Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
viernes, 28 de noviembre de 2025
Territorio Lobo
martes, 25 de noviembre de 2025
El Vado de los Zorros
Tanto en Tienes que mirar como en El Vado de los Zorros aparece como tema fundamental la maternidad: en un caso como experiencia dolorosa, en el otro como sombra o herencia que modela a los personajes. Y en los dos textos se percibe una preocupación por aquello que no se dice, por los silencios que rodean la muerte, el miedo o la transformación. Pese a sus diferencias, las dos obras están impulsadas por una misma energía emocional: el trauma como motor narrativo. Starobinets escribe desde la herida, y eso dota a su estilo, siempre directo y sin adornos innecesarios, de una fuerza particular. Incluso cuando explora territorios fantásticos, mantiene una honestidad que la acerca más al testimonio que a la evasión. Así, aunque recorren caminos distintos, ambas obras dialogan entre sí: cada una ilumina la otra y permite ver cómo Starobinets comprende la literatura, fantástica o autobiográfica, como un espacio para enfrentar lo indecible.
El entorno que describe la novela no es mero decorado. Las minas de uranio, los bosques helados, los lagos donde resuenan voces que no existen, las ruinas de fábricas abandonadas: todo el paisaje respira una vida oscura, una memoria que no ha podido morir. El frío, omnipresente, parece congelar no solo los cuerpos, sino también las almas y los recuerdos. Hay torturas, hambre, persecuciones, cuerpos experimentales, almas que no descansan. Y en medio de todo ese espanto se abre también la otra cara del horror: la del mito, la de las antiguas leyendas que dan sentido al caos.
El estilo de Anna Starobinets alterna la precisión casi documental con estallidos poéticos; mezcla la acción trepidante con la meditación mística. La novela no da tregua: cambia de escenario y de voz sin aviso, entretejiendo historias que parecen dispersas hasta que, poco a poco, revelan su conexión secreta. Su lectura exige entrega, rendirnos a su propio ritmo y dejar que la corriente nos arrastre. Requiere paciencia, pero recompensa con un mundo inolvidable, combinando magistralmente el realismo histórico del siglo XX con la mitología ancestral del Oriente ruso. Hay momentos en que la abundancia de personajes y tramas puede desorientar, pero ese desconcierto parece parte del propósito: el Vado de los Zorros no busca ser comprendido de inmediato, sino vivido, atravesado, es un viaje a las regiones más oscuras del alma humana y a los mitos que la sostienen
En esa apuesta reside su fuerza y su desafío. Starobinets no construye una historia amable: la novela es dura, sombría, a veces cruel. Pero también es hipnótica. Leerla es adentrarse en un territorio de ruinas y espejismos, donde los límites entre lo real y lo legendario se deshacen lentamente. En sus más de setecientas páginas, no narra simplemente una historia: levanta un mito. La guerra ha terminado, pero la violencia no cesa; los cuerpos mutilados y los espectros del gulag continúan arrastrándose por la tierra helada. Esa coexistencia de lo histórico y lo mítico no responde a un mero capricho estético. Las criaturas legendarias, los rituales chamánicos, los paisajes en ruina y los cuerpos alterados por experimentos son metáforas vivas de una violencia que no ha podido ser narrada de otro modo. Lo que en otros contextos sería fantasía, aquí adquiere la densidad de un documento existencial: los demonios existen porque el horror humano los ha convocado. En este sentido, esta novela podría leerse como una reflexión sobre el siglo XX, sobre los regímenes que exigieron la amnesia como forma de obediencia y sobre los individuos que se negaron a cruzar el río del olvido.
La estructura fragmentaria y polifónica de la novela refuerza la idea de un mundo en descomposición. Las tramas se entrecruzan, los tiempos se confunden, las voces se repiten con ligeras variaciones, como si la historia misma sufriera un proceso de reescritura perpetua. Esa dispersión narrativa puede resultar ardua, pero constituye también una de las virtudes de un libro que hay que leer como quien busca sentido en un palimpsesto, sabiendo que la claridad solo se obtiene a través del desorden.
Un libro complejo, exigente, que merece la pena atravesar, quiero decir, leer.
domingo, 23 de noviembre de 2025
Construir el mañana democrático
Cincuenta años después de la muerte
de Franco, la sociedad vasca y española afrontan una paradoja inquietante:
parte de la juventud, nacida en democracia y con acceso ilimitado a
información, empieza a mostrar simpatías hacia discursos reaccionarios e
incluso nostalgias del franquismo. Diversos estudios confirman un menor
compromiso con la democracia, un giro conservador y un creciente apoyo a la
extrema derecha entre la llamada Generación Z (18-28 años) en España. En
Euskadi, si bien la juventud en su conjunto sigue siendo mayoritariamente
democrática y de centro-izquierda y el voto explícito a Vox es muy reducido,
están apareciendo nichos concretos de chicos jóvenes con actitudes cercanas a
marcos de extrema derecha (rechazo a la inmigración, a los derechos del
colectivo LGTBIAQ+ o al aborto).
