martes, 29 de septiembre de 2026

La democracia necesita la religión con urgencia

Hartmut Rosa
La democracia necesita la religión con urgencia
Traducción de Marc Jiménez Buzzi
Fragmenta, 2026

"Por eso quiero decir: la democracia requiere un corazón que escuche; de lo contrario, no funciona. Requiere la voluntad de dejarse llamar y transformar por alguien (completamente) diferente. Pero un corazón que escucha de esta manera no cae del cielo. La actitud asociada a ello es especialmente difícil de adoptar en una sociedad agresiva; en condiciones de presión constante por el crecimiento y la optimización, es una actitud casi irracional. Mi tesis es, por tanto, que son las tradiciones e instituciones religiosas, como las Iglesias, las que poseen las narrativas y la reserva cognitiva, los ritos y las prácticas, los espacios y los tiempos en los que se puede practicar y quizás también experimentar un corazón que escucha".


El título elegido por Hartmut Rosa para este breve ensayo es deliberadamente provocador para unas sociedades europeas en las que la secularización parecía haber establecido una relación bastante clara entre modernización y retroceso de la religión institucional, y en las que la defensa de la democracia se ha asociado históricamente con la autonomía de la política respecto de las iglesias. Pero conviene despejar desde el principio un posible equívoco: Rosa no está reclamando una restauración religiosa, no sostiene que las sociedades democráticas necesiten creer en Dios y mucho menos propone devolver a las iglesias una autoridad normativa perdida. Su argumento es bastante más interesante y profundo, al preguntarse si las democracias pueden sobrevivir cuando desaparecen determinadas formas de relacionarnos con el mundo que las tradiciones religiosas han conservado y cultivado durante siglos.

Para comprender esta propuesta es necesario situarla en el centro de la obra sociológica de Hartmut Rosa. Desde sus trabajos sobre la aceleración social hasta Resonancia, su diagnóstico de la modernidad parte de la crítica de unas sociedades modernas que necesitan crecer, innovar y acelerarse constantemente para mantener sus estructuras, no para llegar a algún sitio distinto, sino para permanecer donde están. Rosa denomina a esta situación "estabilización dinámica", término con el que describe la realidad de unas sociedades que solo pueden conservarse mediante el crecimiento económico, la innovación tecnológica y la aceleración continua.

El problema es que esta lógica modifica profundamente nuestra relación con el mundo ya que cada vez disponemos de más posibilidades de conocerlo, recorrerlo, medirlo, utilizarlo y controlarlo, pero ese incremento de nuestra capacidad de disponer de las cosas no garantiza que mantengamos con ellas una relación significativa. Al contrario, podemos tener más mundo a nuestro alcance y, paradójicamente, sentir que el mundo nos dice cada vez menos. Frente a esta relación burdamente instrumental, Rosa propone el concepto de "resonancia". Existe resonancia cuando algo o alguien nos afecta, nos interpela y provoca en nosotras y nosotros una respuesta, de tal manera que tanto nuestra relación con aquello que encontramos como nosotras mismas podemos resultar transformadas. Esto puede puede ocurrir escuchando música, contemplando un paisaje, caminando por la montaña, leyendo un buen libro, trabajando en algo que coincide con nuestra vocación y exige concentración gozosa, amando, participando políticamente o viviendo una experiencia religiosa. Lo decisivo es que no controlamos completamente aquello que sucede de modo que la resonancia exige mantener una actitud de escucha y apertura al contener siempre un momento de indisponibilidad: podemos crear condiciones que la favorezcan, pero no producirla a voluntad.

