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viernes, 29 de diciembre de 2023

Los hechizos perdidos

Robert Macfarlane y Jackie Morris
Los hechizos perdidos
Traducción de Andrés Catalán
Nórdica Libros, 2023 

"Que las cosas se pierdan es la música constante de nuestra época, difícil de ignorar y difícil de soportar. Criaturas, lugares y palabras desaparecen, día tras día, año a año. Pero en los tiempos oscuros siempre han existido canciones… y la capacidad de maravillarse es necesaria ahora más que nunca. «Encantar» significa a la vez hacer magia y entonar una canción. Que estos hechizos resuenen, pues, por todas partes; pronuncia sus palabras y busca su arte, deja que el mundo salvaje se adueñe de tus ojos, de tu voz y de tu corazón".


Robert Macfarlane es uno de los más destacados escritores de naturaleza y un habitual de este blog. Jackie Morris es una escritora e ilustradora británica cuya obra, desconocida para mí hasta ahora, es de una belleza fuera de lo común. 
 
En esta ocasión sus ilustraciones acompañan, o son acompañadas, por los poemas de Macfarlane. Poemas dedicados al zorro rojo, al zapapito, al haya, a la golondrina, al duramen de los árboles, a la foca gris, a los vencejos, a la grajilla, al abedul, al picapinos, a la liebre, al tojo, al alcatraz, al jilguero, a la garceta, al roble, a la lechuza, al arrendajo... Poemas que son nanas, hechizos y conjuros, textos cantarines pensados "para pronunciar en voz alta", como se nos indica al inicio del libro. Un libro que es un abrazo, un libro-joya, ideal para acompañarnos en las tardes de invierno.






sábado, 19 de septiembre de 2020

Bajotierra

Robert Macfarlane
Bajotierra
Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
Penguin Random House, 2020

"¡Qué firmas va a dejar nuestra especie en los estratos! Eliminamos la cima de las montañas para saquear el carbón que contienen. Cientos de miles de toneladas de desechos plásticos bailan en los mares y se depositan lentamente en el suelo como sedimento [...]. Sobre todo, quizá, el Antropoceno puede hacernos pensar en el porvenir del tiempo geológico, en el lastre que vamos a dejar atrás a medida que los paisajes que estamos transformando ahora se hundan en los estratos y se conviertan en subsuelo. [...] El Antropoceno nos hace la inolvidable pregunta que formuló en inmunólogo Jonas Salk: '¿Somos buenos predecesores?'".

 
Ya me he confesado aquí enamorado de sus dos libros (en castellano) anteriores, Las viejas sendas (Traducción de Juan de Dios León Gómez, Pre-Textos, 2017) y Las montañas de la mente (Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera, Penguin Random House, 2020). En esta ocasión abandona las cimas y la superficie de la tierra y escribe sobre el descenso a las profundidades, ese "acto antiintuitivo [que] va en contra del sentido común y de la tendencia del espíritu"
 
De su mano nos adentraremos en los enterramientos y túmulos funerarios de las colinas calizas de Mendip Hills, en Somerset, Inglaterra y nos descubriremos como especie enterradora ("Ser humano significa por encima de todo enterrar", cita Macfarlane, proponiendo una etimología del término humanitas que provendría de humando, "inhumar", que a su vez procede de humus, "suelo"). 
 