La brecha de género refuerza esta
deriva. Los hombres jóvenes adoptan posturas más indulgentes, creen que el
franquismo pudo tener efectos positivos e incluso beneficiar a las familias,
mientras que las mujeres jóvenes mantienen una visión más crítica, subrayan el
carácter opresivo del régimen y rechazan cualquier legitimación del
autoritarismo. De esta brecha derivan actitudes machistas, homófobas y
xenófobas presentadas como “rebeldías modernas”, así como una preocupante
banalización de la violencia.
Este fenómeno no es aislado ni nuevo.
El informe de 2013 Backsliders: Measuring Democracy in the EU (Retrocesos:
midiendo la democracia en la UE), publicado por el think tank británico Demos, ya alertaba de que la crisis económica
y la desafección ciudadana alimentaban discursos iliberales en varios Estados
miembros, y que, sin una vigilancia sistemática y criterios comunes de
evaluación, la UE corría el riesgo de tolerar en su interior democracias cada
vez más frágiles, erosionadas o incompletas. “La democracia en Europa ya no
puede darse por sentada”, advertía.
España no es ajena a una ola
reaccionaria que atrae a jóvenes desconectados de la democracia liberal y
seducidos por discursos que prometen identidad, orden y certezas. La memoria
del franquismo y del terrorismo en Euskadi -nuestro particular elefante en la
habitación- no siempre se han transmitido de forma clara. Y la política institucional,
puro ruido y furia, ha dejado un vacío narrativo que no ofrece horizontes de
futuro capaces de ilusionar.
A ello se suma un elemento decisivo:
las condiciones materiales de vida de la juventud. No comprenderemos la
creciente distancia entre jóvenes y democracia sin atender a un presente
marcado por la inestabilidad laboral, alquileres inasumibles y un horizonte
vital aplazado. Cuando la democracia no garantiza expectativas razonables de
autonomía y bienestar, su legitimidad se erosiona. En esa grieta se instalan y
crecen discursos que prometen soluciones simples a problemas complejos. La
precariedad no solo empobrece, también debilita el vínculo cívico, rompe la
confianza y deja a una generación atrapada entre el desencanto y la tentación
autoritaria.
Dicho esto, conviene situar la realidad
en sus justos términos. Aunque existe un segmento significativo (en torno al 23
por ciento, en el caso de España) que muestra cierta simpatía hacia el
autoritarismo, el grueso de la juventud sigue alineado con los valores democráticos. Lo preocupante no es que la juventud
sea mayoritariamente antidemocrática, que no lo es, sino la emergencia de una
minoría creciente que cuestiona principios antes ampliamente consensuados, y
cuya sensibilidad es más volátil en contextos de precariedad, incertidumbre y
déficit de memoria histórica.
Frente a esta deriva, se necesita una
respuesta firme pero serena. Urge una educación democrática que fomente
pensamiento crítico, alfabetización mediática y conocimiento riguroso del
pasado para entender cómo se conquistaron las libertades. Es clave reactivar la
transmisión entre generaciones: Euskadi cuenta con una memoria organizada (archivos,
asociaciones, víctimas) que puede dialogar con la juventud sobre el franquismo
y la transición democrática en lenguajes contemporáneos y desde espacios
culturales y formativos atractivos. La democracia necesita relato y referentes,
pero también buenas leyes que blinden derechos y libertades: igualdad real de
género, protección frente al odio, derechos sociales. Esta es la manera de presentar
a las personas más jóvenes un horizonte inspirador, una Euskadi y una España
justas, plurales, comprometidas con sus libertades.
El terreno digital es, en este
sentido, un frente decisivo. La democracia debe competir donde hoy se forma la
opinión juvenil, apoyando a creadoras y creadores que defiendan la igualdad y
los derechos, y produciendo contenidos capaces de contrarrestar la potencia
emocional de los discursos extremistas. Junto a ello, son imprescindibles
espacios físicos de convivencia intergeneracional e intercultural, proyectos
comunitarios y barriales, iniciativas que fortalezcan la experiencia cotidiana
de la diversidad y fomenten la conversación cívica.
La regresión no es inevitable, pero ignorarla
no es opción. Frente a la tentación autoritaria, toca alzar de nuevo la voz
colectiva que nos trajo hasta aquí: libertad sin ira, sí, pero libertad
disputada y arduamente construida. A medio siglo del fin de la dictadura no
basta con recordar, hay que transmitir el sentido de lo ocurrido. La añoranza
franquista es una distopía canalla y sangrienta. La insatisfacción con la
democracia nos eleva cuando exige más democracia, no menos. Porque cada
generación tiene la responsabilidad y el derecho de ensanchar la libertad
recibida.
https://www.elcorreo.com/opinion/imanol-zubero-construir-manana-democratico-20251123000407-ntrc.html
Eskoritas y Bagatza, otra vez (hoy con perrete)
Ermita de Etxaurren y Ungino al fondo.
En Maroño se ha apuntado un perrete majísimo, que nos ha acompañado todo el recorrido. En el barrio de Urizar nos han dicho que suele hacerlo, acompañar a la gente que sube al monte, aunque a mí es la primera vez que me ocurre.
Eskoritas.
Bagatza o Los Asnos.

























