sábado, 30 de mayo de 2026

Valer la pena

Juan Gelman
Valer la pena
Visor, 2008

"Leía libros antiguos porque
todo horizonte viene de otro 
atrás".


Un libro atravesado por el duelo, la memoria y la devastación histórica, pero también por una obstinada búsqueda de amor, belleza y ternura en medio de la pérdida. El propio título encierra la clave fundamental del poemario: la palabra “pena” nombra simultáneamente el sufrimiento y aquello que merece ser vivido, de modo que el libro se mueve constantemente entre el dolor y la afirmación de la vida.

La pregunta que atraviesa muchos poemas es si la palabra puede todavía nombrar la ausencia, la muerte y la violencia sin traicionarlas ni convertirlas en una simple representación estética. Sin embargo, junto a la memoria desgarrada palpita una corriente persistente de amor y de asombro. La poesía intenta rescatar fragmentos de humanidad allí donde la historia ha dejado ruinas. "Bailamos contra / clausuras en la sombra", escribe en el poema Don Luis, dedicado a Luis Cernuda; y en El baile

"[...] Así
verá la raíz incompleta 
de la belleza, su felicidad animal,
su verdad incierta como gente
bailando en la plaza donde el mundo
se amujera y él mismo aparta sombras
con manos que no tiene".

Formalmente, el libro despliega los rasgos más característicos de Gelman: una sintaxis quebrada, la invención de palabras, el desplazamiento constante de los significados, el diálogo con otras tradiciones poéticas y una intensa musicalidad construida desde la fragmentación. Su lenguaje parece buscar una lengua nueva, herida y precaria, de manera que esa escritura entrecortada no es un artificio estilístico, sino la huella misma de una realidad fracturada.

Hay en Valer la pena una convicción profundamente ética: incluso después del horror, cuando la historia parece haber destruido toda posibilidad de sentido, la poesía sigue siendo un lugar desde el que recordar, nombrar y amar. Por eso el libro no desemboca en la desesperación, sino en una forma de esperanza frágil, consciente de las pérdidas irreparables, pero incapaz de renunciar a la dignidad de la palabra, desde la certeza de que la memoria y el amor pueden seguir iluminando, aunque sea tenuemente, la oscuridad del mundo.

[...] ¿Nunca
escribieron la palabra bondad
en el libro del mundo?
Quisiera quedarme en mi conciencia
como hacen los perros, espantar
a la desdicha continua,
los sueños flacos, los pavores,
su idiota irrealidad,
y amar a la vida en un hotel de provinmcia,
todo lo que no es".

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