Mostrando entradas con la etiqueta federalismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta federalismo. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de noviembre de 2017

Las elecciones y la elección

Hay quienes creen que las elecciones del 21 de diciembre lo cambian todo: en concreto, se piensa que el simple hecho de su celebración trasladará el marco interpretativo actual del enfrentamiento entre una Cataluña insumisa y un Estado opresor a la realidad de una sociedad catalana diversa en sus opciones de futuro, que ha de aclarar internamente sus aspiraciones de autogobierno y la manera de conseguirlas. En otras palabras, se confía en que las elecciones movilicen a una supuesta sociedad “silenciada”, contraria al soberanismo unilateralista, a la vez que desanimen al soberanismo más radical (participar en las elecciones es aceptar el 155 y traicionar el mandato del 1-O), dividan al soberanismo más pragmático o astuto (Santi Vila versus Oriol Junqueras) y acobarden al catalanismo burgués alarmado por el “voto de los mercados”.

Una encuesta de NC Report, realizada el 23 de octubre, permitía a algún analista confiar en la solución aritmética al problema catalán: si los partidos constitucionalistas lograran 300.000 votos más de los que lograron en las anteriores elecciones de 2015 podrían alcanzar la mayoría absoluta de 68 escaños en el Parlament. Otro sondeo de Sigma Dos, realizado en las mismas fechas, también apunta a la pérdida de mayoría absoluta del independentismo. Pudiera ser así, pero lo cierto es que no resulta fácil pensar en movilizar a mucha más gente de la que votó en las elecciones de 2015, con un récord de participación del 77%. Por otra parte, una encuesta de Metroscopia sigue reflejando una división casi a partes iguales entre constitucionalistas e independentistas, si bien la posición de los segundos varía en función del escenario que se plantea tras la independencia. Y otro estudio del Centro de Estudios de Opinión (CEO) señala que el sí a la independencia obtendría un apoyo del 48,7% de los catalanes (del mayor porcentaje favorable a la separación desde 2014, cuando se comenzó a formular la pregunta), frente al 43,6% que se opondría.

En el fondo, lo que se espera es que las elecciones del 21-D sean las del desempate: que la aritmética electoral resuelva lo que la política no sólo no ha solucionado, sino que ni tan siquiera ha afrontado. ¿Qué va a hacer el Gobierno español cuando el día 22 compruebe que los independentistas seguimos siendo tantos, si no más, como antes?, inquiere un Puigdemont no sé si asilado en Bruselas, pero sí aislado de la realidad de Cataluña. “Tenemos que ganar al secesionismo en las urnas. ¿No querían votar?, pues que voten, hay que trabajar por ganarles en las urnas”, proclamaba una de las intervinientes en la manifestación del 29 de octubre de Societat Civil Catalana. Pero, ¿no es también el secesionismo parte constitutiva de esa misma sociedad civil?

El filósofo vasco Patxi Lanceros ha escrito un libro, El robo del futuro (Los libros de la catarata, 2017), que debería ser de lectura obligatoria para cuantas personas aspiren a gestionar la realidad política, o a interpretarla. “La sociedad –recuerda Patxi Lanceros- es irrepresentable como unidad porque carece de ella. O sólo se presenta como unidad cuando se vuelcan sobre ella los criterios, que en principio le son ajenos, del pueblo o de la nación. […] la sociedad desborda cualquier límite. Hoy la sociedad, relación y comunicación, salta cualquier barrera. Y es esa sociedad indócil, fascinante y conflictiva lo que hay que representar. Sin poder esperar, cabalmente, éxito en la empresa”. De ahí su conclusión: “El reto (y el riesgo) de las instituciones democráticas, que han de adaptar cada vez más y cada vez de forma más acelerada a una sociedad crecientemente compleja, consiste en, precisamente, representar lo irrepresentable. Es decir, reciclar y procesar las ficciones de (la) unidad, las nostalgias de (la) homogeneidad”.

