martes, 6 de agosto de 2019

Bajo tierra, en el cielo

Ayer estuvimos disfrutando de la hospitalidad de Oscar en Dueñas. Las bodegas que abundan en los cerros de la localidad conforman un paisaje que recuerda a Hobbiton, la acogedora aldea donde habitan los hobbits de la Comarca. Eso sí, una Comarca en pleno estío, sin nada del verdor de la original.

 
 
  
 
 
(Esta foto es de Naia)

En una de esas bodegas disfrutamos de una excelente comida y de mejor sobremesa. El contraste entre la temperatura sahariana del exterior y la frescura del interior hacía que la chimenea encendida no sobrara.


 
 
 
Esta mañana he acompañado a Maite, Miren y Luis Mari hasta La Tuda, también conocida como Peña de Orvillo. No habían estado nunca antes, y les ha gustado la excursión.

Hemos salido de Otero de Guardo (en fiestas, y por eso lo hemos dejado ahí abajo profundamente dormido.)
En la Collada del Cerro de la Tabla aparece de frente el Espigüete.

Al fondo, la cumbre.
Más cerca... gracias al zoom.

Cumbre de La Tuda o Peña de Orvillo (1.964 m.), con sus csracterísticas torres de piedra conocidas como "Tios pinaos".
 
Desde la cumbre: Alto de Arbillos (1.972 m.).
 Peña Lampa.
  Espigüete, Curruquilla y Curavacas
Pico Murcia y Espigüete.
Picos de Europa.
  Riaño.
Se aprecia parte de la subida.

Dicen que mañana viene lluvia: veremos...

domingo, 4 de agosto de 2019

La tierra de poca lluvia

Mary Austin
La tierra de poca lluvia
Traducción de José Luis Piquero
Hermida Editores, 2019


Mary Hunter Austin (1868-1934) fue novelista, dramaturga, poeta y pionera del movimiento feminista y de los derechos de las minorías indígenas de Norteamérica. Aunque menos conocida en nuestro país (esta es su única obra traducida al castellano) se trata de una autora de referencia en el campo de la nature writing, a la altura de nombres como los de John Muir, Aldo Leopold o Edward Abbey.

Publicada originalmente en 1903, La tierra de poca lluvia es una mirada sabia y amorosa a los paisajes, la fauna, la flora y los habitantes de la región entre la Sierra Nevada y el desierto de Mojave, en el sur de California:


"Una tierra de ríos perdidos, con muy poco en ella que se pueda amar; pero una tierra a la que, una vez que se visita, hay que volver inevitablemente. Si no fuera así, poco habría que decir de ella".


Es "El País de las Fronteras Perdidas", donde "utes, paiutes, mojaves y shoshones habitan sus márgenes, tan lejos como se atreve a penetrar el hombre", un lugar donde "no la ley, sino la tierra marca el límite".

Fascinada por la vida y la cultura de las tribus indias, Mary Austin se identifica plenamente con la india paiute Seyavi, viuda de un guerrero abatido en combate y madre de una criatura, quien "aprendió la independencia del ingenio materno y que prescindir de un hombre resultaba mucho más fácil de lo que podía suponerse al principio". Una mujer sola, una madre, tejedora de cestos y contadora de historias, capaz de sobrevivir alimentándose de lo que el desierto provee.

"Al oeste, al oeste de las mesetas y las colinas sin propietarios, hay más cielo que en ninguna otra parte del mundo". El libro de Mary Austin nos coloca bajo este cielo inmenso: sólo hay que sumergirse en su lectura para sentir, en efecto, que necesitamos regresar al País de las Fronteras Perdidas.

El lobo, otra vez

Víctor J. Hernández, editor de uno de los libros sobre temática lobuna más sugerentes que he leído (Encuentros con lobos, Tundra Ediciones, Almenara 2016), escribe:
"Pero es que, además, es necesario comprender que no hace falta ver al lobo, ni siquiera ir a intentarlo: basta con saber que está ahí,  con contemplar el patrimonio rural asociado a la especie, con escuchar el rico acervo cultural oral que atesora, para llenarnos de esa emoción inefable que nos transmite".
Es muy cierto. Basta con saber que el lobo habita en los parajes por los que caminamos para que estos adquieran una densidad especial y se conviertan en paisajes de cuento, de leyenda. Pero ver al lobo, encontrarse con él en la montaña, es una experiencia maravillosa.

Esta mañana he salido con la intención de dar un corto paseo y, se terciaba, fotografiar algún ciervo. También quería intentar fotografiar a una pareja de pitos reales que suelo ver a diario, pero siempre en rápido vuelo de árbol a árbol. La mañana ha salido espléndida y he podido hacer alguna buena foto.


 
 





Inesperadamente he vuelto a encontrrme frente a frente con el lobo. Estaba intentando sacar algo de unos restos de ciervo. Aunque me ha visto, durante largo tiempo ha seguido a lo suyo: o tenía mucha hambre o tenía escaso miedo. Nunca he estado tan cerca de un lobo en libertad, ni durante tanto tiempo.