Conoceremos el laboratorio subterráneo de Boulby, construido a 1.000 m. de profundidad en una antigua mina de potasa en Yorkshire del Norte, también en Inglaterra, donde un equipo de científicas y científicos busca pruebas de la existencia de la denominada materia oscura, que a pesar de representar en torno al 27% de la masa del universo resulta invisible ya que no interactúa con la luz. "¿[C]ómo se busca la oscuridad en la oscuridad? ¿Cómo se rastrea una sustancia que tiene masa y, por tanto, ejerce fuerza de gravedad, pero no emite luz alguna, ni la refleja ni la oculta?" -se pregunta Macfarlane. "Resulta paradójico que para hacer su trabajo de observar las estrellas tenga que esconderse tanto del cielo", se admira el autor al referirse a un joven físico que, bajo tierra, sentado ante un ordenador, "quiere capturar el débil soplo de un viento de partículas que ha cruzado el espacio desde una constelación llamada Cygnus, el Cisne, que se encuentra a muchos años luz de la Tierra". De lo que concluye: "A veces se ve mejor en la oscuridad". En capítulos como este destacan la sensibilidad y la altura literaria de la escritura de Macfarlane.

Caminaremos también por el bosque de Epping, integrado en el casco urbano de la ciudad de Londres,y acompañados por un botánico con el improbable nombre de Merlin ("En serio, se llama así") Sheldrake nos admiraremos ante la wood wide web, "la red subterránea del apoyo mutuo entre árboles y hongos".
 
Descenderemos a las aterradoras catacumbas de París, una red subterránea de más de trescientos kilómetros de galerías, salas y cámaras, donde conoceremos a las y los cataphiles o "catacumbáfilos", una auténtica subcultura de exploradoras y exploradores suburbanos que, transgrediendo la ley, se mueven a sus anchas (es un decir, como se comprende tras leer el siguiente párrafo) bajo los oscuros cimientos de la Ville lumière:

"-En este tramo hay que arrastrar la mochila con los pies -dice Lina con la voz atenuada- y, a partir de aquí, no grites ni toques el techo.
Me sube el miedo por la columna vertebral, me inunda la garganta como si fuera grasa. No tengo más remedio que seguirla. Me tumbo en el  suelo, me ato la mochila al pie, meto la cabeza en el agujero. Es tan pequeño que tengo que poner la cabeza de lado para poder avanzar. Hay tan poco espacio a los lados que llevo los brazos pegados al cuerpo. [...] La mochila me hace una rozadura; ya me duele la pierna a la que me la até, de tanto arrastrarla. Con cada movimiento avanzo solo unos centímetros, me retuerzo como un gusano empujando con los hombros y con la punta de los dedos. ¿Cuánto durará este tunel? Si el techo baja, aunque solo sean cinco centímetros, me quedo atascado. La idea de seguir me resulta atroz. Y la de retroceder, peor todavía. De pronto me doy en la coronilla contra algo blando".

¡Buuuuf! Al leerlo he revivido el pánico que sentí aquella vez, en compañía de Plácido, Iñaki y Paco, nos metimos en la cueva de Arenaza para enseñarles la hermosa pintura de la cierva (era en 1979, cuando el acceso todavía estaba abierto), nos confundimos de galería y tuvimos que avanzar por una estrecha gatera hasta que, afortunadamente, dimos con una pequeña cámara en la que pudimos dar la vuelta.

El libro continua llevándonos por las grutas de la meseta caliza del Carso, entre Eslovenia e Italia, lugar sagrado para los seguidores del dios Mitra, deidad del submundo a la que se rendía culto mistérico entre los siglos I a IV de la era cristiana; por las cuevas naturales y túneles artificiales de los Alpes Julianos, donde se libraron las más encarnizadas luchas del llamado Frente Alpino durante la Primera Guerra Mundial; por las cuevas marinas decoradas con pinturas rupestres de la costa occidental de Noruega...
 
Y lo que es un viaje en el espacio se transforma, en la perspectiva de Macfarlane, en un viaje en el tiempo, hacia el pasado, pero también hacia el futuro. La experiencia del espacio profundo se convierte, así, en ocasión para tomar conciencia de que somos habitantes de un tiempo profundo, lo que conlleva necesariamente asumir determinadas responsabilidades: "En el mejor de los casos, la conciencia del tiempo profundo puede contriburi a formarnos una idea de nosotros mismos como parte de una red de donaciones, herencias y legados de millones de años de antigüedad, con un futuro de millones de años por delante, que nos lleve a considerar qué es lo que estamos dejando para las épocas y los seres que vengan detrás".
 
