que describe Magris. Experiencia que no siempre encontramos en el viaje, desde luego no en esos viajes normalizados, empaquetados, todo-incluido, que son la mayoría de los viajes. Afortunadamente no es preciso viajar para descubrirse extranjero entre extranjeros. A mí me basta un rincón de mi casa.
Ahí (aquí) me encuentro a diario con autoras y autores que han hecho de la extranjería su arte: el propio Magris, Camus, Simone Weil, Erri de Luca, Thoureau ("Si de forma plenamente consciente hubiera de unirme a las filas de algún partido, escogería aquel que mayor libertad ofrezca para el pensamiento". Cartas a un buscador de sí mismo, Errata Naturae 2012)... Ahí están, en la estantería que queda justo a mi espalda, leyendo sobre mi hombro todo lo que escribo, corrigiéndome.


Y entre ellas y ellos, también está Amos Oz.
No es la primera vez que Amos Oz se hace presente por aquí. En esta su última novela, la figura de Judas, el "traidor" paradigmático en la cultura cristiana, le sirve a Oz para retomar una de sus principales obsesiones: la de lograr la convivencia entre dos estados, Israel y Palestina, imprescindibles para que dos pueblos que no tienen a dónde ir puedan tener un futuro en paz.
La novela nos sitúa al comienzo de la década de los 60, cuando el joven Shmuel Ash, socialista, emotivo e intenso, estudiante con una investigación estancada sobre la figura de Judas y su relación con Jesús, abandonado por su novia -"un oso aturdido al que habían sacado de su hibernación"-, responde a un anuncio en el que se ofrece empleo y alojamiento a un "estudiante soltero de Humanidades, conversador sensible a quien le guste la historia ... a cambio de hacer compañía durante unas cinco horas cada tarde a un inválido de setenta años, un hombre ilustrado, de gran cultura".
Así es como conocerá a Gershom Wald, el anciano, pero sobre todo a una mujer fascinante, Atalia Abravanel, viuda del único hijo de Gershom, muerto en combate durante la guerra de 1948. Atalia, hija de Joaquín Abravanel, hombre ilustrado, crítico con el proyecto de Estado judío independiente impulsado por Ben Gurion, convencido de la necesidad y la posibilidad de encontrar la manera de que árabes y judíos convivieran pacíficamente compartiendo un mismo territorio, pero sin constituirse en estados:

Abravanel, por su parte, no creía en ningún estado. Tampoco en un estado binacional. Tampoco en un estado compartido por árabes y judíos. La idea de un mundo dividido en cientos de estados con pasos fronterizos, alambradas de espino, pasaportes, banderas, ejércitos y sistemas monetarios separados, le parecía una idea desquiciada, arcaica, primitiva, criminal, una idea desfasada y que muy pronto desaparecería del mundo. Él me decía, para qué tenéis que establecer aquí deprisa y corriendo, a sangre y fuego, otro estadito liliputiense, a costa de una guerra sin fin, cuando dentro de muy poco todos los estados del mundo desaparecerán y, en su lugar, habrá comunidades de hablantes de diferentes lenguas que vivan unos al lado de otros y unos en medio de otros sin esos juguetes letales como soberanías, fronteras y armas destructivas de todas clases.
[...] Es mejor que no intentemos fundar aquí ni un Estado árabe ni un Estado judío, afirmaba: vivamos aquí los unos al lado de los otros y los unos en medio de los otros, judíos y árabes, cristianos y musulmanes, drusos y circasianos, ortodoxos, católicos y armenios, un grupo de comunidades vecinas sin fronteras separadoras.

Y por ello acabó sus días aislado, en esa casa-velatorio, con la única compañía de sus libros, una hija viuda y el padre de un hijo muerto.
"Es un orgullo que algunos israelíes me llamen traidor por oponerme a la ocupación", declaraba Amos Oz en una entrevista.
Una novela hermosísima, conmovedora.




martes, 1 de enero de 2013

Lectura para orientar el año

Las lecturas que hacemos el primer día del año, ¿marcan de alguna manera el tono del resto del año?
Empiezo el año releyendo Cartas a un buscador de sí mismo, de Henry David Thoreau. Recoge las cartas que Thoreau remite a Harrison Blake entre marzo de 1848 y mayo de 1861.
Comparto algunas de su reflexiones, plenamente actuales:
  • "Si de forma plenamente consciente hubiera de unirme a las filas de algún partido, escogería aquel que mayor libertad ofrezca para el pensamiento".
  • "Si había alguna institución que se presumía asentada sobre pilares sólidos y seguros, y que como ninguna otra representaba este tan jactancioso sentido común, la prudencia, y el talento práctico, ésa era la banca, y ahora resulta que esos bancos son simples juncos sacudidos por el viento. Apenas ningún banco del país ha cumplido su promesa".
Y una frase caracteristicamente thoreauniana: "Creo firmemente en la simplicidad".

