Valer la pena
Visor, 2008
"Leía libros antiguos porque
todo horizonte viene de otro
atrás".
Un libro atravesado por el duelo, la memoria y la devastación histórica, pero también por una obstinada búsqueda de amor, belleza y ternura en medio de la pérdida. El propio título encierra la clave fundamental del poemario: la palabra “pena” nombra simultáneamente el sufrimiento y aquello que merece ser vivido, de modo que el libro se mueve constantemente entre el dolor y la afirmación de la vida.
La pregunta que atraviesa muchos poemas es si la palabra puede todavía nombrar la ausencia, la muerte y la violencia sin traicionarlas ni convertirlas en una simple representación estética. Sin embargo, junto a la memoria desgarrada palpita una corriente persistente de amor y de asombro. La poesía intenta rescatar fragmentos de humanidad allí donde la historia ha dejado ruinas. "Bailamos contra / clausuras en la sombra", escribe en el poema Don Luis, dedicado a Luis Cernuda; y en El baile:
"[...] Así
verá la raíz incompleta
de la belleza, su felicidad animal,
su verdad incierta como gente
bailando en la plaza donde el mundo
se amujera y él mismo aparta sombras
con manos que no tiene".
Formalmente, el libro despliega los rasgos más característicos de Gelman: una sintaxis quebrada, la invención de palabras, el desplazamiento constante de los significados, el diálogo con otras tradiciones poéticas y una intensa musicalidad construida desde la fragmentación. Su lenguaje parece buscar una lengua nueva, herida y precaria, de manera que esa escritura entrecortada no es un artificio estilístico, sino la huella misma de una realidad fracturada.
Hay en Valer la pena una convicción profundamente ética: incluso después del horror, cuando la historia parece haber destruido toda posibilidad de sentido, la poesía sigue siendo un lugar desde el que recordar, nombrar y amar. Por eso el libro no desemboca en la desesperación, sino en una forma de esperanza frágil, consciente de las pérdidas irreparables, pero incapaz de renunciar a la dignidad de la palabra, desde la certeza de que la memoria y el amor pueden seguir iluminando, aunque sea tenuemente, la oscuridad del mundo.
[...] ¿Nunca
escribieron la palabra bondad
en el libro del mundo?
Quisiera quedarme en mi conciencia
como hacen los perros, espantar
a la desdicha continua,
los sueños flacos, los pavores,
su idiota irrealidad,
y amar a la vida en un hotel de provinmcia,
todo lo que no es".

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