Un libro excepcional.

martes, 11 de agosto de 2020

Las montañas de la mente

Robert Macfarlane
Las montañas de la mente
Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
Penguin Random House, 2020


“En última instancia, y muy importante, las montañas aceleran nuestro sentido de lo admirable. El auténtico beneficio de las montañas no es que nos propongan un reto o una competición, algo que haya que superar y dominar (aunque es la razón por la que muchos se han acercado a ellas). Es que ofrecen una cosa más amable e infinitamente más poderosa: nos preparan para creer en las maravillas, tanto si se trata de los oscuros remolinos que forma el agua bajo una capa de hielo como si es el tacto de los suaves tepes de musgo que nacen en la cara de sotavento de los peñascos y los árboles”.


En La Montaña Análoga (Alfaguara, 1982. Traducción de Carmen Santos), de René Daumal describe el viaje de un grupo de hombres y mujeres a la búsqueda de una montaña mítica, de la montaña simbólica por excelencia, que caracteriza así: “Para que una montaña pueda jugar el papel de Montaña Análoga, es imprescindible que su cúspide sea inaccesible pero que su base sea accesible a los seres humanos tal como han sido creados por la naturaleza. Ha de ser única y tiene que existir geográficamente. La puerta de lo invisible debe ser visible”. El libro de Robert Macfarlane es una fascinante exploración de este carácter simbólico de las montañas, que resume con una fórmula tan sintética como acertada: “Así pues, las montañas son en realidad producto de una colaboración entre la forma física del mundo y la imaginación humana: las montañas de la mente”.

Las montañas, en su forma y composición físicas, siempre han estado ahí; pero nuestra relación con ellas ha variado en el tiempo. No fue hasta la segunda mitad del siglo XVIII cuando las mismas características que habían mantenido a la mayoría de las personas alejadas de las grandes montañas (su apabullante orografía, su distanciamiento geográfico, su soledad y salvajismo, los múltiples peligros asociados a ellas) se convirtieron en cualidades ampliamente destacadas por artistas, científicos y, posteriormente, mujeres y hombres que empezaron a recorrer sus sendas, a pisar sus glaciares y a coronar sus cimas.

Macfarlane nos invita con este libro (“En realidad, no es un libro sobre montañismo sino un libro sobre la imaginación”) a realizar un viaje tan entretenido como documentado por el cambiante mundo sentimental (aunque profundamente engarzado en los avances de la ciencia geológica) que llevó a despertar en Europa un amor tal por las altas cumbres que convirtió a quienes se atrevían a intentar hollarlas, arriesgando para ello sus vidas, en auténticos héroes populares.

El autor señala el famoso cuadro del pintor romántico alemán Caspar David Friedrich, Viajero sobre el mar de nubes, pintado en 1818, como la mejor expresión de ese nuevo “culto a las cumbres” que alcanzará su apogeo en la primera mitad del siglo XIX y que culmina con la mortífera pasión de George Mallory por el Everest.

Él mismo montañero, Macfarlane consigue hacernos disfrutar tanto cuando, en el capítulo 8, disecciona la malograda historia del citado Mallory, como cuando se refiere a los relatos de los primeros viajes por las montañas en los siglos XVII y XVIII o cuando describe los debates científicos entre “uniformistas” y “catastrofistas” sobre la formación física de la Tierra, y de las montañas en particular.