Esta distinción entre disponibilidad y resonancia permite entender la preocupación política de Rosa por la democracia, entendida como mucho más que un procedimiento para agregar preferencias individuales o una maquinaria institucional que convierte votos en gobiernos. Para funcionar, la democracia necesita que quienes forman parte de ella puedan escucharse, sentirse interpeladas e interpelados por otras voces y admitir la posibilidad de modificar sus posiciones. Una democracia viva requiere alguna forma de resonancia social. Por eso el deterioro contemporáneo de la democracia, además de ser consecuencia de unas instituciones defectuosas, del aumento de las desigualdades económicas y de unas estrategias partidistas funestas, es sobre todo una crisis de relación. Nos cuesta cada vez más percibir a la otra y al otro como alguien cuya palabra podría tener algo que decirnos, cuando lo cierto es que la democracia es una conversación, no significa únicamente disponer del derecho a expresar la propia opinión, sino hablar con una expectativa de escucha y escuchar admitiendo, al menos potencialmente, que la palabra ajena pueda afectarnos. Una sociedad en la que todas las personas hablan pero nadie puede ser alcanzado por lo que dicen las demás conserva formalmente la libertad de expresión, pero pierde la esencia de la experiencia democrática.

Es en este punto donde aparece la religión. Hartmut Rosa sostiene que las tradiciones religiosas conservan un extraordinario archivo histórico de experiencias, prácticas, narraciones, espacios y rituales destinados a establecer relaciones de resonancia. La oración, el canto colectivo, el silencio, los tiempos litúrgicos, la lectura de determinados textos o la experiencia comunitaria pueden interrumpir temporalmente la lógica de la aceleración y de la disponibilidad:

"Quisiera mostrar que la religión puede ayudarnos a desarrollar un corazón que escuche, porque no solo dispone de un rico repertorio histórico y teórico para pensar una relación resonante con el mundo en su profunda dimensión existencia, sino que también crea lugares y momentos, prácticas e instituciones a través de los cuales podemos ejercer este corazón que escucha, es decir, la receptividad habitual, la capacidad de respuesta y la disposición a cambiar".

Las iglesias constituyen un ejemplo especialmente poderoso. Entrar en ellas significa ingresar en espacios construidos durante siglos para modificar nuestra relación con el tiempo, el cuerpo, la voz y el silencio, espacios ajenos a la lógica de la productividad donde se canta, se escucha, se guarda silencio, se realizan gestos compartidos y se participa en narraciones que sitúan la existencia individual dentro de horizontes temporales mucho más amplios. Según el autor, nada de esto exige aceptar la verdad teológica de esas narraciones para reconocer su importancia sociológica y reconocer y valorar el hecho de que la experiencia religiosa contiene una crítica radical de la pretensión moderna de disponibilidad. La gracia, la revelación, la vocación o la experiencia de lo sagrado remiten, de maneras diferentes, a algo que nos acontece y ante lo que respondemos. Y en una sociedad obsesionada con convertir el mundo en algo accesible, previsible y controlable, esta experiencia adquiere una sorprendente dimensión crítica al recordarnos que que no todo puede ni debe ser poseído, fabricado o programado. Y esto tiene importantes consecuencias políticas porque también la democracia depende de procesos cuyo resultado no debería estar decidido de antemano.

Por eso, en la propuesta de Rosa la aportación potencial de la religión a la democracia no consiste principalmente en suministrarle valores que una sociedad secular sería incapaz de producir, sino en poner al servicio de esta repertorios culturales mediante los cuales las personas han aprendido históricamente a escuchar, responder, agradecer, esperar, lamentarse, celebrar y reconocer que no poseen enteramente aquello que da sentido a sus vidas.

A nadie se le escapa que esta interpretación plantea problemas importantes. ya que las religiones no han sido únicamente espacios de resonancia, también han generado y generan dogmatismo, exclusión, silenciamiento y violencia, han legitimado jerarquías y han pretendido imponer verdades a quienes no las compartían. Una misma iglesia puede ser un espacio extraordinario de resonancia para unas personas y un lugar asociado a experiencias de dominación para otras: no tenemos más que pensar en la atrocidad de la violencia sexual contra tantas personas, muchas de ellas menores, practicada en el seno de la Iglesia católica. "Históricamente, casi ninguna institución ha sido más eficaz a la hora de acabar con la resonancia que las Iglesias cristianas", advierte el autor.