Más sobre este libro.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Walden

"A principios de mayo, los robles, nogales americanos, arces y otros árboles que estaban brotando entre las pinedas que rodean a la laguna proporcionaban al paisaje un brillo semejante al del sol, especialmente en los días nublados, como si el sol estuviera quebrando las brumas y brillando suavemente en las laderas aquí y allá. Y así las estaciones van rodando hacia el estío como si uno paseara entre hierbales cada vez más altos."

No es Walden Pound, aquel rincón boscoso cerca de Concord, Massachusetts, donde Henry David Thoureu permaneció desde marzo de 1845 hasta septiembre de 1847. Fruto de esa experiencia será su obra más conocida, Walden, o la vida en los bosques, publicada en 1854.


Pero podría serlo...





Caminando por sus veredas comprendo y hago mías las palabras de Thoureau:

"Con mi experimento aprendí al menos que si uno avanza confiado en la dirección de sus ensueños y acomete la vida que se ha imaginado para sí, hallará un éxito inesperado en sus horas comunes. Dejará atrás algunas cosas, cruzará una invisible frontera; unas leves nuevas, universales y más liberales, principiarán a regir por sí mismas dentro y alrededor de él; o las viejas leyes se expandirán y serán interpretadas en beneficio suyo en un sentido más generoso, y vivirá con el permiso de seres pertenecientes a un orden más elevado. En la proporción en que haga más sencilla su vida, le parecerán menos complicadas las leyes del universo y la soledad no será soledad, ni la pobreza será pobreza, ni la debilidad será debilidad. Si uno ha construido castillos en el aire, su tarea no se perderá; porque ahí están bien edificados. Que tan sólo ponga ahora los cimientos bajo esos castillos ".


martes, 7 de abril de 2009

Caminando

Siempre he sido un caminante empedernido (¿o mejor "empiedernido"?). Caminar es una de las cosas que mejor sé hacer y, desde luego, una de las que más a gusto hago. Pero, gustos personales al margen, pocas imágenes habrá más poderosas que la del camino.
En la Biblia es una imagen contradictoria. La historia humana comienza, en el relato del Génesis, con un camino: el camino del árbol de la vida, guardado por querubines y la llama de espada vibrante, camino de salida del jardín del Edén que Adán y Eva deben tomar para convertirse en padres de todos los vivientes. Ahí está también ese Caín, vagabundo y errante en la tierra protegido por la señal de Dios para que nadie lo mate al encontrarlo. Y Abraham, que sale de su tierra respondiendo a la llamada de Dios. Y todo el Exodo. De ahí la cantidad de oraciones, salmos y proverbios en los que la referencia a caminos, senderos y sendas, se convierte en ocasión para hacer una semblanza del hombre justo. Y luego está la historia de Jesús, nacido en el transcurso de un pesado viaje, él mismo caminante impenitente que en el camino encontró a sus discípulos y cuya propuesta puede resumirse en la invitación a acompañarle en su caminar.
El filósofo y ensayista norteamericano Henry David Thoreau, conocido universalmente por su obra Walden, en la que narra su experiencia de vida austera y autosuficiente durante más de dos años en plena naturaleza, así como por su opúsculo Sobre el deber de la desobediencia civil, que inspiró a Gandhi y que sigue siendo un soplo de aire fresco para la mentalidad insumisa, es autor también de un breve ensayo que lleva por título Walking, que podemos traducir por caminar o pasear. En esta obra, Thoreau utiliza la expresión inglesa saunter, que significa pasear tranquilamente, cuyo origen explica de la siguiente manera: según unos, deriva de las personas que vagabundeaban por Europa en la Edad Media y pedían limosna con el pretexto de dirigirse á la Sainte Terre, a Tierra Santa, por lo que eran conocidos como los Sainte-Terrer ; según otros, deriva de los sans terre, es decir, sin tierra ni hogar. Así pues, el que posee el don de sauntering, el don de deambular, es una persona sin hogar fijo que camina en pos de la Tierra Santa.
¿No es sugerente?