Un libro enormemente sugerente, muy recomendable. Con el plus de haberlo leído casi a los pies de mi particular Montaña Análoga.


sábado, 7 de septiembre de 2019

Las viejas sendas

Robert Macfarlane
Las viejas sendas
Traducción de Juan de Dios León Gómez
Pre-Textos, 2017


"Es bien cierto que, una vez se repara en ellos, se advierte que el paisaje está repleto de senderos y veredas, que en ocasiones discurren paralelos a la moderna red de comunicaciones, y otras entrecruzándose con ella o cortándola en perpendicular. Vías de peregrinacion, vías verdes, cañadas, viejos caminos que van a cementerios, trochas, pasajes, calzadas, vericuetos, sendas, cruces, accesos, travesías -pronunciadas en alto y a cierto ritmo, sus nombres comienzan a sonar como un poema o un ensalmo-, camberas, lindes, pasos, atajos, pistas, cordeles, vaguadas, rondas, servidumbres, caminos de herradura, caminos de sirga, caminos vecinales, caminos carreteros...".

Este es un libro consagrado al acto de caminar, y a todo lo que este simple y natural acto conlleva. En los últimos años, coincidiendo con el auge de la nature writing, se han publicado en castellano muchos y muy buenos libros en los que la experiencia de caminar, más incluso que el destino al que se va o el recorrido que se hace, se convierte en protagonista del relato.

Libros como Elogio del caminar (David Le Breton, Siruela 2011), El arte de pasear (Karl Gottlob Schelle, Díaz y Pons Editores 2013), Wanderlust. Una historia del caminar (Rebecca Solnit, Capitán Swing 2015), Cansasuelos (Ander Izagirre, Libros del K.O. 2015), En los senderos (Robert Moor, Capitán Swing 2018) o La montaña viva (Nan Shepherd, Errata Naturae 2019), por citar los que tengo a mano en este momento. Y por citarlos todos, con cariño recuerdo el libro del jesuíta Luis María Armendáriz, cuya inmensa sabiduría y aún más inmensa amabilidad me introdujo en la Escatología, Caminos de monte, senderos de trascendencia (Ediciones Mensajero 2012).

Como digo, son libros en los que es más importante el camino que llegar a Ítaca, lo que los distingue de otros excelentes libros de viajes o de montañismo. En este sentido, se trata de obras que entroncan con las de Patrick Leigh Fermor (El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua, RBA Libros 2011, edición original de 1977 y 1986) o con la de Henry David Thoreau (Pasear, José J. de Olañeta editor 1999, edición original de 1861).

El libro de Macfarlane destaca entre todos los libros anteriormente citados. Durante tres años el autor recorrió rutas ancestrales por Inglaterra, Escocia, Palestina, el Himalaya o España, en un ejercicio fascinane de topografía profunda, entendiendo por tal "la aproximación a los paisajes como un proceso de inmersión integral y multidisciplinar: histórica, folclórica, geológica, biológica, toponímica y cartográfica" (como explica en una nota al pie el tradictor del libro), pero también psicológica, espiritual y, en su viaje a Palestina, donde caminar se convierte en un "acto de resistencia", política.

El poeta Edward Thomas, al que ya me he referido aquí, es la figura espiritual que le sirve de guía en todas esas travesías, "la luz que guía este libro". Poeta caminante, profundamente conectado al paisaje de la campiña inglesa, como puede verse en este poema:

Las verdes sendas

Las verdes sendas que terminan en el bosque
las cubren blancas plumas de gansos este junio
como marcas de alguien que mostrara sus pasos
al interior del bosque, pero no ha regresado.
En cada senda, una cabaña mira al bosque.
Una la cubren las ortigas; otra, las flores.
En una va un anciano solo por entre el bosque;
de la otra se ve partir tan sólo un niño.
Entre los setos que rodean este bosque,
un tordo canturrea su canción todo el día

Macfarlane confiesa que "fue Thomas, por encima de cualquier otra persona, quien me incitó a descubrir los caminos. [...] Despues de tantos años de caminatas, y de tantos kilómetros recorridos, sus libros me servían como una especie de mapa soñado, el resultado de una cartografía imaginada, sin un norte preciso"

El libro de Macfarlane ha ejercido sobre mí la misma influencia. Maravilloso.