Pero esta objeción no invalida el argumento de Rosa, para quien no es la religión como "guardiana y defensora de verdades absolutas" la que necesita la democracia, sino determinados recursos culturales y determinadas disposiciones relacionales que las religiones han conservado de manera particularmente intensa, recursos que, es verdad, no son exclusivamente religiosos, pero que ninguna otra institución ha sido capaz de mantener y transmitir a lo largo de los siglos. De ahí surge una pregunta clave: si las sociedades europeas continúan secularizándose, ¿qué ocurrirá con esos recursos? Porque una cosa es que desaparezcan determinadas creencias y otra distinta que desaparezcan también las prácticas, espacios y lenguajes mediante los cuales las personas han aprendido durante siglos a relacionarse con aquello que no controlan.

Las religiones poseen un inmenso patrimonio de prácticas, narraciones y experiencias relacionadas con esa capacidad. La cuestión no consiste en restaurar su antigua autoridad, sino en preguntarnos qué podemos aprender de ellas sin renunciar a las conquistas de la secularización, la autonomía individual y el pluralismo. Una sociedad emancipada no debería aspirar a desprenderse de todo aquello que procede de las tradiciones religiosas, sino a apropiarse críticamente de sus recursos, traducirlos, transformarlos y ponerlos al servicio de una sociedad plural.

Una democracia necesita algo más que instituciones, derechos y procedimientos, por imprescindibles que estos sean. Necesita personas capaces de relacionarse con el mundo sin reducirlo a objeto de apropiación, capaces de escuchar sin saber previamente qué van a responder, de experimentar que existen otras voces que merecen atención, personas capaces de aceptar que algunas de las cosas más importantes de la vida no pueden fabricarse ni controlarse.

Quizá ahí pueda situarse la cuestión de la espiritualidad contemporánea. El debilitamiento de las instituciones religiosas no elimina el deseo de establecer relaciones significativas con el mundo, al contrario, puede multiplicar las búsquedas, pero existe el riesgo de que la propia espiritualidad quede atrapada en la lógica que pretende superar y se convierta en un producto más del mercado del bienestar: una técnica individual para sentirse mejor, gestionar el estrés o perfeccionar el yo. Desde la perspectiva de Rosa, una espiritualidad reducida a instrumento de optimización personal no constituiría una alternativa a la sociedad de la aceleración, sería más bien uno de sus dispositivos. La resonancia comienza allí donde dejamos de preguntarnos exclusivamente qué podemos obtener del mundo y admitimos la posibilidad de que el mundo nos reclame algo.

Con su ensayo, Hartmut Rosa nos invita a desplazar la reflexión sobre el hecho religioso en las sociedades actuales desde la pregunta tradicional -"¿seguimos creyendo?"- hacia otra sociológicamente más relevante: "¿seguimos siendo capaces de escuchar?". Escuchar a otras personas, claro, especialmente a todas aquellas condenadas a la invisibilidad o a la afasia por las estructuras de dominación, pero también dejarnos afectar por la naturaleza, el arte, la memoria, el sufrimiento ajeno, las generaciones pasadas y futuras o aquello que algunas personas continúan llamando Dios. Lo decisivo no es que todas esas experiencias sean equivalentes, sino que comparten una estructura contraria a la tendencia a la disponibilidad generalizada, cuya manifestación más clara es la creciente mercantilización de la vida.

Puede que la democracia no necesite religión en el sentido fuerte que parece anunciar el título, pero sí necesita ciudadanas y ciudadanos capaces de resonancia, instituciones que no conviertan toda relación en competencia y espacios en los que todavía sea posible experimentar que no somos los únicos autores del mundo que habitamos. "Si la sociedad pierde esto, si olvida esta posibilidad de relación -advierte Rosa-, quedará definitivamente liquidada como democracia".

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