Me temo que de aquí a las elecciones la aspiración a superar de una vez por todas ese “empate infinito” que tan poco gusta a nacionalunanimistas de todo pelaje, tanto de allá como de acá, va a marcar no sólo el tempo preelectoral, sino también el desarrollo tras las mismas. Las elecciones, planteadas como desempate y solución aritmética, van a impedir que abordemos la elección de la que realmente depende nuestro futuro: la elección entre complejidad y homogeneidad. Y que, reconociéndonos en la complejidad irrepresentable como unidad, abramos una conversación sosegada sobre la mejor manera de organizar esta complejidad, que sólo podrá ser federal: “Del lat. foedus, -ĕris, pacto, alianza”.




jueves, 5 de octubre de 2017

Derechos torcidos

Derechos torcidos. Conversación sobre el “derecho a decidir”, la soberanía, la libre determinación y la España federal
Miguel Candel y Salvador López Arnal.
El Viejo Topo, Barcelona 2017

Todos los estados son artificiales y ninguna nación es producto de la naturaleza. Sólo cabe buscar equilibrios que faciliten al máximo la convivencia entre grupos humanos culturalmente heterogéneos cuya propia diversidad, para ser sostenible, exige un mínimo de unidad política (p. 48).

Solo un romanticismo trasnochado y una ceguera sociológica absoluta pueden llevar a alguien a pensar en la posibilidad de “cortes limpios” en una hipotética recomposición del mosaico español con arreglo a “líneas de fractura” étnico-culturales (p. 47).

Un libro excelente y muy necesario en el momento actual.
¿Qué ha sido de los federalistas catalanes?, me preguntaba hace poco.
Aquí hay algunos dignísimos representantes...

lunes, 2 de octubre de 2017

El día después


Lo dijo a las claras un infame Turull: "Si sacan los tanques a la calle es que ya hemos ganado". Y lo más parecido a los tanques que hay en una democracia, los antidisturbios policiales, han salido a la calle. Lo más parecido, con todo lo distintos que son: Barcelona no es Tiananmén. Pero la imagen de porras enarboladas frente a personas que esperaban a votar es la que va a quedar para siempre: la imagen de policías llevándose las urnas, la de los empujones, las caídas y las cabezas sangrantes. Turull estará contento. Por cierto, él no está entre las personas heridas; incluso ha votado sin problemas, buscando en coche oficial, como han hecho sus superiores, el colegio más tranquilo para practicar su heroico desborde constitucional. Con foto en su twitter incluida, claro.
De un plumazo –de un porrazo- el relato más antipático, más incómodo, más rechazable, ha conquistado nuestro imaginario. Qué distinto sería todo (hoy, pero sobre todo a partir de mañana) si la foto que reflejara el conflicto en Cataluña fuera la de aquel Parlament demediado y trilero que el 6 de septiembre malaprobó la Ley de Transitoriedad Jurídica, y de Joan Coscubiela advirtiendo frente a su deriva. ¡Qué distinto sería todo!
Pero el PP se ha mostrado como un partido radicalmente irresponsable; no por ignorancia, lo que ya sería malo, sino por cálculo. No diré que me sorprenda: recordemos la gestión del 11M y al mentiroso Acebes, las manifestaciones contra la política antiterrorista de Zapatero, la utilización política de las víctimas, la recogida de firmas contra el Estatut… Y ha desencadenado a los dragones.
El referéndum ya estaba herido en su legitimidad tras la tramposa actuación del Parlament y la desobediencia civil de la oposición al soberanismo; el referéndum ya estaba anulado en su práctica tras las decisiones judiciales que lo privaban de cualquier apariencia de legalidad. Nada de lo que hoy, domingo 1 de octubre, ha ocurrido en las calles de Cataluña, era necesario.
Pero la represión de una ciudadanía festivamente movilizada lo ha ocupado todo, desplazando cualquier matiz. Desplazando incluso el recuerdo de aquella Ciutat Morta que fue Barcelona el 4 de febrero de 2006, el recuerdo de un presidente Mas accediendo en 2011 al Parlament en helicóptero, el recuerdo de la ciudadana que perdió un ojo durante la huelga del 14 de noviembre de 2012 por el disparo de una pelota de goma de los Mossos… España contra Cataluña: una España caricaturizada frente a una Cataluña idealizada. Pero es en esa España-caricatura, de charanga y pandereta, de hooliganismo patriotero, donde el PP consigue ese puñado de votos fieles que marca la diferencia electoral.
El PP y el PSOE, los dos grandes partidos estatales, han fracasado en la gestión de la diversidad constitutiva del Estado español moderno. La prueba de su fracaso es su creciente marginalidad en Cataluña y en Euskadi. Puede ser cierto que ni Puigdemont ni Junqueras sirven como interlocutores para el futuro. ¿Sirven Rajoy y Sánchez?

Publicado en EL DIARIO NORTE

sábado, 30 de septiembre de 2017

Prozesua

Comencé a escribir este post hace dos semanas, tras la manifestación convocada por Gure Esku Dago en apoyo al referéndum en Cataluña, el pasado día 16. Me impulsó a escribirlo la foto de portada con la que, al día siguiente, EL CORREO daba cuenta de la manifestación. Esto es lo que empecé a escribir:

Me parece respetable, cómo no, y también comprensible, tratándose de un partido nacionalista.
Pero deja bastante claro con quiénes no vamos a contar para afrontar una reforma del autogobierno vasco en clave federal.
Lo que más me preocupa es que se apoye con tanta alegría un proceso que se desarrolla sin las mínimas garantías democráticas (Urkullu dixit) y abriendo un escenario de ruptura social más que preocupante en Cataluña. ¿Lo harían igual en Euskadi?
Tampoco en esto me representan.
Cuando las réplicas de Cataluña lleguen a nuestro país, ya sabemos a qué atenernos.


Cuando ya estaba en ello me asaltó una pereza infinita, y hasta un punto de tristeza.
Creo conocer bastante bien a las dos personas que aparecían en primer plano de la foto en cuestión, y por ambas siento un profundo aprecio.
Me dolió pensar que, en algún momento, pudiéramos encontrarnos en Euskadi en la misma situación en que se encuentran hoy en Cataluña, y que nuestros afectos se vieran comprometidos, como hoy pasa en Cataluña.
Me desasosegó pensar en una sesión del Parlamento Vasco donde la "mayoría social y política vasca" reprodujera la escena del Parlament durante el debate sobre la Ley de Transitoriedad.
Y sin un Coscubiela que me (nos) reivindique.
Así que lo deje correr.

Pero, pasadas dos semanas, la situación se ha repetido.
Miles de personas se han manifestado esta tarde por las calles de Bilbao en apoyo del referéndum catalán y de la "libertad de decisión".
En esta ocasión, junto al PNV, también ha participado Elkarrekin-Podemos. Sí, también Podemos.


Vuelvo a repetir lo que empecé a escribir hace dos semanas: "Me parece respetable...".
Y termino como terminaba entonces: "Tampoco en esto me representan".
Lo escribo con más pereza, más desánimo y más tristeza.
Pero esta vez no puedo no hacerlo público.

¿De verdad están apoyando este proceso, tal como se está desarrollando?
¿De verdad están animando al soberanismo catalán a continuar por este camino?

Y no, no me vale la disculpa -porque no es más que una disculpa- de la calculadora  pero irresponsable mezquindad del PP, convencido de reforzar sus cimientos, carcomidos por la corrupción y la ineficiencia, con el lodo del nacionalismo español más despreciable.
Ni me vale la disculpa de la traición histórica del PSOE al proyecto de la España federal.
Aunque ambas cosas -la mezquindad de unos y la pusilanimidad de otros- sean ciertas.

¿De verdad harían algo similar en  Euskadi? ¿De verdad impulsarían un proceso igual en este país?

sábado, 23 de septiembre de 2017

Where have all the federalists gone?


[1] Releo Homenaje a Cataluña, de George Orwell, obra en la que el escritor británico relata sus experiencias como periodista y combatiente enrolado en las milicias del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Desde hace días no puedo evitar relacionar -¡salvando todas las distancias, que son infinitas!- algunos de sus contenidos con la situación que actualmente se vive en Cataluña. No me refiero, evidentemente, a los aspectos más dramáticos y violentos de la historia, como cuando Orwell advierte que “la ciudad [de Barcelona] respiraba el clima inconfundible de la rivalidad y el odio políticos”, clima que se manifestaba en el hecho de que “miembros de la CNT y la UGT venían matándose unos a otros desde hacía algún tiempo”. No. Pero no hago más que pensar en el paralelismo que cabe establecer entre uno de los efectos más dolorosamente llamativos de aquella situación y algo que también ocurre ahora. Me refiero a la desaparición en el espacio cultural y político catalán de cualquier discurso de inspiración federalista.

Cataluña ha sido el único de los territorios de España en el que se ha desarrollado una cultura y una práctica políticas genuinamente federalistas. Con la excepción destacada del andaluz Fernando Garrido (1821-1883), autor de La República Democrática Federal y Universal, pensar en federalismo nos lleva necesariamente a evocar a personajes como Francesc Pi i Margall (1824-1901), Valentí Almirall (1841-1904) o Josep María Vallés i Ribot (1849-1911). Saltando en el tiempo, en ellos han buscado inspiración instituciones como la Fundació Rafael Campalans, que en 2010 impulsó la revista En construcción, “revista sobre la cultura federal y la España plural” como rezaba su subtítulo (desgraciadamente, sólo se publicaron 3 números), y que en 2013 publicó un documento de trabajo titulado Por una reforma constitucional federal; o como la Fundació Catalunya Segle XXI, creada en 1999 por iniciativa de Pasqual Maragall, que en 2005 publicó el libro colectivo titulado Hacia una España plural, social y federal, en el que tuve ocasión de participar. Más allá de Cataluña, como lamentaba Jacint Jordana en un artículo en EL DIARIO, el federalismo nunca ha interesado en España. Desgraciadamente.

[2] Escribe Steven Pinker en Los ángeles que llevamos dentro: “Uno de los peligros de la «autodeterminación» es que, en realidad, no existe tal cosa como una «nación» en el sentido de grupo étnico y cultural que coincida con un trozo de propiedad inmobiliaria. A diferencia de las características de un paisaje de árboles y montañas, las personas tienen pies. Se desplazan a sitios donde hay más oportunidades y pronto invitan a sus amigos y parientes a que se les unan. Esta mezcla demográfica transforma el paisaje en un fractal, con minorías dentro de minorías dentro de minorías”. Y sobre fractales y fronteras, sobre fracturas y fractalidades, giraba el texto con el que contribuí al referido libro editado por la Fundació Catalunya Segle XXI.

Los fractales son formas autosemejantes, figuras con un motivo fundamental que se propaga a escalas progresivamente reducidas o (es otra manera de verlo) con partes que, al ser ampliadas, se asemejan al todo (Wagensberg). Con otras palabras, un fractal es un objeto que presenta la misma estructura fundamental aunque cambiemos indefinidamente la escala de observación; un objeto caracterizado por la recursividad, o autosimilitud, a cualquier escala. En otras palabras, si enfocamos una porción cualquiera de un objeto fractal notaremos que tal sección resulta ser una réplica a menor escala de la figura principal. A grandes rasgos, las formas fractales están hechas de copias a una escala menor de sí mismas, y sus partes son fundamentalmente similares al todo.

Las realidades fractales son realidades ininterrumpidas, sin fronteras (al menos cuando hablamos de la geometría fractal de Mandelbrot, evidentemente no en el caso de las formas naturales o sociales). La única diferencia que podemos establecer es de tamaño, de escala, pero no de esencia. ¿Podemos utilizar el modelo fractal como analogía para repensar las realidades políticas? En particular, aquellas institucionalizaciones (el Estado-nación, la identidad nacional) basadas, precisamente, en la construcción de discontinuidades, de fronteras políticas y éticas que pretenden delinear con trazo grueso segmentaciones no sólo territoriales, sino identitarias y morales?

Recurriendo a la conocida reflexión de Kymlicka, todos los grupos nacionales son extremadamente partidarios de reivindicar y, siempre que sea posible, construir un sistema de protecciones externas (de las que la más desarrollada es el Estado-nación) que garantice su existencia y su identidad específica frente a las posibles influencias debilitadoras de la misma procedentes de las sociedades con las que se relacionan o en las que están necesariamente englobadas. Sin embargo, estos mismos grupos nacionales no suelen ser tan sensibles ante la existencia en su seno de pertenencias o identidades distintas de la nacional hegemónica, pero igualmente necesitadas de reconocimiento. Frente a la demanda de protecciones externas que estos subgrupos realizan, la respuesta del grupo nacional dominante suele ser la imposición de restricciones internas en nombre de la solidaridad grupal.

Aplicado a las realidades nacionales (estatalizadas o no), el principio de fractalidad debería cumplir la misma función que la regla de oro kantiana: no quieras para los demás lo que no deseas para ti.

[3] ¿Y la relación de todo esto con la peripecia de Orwell? En Homenaje a Cataluña Orwell relata cómo, a su vuelta desde el frente de Aragón tras resultar herido en el cuello, se encontró con que la mayoría de los militantes del POUM a los que había conocido se encontraban encarcelados o desparecidos, víctimas de las purgas estalinistas, ejecutadas en Barcelona por el PSUC. Y yo, al igual que el gran Pete Seeger (por cierto, AQUÍ en un concierto en el Palau Sant Jordi) se preguntaba “¿A dónde se han ido todas las flores?”, me pregunto: ¿a dónde se han ido todos los federalistas?

Por supuesto, cuando de una trinchera a otra silban las proclamas nacionalistas, el discurso federal se queda sin espacio, perdido en una tierra de nadie machacada por la inmisericorde contundencia de quien se siente representante de la totalidad social. Pero después del 1 de octubre será imprescindible recuperar la hoy desaparecida propuesta federalista.